Escrito el 13 de diciembre de 1861.
["Die Presse" Nº 346, del 17 de diciembre de 1861]

La noticia sobre la suerte del “Harvey Birch” y la estancia del crucero “Nashville” en el puerto de Southampton llegó a Nueva York el 29 de noviembre, pero no parece haber provocado el sensacional espectáculo con que aquí se contaba, en ciertos círculos, tanto como se temía desde otros sectores hostiles a la guerra. Esta vez se sucedían las olas sin interrupción. Pues Nueva York estaba precisamente agitada por las luchas preliminares de la elección de alcalde, fijada para el 3 de diciembre. El corresponsal de “The Times” en Washington, el señor Russell, que estropea su talento celta con una afectada anglidad, afecta un asombro encogiéndose de hombros ante ese tumulto de la elección de alcalde. El señor Russell halaga, naturalmente, la ilusión del cockney londinense de que una elección de alcalde en Nueva York es la misma anticuada farsa que una elección de Lord Mayor en Londres. El Lord Mayor de Londres no tiene, como es sabido, nada que ver con la mayor parte de Londres. Es el regente nominal de la City, un ente fabuloso que procura demostrar su realidad produciendo buenas sopas de tortuga en los banquetes y malas sentencias en los casos de faltas de policía. Un Lord Mayor londinense es un personaje público solo aún en la fantasía de los escritores de vodeviles y *faits-divers* parisienses [escritores de todo el mundo]. El alcalde de Nueva York, por el contrario, es un poder real. Al comienzo del movimiento de secesión, el alcalde de entonces, el notorio
Fernando Wood
, estuvo a punto de proclamar a Nueva York república municipal independiente, naturalmente de acuerdo con Jefferson Davis. Su plan fracasó ante la energía del Partido Republicano de la Empire-City.

El 27 de noviembre, Charles Sumner, de Massachusetts, miembro del Senado americano, donde en la época de los sucesos de Kansas fue insultado a bastonazos por un senador sureño, pronunció una brillante conferencia sobre el origen y los resortes secretos de la rebelión esclavista ante un numeroso mitin en el Cooper Institute de Nueva York. Al final de su discurso, el mitin adoptó la siguiente resolución:

“La doctrina proclamada por el general Frémont sobre la emancipación de los esclavos de los rebeldes, así como las manifestaciones posteriores del general Burnside, del senador Wilson, de George Bancroft (el célebre historiador), del coronel Cochrane y de Simon Cameron, en las que se apunta a la eventual extirpación de la esclavitud como la causa de la rebelión, demuestran una necesidad moral, política y militar. En opinión de este mitin, el espíritu público del Norte simpatiza ahora por completo con todo plan práctico que pueda proponerse para la extirpación de este mal nacional, y considera tal resultado como el único desenlace consecuente de esta lucha entre la civilización y la barbarie.”

La “New-York Tribune” observa, en relación con el discurso de Sumner, entre otras cosas:

“La alusión del señor Sumner a los debates sobre la cuestión de la esclavitud que se avecinan en el Congreso despierta la esperanza de que ese cuerpo comprenderá por fin dónde residen realmente la debilidad del Sur y la fuerza del Norte, y de que recurrirá a la medida decisiva que es la única que puede someter la rebelión de manera rápida y definitiva.”

En una carta privada de
México
se dice, entre otras cosas:

“El ministro inglés se muestra como cálido amigo de la administración del presidente Juárez ... Personas bien informadas de las intrigas españolas aseguran que el general Márquez ha recibido de España el encargo de reagrupar las fuerzas dispersas del partido clerical, tanto sus elementos mexicanos como españoles. Este partido, según se dice, aprovechará la ocasión que no tardará en presentarse para implorar de Su Católica Majestad un rey para el trono de México. Según aseguran, ya se ha designado para ese puesto a un tío de la reina. Como el hombre es viejo, en el curso natural de las cosas no tardaría en desaparecer de la escena, y, puesto que se evitará toda cláusula que prevea el nombramiento de su sucesor, México recaería así en España, de suerte que en México triunfaría la misma política que en Haití.”