Lecciones de la guerra americana

Escrito a finales de noviembre de 1861.

Del inglés.

["The Volunteer Journal, for Lancashire and Cheshire", No. 66, December 6, 1861]

Cuando hace unas semanas llamamos la atención sobre el proceso de depuración que se había hecho necesario en el ejército de voluntarios norteamericano, en modo alguno agotamos las valiosas lecciones que esta guerra ofrece a los voluntarios de este lado del Atlántico. Nos tomamos, pues, la libertad de volver sobre este tema.

La guerra tal como se practica ahora en América no tiene, en verdad, precedentes. Desde el Misuri hasta la bahía de Chesapeake, un millón de soldados, divididos casi por igual en dos campos hostiles, se enfrentan ahora desde hace más de seis meses sin haber llegado a una sola acción importante. En Misuri los dos ejércitos avanzan y retroceden alternativamente, libran una batalla, vuelven a avanzar y a retroceder, sin llegar a ningún resultado visible. Aún ahora, tras siete meses de marchas y contramarchas, durante los cuales el país ha sido ciertamente devastado de manera espantosa, las cosas parecen más lejos que nunca de una decisión. Después de un prolongado período de neutralidad aparente, pero en realidad de preparativos, una situación semejante parece inminente en Kentucky; en Virginia Occidental se producen constantes acciones menores sin resultado visible alguno; y en el Potomac, donde las masas más numerosas están concentradas casi a la vista unas de otras en ambas orillas, ningún bando muestra la menor inclinación a atacar, con lo que se demuestra que, tal como están las cosas, ni siquiera una victoria serviría de algo. Y a menos que circunstancias ajenas a esta situación provoquen un cambio más profundo, esta estéril manera de hacer la guerra puede continuar durante meses.

¿Cómo se explica esto?

En ambos bandos, los norteamericanos no cuentan casi sino con voluntarios. El pequeño núcleo del antiguo ejército regular de los Estados Unidos se ha disuelto o es demasiado débil para ejercer influencia alguna sobre la enorme masa de reclutas inexpertos que se han acumulado en el teatro de la guerra. Ni siquiera hay suficientes sargentos instructores para convertir a todos estos hombres en soldados. De ahí que la instrucción deba proceder muy lentamente, y realmente no se puede decir cuánto tiempo pasará antes de que el excelente material de soldados reunido en ambas orillas del Potomac sea capaz de marchar en grandes cuerpos y de librar o aceptar una batalla con fuerzas unidas.

Pero aunque los hombres pudieran ser instruidos en un tiempo razonable, no hay suficientes oficiales para mandarlos, por no hablar ya de oficiales de compañía —que, naturalmente, no pueden salir de las filas de los civiles—, o incluso de oficiales para mandos de batallón, aun cuando cada teniente y alférez de los regulares pudiera ser nombrado para tal puesto. Por consiguiente, es inevitable un número considerable de coroneles civiles, y nadie que conozca a nuestros propios voluntarios creerá que McClellan o Beauregard sean excesivamente cautos cuando se niegan a emprender acciones ofensivas o complicadas maniobras estratégicas con coroneles civiles que apenas lo son desde hace seis meses y de los que se supone que han de ejecutar sus órdenes.

Supongamos, no obstante, que esta dificultad ha sido superada en general; que los coroneles civiles, junto con sus uniformes, han adquirido los conocimientos, la experiencia y la seguridad que necesitan para el desempeño de sus deberes —al menos en lo que respecta a la infantería. Pero ¿qué será de la caballería? Instruir un regimiento de caballería exige más tiempo y experiencia por parte de los oficiales instructores que poner a punto un regimiento de infantería. Aun suponiendo que todos los hombres se incorporen a sus cuerpos con un conocimiento adecuado de la equitación —es decir, que se mantengan firmes sobre sus caballos, los tengan bajo control y sepan cómo cuidarlos y alimentarlos—, esto apenas acortará el tiempo necesario para su instrucción. La equitación militar, ese dominio del caballo mediante el cual se le hace ejecutar todos los movimientos necesarios en las evoluciones de la caballería, es algo completamente distinto de la equitación corriente de los civiles. La caballería de Napoleón, que Sir William Napier («Historia de la Guerra Peninsular») sitúa casi por encima de la caballería inglesa de la actualidad,

estaba compuesta, como es bien sabido, por los peores jinetes que jamás hayan honrado una silla; y muchos de nuestros mejores jinetes ocasionales descubrieron, al incorporarse a un cuerpo de voluntarios montados, que aún tenían algo que aprender. No debe, pues, sorprendernos comprobar que los norteamericanos poseen una caballería muy insuficiente y que lo poco que tienen consiste en una especie de cosacos o tropas irregulares indias (rangers), incapaces de un ataque en orden cerrado.

Con la artillería y con los ingenieros han de irles aún peor. Ambas son armas altamente científicas y exigen una instrucción larga y cuidadosa tanto para oficiales como para suboficiales, y ciertamente más instrucción para sus hombres que la infantería. Además, la artillería es un arma más complicada aún que la caballería; se necesitan cañones, caballos domados para ese fin, y dos grupos de hombres instruidos —artilleros y conductores—. A ello hay que añadir numerosos carros de municiones y grandes laboratorios para la munición, fraguas, talleres, etcétera, todos ellos dotados de maquinaria complicada. Se dice que los federales tienen 600 cañones en campaña; pero podemos imaginar fácilmente cómo están servidos cuando sabemos que es completamente imposible sacar de la nada, en seis meses, 100 baterías completas, bien dotadas y bien servidas.

Pero supongamos una vez más que todas estas dificultades han sido superadas y que la parte combatiente de los dos campos hostiles norteamericanos se halla en un estado adecuado para su propósito, ¿podrían ya ponerse en movimiento? ¡Desde luego que no! Un ejército tiene que ser abastecido; y un gran ejército en un país de población relativamente escasa como Virginia, Kentucky y Misuri ha de ser abastecido fundamentalmente desde depósitos. Su dotación de municiones debe ser repuesta; ha de ir acompañado de armeros, talabarteros, carpinteros y otros artesanos a fin de mantener en buen estado su material de guerra. Todas estas cosas necesarias no existían en América; tuvieron que ser organizadas casi desde la nada; y no tenemos prueba alguna de que en al menos uno de los dos ejércitos los servicios de intendencia y de transporte hayan salido ya de su infancia.

Tanto el Norte como el Sur, la Federación como la Confederación, carecían, por así decirlo, de organización militar. El ejército de línea era, por su número, totalmente insuficiente para ser empleado contra un enemigo serio; la milicia apenas existía. Las guerras anteriores de la Unión nunca obligaron a las fuerzas militares del país al máximo esfuerzo; Inglaterra no disponía de muchas tropas en los años de 1812 a 1814 y México se defendió principalmente con hordas indisciplinadas. El hecho es que, debido a su posición geográfica, América no tuvo enemigos que pudieran atacarla en parte alguna con más de, a lo sumo, 30.000 o 40.000 soldados regulares, y para ese número la inconmensurable extensión del país habría sido un obstáculo mucho más temible que cualesquiera tropas que América pudiera oponerles, mientras que su ejército bastaba para constituir el núcleo de unos 100.000 voluntarios y para instruirlos en un tiempo razonable. Pero cuando una guerra civil llama a más de un millón de combatientes, todo el sistema se viene abajo y todo tiene que empezarse de nuevo desde el principio. Los resultados los tenemos ante los ojos. Dos enormes y torpes masas de tropas, cada una temerosa de la otra y casi tanto miedo a una victoria como a una derrota, se enfrentan e intentan, a un costo inmenso, convertirse en una organización más o menos regular. Por aterrador que resulte el desembolso financiero, es inevitable a consecuencia de la ausencia completa de la base organizada sobre la cual habría podido erigirse el edificio. ¿Cómo, dada la ignorancia y la inexperiencia que reinan en todas partes, podría ser de otro modo? Por el contrario, la ganancia en eficiencia y organización que estos gastos reportan es sumamente pequeña; ¿y cómo podría ser de otro modo?

Los voluntarios británicos pueden dar gracias a su buena estrella de que, desde el primer momento, encontraron un ejército profesional grande, bien disciplinado y experimentado, dispuesto a tomarlos bajo su amparo. Aun teniendo en cuenta los prejuicios propios de toda profesión, este ejército los ha recibido y tratado bien. Esperamos que ni los voluntarios ni el público crean jamás que el movimiento de voluntarios pueda hacer de algún modo superfluo un ejército regular. Si algunos así lo creyeran, una simple ojeada a la situación de los dos ejércitos de voluntarios norteamericanos les demostraría su ignorancia y su necedad. Ningún ejército formado de nuevo por civiles puede mantenerse jamás en un estado competente si no es instruido y apoyado por los inmensos recursos intelectuales y materiales que están en manos de un ejército regular relativamente fuerte, y sobre todo por esa organización que constituye la fuerza principal de los regulares. Supongamos que Inglaterra se viera amenazada de invasión, y comparemos lo que entonces se haría con lo que se ha hecho en América. En Inglaterra, el Ministerio de la Guerra, con la ayuda de unos pocos funcionarios que fácilmente podrían encontrarse entre profesionales militares formados, se encargaría de todo el trabajo adicional que supone un ejército de 300.000 voluntarios; hay muchos oficiales a media paga que podrían encargarse especialmente, digamos, de tres o cuatro batallones de voluntarios, y con algún esfuerzo cada batallón podría contar con un oficial de línea como ayudante y uno como coronel. La caballería, por supuesto, no podría estar lista en un plazo muy breve; pero una decidida reorganización de los voluntarios de artillería, con oficiales y conductores de la Artillería Real, contribuiría a dotar muchas baterías de campaña. Los ingenieros civiles del país no están sino esperando una oportunidad para recibir esa formación en la vertiente militar de su profesión que los convertiría en oficiales de ingenieros de primera clase. Los servicios de intendencia y transporte están organizados y pronto pueden hacerse extensivos a cubrir las necesidades de 400.000 hombres con la misma facilidad que las de 100.000. Nada se desorganizaría, nada se perturbaría; en todas partes habría ayuda y apoyo para los voluntarios, que nunca tendrían que andar a tientas en la oscuridad. Una vez que Inglaterra se vea envuelta en una guerra, no vemos —prescindiendo de errores inevitables— razón alguna para que, en un plazo de seis semanas, todo no marche bastante bien.

Si se dirige ahora la mirada hacia América, puede verse el valor que un ejército regular posee para un ejército de voluntarios en proceso de formación.