Karl Marx

La destitución de Frémont

Escrito hacia el 19 de noviembre de 1861.

[«Die Presse», n.º 325, 26 de noviembre de 1861]

La destitución de Frémont del mando general de Missouri constituye un nudo en la historia del desarrollo de la guerra civil norteamericana. Frémont ha de expiar dos grandes pecados. Fue el primer candidato del Partido Republicano a la presidencia (1856) y es el primer general del Norte que (el 30 de agosto de 1861) amenazó a los esclavistas con la emancipación de los esclavos. Sigue siendo, pues, un rival para los futuros candidatos presidenciales y un obstáculo para los conciliadores del presente.

En los Estados Unidos se ha desarrollado durante las dos últimas décadas la curiosa práctica de no elegir para presidente a ningún hombre que ocupara una posición decisiva dentro de su propio partido. Los nombres de tales hombres eran ciertamente utilizados para manifestaciones electorales, pero en cuanto llegaba el verdadero negocio, se los dejaba caer y se los sustituía por medianías desconocidas, de influjo meramente local. De este modo llegaron a presidentes Polk, Pierce, Buchanan, etc. De este modo A. Lincoln. El general Andrew Jackson fue, en efecto, el último presidente de los Estados Unidos que debió su cargo a su relevancia personal, mientras que todos sus sucesores se lo debieron, por el contrario, a su insignificancia personal.

En el año electoral de 1860, los nombres más destacados del Partido Republicano eran Frémont y Seward. Conocido por sus aventuras durante la guerra de México, por su audaz exploración de California y su candidatura de 1856, Frémont era una figura demasiado llamativa para ser siquiera tomada en consideración, en cuanto ya no se tratase de una manifestación republicana, sino de un éxito republicano. Por eso no se presentó como candidato.

No así Seward, senador republicano en el Congreso de Washington, gobernador del estado de Nueva York y, desde la fundación del Partido Republicano, indiscutiblemente su primer orador. Fue necesaria una serie de humillantes derrotas para decidir al señor Seward a renunciar a su propia candidatura y a otorgar el patrocinio oratorio al entonces más o menos desconocido A. Lincoln. Tan pronto como vio fracasados sus propios intentos de candidatura, se impuso como un Richelieu republicano a un hombre al que consideraba un Luis XIII republicano. Contribuyó a hacer de Lincoln presidente, bajo la condición de que Lincoln le nombrase secretario de Estado, rango que, en cierto modo, es comparable al de un primer ministro inglés. En efecto, apenas Lincoln fue elegido presidente, Seward se aseguró la Secretaría de Estado. Inmediatamente se produjo un extraño cambio en la actitud del Demóstenes del Partido Republicano, a quien había hecho célebre la profecía del «irrepressible conflict» (del conflicto incontenible) entre el sistema del trabajo libre y el sistema de la esclavitud. Aunque elegido el 6 de noviembre de 1860, Lincoln no había de asumir la presidencia hasta el 4 de marzo de 1861. Mientras tanto, durante la sesión invernal del Congreso, Seward se convirtió en el foco de todas las tentativas de compromiso; los órganos norteños del Sur, como, por ejemplo, el «New-York Herald», cuyo bête noire (oveja negra) había sido Seward hasta entonces, le ensalzaron de repente como el estadista de la reconciliación, y, en verdad, no fue culpa suya si la paz a cualquier precio no llegó a realizarse. Seward consideraba, evidentemente, la Secretaría de Estado como un mero escalón previo y se ocupaba menos del «conflicto incontenible» del presente que de la presidencia del futuro. Ha proporcionado de nuevo la prueba de que los virtuosos de la lengua son estadistas peligrosamente insuficientes. ¡Léanse sus despachos de Estado! ¡Qué repugnante mezcla de grandilocuencia frasal y de espíritu mezquino, de mímica de la fuerza y actos de debilidad!

Para Seward, pues, Frémont era el peligroso rival al que había que destruir; empresa que parecía tanto más fácil cuanto que Lincoln, conforme a su tradición de abogado, refractario a toda genialidad, se aferra angustiosamente a la letra de la Constitución y rehúye todo paso que pudiera desconcertar a los «leales» esclavistas de los estados fronterizos. Otro punto de apoyo lo ofrecía el carácter de Frémont. Es, sin duda, un hombre de pathos, algo grandilocuente y altanero, y no exento de cierto vuelo melodramático. Al principio, el gobierno intentó provocarlo a dimitir voluntariamente mediante una serie de mezquinas vejaciones. Al fracasar esto, lo despojó del mando en el momento mismo en que el ejército organizado por él acababa de enfrentarse al enemigo en el suroeste de Missouri y era inminente una batalla decisiva.

Frémont es el ídolo de los estados del Noroeste, que lo celebran como el «pathfinder» (buscador de caminos). Consideran su destitución como un insulto personal. Si el gobierno de la Unión sufre aún algunos reveses como los de Bull Run y Ball’s Bluff, habrá proporcionado él mismo, en la persona de John Frémont, el líder a la oposición que entonces se alzará contra él y romperá con el actual sistema diplomático de conducción de la guerra. Volveremos más tarde sobre el escrito de acusación que el Ministerio de la Guerra de Washington ha publicado contra el general depuesto.