Friedrich Engels

Saboya y Niza

Escrito hacia el 30 de enero de 1860.

Del inglés.

["New-York Daily Tribune", núm. 5874, del 21 de febrero de 1860, artículo de fondo]

Simultáneamente con la categórica seguridad dada por el gobernador de Chambéry de que el rey de Cerdeña jamás había considerado la cesión de Saboya a Francia, recibimos la declaración hecha por el ministro de Asuntos Exteriores de Inglaterra el día 2 del presente mes en la Cámara de los Comunes, según la cual el proyecto había sido rechazado el pasado verano por el conde Walewski en nombre del Emperador de los franceses. Estas declaraciones de lord John Russell se refieren, sin embargo, a una época de hace varios meses, y lo que entonces todavía era desmentido puede convertirse en un hecho en un futuro inmediato. Ciertamente es difícil, por no decir casi imposible, creer que el movimiento recientemente suscitado entre la población de Saboya en pro de la anexión a Francia sea de origen exclusivamente autóctono. Tiene que haber sido fomentado por agentes franceses y sancionado, o por lo menos tolerado, por el gobierno del rey Víctor Manuel.

En la provincia de Saboya predomina la nacionalidad francesa de manera tan completa e inequívoca como en los cantones occidentales de Suiza. La población habla un dialecto del sur de Francia (provenzal o lemosín). La lengua escrita y oficial es, sin embargo, el francés en todas partes. Pero esto no es, ni mucho menos, una prueba de que los saboyanos deseen ser anexionados por Francia, y menos aún por una Francia bonapartista. Según las comprobaciones de un oficial alemán que en enero de 1859 realizó un viaje de inspección militar por el país, el partido francés no tiene en ninguna parte una influencia digna de mención, salvo en Chambéry y en las demás ciudades de la Baja Saboya, mientras que la Alta Saboya, Maurienne y Tarentaise prefieren conservar el estado actual de cosas, y Chablais, Faucigny y Genevois, los tres distritos del norte, preferirían convertirse en un nuevo cantón de la Confederación Suiza. Saboya, que es completamente francesa, se inclinará sin embargo, indudablemente, cada vez más hacia el gran centro de la nacionalidad francesa y acabará por unirse a él; no es sino cuestión de tiempo.

Otra cosa es Niza. La población del condado de Niza habla también un dialecto provenzal, pero aquí la lengua escrita, la educación, el carácter nacional, en una palabra, todo es italiano. El parentesco entre el patois de la Alta Italia y el del sur de Francia es tan estrecho que resulta casi imposible decir dónde termina uno y empieza el otro. También el patois del Piamonte y de Lombardía es, en su flexión, enteramente provenzal, mientras que el modo en que las palabras se forman a partir del latín es esencialmente italiano. Pretender reivindicar Niza sobre la base de este patois es imposible; por consiguiente, ahora se la reclama en virtud de supuestas simpatías hacia Francia, cuya existencia es, no obstante, más que dudosa. De que Niza, a pesar de esas simpatías y de su patois, es italiana de arriba abajo, no hay mejor prueba que el hecho de que ha producido al soldado italiano por excelencia, Giuseppe Garibaldi. La idea de hacer de Garibaldi un francés es más que ridícula.

Desde el punto de vista puramente financiero, la cesión de estas dos provincias no debilitaría mucho al Piamonte. Saboya es un país pobre que, si bien produce los mejores soldados del ejército sardo, jamás logra sufragar los gastos de su propia administración. Niza no está mucho mejor y, además, sólo es una estrecha franja de tierra. Evidentemente, la pérdida no sería grande. Niza podría, aunque sea italiana, ser sacrificada en aras de la unificación de la Alta y la Italia central; y la pérdida de una provincia extranjera como Saboya podría incluso considerarse ventajosa si con ello se favorecieran las posibilidades de la unificación de Italia. Pero las cosas adquieren un aspecto completamente distinto cuando se las considera desde el punto de vista militar.

Desde Ginebra hasta Niza, la frontera actual entre Francia y Cerdeña forma una línea casi recta. Al sur, el mar, y al norte, la Suiza neutral, interrumpen toda conexión. Así, en caso de una guerra entre Italia y Francia, las posiciones de ambas partes parecen, en ese sentido, equivalentes. Pero tanto Saboya como Niza se hallan al otro lado de la cresta principal de los Alpes, que rodean al Piamonte propiamente dicho en un amplio arco, y ambas están abiertas hacia Francia. Así, mientras que en la frontera del Piamonte con Francia cada parte posee respectivamente uno de los dos lados de la cadena alpina, en los sectores septentrional y meridional de la frontera Italia posee ambos lados y domina por completo los pasos de montaña.

A esto hay que añadir que todos los caminos que van del Piamonte a Francia a través de los Alpes han sido completamente descuidados a causa de la falta de tráfico, mientras que las carreteras del Mont Cenis, del Piamonte a Saboya, y del Col di Tenda, del Piamonte a Niza, son vías principales del tráfico europeo y se hallan en excelente estado. La consecuencia es que, en todas las guerras entre Francia e Italia, cuando el ataque partía del lado italiano, tanto Niza como Saboya constituían una base natural de operaciones para una invasión de Francia, y cuando Francia atacaba, tenía que conquistar primero estas dos provincias antes de poder invadir la Italia transalpina. Y aunque ni Niza ni Saboya podían ser mantenidas por los italianos frente a un ejército superior, la posesión de esos territorios permitía ganar tiempo para la concentración de las fuerzas italianas en las llanuras del Piamonte, sirviendo así de protección contra las sorpresas.

Si no se tratara más que de la renuncia a las ventajas militares que la posesión de Saboya y Niza reporta a Italia, ambas provincias podrían sacrificarse sin consecuencias graves de ningún tipo. Pero los inconvenientes son mucho mayores. Imaginémonos por un momento que el Mont Blanc, el Mont Iseran, el Mont Cenis y el Col di Tenda fuesen gigantescos pilares de piedra que señalaran la frontera de Francia. La frontera describiría entonces, en lugar de una línea recta como ahora, un inmenso arco en torno al Piamonte. Chambéry, Albertville, Moutiers, los puntos donde confluyen las carreteras principales, quedarían convertidos en depósitos franceses. La vertiente septentrional del Mont Cenis sería ocupada y fortificada por los franceses, y los puestos avanzados de ambas naciones se hallarían frente a frente en su cumbre, a dos jornadas de marcha de Turín. En el sur, Niza sería el centro de los depósitos franceses y los puestos avanzados se encontrarían en Oneglia, a cuatro jornadas de marcha de Génova. De ese modo, incluso en tiempo de paz, los franceses estarían situados inmediatamente ante las puertas de las dos mayores ciudades del noroeste de Italia y, dado que su territorio rodearía al Piamonte casi por tres lados, harían imposible la concentración de un ejército italiano en la llanura alta del Po. Todo intento de concentrar las fuerzas italianas al oeste de Alessandria estaría expuesto a un ataque antes de consumarse — en otras palabras: una derrota seguiría a otra. El centro de la defensa del Piamonte se trasladaría, con ello, inmediatamente de Turín a Alessandria; es decir, el Piamonte propiamente dicho sería incapaz de defenderse seriamente y quedaría entregado a merced de los franceses. Esto es lo que Luis Napoleón llama una "Italia libre y agradecida" que "deberá su independencia únicamente a Francia".

En el norte, lo que para Italia significaría una amenaza permanente sería para Suiza un golpe mortal. Si Saboya se hiciera francesa, toda la Suiza occidental, desde Basilea hasta el Gran San Bernardo, quedaría rodeada de territorio francés y, en caso de guerra, no podría sostenerse ni un solo día. Esto es tan evidente que el Congreso de Viena decidió neutralizar el norte de Saboya, al igual que a Suiza, y conceder a Suiza el derecho de ocupar y defender este territorio en caso de guerra. Cerdeña, un pobre Estado de cuatro millones de habitantes, nada podía objetar contra semejante disposición; pero ¿podría o querría Francia consentir que una parte de su territorio cayera, de ese modo, en dependencia militar respecto a otro Estado, además más pequeño? ¿Podría Suiza, en caso de guerra, osar intentar ocupar una provincia francesa y ponerla bajo control militar? Seguramente no. Y entonces, siempre que Francia lo desease, se podría anexionar toda la Suiza francesa, el Jura bernés, Neuchâtel, Vaud, Ginebra y la parte de Friburgo y del Valais que se considerase oportuno, tan fácil y cómodamente como Saboya y Niza; y, hasta entonces, Suiza estaría tan sometida al control y a la influencia de Francia como si fuese un mero satélite. En cuanto a la neutralidad suiza al estallar una guerra, terminaría en el mismo instante. Allí donde una gran potencia guerrera puede en todo momento aplastar a su vecino neutral, no puede haber neutralidad.

Este plan, que parece tan inocente, para la anexión de Saboya y Niza no persigue otro fin que establecer la hegemonía francesa en Italia y en Suiza y hacer de Francia el dueño absoluto de los Alpes. Una vez dado este pequeño paso, ¿cuánto tiempo transcurrirá hasta que constatemos el intento de hacer de Francia también el dueño absoluto del Rin?