Karl Marx

Del inglés.

["New-York Daily Tribune" núm. 5950 del 19 de mayo de 1860]

Berlín, 1 de mayo de 1860

La opinión de que Luis Bonaparte se dispone a poner la cuestión alemana en el orden del día impera en todas las clases de la sociedad. En la "National-Zeitung" de hoy, un corresponsal asegura incluso saber, por fuentes sumamente auténticas, que Badinguet (como se llama habitualmente a Luis Bonaparte en París) se ha decidido definitivamente por una campaña del Rin, y que lord John Russell fue informado precisamente de este plan cuando, hace unas semanas, se levantó para aterrorizar a la Cámara de los Comunes con violentas invectivas contra el emperador de los franceses y con el brusco anuncio de que Inglaterra busca ahora nuevos aliados. El tono y la vehemencia de los periódicos semioficiales franceses no son en modo alguno apropiados para disipar esas inquietudes. Léase, por ejemplo, el siguiente extracto de "Bullier's Correspondence", publicación parisina de la que la mayoría de los periodistas de provincias en Francia obtienen su inspiración:

«Uno de mis amigos, inclinado a las profecías ingeniosas, me decía hace poco: “Verá usted cómo el emperador se encamina al Rin para ofrecer al rey de Prusia su alianza y una ligera rectificación de fronteras”. Le contesté con una cita del folleto “Napoleón III. et l’Italie”: “Más vale acordar una modificación territorial por vía amistosa que tener que llevarla a cabo al día siguiente de una victoria”.»

Poco después de haberse concertado el tratado comercial con Inglaterra, el gobierno francés dio a entender al embajador prusiano en París que una solicitud de un tratado análogo entre Francia y el Zollverein sería acogida favorablemente; pero cuando el gobierno prusiano respondió que el Zollverein no abrigaba en modo alguno el deseo de concertar semejante tratado, se expresaron sorpresa y desagrado en forma no precisamente cortés. Por lo demás, el gobierno prusiano estaba plenamente informado de las negociaciones que emisarios de Luis Bonaparte habían entablado últimamente con la corte de Baviera para inducirla a ceder a Francia la fortaleza de Landau, la cual, según se dice, Francia la había recibido por el tratado de 1814, pero le fue arrebatada ilegítimamente por el tratado de 1815. Los rumores difundidos entre el pueblo sobre una inminente ruptura con Francia quedan así reforzados por las sospechas oficiales.

La situación de Prusia tiene actualmente, en cierto sentido, un gran parecido con la de Austria al terminar la guerra de Oriente <Guerra de Crimea 1853-1856>. Austria parecía entonces, entre todas las potencias, la que mejor había librado. Se jactaba de haber humillado a Rusia, su peligroso vecino, sin haberse expuesto a más contratiempos que la movilización de sus fuerzas. Como había hecho el papel de mediador armado mientras las potencias occidentales cargaban con el peso principal de la guerra, tras la proclamación de la paz pudo imaginar que las armas de la alianza occidental habían eliminado la preponderancia que Rusia había adquirido sobre Austria a raíz de los sucesos de 1849 en Hungría; y, en efecto, se prodigaron entonces muchos cumplidos a la hábil táctica diplomática del gabinete de Viena. En realidad, sin embargo, la actitud equívoca que Austria adoptó durante la guerra de Oriente la privó de todos sus aliados y posibilitó a Luis Bonaparte
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la guerra de Italia. Prusia, por su parte, durante la guerra de Italia no tocó sus recursos. Echó armas al hombro, pero no las empleó, y se contentó con derramar, en vez de sangre, la paciente tinta de sus politicastros de relumbrón. Tras la paz de Villafranca, Prusia parecía haber debilitado a la rival casa de Habsburgo mediante las victorias francesas y haberse despejado el camino hacia la hegemonía en Alemania. Pero ya los pretextos bajo los cuales se proclamó la paz de Villafranca deberían haber destruido las ilusiones de las que Prusia andaba enferma. Mientras Luis Bonaparte declaraba que el armamento de Prusia y sus

amenazas de una eventual intervención habían mellado la espada de Francia, Austria declaraba que su propia capacidad de resistencia había sido destruida por la dudosa neutralidad de Prusia. Durante toda la guerra, Prusia manifestó una arrogancia que sus actos contradecían de manera casi ridícula. Frente a Austria y los pequeños Estados alemanes, invocaba sus deberes como gran potencia europea; frente a Inglaterra y Rusia, invocaba sus obligaciones como primera potencia en Alemania y, apoyándose en estas dobles pretensiones, exigía de Francia ser reconocida como el mediador armado de Europa. En consonancia con sus aspiraciones como potencia alemana por excelencia, Prusia permitió que Rusia, en una circular de insolencia sin precedentes, amedrentara a los pequeños príncipes alemanes, y, en la persona del señor von Schleinitz, escuchaba angustiada las peroratas verborreicas de lord John Russell sobre el derecho internacional “constitucional”.

Sus aspiraciones como gran potencia europea las satisfizo aplacando las ansias bélicas de los pequeños príncipes alemanes e intentando convertir las derrotas militares de Austria en otros tantos títulos jurídicos para apoderarse del puesto que antes ocupaba su rival en la Asamblea de la Confederación Alemana. Cuando, finalmente, los éxitos de las armas francesas la obligaron a adoptar algo parecido a una actitud guerrera, Prusia topó con la fría resistencia de los pequeños Estados alemanes, los cuales apenas consideraban que valiera la pena ocultar su desconfianza hacia las intenciones últimas de la corte prusiana. La paz de Villafranca encontró a Prusia completamente aislada, no solo en Europa, sino también en Alemania, mientras que la subsiguiente anexión de Saboya, que acortaba sensiblemente la frontera expuesta de Francia, mejoraba notablemente las perspectivas de esta para una campaña victoriosa en el Rin.

En estas circunstancias, la línea política que Prusia se complace en seguir ahora resulta igualmente desacertada tanto en sus relaciones interiores como exteriores. Pese a todas las fanfarronas declamaciones de los periódicos y las corporaciones representativas prusianas, en sus asuntos internos nada se ha modificado, salvo la fraseología de sus funcionarios. Los proyectos de reforma del ejército, que en modo alguno robustecen la fuerza militar para la difícil coyuntura amenazante, apuntan a un aumento permanente del ejército permanente, ya sobredimensionado, a la sobrecarga de unos recursos financieros ya demasiado gravados y a la aniquilación de la única institución democrática

del país: la Landwehr < Landwehr: en la "N.-Y. D. T." en alemán>. Todas las leyes reaccionarias sobre la prensa, el derecho de asociación, la administración municipal y las relaciones entre grandes terratenientes y campesinos, la tutela burocrática, la omnipresencia de la policía, se han mantenido cuidadosamente. Incluso los infames párrafos que se refieren a los matrimonios entre nobles y personas de origen plebeyo no se han derogado. La mera idea de restaurar la constitución que fue eliminada por un coup d’état es silbada como un sueño fantástico.

Quiero darles un solo ejemplo de la libertad burguesa de la que goza ahora un súbdito prusiano. Un renano prusiano de nacimiento fue condenado, durante el período más duro de la reacción, por un jurado amañado parcialmente, a siete años de prisión en una fortaleza prusiana, por un hecho calificado entonces como delito político. Cumplido el tiempo de reclusión, que el ministerio liberal no acortó, se dirigió a Colonia, de donde fue expulsado por orden de la policía. Se encaminó entonces hacia su ciudad natal, pero las autoridades le informaron —cosa harto extraña— de que, por haberse ausentado de aquel lugar durante siete años, había perdido su derecho de ciudadanía y debía buscarse otro lugar de residencia. Alegó que su ausencia no había sido voluntaria, pero todo fue en vano. De Berlín, adonde se trasladó después, fue expulsado de nuevo so pretexto de que, aparte de sus recursos personales de fuerza de trabajo y de saber, no podía exhibir medios de subsistencia, ya que toda su fortuna se había consumido durante su detención. Finalmente buscó refugio en Breslau, donde un viejo conocido le dio trabajo como empleado; mas una mañana se le conminó a presentarse en la policía y se le comunicó que su permiso de residencia solo podría prorrogarse por unas semanas si no obtenía entretanto el derecho de ciudadanía en Breslau. A su solicitud ante la administración municipal de Breslau se le opusieron innumerables dificultades mezquinas, que fueron superadas gracias a la mediación de amigos celosos, tras lo cual, al fin, se accedió a su demanda de concesión del derecho de ciudadanía; pero, al mismo tiempo que la concesión, recibió una abultada factura con una serie de aranceles que todo feliz mortal ha de pagar al ser admitido en las filas de los ciudadanos de Breslau. Si sus amigos no hubieran hallado el modo de reunir

la suma requerida mediante una colecta, este súbdito prusiano, como el Judío Errante, no habría encontrado lugar en su gloriosa patria donde reclinar la cabeza.

["New-York Daily Tribune" núm. 5950 del 19 de mayo de 1860]

Berlín, 2 de mayo de 1860

Después de la conclusión de la paz de Villafranca, en el gobierno prusiano —que durante meses se había mecido en la vana esperanza de ser reconocido como el mediador armado de Europa y de erigir sobre la ruina de la monarquía de los Habsburgo el edificio de la grandeza de los Hohenzollern— pareció despuntar la comprensión de los enormes peligros que amenazaban en el futuro. Su política, a la vez irresoluta, vacilante y traicionera, le había privado de aliados, e incluso von Schleinitz, cuyos prolijos despachos se habían convertido en broma permanente del mundo diplomático, difícilmente podía seguir ocultándose la verdad de que, tan pronto como la situación interior de Francia volviera a empujar al hombre de Diciembre <Napoleón III.> más allá de las fronteras francesas, Prusia sería el objeto predestinado de una nueva guerra localizada.

¿Acaso no había dejado caer Luis Napoleón, en un momento de aparente franqueza, algunas palabras que mostraban que sabía lo que Alemania necesita —a saber, la unidad—, que él era el hombre para realizarla y que las provincias del Rin no serían un precio demasiado alto por la adquisición de una mercancía tan preciosa? Fiel a la tradición del pasado de Prusia, la primera idea del príncipe regente y de sus partidarios fue entregarse a la gracia de Rusia. ¿No había adquirido Federico Guillermo I Pomerania mediante un tratado de reparto concluido con Pedro el Grande contra Carlos XII de Suecia? ¿No había logrado Federico II la victoria en la Guerra de los Siete Años y anexionado Silesia porque Rusia se retiró de su aliada austríaca? ¿No habían inflado las múltiples particiones de Polonia, acordadas entre las cortes de Berlín y San Petersburgo, las minúsculas dimensiones de la monarquía prusiana? ¿No había sido recompensada en el Congreso de Viena la ilimitada sumisión de Federico Guillermo III, que apoyó a Alejandro I cuando en 1814 Inglaterra, Austria y Francia dejaron entrever señales de oposición y

resistencia, con la incorporación de Sajonia y la provincia del Rin a Prusia? En una palabra: en sus intervenciones en Alemania, Prusia siempre había gozado de la protección y el apoyo de Rusia, naturalmente bajo la condición expresa de ayudar a esta última gran potencia a someter los países limítrofes a la patria y a desempeñar en el escenario europeo el papel de su humilde vasallo. En octubre de 1859, el príncipe regente y Alejandro II, rodeados de diplomáticos, generales y cortesanos, se reunieron en Breslau para concertar un tratado cuyos artículos han permanecido hasta hoy como un secreto insondable, no para Luis Bonaparte o lord Palmerston, pero sí para los súbditos prusianos, cuyos representantes liberales se mostraron naturalmente demasiado corteses para interpelar al señor von Schleinitz, el ministro de Asuntos Exteriores, en una cuestión tan delicada. Sin embargo, es seguro que la prensa bonapartista no se dejó perturbar por la conferencia de Breslau, que desde entonces las relaciones entre Rusia y Francia se han vuelto notablemente más íntimas, y que esta conferencia no pudo impedir a Luis Bonaparte ni apoderarse de Saboya ni amenazar a Suiza con una inevitable "rectificación de las fronteras del Rin"; y, por último, que la propia Prusia, pese a la agradable perspectiva de poder ser la vanguardia de Rusia, ha mordido últimamente con afán el anzuelo de una alianza con Inglaterra, lanzado en Londres sólo para entretener a la Cámara de los Comunes durante una o dos semanas.

El hecho de que, no obstante, lord John Russell revelara indiscretamente en un libro azul la coquetería del señor von Schleinitz con las Tullerías durante la última guerra italiana, dio el golpe de gracia a la alianza anglo-prusiana, que el gobierno prusiano había considerado por un momento como un plan realmente tomado en consideración. Pero en Londres se sabía que aquello no era más que una frase que ocultaba una artimaña parlamentaria. Después de todo eso, Prusia se encuentra ahora, a pesar de la conferencia con Alejandro II en Breslau y de la "búsqueda de nuevos aliados" de lord John Russell, exactamente igual que después de la paz de Villafranca: completamente aislada y expuesta por completo a la teoría francesa de las fronteras naturales.

¿Es acaso concebible que, en circunstancias tan desfavorables, el único recurso que se le ha ocurrido al gobierno prusiano consista en renovar su plan de una pequeña Alemania con un Hohenzollern a la cabeza y, mediante las más desvergonzadas provocaciones, no sólo empujar a Austria al campo enemigo, sino enemistarse con toda Alemania del Sur?

Y sin embargo —por increíble que parezca, y tanto más increíble cuanto que esta línea política es recomendada con celo por la prensa bonapartista—, así es. Cuanto más se aproxima el peligro, más ávida se muestra Prusia de exhibir su hambre de un nuevo reparto de Alemania. De paso, es muy probable que, tras el golpe asestado a Austria, Alemania necesite que se le aseste a Prusia un golpe similar para deshacerse de «las dos casas», pero, en cualquier caso, nadie sospechará que el príncipe regente y el señor von Schleinitz actúan según principios tan pesimistas. Desde la paz de Villafranca, las intenciones políticas del regente se traicionaron en pequeñas escaramuzas de prensa y breves debates ocasionales sobre la cuestión italiana, pero el 20 de abril, con motivo de los debates sobre la cuestión hesiano-electoral en la Cámara de Diputados de Prusia, se soltó la liebre.

Ya he explicado a sus lectores esta cuestión hesiano-electoral, por lo que ahora me limitaré a exponer en pocas palabras los puntos principales en torno a los cuales giraron los debates. Cuando la constitución hesiana de 1831 fue derogada por el Elector en 1849/1850 bajo la protección de Austria, Prusia sintió por un momento el deseo de desenvainar la espada en favor de la cámara de diputados que protestaba; pero en noviembre de 1850, en el encuentro entre el príncipe Schwarzenberg y el barón Manteuffel en Olmütz, cuando Prusia se sometió por completo a Austria, confirmó la restauración de la antigua Dieta federal alemana, traicionó a Schleswig-Holstein y revocó todas sus pretensiones de dominio, también abandonó su actitud de caballero andante en favor de la constitución hesiana de 1831.

En 1852, el Elector impuso una nueva constitución, que fue confirmada por la Dieta federal alemana a pesar de las protestas de la población hesiana. Después de la guerra de Italia, la cuestión, instigada secretamente por Prusia, volvió a debatirse. Las cámaras hesianas se declararon nuevamente a favor de la validez jurídica de la constitución de 1831, y se presentaron nuevas peticiones a la Dieta de Fráncfort para su restablecimiento. Prusia declaró entonces que la constitución de 1831 era la única válida, pero que debía, según se añadió con prudencia, adaptarse a los principios monárquicos de la Dieta federal. Austria, por el contrario, insistía en que la constitución de 1852 era legal, pero debía ser mejorada en un sentido liberal. Así pues, la disputa no era más que una mera

escaramuza verbal, una sofistería; en el fondo, era una lucha de poder entre los Hohenzollern y los Habsburgo en la Confederación Alemana. Finalmente, una gran mayoría de la Dieta federal se pronunció por la validez de la constitución de 1852, es decir, por Austria y contra Prusia. Los motivos que influyeron en la decisión de los Estados alemanes más pequeños eran transparentes. Sabían que Austria estaba demasiado enredada en dificultades exteriores y era demasiado impopular para intentar algo que fuese más allá del mantenimiento del statu quo general en Alemania, mientras que sospechaban que Prusia albergaba ambiciosos planes de innovación. Si no hubieran reconocido la competencia del acuerdo de la Dieta federal de 1851, se habría puesto en peligro la competencia de todas las decisiones de la Dieta federal desde 1848. Por último, no aprobaban la estrategia de Prusia de dictar a todos los pequeños príncipes alemanes y menoscabar su soberanía al pretender aprovechar las quejas del pueblo hesiano contra el Elector. En consecuencia, la moción de Prusia no fue aprobada.

Ahora bien, el 20 de abril, cuando este asunto se debatió en Berlín en la Cámara de Diputados, el señor von Schleinitz declaró expresamente en nombre del gobierno prusiano que Prusia no se consideraba vinculada por la decisión de la Dieta federal alemana; que en 1850, cuando se adoptó la constitución prusiana, no existía ninguna Dieta federal alemana, ya que ese cuerpo había sido barrido por el terremoto de 1848, de lo cual cabe deducir que todas las decisiones de la Dieta federal que contrariaran los planes del gobierno prusiano carecían de fuerza legal; y, por último, que la Dieta federal alemana pertenecía en realidad a los muertos, aunque la Confederación Alemana siguiera existiendo naturalmente. ¿Se puede imaginar un paso más insensato por parte del gobierno prusiano? El gobierno austríaco declaró que la antigua constitución del Imperio alemán estaba abolida después de que Napoleón I la hubiera extinguido. Los Habsburgo se limitaban con ello a proclamar un hecho. Los Hohenzollern, por el contrario, proclaman ahora la nulidad de la constitución federal de Alemania en un momento en que Alemania está amenazada

por una guerra extranjera, como si quisieran dar al hombre de diciembre un pretexto para celebrar alianzas separadas con los Estados alemanes más pequeños, a los que hasta ahora las leyes de la Dieta federal impedían tal proceder. Si Prusia hubiera proclamado el derecho de la revolución de 1848 y declarado nulos todos los actos contrarrevolucionarios cometidos desde entonces por ella misma y por la Dieta federal, así como proclamado la restauración de todas las instituciones y leyes de la época revolucionaria, se habría granjeado las simpatías de toda Alemania, incluida la Alemania austríaca. Tal como están las cosas, no ha hecho más que dividir a los príncipes alemanes sin unir al pueblo alemán. De hecho, ha abierto la puerta por la que pueden entrar los zuavos.