Karl Marx

La situación financiera de Francia

Escrito el 18 de noviembre de 1861.

["Die Presse" N.° 322 del 23 de noviembre de 1861]

El "Times", que al principio había elogiado moderadamente el coup d'éclat imperial [jugada maestra], para luego ensalzarlo con hipérboles, da hoy un viraje repentino de la panegírica a la crítica. La manera en que se ejecuta esta maniobra caracteriza al Leviatán de la prensa inglesa:

"Dejamos a otros el oficio de felicitar al César por su confesión de que es un ser finito y no infalible, y de que él, quien indiscutiblemente impera por la sola fuerza de la espada, no pretende gobernar por derecho divino. Por el contrario, tenemos que preguntar por los resultados financieros de la dominación imperial a lo largo de un decenio. Estos resultados mismos son incomparablemente más importantes que las frases en que se los comunica... El ejecutivo hacía lo que le placía; los ministros sólo eran responsables ante el emperador; el estado de las finanzas se mantenía completamente en secreto frente al público y a las cámaras. La forma de presupuestos votados anualmente no era una restricción, sino una máscara; no una protección, sino un fraude. ¿Qué ha ganado, pues, el pueblo francés al haber puesto sus libertades y su fortuna a disposición de un solo hombre?... El propio señor Fould confiesa que de 1851 a 1858 se abrieron créditos extraordinarios por un monto de 2.800.000.000 de francos, y que el déficit del año en curso asciende a no menos de mil millones de francos.

Ignoramos cómo se han recaudado estas sumas. En todo caso, no por la vía de la tributación. De manera confesa, se gastaron los cuatro millones que el Banco de Francia pagó por la renovación de sus privilegios; 5 1/2 millones se tomaron prestados del fondo de dotación del ejército y se lanzaron a la circulación papeles de crédito de toda clase.
En cuanto a la situación actual de las cosas,
nos asegura nuestro corresponsal en París
que no hay suficiente dinero en el tesoro público para pagar los próximos

dividendos semestrales que vencen el mes que viene
. Tal es el estado funesto, des-

honroso de las finanzas francesas tras un decenio de imperialismo brillante y exitoso, y sólo ahora, en un momento en que es incapaz de cumplir con sus obligaciones corrientes, el gobierno francés hace partícipe en cierta medida a la nación de su confianza y le muestra un pequeño fragmento de la realidad que se ocultaba tras la pomposa fantasmagoría de la prosperidad financiera tantas veces aseverada. Sí, en este instante la 'Revue des deux Mondes' está expuesta a persecuciones judiciales por haber dado ciertas informaciones sobre el estado financiero de Francia, a las que sólo se puede reprochar que son demasiado halagüeñas."

El "Times" pregunta luego por las causas de este descalabro. Durante el decenio imperial, el comercio de exportación de Francia creció en más del doble. Con la industria se desarrolló la agricultura, y con ambas el sistema ferroviario. El sistema crediticio, antes de 1848 apenas existente en sus inicios, brotó en todas direcciones. Todos estos desarrollos no surgieron de la palabra imperiosa del Emperador, sino de las convulsiones del mercado mundial desde los descubrimientos de oro en California y Australia. ¿De dónde proviene, pues, la catástrofe?

El "Times" menciona los gastos extraordinarios para el ejército y la marina, fruto natural del empeño de Luis Bonaparte por hacer el papel de Napoleón en Europa. Menciona las guerras, y por último los costes gigantescos de las obras públicas, destinadas a ocupar y mantener de buen humor a empresarios y proletariado.

"Pero", prosigue, "todo esto no basta para explicar este pavoroso déficit, el mayor en los anales de la historia... A los armamentos agresivos en el ejército y la flota, a las construcciones estatales y a las guerras ocasionales se sumó un
descarado y generalizado sistema de saqueo
. Una lluvia de oro cayó sobre el
Imperio
y sus partidarios. Enormes fortunas, súbita y misteriosamente adquiridas, fueron causa de escándalo y asombro, hasta que el escándalo enmudeció y el asombro se atenuó, a consecuencia de la frecuencia, más aún, de la universalidad del fenómeno. La Francia moderna nos ha entregado la clave de los pasajes de las Sátiras de Juvenal en los que la riqueza súbitamente adquirida es tratada como un crimen contra el pueblo. Las deslumbrantes mansiones, los brillantes equipajes, el enorme derroche de gentes que antes del golpe de Estado eran notorios muertos de hambre, están en boca de todo el mundo. La corte reguló su economía doméstica según un baremo de despilfarro casi increíble. Nuevos palacios surgieron como por arte de magia, y el brillo del ancien régime fue superado. La extravagancia no conoció más límites que el tesoro público y el crédito del Estado. El primero ya no existe, el otro ha sido dilapidado.
Esto es lo que diez años de imperialismo han hecho por Francia.
"

La cuestión más importante para Europa es indiscutiblemente si el sistema financiero imperialista
puede
transformarse en un sistema financiero constitucional, tal como el intercambio de cartas entre Luis Bonaparte y Fould deja entrever. No se trata aquí de las intenciones momentáneas de las personas. Se trata de las condiciones económicas
de vida
del cesarismo restaurado. El fraudulento sistema financiero sólo podría transformarse en un prosaico sistema financiero mediante la eliminación de la corrupción como medio general de gobierno; mediante la reducción del ejército y la flota al pie de paz y, por consiguiente, mediante
la renuncia al carácter napoleónico
del régimen actual; y por último, mediante la ruptura total con el plan seguido hasta ahora de atar al gobierno existente a una parte de la clase media y del proletariado urbano por medio de grandes construcciones estatales y otras obras públicas. ¿Satisfacer todas estas condiciones no significaría: "Et propter vitam, vivendi perdere causas!"? ¿Se cree de verdad que el modesto sistema de Luis Felipe pueda ser restablecido bajo la firma napoleónica? Tan poco como la Monarquía de Julio pudo erigirse enarbolando el drapeau blanc.

Por eso calificamos
desde un principio el coup d'éclat del 14 de noviembre como una comedia, y no dudamos un solo instante de que esta comedia perseguía sólo dos fines: remediar un apuro momentáneo e invernar. Alcanzados ambos fines, en primavera resonaría la trompeta de guerra y se haría el intento de hacer que la guerra pague esta vez sus propias costas. No se olvide que hasta ahora —y esto era una consecuencia necesaria de un napoleonismo meramente
actuado
— la Francia decimbrista ha pagado toda su gloria con cargo al propio bolsillo del Estado francés.

La prensa inglesa, tras breves oscilaciones, ha llegado al mismo resultado respecto a la
seriedad
de las promesas del 14 de noviembre y a la
posibilidad
de su cumplimiento.

Así lo dice el "Times" de hoy en el editorial citado:

"El Emperador renuncia a la concesión de créditos extraordinarios. Ésta es enteramente una pieza de virtud abnegada, como la que suele preceder a un nuevo empréstito francés, pero que rara vez le sobrevive." Y en su artículo bursátil se dice: "Es muy dudoso que la santidad financiera súbitamente introducida por la crisis financiera sobreviva largo tiempo al paroxismo, una vez que la caja del Estado esté como llena y el nuevo empréstito asegurado? ...

Se dice que la opinión pública obligará al Emperador, contra su propia voluntad, a ejecutar el programa de Fould. ¿No sería más correcto decir que todo el mundo está dispuesto a entregarse a este autoengaño, mientras que los abastecedores del ejército y la flota y los especuladores cuentan firmemente con que, en primavera, tras haber pasado el invierno y conjurado el peligro momentáneo, el 'Moniteur', sea por 'la cambiada situación de Europa', sea por la necesidad de rectificar algo, o porque en alguna parte el honor de Francia se vea amenazado, sea en la fe católica, sea en la libertad y civilización del género humano, encontrará razones suficientes para volver al viejo sistema financiero, que, por lo demás, ¿no puede ser abandonado a la larga en un país bajo dictadura militar y sin un derecho constitucional universalmente reconocido e inviolable?"

En un sentido análogo se manifiesta el "Economist". Concluye su análisis con estas palabras:

"A pesar del decreto, el
riesgo político
seguirá siendo siempre el punto de vista rector de un hombre que no se engaña sobre el hecho de que el menor fracaso puede desarraigar a su dinastía."

Luis Bonaparte hasta ahora sólo ha expuesto a Europa a peligros porque él mismo estaba constantemente expuesto al peligro en Francia. ¿Se cree que su peligrosidad para Europa disminuirá en la misma medida en que crece el peligro para él mismo en Francia? Sólo si al peligro interior se le concede tiempo para estallar.