Friedrich Engels

Los generales voluntarios

Escrito en la primera quincena de marzo de 1861.

Del inglés.

["The Volunteer Journal, for Lancashire and Cheshire", núm. 28, 16 de marzo de 1861]

Una cosa le falta al movimiento de los voluntarios, y es una crítica justa e inteligente, pero abierta y franca, por parte de terceros competentes. Los voluntarios son a tal punto los favoritos del público y de la prensa, que la crítica se hizo absolutamente imposible. Nadie le habría prestado oídos; todo el mundo la habría considerado injusta, malintencionada e inoportuna. Lo insuficiente de las prestaciones de los voluntarios se pasaba casi siempre en silencio, mientras que a cada cuerpo se le ponía por las nubes por todo lo que realizaba medianamente bien. La cortesía de la gente, aun con la mejor intención de no dejarse llevar por prejuicios, se veía sometida a una dura prueba. En todas partes tenían que emitir su opinión sobre uno u otro asunto de los voluntarios, y si no estaban dispuestos a prodigar una alabanza sumamente exagerada e inmerecida, podían darse por satisfechos si conseguían salir del paso sin ser considerados snobs engreídos. ¡Cuántas veces se ha perjudicado a los voluntarios con la estúpida adulación de que eran capaces de batirse con cualquier tropa del mundo! ¡Cuántas veces se les ha dicho que ninguna división de las tropas de línea habría podido hacer mejor lo que ellos mostraron en Hyde Park, en Edimburgo, en Newton o en Knowsley!

Prescindiendo de tan absurda adulación, que en cualquier momento habría sido ridícula, queremos decir que habría que dar a los voluntarios ocasión de ponerse a prueba antes de emitir un juicio justo sobre su capacidad. Pero ese tiempo ha pasado hace mucho. Si el movimiento de los voluntarios, después de casi dos años de existencia, no puede soportar aún ninguna crítica, nunca podrá soportarla. Las grandes revistas del pasado verano señalan, a nuestro juicio, el período en que el movimiento efectuó la transición de la infancia

a la adolescencia; mediante esas revistas, los voluntarios han provocado ahora ellos mismos la crítica; y sin embargo, esa crítica —salvo una o dos excepciones— no fue ejercida públicamente por quienes estaban llamados a hacerlo.

Los efectos —tanto de la falta de una crítica honrada y franca como de la adulación exagerada— son ahora bastante visibles. Difícilmente habrá un cuerpo de voluntarios con dieciocho meses de existencia que no esté íntimamente convencido de ser tan bueno como quepa exigir. Los soldados, después de haber practicado los movimientos de batallón más simples, aprendido la rutina del combate de tiradores en terreno llano y un poco de tiro con fusil, se inclinarán demasiado a suponer que pueden hacer todas esas cosas exactamente igual de bien que las tropas de línea; y lo que los oficiales opinan de sí mismos se puso de manifiesto en la carrera por el ascenso a capitán, comandante y teniente coronel que se dio en casi todos los cuerpos. Todo el mundo se sentía plenamente capacitado para cualquier rango de oficial que pudiera conseguir, y en la mayoría de los casos no era ciertamente mérito suyo si el hombre ascendía; no hay que asombrarse de que en toda una serie de casos tengamos todo menos al hombre adecuado en el lugar adecuado. Oficiales y tropa creían tan firmemente en lo que una prensa y una opinión pública bien intencionadas gustaban de llamar perfección de las prestaciones, que empezaron a considerar el oficio de soldado como algo extraordinariamente fácil; y es un milagro que su propia perfección de advenedizos no les hiciera creer que un ejército permanente compuesto de oficiales y soldados formados durante largo tiempo es completamente superfluo en un país donde podrían producirse soldados perfectos con mucha más facilidad sobre la base de los voluntarios.

La primera prueba clara de cómo los partidarios del movimiento en la prensa lo perjudicaron fue la maniobra del pasado verano en Londres. Algunos coroneles voluntarios emprendedores consideraron llegado el momento de dar a sus soldados un anticipo de lo que significa realmente combatir. Naturalmente, los listillos entre los regulares movieron la cabeza, pero eso no importaba en absoluto. Esos regulares estaban mal predispuestos contra el movimiento de los voluntarios, les tenían envidia, el éxito de la revista de Hyde Park casi los volvía locos; temían que la maniobra saliera mejor que todo cuanto las tropas de línea hubieran realizado jamás en ese sentido, etc. ¿Acaso los voluntarios no habían pasado por el ejercicio del fusil, la instrucción de pelotón, la instrucción de batallón y los ejercicios de combate de tiradores?

Y los oficiales, aunque poco antes meros civiles, ¿no eran ahora capaces capitanes, comandantes y coroneles? ¿Por qué no habían de mandar una brigada o una división tan bien como un batallón? ¿Por qué no habían de jugar un poco a generales, después de haber tenido tanto éxito en los grados inferiores?

Así se llevó a cabo la maniobra y, según todos los informes, fue vergonzosa. La cosa se ejecutó con el mayor desprecio de las condiciones del terreno, un magnífico menosprecio del efecto del fuego y una acumulación enteramente ridícula de todas las imposibilidades inherentes a un combate simulado. Los soldados no aprendieron nada con ello; se llevaron a casa una impresión del combate completamente opuesta a la realidad, un estómago vacío y unas piernas cansadas —esto último acaso lo único que, en cierto sentido, puede considerarse útil para guerreros novatos.

Semejante necedad era disculpable en la infancia del movimiento. Pero ¿qué decir de la repetición de tentativas análogas en el momento presente? Nuestros infatigables generales voluntarios londinenses, hechos a sí mismos, están de nuevo en acción. Sus propios laureles del verano pasado no les dejan en paz. Una mera maniobra de dimensiones corrientes ya no satisface su ambición. Esta vez ha de librarse un gran combate decisivo. Un ejército de 20.000 voluntarios ha de ser lanzado desde Londres a la costa meridional, rechazar una invasión y regresar a Londres la misma tarde para poder atender de nuevo a sus negocios a la mañana siguiente. ¡Todo esto, como observa acertadamente el "Times", sin organización alguna, sin estado mayor, comisariado, transporte terrestre, tren de regimiento —sí, incluso sin mochila y sin todas las cosas necesarias para una campaña que un soldado de línea lleva en ese recipiente! Esto no es, sin embargo, más que un aspecto de la cuestión; muestra sólo uno de los rasgos característicos de la increíble confianza en sí mismos que nuestros generales voluntarios están convencidos de poder poseer. Cómo han de adquirirse los conocimientos puramente tácticos, la destreza para conducir tropas, es cosa que el "Times" no pregunta. Y sin embargo, es un punto igualmente importante. El ejercicio de los voluntarios sólo se realiza en terreno llano, pero los campos de batalla suelen ser todo menos llanos y sin accidentes, y precisamente la capacidad de sacar ventaja del terreno accidentado y ondulado es la base de toda táctica aplicada y de la destreza para disponer las tropas en el despliegue. Pero ¿cómo pueden los generales, coroneles y capitanes de los voluntarios dominar este arte que ha de aprenderse teórica y

prácticamente? ¿Dónde se les ha enseñado? Este principio de la táctica aplicada se ha tenido tan poco en cuenta, que no conocemos un solo cuerpo al que se le haya instruido prácticamente sobre cómo librar un combate en terreno accidentado. ¿Qué otra cosa puede resultar entonces de todos esos intentos de ejecutar maniobras sino un espectáculo quizá satisfactorio para los espectadores ignorantes, pero enteramente inútil para los soldados que han de someterse a él y que sólo sirve para hacer aparecer ridículo el movimiento de los voluntarios a los ojos de los expertos militares que asistan a semejante función?

Para nuestro asombro, comprobamos que incluso en la práctica Manchester se está haciendo un intento de producir generales voluntarios. Sin duda, no estamos tan adelantados como nuestros amigos los londinenses; no tendremos una maniobra, sino un simple ejercicio de campo de todos los voluntarios de Manchester —algo así como la revista de Newton—, y la cosa ha de desarrollarse en un terreno relativamente llano. Queremos que se nos entienda bien: lejos de desaprobar esto, creemos por el contrario que media docena de ejercicios de campo de esta índole cada año no perjudicaría en nada a los voluntarios de Manchester. Añadiríamos que incluso consideraríamos deseable que tales ejercicios de campo se realizaran en terreno accidentado, para permitir variar más las maniobras (contra un enemigo supuesto) y acostumbrar gradualmente a oficiales y tropa a maniobrar en terreno accidentado. Tales maniobras brindarían a los ayudantes excelentes ocasiones para sacar después, en la instrucción de oficiales, algunas conclusiones prácticas sobre el método de aprovechar en el combate las ventajas del terreno. Hasta aquí, no sólo estamos de acuerdo con el plan, sino que desearíamos verlo ampliado y ejecutado regularmente. Pero ahora nos informa un artículo aparecido el pasado sábado en un periódico local de que en esta ocasión los voluntarios lo harán todo por sí mismos. Es decir, tendrán un comandante en jefe voluntario, generales de brigada voluntarios y un estado mayor voluntario. Eso es el intento de introducir también en Manchester el sistema londinense de producir generales voluntarios; y contra ello formulamos nuestra enérgica protesta. Con todo el respeto debido a los oficiales al mando en Manchester, decimos que aún les queda mucho que aprender antes de que —y no hacemos ninguna excepción— se conviertan en jefes de batallón plenamente formados;

y si, antes de haberse cualificado adecuadamente para la responsabilidad que ya han asumido, aspiran a actuar por un día en un rango superior, hacen lo que a nuestro juicio es la mayor maldición para el movimiento de los voluntarios, a saber, jugar a los soldados y con ello rebajar el movimiento. Al frente de sus batallones estarían en el lugar adecuado, podrían ocuparse de su gente y aprender algo ellos mismos. Como generales de pacotilla [generales de imitación] no serían de ninguna utilidad real, ni para sus soldados ni para ellos mismos. Todo nuestro respeto a los ayudantes de nuestros regimientos de Manchester, a quienes corresponde la mayor parte del mérito de haber hecho de sus regimientos lo que son; pero su puesto está en sus respectivos regimientos, donde hasta ahora no se puede prescindir de ellos, mientras que no serían de ninguna utilidad real si se dedicasen un día entero a jugar a ayudante, general y mayor de brigada, cosa que seguramente tampoco les proporcionaría ninguna satisfacción personal especial.

Dado que aquí, en Manchester, tenemos el cuartel general de la división septentrional del ejército con un Estado Mayor amplio y eficaz, y que tenemos acantonados aquí un regimiento de infantería y otro de caballería, no es preciso recurrir a farsas tan extraordinarias. Creemos que sería más conforme a la subordinación militar y también más en interés de los propios voluntarios no congregarse en gran número bajo las armas sin ofrecer el mando al general del distrito y dejar a éste la determinación del Estado Mayor y de los oficiales de las tropas de línea para la división y las brigadas. Indudablemente, se saldría al encuentro de los voluntarios con el mismo talante amistoso que se ha dado en ocasiones anteriores. Tendrían entonces al frente de la división y de las brigadas a hombres que entienden su oficio y pueden señalar los errores que se produzcan, y conservarían además su propia organización sin menoscabo. Sin duda, esto impediría que coroneles actúen como generales, mayores como coroneles y capitanes como mayores, pero traería la gran ventaja de evitar que Manchester produjera semejantes generales de pacotilla a la Brummagem, que no hay motivo para envidiar a Londres, donde esto ocurre ahora de manera harto evidente.