Karl Marx

["Die Presse" Nr. 332 vom 3. Dezember 1861]

Londres, 29 de noviembre de 1861

Los abogados de la Corona debían dar ayer su opinión sobre la aventura marítima en el canal de las Bahamas. Los autos del proceso consistían en los informes escritos de los oficiales ingleses que habían quedado a bordo del
"Trent"
y en la declaración oral del comodoro Williams, quien se hallaba a bordo del "Trent" como agente del Almirantazgo, pero desembarcó en Southampton el 27 de noviembre en el vapor "La Plata", desde donde el telégrafo le convocó inmediatamente a Londres. Los abogados de la Corona reconocieron el derecho del
"San Jacinto"
a visitar y registrar el "Trent". Dado que la proclamación de neutralidad de la reina Victoria, al estallar la guerra civil americana, enumera expresamente los
despachos
entre los artículos de contrabando, tampoco podía caber duda alguna sobre este punto. Quedaba, pues, la cuestión de si los señores Mason, Slidell y Cía. eran ellos mismos contrabando y, por tanto, confiscables. Los abogados de la Corona parecen ser de esta opinión, pues dejaron caer por completo la cuestión
material
de derecho. Su dictamen, según el informe del "Times", acusa al comandante del "San Jacinto" únicamente de un
error de procedimiento
. En lugar de apoderarse de los señores Mason, Slidell y Cía., debió haber tomado el propio "Trent" como presa, llevarlo al puerto americano más cercano y someterlo allí al fallo de un tribunal de presas norteamericano. Este es, indiscutiblemente, el procedimiento conforme al derecho marítimo inglés y, por tanto, al norteamericano.

Es igualmente indiscutible que los ingleses violaron con frecuencia esta regla durante la guerra contra el jacobinismo y procedieron de la manera sumaria del "San Jacinto". Sea como fuere, todo el conflicto queda reducido, por este dictamen de los abogados de la Corona, a un
error técnico
y despojado, por tanto, de toda trascendencia inmediata. Dos circunstancias facilitan al gobierno de la Unión la aceptación de este punto de vista y, por consiguiente, la prestación de una satisfacción formal. En primer lugar, el capitán Wilkes, comandante del "San Jacinto", no pudo haber recibido instrucciones directas de Washington. Hallándose en viaje de regreso de África a Nueva York, desembarcó en La Habana el 2 de noviembre, puerto que abandonó de nuevo el 4 de noviembre, mientras que su encuentro con el "Trent" tuvo lugar en alta mar el 8 de noviembre. La breve estancia de solo dos días del capitán Wilkes en La Habana no permitió canje alguno de notas entre él y su gobierno. El cónsul de la Unión era la única autoridad norteamericana con la que podía negociar. En segundo lugar, evidentemente había perdido la cabeza, como lo demuestra su renuncia a la entrega de los despachos.

La importancia del acontecimiento radica en su efecto moral sobre el pueblo inglés y en el capital político que los amigos ingleses del algodón, partidarios de la secesión, pueden extraer fácilmente de él. Para caracterizar a estos últimos sirve el meeting de indignación de Liverpool, organizado por ellos y mencionado por mí con anterioridad. El meeting tuvo lugar el 27 de noviembre a las 3 de la tarde, en las salas de subastas de algodón de la Bolsa de Liverpool, una hora después de haber llegado el alarmante telegrama de Southampton.

Tras inútiles intentos de imponer la presidencia al señor Cunard, propietario de los vapores Cunard que navegan entre Liverpool y Nueva York, y a otros grandes dignatarios del comercio, subió a la silla presidencial un joven comerciante llamado
Spence
, tristemente célebre por un panfleto en favor de la república esclavista. Contrariamente a la norma de los meetings ingleses, él mismo, el presidente, presentó la moción de

«instar al gobierno a hacer valer la dignidad de la bandera británica exigiendo una pronta satisfacción por el ultraje sufrido».

¡Enormes aplausos, palmadas y vivas y más vivas! El argumento principal del orador en favor de la república esclavista consistió en que, hasta ahora, los barcos de esclavos habían estado protegidos por la bandera americana frente al derecho de visita reclamado por Inglaterra. ¡Y ahora este filántropo se deshacía en furiosas invectivas contra el tráfico de esclavos! Admitió que Inglaterra provocó la guerra de 1812-1814 con los Estados Unidos porque insistió en buscar marineros ingleses desertores a bordo de los buques de guerra de la Unión.

«Pero —prosiguió con maravillosa dialéctica—, ¡pero qué diferencia hay entre hacer valer el derecho de visita para apresar de nuevo a desertores de la marina inglesa, y el derecho a arrancar violentamente, a pesar de la protección de la bandera inglesa, a hombres de la más alta respetabilidad, como los señores Mason y Slidell!»

Pero su principal baza la jugó al final de su diatriba.

«Me encontraba —bramó él— recientemente en el continente europeo. Las observaciones que allí se hacen sobre nuestra conducta hacia los Estados Unidos me hicieron subir los colores a la cara. ¿Qué sostiene todo hombre inteligente en el continente? ¡Que estamos decididos a soportar servilmente cualquier ultraje, cualquier violación de nuestra dignidad por parte del gobierno de los Estados Unidos! ¿Qué podía yo responder a eso? Sonrojarme. Pero el cántaro va tantas veces a la fuente, que al fin se rompe. Ya ha durado bastante nuestra paciencia; ha durado tanto como nos ha sido posible controlarla» (la paciencia). «Ahora, por fin, hemos llegado a los hechos (!), y este es un hecho muy grave y llamativo (!), y es deber de todo inglés hacer saber al gobierno cuán fuerte y unánime es el sentimiento de este gran país ante el ultraje cometido contra su bandera.»

Esta insensata avalancha de palabras fue saludada con una salva de aplausos. Las voces contrarias fueron silenciadas con abucheos, con siseos y con golpeteos. A la observación de un señor Campbell de que todo el meeting era «irregular», respondió el inexorable Spence: «Pues que lo sea; pero el hecho que hemos de considerar es irregular en sí mismo.» Ante la propuesta de un señor Turner de aplazar el meeting para el día siguiente, a fin de que «la ciudad de Liverpool pudiese pronunciarse y no una camarilla de corredores de algodón pudiese usurpar su nombre», resonó por todas partes: «¡Agárrenle por el cuello, échenle fuera!» El señor Turner, impertérrito, repitió su moción que, sin embargo, y de nuevo contra todas las reglas de los meetings ingleses, no fue sometida a votación. Spence venció. Pero, en realidad, nada contribuyó más a enfriar los ánimos en Londres que la noticia de la victoria del señor Spence.