Karl Marx en el New-York Tribune, 1861

La cuestión americana en Inglaterra

Londres, 18 de septiembre de 1861

La carta de Mrs. Beecher Stowe a Lord Shaftesbury, cualquiera que sea su mérito intrínseco, ha hecho un gran bien al obligar a los órganos anti-norteños de la prensa londinense a hablar claro y exponer ante el gran público las razones ostensibles de su tono hostil contra el Norte y de sus mal disimuladas simpatías por el Sur, lo cual resulta bastante extraño en personas que se las dan de sentir un horror absoluto por la esclavitud. Su primer y principal agravio es que la presente guerra americana «no es una guerra por la abolición de la esclavitud» y que, por consiguiente, no puede esperarse que el británico de altos sentimientos, acostumbrado a emprender guerras por su cuenta y a interesarse en las guerras ajenas sólo sobre la base de «amplios principios humanitarios», sienta simpatía alguna por sus primos del Norte.

«En primer lugar —dice The Economist—, la suposición de que la querella entre el Norte y el Sur es una querella entre la libertad de los negros, por un lado, y la esclavitud de los negros, por el otro, es tan impudente como falsa.» «El Norte —dice The Saturday Review— no proclama la abolición ni ha pretendido jamás luchar por el antiesclavismo. El Norte no ha enarbolado como oriflama el sagrado símbolo de la justicia para el negro; su grito de guerra no es la abolición incondicional.» «Si —dice The Examiner— hemos sido engañados acerca del verdadero significado de este movimiento sublime, ¿a quién, sino a los propios federales, cabe pedir cuentas por ese engaño?»

Ahora bien, en primera instancia, hay que conceder la premisa. La guerra no se ha emprendido con vistas a suprimir la esclavitud, y las propias autoridades de los Estados Unidos han puesto el mayor empeño en protestar contra semejante idea. Pero, entonces, conviene recordar que no fue el Norte, sino el Sur, quien emprendió esta guerra; el primero se limitó a actuar a la defensiva. Si es cierto que el Norte, tras largas vacilaciones y una muestra de indulgencia sin parangón en los anales de la historia europea, desenvainó al fin la espada, no para aplastar la esclavitud, sino para salvar la Unión, el Sur, por su parte, inauguró la guerra proclamando a voz en grito «la institución peculiar» como el fin único y principal de la rebelión. Confesó que luchaba por la libertad de esclavizar a otros pueblos, una libertad que, pese a las protestas del Norte, afirmaba verse puesta en peligro por la victoria del Partido Republicano y la elección del señor Lincoln para la silla presidencial. El Congreso confederado se jactó de que su flamante constitución, a diferencia de la Constitución de los Washington, los Jefferson y los Adams, había reconocido por vez primera la esclavitud como una cosa buena en sí misma, un baluarte de la civilización y una institución divina. Si el Norte profesó luchar tan sólo por la Unión, el Sur se gloriaba en la rebelión por la supremacía de la esclavitud. Si la antiesclavista e idealista Inglaterra no se sintió atraída por la profesión de fe del Norte, ¿cómo fue que no se sintió violentamente repelida por las cínicas confesiones del Sur?

The Saturday Review sale de este feo dilema no creyendo las declaraciones de los propios secesionistas. Ve más hondo y descubre «que la esclavitud tuvo muy poco que ver con la secesión»; las declaraciones en contrario de Jeff. Davis y compañía no serían más que meros «convencionalismos» con «tanto significado aproximadamente como los convencionalismos sobre altares violados y hogares profanados que siempre aparecen en semejantes proclamas».

El caudal de argumentos de los periódicos anti-norteños es muy escaso, y en todos ellos encontramos repetidas casi las mismas frases, como las fórmulas de una serie matemática, a ciertos intervalos, con muy poco arte de variación o combinación.

«¡Cómo! —exclama The Economist—, si fue ayer mismo, apenas el movimiento secesionista cobró el primer impulso serio, al primer anuncio de la elección del señor Lincoln, cuando los norteños ofrecieron al Sur, si permanecía en la Unión, toda garantía concebible para el cumplimiento y la inviolabilidad de la institución abominable; cuando renegaron del modo más solemne de toda intención de inmiscuirse en ella; cuando sus líderes propusieron en el Congreso una transacción tras otra, basadas todas en la concesión de que no se tocaría a la esclavitud.» «¿Cómo se explica —dice The Examiner— que el Norte estuviera dispuesto a transigir haciendo las mayores concesiones al Sur en materia de esclavitud? ¿Cómo es que se propuso en el Congreso una cierta línea geográfica dentro de la cual la esclavitud habría de ser reconocida como institución esencial? Los Estados del Sur no se contentaron con esto.»

Lo que The Economist y The Examiner tenían que haberse preguntado no es sólo por qué se propusieron en el Congreso las medidas de compromiso propuestas por Crittenden y otros, sino por qué no llegaron a aprobarse. Afectan considerar aquellas propuestas de compromiso como aceptadas por el Norte y rechazadas por el Sur, cuando, en realidad, fueron frustradas por el partido norteño que había hecho triunfar la elección de Lincoln. Al no haber llegado nunca esas propuestas a convertirse en resoluciones, sino a permanecer siempre en el estado embrionario de pia desideria, el Sur jamás tuvo, por supuesto, ocasión ni de rechazarlas ni de aceptarlas. Nos acercamos a la médula de la cuestión con la siguiente observación de The Examiner:

«Mrs. Stowe dice: “El partido esclavista, viendo que ya no podía utilizar la Unión para sus fines, resolvió destruirla.” Hay aquí una admisión de que hasta ese momento el partido esclavista había utilizado la Unión para sus fines, y habría sido bueno que Mrs. Stowe hubiera podido mostrar claramente dónde fue que el Norte empezó a plantar cara a la esclavitud.»

Cualquiera hubiera podido suponer que The Examiner y los demás oráculos de la opinión pública en Inglaterra se habían familiarizado lo bastante con la historia contemporánea como para no necesitar la información de Mrs. Stowe sobre puntos tan esenciales. El abuso progresivo de la Unión por el poder esclavista, actuando mediante su alianza con el Partido Demócrata norteño, es, por así decirlo, la fórmula general de la historia de los Estados Unidos desde comienzos de este siglo. Las sucesivas medidas de compromiso señalan los sucesivos grados de la usurpación mediante la cual la Unión se fue transformando cada vez más en esclava del esclavista. Cada uno de estos compromisos denota una nueva usurpación del Sur, una nueva concesión del Norte. Al mismo tiempo, ninguna de las sucesivas victorias del Sur se obtuvo sino tras una reñida contienda con una fuerza antagónica en el Norte, que aparecía bajo distintos nombres de partido, con distintas consignas y bajo distintos colores. Si el resultado positivo y final de cada contienda aislada fue favorable al Sur, el observador atento de la historia no podía dejar de ver que cada nuevo avance del poder esclavista era un paso adelante hacia su derrota definitiva. Ya en la época del Compromiso de Missouri las fuerzas contendientes estaban tan equilibradas que Jefferson, como vemos por sus memorias, temió que la Unión corriera peligro de escindirse por aquel antagonismo mortal. Las usurpaciones del poder esclavista alcanzaron su punto máximo cuando, mediante el proyecto de ley de Kansas-Nebraska, por primera vez en la historia de los Estados Unidos —según confesó el propio señor Douglas—, se derribó toda barrera legal a la difusión de la esclavitud dentro de los territorios de los Estados Unidos; cuando, después, un candidato norteño compró su nominación presidencial comprometiendo a la Unión a conquistar o comprar en Cuba un nuevo campo de dominio para el esclavista; cuando, más tarde, por la sentencia del caso Dred Scott, la difusión de la esclavitud por el poder federal fue proclamada como ley de la Constitución americana; y, por último, cuando el comercio africano de esclavos se reabrió de hecho en una escala mayor que en los tiempos de su existencia legal. Pero, concurrentemente con ese clímax de las usurpaciones sureñas, llevadas a cabo con la connivencia del Partido Demócrata norteño, hubo signos inequívocos de que las fuerzas antagónicas del Norte habían cobrado tal pujanza que no tardarían en hacer inclinar la balanza del poder. La guerra de Kansas, la formación del Partido Republicano y el gran número de votos obtenidos por el señor Frémont en las elecciones presidenciales de 1856 fueron otras tantas pruebas palpables de que el Norte había acumulado energías suficientes para rectificar las aberraciones que la historia de los Estados Unidos, bajo la presión de los esclavistas, había sufrido durante medio siglo, y hacerla volver a los verdaderos principios de su desarrollo. Aparte de esos fenómenos políticos, había un gran hecho estadístico y económico que indicaba que el abuso de la Unión Federal por el interés esclavista se había aproximado al punto a partir del cual habría de retroceder forzosamente, o de bonne grace. Este hecho era el crecimiento del Noroeste, los inmensos progresos que su población había realizado de 1850 a 1860 y la nueva y vigorizante influencia que ello no podía dejar de ejercer sobre los destinos de los Estados Unidos.

Ahora bien, ¿era todo esto un capítulo secreto de la historia? ¿Era necesaria «la admisión» de Mrs. Beecher Stowe para revelar a The Examiner y a los demás iluminados políticos de la prensa londinense la verdad cuidadosamente oculta de que «hasta ese momento el partido esclavista había utilizado la Unión para sus fines»? ¿Es culpa del Norte americano que los periodistas ingleses fueran cogidos completamente desprevenidos por el violento choque de las fuerzas antagónicas, cuya fricción fue el motor de su historia durante medio siglo? ¿Es culpa de los americanos que la prensa inglesa confunda con el antojo fantástico incubado en un solo día lo que en realidad era el resultado maduro de largos años de lucha? El mero hecho de que la formación y el progreso del Partido Republicano en América apenas hayan sido notados por la prensa londinense dice mucho sobre la vacuidad de sus diatribas antiesclavistas. Tómense, por ejemplo, las dos antípodas de la prensa londinense: The London Times y el Reynolds’s Weekly Newspaper, aquél, el gran órgano de las clases respetables, y éste, el único órgano que le queda a la clase obrera. El primero, poco antes de que la carrera del señor Buchanan tocara a su fin, publicó una elaborada apología de su Administración y un libelo difamatorio contra el movimiento republicano. Reynolds, por su parte, fue, durante la estancia del señor Buchanan en Londres, uno de sus secuaces, y desde entonces no ha dejado escapar ocasión de ensalzarlo a él y denigrar a sus adversarios. ¿Cómo fue que el Partido Republicano, cuya plataforma estaba redactada sobre el declarado antagonismo a las usurpaciones de la esclavocracia y al abuso de la Unión por el interés esclavista, se alzó con la victoria en el Norte? ¿Cómo, en segundo lugar, fue que la gran masa del Partido Demócrata norteño, echando por la borda sus viejas conexiones con los dirigentes de la esclavocracia, despreciando sus tradiciones de medio siglo, sacrificando grandes intereses comerciales y mayores prejuicios políticos, se apresuró a apoyar a la presente Administración republicana y le ofreció hombres y dinero con mano pródiga?

En lugar de contestar a estas preguntas, The Economist exclama:

«¿Podemos olvidar [...] que los abolicionistas han sido habitual y tan ferozmente perseguidos y maltratados en el Norte y en el Oeste como en el Sur? ¿Puede negarse que la irritabilidad y la tibieza, por no decir la insinceridad, del gobierno de Washington han sido durante años el principal impedimento que ha frustrado nuestros esfuerzos por la supresión efectiva de la trata de esclavos en la costa de África, mientras que una gran proporción de los clíperes realmente empleados en ese tráfico han sido construidos con capital norteño, pertenecían a armadores norteños y estaban tripulados por marineros norteños?»

Esto es, en realidad, una obra maestra de lógica. La Inglaterra antiesclavista no puede simpatizar con el Norte que quebranta la influencia deletérea de la esclavocracia, porque no puede olvidar que el Norte, mientras estuvo atado por esa influencia, apoyó la trata de esclavos, linchó a los abolicionistas y tuvo sus instituciones democráticas contaminadas por los prejuicios del negrero. No puede simpatizar con la administración del Sr. Lincoln porque tuvo que encontrar defectos a la administración del Sr. Buchanan. Necesariamente tiene que censurar con hosca malevolencia el movimiento actual de la resurrección norteña, alentar a los simpatizantes norteños de la trata de esclavos, estigmatizados en la plataforma republicana, y coquetear con la esclavocracia sureña, que erige su propio imperio, porque no puede olvidar que el Norte de ayer no era el Norte de hoy. La necesidad de justificar su actitud con argucias tan enredadoras propias de Old Bailey prueba más que ninguna otra cosa que la parte anti‑norteña de la prensa inglesa está instigada por motivos ocultos, demasiado mezquinos y cobardes para ser confesados abiertamente.

Así como una de sus maniobras favoritas es echar en cara a la actual administración republicana los actos de sus predecesores esclavistas, se esfuerza en persuadir al pueblo inglés de que *The N. Y. Herald* debe ser considerado el único expositor auténtico de la opinión norteña. Habiendo *The London Times* dado la señal en este sentido, el *servum pecus* de los demás órganos anti‑norteños, grandes y pequeños, persisten en batir el mismo monte. Así dice *The Economist*:

«En lo más recio de la contienda, no faltaron periódicos de Nueva York y políticos neoyorquinos que exhortaban a los combatientes, ahora que disponían de grandes ejércitos en campaña, a emplearlos, no unos contra otros, sino contra Gran Bretaña — a transigir en la querella interna, incluida la cuestión de los esclavos, e invadir el territorio británico sin previo aviso y con fuerza abrumadora.»

*The Economist* sabe perfectamente que los esfuerzos de *The N. Y. Herald*, ansiosamente apoyados por *The London Times*, de enredar a los Estados Unidos en una guerra con Inglaterra, sólo tenían por objeto asegurar el éxito de la Secesión y frustrar el movimiento de regeneración norteña.

No obstante, hay una concesión que hace la prensa inglesa anti‑norteña. *The Saturday snob* nos dice:

«Lo que estaba en juego en la elección de Lincoln, y lo que ha precipitado la convulsión, era simplemente la limitación de la institución de la esclavitud a los Estados donde esa institución ya existe.»

Y *The Economist* observa:

«Es muy cierto que el objetivo del partido republicano que eligió al Sr. Lincoln era impedir que la esclavitud se extendiera a los Territorios no colonizados… Puede ser cierto que el éxito del Norte, si fuese completo e incondicional, les permitiría confinar la esclavitud dentro de los quince Estados que ya la han adoptado, y podría así conducir a su extinción definitiva — aunque eso es más probable que seguro.»

En 1859, con ocasión de la expedición de John Brown a Harper’s Ferry, el mismísimo *Economist* publicó una serie de elaborados artículos con el fin de probar que, en virtud de una ley económica, la esclavitud americana estaba condenada a una extinción gradual desde el momento en que se la privara de su poder de expansión. Esa «ley económica» fue perfectamente comprendida por la esclavocracia.

«Dentro de quince años más —dijo Toombs—, sin un gran aumento del territorio esclavista, o bien los esclavos deberán huir de los blancos, o los blancos deberán huir de los esclavos.»

La limitación de la esclavitud a su área constitucional, tal como proclamaban los republicanos, fue el terreno preciso sobre el que se profirió por primera vez la amenaza de Secesión en la Cámara de Representantes el 19 de diciembre de 1859. Habiendo preguntado el Sr. Singleton (Mississippi) al Sr. Curtis (Iowa) «si el partido republicano no permitiría jamás que el Sur tuviera otro palmo de territorio esclavista mientras permaneciera en la Unión», y habiendo respondido el Sr. Curtis afirmativamente, el Sr. Singleton dijo que esto disolvería la Unión. Su consejo a Mississippi fue que cuanto antes saliera de la Unión, tanto mejor: «los caballeros deben recordar que […] Jefferson Davis condujo nuestras fuerzas en México, y […] aún vive, tal vez para acaudillar al ejército sureño».

Aparte de la ley económica que hace de la difusión de la esclavitud una condición vital para su mantenimiento dentro de sus áreas constitucionales, los dirigentes del Sur jamás se engañaron en cuanto a su necesidad para conservar su dominio político sobre los Estados Unidos. John Calhoun, en la defensa de sus proposiciones al Senado, afirmó claramente el 19 de febrero de 1847 «que el Senado era la única balanza de poder que quedaba al Sur en el Gobierno» y que la creación de nuevos Estados esclavistas se había vuelto necesaria «para conservar el equilibrio del poder en el Senado». Más aún, la oligarquía de los 300 000 propietarios de esclavos no podía siquiera mantener su dominio en casa sino lanzando constantemente a sus plebeyos blancos el cebo de conquistas futuras dentro y fuera de las fronteras de los Estados Unidos. Si, pues, según los oráculos de la prensa inglesa, el Norte había llegado a la firme resolución de circunscribir la esclavitud a sus límites actuales y de extinguirla así por la vía constitucional, ¿no era esto suficiente para granjearle las simpatías de la Inglaterra antiesclavista?

Pero los puritanos ingleses, en efecto, no parecen contentarse sino con una guerra explícitamente abolicionista.

«Esta —dice *The Economist*—, por consiguiente, al no ser una guerra por la emancipación de la raza negra, […] ¿sobre qué otro fundamento se puede reclamar con justicia que simpaticemos tan calurosamente con la causa federal?» «Hubo un tiempo —dice *The Examiner*— en que nuestras simpatías estaban con el Norte, pensando que realmente hablaba en serio al resistir los avances de los Estados esclavistas» y al adoptar «la emancipación como una medida de justicia hacia la raza negra».

Sin embargo, en los mismos números en que estos periódicos nos dicen que no pueden simpatizar con el Norte porque su guerra no es una guerra abolicionista, se nos informa de que «el expediente desesperado de proclamar la emancipación de los negros y de llamar a los esclavos a una insurrección general» es algo «cuya mera concepción […] resulta repulsiva y espantosa», y que «un compromiso» sería «con mucho preferible a un éxito comprado a tal precio y manchado por semejante crimen».

Así, el ansia inglesa por la guerra abolicionista no es más que pura hipocresía. La pezuña hendida se asoma en las frases siguientes:

«Por último —dice *The Economist*—, ¿es el Arancel Morrill un título a nuestra gratitud y a nuestra simpatía, o es la certeza de que, en caso de triunfo del Norte, ese arancel se extendería a toda la República, una razón por la que debamos anhelar clamorosamente su éxito?» «Los norteamericanos —dice *The Examiner*— no hablan en serio más que respecto a un egoísta arancel protector. Los Estados del Sur estaban cansados de ser despojados de los frutos de su trabajo esclavo por el arancel protector del Norte.»

*The Examiner* y *The Economist* se comentan mutuamente. El último es lo bastante sincero para confesar por fin que, para él y sus seguidores, la simpatía es una mera cuestión de arancel, mientras que el primero reduce la guerra entre el Norte y el Sur a una guerra arancelaria, a una guerra entre el proteccionismo y el librecambio. *The Examiner* quizá ignore que hasta los nulificadores de Carolina del Sur de 1832, como atestigua el general Jackson, utilizaron el proteccionismo sólo como pretexto para la secesión; pero hasta *The Examiner* debería saber que la rebelión actual no esperó a que se aprobase el arancel Morrill para estallar. De hecho, los sureños no podían estar cansados de ser despojados de los frutos de su trabajo esclavo por el arancel protector del Norte, habida cuenta de que desde 1846 hasta 1861 había regido un arancel librecambista.

*The Spectator* caracteriza en su último número el pensamiento secreto de algunos de los órganos anti‑norteños de la siguiente manera llamativa:

«¿Qué es, entonces, lo que los órganos anti‑norteños declaran realmente considerar deseable, bajo la justificación de este argumento de inclinarse ante la lógica inexorable de los hechos?» Sostienen que la desunión es deseable, precisamente porque, como hemos dicho, es el único paso posible para poner fin a esta «lucha sin causa y fratricida»; y luego, por supuesto, sólo como una reflexión tardía, y como una humilde apología de la Providencia y «justificación de los caminos de Dios ante el hombre», ahora que la necesidad inevitable se ha revelado — por razones ulteriores descubiertas como hermosas adaptaciones a las exigencias morales del país, una vez discernida la cuestión. Se descubre que sería muy ventajoso para los Estados disolverse en grupos rivales. Mutuamente se frenarán la ambición; se neutralizarán el poder, y si alguna vez Inglaterra entrase en disputa con uno o varios de ellos, los celos atraerán a los grupos antagónicos en nuestro auxilio. Esto será, se arguye, un estado de cosas muy saludable, pues nos librará de inquietud y alentará la “competencia” política, esa gran salvaguardia de la honradez y la pureza, entre los propios Estados.

«Tal es el caso —sostenido muy seriamente— de la numerosa clase de simpatizantes del Sur que ahora brota entre nosotros. Traducido al inglés —y nos apena que un argumento inglés sobre semejante tema sea de una naturaleza que requiera traducción—, significa que deploramos la actual gran escala de esta guerra “fratricida”, porque puede concentrar en un solo espasmo terrible una serie de pequeñas guerras crónicas, pasiones y celos entre grupos de Estados rivales en tiempos venideros. La verdad real es, y este sentimiento tan poco inglés discierne claramente esta verdad aunque la vista con frases decorosas, que grupos rivales de Estados americanos no podrían vivir juntos en paz ni armonía. La condición crónica sería de una hostilidad maligna que surgiría de las mismas causas que han producido la contienda actual. Se afirma que los diferentes grupos de Estados tienen intereses arancelarios distintos. Esos intereses arancelarios distintos serían fuentes de constantes guerras pequeñas si los Estados se disolviesen alguna vez, y la esclavitud, raíz de toda la lucha, sería el manantial de innumerables animosidades, discordias y campañas. Jamás podría volver a establecerse un equilibrio estable entre los Estados rivales. Y sin embargo, se sostiene que ese largo futuro de lucha incesante es la solución providencial de la gran cuestión ahora en juego; la única razón real por la que se la contempla con buenos ojos es ésta: que mientras el presente conflicto a gran escala puede desembocar en una unidad política restaurada y más fuerte, la alternativa de querellas pequeñas infinitamente multiplicadas desembocará en un continente débil y dividido, al que Inglaterra no tiene por qué temer.

«Ahora bien, no negamos que los propios americanos sembraron las semillas de este estado de sentimiento mezquino y despreciable con la actitud hostil y bravucona que tan a menudo han manifestado hacia Inglaterra, pero sí afirmamos que el estado de sentimiento por nuestra parte es mezquino y despreciable. Vemos que en una solución aplazada no hay esperanza de una tranquilidad profunda y duradera para América, que significa una decadencia y caída de la nación americana en clanes y tribus pendencieros, y sin embargo alzamos las manos horrorizados ante la actual lucha “fratricida” porque encierra esperanzas de una solución definitiva. Los exhortamos a contemplar con buenos ojos el futuro indefinido de pequeñas contiendas, igualmente fratricidas y probablemente mucho más desmoralizadoras, porque estas últimas nos sacarían del costado la espina de la rivalidad americana.»