Friedrich Engels

Movimiento en Alemania

Escrito a finales de enero de 1861.

Del inglés.

["New York Daily Tribune" nº 6178 del 12 de febrero de 1861, artículo de fondo]

El año 1861, a lo que parece, no ha traído aún suficientes perturbaciones. Tenemos nuestra revolución secesionista en América; ahí está la insurrección en China; el avance de Rusia en Asia oriental y central; la cuestión de Oriente con sus corolarios de la ocupación francesa de Siria y del canal de Suez; la disolución de Austria, con Hungría casi en abierta insurrección; el sitio de Gaeta y la promesa de Garibaldi de liberar Venecia el 1 de marzo; y no en último término, el intento de colocar al mariscal Mac-Mahon en su trono ancestral de Irlanda. Pero todo esto no es aún suficiente. Ahora, además, se nos hace esperar una cuarta guerra de Schleswig-Holstein.

El rey de Dinamarca había contraído voluntariamente en 1851, frente a Prusia y Austria, ciertas obligaciones respecto a Schleswig. Prometió que el ducado no sería incorporado a Dinamarca, que su cámara de representantes permanecería separada de la de Dinamarca y que la nacionalidad alemana y la danesa gozarían de igual protección en Schleswig. Además, en lo que concierne a Holstein, se garantizaron expresamente los derechos de sus estados provinciales. Bajo estas condiciones, las tropas de la Confederación que habían ocupado Holstein fueron retiradas. El gobierno danés intentó eludir mediante subterfugios el cumplimiento de sus promesas. En Schleswig, la mitad meridional es exclusivamente alemana; en la mitad septentrional, todas las ciudades son alemanas, mientras que la población rural habla un dialecto danés corrompido, y la lengua escrita es desde tiempos inmemoriales, casi en todas partes, el alemán. Con el consentimiento de la población ha tenido lugar allí, durante siglos, un proceso de germanización tan intenso que, a excepción de los distritos fronterizos más al norte, incluso la parte de la población rural que habla un dialecto danés (el cual, sin embargo, muy alejado del danés escrito, es fácilmente comprensible para los habitantes alemanes de la parte sur) entiende mejor el alto alemán escrito que la lengua escrita danesa. Después de 1851, el gobierno dividió el territorio en un distrito danés, un distrito alemán y un distrito mixto. En el distrito alemán debía ser el alemán, y en el distrito danés el danés, la lengua oficial exclusiva del gobierno, los tribunales, el púlpito y la escuela. En los distritos mixtos, ambas lenguas debían ser admitidas en pie de igualdad. Esto parece muy justo, pero en realidad, al establecerse el distrito danés, se impuso la lengua escrita danesa a una población cuya gran mayoría ni siquiera la entendía y que deseaba que el gobierno, los procedimientos judiciales, la educación, el bautismo y el matrimonio se desarrollaran en alemán. Sin embargo, el gobierno emprendió una auténtica cruzada para extirpar todas las huellas de lo alemán del distrito, prohibió incluso la enseñanza privada en el seno de la familia en una lengua no danesa y, al mismo tiempo, trató de dar la preponderancia a la lengua danesa en el distrito mixto por métodos no del todo honestos.

La oposición provocada por estas medidas fue muy violenta, y se intentó reprimirla mediante una serie de medidas de violencia mezquina. A la pequeña ciudad de Eckernförde, por ejemplo, se le impusieron una vez multas de 4.000 dólares por el delito de haber presentado peticiones no autorizadas a la cámara de representantes; y a todos los partidos a los que se les habían impuesto multas, se les declaró, igual que a los presidiarios, que se les retiraba el derecho de voto. Sin embargo, la población y la cámara de representantes persistieron y persisten aún en su oposición.

En Holstein, el gobierno danés no pudo inducir a los estados provinciales a aprobar impuestos sin hacer concesiones en el sentido político y nacional. El gobierno danés no quería hacer concesiones ni quería renunciar a los ingresos procedentes del ducado. Por consiguiente, para crear una base jurídica sobre la cual pudieran recaudarse los impuestos, se convocó un Consejo del Reino, una asamblea sin carácter representativo alguno, supuestamente destinada a representar a la propia Dinamarca, a Schleswig-Holstein y a Lauenburg. Aunque los holsteineses se negaron a participar, este cuerpo aprobó los impuestos para todo el reino, y sobre la base de esta decisión, el gobierno fijó los impuestos a pagar en Holstein. Así, Holstein, que debía ser un ducado independiente y separado, fue privado de toda independencia política y sometido a una cámara predominantemente danesa.

Por esta razón, la prensa alemana ha instado en los últimos cinco o seis años a los gobiernos alemanes a tomar medidas coercitivas contra Dinamarca. Las razones en sí son ciertamente buenas. Pero la prensa alemana —precisamente la prensa que podía existir en el período reaccionario posterior a 1849— utilizó Schleswig-Holstein meramente como un medio para su popularidad. Era en verdad muy barato mostrarse sumamente indignados contra los daneses, mientras permitían que los gobiernos de Alemania —aquellos gobiernos que en casa trataban de emular a Dinamarca en la mezquina tiranía—. Se gritó guerra contra Dinamarca cuando estalló la guerra de Crimea, y de nuevo guerra contra Dinamarca cuando Luis Napoleón invadió la Italia austríaca. Bueno, ahora tendrán lo que quieren.

La «Nueva Era» en Prusia, hasta ahora tan reservada cuando era interpelada por la prensa liberal, coincide en este caso con ella. El nuevo rey de Prusia anuncia al mundo que debe remediar este viejo abuso; la decrépita Dieta federal de Francfort pone en movimiento toda su pesada maquinaria para salvar la nacionalidad alemana, y la prensa liberal ¿triunfa? Ni mucho menos. La prensa liberal, puesta de repente a prueba, se retracta y grita «¡Cuidado!», descubre que Alemania no tiene flota con la que combatir contra los barcos de una potencia marítima, y muestra, sobre todo en Prusia, todos los síntomas de la cobardía. Lo que hace unos meses era un urgente deber patriótico es ahora, de repente, una intriga austríaca, y se advierte a Prusia que no se embarque en ello.

El que los gobiernos alemanes no son sinceros en su repentino entusiasmo por la causa de Schleswig-Holstein está, naturalmente, fuera de duda. Como dice el «Dagbladet» danés:

«Todos sabemos que es uno de los viejos trucos de los gobiernos alemanes sacar a relucir la cuestión de Schleswig-Holstein tan pronto como necesitan un poco de popularidad y desean encubrir sus múltiples pecados propios, librando giros contra el sentimiento anti-danés.»

Éste es decididamente el caso en Sajonia y, hasta cierto punto, ahora también en Prusia. Pero en Prusia, el hecho de plantear de repente esta cuestión indica también abiertamente una alianza con Austria. El gobierno prusiano ve que Austria se descompone por dentro, mientras está amenazada por fuera por una guerra con Italia. Ciertamente, no es del interés del gobierno prusiano ver a Austria aniquilada. Al mismo tiempo, la guerra italiana, ante la cual Luis Napoleón no permanecería mucho tiempo como espectador desinteresado, difícilmente volvería a producirse sin tocar el territorio de la Confederación Germánica; en ese caso, Prusia estaría obligada a intervenir. Además, la guerra contra Francia en el Rin estaría ciertamente ligada a una guerra danesa en el Eider; y si el gobierno prusiano no puede permitirse que Austria se derrumbe, ¿por qué esperar entonces a que Austria sea derrotada de nuevo? ¿Por qué no intervenir en la disputa sobre Schleswig-Holstein y, de ese modo, interesar en la guerra a toda la Alemania del Norte, que no combatiría por la defensa de Venecia? Si éstas son las consideraciones del gobierno prusiano, son perfectamente lógicas, pero eran exactamente tan lógicas en 1859, antes de que Austria fuera debilitada por Magenta y Solferino y por sus conmociones internas. ¿Por qué no se actuó en consecuencia entonces?

No es en absoluto seguro que esta gran guerra tenga lugar la próxima primavera. Pero si ocurre, deberá tener como resultado una revolución, por más que ningún partido merezca simpatía, sea cual fuere el que resulte derrotado al principio. Si Luis Napoleón sucumbiera, su trono se derrumbaría seguramente; y si el rey de Prusia y el emperador de Austria fuesen derrotados, tendrían que ceder ante una revolución alemana.