En toda la historia del género humano, ninguna tierra y ningún pueblo han sufrido tan terriblemente por la esclavitud, las conquistas y opresiones extranjeras, y ninguno ha luchado tan irreprimiblemente por su emancipación como Sicilia y los sicilianos. Casi desde la época en que Polifemo paseaba por el Etna, o cuando Ceres enseñó a los sículos el cultivo del grano, hasta nuestros días, Sicilia ha sido el teatro de ininterrumpidas invasiones y guerras, y de una resistencia inclaudicable. Los sicilianos son una mezcla de casi todas las razas meridionales y septentrionales; primero, de los aborígenes sicanos, con fenicios, cartagineses, griegos y esclavos de todas las regiones bajo el cielo, importados a la isla por el tráfico o la guerra; y luego de árabes, normandos e italianos. Los sicilianos, en todas estas transformaciones y modificaciones, han combatido, y aún combaten, por su libertad.

Hace más de treinta siglos, los aborígenes de Sicilia resistieron como mejor pudieron las armas superiores y la pericia militar de los invasores cartagineses y griegos. Fueron hechos tributarios, pero nunca sometidos del todo por los unos ni por los otros. Durante mucho tiempo, Sicilia fue el campo de batalla de griegos y cartagineses; su pueblo fue arruinado y en parte esclavizado; sus ciudades, habitadas por cartagineses y griegos, eran los centros desde los cuales la opresión y la esclavitud se irradiaban por el interior de la isla. Sin embargo, estos primitivos sicilianos nunca desaprovecharon la ocasión de luchar por la libertad, o al menos de tomarse cuanta venganza fuera posible contra sus amos cartagineses y contra Siracusa. Finalmente, los romanos sometieron a cartagineses y siracusanos, vendiendo como esclavos a cuantos pudieron. En una ocasión, 30.000 habitantes de Panormo, la moderna Palermo, fueron vendidos de este modo. Los romanos explotaban Sicilia con innumerables cuadrillas de esclavos, para alimentar con trigo siciliano a los pobres proletarios de la Ciudad Eterna. Con este fin, no sólo esclavizaban a los habitantes de la isla, sino que importaban esclavos de todos sus demás dominios. Las terribles crueldades de los procónsules, pretores y prefectos romanos son conocidas por todo aquel que esté en algún grado familiarizado con la historia de Roma, o con la oratoria de Cicerón. En ningún otro lugar, tal vez, la crueldad romana celebró tales saturnales. Los pobres hombres libres y pequeños propietarios, si no podían pagar el tributo aplastante que se les exigía, eran vendidos sin piedad a la esclavitud, ellos o sus hijos, por los recaudadores de impuestos.

Pero, tanto bajo el siracusano Dionisio como bajo el dominio romano, tuvieron lugar en Sicilia las más terribles insurrecciones de esclavos, en las que el pueblo nativo y los esclavos importados a menudo hicieron causa común. Durante la descomposición del Imperio Romano, Sicilia fue visitada por varios invasores. Luego los moros se apoderaron de ella por un tiempo; pero los sicilianos, y sobre todo el genuino pueblo del interior, resistieron siempre, con mayor o menor éxito, y paso a paso mantuvieron o conquistaron diversas pequeñas franquicias. Apenas comenzaba a extenderse el alba sobre las tinieblas medievales, cuando los sicilianos se alzaron, ya armados, no sólo con diversas libertades municipales, sino con rudimentos de un gobierno constitucional, como en aquel tiempo no existía en ningún otro lugar. Antes que ninguna otra nación europea, los sicilianos regularon por votación los ingresos de sus gobiernos y soberanos. Así, el suelo siciliano ha sido siempre fatal para opresores e invasores, y las Vísperas Sicilianas son inmortales en la historia. Cuando la Casa de Aragón puso a los sicilianos en dependencia de España, supieron conservar sus inmunidades políticas más o menos intactas; y así lo hicieron tanto bajo los Habsburgo como bajo los Borbones. Cuando la Revolución Francesa y Napoleón expulsaron a la tiránica familia reinante de Nápoles, los sicilianos —incitados y seducidos por promesas y garantías inglesas— recibieron a los fugitivos, y en sus luchas contra Napoleón los sostuvieron tanto con su sangre como con su dinero. Todo el mundo conoce la traición subsiguiente de los Borbones, y los subterfugios o desmentidos impudentes con que Inglaterra ha intentado e intenta aún barnizar su propio abandono desleal de los sicilianos y de sus libertades a las tiernas mercedes de los Borbones.

En la actualidad, la opresión política, administrativa y fiscal aplasta a todas las clases del pueblo; y estos agravios, por tanto, ocupan el primer plano. Pero casi todo el suelo está aún en manos de un número relativamente reducido de grandes terratenientes o barones. Las tenencias medievales de la tierra se conservan aún en Sicilia, con la salvedad de que el labrador no es un siervo; dejó de serlo hacia el siglo XI, cuando se convirtió en arrendatario libre. Sin embargo, las condiciones de su tenencia son, por lo general, tan opresivas, que la inmensa mayoría de los agricultores trabaja exclusivamente en provecho del recaudador de impuestos y del barón, produciendo apenas algo más que los impuestos y las rentas, y quedando ellos mismos en la miseria o, al menos, en una pobreza relativa. Produciendo el célebre trigo siciliano y frutos excelentes, ellos mismos viven pobremente de habas durante todo el año.

Sicilia sangra de nuevo, e Inglaterra contempla con calma estos nuevos saturnales del infame Borbón y de sus no menos infames secuaces, laicos o clericales, jesuitas o guardias. Los declamadores engolados del Parlamento británico rasgan el aire con su hueca verborrea sobre Saboya y los peligros de Suiza, pero no tienen una palabra que decir sobre las matanzas en las ciudades sicilianas. Ninguna voz alza el grito de indignación en toda Europa. Ningún gobernante y ningún Parlamento proclaman la proscripción contra el idiota sanguinario de Nápoles. Luis Napoleón, él solo, para este o aquel propósito —por supuesto no por amor a la libertad, sino para el engrandecimiento de su familia o de la influencia francesa— tal vez detenga al carnicero en su obra de destrucción. Inglaterra aullará de perfidia, vomitará fuego y llamas contra la traición y ambición napoleónicas; pero los napolitanos y los sicilianos, a fin de cuentas, saldrán ganando, incluso bajo un Murat o cualquier otro nuevo gobernante. Cualquier cambio ha de ser para mejor.