LA GUERRA CIVIL EN
EsTAapos UNIDOS

[7 de noviembre de 1861]

«¡Deja que se vaya, no merece tu ira!» Este consejo de Lepo-
rello a la amante abandonada de Don Juan, que hemos oído
hace poco incluso en boca de lord John Russell!, no deja de
pronunciarse con toda la sabiduría política inglesa contra el
norte de Estados Unidos. Si el norte permite que el sur se vaya,
se librará de mezclarse con la esclavitud, de su histórico pecado
original, y creará las bases para un desarrollo nuevo y de más
alto nivel.

De hecho, si el norte y el sur se constituyeran en dos países
independientes, como Inglaterra y Hannover, su separación no
sería más difícil de lo que fue la separación de Inglaterra y Han-
nover?, «El sur», no obstante, no es ni un territorio geográfica-

1 John Russell (1782-1878) fue un político londinense, abuelo del filósofo

Bertrand Russell, conocido por sus posiciones políticas y económicas liberales.
Sería contrario a la intervención en la Guerra Civil norteamericana.

2 Las casas de Inglaterra y Hannover se separaron al no poder concentrarse en
una misma persona los títulos para reinar en ambas naciones. Victoria, sobrina de
Guillermo IV, heredaría de éste ambos títulos, pero al existir la Ley Sálica en Han-

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mente bien separado del norte ni una unidad moral. En reali-
dad no es un país, sino la consigna de una batalla.

La recomendación de una separación amistosa presupone
que la Confederación del sur, aunque sea ella la que emprenda
la ofensiva para la guerra civil, lo haga cuando menos con fines
defensivos. Da a entender que para el bando esclavista no se
trata más que de agrupar los territorios en los que han domina-
do hasta ahora en un grupo de estados independientes y quitar-
le la soberanía a la Unión. Nada puede ser más falso. «El sur
necesita todo su territorio. Quiere y debe tenerlo.» Con este
grito de guerra los secesionistas invadieron Kentucky. Por «todo
su territorio» entienden en primer lugar todos los denominados
«estados fronterizos» (border states): Delaware, Maryland, Virgi-
nia, Carolina del Norte, Kentucky, Tennessee, Missouri y Arkan-
sas. Además reivindican todo el territorio al sur de la línea que
va desde el rincón noroccidental de Missouri hasta el océano
Pacífico. Así pues, lo que los tratantes de esclavos denominan
«el sur» comprende más de tres cuartas partes del territorio
actual de la Unión. Una gran parte del territorio reivindicado se
encuentra aún en poder de la Unión y tendría primero que ser
conquistado. Pero todos los denominados estados fronterizos,
incluidos los que están en poder de la Confederación, nunca
fueron en realidad auténticos estados esclavistas. Más bien confor-
man el territorio de Estados Unidos donde el sistema de la escla-
vitud y el del trabajo libre coexisten el unojunto al otro en lucha
por la supremacía, auténtico campo de batalla entre sur y norte,
entre esclavitud y libertad.

La cadena montañosa que empieza en Alabama y, en direc-

nover, el titulo de rey de aquel territorio pasaría a ser heredado por el duque de
Cumberland, Jorge. La separación de los reinos fue totalmente natural dentro de
la lógica nobiliaria del XIX.

ción norte, llega hasta el río Hudson —en cierto modo la colum-
na vertebral de Estados Unidos- divide el denominado sur en
tres partes. El territorio montañoso, formado por los montes
Alleghany con sus dos cadenas paralelas, el Cumberland Range
al oeste y las Blue Mountains al este, separa formando una cuña
las llanuras de la costa occidental del océano Atlántico de las la-
nuras de los valles del sur del Mississippi. Las dos llanuras dividi-
das por el territorio montañoso, con sus inmensos arrozales
pantanosos y sus extensas plantaciones de algodón, son el verda-
dero terreno de la esclavitud. La larga cuña de terreno monta-
noso que se adentra hasta el mismísimo corazón de la esclavitud
con su atmósfera de libertad, su clima fresco y vital y un suelo
rico en carbón, sal, cal, hierro y oro, en resumen, con todos y
cada uno de los materiales en bruto necesarios para el más
diversificado desarrollo industrial, es ahora en su mayor parte
territorio libre. Debido a sus características físicas, este suelo
solo pueden explotarlo con éxito campesinos parcelarios. La
esclavitud vegeta aquí únicamente de forma esporádica y nunca
llegó a echar raíces. Los habitantes de estas tierras altas de la
mayor parte de los denominados estados fronterizos constitu-
yen el núcleo de la población libre, que ha tomado partido por
el norte en aras de su supervivencia.

Observemos el territorio en disputa con detalle.

Delaware, el más nororiental de los estados fronterizos, se
encuentra moralmente y de facto en poder de la Unión. Todos
los intentos de los secesionistas de crear una facción favorable a
ellos han fracasado desde el inicio de la guerra por acuerdo
unánime de la población. El elemento esclavo de este estado
hacía ya tiempo que agonizaba. Solo de 1850 a 1860 el número
de esclavos disminuyó a la mitad, por lo que Delaware cuenta
ahora únicamente con 1.798 esclavos sobre una población total

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de 112.218 habitantes. A pesar de ello, la Confederación del sur
reivindica Delaware y, de hecho, el norte no podría frenarla por
vía militar en cuanto se apoderase del sur de Maryland.

Precisamente en Maryland es donde se desarrolla el mencio-
nado conflicto entre las tierras altas y las bajas. Sobre una pobla-
ción total de 687.034 habitantes hay aquí 87.188 esclavos. Que el
peso de la amplia mayoría del pueblo se inclina hacia la Unión
han vuelto a ponerlo de relieve de forma evidente las recientes
elecciones generales al Congreso de Washington. El ejército de
30.000 tropas de la Unión que, de momento, ha ocupado Mary-
land no solo ha de servir de reserva al ejército del Potomac, sino
sobre todo para poner en jaque a los esclavistas rebeldes del
interior del territorio. Aquí se da, pues, un fenómeno similar al
de otros estados fronterizos, en los que la gran masa del pueblo
está de parte del norte, y una facción de negreros numérica-
mente insignificante de parte del sur. Lo que le falta en cifras, el
bando esclavista lo sustituye por recursos de poder que le han
asegurado la propiedad durante largos años de todos los orga-
nismos oficiales, una notable ocupación con intrigas políticas y
la concentración de grandes fortunas en pocas manos.

Virginia es ahora el gran campamento en el que el ejército
principal de la Secesión y el ejército principal de la Unión se
hacen frente mutuamente. En las tierras altas del noroeste de
Virgina la masa de esclavos asciende a 15.000, mientras que la
población libre, veinte veces mayor, está compuesta en su mayo-
ría por campesinos independientes. El territorio llano del este
de Virginia cuenta, por el contrario, con casi medio millón de
esclavos; su principal fuente de ingresos la constituyen el aprovi-
sionamiento y la venta de negros a los estados sureños. Tan
pronto como los cabecillas de la conspiración, por medio de
intrigas, impusieron en las llanuras la ordenanza de secesión en

tid

la legislatura estatal de Richmond y, a toda prisa, abrieron las
puertas de Virginia al ejército del sur, el noroeste de Virginia se
escindió de la Secesión, constituyó un nuevo estado y ahora, con
las armas en la mano, defiende su territorio bajo la bandera de
la Unión contra los intrusos del sur.

Tennessee, con 1.109.847 habitantes, de entre los cuales
275.784 son esclavos, está en manos de la Confederación del sur,
que ha sometido todo el territorio a la ley marcial y a un sistema
de proscripción que recuerda los tiempos de los triunviratos
romanos. Cuando los tratantes de esclavos propusieron una
convención popular para el invierno de 1861, en la cual se debía
votar la secesión o no secesión, la mayoría del pueblo se negó a
celebrar ninguna convención, a fin de cortar de cuajo cualquier
pretexto para un movimiento secesionista. Más tarde, cuando
Tennessee fue invadida por el ejército de la Confederación y
sometida a un sistema de terror, más de un tercio de los votantes
siguió declarándose en las elecciones a favor de la Unión. El ver-
dadero centro de la resistencia contra el bando negrero lo cons-
tituyen aquí, igual que en la mayoría de los estados fronterizos,
los territorios montañosos, el este de Tennessee. El 17 de junio de
1861 se celebró en Greenville una convención popular del este
de Tennessee, que se declaró a favor de la Unión y eligió al otro-
ra gobernador del estado, Andrew Johnson, uno de los más fer-
vientes unionistas, como delegado para el Senado de Washing-
ton; publicó asimismo una declaration of grievances, un escrito de
queja que pone al descubierto todos los recursos de la mentira,
de la intriga y del terror con los que Tennessee fue «excluida
por votos» de la Unión. Desde ese momento el este de Tennes-
see se ha visto amenazado por el poder de las armas de los sece-
sionistas.

Una situación similar a la del oeste de Virginia y el este de

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Tennessee se encuentra en el norte de Alabama, el noroeste de
Georgia y el norte de Carolina del Norte.

Más al oeste, en el estado fronterizo de Missouri, con
1.173.317 habitantes y 114.965 esclavos, la mayoría de éstos con-
centrados en los territorios noroccidentales del estado, la con-
vención popular de agosto de 1861 se decidió por la Unión.
Jackson, el gobernador del estado e instrumento del bando
esclavista, se alzó contra la legislatura de Missouri, fue boicotea-
do y se situó entonces a la cabeza de las hordas armadas que
cayeron sobre el estado procedentes de Texas, Arkansas y Ten-
nessee para ponerlo de rodillas ante la Confederación y cortar
con la espada su lazo con la Unión. En este momento Missouri y
Virginia son el escenario principal de la guerra civil.

Nuevo México, que no es un estado, sino un simple territorio
al que, durante la presidencia de Buchanan, se importaron 25
esclavos para poder enviarles desde Washington una Constitu-
ción esclavista, no ha reivindicado convención alguna, tal como
afirma el propio sur. Pero el sur sí reivindica Nuevo México y, en
consecuencia, ha lanzado una banda de aventureros al otro lado
de la frontera. Nuevo México ha solicitado la protección del
gobierno de la Unión frente a estos libertadores.

Habrá podido observarse que ponemos especial interés en la
relación numérica entre esclavos y hombres libres en los diferen-
tes estados fronterizos. De hecho esta relación es decisiva. Es el
termómetro porel que debe medirse el fuego vital del sistema de
la esclavitud. El alma de todo el movimiento secesionista en Caro-
lina del Sur. Cuenta con 402.541 esclavos frente a 301.271 hom-
bres libres. En segundo lugar le sigue Mississippi, que le ha dado a
la Confederación su dictador: Jefferson Davis. Cuenta con
436.696 esclavos frente a 354.699 hombres libres. El tercer lugar
lo ocupa Alabama con 435.132 esclavos frente a 529.164 libres.

El último de los estados fronterizos en liza que nos queda
por tratar es Kentucky. Su historia más reciente es representativa
de la política de la Confederación sureña. Kentucky cuenta con
225.490 esclavos sobre un total de 1.135.713 habitantes. En tres
comicios electorales seguidos (en el invierno de 1861, cuando
se eligió un Congreso de los estados fronterizos; en junio de
1861, cuando se celebraron elecciones al Congreso de Washing-
ton; y, por último, en agosto de 1861, en las elecciones para la
legislatura del estado de Kentucky) una mayoría siempre cre-
ciente se decidió por la Unión. Por el contrario, Magoffin, el
gobernador, y otros dignatarios del estado son partidarios faná-
ticos de los tratantes de esclavos, incluido Breckinridge, repre-
sentante de Kentucky en el Senado de Washington, vicepresi-
dente de Estados Unidos con Buchanan y en 1860 candidato
del bando esclavista en las elecciones presidenciales. Demasiado
débil para ganarse a Kentucky para la Secesión, la influencia del
bando esclavista no fue lo suficientemente fuerte y tuvo que
conformarse con una declaración de neutralidad al estallar la
guerra. La Confederación reconoció la neutralidad mientras sir-
vió a sus fines, mientras estaba ocupada en aplastar la resistencia
en el este de Tennessee. Apenas hubo alcanzado este fin, llamó
con la culata del mosquetón a las puertas de Kentucky a gritos
de «El sur necesita todo su territorio. ¡Quiere y debe tenerlo!».

Desde el sudoeste y el sureste irrumpieron a un tiempo sus
cuerpos de voluntarios en el estado «neutral». Kentucky desper-
tó del sueño de la neutralidad, su legislatura tomó partido abier-
tamente por la Unión, cercó al gobernador traidor con un
comité de seguridad pública, llamó al pueblo a las armas, deste-
rró a Breckinridge y ordenó a los secesionistas que despejaran
rápidamente el territorio invadido. Fue la señal para la guerra.
Un ejército de la Confederación sureña se moviliza hacia Louis-

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ville, mientras de Illinois, Indiana y Ohio llegan a raudales
voluntarios para librar a Kentucky de los misioneros armados de
la esclavitud.

Los intentos de la Confederación de hacerse, por ejemplo,
con Missouri y Kentucky contra la voluntad de esos estados
demuestran la futilidad del pretexto de que lucha por los dere-
chos de cada uno de los estados frente a los abusos de la Unión.
A los estados que incluye dentro del «sur» les reconoce el dere-
cho de separarse de la Unión, pero en modo alguno el derecho
a permanecer en ella.

Incluso los propios estados esclavistas, por mucho que la gue-
rra en el exterior, la dictadura militar en el interior y la esclavi-
tud por toda partes le concedan de momento una apariencia de
armonía, no dejan de tener elementos de resistencia. Un ejem-
plo evidente es Texas con 180.388 esclavos sobre un total de
601.039 habitantes. La ley de 1845, tras cuya entrada en vigor
Texas se incluyó en la lista de estados esclavistas de Estados
Unidos, le dio derecho a hacer de su territorio no uno, sino
cinco estados. Así el sur habría ganado, en lugar de dos, diez
nuevas voces en el Senado americano y el aumento de su núme-
ro de votos en esta institución era uno de los objetivos principa-
les de su política en aquel momento. No obstante, de 1845 a
1860 los tratantes de esclavos no vieron factible dividir Texas,
donde la población alemana desempeña un importante papel,
siquiera en dos estados sin quitarle la soberanía en el segundo
estado al bando de los trabajadores libres sobre el bando de la
esclavitud. Ésta es la mejor prueba del poder de la oposición
contra la oligarquía de los tratantes de esclavos en el mismo
Texas.

Georgia es el mayor y más poblado de los estados esclavistas.
Sobre una masa de 1.057.327 habitantes cuenta con 462.230

esclavos, o sea, casi la mitad de la población. A pesar de ello el
bando esclavista no ha logrado hasta ahora sancionar en Geor-
gia por medio de un sufragio popular la Constitución impuesta
al sur en Montgomery.

En la convención estatal de Louisiana, celebrada el 21 de
marzo de 1861 en Nueva Orleans, declaró Roselius, el político
más veterano del estado:

La Constitución de Montgomery no es una Constitución, sino
una conspiración. No da pie a un gobierno popular, sino a una
oligarquía odiosa e ilimitada. Al pueblo no se le permitió actuar en
esa ocasión. La convención de Montgomery ha cavado la tumba
de la libertad política y ahora nos llaman para asistir a su funeral.

Porque la oligarquía de los 300.000 tratantes de esclavos no solo
utilizó el Congreso de Montgomery para proclamar la separa-
ción entre el norte y el sur. Lo explotó al mismo tiempo para
revolucionar la Constitución interna de los estados esclavistas,
para el sometimiento absoluto de la parte de la población blan-
ca que había afirmado aún alguna independencia al amparo de
la Constitución democrática de la Unión. Ya entre 1856 y 1860
los representantes políticos, juristas, moralistas y teólogos del
bando esclavista habían tratado de demostrar no tanto que la
esclavitud de los negros estuviera justificada como que el color
era indiferente y la clase trabajadora había sido creada en todas
partes para la esclavitud.

Así pues, se ve que la guerra de la Confederación sureña, en
el sentido literal de la palabra, es una guerra de conquista para
la expansión y perpetuación de la esclavitud. La mayor parte de
los estados y territorios fronterizos se encuentran aún en poder
de la Unión, por la que han tomado partido primero con las

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urnas, luego con las armas. Pero la Confederación los incluye en
el «sur» y trata de reconquistárselos a la Unión. En los estados
fronterizos, que la Confederación había poseído antaño, ejerce
la represión sobre los territorios de montaña relativamente
libres por medio de la ley marcial. En el interior de los propios
estados esclavistas ha desplazado a la actual democracia por una
oligarquía ilimitada de 300.000 tratantes de esclavos.

Con la renuncia a sus planes de conquista la Confederación
sureña renunciaría a su capacidad de supervivencia y al objetivo
de la Secesión. La Secesión únicamente se ha producido por-
que dentro de la Unión no parecía ya poder alcanzarse la trans-
formación de los estados y territorios fronterizos en estados
esclavistas. Por otro lado, con una entrega pacífica del territorio
en disputa a la Confederación sureña, el norte de la república
esclavista cedería más de tres cuartas partes del territorio de
Estados Unidos. El norte perdería todo el golfo de México, el
océano Atlántico con excepción de la pequeña franja de la
bahía de Penobscot hasta la bahía de Delaware, y se cortaría a sí
mismo el acceso al océano Pacífico. Missouri, Kansas, Nuevo
México, Arkansas y Texas se unirían a California. Los grandes
estados agrícolas de las llanuras situadas entre las montañas
Rocosas y los montes Alleghany, en los valles del Mississippi, Mis-
souri y Ohio, incapaces de arrebatar la desembocadura del Mis-
sissippi de las manos de la fuerte y hostil república esclavista del
sur, se verían obligados por sus intereses económicos a separarse
del norte y a entrar en la Confederación sureña. Estos estados
noroccidentales, por su parte, arrastrarían en el mismo torbelli-
no de la Secesión a todos los estados del norte situados más al
este, con excepción de los de Nueva Inglaterra.

De este modo, no se produciría de hecho una disolución de
la Unión, sino una reorganización de ésta, una reorganización sobre

la base de la esclavitud, bajo el control reconocido de la oligarquía
esclavista. El plan para una reorganización semejante lo han
proclamado en público los principales representantes del sur en
el Congreso de Montgomery, y explica el artículo de la nueva
Constitución según el cual cualquier estado de la vieja Unión
puede unirse a la nueva Confederación. El sistema esclavista
infestaría toda la Unión. En los estados del norte, donde la
esclavitud es casiimpracticable, se iría oprimiendo poco a poco
a la clase trabajadora blanca hasta situarla al nivel de los ilotas3.
Esto se correspondería por completo con el principio anuncia-
do a los cuatro vientos de que únicamente ciertas razas están
dotadas para la libertad, y del mismo modo que en el sur el tra-
bajo es el destino del negro, lo es en el norte el del alemán y el
irlandés, o el de sus inmediatos descendientes.

La actual disputa entre el sur y el norte no es, pues, más que
una disputa de dos sistemas sociales, el sistema de la esclavitud y
el sistema del trabajo libre. Como ambos sistemas no pueden
convivir pacíficamente más tiempo en el continente norteame-
ricano, ha estallado la lucha. Solo puede concluir con la victoria
de uno u otro sistema.

Si los estados fronterizos, las regiones en disputa, en las que
ambos sistemas luchaban hasta ahora por la supremacía, son
una espina en el ojo del sur, no se puede dejar de reconocer,
por otro lado, que en lo que llevamos hasta ahora de guerra,
ellos han constituido la debilidad principal del norte. Una parte
de los tratantes de esclavos de esos distritos aparentaban lealtad
al norte por mandato de los conspiradores del sur; a otra parte
les parecía de hecho conveniente para sus verdaderos intereses
y sus ideas tradicionales estar del lado de la Unión. Ambos han

3 Se denominaba así a los siervos de Esparta, esclavos públicos propiedad del
Estado espartano y de nivel inferior al de otros esclavos.

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paralizado el norte de igual manera. El miedo a incomodar a los
«leales» tratantes de esclavos de los estados fronterizos, el temor
a arrojarlos en brazos de la Secesión, en una palabra, una delica-
da consideración de los intereses, prejuicios y sensibilidades de
esos ambiguos aliados ha golpeado al gobierno de la Unión
desde el comienzo de la guerra con una debilidad incurable, lo
ha empujado a tomar medidas a medias y obligado a disimular
el principio de guerra y a cuidar el punto más débil del contra-
rio, la raíz del mal: la esclavitud misma.

Cuando Lincoln, muy apocado, revocó hace poco la Procla-
mación de Missouri para la emancipación de los esclavos pro-
piedad de los rebeldes dictada por Frémont, lo hizo tan solo por
consideración a las intensas protestas de los «leales» tratantes de
esclavos de Kentucky. Entretanto ha surgido ya un punto de
inflexión. Con Kentucky se ha introducido en la lista de los cam-
pos de batalla entre sur y norte el último estado fronterizo. Con
la verdadera guerra por los estados fronterizos en los estados
fronterizos mismos, el hecho de que se ganen o se pierdan es
algo que ya no depende de negociaciones diplomáticas ni parla-
mentarias. Una parte de los tratantes de esclavos se quitará la
máscara de la lealtad, la otra preferirá seguir llevándola con la
perspectiva de una indemnización, como la que Gran Bretaña
dio a los colonos del oeste de la India. Los propios aconteci-
mientos conducen premiosamente al anuncio de la consigna
decisiva: la emancipación de los esclavos.

Cuán atraídos se sienten por este punto los demócratas y los
diplomáticos más obstinados del norte lo demuestran algunos
anuncios recientes. El general Cass, ministro de la Guerra con
Buchanan y hasta ahora uno de los aliados más acérrimos del
sur, declara en una misiva pública la emancipación de los escla-
vos como conditio sine qua non para la salvación de la Unión. El

doctor Brownson, portavoz del Partido Católico del Norte y,
según sus propias declaraciones, el opositor más enérgico del
movimiento de emancipación entre 1836 y 1860, publica en su
última Revue de octubre un artículo a favorde la abolición:

Si nosotros —dice entre otras cosas- luchamos contra la abolición
en tanto que vimos que amenazaba la Unión, ahora, desde que
nos hemos convencido de que si la esclavitud se mantiene por
más tiempo será incompatible con el sostenimiento de la Unión
o de nuestra nación como república libre, tenemos que luchar
con mayor decisión contra el mantenimiento de la esclavitud.

Para terminar, el World, un órgano neoyorquino de los diplomá-
ticos del gabinete de Washington, concluye uno de sus últimos
artículos vespertinos contra los abolicionistas con las siguientes
palabras:

El día en que se decida que debe perecer o bien la esclavitud o
bien la Unión, ese día se habrá pronunciado la condena de
muerte de la esclavitud. Si el norte no puede vencer sinemanci-
pación, vencerá conemancipación.