Este juicio, emitido por un eminente autor inglés sobre lo que se denomina el autogobierno británico, solo es cierto en lo que concierne a la política exterior del Reino. En cuanto a las medidas de reforma interior, jamás fueron impulsadas con el apoyo de The Times, sino que The Times no cesó de atacarlas y oponerse a ellas hasta que se percató de su total incapacidad para seguir frenando su avance. Tómense, por ejemplo, la Emancipación Católica, el proyecto de ley de Reforma, la abolición de las leyes de cereales, el impuesto del timbre y el impuesto sobre el papel. Cuando la victoria se declaró inequívocamente del lado de los reformadores, The Times dio un giro, desertó del campo reaccionario y se las ingenió para encontrarse, en el momento decisivo, en el bando vencedor. En todos estos casos, The Times no marcó la dirección a la opinión pública, sino que se sometió a ella, de mala gana, a regañadientes y tras prolongados, pero frustrados, intentos de hacer retroceder las olas embravecidas del progreso popular. Por consiguiente, su influencia real sobre el ánimo público se circunscribe al terreno de la política exterior. En ninguna parte de Europa están las masas populares, y especialmente las clases medias, más completamente ignorantes de la política exterior de su propio país que en Inglaterra; una ignorancia que brota de dos grandes fuentes. De un lado, desde la gloriosa Revolución de 1688, la aristocracia ha monopolizado siempre la dirección de los asuntos exteriores en Inglaterra. De otro lado, la progresiva división del trabajo ha castrado, hasta cierto punto, el intelecto general de los hombres de las clases medias, al circunscribir todas sus energías y facultades mentales dentro de las estrechas esferas de sus preocupaciones mercantiles, industriales y profesionales. Así ocurrió que, mientras la aristocracia actuaba por ellos, la prensa pensaba por ellos en sus asuntos exteriores o internacionales; y ambas partes, la aristocracia y la prensa, descubrieron muy pronto que su interés mutuo era aliarse. Basta con abrir el Political Register de Cobbett para convencerse de que, desde comienzos de este siglo, los grandes periódicos londinenses han desempeñado constantemente el papel de procuradores de los natos gestores de la política exterior inglesa. No obstante, hubo que atravesar algunos períodos intermedios antes de que se llegara al estado de cosas actual. La aristocracia, que había monopolizado la gestión de los asuntos exteriores, se redujo primero a una oligarquía, representada por un cónclave secreto denominado el gabinete y, más tarde, el gabinete fue suplantado por un solo hombre, Lord Palmerston, quien, durante los últimos treinta años, ha usurpado el poder absoluto de manejar las fuerzas nacionales del Imperio Británico y de determinar la línea de su política exterior. Paralelamente a esta usurpación, por la ley de concentración, que actúa en el ámbito del tráfico periodístico aún más rápidamente que en el del hilado de algodón, The London Times había alcanzado la posición de ser el periódico nacional de Inglaterra, es decir, de representar la mentalidad inglesa ante las naciones extranjeras. Si el monopolio de gestionar los asuntos exteriores de la nación había pasado de la aristocracia a un cónclave oligárquico, y de un cónclave oligárquico a un solo hombre, el Ministro de Asuntos Exteriores de Inglaterra, a saber, Lord Palmerston, el monopolio de pensar y juzgar por la nación, sobre sus propias relaciones exteriores, y de representar el ánimo público respecto a estas relaciones, había pasado de la prensa a un solo órgano de la prensa, a The Times. Lord Palmerston, que en secreto y por motivos desconocidos para el pueblo en general, para el Parlamento e incluso para sus propios colegas, manejaba los asuntos exteriores del Imperio Británico, habría sido muy estúpido de no haber intentado apoderarse del único periódico que había usurpado el poder de emitir el juicio público en nombre del pueblo inglés sobre sus propios manejos secretos. The Times, en cuyo vocabulario jamás se halló la palabra virtud, debió, por su parte, alardear de más virtud que la espartana para no aliarse con el gobernante absoluto de facto del poder nacional del Imperio. De ahí que, desde el golpe de Estado francés, cuando el gobierno de facción fue suplantado en Inglaterra por el gobierno de coalición de facciones, y Palmerston, por tanto, ya no encontró rivales que pusieran en peligro su usurpación, The Times se convirtió en su mero esclavo. Él se había encargado de introducir subrepticiamente a algunos de sus virtuosos en los puestos subalternos del gabinete y de engatusar a otros admitiéndolos en su círculo social. Desde entonces, toda la tarea de The Times, en lo que concierne a los asuntos exteriores del Imperio Británico, se limita a fabricar una opinión pública acorde con la política exterior de Lord Palmerston. Ha de preparar el ánimo público para lo que él se propone hacer y hacer que consienta en lo que ha hecho.

El servil trabajo pesado que, para cumplir esta labor, ha de soportar, quedó perfectamente ejemplificado durante la última sesión del Parlamento. Dicha sesión resultó todo menos favorable para Lord Palmerston. Algunos miembros independientes de la Cámara de los Comunes, liberales y conservadores, se rebelaron contra su dictadura usurpada y, mediante la revelación de sus pasadas fechorías, intentaron despertar a la nación al peligro de seguir manteniendo el mismo poder descontrolado en las mismas manos. El Sr. Dunlop, al abrir el ataque con una moción para la formación de un Comité Selecto sobre los Documentos Afganos, que Palmerston había depositado sobre la mesa de la Cámara en 1839, demostró que Palmerston había falsificado efectivamente dichos documentos. The Times, en su crónica parlamentaria, suprimió todos los pasajes del discurso del Sr. Dunlop que consideró más perjudiciales para su amo. Más tarde, Lord Montagu, en una moción para la publicación de todos los documentos relativos al Tratado danés de 1852, acusó a Palmerston de haber sido el principal artífice de las maniobras destinadas a alterar la sucesión danesa en interés de una potencia extranjera y de haber inducido a error a la Cámara de los Comunes con tergiversaciones deliberadas. Sin embargo, Palmerston había llegado a un entendimiento previo con el Sr. Disraeli para frustrar la moción de Lord Montagu mediante una disolución de la Cámara por falta de quórum, lo que de hecho puso fin a todo el procedimiento. Aun así, el discurso de Lord Montagu había durado una hora y media antes de ser interrumpido por la disolución. Habiendo sido informado The Times por Palmerston de que la disolución tendría lugar, su editor, especialmente encargado de la tarea de mutilar y cocinar las crónicas parlamentarias, se había tomado el día libre, y así el discurso de Lord Montagu apareció sin mutilar en las columnas de The Times. Cuando, a la mañana siguiente, se descubrió el error, se preparó un artículo de fondo diciéndole a John Bull que la disolución por falta de quórum era una ingeniosa institución para suprimir a los pelmazos, que Lord Montagu era un pelmazo de tomo y lomo, y que los asuntos de la nación no podrían despacharse si no se desembarazaban de los pelmazos parlamentarios de la manera más expeditiva. De nuevo Palmerston se sentó en el banquillo la última sesión, cuando el Sr. Hennessy presentó una moción para la presentación de los despachos del Foreign Office durante la revolución polaca de 1831. De nuevo recurrió The Times, como en el caso de la moción del Sr. Dunlop, al simple procedimiento de la supresión. Su crónica del discurso del Sr. Hennessy es toda una edición ad usum delphini. Si se considera cuánto esmero debe costar revisar los inmensos informes parlamentarios la misma noche en que se remiten a la redacción del periódico desde la Cámara de los Comunes, y esa misma noche mutilarlos, alterarlos, falsearlos para que no perjudiquen la pureza política de Palmerston, habrá que conceder que, cualesquiera que sean los emolumentos y ventajas que The Times obtenga de su servilismo hacia el noble Vizconde, su tarea no es nada grata.

Si, pues, The Times es capaz, mediante la tergiversación y la supresión, de falsear de este modo la opinión pública respecto a acontecimientos que sucedieron ayer mismo en la Cámara de los Comunes británica, su poder de tergiversación y supresión respecto a acontecimientos que ocurren en tierras lejanas, como en el caso de la guerra americana, debe ser, por supuesto, ilimitado. Si al tratar los asuntos americanos ha tensado todas sus fuerzas para exasperar los sentimientos mutuos de británicos y americanos, no lo hizo por simpatía alguna con los señores del algodón británicos ni por consideración a ningún interés inglés real o supuesto. Simplemente ejecutaba las órdenes de su amo. Por el cambio de tono de The London Times durante la última semana podemos, por tanto, inferir que Lord Palmerston está a punto de retroceder de la actitud extremadamente hostil que había asumido hasta ahora contra los Estados Unidos. En uno de sus editoriales de hoy, The Times, que durante meses había ensalzado el poder agresivo de los secesionistas y se había extendido sobre la incapacidad de los Estados Unidos para hacerles frente, se siente muy seguro de la superioridad militar del Norte. Que este cambio de tono viene dictado por el amo se hace del todo evidente por la circunstancia de que otros periódicos influyentes, notoriamente vinculados a Palmerston, han virado simultáneamente. Uno de ellos, The Economist, deja caer una alusión bastante clara a los fabricantes de opinión pública de que ha llegado el momento de «vigilar cuidadosamente» sus fingidos «sentimientos hacia los Estados Unidos». El pasaje de The Economist al que aludo, y que creo que vale la pena citar como prueba de las nuevas órdenes recibidas por los periodistas de Palmerston, dice así:

Sobre un punto confesamos francamente que los nordistas tienen razón en quejarse, y sobre otro punto también estamos obligados a guardarnos más de lo que quizá lo hemos hecho de manera uniforme. Nuestros principales periódicos han estado demasiado prontos a citar y a resentir, como si encarnasen los sentimientos y representasen la posición de los Estados Unidos, a diarios notorios en todo momento por su carácter despreciable y su escasa influencia, y ahora más que sospechosos de ser secesionistas de corazón, de navegar con bandera falsa y de profesar opiniones nordistas extremas mientras escriben en interés y probablemente a sueldo del Sur. Pocos ingleses pueden, por ejemplo, con alguna honestidad decorosa, pretender considerar al *N. Y. Herald* como representante ya sea del carácter o de las opiniones de la sección nordista de la República. De nuevo: debemos tener muchísimo cuidado de que nuestra justa crítica a los unionistas no degenere, por gradación insensible, en aprobación y defensa de los secesionistas. La tendencia al partidismo en todas las mentes vulgares es muy fuerte. [...] Ahora bien, por cálidamente que rechacemos buena parte de la conducta y del lenguaje del Norte, [...] no debemos olvidar nunca que la Secesión del Sur fue impulsada con designios e inaugurada con procedimientos que cuentan con nuestra más sincera y arraigada desaprobación. Nosotros, por supuesto, debemos condenar el arancel protector de la Unión como una insensatez opresiva y ciega. [...] Por supuesto, compartimos el deseo del Sur de derechos bajos y comercio sin trabas. Por supuesto, nos inquieta que la prosperidad de Estados que producen tanta materia prima y necesitan tantas mercancías manufacturadas sufra interrupción o revés alguno. [...] Pero, al mismo tiempo, nos es imposible perder de vista el hecho indiscutible de que el verdadero objetivo y el motivo último de la secesión no era defender el derecho a poseer esclavos en su propio territorio (derecho que los nordistas estaban tan dispuestos a conceder como ellos a reclamar), sino extender la Esclavitud sobre un vasto distrito, indefinido, hasta entonces libre de esa maldición, pero en el cual los plantadores imaginaban que acaso más tarde quisieran extenderse. Este objetivo lo hemos considerado siempre insensato, injusto y aborrecible. El estado de sociedad introducido en los Estados del Sur por la institución de la servidumbre doméstica se presenta a las mentes inglesas tanto más detestable y deplorable cuanto más lo conocen. Y conviene que los sudistas tengan bien presente que ninguna ventaja pecuniaria o comercial que pudiera suponerse que este país deriva del cultivo extensivo de las tierras vírgenes de los Estados plantadores y de los nuevos Territorios que reclaman, modificará jamás en lo más mínimo nuestras opiniones sobre estos puntos, ni interferirá en la expresión de esas opiniones, ni torcerá o estorbará nuestra acción cuando la acción resulte obligatoria o conveniente. [...] Se cree que ellos (los secesionistas) todavía abrigan la extraordinaria noción de que, al hacer pasar hambre a Francia e Inglaterra —por la pérdida y el sufrimiento que se anticipan como consecuencia de una privación total del suministro americano—, obligarán a esos Gobiernos a intervenir en su favor y forzarán a los Estados Unidos a abandonar el bloqueo.... No hay ni la más remota probabilidad de que ninguna de las dos Potencias se sienta jamás justificada ni por un instante a proyectar semejante acto de decidida e injustificable hostilidad contra los Estados Unidos.... Somos menos dependientes del Sur de lo que el Sur depende de nosotros, como no tardarán en empezar a descubrir. [...] Les rogamos, pues, que crean que la Esclavitud, mientras exista, no puede menos de crear una barrera moral entre nosotros, y que la aprobación tácita está tan lejos de nuestros pensamientos como la impertinencia de una interferencia abierta: que Lancashire no es Inglaterra; y, dígase en honor y por el temple de nuestra población fabril, que incluso si lo fuera, el Algodón no sería Rey.

Todo lo que me proponía mostrar por el momento era que Palmerston, y por consiguiente la prensa londinense, que trabaja a sus órdenes, está abandonando su actitud hostil contra los Estados Unidos. Las causas que han conducido a este *revirement*, como lo llaman los franceses, trataré de explicarlas en una carta posterior. Antes de concluir, puedo añadir aún que el Sr. Forster, miembro del Parlamento por Bradford, pronunció el martes pasado, en el teatro del Instituto de Mecánica de Bradford, una conferencia «Sobre la guerra civil en América», en la que trazó el verdadero origen y carácter de esa guerra y refutó victoriosamente las falsedades de la prensa palmerstoniana.