en la medida en que continúa, las cargas se pagan con letras de crédito ingleses, dicho de otra manera, con el capital inglés. A la inversa, el comercio de Inglaterra con la India, China y Australia sigue siendo muy importante; hasta se acrecentó desde la interrupción del comercio con los Estados Unidos. Los corsarios americanos por lo tanto, tendrían un vasto campo para sus correrías en el mar, los ingleses por el contrario solo tendrían un campo relativamente insignificante. Los capitales ingleses en los Estados Unidos superan de lejos el capital colocado en la industria algodonera inglesa *, Por el contrario, las inversiones de capitales americanos en Inglaterra son casi nulas. Es verdad que la marina inglesa eclipsa a la americana, pero su relación no es —de lejos— sino la misma que en el : de la guerra 1812-1814. q curso Si ya en esa época los corsarios americanos se declaraban superiores a los ingleses ¿qué pasaría ahora? Un bloqueo efectivo de los puertos norteamericanos sobre todo en invierno, está totalmente excluido, En las aguas interiores entre Canadá y Estados Unidos —y la superioridad para la solución de la guerra por tierra, es aquí definitiva— Estados Unidos tendrían una absoluta superioridad en la apertura de las hostilidades.

En una palabra, el comerciante de Liverpool llega a la conclusión siguiente: “Nadie aconsejará a Inglaterra hacer la guerra simplemente por causa del algodón. Para nosotros sería menos caro alimentar a todos los distritos algodoneros durante tres años por Cuenta del Estado que mantener una guerra con los Estados Unidos por causa de ellos durante un año.” Ceterum censeo *" que el incidente del Trent no conducirá a la guerra.

CARLOS MARX SIMPATIAS CRECIENTES EN INGLATERRA New York Daily Tribune, 25/12/1861 Londres, Y de diciembre de 1861 Los amigos de Estados Unidos de este lado del Atlántico esperan con ansiedad que el gobierno de la Unión tome una decisión de conciliación. No es que estén de acuerdo con los salvajes aullidos de la prensa británica sobre un incidente de guerra, que según el parecer de los consejeros jurídicos de la Corona inglesa no sería sino una simple falta de procedimiento ya que se lo puede resumir en una palabra: cl derecho internacional ha sido violado porque el capitán Wilkes en lugar de apoderarse del Trent, de su carga, sus pasajeros, su tripulación y sus emisarios, solo tomó a estos últimos. La ansiedad de los amigos de la gran República no proviene del temor de que a la larga no puede hacer frente a Inglaterra, aunque ya pese sobre sus hombros la guerra civil. Con más razón todavía, no esperan que los Estados Unidos abandonen —no sería sino por un instante y en la hora sombría de prueba— su orgullosa posición en el concierto de las naciones. Los motivos que los animan son muy diferentes.

La tarea más inmediata de los Estados Unidos es aplastar la rebelión y restaurar la Unión. El deseo que prevalece entre los esclavistas y sus instrumentos norteamericanos es el de arrastrar a los Estados Unidos a una guerra con Inglaterra. Si estallara esta guerra, el primer paso de Inglaterra sería reconocer a la Confederación del Sur, y el segundo poner fin al bloqueo. En segundo lugar, ningún general —a menos de verse obligado— se comprometerá en una batalla en la que el adversario elija el lugar, el tiempo y las condiciones, “Una guerra con América —dice el Economist, un diario que goza de la profunda confianza de Palmerston— siempre será uno de los acontecimientos más deplorables de la historia inglesa; sin embargo si hubiera que llegar a eso, sería indudablemente en el preciso momento en que nos fuera menos perjudicial. Sería el único momento, en nuestros anales comunes, que nos procuraría una compensación inesperada y parcial.” Porque Inglaterra está tan ávida de aprehender justamente “en ese momento preciso” el mínimo desgraciado pretexto de guerra, los Estados Unidos deben cuidarse de proporcionar, “en ese momento preciso” el menor pretexto a Inglaterra. No se empieza con una guerra con la intención que sea “lo menos perjudicial” posible, ni que “nos procure una compensación inesperada y parcial”. Por el momento, la ventaja estaría enteramente de un lado, del lado del adversario inglés. ¿Se necesita reflexionar mucho para comprender que cuando la guerra civil se ensaña con rabia en el Estado, es el momento más desfavorable para el desencadenamiento de una guerra exterior? En cualquier otra eircunstancia, los medios mercantiles de Gran Bretaña hubieran considerado con espanto una guerra contra los Estados Unidos. Pero desde hace meses, una fracción importante e influyente del mundo de los negocios impulsa al gobierno a romper el bloqueo por la fuerza, para proveer a la principal rama de la industria inglesa de las materias primas indispensables. El temor de una disminución de las exportaciones inglesas hacia los Estados Unidos, perdió fuerza porque cese comercio, de hecho, ya está limitado. El Economist afirma que los Estados del Norte *son malos clientes, poco interesantes”. El gigantesco crédito que el comercio inglés en general otorgaba a los Estados Unidos, sobre todo aceptando las exportaciones a la China y a la India, ya está reducido en un quinto de lo que era en 1857. Lo que es más, Francia bonapartista en bancarrota, paralizada internamente y acosada por dificultades exteriores se precipitaría sobre una guerra angloamericana como sobre un maná celestial. ¿No está totalmente dispuesta, para lograr el sostenimiento inglés en el continente, a movilizar todas sus fuerzas para ayudar a la “pérfida Albion” del otro lado del Atlántico? Basta con leer los diarios franceses para convencerse. El grado de indignación que alcanzan en su amable preocupación por el “honor inglés”, sus largas tiradas sobre la necesidad de Inglaterra de vengar su bandera, sus ruines denigraciones de todo lo que es americano, todo cesto podría en verdad ser espantoso, si no fuera al mismo tiempo grotesco y repugnante.

Además los Estados Unidos no perderían nada de su dignidad si cedieran en este asunto. Inglaterra remite su queja a una pura falta de procedimiento, a un error técnico. Ella misma ha sido culpable de esto en el curso de todas sus guerras marítimas, mientras los Estados Unidos no dejaron de protestar en contra y el prediente Madison, en el mensaje en el que dio la señal para la guerra de 1812, la denunció como una de las más escandalosas violaciones del derecho internacional **, Si se quisiera señalar, en defensa de los Estados Unidos, que le pagaron con la misma moneda a Inglaterra, no se le haría ningún servicio. Con razón han tomado distancia frente a lo que un capitán americano ha hecho por propia iniciativa y lo que ellos mismos han llamado una usurpación sistemática a costa de la marina británica. De esta manera, todas las ventajas están de parte del lado americano. Por su parte, Inglaterra reconocería el derecho de los Estados Unidos a informarse sobre todo navío inglés al servicio de lu Confederación del Sur y a llevarlo ante el tribunal americano. Por otra parte, a los ojos del mundo entero, Inglaterra prácticamente habria abandonado una pretensión a la que no pudieron hacerla renunciar ni la paz de Gand de 1814 *, ni las negociaciones de 1842 entre lord Ashburton y el ministro Webster **%, La cuestión se resume de esta manera: ¿prefieren utilizar estc “incidente desagradable” a su favor, o —cediendo a una cólera momentánca— a favor de los enemigos interiores y exteriores?

Desde mi último artículo de hace ocho días, los títulos consolidados del Estado inglés volvieron a bajar en un dos por ciento en relación al viernes último, y el precio actual es de 89 3/4 a 89 7/8 para el dinero líquido y de 90 a 90 1/8 para la nueva cuenta del 9 de enero. Esta cotización de los títulos consolidados ingleses corresponde a la que se registró en el curso de los dos primeros años de la guerra de Crimea. Esta caída es una respuesta a los graves hechos siguientes: declaraciones belicosas de los diarios americanos llegadas aquí con el último correo; irritación de la prensa londinense, cuya moderación desde hace dos días no es sino una ficción montada por Palmerston; envío de tropas al Canadá; proclama que prohíbe la exportación de armas y de material para la fabricación de pólvora, y en fin, fanfarronadas cotidianas sobre los gigantescos preparativos de guerra en los muelles y arsenales marítimos.

Podemos estar seguros de una cosa: Palmerston quisiera tener un pretexto legal para una guerra contra los Estados Unidos pero choca en el gabinete con la oposición más cerrada de Gladstone, Milner Gibson y, en menor grado, de sir Cornewall Lewis. El “noble vizconde” tiene el apoyo de Russell —un instrumento servil en sus manos— y de todo el corrillo de los whigs. Si el gabinete de Washington aportara ese deseado pretexto, el actual gabinete inglés saltaría y sería reemplazado por un gobierno tory. Ya se han producido los primeros contactos con miras a tal cambio de escena, entre Palmerston y Disraeli. Esto explica los violentos llamados a la guerra del Morning Herald y del Standard, esos lobos hambriéntos que aullan a la espera de algunas migajas que caigan de la caritativa caja del Estado.

Los designios de Palmerston aparecen claros cuando se hace un paralelo entre ellos y algunos acontecimientos recientes. En la mañana del 14 de mayor después de haber sido informado por el telégrafo de Liverpool de la llegada de Adams a Londres, en la tarde del 13 de mayo, reconoció absolutamente a los secesionistas la calidad de beligerantes. Después de una dura lucha con sus colegas envió tres mil hombres de tropa al Canadá *%, ejército ridículo para ocupar un frente de mil quinientas millas, pero un truco hábil si se aguijoneara la rebelión y la Unión se sintiera irritada. Hace algunas semanas presionó a Napoleón III para que propusiera una intervención armada en común “en el combate asesino”, después defendió ese proyecto en el gabinete y si fracasó en el imomento de hacerlo aprobar fue únicamente a causa de la resistencia de sus colegas. Palmerston y Bonaparte decidieron entonces la intervención a Méjico. Esta expedición perseguía dos fines: provocar un justo resentimiento de los americanos, y al mismo tiempo dar el pretexto para el envío de una escuadra lista, como dice el Morning Post, para “cumplir todos sus deberes en las aguas del Atlántico Norte si la actitud hostil del gobierno de Washington la obliga a hacerlo.” En el momento en que se desencadenó esta expedición el Morning Post, el Times y otros lacayos más insignificantes de la prensa de Palmerston escribieron que sería una cosa hermosa y al mismo tiempo filantrópica porque expondría a la Confederación esclavista a un doble fuego; ¡el del Norte antiesclavista y el de las fuerzas antiesclavistas de Inglaterra y Francia! ¿Y qué dice el mismo Morning Post —una curiosa mezcla de Jenkins y Rodomonte (11) de bajeza y fanfarroncría— en su edición de hoy a propósito de la habilidad de Jefferson Davis? 1%, Escuchemos al oráculo de Palmerston: “Debemos esperar que esta intervención sea ineficaz durante un periodo de tiempo considerable. Mientras el gobierno del Norte está demasiado alciado para permitirse intervenir enérgicamente en cste problema, la Confederación del Sur se extiende, por otra parte, en una gran distancia a lo largo de la frontera de Méjico, de manera que su actitud amistosa hacia los promotores de la intervención podrá tener efectos seusibles. El gobierno del Norte siempre ironizó sobre nuestra posición de neutralidad, mientras que los-gobernantes del Sur, hombres de Estado hábiles y ponderados, reconocieron todo lo que nosotros podríamos hacer por el interés de los dos partidos. Tanto en lo que concierne a nuestra empresa cn Méjico como a nuestra actitud frente al gabincte de Washington, la amistosa moderación de la Confederación del Sur es un punto importante en favor nuestro.” Me permito señalar que el Nord del 3 de diciembre —un diario tramposo que con ese titulo está iniciado en los planes de Palmerston— da a entender que desde cl comienzo la expedición de Méjico no tiene el objetivo proclamado sino el de la guerra contra los Estados Unidos.

La carta del gencral Scott *% tuvo un efecto bienhechor sobre la opinión pública y aun sobre la Bolsa de Londres: los conjurados de Downing Strect y de las Tullerías desminticron a la Patria que, declaró, fingiendo estar informada de fuente oficial, que el mismo gabincte de Washington había hecho detener a los sudistas en el Trent, Carnos Marx EL GABINETE DE WASHINGTON Y LAS POTENCIAS OCCIDENTALES Die Presse, 25/12/1861 Londres, 20 de diciembre de 1861 Una de las sorpresas más impactantes de la guerra anglo-francoturco-rusa, fértil sin embargo en sorpresas fue, incuestionablemente, la declaración de París en la primera de 1856 sobre derecho marítimo. Cuando estalló la guerra contra Rusia, Inglaterra suspendió la utilización del arma más poderosa que poseía: la confiscación de mercaderías pertenecientes al enemigo en barcos neutrales y la guerra de corso en el mar. Al final de la guerra, Inglaterra rompió sus armas y sacrificó los pedazos en el altar de la paz. Aunque oficialmente vencida, Rusia gozó de una concesión que se había esforzado en vano por arrancar desde los tiempos de Catalina con una serie de “neutralidades armadas” 1”, guerras e intrigas diplomáticas, Aunque había ganado la guerra de manera manifiesta, Inglaterra renunció, por el contrario, a los poderosos medios de ataque y defensa que se forjó en tanto potencia marítima y que detentaba desde hacía un siglo y medio contra un mundo en armas. Las consideraciones humanitarias que sirven de pretexto a la Declaración de 1856 1%, se desvanecen ante el examen más superficial. La campaña cn el mar de los corsarios no es más bárbara que la acción de los cuerpos de voluntarios o de guerrilleros cn las guerras terrestres. La campaña en el mar es la guerrilla marítima. La confiscación de los bienes privados de una nación beligerante se produce también en la guerra terrestre. ¿Las requisas militares solo se efectúan sobre las cajas del gobierno cnemigo y no sobre la propiedad de las personas privadas? La naturaleza de la guerra en tierra protege los bienes enemigos que están en terreno neutral, es decir bajo la soberanía de una potencia neutra, La naturaleza de la guerra marítima borra estas barreras porque el inár, gran vía de comunicación común a las naciones, no puede caer bajo la soberanía de una potencia neutral.

Sin embargo, la Declaración de 1856 recela una gran inhumanidad en la fraseología filantrópica. Desde el punto de vista de los principios, transforma la guerra de los pueblos en guerra de los gobiernos. Da a la propiedad una inviolabilidad que niega a las personas. Emancipa al comercio de los horrores de la guerra y de esta manera hace indiferentes a los horrores de la guerra a las clases que ejercen el comercio y la industria. De todas maneras, los pretextos humanitarios de la Declaración de 1856 estaban destinados a la galería europea, como los pretextos religiosos de la Santa Alianza.

Es un hecho bien conocido que lord Clarendon —el firmante de los derechos marítimos ingleses en el Congreso de París— actuó sin acuerdo a instrucciones previas de la Corona, como él mismo lo confesó en la Cámara Alta. Sus plenos poderes derivaban de una carta privada de Palmerston. Hasta ahora Palmerston no se animó a pedirle al Parlamento inglés que sancionara la Declaración de París y su firma por Clarendon. Al hacer abstracción de los debates sobre el contenido de la Declaración, teme los debates sobre el problema constitucional, a saber: ¿un ministro inglés puede usurpar el derecho de borrar de un plumazo —independientemente de la Corona y del Parlamento— la antigua base dc la potencia marítima inglesa? Si cse golpe de Estado ministerial no condujo a interpelaciones tumultuosas, y fue aceptado en silencio como un hecho acabado, Palmerston lo debe a la influencia de la escuela manchesteriana (111). Para servir a los intereses que representa —por lo tanto a la filantropía, la civilización y el progreso— descubrió un medio gracias al cual el comercio inglés puede continuar tranquilamente sus negocios con el enemigo con barcos neutrales, mientras los marinos y soldados ingleses pelean por el honor de la nación. Los hombres de Manchester se alegraron porque el ministro, con una maniobra inconstitucional obligó a Inglaterra a hacer concesiones internacionales, que era muy improbable que se pudieran obtener por la vía parlamentaria constitucional. Esto explica la indignación del partido manchesteriano en Inglaterra, cuando se reveló el libro azul depositado por Seward en cl Congreso de Washington.

Como ya sabemos, los Estados Unidos eran la única gran potencia que se negó a adherir a la Declaración de París de 1856. En efecto, si renunciaban a la campaña en el mar se veían obligados a crear una gigantesca marina del Estado. Ahora bien, todo debilitamiento de sus medios de guerra en el mar los amenazaba al mismo tiempo con el peso de un ejército permanente en tierra según los criterios curopcos. Sin embargo, el presidente Buchanan se mostró dispuesto a ratificar la Declaración de París siempre que —con excepción del contrabando de guerra— se asegurara la misma inviolabilidad a toda propiedad enemiga o neutral que estuviera en los barcos. Su proposición fue rechazada. Del libro azul de Seward surge que Lincoln apenas entró en funciones, ofreció a Inglaterra y Francia la adhesión de los Estados Unidos a la Declaración de París, a condición de que la prohibición de campaña en cl mar se extendiera a la fracción rebelde de los Estados Unidos, es decir la Confederación dcl Sur. De hecho la respuesta que recibió fue el reconocimiento de los derechos beligerantes de la Confederación del Sur +9, “La humanidad, el progreso y la civilización” sugirieron a los gabinetes de Saint-James y' de las Tullerías que la prohibición de la campaña marítima reduciría considerablemente las posibilidades de la secesión, y por lo tanto la disolución de los Estados Unidos. La Confederación fue reconocida apresuradamente como parte beligerante, para que se pudiera contestar enseguida al gabinete de Washington que Inglaterra y Francia no podían, era cvidente, reconocer la proposición de una de las partes beligerantes como ley, obligando a la otra parte beligerante. Desde cl comienzo de la guerra civil, la misma “noble honestidad” inspira todas las negociaciones diplomáticas de Inglaterra y de Francia con el gobierno de la Unión, y si la San-Jacinto no hubiera requisado al Trent en la ruta a Bahama, hubicra bastado cualquier otro incidente para servir de pretexto al conflicto que lord Palmerston reclama. CarLos Marx A PROPÓSITO DE LA CRISIS DEL ALGODÓN Die Presse, 8/8/1862 La asamblea anual de la Cámara de comercio se realizó cn Manchester hace algunos dias. Representa a Lancashire, el distrito industrial más importante del Reino Unido y el centro principal de la manufactura de algodón británica. El presidente de la asamblea —E. Potter— y los principales oradores —Bazley y Turner— representan a Manchester y a una parte de Lancashire en los Comunes. Las deliberaciones de esta asamblea nos muestran oficialmente cual será la actitud del gran centro de la industria algodonera inglesa en el “senado de la nación”, en lo que concierne a la crisis americana, : En la asamblea, realizada el año precedente por la Cámara de comercio, Ashworth, uno de los más importantes barones del algodón de Inglaterra celebró con términos ditirámbicos la expansión inaudita de la industria algodonera inglesa en el curso de la última década. Señaló en especial, que las crisis comerciales de 1847 a 1857 no habían provocado ninguna caida de las exportaciones inglesas de hilos y tejidos de algodón. Explicó este fenómeno por las virtudes maravillosas del sistema de libre cambio introducido en 1846. Ya en esa época ese lenguaje sonaba a hueco: ¿cómo un sistema incapaz de evitarle a Inglaterra las crisis de 1847 y 1857 podía sustraer a una rama de la industria inglesa en particular —la del algodón— de la influencia de la crisis general? ¿Y hoy qué escuchamos? Todos los oradores, incluido Ashworth, reconocen que desde 1858 hubo un ahogo en los mercados asiáticos sin precedentes, y que como consecuencia de una superproducción masiva y continuamente sostenida, había que esperar la actual saturación aunque no hubiera habido guerra civil americana, tarifa Morrill ** y bloqueo. Sigue abierto el interrogante de saber si la caída de las exportaciones del año último hubiera alcanzado los seis millones de libras esterlinas sin esas circunstancias agravantes; de cualquier manera hay que admitir que los principales merca-