Karl Marx

El gabinete de Washington y las potencias occidentales

Escrito hacia el 20 de diciembre de 1861.

["Die Presse", núm. 354, 25 de diciembre de 1861]

Una de las sorpresas más llamativas de aquella guerra anglo-franco-turco-rusa, tan rica en sorpresas, fue sin duda la Declaración sobre el derecho marítimo acordada en París en la primavera de 1856. Al comenzar la guerra contra Rusia, Inglaterra suspendió sus armas más terribles contra Rusia —la confiscación de mercancías pertenecientes al enemigo a bordo de barcos neutrales— y el corso. Al finalizar la guerra, Inglaterra hizo trizas esas armas y sacrificó sus pedazos en el altar de la paz. Rusia, la parte supuestamente vencida, obtuvo una concesión que había tratado en vano de arrancar desde Catalina II mediante una serie de «neutralidades armadas», guerras e intrigas diplomáticas. Inglaterra, el supuesto vencedor, renunció en cambio a los grandes medios de ataque y defensa que brotaban de su poderío marítimo y con los que se había afirmado siglo y medio contra un mundo en armas.

Las razones humanitarias que sirvieron de pretexto a la Declaración de 1856 se desvanecen ante el examen más superficial. El corso no es mayor barbarie que la acción de los cuerpos de voluntarios o de las guerrillas en la guerra terrestre. Los buques corsarios son los guerrilleros del mar; la confiscación de los bienes privados de una nación beligerante también se practica en la guerra terrestre. ¿Acaso las requisiciones de guerra, por ejemplo, afectan únicamente a la caja del gobierno enemigo o no afectan también a la propiedad de los particulares? La naturaleza de la guerra terrestre protege los bienes enemigos que se hallan en suelo neutral, es decir, bajo la soberanía de una potencia neutral. La naturaleza de la guerra marítima borra estas barreras, porque el mar, como gran vía común de las naciones, no puede quedar sujeto a la soberanía de ninguna potencia neutral.

De hecho, sin embargo, la Declaración de 1856 envuelve, bajo la frase filantrópica, una gran inhumanidad. Convierte la guerra, por principio, de guerra popular en guerra de gabinete. Reviste a la propiedad de una inviolabilidad que niega a la persona. Emancipa al comercio de los horrores de la guerra y con ello vuelve indiferentes a las clases comerciantes e industriales ante los horrores de la guerra. Por lo demás, se sobrentiende que los pretextos humanitarios de la Declaración de 1856 estaban dirigidos sólo a la galería europea, exactamente igual que los pretextos religiosos de la Santa Alianza.

Es un hecho conocido que lord Clarendon, que firmó en el Congreso de París la renuncia al derecho marítimo inglés, según confesó más tarde en la Cámara de los Lores, actuó sin conocimiento previo ni mandato de la Corona. Su única autorización fue una carta privada de Palmerston. Hasta ahora, Palmerston no se ha atrevido a pedir al Parlamento inglés la sanción de la Declaración de París y de su firma por Clarendon. Aparte de los debates sobre el contenido de la Declaración, eran de temer debates sobre la cuestión constitucional de si un ministro inglés podía usurpar el derecho de borrar de un plumazo, independientemente de la Corona y del Parlamento, la antigua base del poderío marítimo inglés. El hecho de que este golpe de Estado ministerial no provocara interpelaciones tempestuosas, sino que fuera aceptado en silencio como un fait accompli, se lo debió Palmerston a la influencia de la Escuela de Manchester. Ésta consideró que semejante innovación se ajustaba a los intereses que representaba, y por tanto también a la filantropía, la civilización y el progreso, pues permitiría al comercio inglés continuar sin perturbaciones sus negocios con el enemigo en barcos neutrales, mientras marineros y soldados se batían en duelo por el honor de la nación. Los hombres de Manchester se regocijaron de que el ministro, mediante un golpe de mano inconstitucional, hubiera comprometido a Inglaterra a concesiones internacionales cuya consecución por la vía constitucional parlamentaria era del todo improbable. ¡De ahí la indignación que en este momento suscita en el partido de Manchester, en Inglaterra, las revelaciones del libro azul presentado por Seward al Congreso de Washington!

Los Estados Unidos eran, como se sabe, la única gran potencia que había rechazado adherirse a la Declaración de París de 1856. Si renunciaban al corso, tenían que crear una gran marina de guerra estatal. Cualquier debilitamiento de sus medios bélicos marítimos los amenazaba al mismo tiempo con la pesadilla de un ejército terrestre permanente según el modelo europeo. No obstante, el presidente Buchanan se declaró dispuesto a aceptar la Declaración de París si, con exclusión del contrabando de guerra, se quería asegurar la misma inviolabilidad a toda propiedad, enemiga o neutral, que se hallara a bordo de los barcos. Su propuesta fue rechazada. Del libro azul de Seward se desprende ahora que Lincoln, inmediatamente después de asumir el gobierno, ofreció a Inglaterra y Francia la adhesión de los Estados Unidos a la Declaración de París, en lo relativo a la abolición del corso, bajo la condición de que la prohibición del corso se extendiera también a las partes de los Estados Unidos que se hallan en estado de rebelión, es decir, a la Confederación del Sur. La respuesta práctica que recibió fue el reconocimiento de los derechos de beligerante de la Confederación del Sur.

«La humanidad, el progreso y la civilización» susurraron a los gabinetes de St. James y de las Tullerías que la prohibición del corso reduciría extraordinariamente las posibilidades de la secesión y, por consiguiente, de la disolución de los Estados Unidos. La Confederación fue reconocida, por tanto, apresuradamente como parte beligerante, a fin de responder luego al gabinete de Washington que, naturalmente, Inglaterra y Francia no podían reconocer la propuesta de una parte beligerante como ley vinculante para la otra parte beligerante. Esa misma «noble franqueza» animó todas las negociaciones diplomáticas de Inglaterra y Francia con el gobierno de la Unión desde el estallido de la guerra civil, y si el «San Jacinto» no hubiera detenido al «Trent» en el canal de las Bahamas, cualquier otro incidente habría bastado para proporcionar el pretexto para el conflicto que lord Palmerston tenía en la mira.