Friedrich Engels

Aldershot y los voluntarios

Escrito a principios de mayo de 1861.
Del inglés.

["The Volunteer Journal, for Lancashire and Cheshire" N.º 36, del 11 de mayo de 1861]

El duque de Cambridge dijo en su discurso en la cena de la brigada de tiradores de Londres que se alegraría mucho de ver a los voluntarios en Aldershot. La única dificultad, en su opinión, parecía ser cómo llevarlos allí. Nos permitimos hacer algunas propuestas sobre cómo superar esa dificultad.

Sin duda, no se puede pensar en enviar cuerpos enteros de voluntarios a Aldershot o a cualquier otro campamento. La naturaleza de su composición excluye toda posibilidad de hacerlo. No hay compañía, y mucho menos batallón, en el que la mayoría de sus miembros pudiera disponer de siquiera catorce días al mismo tiempo para tal fin.

Pero, si no podemos llevar a los voluntarios como cuerpos enteros a Aldershot, ¿no podrían ir individualmente y aprender, no obstante, toda una serie de cosas? Creemos que sí podrían, siempre que se dispongan las cosas de modo que los voluntarios reciban todas las facilidades para aprovechar esa oportunidad.

Creemos que la gran mayoría de los voluntarios está compuesta por hombres que, de vez en cuando, pueden verse liberados de sus ocupaciones cotidianas durante catorce días al año. Muchos de ellos disfrutan de un permiso regular de esa duración o incluso mayor. Entre ellos hay sin duda un número considerable que no tendría nada en contra, sino que, al contrario, estaría dispuesto a invertir tiempo y dinero en Aldershot si se los acogiera allí. Así, no habría dificultad alguna en tener, entre mayo y finales de septiembre, un número variable de voluntarios en Aldershot que, empero, durante ese período, sume por lo menos la fuerza aproximada de un batallón. Si pudiéramos, pues, llevar a ese número variable al campamento, ¿cómo se podría aprovechar?

Proponemos que se levanten una serie de barracones o tiendas para unos 600 voluntarios y que el mando de ese campamento de voluntarios se confíe a un capitán, mejor aún a un comandante de la tropa de línea, asistido por un ayudante y un sargento. El campamento debería inaugurarse en mayo, tan pronto se haya inscrito un número suficiente de voluntarios; cuando el campamento esté lleno, se admitirán nuevos solicitantes en la medida en que haya plazas; todos estos voluntarios se agruparán en un batallón; por encima de la ropa exterior se llevará una blusa de corte y color prescritos, para dar al conjunto aspecto uniformado. Como sin duda habrá demasiados oficiales, sólo será posible hacer que los oficiales presten servicio temporalmente como sargentos y soldados rasos. Lejos de considerar esto una desventaja, lo juzgamos incluso una ventaja. Ningún oficial voluntario está tan seguro de su propia instrucción individual en el ejercicio como para que este breve descenso a las filas le resulte inútil; recuérdesele que todo oficial de línea ha de empuñar el fusil durante un tiempo determinado año tras año. La distribución de los puestos temporales de oficial en el batallón podría regularse fácilmente: los capitanes más antiguos presentes podrían comenzar, y después otros podrían ocupar sus puestos por turno. Quizá se podría dotar al comandante de ciertas facultades para cubrir esas plazas, a fin de suscitar viva emulación entre los oficiales presentes. Éstos son, sin embargo, detalles cuya regulación apenas entrañaría dificultad una vez que la idea se hubiera tomado seriamente en consideración.

Un batallón así, de composición fluctuante, nunca alcanzaría un nivel de eficiencia muy elevado, y tanto el comandante como sus ayudantes no tendrían una tarea fácil. Cumpliría, sin embargo, un objetivo: a saber, formar en el ejército de voluntarios en general, y entre los oficiales y sargentos en particular, un núcleo de hombres que en cualquier caso habrían sido realmente soldados, aunque sólo fuera por catorce días. Esto puede parecer un lapso miserablemente corto, pero no dudamos de que al abandonar Aldershot todos se sentirían sustancialmente distintos que a su llegada. Existe una diferencia enorme entre un ejercicio de instrucción una o dos veces por semana, después de haber pasado todo el día entre negocios y otras cosas, y uno, aunque dure sólo catorce días, practicado por la mañana, a mediodía y por la tarde en un campamento. Durante esos catorce días, cada voluntario presente no tendrá más ocupación que su instrucción militar; se verá confirmado en su ejercicio hasta un grado que ningún adiestramiento voluntario, por prolongado que sea, tal como se practica hoy, puede alcanzar; y además verá una parte mucho mayor de la vida del soldado de la que jamás podría esperar ver en su propio cuerpo, a menos que éste acampe expresamente con ese fin. Todo voluntario que abandone Aldershot estará convencido de haber aprendido en esos catorce días por lo menos tanto como en todo su servicio voluntario anterior. En un plazo razonable, difícilmente habrá una compañía de voluntarios que no cuente con uno o varios miembros que hayan estado en Aldershot; y todo el mundo verá en qué medida esa impregnación con elementos mejor instruidos mejorará la firmeza y también la actitud militar de los distintos cuerpos.

Hemos supuesto que el curso de instrucción para cada voluntario debe durar catorce días, sencillamente porque casi todos podrían encontrar la posibilidad de disponer de este breve período. Pero nada debería oponerse a que a aquellos voluntarios que puedan permitírselo se les autorice a permanecer un mes entero en el campamento.

Naturalmente, los voluntarios en el campamento tendrían que proveer a su propio mantenimiento. El gobierno debería facilitar tiendas y utensilios de campamento, y tal vez podría establecer una regulación para la entrega de raciones de alimentos que los hombres habrían de pagar. De este modo, la cosa resultaría, sin ocasionar gastos considerables al país, barata para los voluntarios y se asemejaría más a la vida regular de un campamento.

No dudamos de que, una vez realizado el experimento, los voluntarios se sumarían a él inmediatamente con satisfacción; el batallón se mantendría siempre con efectivos completos y quizá pronto surgiría la necesidad de batallones similares en otros campamentos o en Aldershot. Si el excedente de oficiales fuera muy considerable, en uno de los campamentos se podría formar un «batallón de oficiales» especial, con un período de instrucción algo más prolongado, y creemos que un batallón así cumpliría bien su propósito al menos durante una temporada.

Existe, sin embargo, otra forma de hacer útiles los campamentos y la tropa de línea en general para los oficiales voluntarios, a saber: adscribir a dichos oficiales durante cierto tiempo a batallones del ejército regular. Esto puede hacerse sin que los oficiales tengan que alejarse demasiado de su lugar de residencia. Durante ese período (digamos un mes), los oficiales voluntarios prestarían servicio como si realmente perteneciesen al regimiento. Sin duda podrían hallarse medios para permitir que por lo menos un oficial voluntario sea adscrito a un batallón de esta manera, sin menoscabar en modo alguno las obligaciones ni la posición de los oficiales de línea, quienes siempre han mostrado la mejor disposición imaginable hacia los voluntarios. Si se recogiera esta propuesta, juzgaríamos aconsejable adscribir a las tropas de línea sólo a aquellos oficiales voluntarios que hayan demostrado de un modo u otro que son capaces de sacar provecho de ello. El oficial voluntario no debe aprender con la tropa de línea los rudimentos, sino consolidar y perfeccionar sus conocimientos; debe aprender cosas que no puede aprender en su propio cuerpo.

Nuestras dos propuestas —la formación de batallones variables en los campamentos y la autorización para que oficiales voluntarios capacitados presten servicio durante un mes en la línea— miran principalmente a la instrucción de los oficiales. Repetimos una y otra vez que los oficiales constituyen el lado débil del ejército voluntario; añadimos que ahora debe resultar evidente a todos que el sistema actual de instrucción de los voluntarios no puede hacer eficientes a los oficiales en su conjunto y que, por consiguiente, han de encontrarse nuevos medios de instrucción si la fuerza armada no sólo no ha de retrogradar, sino mejorar.

No presentamos estas propuestas sino con el propósito de llamar la atención sobre esta cuestión. No pretendemos someter a la opinión pública un plan fijado, elaborado en todos sus detalles, que tenga en cuenta todas las eventualidades y esté maduro para ser puesto inmediatamente en práctica. Eso sería asunto de otros, cuando la cuestión se tomara seriamente en consideración. Pero quisiéramos decir que todo el movimiento de los voluntarios fue un experimento, y si la gente no está dispuesta a seguir experimentando un poco más para encontrar el camino adecuado hacia la mejora del nuevo ejército surgido de ese experimento, el movimiento acabará por estancarse.

F. E.