Karl Marx en el New-York Tribune, 1861

Londres, 12 de octubre de 1861

Con motivo de la visita del rey de Prusia a Compiègne, el *London Times* publicó algunos artículos subidos de tono que causaron gran ofensa al otro lado del Canal de la Mancha. *Le Pays, journal de l’Empire*, por su parte, caracterizó a los redactores del *Times* como personas con las cabezas envenenadas por la ginebra y las plumas mojadas en el fango. Estos intercambios ocasionales de invectivas no tienen más fin que extraviar a la opinión pública acerca de las íntimas relaciones que unen a Printing‑House Square con las Tullerías. No existe allende las fronteras francesas un adulador más grande del hombre de diciembre que el *London Times*, y sus servicios son tanto más inestimables cuanto que el periódico, de vez en cuando, adopta el tono y el aire de un Catón censor frente a su César. El *Times* había amontonado insultos sobre Prusia durante meses. Aprovechando el miserable asunto Macdonald, le había dicho a Prusia que Inglaterra se alegraría de ver que las provincias renanas pasaran del bárbaro dominio de los Hohenzollern al despotismo ilustrado de un Bonaparte. No sólo había exasperado a la dinastía prusiana, sino también al pueblo prusiano. Había dado por muerta la idea de una alianza anglo‑prusiana en caso de un conflicto de Prusia con Francia. Había puesto todo su empeño en convencer a Prusia de que nada tenía que esperar de Inglaterra y de que lo mejor que podía hacer, a falta de ello, era llegar a un entendimiento con Francia. Cuando al fin el débil y vacilante monarca de Prusia se decidió por la visita a Compiègne, el *Times* pudo exclamar con orgullo: «*quorum magna pars fui*»; pero ahora había llegado también el momento de borrar de la memoria de los británicos el hecho de que el *Times* había sido el guía del monarca prusiano. De ahí el estruendo de sus truenos teatrales. De ahí los contraestruendos del *Pays, journal de l’Empire*.

El *Times* había recuperado ahora su posición de antagonista mortal del bonapartismo y, por tanto, la facultad de prestar su ayuda al hombre de diciembre. Pronto se presentó una ocasión. Luis Bonaparte es, naturalmente, muy susceptible siempre que está en juego la fama de los pretendientes rivales a la corona francesa. Se había cubierto de ridículo en el asunto del panfleto del duque de Aumale contra Plon‑Plon y, con sus procedimientos, había hecho más en favor de la causa orleanista que todos los partidarios orleanistas juntos. De nuevo, en estos últimos días, se pidió al pueblo francés que trazara un paralelo entre Plon‑Plon y los príncipes de Orleans. Cuando Plon‑Plon partió para América, circularon caricaturas en el Faubourg Saint‑Antoine que lo representaban como un hombre gordo en busca de una corona, pero que al mismo tiempo se hacía pasar por un viajero inofensivo, con una aversión peculiar al olor de la pólvora. Mientras Plon‑Plon regresa a Francia sin más laureles que los que cosechó en Crimea e Italia, los príncipes de Orleans cruzan el Atlántico para alistarse en las filas del ejército nacional. De ahí una gran agitación en el campo bonapartista. No convenía dar rienda suelta a la cólera bonapartista a través de la prensa venal de París. Los temores imperialistas no harían sino traicionarse, el escándalo del panfleto se renovaría y se provocarían odiosas comparaciones entre príncipes exiliados que luchan bajo la bandera republicana contra los esclavizadores de millones de trabajadores, y otro príncipe exiliado que se había alistado como agente especial de policía inglés para participar en la gloria de reprimir un movimiento obrero inglés.

¿Quién podría sacar al hombre de diciembre de este dilema? ¿Quién sino el *London Times*? Si el mismo *London Times* que, los días 6, 7, 8 y 9 de octubre de 1861, había despertado las furias del *Pays, journal de l’Empire*, con sus severas críticas, bastante cínicas, a la visita a Compiègne… si ese mismo periódico salía el 12 de octubre con un ataque despiadado contra los príncipes de Orleans, a causa de su alistamiento en las filas del ejército nacional de los Estados Unidos, ¿no habría demostrado Luis Bonaparte su causa contra los príncipes de Orleans? ¿No sería el artículo del *Times* traducido al francés, comentado por los periódicos de París, enviado por el Prefecto de Policía a todos los periódicos de todos los departamentos y difundido por toda Francia como la sentencia imparcial dictada por el *London Times*, enemigo personal de Luis Bonaparte, sobre los últimos actos de los príncipes de Orleans? En consecuencia, el *Times* de hoy ha salido con un ataque de lo más soez contra estos príncipes.

Luis Bonaparte es, por supuesto, demasiado hombre de negocios para compartir la ceguera judicial respecto a la guerra americana de los mercaderes oficiales de la opinión pública. Sabe que el verdadero pueblo de Inglaterra, de Francia, de Alemania, de Europa, considera la causa de los Estados Unidos como causa propia, como la causa de la libertad, y que, a pesar de toda la sofistería asalariada, considera el suelo de los Estados Unidos como el suelo libre de los millones de desposeídos de Europa, como su tierra de promisión, que ahora debe defenderse espada en mano de la sórdida codicia del esclavista. Luis Napoleón sabe, además, que en Francia las masas vinculan la lucha por el mantenimiento de la Unión con la lucha de sus antepasados por la fundación de la independencia americana, y que para ellas todo francés que desenvaina la espada por el Gobierno nacional no hace sino ejecutar el legado de Lafayette. Bonaparte sabe, por tanto, que si algo puede granjear a los príncipes de Orleans la buena opinión del pueblo francés, será su alistamiento en las filas del ejército nacional de los Estados Unidos. Se estremece ante esta sola idea. Y, en consecuencia, el *London Times*, su sicofante censor, dice hoy a los príncipes de Orleans que «no obtendrán ningún aumento de popularidad entre la nación francesa por rebajarse a servir en este innoble campo de acción».

Luis Napoleón sabe que todas las guerras libradas en Europa entre naciones hostiles desde su golpe de Estado han sido guerras fingidas, infundadas, caprichosas y llevadas a cabo con falsos pretextos. La guerra de Rusia y la guerra de Italia, por no hablar de las expediciones piráticas contra China, Cochinchina, etc., nunca concitaron las simpatías del pueblo francés, instintivamente consciente de que ambas guerras se emprendieron sólo con vistas a reforzar las cadenas forjadas por el golpe de Estado. La primera gran guerra de la historia contemporánea es la guerra americana.

Los pueblos de Europa saben que la esclavocracia del Sur inició esa guerra con la declaración de que la continuidad de la esclavocracia ya no era compatible con la continuidad de la Unión. En consecuencia, los pueblos de Europa saben que una lucha por la continuidad de la Unión es una lucha contra la continuidad de la esclavocracia, que en este combate la forma más elevada de autogobierno popular realizada hasta ahora libra batalla contra la forma más vil y desvergonzada de esclavización del hombre que registran los anales de la historia.

Luis Bonaparte siente, por supuesto, gran pesar de que los príncipes de Orleans se embarquen precisamente en una guerra semejante, tan distinguida, por la vastedad de sus dimensiones y la grandeza de sus fines, de las guerras infundadas, caprichosas y diminutas por las que Europa ha atravesado desde 1849. En consecuencia, el *London Times* no tiene más remedio que declarar:

«Pasar por alto la diferencia entre una guerra librada por naciones hostiles y este conflicto civil, el más infundado y caprichoso de que la historia nos da cuenta, constituye una especie de ofensa contra la moral pública.»

El *Times*, por supuesto, está obligado a rematar su ataque contra los príncipes de Orleans a causa de su «rebajarse a servir en un campo de acción tan innoble». Haciendo una profunda reverencia ante el vencedor de Sebastopol y Solferino, «no es prudente —dice el *London Times*— desafiar una comparación entre acciones como las de Springfield y Manassas, y las hazañas de Sebastopol y Solferino».

El próximo correo dará fe del uso premeditado que los órganos imperialistas harán del artículo del *Times*. Un amigo en tiempos de necesidad vale, proverbialmente, mil amigos en tiempos de prosperidad, y el aliado secreto del *London Times* se encuentra ahora en muy malos aprietos.

Una escasez de algodón, agravada por una escasez de cereales; una crisis comercial unida a un malestar agrícola, y ambas combinadas con una reducción de los ingresos aduaneros y un aprieto monetario que obliga al Banco de Francia a elevar su tipo de descuento al seis por ciento, a entrar en transacciones con los Rothschild y los Baring para un préstamo de dos millones de libras esterlinas en el mercado de Londres, a empeñar en el extranjero títulos del Gobierno francés, y con todo eso mostrar apenas una reserva de 12.000.000 frente a obligaciones que ascienden a más de 40.000.000. Semejante estado de cosas económicas prepara precisamente la situación para que los pretendientes rivales se jueguen el doble. Ya han tenido lugar motines del pan en el Faubourg Saint‑Antoine, y éste es, por tanto, de todos los momentos, el más inoportuno para permitir que los príncipes de Orleans ganen popularidad. De ahí la feroz arremetida del *London Times*.