Friedrich Engels

Sobre los cañones rayados

Escrito en marzo/abril de 1858.

[*New York Daily Tribune* n.º 5914 del 7 de abril de 1860]

I

Los primeros intentos de aumentar el alcance y la precisión de las piezas de artillería practicando estrías en la pared del ánima, y de imprimir así al proyectil un movimiento de rotación perpendicular a la línea de vuelo, se remontan al siglo XVII. En Múnich existe un pequeño cañón de ánima rayada fabricado en Núremberg en 1694; el tubo tiene ocho estrías y un calibre de unas dos pulgadas. Durante todo el siglo XVIII se realizaron experimentos con piezas rayadas, tanto en Alemania como en Inglaterra, algunas de las cuales eran de retrocarga. Aunque solo se trataba de calibres pequeños, se obtuvieron resultados muy satisfactorios. Los cañones ingleses de a dos libras de 1776, con un alcance de 1.300 yardas, arrojaban una desviación lateral de solo dos pies, un grado de exactitud que ninguna otra arma de fuego de la época podía alcanzar siquiera de lejos. Ese mismo año se emplearon por primera vez estas piezas rayadas para disparar proyectiles oblongos.

Sin embargo, estos experimentos permanecieron largo tiempo sin resultado práctico alguno. Las concepciones militares de aquella época eran por completo contrarias a las armas rayadas. Incluso el rifle era entonces un instrumento muy tosco; la carga, una operación larga y penosa que exigía considerable destreza manual. En un tiempo en que el fuego rápido de las líneas desplegadas, de las cabezas de columna y de los tiradores constituía uno de los requisitos principales de la batalla, el rifle resultaba un arma inadecuada para la guerra en general. Napoleón no toleraba fusiles rayados en su ejército; en Inglaterra y Alemania solo unos pocos batallones iban armados con ellos; únicamente en América y en Suiza el rifle siguió siendo arma nacional.

La guerra de Argelia dio ocasión para devolver el crédito al fusil rayado y perfeccionar su construcción; estas mejoras no fueron más que el comienzo de aquella gigantesca revolución en todo el sistema de armas de fuego que aún hoy dista mucho de estar concluida. Los mosquetes de ánima lisa de los franceses no podían competir con las largas espingardas de los árabes; su mayor longitud y el mejor material, que admitían una carga más pesada, permitían a cabilas y beduinos disparar contra los franceses desde una distancia a la que el fusil reglamentario resultaba del todo ineficaz. El duque de Orleans, que había visto y admirado a los Chasseurs prusianos y austriacos, organizó según su modelo a los Chasseurs franceses, los cuales pronto se convirtieron, en cuanto a armamento, equipo y táctica, en las mejores tropas de su clase en el mundo. El fusil rayado con que se les armó era muy superior al antiguo rifle y experimentó en seguida nuevas modificaciones que acabaron por conducir a la introducción general del fusil rayado en toda la infantería europea.

Una vez elevado así el alcance del fuego de infantería de 300 a 800 e incluso a 1.000 yardas, se planteó la cuestión de si la artillería de campaña, que hasta entonces había dominado todas las distancias de 300 a 1.500 yardas, estaría aún en condiciones de sostenerse frente a las nuevas armas de fuego portátiles. En efecto, la mayor eficacia de los cañones de campaña corrientes se situaba precisamente en aquella distancia que ahora también alcanzaba el fusil rayado; los botes de metralla apenas resultaban eficaces más allá de 600 o 700 yardas. Las balas macizas de los cañones de a seis y de a nueve libras no daban resultados muy satisfactorios por encima de 1.000 yardas y, para actuar de manera contundente, los shrapnels (botes de metralla redondos) exigían sangre fría y una exacta apreciación de las distancias, cualidades que no siempre se encuentran en el campo de batalla cuando el enemigo avanza; tampoco el fuego de granadas de los viejos obuses contra tropas era ni mucho menos satisfactorio. Aquellos ejércitos que, como el inglés, tenían la pieza de a nueve libras como calibre menor eran los que mejor parados salían; el cañón francés de a ocho y más aún el alemán de a seis se volvieron casi inservibles. Para remediarlo, los franceses, hacia el comienzo de la guerra de Crimea, introdujeron la supuesta invención de Luis Napoleón, el ligero cañón de a doce, *canon obusier*, con el que podían dispararse proyectiles macizos con una carga que, en vez de un tercio, representaba solo un cuarto del peso del proyectil, así como granadas. Este cañón era una simple imitación del ligero cañón inglés de a doce libras, el cual

había sido abandonado de nuevo por los ingleses. El sistema de disparar proyectiles huecos desde piezas largas era ya usual en Alemania desde hacía mucho tiempo, de modo que en aquella supuesta mejora no había absolutamente nada nuevo. Sin embargo, armar a toda la artillería francesa con cañones de a doce, incluso con alcance reducido, le habría otorgado una superioridad decisiva sobre los viejos cañones de a seis y de a ocho. Para hacer frente a ello, el gobierno prusiano decidió en 1859 equipar toda su artillería a pie con pesados cañones de a doce libras. Ese fue el último paso en el desarrollo de la pieza de ánima lisa; mostraba que el asunto entero estaba liquidado y que los defensores de los ánimas lisas habían sido llevados al absurdo. Nada podía, en verdad, ser más insensato que armar toda la artillería de un ejército con esos embarazosos y toscos cañones prusianos de a doce, y ello en un momento en que la movilidad y la rapidez en las maniobras son el requisito más importante de todos. Puesto que el ligero cañón francés de a doce solo poseía una superioridad relativa frente a otra artillería, pero ninguna en absoluto frente a las nuevas armas de fuego portátiles, y que el pesado cañón prusiano de a doce era una palpable absurdidad, no quedaba otra alternativa que abandonar por completo la artillería de campaña o adoptar piezas rayadas.

Entretanto, en diversos países se habían proseguido constantemente los experimentos con cañones rayados. En Alemania, el teniente coronel bávaro Reichenbach experimentaba ya en 1816 con un pequeño cañón rayado y un proyectil cilíndrico-cónico. En cuanto a alcance y precisión, los resultados fueron muy satisfactorios, pero las dificultades de la carga y obstáculos no inherentes a la cosa misma frustraron la continuación del experimento. En 1846, el comandante piamontés Cavalli construyó un cañón rayado de retrocarga que despertó considerable atención. Su primera pieza fue un cañón de a treinta libras, que se cargaba con un proyectil hueco cilíndrico-cónico de 64 libras de peso y 5 libras de pólvora. Con una elevación de 14 ¾ grados alcanzó un alcance (midiendo el primer impacto) de 3.050 metros, esto es, 3.400 yardas. Un resultado importante de sus experimentos (continuados hasta el último tiempo, en parte en Suecia, en parte en Piamonte) fue el descubrimiento de que todos los proyectiles disparados por piezas rayadas presentan una desviación lateral regular, causada por el ángulo de torsión, y siempre hacia el lado hacia donde corren las estrías. Una vez comprobado esto, inventó Cavalli también la llamada escala de tangentes lateral u horizontal para

corregir la desviación. Los resultados de sus experimentos fueron sumamente satisfactorios. En Turín, en 1854, su cañón de a treinta libras, con una carga de 8 libras y un proyectil de 64 libras de peso, dio los siguientes resultados:

Elevación   Alcance   Desviación lateral irregular
10°         2.806 m   2,81 m
15°         3.785 m   3,21 m
20°         4.511 m   3,72 m
25°         5.103 m   4,77 m

Es decir, ¡que con 25 grados de elevación se alcanza un alcance de más de 3 millas con una desviación lateral respecto a la línea de mira de menos de 16 pies (después de la corrección mediante la escala de tangentes horizontal)! El mayor obús de campaña francés presentaba, con un alcance de 2.400 metros, equivalentes a 2.650 yardas, desviaciones laterales de un promedio de 47 metros, o 155 pies, es decir, diez veces mayores que las de la pieza rayada con el doble de alcance.

Otro sistema de piezas rayadas que, poco después de los primeros experimentos de Cavalli, suscitó atención fue el del barón sueco Wahrendorff. También su pieza era de retrocarga y su proyectil cilíndrico-cónico. La diferencia en el proyectil consistía, sin embargo, en que el de Cavalli era de metal duro y tenía tetones que encajaban en las estrías, mientras que el de Wahrendorff iba revestido de una fina envuelta de plomo y era algo mayor de diámetro que el calibre de la parte rayada del tubo. Una vez introducido el proyectil en la recámara, que a tal efecto tenía el tamaño correspondiente, la explosión lo impulsaba hacia el tubo rayado; el plomo, vigorosamente prensado contra las estrías, eliminaba toda holgura e impedía que escapase la más mínima cantidad de gas generado por la explosión. Los resultados obtenidos con estas piezas en Suecia y en otros lugares fueron plenamente satisfactorios y, mientras que los cañones de Cavalli se incorporaron a la artillería de Génova, los de Wahrendorff desempeñaron un papel en las casamatas de Waxholm en Suecia, Portsmouth en Inglaterra y en algunas fortalezas prusianas. Con ello había comenzado la introducción práctica de los cañones rayados, aunque solo para las fortalezas. Quedaba únicamente un paso por dar: introducirlos en la artillería de campaña, y eso es lo que se ha hecho en Francia y se está haciendo ahora en todas

las artillerías europeas. Los diversos sistemas según los cuales se desarrollan o pueden desarrollarse con éxito los cañones rayados de campaña serán objeto de un artículo ulterior.

[*New-York Daily Tribune* n.º 5926 del 21 de abril de 1860]

II

Como dijimos en el artículo anterior, los franceses fueron los primeros en dar entrada al cañón rayado en la práctica bélica. Desde hace cinco o seis años, dos oficiales, el coronel Tamisier y el teniente coronel (hoy coronel) Treuille de Beaulieu, han experimentado en este terreno por encargo del gobierno, y los resultados obtenidos se consideraron suficientes para servir de base a una reorganización de la artillería francesa inmediatamente antes del estallido de la última guerra italiana. Sin entrar en la historia de los experimentos, pasemos de inmediato a la descripción del sistema que ha sido adoptado ahora por la artillería francesa.

De acuerdo con el afán de uniformidad tan característico de los franceses, adoptaron para la artillería de campaña un solo calibre (el antiguo cañón francés de a cuatro libras, con un diámetro de ánima de 85 1/2 milímetros, o sea, cerca de 3 1/2 pulgadas) y uno para la artillería de sitio (el antiguo cañón de a doce libras, de 120 milímetros o 4 3/4 pulgadas). Todos los demás cañones, a excepción de los morteros, quedan suprimidos. El material utilizado es, en general, metal de cañón ordinario, pero en algunos casos también acero fundido. Las piezas son de avancarga, pues los experimentos franceses con la retrocarga no fueron satisfactorios. Cada cañón tiene 6 estrías en forma de artesa, de 5 milímetros de profundidad y 16 milímetros de anchura; el ángulo de torsión parece ser solo reducido, pero no se conocen detalles al respecto. La holgura del proyectil es, aproximadamente, de 1/2 a 1 milímetro, y algo menor de 1 milímetro en las aletas o tetones que se introducen en las estrías. El proyectil es cilíndrico-ojival y hueco, lleno pesa unas 12 libras y tiene seis aletas, una para cada estría: tres van colocadas cerca de la punta y tres cerca de la culata. Son muy cortas, de unos 15 milímetros de longitud. El orificio de la espoleta corre desde la punta hacia abajo y se cierra, en los proyectiles cargados con pólvora, mediante un tubo de espoleta o un cono de percusión con cápsula fulminante, y cuando el proyectil no debe explotar, con un tornillo de hierro. En este último caso se rellena con una mezcla de serrín y arena para que tenga el mismo peso que el proyectil cargado de pólvora. La longitud del tubo del cañón es de 1.385 milímetros, es decir, dieciséis veces el calibre; el peso del cañón de bronce duro es de solo 237 kilogramos (518 libras inglesas). Para corregir la desviación del proyectil respecto a la línea de mira (desviación lateral) en la dirección de la torsión del rayado —desviación inherente a todos los proyectiles disparados por tubos rayados—, el muñón derecho lleva una llamada escala tangencial horizontal. Según se informa, se dice que tanto el cañón como la cureña están trabajados con mucho gusto y, por su reducido tamaño y su esmerada ejecución, semejan más un modelo que un verdadero instrumento de guerra.

Armada con este cañón, la artillería francesa entró en la campaña de Italia, donde ciertamente asombró a los austriacos por su gran alcance, pero en modo alguno por la precisión de su fuego. Muy a menudo, incluso por regla general, los cañones disparaban por encima del blanco, siendo así más peligrosos para la reserva que para las líneas más avanzadas; en otras palabras, cuando alcanzaban más lejos que los cañones ordinarios, daban en gente contra la que no iban dirigidos en absoluto. Ciertamente es una ventaja muy discutible, porque así los objetos a los que apuntaban los cañones no eran alcanzados en nueve de cada diez casos. En cambio, la artillería austriaca causó una impresión muy respetable cuando, con su material tan pesado y tosco como el que más en Europa, se enfrentó a los franceses; avanzó hasta corta distancia (500 o 900 yardas) de este terrible adversario y se colocó en batería bajo su más intenso fuego. No cabe duda de que los cañones franceses, por mucho que superen a los antiguos cañones de ánima lisa, en modo alguno cumplieron lo que se había esperado de ellos. Su alcance máximo era de 4.000 metros (4.400 yardas), y no cabe duda de que era solo una desvergonzada exageración bonapartista decir que daban con facilidad a un jinete aislado a 3.300 yardas de distancia.

Las razones de estos resultados insatisfactorios en la guerra real son muy sencillas. La construcción de estos cañones es sumamente imperfecta, y si los franceses se aferran a ella, su artillería tendrá dentro de dos o tres años el peor material de toda Europa. El primer principio para las armas rayadas es que no deben tener holgura alguna, pues de lo contrario el proyectil, al golpear suelto de un lado a otro dentro del tubo y en las estrías, no gira alrededor de su propio eje longitudinal, sino que durante el vuelo describe un movimiento espiral alrededor de una línea imaginaria, cuya dirección está determinada por la posición fortuita del proyectil al abandonar la boca, aumentando el diámetro de la espiral con la distancia.

Ahora bien, los cañones franceses tienen una holgura considerable y no pueden prescindir de ella mientras la inflamación de la espoleta de columna del proyectil hueco dependa de la explosión de la carga propulsora. Este es, pues, un factor que explica la falta de precisión. Un segundo factor es la desigualdad de la fuerza de impulso, que se debe a una mayor o menor fuga de gases por la holgura durante la explosión de la carga. Un tercero es la mayor elevación que, a igualdad de carga, se requiere a causa de esa misma holgura. Es evidente que donde no puede escapar gas alguno entre el proyectil y la pared del ánima, la misma carga posee una fuerza propulsora mayor que allí donde se pierde una parte del gas. Ahora bien, la artillería francesa parece exigir para los cañones rayados no solo una carga muy fuerte (un quinto del peso del proyectil), sino también una elevación bastante grande. El mayor alcance que los tubos rayados alcanzan frente a los lisos incluso con menor carga se obtiene principalmente por el hecho de que no existe holgura y, con ello, se garantiza que toda la fuerza explosiva de la carga sirva para impulsar el proyectil. A causa de la holgura, los franceses pierden una parte de la fuerza de impulso y tienen que compensarla, hasta cierto punto, con una carga mayor y, más allá de eso, con una mayor elevación del tubo.

Ahora bien, en todas las distancias, nada hay tan perjudicial para la precisión como una gran elevación. Mientras la trayectoria del proyectil en su punto más alto no sobrepase mucho la altura del blanco, un error en la estimación de la distancia tiene solo una importancia insignificante; pero a gran alcance, el proyectil describe una trayectoria muy alta y desciende bajo un ángulo que, por término medio, es el doble que al comienzo del vuelo (esto se refiere, naturalmente, solo a elevaciones de hasta unos 15 grados). Cuanto mayor es la elevación, tanto más se aproxima a la vertical la línea con que el proyectil llega al suelo, y un error de apenas 10 o 20 yardas en el cálculo de la distancia puede excluir por completo la posibilidad de acertar. A alcances superiores a 400 o 500 yardas, tales errores son inevitables, y la consecuencia de ello es la asombrosa diferencia entre el excelente tiro de ejercicios en el campo de instrucción, con distancias medidas, y la penosa práctica en el campo de batalla, donde las distancias son desconocidas, los blancos se mueven y el tiempo para reflexionar es muy corto. Por eso mismo, las posibilidades de acertar con los nuevos fusiles rayados en el campo de batalla a más de 300 yardas son muy reducidas, mientras que por debajo de las 300 yardas resultan muy elevadas gracias a la trayectoria tensa de la bala. De ello se sigue que el ataque a la bayoneta es el medio más eficaz para desalojar al enemigo de sus posiciones, tan pronto como las tropas atacantes han llegado a esa distancia. Supongamos que un ejército posee fusiles rayados que a 400 yardas no obtienen una trayectoria más alta que la de sus adversarios a 300 yardas; los primeros tendrán la ventaja de poder abrir un fuego eficaz desde una distancia mayor en 100 yardas, y como para recorrer 400 yardas en un ataque solo se requieren tres o cuatro minutos, esta ventaja no es pequeña en el momento decisivo de una batalla. Algo análogo sucede con los cañones. Sir Howard Douglas declaró hace diez años que el mejor cañón es, con mucho, aquel que reúne el mayor alcance con la menor elevación. En los cañones rayados, la importancia de esta propiedad es aún mayor, pues la posibilidad de error en la estimación de la distancia aumenta con el mayor alcance, y solo con los proyectiles esféricos se puede confiar en los tiros de rebote. Esta es una desventaja de los cañones rayados; para acertar en absoluto, tienen que dar en el blanco al primer impacto, mientras que los proyectiles esféricos, cuando caen demasiado cortos, rebotan y prosiguen su vuelo más o menos en la misma dirección. En los cañones rayados, por tanto, una trayectoria rasante es de la máxima importancia, ya que cada grado adicional de elevación reduce en medida creciente la posibilidad de acertar al primer impacto. De ahí que la pronunciada curva de la trayectoria en los cañones franceses sea uno de sus defectos más graves.

Pero las insuficiencias de estas piezas se ven agravadas por un defecto que las supera a todas y que basta para caracterizar todo el sistema. Se fabrican con máquinas y según el método que antes servía para la producción de los antiguos cañones de ánima lisa. Dada la grandísima holgura de estos antiguos cañones y los diferentes pesos y calibres de los proyectiles, la exactitud matemática en la producción no pasaba de ser algo secundario. La fabricación de armas de fuego era, hasta hace pocos años, la rama más atrasada de la industria moderna. Había demasiado trabajo manual y demasiado pocas máquinas. Para las antiguas armas de ánima lisa esto podía pasar, pero cuando hubo que producir armas de las que se esperaba gran precisión a grandes distancias, tal procedimiento se volvió inservible. Para tener la seguridad de que los rendimientos de los fusiles a 600, 800 y 1.000 yardas, así como los de los cañones a 2.000, 4.000 y 6.000 yardas, fueran completamente equivalentes, fue necesario dejar cada una de las operaciones más pequeñas en manos de las más perfectas máquinas mecánicas, de modo que cada arma se convirtiera en la réplica matemáticamente exacta de otra.

Las desviaciones respecto a la exactitud matemática, insignificantes en el antiguo sistema, ocasionaban ahora defectos que dejaban inservible el arma entera. Los franceses apenas han mejorado de manera perceptible su antigua maquinaria, y de ahí resultan las irregularidades de su fuego artillero. Pues ¿cómo se puede conseguir que los cañones den, con la misma elevación y en completa igualdad de todas las demás circunstancias, el mismo alcance, si no coinciden entre sí hasta en el menor detalle? Pero las inexactitudes de fabricación que, a un alcance de 800 yardas, producen diferencias de una yarda, a 4.000 yardas de alcance se traducirán en diferencias de 100 yardas. Por consiguiente, ¿cómo esperar de semejantes cañones fiabilidad a grandes distancias?

Recapitulando: los cañones rayados franceses son malos porque necesitan holgura en el tubo, requieren una elevación relativamente grande y su ejecución no responde en modo alguno a las exigencias de los cañones rayados de largo alcance. Pronto tendrán que ser desplazados por otros sistemas de construcción, o la artillería francesa será la peor de Europa. Hemos examinado estos cañones con cierto detenimiento a propósito, porque así se ofrecía la ocasión de explicar los principios más importantes de los cañones rayados. En un artículo final examinaremos los dos sistemas propuestos que actualmente pugnan por la primacía en Inglaterra, modelos que, en ambos casos, con una ejecución perfecta, se basan en el sistema de retrocarga y carecen de holgura: el sistema Armstrong y el sistema Whitworth.

["New-York Daily Tribune", n.º 5938, del 5 de mayo de 1860]

III

Pasamos ahora a la descripción de los dos tipos de cañones rayados de retrocarga que actualmente pugnan por la primacía en Inglaterra y que, inventados ambos por civiles, superan sin duda en eficacia a todo lo producido hasta ahora por los artilleros profesionales: el cañón Armstrong y el cañón Whitworth.

El cañón de William Armstrong tuvo la ventaja de la prioridad y cosechó los elogios tanto de la prensa como del público de toda Inglaterra. Es, sin duda, una máquina de guerra sumamente eficaz y muy superior al cañón rayado francés; pero que llegue a superar al cañón Whitworth puede ponerse muy en duda.

Sir William Armstrong construye su cañón colocando en espiral, alrededor de un tubo de acero colado, dos capas de varillas de hierro forjado, la capa superior en dirección opuesta a la inferior, del mismo modo que se fabrican los tubos de cañón con capas de alambre. Este método produce un material muy fuerte y resistente, aunque también muy caro. La pared del tubo tiene numerosas estrías estrechas y muy próximas entre sí, que imprimen al proyectil una rotación a lo largo de todo el tubo. El proyectil alargado, cilíndrico-ojival, está hecho de hierro colado, pero va recubierto de una camisa de plomo que le da un diámetro algo mayor que el calibre del tubo. Este proyectil se introduce, junto con el cartucho, en la recámara —que es lo bastante grande para ello— mediante el cierre móvil. La explosión impulsa el proyectil hacia el estrecho tubo, donde el blando plomo se comprime contra las estrías, eliminándose así toda holgura; de este modo, el proyectil adquiere el movimiento espiral alrededor del eje longitudinal determinado por el ángulo de torsión de las estrías. Esta manera de comprimir el proyectil contra las estrías, y la consiguiente necesidad de una camisa de material blando, son los rasgos característicos del sistema Armstrong; y si el lector recuerda los principios de los cañones rayados que hemos expuesto en nuestros artículos anteriores, coincidirá con nosotros en que Armstrong está, en principio, indudablemente en el buen camino. Dado que el diámetro del proyectil es mayor que el calibre, el cañón es necesariamente de retrocarga, lo que también nos parece un rasgo indispensable de todos los cañones rayados. Sin embargo, el mecanismo de retrocarga en sí mismo no tiene absolutamente nada que ver con el principio de un sistema particular de torsión, sino que puede transferirse de un sistema a otro; por consiguiente, lo excluimos por completo de nuestras consideraciones.

El alcance y la precisión alcanzados con este nuevo cañón son sencillamente asombrosos. El proyectil fue lanzado a unas 8.500 yardas, es decir, casi 5 millas, y la seguridad con que se acertaba en el blanco a 2.000 o 3.000 yardas superaba con creces todo lo que los viejos cañones de ánima lisa podían mostrar a un tercio de esas distancias. No obstante, y pese a toda la vocinglería de la prensa inglesa, los detalles de interés científico

de todos estos experimentos se mantuvieron estrictamente en secreto. Nunca se dio a conocer con qué elevación y con qué carga se alcanzaron esos alcances. El peso del proyectil y el del cañón mismo, las desviaciones laterales y longitudinales exactas, etc., nunca se publicaron en detalle. Ahora, por fin, cuando ha aparecido el cañón Whitworth, nos enteramos al menos de algo acerca de una serie de pruebas. El ministro de la Guerra, Sidney Herbert, ha informado al Parlamento de que un cañón de doce libras, de 8 quintales de peso, con una carga de pólvora de 1 libra y 8 onzas y una elevación de 7 grados, alcanzó un alcance de 2.460 yardas, con una desviación lateral máxima de 3 yardas y una desviación longitudinal máxima de 65. Con una elevación de 8 grados, el alcance fue de 2.797 yardas, y con 9 grados, de más de 3.000 yardas, manteniéndose las desviaciones casi iguales. Sin embargo, una elevación de 7 a 9 grados es algo desconocido en la práctica de los cañones de campaña de ánima lisa. Las tablas oficiales, por ejemplo, no pasan de los 4 grados de elevación, con los cuales los cañones de doce y de nueve libras alcanzan un alcance de 1.400 yardas. Cualquier elevación mayor carecería de valor en los cañones de campaña, pues daría una trayectoria demasiado alta y reduciría enormemente con ello la precisión del tiro. No obstante, conocemos algunos experimentos con pesados cañones navales de ánima lisa a mayores elevaciones (mencionados en la "Artillería naval" de Sir Howard Douglas). El largo cañón inglés de 32 libras, en Deal, en 1839, con una elevación de 7 grados, dio alcances de 2.231 a 2.318 yardas, y con 9 grados, de 2.498 a 2.682 yardas. El cañón francés de 36 libras de los años 1846 y 1847 dio, con 7 grados, un alcance de 2.270 yardas, y con 9 grados, un alcance de 2.636. Esto demuestra que, a igual elevación, los alcances de los cañones rayados no son mucho mayores que los de los de ánima lisa.

El cañón Whitworth es opuesto al cañón Armstrong en casi todos los sentidos. Su ánima no es circular, sino hexagonal; el ángulo de torsión de sus estrías es casi el doble que el del cañón Armstrong; el proyectil está hecho de un material muy duro, sin camisa alguna de plomo; y el hecho de que sea de retrocarga no es, en el caso de Whitworth, una cuestión de necesidad, sino meramente de comodidad y de moda. Este cañón está fabricado con un material patentado recientemente, llamado "hierro homogéneo", que se distingue por su gran solidez, elasticidad y tenacidad; el proyectil se ajusta al tubo con precisión matemática y, por tanto, solo puede introducirse lubricado. Esto se consigue mediante una mezcla de cera y grasa colocada entre la carga y el proyectil, la cual ayuda además a reducir cualquier

holgura que aún pudiera quedar. El material del cañón es tan resistente que puede aguantar fácilmente 3.000 disparos sin que la pared del tubo sufra por ello.

El cañón Whitworth fue presentado al público en febrero pasado, cuando se realizó una serie de experimentos con él en Southport, en la costa de Lancashire. Se trataba de tres cañones —uno de tres libras, uno de doce y uno de ochenta—. De los detallados informes, elegimos el de doce libras como ilustración. Este cañón tenía 7 pies y 9 pulgadas de largo y pesaba 8 quintales. El cañón ordinario de doce libras para proyectiles esféricos tiene 6 pies y 6 pulgadas de largo y pesa 18 quintales. Con el cañón Whitworth se alcanzaron los siguientes alcances: con 2 grados de elevación (con la que el viejo cañón de doce libras alcanzaba 1.000 yardas), y una carga de 1 1/2 libras, el alcance varió entre 1.208 y 1.281 yardas. Con 5 grados (con la que el viejo de 32 libras alcanzaba 1.940 yardas), llegó a un alcance de entre 2.298 y 2.342 yardas. Con 10 grados (alcance del viejo de 32 libras: 2.800 yardas), dio un promedio de 4.000 yardas. Para mayores elevaciones se utilizó un cañón de tres libras con una carga de 8 onzas; con 20 grados tuvo un alcance de 6.300 a 6.800 yardas, y con 33 y 35 grados, de 9.400 a 9.700 yardas. El viejo cañón de 56 libras de ánima lisa alcanza, con 20 grados, un alcance de 4.381 yardas, y con 32 grados, uno de 5.680 yardas. La precisión obtenida por el cañón Whitworth fue muy satisfactoria y, en lo que respecta a la desviación lateral, por lo menos tan buena como la del cañón Armstrong; en cuanto a las desviaciones en longitud, los experimentos no permiten sacar conclusiones satisfactorias.