Friedrich Engels

La historia del fusil rayado

I

El fusil rayado es una invención alemana, realizada hacia finales del siglo XV. Los primeros fusiles rayados se fabricaron, evidentemente, con el único propósito de facilitar la carga de un arma con una bala que se ajustase casi exactamente. Por eso las estrías eran rectas, sin torsión espiral alguna, y servían únicamente para reducir la fricción de la bala en el cañón. La bala misma se envolvía con un trozo de paño de lana o lino engrasado (el parche) y se introducía así, sin grandes dificultades. Estos rifles, por primitivos que fueran, debieron de obtener resultados mucho mejores que los fusiles de ánima lisa de aquella época, cuyas balas tenían un diámetro considerablemente menor que el calibre.

Posteriormente, la naturaleza del arma se transformó por completo al darse una torsión espiral a las estrías, que convirtió el ánima del cañón en una especie de tuerca de tornillo. La bala, obligada por el parche, que la ceñía estrechamente, a seguir las estrías y, por tanto, la torsión espiral, conservaba así un movimiento de rotación en espiral durante toda su trayectoria. Pronto se comprobó que este procedimiento, que hace girar la bala, aumentaba enormemente el alcance y la precisión del arma, de modo que las estrías en espiral desplazaron muy rápidamente a las rectas.

Este fue el modelo del fusil rayado que se empleó de forma general durante más de doscientos años. Si prescindimos de los disparadores de pelo y de las miras más cuidadosamente trabajadas, apenas se le introdujeron mejoras hasta 1828. Este rifle superaba con mucho en precisión a la mosquete de ánima lisa, pero no tanto en alcance; más allá de 300 a 500 yardas no se podía confiar en él. Al mismo tiempo, era relativamente pesado de cargar; hacer descender el proyectil era una operación muy larga; la pólvora y la bala envuelta en el parche tenían que introducirse cada uno por separado

en el cañón, y no podía dispararse más de un tiro por minuto. Estos inconvenientes hacían que el rifle no fuera apto para la mayor parte del ejército, sobre todo en una época como la del siglo XVIII, en la que todas las batallas se decidían mediante el fuego rápido de las líneas desplegadas. Con esta táctica, el viejo mosquete de ánima lisa, con todas sus insuficiencias manifiestas, seguía siendo un arma con mucho preferible. Vemos así que el rifle siguió siendo el arma predilecta del cazador furtivo y del cazador de gamuzas, y que, excepcionalmente, se armó con él a algunos batallones de tiradores de élite, pero sólo en aquellos ejércitos que podían reclutar dichos batallones entre un número suficiente de cazadores diestros de la población.

Las guerras de la Revolución americana y de la francesa provocaron un gran cambio en la táctica. A partir de entonces, la formación en orden abierto se empleó en todo encuentro. El despliegue de tiradores junto con líneas o columnas se convirtió en la característica propia del combate moderno. Las fuerzas principales se mantienen durante la mayor parte del día en reserva o se maniobra con ellas para concentrarlas sobre el punto débil del enemigo; sólo se empeñan en momentos decisivos, mientras que en todo ese tiempo los tiradores y su apoyo inmediato están en combate constante. La mayor parte de la munición la gastan ellos, y los blancos contra los que disparan rara vez son mayores que el frente de una compañía. En la mayoría de los casos tienen que hacer fuego contra adversarios aislados, bien cubiertos por objetos que los protegen. Sin embargo, el efecto de su fuego es de la mayor importancia, pues con él se prepara todo ataque y se responde primero a cualquier ataque enemigo. De los tiradores se espera que tanto debiliten la capacidad de resistencia de los destacamentos que ocupan las casas de campo o las aldeas como que quiten mordiente al ataque de una línea que avanza. La vieja “Brown Bess” no podía cumplir eficazmente ninguna de estas tareas. Quien alguna vez ha estado bajo el fuego de tiradores armados con mosquetes de ánima lisa, sólo ha podido sentir el más absoluto desprecio por su efecto a distancias medias. Pero también el antiguo modelo de fusil rayado era inadecuado para la mayoría de los tiradores. Para facilitar el descenso de la bala, tenía que ser corto, tan corto que apenas ofrecía un puño sólido para una bayoneta. Por eso los tiradores sólo se empleaban en posiciones en las que estaban a salvo de un ataque a la bayoneta o de la caballería.

En estas circunstancias, se planteó la siguiente tarea acuciante: inventar un arma de fuego que combinase el alcance y la precisión del rifle con la rapidez y facilidad de carga y con la longitud del cañón del mosquete de ánima lisa, es decir, un arma que fuese a la vez fusil rayado y arma de combate cuerpo a cuerpo, susceptible de ponerse en manos de cualquier soldado de infantería.

Así vemos, pues, que precisamente la introducción del combate en orden abierto en la táctica moderna hizo surgir la exigencia de un arma de guerra mejorada. Siempre que en el siglo XIX surge la necesidad de una cosa y esa necesidad está justificada por las circunstancias dadas, con seguridad habrá de satisfacerse. En este caso así sucedió. Casi todas las mejoras que se han introducido en las armas de fuego portátiles desde 1828 han servido a este fin.

Pero antes de intentar ofrecer un panorama de las innovaciones que produjeron cambios tan grandes y numerosos en los fusiles rayados, al abandonar el sistema antiguo de hacer descender la bala a empujones por el cañón, permítasenos echar una mirada a los intentos de mejorar el fusil rayado manteniendo el antiguo método de carga.

El rifle de ánima ovalada, conocido en Inglaterra como fusil Lancaster, se utilizó en el continente durante más de cuarenta años. Se menciona en un tratado militar alemán impreso en 1818. El coronel Berner, de Brunswick, lo perfeccionó e hizo armar con él a toda la infantería de aquel ducado en 1832. El ánima era ligeramente ovalada, y la bala ovalada se hacía descender a la manera antigua. Sin embargo, este proyectil ovalado sólo debía emplearse al tirotear. Para el fuego en descargas se dotaba a los soldados de balas redondas de menor calibre, que rodaban por el cañón con tanta facilidad como cualquier bala de mosquete. Ahora bien, las insuficiencias de este sistema son evidentes. Sólo es digno de mención por haber sido el primer intento de armar con fusiles rayados a toda la infantería de un ejército.

En Suiza, un ingeniero civil y oficial de tiradores, el señor Wild, mejoró considerablemente el rifle. Su bala era más pequeña, en relación con el calibre, de lo habitual, y estaba dispuesta de modo que sólo podía pasar por las estrías con el parche; una arandela en la baqueta impedía que ésta penetrara demasiado hondo en el cañón y empujara la bala con tanta fuerza contra la carga que la pólvora resultase triturada. Las vueltas de las estrías se redujeron y la carga se aumentó. El fusil Wild obtenía – con un alcance de más de 500 yardas y una trayectoria muy

rasa – resultados muy buenos; además, permitía disparar más de cien tiros sin ensuciarse. Fue adoptado en Suiza, Wurtemberg y Baden; pero hoy, naturalmente, ha quedado anticuado y superado.

El fusil rayado más moderno y mejor construido según el principio de la presión es el nuevo fusil reglamentario suizo para tiradores de élite. Para esta arma se adoptó el principio americano de un calibre muy pequeño. El calibre no pasa de 10,5 mm, o sea 0,42 pulgadas. El cañón sólo mide 28 pulgadas de largo y tiene ocho estrías planas (una vuelta cada treinta y cuatro pulgadas). La baqueta va provista de la arandela introducida por Wild. El proyectil es cilíndrico-ojival y muy largo. Se hace descender con ayuda de un parche engrasado. La carga es relativamente fuerte y consiste en una pólvora de grano muy grueso. Esta arma ha mostrado efectos asombrosos, y en los ensayos con diversos fusiles realizados recientemente por el gobierno holandés se comprobó que, en cuanto a alcance, precisión y trayectoria rasa, ningún otro le igualaba. En efecto, con un alcance de 600 yardas, el punto más alto de la trayectoria mide sólo ocho pies y seis pulgadas, de modo que a esa distancia toda la trayectoria del proyectil resulta peligrosa para la caballería, y las últimas cien yardas de la misma lo son también para la infantería. Dicho de otro modo, un error de cien yardas en el cálculo de la distancia de 600 yardas no impediría que la bala alcanzase un objeto de seis pies de altura. Es éste un resultado con el que cualquier otro fusil rayado queda superado con mucho; los mejores entre ellos exigen una elevación que eleva el punto culminante de la trayectoria, a 600 yardas, a una altura de 13 a 20 pies y reduce el espacio peligroso de sesenta a veinticinco yardas. Esta trayectoria excepcionalmente rasa obedece al pequeño calibre del arma, el cual permite un proyectil muy alargado, en forma de perno, y una carga relativamente fuerte. Con un calibre pequeño, el fusil puede ser muy resistente sin resultar pesado; el proyectil puede ser largo sin volverse pesado, y la carga puede ser relativamente fuerte sin provocar un retroceso excesivo. Lo cierto es que la carga más enérgica no guarda relación alguna con los excelentes resultados balísticos del fusil. De hecho, constituye el único inconveniente de esta arma e impide que se emplee con carácter general para la infantería. Por eso los suizos la han limitado a sus compañías de tiradores de élite, en cuyas manos cosechará seguramente resultados extraordinariamente buenos.

En el próximo artículo mostraremos cómo el fusil rayado se desarrolló hasta convertirse en un arma apta para ponerse en manos de cualquier soldado de infantería.

II

Delvigne, oficial francés, fue el primero que intentó desarrollar el fusil rayado hasta hacer de él un arma apta para toda la infantería. Reconoció que, con ese fin, la bala debía deslizarse por el cañón con tanta facilidad, o casi tanta, como la de un fusil de ánima lisa, y estar conformada de tal manera que, a continuación, cambiase de forma para introducirse en las estrías.

Para lograrlo, ya en 1828 construyó un fusil rayado con una recámara en el tornillo de culata. Es decir, el extremo posterior del ánima del cañón junto al tornillo de culata, allí donde se aloja la pólvora, recibió un diámetro considerablemente menor que el resto del cañón. Esta recámara fue tomada de los obuses y morteros, que desde siempre habían estado construidos de ese modo. Pero mientras que en la artillería servía únicamente para mantener bien compactas las cargas reducidas propias de morteros y obuses, en el fusil de Delvigne desempeñaba un cometido esencialmente distinto. Una vez vertida la pólvora en la recámara, se hacía rodar la bala, que era de menor calibre que el ánima, hasta introducirla. Cuando esta alcanzaba el borde de la recámara, no podía seguir y quedaba atascada. Bastaban entonces unos cuantos golpes enérgicos con la baqueta para comprimir el blando plomo de la bala contra las estrías y aumentar su diámetro de modo que quedara firmemente asentada en el cañón.

El mayor inconveniente de este sistema era que la bala perdía su forma redonda y quedaba algo achatada. Con ello tendía a perder la rotación lateral que le imprimían las estrías, lo cual perjudicaba notablemente la precisión. Para remediarlo, Delvigne inventó el proyectil alargado (cilíndrico), y aunque los experimentos con esta clase de proyectiles en Francia no tuvieron al principio mucho éxito, en Bélgica, Austria y Cerdeña dieron excelentes resultados, de modo que el fusil rayado de Delvigne, con diversas mejoras, sustituyó al antiguo rifle en los batallones de cazadores. Si bien el fusil rayado de Delvigne está hoy superado en casi todas partes, sus perfeccionamientos abarcan los dos importantes principios de los que tuvieron que partir todos los inventores posteriores: primero, que en las armas de avancarga el proyectil debe deslizarse con cierta

holgura para permitir una carga fácil y que, para penetrar en las estrías, tiene que ser asentado con fuerza y modificar con ello su forma exterior; segundo, que los proyectiles alargados son los únicos adecuados para los fusiles modernos. Delvigne situó de inmediato la cuestión sobre su base correcta y merece por completo el nombre de: padre del fusil moderno.

El proyectil alargado presenta, frente a las balas esféricas, numerosas ventajas siempre que conserve la rotación lateral (alrededor de su eje longitudinal), lo que casi todo fusil rayado moderno consigue de manera satisfactoria. El proyectil alargado expone, en proporción a su peso, una superficie mucho menor a la resistencia de la atmósfera que la bala esférica. Su punta puede modelarse de manera que reduzca al mínimo esa resistencia. Como un dardo o una flecha, es sustentado en cierta medida por el aire que tiene debajo. En consecuencia, pierde mucha menos velocidad inicial por la resistencia del aire y, para una distancia dada, alcanza el blanco con una trayectoria mucho más baja (es decir, con una trayectoria mucho más peligrosa para el adversario) que cualquier proyectil esférico del mismo diámetro.

Otra ventaja es que el proyectil alargado ofrece una superficie de contacto con la pared del cañón decididamente mayor que el proyectil esférico. Ello le permite tomar las estrías mucho mejor y, por tanto, hace posible tanto un paso de estría más corto como una menor profundidad de las mismas. Ambas circunstancias facilitan la limpieza del arma y permiten a la vez el empleo de cargas plenas sin aumentar el retroceso del fusil.

Y, por último, puesto que el peso del proyectil alargado es mucho mayor que el de la bala esférica, resulta que el calibre, es decir, el diámetro del ánima del fusil, puede reducirse notablemente y, aun así, es posible disparar un proyectil del mismo peso que la antigua bala esférica. Si, pues, se toma como peso normal el del antiguo mosquete de ánima lisa y el de su bala, en comparación con el antiguo mosquete, un fusil rayado del mismo peso para proyectiles alargados puede reforzarse en la misma medida en que se reduzca el calibre, y aun así no rebasará el peso del antiguo mosquete. Al ser el fusil más fuerte, resiste tanto mejor la carga; tiene un menor retroceso y, en consecuencia, el calibre más pequeño permite cargas proporcionalmente más potentes, con lo que se asegura una mayor velocidad inicial y una trayectoria correspondientemente más baja.

La siguiente mejora fue introducida por otro oficial francés, el coronel Thouvenin. Este percibió con claridad el inconveniente que resulta de que, al recalcar el proyectil en las estrías, este quede sujeto por un reborde anular que rodea la base del mismo. Por eso eliminó los bordes de la recámara, perforando de nuevo todo el cañón con un diámetro uniforme como antes. En el centro del tornillo de culata, que cierra el cañón, fijó un corto y robuste pivote de hierro, o tetón, que penetraba en el cañón y alrededor del cual había de caer la pólvora. El extremo aplanado de este tetón debía sostener el proyectil mientras la baqueta lo recalcaba en las estrías. Las ventajas de este sistema eran considerables. La expansión del proyectil por los golpes de la baqueta era mucho más regular que en el fusil de Delvigne. El arma permitía una mayor holgura, lo que facilitaba la carga. Los resultados obtenidos fueron tan satisfactorios que ya antes de 1846 se armó a los chasseurs à pied <cazadores a pie> franceses con fusiles Thouvenin. Siguieron los zuavos y las demás unidades de infantería ligera africana, y cuando se comprobó que los viejos mosquetes de ánima lisa podían transformarse con poco gasto en fusiles Thouvenin, todas las carabinas de la artillería a pie francesa fueron modificadas en consecuencia. Los tiradores prusianos fueron armados con el fusil Thouvenin en 1847, los bávaros en 1848, y la mayoría de los Estados más pequeños del norte de Alemania siguieron este ejemplo. En algunos casos se equipó incluso a partes de la infantería de línea con esta excelente arma. En todos estos fusiles se advierte cierta aproximación a un sistema unitario, pese a todas las variaciones de calibre, etc. El número de estrías está reducido (por lo general a 4), y la torsión suele ser de tres cuartos a una vuelta completa en toda la longitud del cañón.

Sin embargo, el fusil Thouvenin también tenía sus inconvenientes. La fuerza necesaria para comprimir con repetidos golpes el plomo del proyectil en las estrías era incompatible con la longitud del cañón que el fusil ordinario de la infantería de línea tiene que poseer siempre para servir como empuñadura eficaz de una bayoneta. Además, a los tiradores les resultaba muy difícil aplicar esa fuerza en posición de arrastre o de rodillas. La resistencia que el proyectil, introducido a la fuerza en las estrías hasta inmediatamente delante de la pólvora, opone a la fuerza explosiva, acrecienta el retroceso y limita con ello el fusil a una carga relativamente pequeña.

Por último, el tetón sigue siendo siempre una complicación desagradable del arma; dificulta mucho la limpieza en sus inmediaciones y tiende a sufrir desperfectos.

El principio de comprimir el proyectil por los golpes de la baqueta dio, en las circunstancias de entonces, resultados muy satisfactorios con el sistema de Delvigne y aún mejores con el sistema Thouvenin. No obstante, el fusil rayado no podía hacer valer su superioridad sobre el viejo mosquete de ánima lisa como arma general de la infantería. Antes de que se pudiera producir un fusil rayado adecuado para todo soldado, hubo que recurrir a otros principios. De ello hablaremos en uno de los próximos números.

III

Delvigne, cuyo fusil rayado describimos en el artículo anterior, consideró prudente ahuecar sus proyectiles alargados por la base para reducir su peso aproximadamente al de la antigua bala esférica. Aunque muy pronto descubrió que este proyectil hueco no era compatible con el sistema de expandir el proyectil mediante golpes mecánicos, sus experimentos bastaron para demostrarle que el gas desarrollado por la combustión penetra en la cavidad del proyectil y tiende a expandir las paredes de esta. Con ello se consigue que el proyectil ajuste exactamente en el cañón y tome así las estrías.

El entonces capitán Minié retomó este descubrimiento en 1849. Eliminó definitivamente el tetón o soporte en el fondo del cañón y devolvió al fusil la sencillez que había poseído antes de Delvigne y Thouvenin, confiando exclusivamente en la acción expansiva de la combustión sobre la cavidad de su proyectil. Este proyectil era cilíndrico-ojival, con dos muescas anulares alrededor de la parte cilíndrica
(1)
y ahuecado cónicamente desde la base. Un casquillo de hierro en forma de copa (culot) cerraba la cavidad y era impulsado dentro de esta por la fuerza de la combustión, expandiendo eficazmente el plomo. El proyectil tenía holgura suficiente

para pasar fácilmente por el cañón, incluso envuelto en el cartucho de papel engrasado.

Aquí tenemos, pues, por fin, un fusil rayado y un proyectil desarrollados según tales principios, que permiten poner esta arma en manos de cualquier soldado de infantería. La nueva arma se carga con la misma facilidad que el mosquete de ánima lisa y tiene un efecto muy superior al del antiguo fusil rayado, al que iguala en precisión pero al que supera con mucho en alcance. El fusil con proyectil de expansión es, sin duda, entre todas las armas de avancarga, la mejor arma tanto para el uso general como para los tiradores de precisión, y a esta circunstancia debe precisamente su gran éxito, su adopción en tantos ejércitos y también los numerosos ensayos para mejorar la forma del proyectil o las estrías del fusil. El proyectil Minié necesita ser solo un poco más pesado que la antigua bala esférica del mismo calibre, puesto que está ahuecado. Como el proyectil descansa suelto sobre la pólvora y, al recorrer el cañón, no se expande más que gradualmente, el retroceso es mucho menor que en el viejo fusil o incluso en los fusiles Delvigne o Thouvenin, en los que el proyectil está prensado firmemente en el cañón y no es liberado hasta que actúa la fuerza plena de la combustión. Por eso en el fusil Minié se puede emplear una carga relativamente fuerte. Las estrías tienen que ser muy poco profundas, lo que facilita la limpieza del cañón. La longitud del eje para una vuelta completa de las estrías debe ser bastante grande, con lo cual se reduce el número de rotaciones del proyectil y, con ello, la fricción del aire (que se produce con toda rotación) y se conserva mejor la velocidad inicial. El extremo posterior hueco del proyectil desplaza también su centro de gravedad más hacia delante, y todas estas circunstancias juntas dan como resultado una trayectoria relativamente baja.

La adopción general del fusil Minié se debió, sin embargo, también a otra causa: a saber, que mediante un procedimiento muy sencillo todos los viejos mosquetes de ánima lisa podían transformarse en fusiles rayados utilizables para proyectiles Minié. Cuando la guerra de Crimea hizo deseable armar de inmediato a toda la infantería con fusiles rayados en Prusia, y no se había fabricado la cantidad necesaria de fusiles de aguja, se estriaron 300.000 viejos mosquetes y en menos de un año quedaron en condiciones de emplear munición Minié.

El gobierno francés fue el primero en armar algunos batallones con fusiles Minié. Las estrías eran, sin embargo, progresivas, es decir, eran más profundas junto al tornillo de culata que en la boca, de modo que el

El plomo que, por ejemplo, había penetrado en las estrías por el tornillo de la culata, era comprimido de nuevo durante su avance en el cañón por las estrías, que se iban haciendo más superficiales, mientras al mismo tiempo seguía actuando la fuerza expansiva de los gases de la pólvora. Con ello se provocaba un grado de fricción tal que la parte maciza del proyectil se desgarraba muy a menudo y salía despedida del cañón, mientras que el extremo hueco de la base permanecía firmemente encajado en las estrías. Este defecto y otros fallos indujeron al gobierno a desistir de todos los esfuerzos ulteriores para introducir el fusil Minié.

Ya en 1851 se fabricaron en Inglaterra 28 000 de estos fusiles, semejantes a los que se habían ensayado en Francia. El proyectil era ligeramente cónico, con punta ojival, un cono redondo y hueco, y sin incisiones, porque se pretendía fabricar los proyectiles por prensado. Los resultados fueron muy poco satisfactorios —principalmente por la forma del proyectil—, hasta que en 1852 se realizaron nuevos experimentos, de los cuales surgieron finalmente el fusil Enfield y sus proyectiles, sobre los que volveremos más tarde. El fusil Enfield no es más que una variante del fusil Minié. Desde 1854 ha desalojado definitivamente de todas las armas de ánima lisa del ejército británico.

En Bélgica, el fusil Minié fue adoptado con ligeras modificaciones a partir de 1854 para los cazadores y, más recientemente, también para la infantería de línea.

En España, los cazadores recibieron el fusil Minié en 1853, y por la misma época fue equipada con él también la infantería de línea.

En Prusia, el fusil Minié se distribuyó provisionalmente a la infantería de línea en 1855/56, como se ha mencionado más arriba. Desde entonces ha sido completamente desplazado por el fusil de aguja.

En los Estados alemanes más pequeños, con muy pocas excepciones, se adoptó igualmente el fusil Minié.

El fusil Prélat, destinado en Suiza al armamento de toda la infantería con excepción de los tiradores de élite, no es más que una modificación del fusil Minié.

Y, finalmente, en Rusia el gobierno está ocupado justamente ahora en sustituir los viejos mosquetes de ánima lisa por fusiles Minié de un modelo muy bueno.

En casi todos estos países, el número, la profundidad y el paso de las estrías, así como la forma del proyectil, sufrieron diversas modificaciones menores. La descripción de las más importantes de ellas constituirá el contenido de nuestro próximo artículo.

IV

Recapitulemos una vez más el principio del fusil Minié: Un fusil rayado con estrías superficiales se carga con un proyectil alargado cuyo diámetro es justo lo bastante menor que el calibre como para que se deslice con facilidad al introducirlo. Este proyectil está ahuecado por la base, es decir, por el extremo que descansa sobre la pólvora. Al disparar, el gas que se desarrolla por la ignición penetra en esta cavidad y, mediante su presión sobre las paredes relativamente delgadas, expande el plomo de tal modo que se ajusta al ánima y puede penetrar en las estrías. El proyectil se ve forzado a seguir la torsión de dichas estrías y a conservar la rotación lateral característica de todos los proyectiles de fusil. Este es el principio, el fundamento común a todos los diferentes fusiles que disparan proyectiles de expansión. Sin embargo, en la ejecución diversos inventores introdujeron multitud de modificaciones.

El propio Minié utilizó la cápsula. Esta cápsula era una pequeña pieza redonda de chapa de hierro, en forma de taza, que se introducía a presión en la boca de la cavidad del proyectil. Se suponía que los gases de la pólvora la impulsarían más profundamente dentro del hueco y que así favorecería la expansión del proyectil, garantizándola de manera fiable. Pero pronto se puso de manifiesto que esta cápsula en forma de taza presentaba grandes inconvenientes. Con mucha frecuencia se desprendía del proyectil al salir de la boca del cañón y, en su trayectoria irregular, hería a los soldados que pertenecían al bando que disparaba y que se hallaban más adelantados lateralmente. A veces la cápsula se torcía mientras era empujada dentro del plomo, provocando así una expansión irregular que desviaba el proyectil de la línea de mira. Habiéndose comprobado que la expansión del proyectil también podía lograrse sin cápsula, se emprendieron experimentos para determinar la mejor forma de un proyectil de expansión sin cápsula. El capitán prusiano Neindorff parece haber sido el primero que propuso un proyectil semejante (1852). La cavidad de este proyectil es cilíndrica, pero está ensanchada hacia la base en forma de embudo. Dicho proyectil alcanzó muy buenos resultados en alcance y precisión, pero pronto resultó que la cápsula, aparte de la expansión, servía a otro fin. Protegía las paredes delgadas del proyectil hueco contra abolladuras durante el transporte y en caso de trato brusco. En cambio, los proyectiles de Neindorff se deformaban durante el transporte y conseguían entonces resultados muy malos. Por

tal motivo, en la mayoría de los ejércitos alemanes se mantuvo la cápsula hueca de hierro. No obstante, ésta adoptó una forma larga, puntiaguda y semejante a un pilón de azúcar, satisfaciendo entonces suficientemente las expectativas; nunca volcaba y casi jamás se desprendía del proyectil de plomo. El proyectil Enfield lleva, como es sabido, un taco fijo de madera.

Sin embargo, en algunos Estados se prosiguieron los experimentos con proyectiles sin cápsula y tales proyectiles fueron adoptados en el ejército, como sucedió en Bélgica, Francia, Suiza y Baviera. El objetivo principal de todos estos ensayos consistió en dar a la cavidad del proyectil una forma que la protegiera contra el aplastamiento, pero que hiciera posible al mismo tiempo su expansión. Por eso dicha cavidad fue conformada como una campana (Timmerhans en Bélgica), como un prisma triangular (Nessler en Francia), con una subdivisión cruciforme (Plönnies en Darmstadt), etc. Pero parece casi imposible reunir estos dos elementos —solidez y dilatabilidad— en ningún tipo de proyectiles de expansión sin cápsula. Hasta ahora, el nuevo proyectil bávaro (mayor Podewils), que tiene una cavidad cilíndrica muy superficial y un reborde lateral muy grueso, parece satisfacer del mejor modo las exigencias.

En los países en que se estriaron viejos mosquetes de ánima lisa para proyectiles Minié, el gran calibre del antiguo mosquete resultó naturalmente obligatorio. Pero allí donde se introdujeron fusiles completamente nuevos para el ejército, el calibre fue reducido considerablemente por las razones que hemos tratado en un artículo anterior. El fusil inglés Enfield tiene un calibre de 14,68 milímetros; el fusil de la Alemania meridional (adoptado en Wurtemberg, Baviera, Baden y Hesse-Darmstadt), 13,9 mm. Solamente los franceses conservaron para los fusiles de su guardia el calibre de sus mosquetes de ánima lisa (17,80 mm).

El fusil Enfield constituye un muy buen ejemplo del sistema de expansión. Su calibre es lo bastante pequeño para admitir un proyectil del doble de la longitud del diámetro, sin ser por ello más pesado que la antigua bala redonda de mosquete. Está muy bien trabajado y es superior a casi todos los fusiles con que están equipadas las tropas en el continente europeo. El proyectil tiene muy buenas proporciones. Contra el taco de madera se objeta que podría hincharse, aumentando con ello el diámetro del proyectil, o bien encogerse y entonces caerse; pero consideramos ociosas estas objeciones. Si el hinchamiento del taco acarreara inconvenientes, se habría descubierto hace mucho tiempo, y para el caso de encogimiento la forma del cartucho impide que se caiga. Los éxitos obtenidos con el fusil Enfield

lo colocan al mismo nivel que los mejores fusiles de expansión europeos.

Las objeciones contra el fusil Enfield en cuanto fusil de proyectiles de expansión son las siguientes: que el calibre debería ser aún menor, con lo cual, manteniendo el mismo peso, se obtendría tanto un proyectil más largo como un cañón más robusto; que cinco estrías han demostrado ser mejores que tres; que el cañón del largo fusil Enfield es, al menos en la boca, demasiado sensible para servir de soporte a una bayoneta; que el proyectil tiene que soportar una fricción enorme dentro del cañón, pues carece de incisiones anulares, corriendo así el peligro de que la parte maciza se desgarre mientras la parte hueca anular permanece firmemente encajada en las estrías.

Cambiar el calibre es un asunto de gran importancia, y será muy difícil, sin tal modificación, dar mayor solidez al extremo del cañón correspondiente a la boca. Ésta nos parece la objeción más grave. Todas las demás objeciones, en cambio, carecen de importancia; el número de estrías y la forma del proyectil pueden cambiarse en cualquier momento sin dificultades. Pero también en su configuración actual, el fusil Enfield se ha revelado como un arma de guerra muy útil.

Hasta ahora hemos comparado el fusil Enfield únicamente con aquellos fusiles que emplean proyectiles de expansión. La comparación con fusiles que descansan sobre otros principios tenemos que reservarla para una ocasión posterior, cuando hayamos examinado las diversas construcciones ahora en uso.

V

En el año 1852, un fabricante de cañones inglés, el señor Wilkinson, y un oficial de artillería austriaco, el capitán Lorenz, inventaron simultáneamente, pero de manera independiente, un nuevo método para aumentar el diámetro de un proyectil largo que ajusta holgadamente, mediante la fuerza de la ignición, de tal modo que quedara firmemente asentado en el cañón y siguiera las estrías. Este método consistía en hacer que la ignición comprimiera longitudinalmente el proyectil
,
en lugar de dilatarlo.

Tomemos una pelota blanda o elástica, pongámosla sobre una mesa y hagámosla saltar hacia arriba mediante un ligero golpe de nuestra mano. El primer efecto del golpe será, antes aún de mover la pelota, una modificación en la forma de la misma. Por ligero que sea, la presión de la pelota opone, no obstante, suficiente resistencia como para que quede aplanada por el lado donde recibe el golpe. Resulta comprimida en una dirección y, en correspondencia, tiene que dilatarse en otra, exactamente igual que se dilata si la aplastamos por completo. Del mismo modo que el golpe actúa sobre la pelota elástica, tiene que actuar la ignición de la pólvora sobre el
proyectil de compresión
de Lorenz y Wilkinson. El peso, la vis inertiae <fuerza de inercia> del proyectil se convierte en el medio para, mediante su resistencia a la fuerza explosiva, comprimir el proyectil en el sentido de su longitud y reforzarlo así por los lados. El proyectil que abandona el cañón es más corto y más grueso que el que previamente se había introducido en él.

Para ofrecer la resistencia necesaria, condición previa para ser suficientemente comprimido y poder seguir las estrías, un proyectil largo de plomo macizo tendría que ser muy pesado; en otras palabras, muy largo en proporción a su grosor. Incluso con un calibre pequeño, un proyectil semejante resultaría demasiado pesado para la guerra; pues, aun llevando consigo el número habitual de cartuchos, el soldado quedaría sobrecargado de munición. Para remediarlo, se practican dos profundas muescas anulares en la parte cilíndrica del proyectil. Tómese un proyectil Enfield, retírese el taco, llénese la cavidad con plomo fundido y, una vez enfriado, aplíquense estas dos muescas muy juntas en el extremo romo de la parte cilíndrica del proyectil, con lo cual las tres partes existentes del proyectil quedan, por así decirlo, unidas por un eje común de plomo macizo. El proyectil constará entonces de dos conos muy aplanados, truncados y orientados hacia adelante, y de la pesada punta maciza, estando todas las piezas firmemente unidas entre sí. Este proyectil actúa como proyectil de compresión. La resistencia a la deflagración corre a cargo de la pesada parte anterior, la punta del proyectil. La cabeza del cono posterior es impulsada por la fuerza de los gases de la pólvora contra la base del cono que tiene delante, así como la cabeza de este, a su vez, contra el extremo posterior de la punta. De esta manera, el proyectil, acortado y comprimido en su longitud, aumenta tanto de perímetro que se adosa firmemente a todas las paredes interiores del cañón y toma las estrías.

De aquí se desprende con claridad que la punta maciza es la parte principal del proyectil de compresión. Cuanto más largo y pesado es el proyectil, tanta más resistencia opone y, en consecuencia, tanto más seguro es el efecto de compresión de la deflagración. Mientras el fusil tenga un calibre pequeño o, mejor dicho, menor que el del Enfield, será posible emplear proyectiles de compresión que no pesen más que los de expansión. Sin embargo, con el calibre aumenta la superficie de la base del proyectil o, en otras palabras, la superficie expuesta a la acción inmediata de la pólvora. Esta es la razón de que los proyectiles de compresión, en calibres grandes, resultarían siempre demasiado pesados para poder ser utilizados en absoluto. De lo contrario, la fuerza de la deflagración, superando la resistencia del proyectil, lo arrojaría fuera del cañón antes de que estuviera correctamente comprimido. Por eso, los mosquetes de ánima lisa y gran calibre pueden transformarse en fusiles para proyectiles de expansión, pero nunca para proyectiles de compresión.

En calibres pequeños y con estrías poco profundas, el sistema de compresión arroja excelentes resultados. La posición adelantada del centro de gravedad favorece extraordinariamente una trayectoria rasante. El proyectil de compresión posee todas las ventajas del sistema de expansión en lo que atañe a la ligereza y rapidez de carga y a la escasez del retroceso. La bala es maciza y soporta bastante bien el transporte y el trato rudo. La forma permite prensar el proyectil en vez de fundirlo. El único inconveniente es que el sistema de compresión exige un huelgo muy reducido, no mayor de 0,01 pulgadas, y una gran uniformidad en el calibre del cañón y de los proyectiles, pues es evidente que la compresión no acrecienta la superficie del proyectil ni de lejos tanto como la expansión, y, por consiguiente, en caso de un huelgo mayor o de cañones viejos, resulta muy dudoso que el proyectil llegue a comprimirse lo suficiente para tomar las estrías. Sin embargo, este reducido huelgo no es una objeción importante, ya que muchos fusiles con proyectiles de expansión no tienen un huelgo mayor (también el Enfield, por ejemplo, solo tiene 0,01 pulgadas), y hoy día no es difícil fabricar tanto cañones como proyectiles con dimensiones muy precisas y uniformes.

El ejército austriaco ha adoptado el proyectil de compresión para toda la infantería. El calibre es pequeño, 13,9 mm o 0,546 pulgadas (0,031 menos que en el fusil Enfield). El cañón tiene cuatro estrías muy poco profundas (un número par de estrías, aunque terminantemente rechazable para los fusiles de expansión, ha resultado ser mejor para los de compresión que un número impar) con una vuelta en aproximadamente seis pies y seis pulgadas (casi la misma que en el fusil Enfield). El proyectil pesa alrededor de 480 granos (50 granos menos que el Enfield), y la carga asciende a 1/6 del peso del proyectil (en el fusil Enfield, aproximadamente 1/8). Esta arma dio prueba de sí en la campaña de Italia de 1859, y el gran número de soldados franceses, especialmente oficiales, que abatió, atestigua su excelente calidad. El fusil tiene una trayectoria considerablemente más rasante que el fusil Enfield, lo que cabe atribuir a su carga proporcionalmente más fuerte, al menor calibre, que permite un proyectil más largo, y quizás al efecto de las dos muescas anulares.

Sajonia, Hannover y uno o dos pequeños Estados alemanes han adoptado también, para su infantería ligera, fusiles rayados que disparan proyectiles de compresión construidos según el principio de Lorenz.

En Suiza, además del ya mencionado fusil de tirador de élite, se ha adoptado un fusil del mismo calibre (10,51 mm o 0,413 pulgadas, 0,164 pulgadas menos que el fusil Enfield) para proyectiles de compresión. Este fusil lo emplean las compañías ligeras de los batallones de infantería. El proyectil es un modelo Lorenz, y los resultados de este fusil en cuanto a trayectoria más rasante, alcance y precisión solo ceden ante el ya mencionado fusil suizo de tirador de élite, cuyo proyectil, empujado a la manera antigua, posee la trayectoria más rasante de todos los fusiles conocidos. A 500 yardas, el proyectil de compresión suizo, disparado con este fusil, ofrece una zona peligrosa de 130 yardas.

(2) Hasta ahora, el sistema de compresión ha dado sin duda resultados mejores que el sistema de expansión, ya que claramente ha logrado la trayectoria más rasante hasta la fecha. Tampoco puede dudarse de que ello no se debe al sistema en sí, sino a otras causas, entre las cuales la más importante es el pequeño calibre. Con un calibre pequeño igual, el proyectil de expansión ha de poseer una trayectoria igual de rasante que su hasta ahora más exitoso homólogo. Esto se pondrá pronto de manifiesto. Los fusiles de los cuatro Estados del suroeste de Alemania (Baviera, etc.) tienen el mismo calibre que los de Austria, de modo que, en caso de necesidad, pueden utilizar munición austriaca, y viceversa. Pero, junto con la adopción del mismo calibre, estos Estados han adoptado los proyectiles de expansión, y las tablas de tiro de ambas clases de proyectiles permitirán, por tanto, un examen bastante preciso de sus respectivas ventajas. Si, como esperamos, el proyectil de expansión arroja entonces resultados tan buenos como su homólogo, le corresponde la preferencia, porque, primero, puede tomar las estrías con mayor seguridad en todas las circunstancias; segundo, con el mismo calibre puede fabricarse más ligero que el proyectil de compresión, y tercero, porque el aumento de calibre que se produce en todos los cañones de fusil cuando se usan por más tiempo afecta menos al proyectil de expansión.

VI

Todos los fusiles rayados que hemos descrito hasta ahora eran de avancarga. Sin embargo, en épocas anteriores existió un gran número de armas de fuego diversas que se cargaban por la recámara. Las armas de retrocarga precedieron a las de avancarga en la artillería, y la mayoría de los antiguos arsenales contienen fusiles y pistolas de doscientos a trescientos años de antigüedad, con un cierre móvil en el que se podía introducir la carga sin necesidad de empujarla a lo largo del cañón mediante una baqueta. La gran dificultad consistió siempre en unir el cierre móvil al cañón de manera que pudiera quitarse y volverse a colocar fácilmente y que el modo de sujeción fuera lo bastante sólido para resistir la deflagración. Dados los insuficientes dispositivos mecánicos de aquella época, no era de extrañar que no pudiera combinarse una cosa con la otra. O bien las piezas que unían el cierre al cañón resultaban deficientes en solidez y durabilidad, o bien la operación de montar y desmontar se desarrollaba con terrible lentitud. No es de extrañar, pues, que estas armas fueran abolidas, que las de avancarga cumplieran su cometido con mayor rapidez y que la baqueta reinara sin restricciones.

Cuando en tiempos más recientes militares y fabricantes de fusiles se esforzaron por construir un arma de fuego que combinara la facilidad y rapidez de carga del antiguo mosquete con el alcance y la precisión de la carabina rayada, era natural que la carga por la recámara volviera a atraer la atención. Mediante un sistema adecuado de fijación del cierre, se superaron todas las dificultades. El proyectil, de diámetro algo mayor que el calibre, podía introducirse entonces junto con la carga en la parte posterior del cañón. Impulsado por la deflagración, se comprimiría a través del ánima, llenaría las estrías con su plomo sobrante, tomaría las estrías y excluiría toda posibilidad de huelgo. La única dificultad residía en el modo de fijar el cierre. Pero lo que era imposible en los siglos XVI y XVII no tiene por qué abandonarse hoy como algo sin esperanza.

Una vez superadas estas dificultades, las grandes ventajas del arma de retrocarga saltan a la vista. El tiempo necesario para cargar es considerablemente más corto. No se requiere ningún manejo de la baqueta, de sacarla, girarla y volverla a meter. Un movimiento abre el cierre, otro coloca el cartucho en su sitio y un tercero vuelve a cerrarlo. De este modo se asegura un fuego rápido de los tiradores o una rápida sucesión de salvas, tan importantes en muchas situaciones decisivas, en un grado que ningún arma de avancarga puede alcanzar.

En todas las armas de avancarga, la carga se dificulta en cuanto el soldado se arrodilla en una escaramuza o se tumba detrás de un objeto protector. Si permanece a cubierto, no puede mantener su fusil en posición vertical, y gran parte de la carga, al deslizarse, se queda adherida a las paredes del cañón. Si sostiene el fusil verticalmente hacia arriba, se ve obligado a exponerse. Con un arma de retrocarga, el soldado puede cargar en cualquier posición, sin perder de vista al enemigo, ya que puede cargar sin mirar su fusil. En línea, puede cargar mientras avanza, puede disparar salva tras salva durante el avance y, a pesar de todo, llegará siempre al enemigo con el fusil cargado. El proyectil puede ser de construcción sumamente sencilla, completamente macizo, y nunca estará sujeto a las contingencias que hacen que tanto los proyectiles de compresión como los de expansión no tomen las estrías o que aparezcan otros fenómenos indeseables. La limpieza del arma se facilita extraordinariamente. La recámara, o el lugar donde se alojan la pólvora y el proyectil, es decir, la parte que siempre se ensucia más, queda aquí completamente al descubierto, y el cañón o tubo, igualmente abierto por ambos extremos, puede inspeccionarse fácilmente y limpiarse de manera impecable. Como las piezas del extremo posterior del cañón han de ser necesariamente muy macizas, pues de lo contrario no resistirían la deflagración, desplazan el centro de gravedad del fusil hacia el hombro, facilitando así una puntería segura.

Hemos visto que la única dificultad consiste en encontrar un cierre fiable. No cabe duda de que esa dificultad ha sido ahora completamente superada. El número de armas de retrocarga aparecidas en los últimos veinte años es asombroso, y al menos algunas de ellas satisfacen todas las expectativas razonables, tanto en lo que se refiere a la eficacia y solidez del mecanismo de retrocarga como a la facilidad y rapidez con que el cierre puede ser fijado y liberado. Sin embargo, en la actualidad sólo tres sistemas diferentes están en uso como armas de guerra.

El primero es el arma de fuego que utiliza actualmente la infantería en Suecia y Noruega. El mecanismo de retrocarga parece ser suficientemente manejable y sólido. La carga se inflama mediante una cápsula fulminante. El martillo y el punzón de percusión se encuentran ambos en la
parte inferior
de la recámara. No pudimos obtener ningún detalle acerca de las experiencias realizadas con esta arma de fuego.

El segundo es el revólver. El revólver es, como el fusil, un invento alemán muy antiguo. Hace siglos se fabricaban armas de puño con varios cañones, con un mecanismo giratorio que, después de cada disparo, hacía girar un nuevo cañón hasta la posición necesaria para que la llave actuara sobre el proyectil. El coronel Colt, en América, retomó esta idea. Separó las recámaras de los cañones, de modo que un solo cañón bastaba para todas las recámaras giratorias; con ello convirtió el arma en una retrocarga. Como la mayoría de nuestros lectores habrán tenido ya algo que ver con una de estas pistolas Colt, no será necesario describirlas. Además, el carácter complicado del mecanismo haría imposible toda descripción detallada sin dibujos. Esta arma se inflama por medio de cápsulas fulminantes, y la bala redonda, algo mayor que el calibre del cañón, toma las rayas al ser forzada a pasar a través de él. Desde que el invento de Colt se popularizó, se ha inventado un gran número de pequeñas armas de tambor; pero sólo Deane y Adams las han simplificado y mejorado realmente como arma de guerra. Con todo, todo el asunto es sumamente complicado y, para fines bélicos, sólo aplicable a las armas de puño. Sin embargo, con algunas mejoras, este revólver llegará a ser una necesidad para toda la caballería, así como para los marineros que abordan. Asimismo, para la artillería es mucho más adecuado que cualquier carabina. El efecto de este revólver a quemarropa es terrible, y no sólo se ha equipado con él a la caballería norteamericana,

sino también a las flotas de guerra británica, norteamericana, francesa y rusa.

El fusil sueco, al igual que el revólver, se inflama desde fuera mediante cebos de percusión ordinarios. El tercer tipo de retrocarga, el tan discutido fusil de aguja prusiano, prescinde completamente de esto; la carga se inflama desde el interior.

El fusil de aguja fue inventado por un civil, el señor Dreyse, de Sömmerda, en Prusia. Después de haber desarrollado por primera vez el método para disparar un arma haciendo penetrar súbitamente una aguja en la masa explosiva contenida en el cartucho, ya en 1835 completó su invención construyendo un arma de retrocarga dotada de este mecanismo de percusión por aguja. El gobierno prusiano compró inmediatamente el secreto y lo guardó con éxito hasta que se hizo público en 1848. Entretanto, decidió equipar a toda su infantería con esta arma en caso de guerra y continuó fabricando fusiles de aguja. En la actualidad, toda la infantería de línea y la mayor parte de la Landwehr están armadas con él, mientras que toda la caballería ligera recibe ahora carabinas de aguja que se cargan por la recámara.

Acerca del mecanismo de retrocarga, nos limitaremos a decir que parece ser el más sencillo, manejable y duradero de todos los que se han propuesto hasta la fecha. Tras años de pruebas puede afirmarse ahora que el único defecto comprobable consiste en no resistir tanta munición como el tornillo de culata fijo del fusil de avancarga. Pero éste es un defecto que parece inevitable en las armas de retrocarga, y la necesidad de renovar algunas piezas del cierre algo antes que en los viejos fusiles no puede menoscabar en modo alguno las grandes ventajas de esta arma.

El cartucho contiene la bala, la pólvora y la mezcla explosiva, y se introduce
sin abrir
en la recámara, que es algo mayor que el cañón rayado. Un simple movimiento de la mano cierra el cierre y arma al mismo tiempo el arma. Sin embargo, no hay martillo alguno en la parte exterior. Detrás de la carga, en un cilindro hueco de hierro, se encuentra una fuerte y puntiaguda aguja de acero, puesta en movimiento por un resorte en espiral. El amartillarse del arma consiste simplemente en retirar hacia atrás este resorte, comprimirlo y retenerlo. Al tirar del gatillo, éste libera el resorte, que inmediatamente salta hacia adelante, golpea el cartucho y enciende instantáneamente la mezcla explosiva; con ello se dispara la carga. De este modo, cargar y disparar con esta arma se reduce a cinco movimientos: abrir el cierre, introducir el cartucho, cerrar el cierre,

encarar el arma y hacer fuego. No es de extrañar que con un arma así se puedan hacer cinco disparos certeros por minuto.

Los primeros proyectiles empleados para los fusiles de aguja tenían una forma muy desfavorable y producían, en consecuencia, una trayectoria muy elevada. Este defecto ha sido recientemente subsanado con buenos resultados. El proyectil es ahora mucho más largo y tiene la forma de una bellota a la que se le ha quitado la cúpula. Su diámetro es considerablemente menor que el del cañón. Su parte posterior va encajada en una especie de cubilete de un material blando, para darle la resistencia necesaria. Este cubilete se adhiere a la bala mientras ésta está en el cañón, penetra en las rayas y confiere así al proyectil la rotación lateral, al mismo tiempo que reduce considerablemente el rozamiento en el cañón y elimina, no obstante, toda holgura. El arma ha sido mejorada hasta tal punto que la misma alza que antes servía para 600 pasos (500 yardas) puede emplearse ahora para 900 pasos (750 yardas), con lo cual la trayectoria se ha vuelto decididamente más rasante.

Está muy lejos de la verdad afirmar que el fusil de aguja tiene una construcción muy complicada. El mecanismo de retrocarga y la llave de aguja no sólo están compuestos de muchas menos piezas, sino que éstas son también mucho más fuertes que las que componen una llave de percusión ordinaria, la cual, sin embargo, nadie consideraría demasiado complicada para fines bélicos o para un trato rudo. Además, mientras que desmontar una llave de percusión ordinaria es un asunto que requiere un tiempo considerable y toda clase de instrumentos, una llave de aguja puede desmontarse y montarse en un tiempo increíblemente corto y sin más instrumento que los diez dedos del soldado. La única pieza que se rompe fácilmente es la aguja misma. Pero cada soldado lleva consigo una aguja de repuesto, que puede colocar inmediatamente en la llave sin necesidad de desmontarla, incluso durante un combate. También sabemos que el señor Dreyse ha hecho casi imposible la rotura de la aguja mediante un perfeccionamiento en la llave, perfeccionamiento que hace que la aguja vuelva a su posición de reposo protegida tan pronto como ha cumplido su función de encender la carga.

La trayectoria del actual fusil de aguja prusiano será aproximadamente la misma que la del fusil Enfield; su calibre es un poco mayor que el del fusil Enfield. Si se redujese su calibre al del fusil austriaco o, mejor aún, al del fusil de tirador

suizo, igualaría sin duda a cualquiera de estas armas en alcance, precisión y trayectoria rasante, conservando al mismo tiempo sus otras enormes ventajas. El mecanismo de retrocarga podría ser incluso mucho más sólido de lo que es ahora, y el centro de gravedad del arma se acercaría aún más al hombro del soldado que apunta.

La introducción en un ejército de un arma con una rapidez de fuego como ésta provocará forzosamente muchas especulaciones sobre los cambios que traerá consigo en la táctica, especialmente entre gentes tan dadas a especular como los alemanes del norte. Las controversias sobre la supuesta revolución táctica que había de producir el fusil de aguja no tienen fin. La mayoría del público militar en Prusia llegó finalmente a la conclusión de que ningún ataque podría emprenderse contra un batallón que disparase descargas de fusiles de aguja en rápida sucesión, y que, en consecuencia, la bayoneta había pasado a la historia. Si esta ridícula idea hubiera seguido predominando, el fusil de aguja habría acarreado más de una grave derrota a los prusianos. Afortunadamente, la guerra italiana demostró a todos los que supieron ver que el fuego de las armas modernas no es forzosamente tan peligroso para un batallón que ataca con espíritu de lucha, y el príncipe Federico Carlos de Prusia aprovechó la ocasión para recordar a sus camaradas que la defensa pasiva, por bien armado que se esté, es siempre segura de una derrota. La orientación de las opiniones militares ha cambiado. Se empieza a reconocer de nuevo que son los hombres, y no los fusiles, quienes deben ganar las batallas, y si esta nueva arma ha de provocar realmente un cambio en la táctica, éste será (donde el terreno lo permita) el retorno a un empleo reforzado de la línea desplegada, e incluso al ataque en línea, que, aunque Federico el Grande ganó con él la mayoría de sus batallas, había caído casi en el olvido en la infantería prusiana.

VII

Después de haber pasado revista a los diversos sistemas sobre cuya base están construidos los diferentes fusiles actualmente en uso en los ejércitos europeos, no podemos abandonar nuestro tema sin decir unas palabras acerca de un fusil que, aunque no ha sido

introducido en ningún ejército, goza de una merecida popularidad debido a su asombrosa precisión a grandes distancias. Nos referimos, naturalmente, al fusil Whitworth.

Si no nos equivocamos, el señor Whitworth puede atribuirse la invención de dos principios en la construcción de su arma de fuego: el ánima hexagonal y el ajuste mecánico del proyectil al ánima. Ésta tiene, en lugar de un perfil circular, un perfil hexagonal continuo y un paso de estría o torsión helicoidal muy pronunciado, tal como lo presenta la superficie del proyectil hexagonal. El proyectil, compuesto de un metal duro, llena muy bien el interior del cañón y no altera su forma con la inflamación, ya que, debido a sus seis aristas, sigue la torsión de las rayas con una seguridad inquebrantable. Para evitar toda holgura y para lubricar el interior del cañón, se coloca una torta o disco de una materia grasa entre la pólvora y la carga. La grasa se funde por el calor de la inflamación y corre detrás del proyectil en dirección hacia la boca.

Pero a pesar de los indiscutibles y excelentes resultados que el señor Whitworth ha obtenido con su fusil, creemos, sin embargo, que este principio es inferior tanto al principio de expansión como al principio de compresión y al de retrocarga con un proyectil cuyo diámetro es mayor que el calibre. Es decir, creemos que tanto un fusil para proyectiles de expansión como uno para proyectiles de compresión, o uno construido según el sistema del fusil de aguja prusiano, sería superior a un fusil Whitworth si la ejecución fuera igualmente buena, el calibre igual de pequeño y todas las demás circunstancias idénticas. El ajuste mecánico obtenido por el señor Whitworth, por hermoso que sea, no puede ser tan hermético como el que se logra mediante la modificación de la forma del proyectil durante y después del encendido. En sus fusiles con proyectiles duros existe siempre lo que en un fusil debe evitarse a toda costa, a saber: la holgura y, en consecuencia, la fuga de gases. Ni siquiera la grasa fundente puede remediarlo por completo, particularmente en un fusil cuyo calibre se ha agrandado un poco por el uso prolongado. En tal caso, hay un límite muy preciso para todo ajuste mecánico, a saber: el ajuste debe ser suficientemente holgado para dejar pasar la bala con facilidad y rapidez, incluso después de unas cuantas docenas de disparos. La consecuencia es que estos proyectiles hexagonales encajan solo holgadamente, y aunque no conocemos exactamente la magnitud de la holgura, partiendo del hecho de que, sin grasa y envueltos en un pedazo

de papel, caen con toda facilidad, resulta probable que la holgura no sea mucho menor (si es que es menor) que la del proyectil Enfield, que asciende a una centésima de pulgada. El señor Whitworth parece haberse dejado guiar, en la invención de su fusil, principalmente por dos ideas fundamentales: primera, eliminar toda posibilidad de que las estrías se emplomen, y segunda, eliminar todas las contingencias que pueden impedir que un proyectil cilíndrico tome las estrías —ya que impiden bien una expansión o bien una compresión—, haciendo que de antemano ánima y proyectil se ajusten mutuamente. El atasco de las estrías por las partículas de plomo que se desprenden de la bala puede producirse en todos los fusiles con proyectiles de plomo blando. Las contingencias que impiden a una bala tomar correctamente las estrías pueden presentarse tanto en los fusiles de compresión como en los de expansión, pero no en los de retrocarga según el principio prusiano. Sin embargo, ninguna de estas insuficiencias es tan grande como para que no pudiera superarse y para que, con el fin de evitarlas, se sacrificara el principio más importante de la fabricación de rifles, a saber, que la bala tome las estrías sin dejar holgura.

Para esta constatación nos apoyamos en una autoridad excelente, a saber, en el propio señor Whitworth. Sabemos que el señor Whitworth abandonó su principio del ajuste mecánico en lo que respecta a su fusil, y es seguro que, en la actualidad, la mayoría de la gente no dispara con su fusil un proyectil hexagonal duro y compacto, sino un proyectil de plomo blando y cilíndrico. Este proyectil está ahuecado en su base, de manera similar al proyectil Enfield, pero no tiene clavija. Es muy largo (el que pesa 480 granos es tres veces tan largo como su diámetro, el otro, de 530 granos, tres veces y media tan largo como su diámetro), y toma las estrías por efecto del encendido. Aquí, pues, se abandona por completo el principio del señor Whitworth, el del ajuste mecánico, en favor del principio de la expansión, y el fusil Whitworth se convierte en una variedad subordinada del tipo Minié, exactamente como ha sido el caso con el fusil Enfield. Queda por ver el ánima hexagonal y en qué medida es apta para un fusil de expansión.

El ánima hexagonal tiene, naturalmente, seis estrías, y hemos visto que un número par de estrías no se ha mostrado tan bueno para los proyectiles de expansión como uno impar, ya que no es deseable que dos estrías estén diametralmente opuestas. Ahora bien, las estrías en la mayoría de los fusiles de expansión son muy superficiales, en el fusil Enfield, por ejemplo, apenas visibles. En el hexágono, la diferencia entre el diámetro del círculo interior (que corresponde aproximadamente al calibre) y el del círculo exterior (trazado por las seis aristas) asciende a unos dos treceavos, o algo menos de la sexta parte del primero de dichos diámetros; o, en otras palabras, el plomo debe dilatarse casi en 1/6 de su diámetro antes de poder ajustarse debidamente a las aristas del ánima hexagonal. De ello se desprendería que el ánima hexagonal, aunque sumamente adecuada para el sistema de ajuste mecánico, es la menos útil para el proyectil de expansión.

Sin embargo, da buen resultado, como lo muestran los resultados de casi cada concurso de tiro. ¿Cómo es esto posible, si el señor Whitworth ha abandonado el núcleo de su principio y aplica ahora un principio para el cual su fusil no está concebido?

Ante todo, hay que mencionar la excelente ejecución. Es sabido que el señor Whitworth no tiene rival en cuanto a la precisión en los detalles más minuciosos e incluso micrométricos. Lo mismo que sus máquinas-herramienta, también sus fusiles son modelos perfectos en la ejecución de sus detalles. ¡Compárese la boca de sus fusiles con la de cualquier otra ejecución! No hay comparación posible, y para fusiles que disparan hasta 1.000 yardas de alcance, esto constituye una ventaja enorme.

En segundo lugar, y principalmente: el calibre del fusil Whitworth es de 0,451 pulgadas de diámetro menor (lo que hemos llamado el círculo interior). El fusil Enfield tiene 0,577; el fusil de tirador suizo, citado por nosotros repetidas veces como el de trayectoria notoriamente más rasante, tiene 0,413 pulgadas. Considérese ahora la diferencia en la forma del proyectil. El proyectil de expansión Whitworth, de 530 granos, es 3/8 de pulgada más largo que el proyectil Enfield del mismo peso, siendo el primero aproximadamente tres veces y media tan largo como su propio diámetro, y el segundo apenas el doble de largo que su diámetro. Es evidente que un proyectil del mismo peso y con la misma carga puede atravesar mejor el aire, es decir, tendrá una trayectoria más rasante, si es delgado y largo, que si es corto y grueso. Por eso la carga del fusil Enfield es de 68 granos de pólvora; para el fusil Whitworth se emplean cargas de 60, 70 y 80 granos de pólvora. Pero hemos oído de buenos tiradores que utilizan constantemente este fusil que se requieren 80 granos para que el proyectil se dilate bien y logre buenos resultados a grandes distancias. Así,

tenemos para el fusil Whitworth una carga que es toda una sexta parte más fuerte que la del fusil Enfield, y esta carga debería actuar mejor (incluso a igualdad de peso), ya que se enciende en un espacio más limitado y obra sobre una superficie mucho más pequeña del proyectil.

He aquí, pues, otro ejemplo de la enorme ventaja del pequeño calibre, que trae consigo un proyectil largo y delgado, en forma de perno. Quien de mis lectores haya seguido con atención las investigaciones sobre las excelencias de los diversos fusiles rayados habrá llegado hace tiempo a la conclusión de que la forma del proyectil es mucho más importante que el sistema según el cual estén construidos el proyectil o el fusil, y de que, para llegar a una forma de proyectil que sea la que mejor puedan transportar los soldados, es preciso tener un calibre pequeño. Esta es una lección que el fusil Whitworth nos imparte de nuevo.

También podemos aprender de ello que, en un calibre pequeño, la larga y pesada punta del proyectil ofrece resistencia suficiente para que la base hueca pueda dilatarse con seguridad y sin ayuda de una cápsula. El proyectil Whitworth no tiene más que una pequeña oquedad en su base y carece de cápsula; tiene que dilatarse por lo menos tres veces más que cualquier otro proyectil de expansión, y sin embargo toma las estrías con 80 granos de pólvora (que el fusil soporta sin gran retroceso) de manera plenamente satisfactoria.

Dudamos mucho de que el fusil del señor Whitworth llegue a ser alguna vez un arma de guerra; creemos más bien que el ánima hexagonal desaparecerá pronto por completo. Si voluntarios, convencidos en la práctica de la superior capacidad de tiro del fusil Whitworth en comparación con el fusil Enfield actual, han propuesto que se les arme con el primero, ciertamente han ido decididamente demasiado lejos. Consideramos sumamente improcedente comparar entre sí las dos clases de armas. El fusil Whitworth es un arma de lujo, cuya fabricación cuesta por lo menos el doble que la del fusil Enfield. En su estado actual, es un arma demasiado delicada para ponerla en manos de cualquier soldado. Pero si, por ejemplo, sustituyéramos el sensible punto de mira de la boca del cañón por uno apto para un trato rudo, la precisión a grandes distancias se reduciría considerablemente. Para armar tanto al ejército como a los voluntarios con el fusil Whitworth, sería preciso hacer una de dos cosas: o bien el calibre de las armas de fuego portátiles reglamentarias tendría que seguir siendo como hasta ahora, y entonces un fusil Whitworth con el calibre del actual fusil Enfield daría resultados mucho peores que el fusil Whitworth

actual, o bien habría que reducir el calibre, digamos, al del actual fusil Whitworth. En ese caso, es probable que un fusil Enfield de este calibre menor, si se gastase tanto en su fabricación como en un fusil Whitworth, obtuviera resultados tan buenos o incluso mejores.

VIII

Concluimos con una breve recapitulación de los diferentes sistemas de fusil actualmente en uso y de los principios que podemos considerar como establecidos para esta arma.

Los diferentes sistemas de fusil son los siguientes:

1. El sistema de carga forzada: el proyectil, que queda perfectamente ajustado, y el parche, se introducen a golpes enérgicos de la baqueta. Es este el modo más antiguo de conseguir que un proyectil tome las estrías. Hoy ha sido abandonado casi en todas partes para las armas de guerra. La excepción más importante y notable la constituye el nuevo fusil de tirador suizo, que tiene un calibre muy pequeño y un proyectil largo en forma de perno, y que logra la trayectoria más rasante de todos los fusiles hoy en uso. No está previsto como arma para la masa de la infantería, sino solo para unidades selectas, y requiere una carga esmerada para obtener los resultados sumamente favorables que lo distinguen de todos los demás fusiles que hoy conocemos.

2. El sistema que consiste en aplastar el proyectil, que encaja holgadamente, contra un obstáculo en el fondo del cierre (ya sea el borde de una recámara que se estrecha —Delvigne—, o un pivote colocado en el centro de la recámara —Thouvenin—) e introducirlo así en las estrías. Este procedimiento, universalmente preferido durante un tiempo, está siendo desplazado hoy más o menos por los sistemas siguientes. Obsérvese al mismo tiempo que este sistema exige un calibre bastante grande, pues de lo contrario la recámara se vuelve demasiado estrecha.

3. El sistema de expansión: el proyectil largo, que encaja holgadamente, está ahuecado por la base; el gas generado por el encendido penetra en la oquedad y, por así decirlo, la hincha en medida suficiente para que la bala se ajuste al ánima y tome las estrías. Este sistema es hoy generalmente preferido y aún puede ser muy perfeccionado. Así lo muestran los recientes y excelentes resultados que el señor Whitworth ha obtenido con su fusil desde que ha adoptado el principio de la expansión.

4. El sistema de compresión, mediante el cual se obtiene el mismo resultado a través de profundas acanaladuras circulares practicadas en los proyectiles. La fuerza de la inflamación hace que el proyectil, que opone resistencia con su pesada parte delantera, se comprima longitudinalmente y obtenga así el necesario aumento de su diámetro. Este procedimiento, aunque manifiestamente menos seguro que el principio de expansión, ha dado excelentes resultados en los calibres pequeños, como se ha demostrado en Austria y en Suiza. Sin embargo, el proyectil de compresión disparado con el ya mencionado fusil de tirador de precisión suizo no arroja resultados del todo tan buenos como el proyectil de parche, ajustado firmemente, disparado con la misma arma.

5. El sistema de retrocarga: presenta, frente a todos los demás sistemas de fusil, ventajas particulares en el modo de cargar y de hacer fuego. Al mismo tiempo ofrece la mayor seguridad de que el proyectil tome las estrías, ya que la recámara y el proyectil pueden ser algo mayores que el resto del ánima, con lo que el proyectil no puede llegar a la boca sin ser forzado a entrar en las estrías. Este sistema parece realmente destinado a ir desplazando gradualmente a todos los demás sistemas.

No incluimos aquí el sistema de ajuste mecánico del señor Whitworth, ya que, al menos por lo que respecta a las armas de fuego portátiles —y solo de ellas nos ocupamos ahora—, ha sido abandonado.

Si se valoran los distintos sistemas según sus méritos reales, habremos de considerar el fusil de aguja como el más alto; después, el sistema de expansión; luego, el sistema de compresión. Los dos primeros sistemas pueden considerarse ya superados. Pues aunque en Suiza la carga forzada haya dado hasta ahora mejores resultados que el fusil de compresión del mismo calibre, en modo alguno deberíamos, sin una investigación muy a fondo, atribuir estos resultados
al sistema.
Aparte de ello, es un hecho cierto que el proyectil con parche del tirador de precisión suizo no es adecuado para la masa de la infantería.

Hemos visto al mismo tiempo que, desde la introducción del proyectil largo para alcanzar un gran alcance de tiro, una trayectoria baja y precisión en el vuelo, solo tiene una importancia secundaria el sistema según el cual estén construidos el fusil o el proyectil. Mientras los proyectiles fueron redondos, el sistema de estrías tenía una importancia mayor, ya que todos los proyectiles encontraban la resistencia del aire en condiciones casi iguales, y la influencia de una mayor inclinación de las estrías, de estrías más profundas o más numerosas, etc., era proporcionalmente mucho más considerable

que ahora. Pero con el proyectil largo aparece en la escena un nuevo elemento. El proyectil puede ser, dentro de límites bastante amplios, más largo o más corto, y surge entonces la cuestión de qué forma de proyectil sea la más ventajosa. Teóricamente está claro que la misma cantidad de plomo, disparada con la misma velocidad inicial, conservará mejor esa velocidad con una forma larga y delgada que con una forma corta y gruesa; presuponiendo siempre que se retenga la rotación lateral que un fusil imparte al proyectil, a fin de impedir que este se invierta en su trayectoria. La resistencia del aire es la fuerza retardatriz; esta disminuye gradualmente la velocidad inicial que la pólvora ha dado al proyectil y otorga así, por decirlo de algún modo, una influencia creciente a la fuerza de gravedad, siempre en aumento. La velocidad inicial depende de la carga y, hasta cierto punto, de la construcción del arma; por eso podemos considerarla como algo fijo. La fuerza de gravedad también está fija y tiene una magnitud determinada; de modo que solo queda la forma del proyectil como variable, para que el proyectil pueda atravesar el aire con la menor resistencia posible. A fin de reducir la resistencia del aire, un proyectil largo y delgado se presta, como hemos dicho, mucho mejor que uno corto y grueso del mismo peso.

Ahora bien, el peso máximo de un proyectil para fines militares tiene también una magnitud determinada. Un soldado ha de estar en condiciones de portar, además de su arma y de su equipo, al menos 60 proyectiles. Para producir el proyectil de mejor forma, este debe alargarse y reducirse su diámetro, partiendo del peso de plomo dado (digamos, 530 grains). En otras palabras: el calibre del fusil rayado debe disminuirse. Hasta cierto punto, esto será posible sin excepción. Compárese el peso de 530 grains en el proyectil del Enfield y el mismo peso en el proyectil del Whitworth. Una sola mirada explica por qué este último tiene una trayectoria mucho más baja (es decir, conserva mucho mejor su velocidad inicial) y, por ello, acertará con facilidad un blanco a una distancia de 1.000 yardas, mientras que a esa distancia no hay que fiarse del proyectil del Enfield. Y sin embargo, ambos son proyectiles de expansión, y la construcción general del fusil Whitworth ciertamente no es la más idónea para el proyectil de expansión. Considérese el fusil de tirador de precisión suizo, que con un calibre aún menor que el del fusil Whitworth logra resultados todavía mejores y mantiene una trayectoria todavía más baja, tanto si el proyectil se introduce a la fuerza con un parche como si se introduce suelto y es comprimido por la inflamación. O tómese el fusil de aguja prusiano. Mediante la reduc-

ción del diámetro y el alargamiento del proyectil, que luego es guiado en el ánima amplia mediante un botón o taco, el proyectil alcanza ahora, con la misma alza que antes indicaba un alcance de tiro de 600 yardas, las 900 yardas. Por consiguiente, marcharemos sobre seguro si consideramos como un hecho firme que la capacidad de rendimiento de los fusiles, con independencia del sistema según el cual estén construidos, está en general en razón inversa al diámetro de su ánima. Cuanto menor el calibre, tanto mejor el fusil; y a la inversa.

Con estas observaciones abandonamos un tema que a muchos de nuestros lectores habrá podido parecerles bastante árido. Pero es de grandísima importancia. Ningún soldado inteligente debería estar en la ignorancia acerca de los principios conforme a los cuales está construida, o debe funcionar, su arma. Lo que aquí intentamos exponer es lo que los suboficiales de la mayoría de los ejércitos continentales han de saber, y ciertamente, ¡la mayoría de los voluntarios, la «inteligencia del país», debería estar a la altura de estos en el conocimiento de sus armas de fuego!

(1)
Estas acanaladuras (cannelures) fueron inventadas por Tamisier, otro oficial francés. Amén de reducir el peso del proyectil y la fricción en el ánima, capacitaban al proyectil para mantener el equilibrio, de forma semejante a las plumas de una flecha en el aire, y alargar así la trayectoria.

(2)
Por espacio peligroso se entiende aquí aquella parte del vuelo de un proyectil que no transcurre a una altura superior a la estatura de un hombre, digamos 6 pies; es decir, en este caso, un proyectil que se apunta a la base de un blanco de 6 pies de altura, a una distancia de 500 yardas, alcanza todo objeto que tenga 6 pies de altura y se encuentre en cualquier punto entre las 370 y las 500 yardas del tirador, en la línea de mira. Dicho de otro modo: con el alza regulada para 500 yardas se puede cometer un error de 130 yardas en el cálculo de la distancia del objeto, y aun así el objeto será alcanzado, siempre que se haya tomado correctamente la línea de mira.