Friedrich Engels

Saboya, Niza y el Rin

Escrito a finales de febrero de 1860.
Apareció en 1860 como folleto anónimo («del autor de Po y Rin») en casa de G. Behrend (Falckenbergsche Verlagsbuchhandlung), Berlín.
El presente texto se basa en esta edición.

I

Hace ahora un año que el complot bonapartista-piamontés-ruso empezó a desenvolverse ante el público. Primero el discurso de Año Nuevo, luego el casamiento de la «Ifigenia italiana», después el grito de dolor de Italia, por fin la confesión de Gortschakov de que había contraído compromisos por escrito con Louis-Napoleon. De por medio, armamentos, marchas de tropas, amenazas, intentos de mediación. Entonces, en el primer instante, una sensación instintiva recorrió toda Alemania: aquí no se trata de Italia, sino de nuestro propio pellejo. En el Tesino se empieza, en el Rin se termina. El objetivo final de todas las guerras bonapartistas no puede ser sino la reconquista de la «frontera natural» de Francia, la frontera del Rin.

Pero la parte de la prensa alemana que con mayor violencia se horrorizó ante la encubierta pretensión francesa a la frontera natural del Rin, esa misma parte, con la Augsburger «Allgemeine Zeitung» a la cabeza, defendía con un fanatismo no menos violento el dominio austríaco en la Alta Italia, bajo el pretexto de que el Mincio y el bajo Po constituían la frontera natural de Alemania frente a Italia. El señor Orges, de la Augsburger «Allgemeine Zeitung», puso en movimiento todo su aparato estratégico para demostrar que Alemania, sin el Po y el Mincio, estaba perdida, que renunciar al dominio austríaco en Italia era una traición a Alemania.

Esto invertía la cuestión. Aquí era igualmente evidente que la amenaza sobre el Rin era sólo un pretexto, que el mantenimiento del dominio despótico austríaco en Italia era el fin. La amenaza sobre el Rin no debía sino inducir a Alemania a hacerse solidaria del sojuzgamiento de la Alta Italia por Austria. A ello se sumaba la ridícula contradicción de afirmar la misma teoría en el Po y condenarla en el Rin.

Por entonces, el autor de estas líneas escribió un trabajo que publicó bajo el título de
«Po y Rin».
En interés del movimiento nacional mismo, este folleto protestaba contra la teoría de la frontera del Mincio; intentaba demostrar, con argumentos de ciencia militar, que Alemania no necesitaba ni un pedazo de Italia para su defensa y que Francia, si sólo hubieran de valer razones militares, tenía ciertamente pretensiones mucho más fuertes sobre el Rin que Alemania sobre el Mincio. En una palabra, procuraba hacer posible que los alemanes entrasen en la lucha esperada con las manos limpias.

Que otros decidan hasta qué punto lo consiguió el folleto. No tenemos noticia de que se haya intentado refutar científicamente la exposición que en él se hace. La Augsburger «Allgemeine Zeitung», contra la que se dirigía en primer término, prometió publicar un artículo propio, pero en su lugar insertó tres ajenos, procedentes de la «Ost-Deutsche Post», cuya crítica se limitó a declarar al autor «pequeño-alemán» porque quería abandonar Italia. En todo caso, y que sepamos, la Augsburger «Allgemeine Zeitung» no ha vuelto a mencionar desde entonces la teoría de la frontera del Mincio.

Entre tanto, el intento de hacer a Alemania solidaria del dominio y de la política de Austria en Italia había proporcionado al filisteísmo gothiano de Alemania del Norte un bienvenido pretexto para actuar contra el movimiento nacional. El movimiento originario era realmente nacional, mucho más nacional que todas las fiestas de Schiller desde Arcángel hasta San Francisco; surgió de manera espontánea, instintiva, inmediata. Si Austria tenía o no razón en Italia, si Italia tenía derecho a la independencia, si la línea del Mincio era necesaria o no: todo eso le era por el momento indiferente. Uno de nosotros era atacado, y precisamente por un tercero que nada tenía que ver con Italia pero tanto más interés en la conquista de la orilla izquierda del Rin, y frente a éste —frente a Louis-Napoleon, frente a las tradiciones del primer Imperio francés— debíamos mantenernos unidos todos. Eso sentía el instinto popular, y con razón.

Pero el filisteísmo liberal-gothiano hacía ya años que no consideraba en absoluto a la Austria alemana como «uno de nosotros». La guerra le era bienvenida porque debilitaría a Austria y con ello podría hacer posible la apertura final del imperio pequeño-alemán o gran-prusiano. A él se sumó la masa de la democracia vulgar nortegermana, que especulaba con que Louis-Napoleon destruiría a Austria y luego le permitiría unificar toda Alemania bajo dominio prusiano; se sumó una pequeña parte de la emigración alemana en Francia y en Suiza, bastante desvergonzada como para aliarse abiertamente con el bonapartismo. Pero el más fuerte de los aliados era —digámoslo sin rodeos— la cobardía del filisteísmo alemán, que nunca se atreve a mirar el peligro de frente, que, para mendigar un año de plazo como el reo ante la horca, abandona a sus fieles aliados y así, luego, sin ellos, está tanto más seguro de su propia derrota. Con esta cobardía iba de la mano la consabida supersabiduría, que siempre tiene mil pretextos para que no se actúe a ningún precio, pero sí se hable tanto más; que de todo desconfía, excepto de esos pretextos; la misma supersabiduría que aplaudió la Paz de Basilea, que cedió la orilla izquierda del Rin a Francia; que se frotó las manos en secreto cuando los austríacos fueron derrotados en Ulm y Austerlitz; la misma supersabiduría que nunca ve acercarse su Jena y cuya sede central es Berlín.

Esta alianza venció; Alemania abandonó a Austria. Entretanto, el ejército austríaco se batía en la llanura lombarda con un heroísmo que asombró a sus adversarios y arrancó la admiración del mundo —sólo que no a los gothianos y a su séquito—. Ningún adiestramiento de parada, ningún servicio de cuartel con sus polainas de reglamento, ningún bastón de cabo habían sido capaces de extirparles el indestructible talento alemán para la pelea. Pese al uniforme estrecho y al pesado equipo, estas tropas jóvenes, que jamás habían estado bajo el fuego, resistieron como veteranos frente a los franceses, fogueados en la guerra, ligeros de ropa y de equipo, y sólo con el máximo despliegue de incapacidad y desunión logró el mando austríaco que semejantes tropas fueran derrotadas. ¿Y cómo derrotadas? Sin trofeos, sin banderas, casi sin cañones, casi sin prisioneros: la única bandera conquistada fue hallada en el campo de batalla bajo un montón de muertos, y los prisioneros ilesos eran desertores italianos o húngaros. Desde el soldado raso hasta el mayor, el ejército austríaco se cubrió de gloria, y esa gloria corresponde muy especialmente a los austríacos alemanes. Los italianos no eran utilizables y en su mayoría fueron retirados, los húngaros se pasaban en masa o eran muy poco seguros, los croatas combatieron en esta campaña decididamente peor que en otras ocasiones. (1) Los austríacos alemanes pueden apropiarse con pleno derecho esta gloria, ya que a ellos, antes que a ningún otro, les corresponde también la vergüenza del mal mando.

Este mando era genuinamente viejo-austríaco. Lo que la incapacidad de Gyulay no logró por sí sola, lo consiguió la falta de unidad en el mando, garantizada por la camarilla y por la presencia de Franz Joseph. Gyulay invadió la Lomellina y se detuvo de inmediato al entrar en el radio de Casale-Alessandria; toda la ofensiva estaba errada. Los franceses se unieron sin obstáculo con los sardos. Para dar prueba completa de su perplejidad, Gyulay ordena el reconocimiento de Montebello, como si quisiera demostrar ya de antemano que el espíritu viejo-austríaco del tanteo inseguro y los graves escrúpulos seguía tan vivo en la conducción de la guerra como en tiempos del otrora Consejo Áulico de Guerra. Deja por completo la iniciativa al adversario. Dispersa su ejército de Piacenza a Arona, para, según la acostumbrada manera austríaca, cubrirlo todo de forma inmediata. Las tradiciones de Radetzky han caído en el olvido ya a los diez años. Cuando el enemigo ataca en Palestro, las brigadas austríacas entran en combate tan lentamente, una tras otra, que cada una es desalojada de la posición antes de que llegue la siguiente. Y cuando, para colmo, el enemigo emprende realmente la maniobra cuya posibilidad daba sentido a toda la posición en la Lomellina —la marcha de flanco de Vercelli sobre Boffalora—; cuando por fin llegó la ocasión de parar esta arriesgada maniobra mediante un golpe sobre Novara y de explotar la situación desfavorable en que el enemigo se encontraba, Gyulay pierde la cabeza y corre de vuelta a través del Tesino para —por un rodeo— interponerse de frente al atacante. En medio de esta retirada aparece Heß —el 3 de junio, a las cuatro de la madrugada— en el cuartel general de Rosate. El Consejo Áulico de Guerra, resucitado en Verona, parecía haber albergado dudas sobre la capacidad de Gyulay justo en el momento decisivo. Ahora había, pues, dos comandantes en jefe. A propuesta de Heß, todas las columnas se detienen, hasta que Heß se convence de que el momento para atacar Novara se ha perdido y de que hay que dejar que las cosas sigan su curso. Con ello transcurren cerca de cinco horas, durante las cuales las tropas habían interrumpido la marcha. (2) Llegan dispersos, hambrientos, agotados en el curso

El día 4 amanece en Magenta; a pesar de ello, se baten de modo excelente y con el mayor éxito, hasta que Mac-Mahon, contra su orden, que prescribe el avance directo de Turbigo a Milán, se vuelve hacia Magenta y ataca el flanco austríaco. Entre tanto, llegan los demás cuerpos franceses; los de los austríacos se quedan sin comparecer, y la batalla está perdida. La retirada de los austríacos es tan lenta que en Melegnano una de sus divisiones es atacada por dos cuerpos de ejército franceses enteros. Una brigada mantiene la plaza frente a seis brigadas francesas durante varias horas y no cede hasta haber perdido más de la mitad de sus hombres. Finalmente, Gyulay es destituido. El ejército marcha en un gran arco desde Magenta, rodeando Milán, y encuentra tiempo (¡tan poco se hablaba de persecución!) para llegar a la posición de Castiglione y Lonato aún antes que el enemigo, que marchaba por la cuerda más corta. Esta posición, reconocida con la mayor exactitud por los austríacos desde hacía años, fue, según se decía, elegida especialmente por Francisco José para sus tropas. El hecho es que desde hacía mucho tiempo había sido incorporada al sistema defensivo del cuadrilátero fortificado y ofrecía una excelente posición para una batalla defensiva con contraataque ofensivo. Aquí se reunió el ejército con los refuerzos que entretanto habían llegado o se habían mantenido retenidos; pero tan pronto como los enemigos llegan a la otra orilla del Chiese, suena de nuevo la señal de retirada y se repliegan detrás del Mincio. Apenas ejecutada esta operación, el ejército austríaco vuelve a avanzar cruzando ese mismo Mincio, para arrebatar ahora al enemigo la misma posición que acaba de abandonarle voluntariamente. Bastante debilitada en su confianza en el mando supremo por ese embrollo de ordre, contre-ordre, désordre <orden, contraorden, desorden>, el ejército austríaco entra en la batalla de Solferino. Es una carnicería sin regla por ambas partes; de una dirección táctica suprema no había ni que hablar ni en los franceses ni en los austríacos; la mayor incapacidad, confusión y temor a la responsabilidad por parte de los generales austríacos, la mayor seguridad de los jefes de brigada y división franceses, la superioridad natural, desarrollada hasta el máximo en Argel, de los franceses en el combate disperso y en el de aldea, expulsaron finalmente a los austríacos del campo de batalla. Con esto termina la campaña, y ¿quién estaba más contento que el pobre señor Orges, que había tenido que elogiar, a las duras y a las maduras, a la dirección suprema austríaca en la A[ugsburger] «A[llgemeinen] Z[eitung]» y atribuirle racionales motivos estratégicos?

Louis-Napoleón, en efecto, también tenía bastante. La magra gloire de Magenta y Solferino era más de lo que tenía derecho a esperar, y entre las fatales cuatro plazas fuertes bien podía llegar el momento en que los austríacos no se dejaran ya derrotar por sus propios generales. A ello se añadía que Prusia movilizaba, y ni el ejército francés del Rin ni los rusos estaban preparados para la guerra. En resumen, la Italia libre hasta el mar Adriático fue abandonada; Louis-Napoleón ofreció la paz y se firmó el documento de Villafranca. Francia no recibió ni un palmo de tierra; la Lombardía que le había sido cedida la regaló magnánimamente a Piamonte; había hecho la guerra por una idea; ¡cómo se iba a haber pensado en la frontera del Rin!

Entretanto, Italia central se había anexionado provisionalmente a Piamonte, y el reino de la Alta Italia presentaba por el momento un poderío ciertamente respetable.

Las provincias hasta ahora existentes en el continente y la isla de Cerdeña representaban una población de 4.730.500 almas
la Lombardía, exceptuando Mantua, aproximadamente 2.651.700 almas
Toscana 1.719.900 almas
Parma y Módena 1.090.900 almas
la Romaña (Bolonia, Ferrara, Rávena y Forli) 1.053.800 almas
(según el estado de 1848) en total 11.251.800 almas.

La superficie del Estado se extendía de 1.373 a 2.684 millas cuadradas alemanas. El reino de la Alta Italia sería, por tanto, si se constituyera definitivamente, la primera potencia italiana. Frente a él, quedaban solamente

para el Véneto 2.452.900 almas
para Nápoles 3.517.600 almas
para el resto de los Estados Pontificios 2.235.600 almas
en total 13.206.100 almas,

de modo que, por sí sola, la Alta Italia contendría casi tanta población como todos los demás territorios italianos juntos. Con arreglo a su poder financiero y militar y a la civilización de sus habitantes, tal Estado podría aspirar en Europa a una posición por delante de España, es decir, inmediatamente después de Prusia, y, seguro de las simpatías crecientes del resto de Italia, la reclamaría sin duda alguna.

Pero esto no era lo que la política bonapartista había querido. Una Italia unida, había declarado en voz alta, Francia nunca la puede ni la va a tolerar. Por independencia y libertad de Italia entendía una especie de Confederación del Rin italiana bajo protección bonapartista y bajo la presidencia honoraria del Papa, la sustitución de la hegemonía austríaca por la francesa. A esto se añadía la bondadosa intención de fundar en la Italia central un reino de Etruria, un reino italiano de Westfalia, para el heredero de Jérôme Bonaparte. A todos estos planes puso fin la consolidación del Estado de la Alta Italia. Jérôme Bonaparte junior no había conseguido nada en su paso por los ducados, ni siquiera un voto; la Etruria bonapartista era tan imposible como la restauración; no quedaba más remedio que la anexión a Piamonte.

Pero en la misma medida en que se puso de manifiesto la inevitabilidad de la unificación del norte de Italia, en esa misma medida salió a la luz la idea por la cual Francia había hecho la guerra esta vez. Esta era la idea de la anexión de Saboya y Niza a Francia. Ya durante la guerra se habían alzado voces que afirmaban que éste era el precio de la intervención francesa en Italia. Pero no habían sido escuchadas, ¿y no las refutaba el acta de Villafranca? A pesar de todo, el mundo se enteró de repente de que, bajo el régimen nacional y constitucional del re galantuomo <rey caballero; apodo de Víctor Manuel II>, dos provincias languidecían bajo dominación extranjera —dos provincias francesas que dirigían sus llorosos ojos anhelantes a la gran madre patria, de la que sólo la fuerza bruta las mantenía separadas—, y que Louis-Napoleón no podía cerrar por más tiempo el oído al grito de dolor de Saboya y Niza.

Ahora resultaba, ciertamente, que Niza y Saboya representaban el precio por el cual Louis-Napoleón se había comprometido a unir la Lombardía y el Véneto con Piamonte, y que, no pudiendo obtener el Véneto por el momento, lo reclamaba como precio por su consentimiento a la anexión de la Italia central. Ahora comenzaron las repugnantes maniobras de los agentes bonapartistas en Saboya y Niza y el vocerío de la prensa parisiense pagada, según la cual el gobierno piamontés oprimía la voluntad popular en esas provincias, que clamaba en voz alta por la incorporación a Francia; ahora, finalmente, se pronunció en París la frase de que los Alpes son la frontera natural de Francia y de que Francia tiene derecho a ella.

II

Cuando la prensa francesa afirma que Saboya es francesa por la lengua y las costumbres, eso es por lo menos tan exacto como si se afirmara lo mismo de la Suiza francesa, de la parte valona de Bélgica y de las islas anglonormandas del canal de la Mancha. El pueblo saboyano habla un dialecto del sur de Francia, y la lengua culta y escrita es en todas partes el francés. Tan poco se puede hablar de un elemento italiano en Saboya, que la lengua popular francesa (es decir, sud-francesa o provenzal) se extiende, por el contrario, todavía al otro lado de los Alpes, hacia el interior del Piamonte, hasta los valles superiores del Dora Riparia y del Dora Baltea. A pesar de ello, antes de la guerra no se percibía casi nada de simpatías por una incorporación a Francia; tales pensamientos sólo los albergaban aquí y allá algunos individuos en la Baja Saboya, que mantiene algún comercio con Francia; a la masa de la población le eran tan extraños como en todos los demás países limítrofes con Francia y de habla francesa. Resulta del todo peculiar que ninguno de los países que estuvieron incorporados a Francia de 1792 a 1812 tenga el menor deseo de volverse a cobijar bajo las alas del águila. Se han apropiado los frutos de la primera Revolución francesa, pero se está hasta la coronilla de la rígida centralización administrativa, del regiment de los prefectos, de la infalibilidad de los apóstoles de la civilización enviados desde París. Las simpatías que fueron reavivadas por la Revolución de Julio y por la de Febrero, las ha ahogado inmediatamente el bonapartismo. Nadie tiene ganas de importar Lambesa, Cayena, la loi des suspects. A ello se suma la cerrazón china de Francia frente a casi todo el comercio de importación, que es precisamente en la frontera donde más se resiente. La Primera República encontró en todas sus fronteras provincias oprimidas, esquilmadas, pueblos desmembrados, privados de todos los intereses naturales comunes, a los que trajo la emancipación del campesinado, de la agricultura, de la industria, del comercio. El Segundo Imperio choca en todas sus fronteras con una libertad mayor que la que él mismo es capaz de ofrecer; choca en Alemania y en Italia con un sentimiento nacional fortalecido, en los países más pequeños con intereses separatistas consolidados, acrecentados por cuarenta y cinco años de un desarrollo industrial de rapidez inaudita y ramificados en todos los sentidos con el comercio mundial; no aporta más que el despotismo de la época de los césares romanos, el encierro del comercio y de la industria en la gran prisión de su línea aduanera y, a lo sumo, el libre pasaje al país de la pimienta.

Separada del Piamonte por la cadena principal de los Alpes, Saboya se provee de casi todas sus necesidades desde el norte, desde Ginebra y en parte desde Lyon, del mismo modo que, por otro lado, el cantón del Tesino, situado al sur de los pasos alpinos, se abastece desde Génova y Venecia. Si esta circunstancia es un motivo para la separación del Piamonte, no lo es, en todo caso, para la incorporación a Francia, pues la metrópoli comercial de Saboya es Ginebra; a ello contribuyeron, aparte de la situación geográfica, la sabiduría de la legislación aduanera francesa y las vejaciones de la aduana francesa.

Pero a pesar de la lengua, del parentesco de estirpe y de la cadena alpina, los saboyanos parecen no tener el menor deseo de dejarse regalar con las instituciones imperialistas de la gran madre patria francesa. Tienen el sentimiento tradicional de que no fue Italia la que conquistó Saboya, sino Saboya la que conquistó el Piamonte. Desde la pequeña Baja Saboya, el belicoso pueblecito montañés de toda la provincia se concentró en un Estado, para después bajar a la llanura itálica y anexionarse sucesivamente, mediante conquista y política, Piamonte, Monferrato, Niza, la Lomellina, Cerdeña, Génova. La dinastía se estableció en Turín y se italianizó, pero Saboya siguió siendo la cuna del Estado, y la cruz de Saboya es hoy el escudo de armas de la Italia septentrional desde Niza hasta Rímini y desde Sondrio hasta Siena. Francia conquistó Saboya en las campañas de 1792 a 1794, y hasta 1814 el país se llamó Département du Mont-Blanc. Pero en 1814 no estaba dispuesta en modo alguno a seguir siendo francesa; la incorporación a Suiza o la vuelta a la antigua relación con el Piamonte era la única alternativa. A pesar de ello, la Baja Saboya siguió siendo francesa hasta después de los Cien Días, en que fue devuelta al Piamonte. La vieja tradición histórica se ha debilitado naturalmente con el tiempo; Saboya fue descuidada, las provincias italianas del Estado adquirieron demasiada preponderancia; los intereses de la política piamontesa

apuntaban cada vez más hacia el sur y el este. Tanto más curioso resulta que precisamente la clase de la población que más veleidades separatistas albergaba fuera la que pretendía ser, por excelencia, la portadora de la tradición histórica: la vieja nobleza conservadora y ultramontana; y esas veleidades se orientaban hacia una unión con Suiza, mientras allí imperaron las viejas constituciones oligárquicas de los patricios; sólo desde la implantación general de la democracia en Suiza parecen haber tomado otro rumbo; bajo Luis Napoleón, Francia se ha vuelto lo bastante reaccionaria y ultramontana como para aparecer a la nobleza saboyana como refugio frente a la política revolucionaria piamontesa.

El estado de cosas parece ser ahora el siguiente: en general, no existe deseo de separar Saboya del Piamonte. En la región alta, en Maurienne, Tarentaise y la Alta Saboya, la población se pronuncia decididamente por el statu quo. En el Genevois, Faucigny y Chablais, si alguna vez ha de producirse un cambio, se prefiere la unión con Suiza a cualquier otra. Sólo en la Baja Saboya, aquí y allá, y más aún en la nobleza reaccionaria del país en general, se manifiesta un deseo de anexión a Francia. Pero estas voces son tan aisladas que incluso en Chambéry la inmensa mayoría de la población se opone resueltamente a ellas, y la nobleza reaccionaria (véase la declaración de Costa de Beauregard) no se atreve a confesar sus simpatías.

Esto en cuanto a la cuestión de la nacionalidad y la voluntad popular.

¿Qué ocurre, pues, con la cuestión militar? ¿Qué ventajas estratégicas proporciona la posesión de Saboya al Piamonte y cuáles proporcionaría a Francia? ¿Y cómo afecta un cambio de posesión en Saboya al tercer Estado fronterizo, Suiza?

Desde Basilea hasta Briançon, la frontera francesa traza un gran arco fuertemente entrante; una buena parte de Suiza y toda Saboya se proyectan aquí hacia el territorio francés. Si trazamos la cuerda de este arco, vemos que el segmento circular está ocupado casi exactamente por la Suiza francesa y Saboya. Si la frontera de Francia se hubiera adelantado hasta esa cuerda, formaría, desde Lauterburg hasta Fréjus, una línea aproximadamente recta en conjunto, al igual que desde Lauterburg hasta Dunkerque; pero esta línea tendría para la defensa un significado muy diferente de aquélla. Mientras que la frontera septentrional está completamente abierta, la parte norte de la frontera oriental estaría cubierta por el Rin, y la parte sur por los Alpes. Entre Basilea y el Mont Blanc, ciertamente, ningún accidente del terreno marcaría la línea fronteriza; más bien, la “frontera natural” estaría formada por el Jura hasta el Fuerte de l’Écluse y, desde allí, por el ramal alpino que, desde el Mont Blanc, limita al sur el valle del Arve y termina igualmente en el Fuerte de l’Écluse. Pero si la frontera natural traza un arco cóncavo entrante, entonces precisamente no cumple su propósito y ya no es, por tanto, una frontera natural. Y si resulta que ese segmento circular entrante, que hace retroceder nuestra frontera de manera tan antinatural, está habitado además por gentes que son francesas “por la lengua, las costumbres y la civilización”, ¿acaso no hay que rectificar aquí el error que cometió la naturaleza, no hay que restablecer prácticamente, y con mayor razón, la convexidad o al menos la línea recta que la teoría exige, y pueden sacrificarse los franceses que viven más allá de la frontera natural a un lusus naturae <juego de la naturaleza>?

Prueba que tales razonamientos bonapartistas no carecen de todo significado el Primer Imperio, que pasó de anexión en anexión hasta que se le puso fin al oficio; la frontera más perfecta tiene sus lados débiles, en los que cabe mejorar y ayudar; y si uno no tiene necesidad de andarse con miramientos, se puede anexionar sin cesar, sin fin. En cualquier caso, de los razonamientos anteriores se desprende que lo que cabe decir en favor de la anexión de Saboya, tanto en lo relativo a la nacionalidad como a los intereses militares de Francia, vale también para la Suiza francesa.

Los Alpes, que desde el Col di Tenda siguen una dirección norte-noroeste, cambian de rumbo a partir del Mont Thabor, que forma el hito fronterizo entre el Piamonte, Saboya y Francia, en su dirección general hacia el norte-nordeste, y a partir del Mont Géant, punto limítrofe entre el Piamonte, Saboya y Suiza, se desvían aún más hacia el este. Del Mont Thabor al Mont Géant, por consiguiente, los Alpes sólo pueden constituir la frontera natural de Francia si esa frontera continúa en línea recta desde el Mont Géant hasta Basilea. En otras palabras: la reivindicación de la anexión de Saboya a Francia implica la reivindicación de la anexión de la Suiza francesa.

En todo el tramo en que la cadena principal de los Alpes forma la frontera actual de ambos Estados, sólo hay un paso pavimentado: el Mont Genèvre. Además de éste, el Col d’Argentera, que va de Barcelonnette al valle de la Stura, es transitable para la artillería, y es posible que otros caminos de herradura puedan hacerse practicables para todas las armas con algún esfuerzo. Pero mientras Saboya y Niza ofrezcan cada una dos pasos pavimentados a través de la cadena principal de los Alpes, todo atacante francés que no esté aún en posesión de estas provincias tendrá que conquistar al menos una de ellas antes de franquear los Alpes. A esto se añade que, para un ataque desde Francia, el Mont Genèvre sólo permite un golpe directo sobre Turín, mientras que el Mont Cenis y, más aún, el Pequeño San Bernardo, los dos pasos saboyanos, ejercen un efecto de flanqueo; y que, para un ejército italiano atacante, el Mont Genèvre obliga a un gran rodeo para un golpe al corazón de Francia, mientras que el Mont Cenis constituye la gran carretera principal de Turín a París. Por tanto, a ningún general se le ocurrirá emplear el Mont Genèvre sino para columnas secundarias; la gran línea de operaciones pasará siempre por Saboya.

La posesión de Saboya proporcionaría, pues, a Francia, ante todo, un terreno que necesita necesariamente para una guerra ofensiva contra Italia y que, de otro modo, tendría que conquistar primero. Un ejército italiano a la defensiva no defenderá nunca Saboya mediante una batalla decisiva, pero podrá, mediante una viva guerra de montaña y mediante la destrucción de los caminos ya en los valles superiores del Arc y del Isère (por donde pasan las carreteras del Mont Cenis y del San Bernardo), frenar en cierta medida a los atacantes y luego, durante algún tiempo, apoyándose en los fuertes que cierran los pasos, mantenerse en la vertiente septentrional de la cadena principal de los Alpes. De una defensa absoluta no se hablará aquí, naturalmente, como tampoco en otros casos de guerra de montaña; la batalla decisiva se reserva para cuando el enemigo descienda a la llanura. Pero se gana con seguridad un tiempo que puede ser decisivo para la concentración de las fuerzas con vistas a la batalla principal y que es especialmente importante para un país tan alargado y pobre en ferrocarriles como Italia frente a un país compacto, cubierto con una excelente red ferroviaria estratégica como Francia; y ese tiempo se pierde con seguridad si Francia posee Saboya ya antes de la guerra. Italia nunca hará sola una guerra contra Francia; y si tiene aliados, existe la posibilidad de que ambos ejércitos ya se equilibren en Saboya. La consecuencia será que la lucha por la posesión de la cadena alpina se prolongue; que, en el peor de los casos, los italianos mantengan por algún tiempo la vertiente norte de la cresta y, después de perderla, le disputen a los franceses la vertiente sur, pues dueño de una cresta montañosa es sólo quien posee ambas vertientes y puede atravesarla. Si el atacante será entonces lo bastante fuerte y resuelto para seguir al defensor hacia la llanura, está por verse.

Las campañas de 1792 a 1795 en Saboya nos ofrecen un ejemplo de semejante guerra de montaña indecisa, aunque la acción por ambos bandos fue laxa, incierta y a tientas.

El 21 de septiembre de 1792, el general Montesquiou invadió Saboya. Los 10.000 sardos que la defendían estaban, según la moda entonces en boga, tan atomizados en una cadena de puestos que no pudieron reunir en ningún punto fuerzas suficientes para la resistencia. Chambéry y Montmélian fueron ocupadas, y los franceses recorrieron los valles hasta el pie de la cadena principal de los Alpes. La cresta misma quedó enteramente en manos de los sardos, quienes, el 15 de agosto de 1793, tras algunos pequeños combates al mando del general Gordon, avanzaron de nuevo sobre los franceses, debilitados por los destacamentos enviados al sitio de Lyon, y los rechazaron del valle del Arc y del Isère hasta Montmélian. Allí se reagruparon las columnas derrotadas sobre sus reservas; Kellermann regresó de Lyon, pasó inmediatamente al ataque (11 de septiembre) y lanzó a los sardos con poco esfuerzo de nuevo hasta los pasos de los Alpes; pero allí se agotó también su fuerza y tuvo que detenerse al pie de la cadena. Sin embargo, en 1794 el ejército de los Alpes fue elevado a 75.000 hombres, a los que los piamonteses sólo podían oponer 40.000, más una reserva quizás disponible de 10.000 austriacos. Pese a ello, los primeros ataques franceses tanto al Pequeño San Bernardo como al Mont Cenis resultaron infructuosos, hasta que finalmente, el 23 de abril, fue tomado el San Bernardo, y el 14 de mayo el Mont Cenis, con lo cual toda la cresta cayó en sus manos.

Así, habían sido necesarias tres campañas para arrebatar a los piamonteses, por este lado, el acceso a Italia. Aunque hoy en día una conducción de guerra tan carente de decisiones difícilmente podría prolongarse durante varias campañas en un terreno tan pequeño, siempre será difícil para los franceses, en caso de cierto equilibrio de fuerzas, no sólo forzar los pasos de los Alpes, sino también mantenerse con la suficiente pujanza para descender sin más a la llanura. Más que eso no puede hacer Saboya por Italia; pero ya es bastante.

Supongamos, por el contrario, que Saboya se uniera con Francia. ¿Cuál sería entonces la situación de Italia? La vertiente norte de la cadena alpina está en manos de los franceses; los italianos sólo pueden defender la sur, cuyos puntos de bloqueo y posiciones están dominados o al menos vistos desde la alta cresta, y en su mayor parte pueden ser flanqueados a distancia bastante corta. La defensa de montaña queda reducida a su último acto, que es al mismo tiempo el más costoso en pérdidas. La oportunidad de recoger noticias que brinda la guerra de montaña en Saboya desaparece por completo. Y no basta con esto. Mientras había que conquistar Saboya, Francia podía en ciertas circunstancias contentarse con hacer precisamente eso y limitar así a Italia a la defensiva pasiva; ya se tenía un resultado positivo; quizás las tropas podían emplearse mejor en otra parte; existía para Francia un interés en no empeñar demasiadas fuerzas en este teatro de guerra. Por el contrario, una vez que Saboya es definitivamente una provincia francesa, merece la pena defenderla ofensivamente, a la francesa. La defensa pasiva puede costar en una campaña tantos hombres como un ataque contra Italia; no se necesitan, en realidad, muchas más tropas para atacar, ¡y qué resultados tan distintos se vislumbran!

En la mañana siguiente a la anexión, se verá a oficiales del estado mayor francés remontar el valle del Arc y del Isère, explorar los valles laterales, ascender a las crestas de las montañas, interrogar a los mejores guías alpinos, medir distancias a paso, registrar las pendientes y anotarlo todo cuidadosamente; todo ello no con arbitriaridad turística, sino según un plan visible, probablemente ya concluido desde ahora. Pronto los seguirán ingenieros y empresarios, y no pasará mucho tiempo sin que en lo más profundo de la alta montaña se construyan carreteras y se levanten edificios cuyo significado no podrán explicarse ni el habitante del país ni el viajero. Tampoco atañen ni a los campesinos ni a los turistas; solo tienen por finalidad desarrollar las disposiciones estratégicas naturales de Saboya.

El paso del Mont-Cenis, al igual que el del Mont Genèvre, conducen ambos a Susa. Si las pendientes meridionales de ambos son atacadas por columnas francesas, los destacamentos italianos que las defienden caen en un completo atolladero. No pueden saber de qué lado vendrá el ataque principal; pero sí saben de antemano que, si uno de los dos pasos es forzado y Susa tomada, las tropas que defienden el otro paso quedan cortadas. Si se fuerza primero el Mont Cenis, las tropas del Mont Genèvre pueden a lo sumo salvarse, abandonando su artillería, bagaje y caballos, por senderos hacia el valle de Fenestrelle; pero si los atacantes avanzan por el Mont Genèvre hasta Susa, las tropas situadas en el Mont Cenis quedan sin retirada alguna. En tales circunstancias, la defensa de estos dos pasos se reduce a una mera demostración. Ahora bien, las líneas de operaciones de las dos agrupaciones francesas, las carreteras de Grenoble a Briançon y de Chambéry a Lans-le-Bourg, discurren en conjunto paralelas y están separadas tan solo por una cresta que se desprende del Mont Thabor, sobre la cual corren numerosos senderos y caminos de herradura. En cuanto los franceses construyan una carretera transversal sobre esa cresta —la cual no necesita tener más que cuatro millas alemanas de longitud—, podrán lanzar sus masas a voluntad de una carretera a la otra, la trampa se volverá aún más eficaz y la defensa de la línea alpina contra un ataque procedente de Italia ganará enormemente en fuerza por este lado.

Sigamos adelante. Saboya posee todavía un segundo paso alpino, el Pequeño San Bernardo. Muchas autoridades francesas sostienen que Napoleón habría hecho mejor en emplear este paso, en vez del Gran San Bernardo, para su marcha a través de los Alpes. El paso es más bajo, queda libre de nieves más temprano en primavera y, en general, es más fácil de franquear. Las columnas procedentes de Lyon y Besanzón convergen hacia Albertville con al menos la misma facilidad que hacia Lausana; y ambos pasos conducen a Aosta e Ivrea. Ya el solo hecho de que pudiera surgir una polémica sobre la preferencia de uno u otro paso para los fines de Napoleón en la campaña de 1800 demuestra la importancia que este Pequeño Bernardo tiene para la conducción de la guerra. Ciertamente, se requieren circunstancias muy particulares para que el Pequeño Bernardo pueda servir para una repetición del envolvimiento estratégico de Marengo. Hoy se dispone de ejércitos más grandes, que nunca pueden atravesar una alta montaña en una sola columna; un envolvimiento con solo 30.000 hombres acarrearía hoy, en la mayoría de los casos, su propia ruina. Todo esto es muy cierto para la primera y la segunda campaña. Pero si, como parece, todas las guerras conducidas con perseverancia por ambas partes adquieren, debido a los grupos de fortalezas y campamentos atrincherados de la época más reciente, un carácter distinto, más prolongado; si una guerra ya no puede ser realmente decidida por las armas antes de que, en varias campañas, los contendientes se hayan desgastado lentamente entre sí, entonces también los ejércitos terminarán por hacerse cada vez más pequeños. Supongamos el caso de que una guerra haya oscilado durante varios años en la llanura de la Alta Italia; los franceses, que entre tanto habrán tomado Casale o Alessandria, o ambas, serían arrojados sobre los Alpes, y la lucha se detendría aquí con fuerzas bastante debilitadas en ambos lados. ¿Será entonces una proeza tal, con nuestros ferrocarriles, con la artillería que ya hoy se aligera en todas partes, lanzar rápidamente 30.000 a 40.000 hombres, e incluso más, por el Pequeño Bernardo hacia Ivrea? Desde Ivrea pueden dirigirse a su plaza de depósito fortificada en la llanura, donde encontrarán lo más necesario y se reforzarán con la guarnición; si esto no fuera posible, una fuerza superior no podría cortarles seguramente el camino hacia Turín y la ruta de retirada por los dos pasos más próximos. Pero esos 30.000 a 40.000 hombres, junto con las guarniciones, constituirán en ese momento una fuerza ya muy respetable y, en el peor de los casos y tras dispersar a los cuerpos enemigos más cercanos, podrán sostener la guerra en torno a su campamento atrincherado con toda probabilidad de éxito. Considérese cuánto se habían reducido ya los ejércitos en 1814 y con cuán escasas fuerzas realizó Napoleón aquel año cosas tan grandes.

La carretera del Bernardo corre, como se ha dicho, por el valle del Isère, del mismo modo que la del Mont Cenis por el del Arc. Ambos ríos nacen en el monte Iseran. Aguas arriba de Bourg-Saint-Maurice, la carretera del Bernardo abandona el río para volverse directamente hacia la montaña, mientras que la garganta del valle (Val de Tignes) se prolonga hacia la derecha, al sur. Aguas abajo de Lans-le-Bourg, a la altura de Termignon, un pequeño valle lateral (Val Saint-Barthélemy) desemboca en el valle del Arc. Desde el Val de Tignes, tres senderos pasan por la cresta, entre el monte Iseran y el monte Chaffequarré, hacia el Val Saint-Barthélemy. Uno de estos tres collados será probablemente transitable para carruajes. Si aquí se construye una carretera, el sistema estratégico de carreteras de Saboya —como provincia fronteriza francesa— quedará ya bastante desarrollado, en combinación con la carretera transversal antes indicada. Justo detrás de la cresta principal de los Alpes correría una carretera que uniría entre sí los tres pasos más importantes y permitiría trasladar las masas principales del Bernardo y del Mont Genèvre a las cercanías del Mont Cenis en dos días, y de un flanco al otro en cuatro o cinco días. Si este sistema se completa con una carretera de Moutiers, por el paso de Pralognan, a Saint-Barthélemy y Lans-le-Bourg, y una segunda de Moutiers a Saint-Jean-de-Maurienne, difícilmente se podría añadir algo más. Solo quedaría por establecer las fortificaciones necesarias para el apoyo —no para el bloqueo absoluto— y poner a salvo de un ataque violento el nudo principal de carreteras, Moutiers, como depósito central. En todo ello se trata, en total, de menos de veinticinco millas alemanas de nuevas obras viales.

Si se realizan estas obras u otras similares —y es indudable que el estado mayor francés tiene ya listo un plan para la plena explotación estratégica de Saboya—, ¿qué será entonces de la defensa de la vertiente meridional de los Alpes? ¡Y qué golpes tan contundentes no podría asestar —en caso de defensa— un nuevo Lecourbe, apoyado en un sólido depósito central y en pequeños fuertes, si una red de carreteras tal le asegurase la movilidad! No se diga que la guerra de montaña ya no puede darse con nuestros actuales grandes ejércitos. Mientras los ejércitos sean realmente grandes y exista una superioridad decisiva de un lado, eso es bastante correcto. Pero los ejércitos se desgastarán ante las fortalezas modernas y se presentarán bastantes casos en los que la superioridad ceda su lugar al equilibrio. Naturalmente, no se va a la montaña si no es necesario, pero el camino de París a Italia y de Italia a París pasará siempre por Saboya o por el Valais.

Resumamos. Debido a su posición geográfica y, en especial, a sus pasos alpinos, Saboya, como provincia francesa, permitiría a un ejército francés solo ligeramente superior apoderarse de la vertiente italiana de los Alpes, efectuar incursiones en los valles y adquirir una importancia mucho mayor de la que le correspondería por sus fuerzas. Pero con cierta preparación del teatro de guerra, el ejército francés quedaría emplazado tan favorablemente que, en caso de pleno equilibrio de fuerzas por lo demás, se volvería de inmediato superior a su adversario; y, además, el Pequeño Bernardo obligaría a los italianos a un destacamento lejano, mientras que, en determinadas circunstancias, ofrecería a los franceses la ocasión para golpes ofensivos más decisivos.

Saboya, en manos de Francia, es frente a Italia un *instrumento exclusivamente ofensivo*.

¿Y qué sucede ahora con los intereses de Suiza?

En la situación actual, Suiza no puede ser atacada por ninguno de sus vecinos fronterizos aislados más que por el frente. Al decir esto, contamos a la Alemania meridional sin Austria como un vecino fronterizo y a Austria como un segundo vecino, ya que acabamos de ver que estos dos no siempre marchan necesariamente juntos. La Alemania meridional solo puede atacar sobre la línea Basilea-Constanza, Austria solo sobre la línea Rheineck-Münster, Italia sobre la línea Poschiavo-Ginebra y Francia sobre la línea Ginebra-Basilea. En todas partes, el ejército suizo tiene su línea de retirada perpendicular detrás de su frente; en todas partes, su territorio fronterizo neutral cubre más o menos los flancos. Un envolvimiento estratégico no puede, pues, ser iniciado *antes* del comienzo de la lucha, mientras solo uno de los vecinos fronterizos ataque a Suiza. Únicamente Austria posee ventajas de flanco sobre los Grisones, pero los suizos, en ningún caso, librarían el combate decisivo contra el ataque austriaco en los Grisones, sino más al noroeste, en las estribaciones de los Alpes. La cesión de Lombardía por Austria ha aumentado considerablemente esta ventaja para Suiza; hasta hace un año, Austria poseía ciertamente medios para un ataque concéntrico —en modo alguno siempre despreciable en la alta montaña cuando se dispone de fuerzas superiores— contra la Suiza sudoccidental. Sin embargo, el efecto de semejante ataque se limitaba a los Grisones, el Tesino, Uri y Glaris, es decir, la parte menos poblada y más pobre del país, y presuponía ya una fuerte dispersión de las fuerzas enemigas si, viniendo de Italia, pretendía ir más allá del San Gotardo. La actual distribución favorable de los vecinos fronterizos vale para Suiza más que las garantías europeas de neutralidad. Le da la oportunidad de, en caso de ataque por uno solo de sus países limítrofes, prolongar la defensa todo lo posible, y eso es, a fin de cuentas, lo único con lo que puede contar un país tan pequeño.

Desde el momento en que Saboya se convierta en territorio francés o sea simplemente ocupada por tropas francesas, ya no se podrá hablar de una defensa de toda la Suiza francesa, desde el Jura bernés hasta el Bajo Valais. Ginebra puede ser transformada, ya hoy, en un depósito francés en el plazo de 24 horas; el Jura queda flanqueado, lo mismo que la línea del Zihl y de los lagos de Neuchâtel y Biel; los franceses, en vez de batirse en los desfiladeros y forzar luego el estrecho camino entre esos dos lagos y a través del Gran Moos, marcharán cómodamente a través del rico país de colinas de Vaud, y la primera posición para una resistencia seria coincide con aquella en la que habrá de aceptarse la primera batalla principal: con la posición ante Berna, detrás del Saane y el Sense; pues una columna de envolvimiento procedente de Saboya por Villeneuve y Vevey hará inútil toda resistencia en Vaud.

Hasta ahora, la primera línea de defensa de Suiza frente a Francia es el Jura, un terreno excelente para milicias no adiestradas, conocedoras del país y apoyadas por la población. Pero, ya por la muy dentada línea fronteriza que a menudo corta transversalmente sus crestas paralelas, no es posible mantenerla seriamente. La segunda línea, más importante, es la del Zihl, que une los lagos de Neuchâtel y Biel y desde el lago de Biel desemboca en el Aar. A la derecha la continúa el curso inferior del Aar, y a la izquierda el Orbe, que desemboca en el extremo superior del lago de Neuchâtel, cerca de Yverdon. El Zihl, entre los lagos, tiene solo media milla de largo, y desde el lago de Biel hasta el Aar solo una milla. El verdadero frente de la posición se halla entre los lagos y está reforzado además por el Gran Pantano (Grosses Moos), situado en la hondonada, que se extiende desde el lago de Neuchâtel hasta cerca de Aarberg y solo puede cruzarse por la carretera principal.

Un envolvimiento de este frente por el flanco derecho, pasando por Büren, podría ser paralizado mediante la reserva en Aarberg; uno más amplio presupone el tendido de un puente sobre el Aar y expone fácilmente sus comunicaciones. Un envolvimiento por la izquierda solo puede efectuarse a través del Vaud y puede ser detenido sucesivamente en el Orbe, el Mentue y el Broye. Esta resistencia no puede ser neutralizada por un envolvimiento a lo largo del lago de Ginebra hacia Friburgo, porque los suizos que se repliegan a lo largo del lago de Neuchâtel conservan siempre el camino más corto hacia allí. Así pues, la posición del Zihl solo es utilizable para una batalla principal en circunstancias especiales, ante grandes errores del enemigo, pero cumple con todo lo que Suiza puede exigir de ella: brinda la oportunidad de detener al enemigo y, sobre todo, de concentrar los contingentes del suroeste de Suiza.

Pero tan pronto como Saboya esté en manos del enemigo, una columna que avance de Saint-Gingolph a Villeneuve y Châtel-Saint-Denis hace inútil toda resistencia en el Vaud, pues ya en Vevey está apenas dos millas más lejos de Friburgo que los suizos en el Orbe, y puede así cortarles la retirada. De Saint-Gingolph a Friburgo hay aproximadamente doce millas; Friburgo se halla a una jornada de marcha detrás del flanco izquierdo de la posición del Zihl, entre los lagos, y a tres millas de Peterlingen (Payerne), donde las columnas francesas que marchan a través del Vaud pueden unirse con la saboyana. En tres o cuatro días, por tanto, si el atacante dispone de Saboya, puede cortar la comunicación del Valais por el valle del Ródano, conquistar Ginebra, Vaud y Friburgo hasta el Sarine, y caer con el grueso de sus fuerzas sobre la retaguardia de la posición del Zihl, con lo cual Basilea, Solothurn, el Jura bernés y Neuchâtel caerían en sus manos. Y éstas no son inhóspitas tierras de alta montaña, sino precisamente los cantones más ricos e industriales de Suiza.

Suiza sentía de tal modo la presión estratégica que Saboya ejerce sobre ella, que en 1814 obtuvo la conocida neutralización de la parte septentrional, y en 1816 se hizo extender por Cerdeña la promesa contractual de no ceder jamás el Chablais, el Faucigny y el Genevois a otra potencia que a la propia Suiza. Luis Napoleón hace difundir por doquier el rumor de que solo reclama la Saboya meridional; el Chablais, el Faucigny y una parte del Genevois hasta el arroyo de los Usses deberían corresponder a Suiza. Como un regalo vale tanto como otro, se sirve, según el "Times", del señor Vogt para tantear extraoficialmente ante la representación nacional suiza si no se le querría conceder a cambio el libre uso de la carretera del Simplón. Primera insinuación de que el Simplón es también una frontera natural de Francia, como en efecto lo fue bajo el Primer Imperio.

Supongamos que Suiza se viera enriquecida con el nuevo cantón de la Saboya septentrional. La frontera estaría formada por la cadena montañosa que, separándose del tronco principal entre el Pequeño San Bernardo y el Mont Blanc, corre hacia el desfiladero del Ródano (Fort l'Écluse); sería, pues, en apariencia, plenamente "natural". Pero por esta cadena montañosa discurren, desde los valles del Isère y del Ródano, las siguientes carreteras: 1. de Seyssel a Ginebra; 2. de Annecy a Ginebra; 3. de Annecy a Bonneville; 4. de Albertville a Sallanches. Tanto de Bonneville como de Sallanches salen carreteras que cruzan la cadena montañosa septentrional del valle del Arve hacia Thonon. El país queda, pues, completamente abierto a una ofensiva dirigida contra Thonon, en la orilla sur del lago de Ginebra, y como las distancias de Seyssel o Albertville a Thonon no superan las quince millas, la posesión de la Saboya septentrional solo proporcionaría a la defensa suiza, a lo sumo, cinco días de tiempo. Pero, como no cabe pensar en una defensa de este nuevo cantón con otras tropas que una leva en masa, la columna atacante puede ir igualmente de Ginebra directamente a Thonon —cinco millas—, desde donde dista solo unas cuatro millas de Saint-Gingolph. En este caso, la Saboya septentrional solo procura a Suiza un plazo de tres días. Además, solo puede servir para dispersar las fuerzas defensivas suizas. La línea de retirada de un ejército suizo atacado desde Francia conduce evidentemente por Berna a través de la llanura, a ser posible a lo largo del Aar hacia Zúrich, y si no, hacia Lucerna, y desde ambos puntos hacia el valle del Alto Rin. Por tanto, el ejército no debe situarse tan al sur que pueda verse desviado de estas líneas y empujado hacia la alta montaña. Como hemos visto, el Vaud aún puede incorporarse de modo factible al sistema defensivo suizo; la Saboya septentrional y el Valais, abierto por el cese de la neutralidad saboyana, no con seguridad. Pero se sabe cómo en un Estado federativo amenazado, defendido por milicias, cada cual quiere tener defendida su propia patria. Se sabe que las tropas murmurarán, los diputados al Consejo Nacional gritarán cuando ciudades y cantones enteros sean entregados sin resistencia, y más aún un nuevo cantón que Suiza ha recibido únicamente para su defensa. En el propio Estado Mayor, cada cual quiere contribuir a que su comarca quede particularmente cubierta, y en un ejército de milicias, donde en el mejor de los casos la disciplina es ya bastante laxa por la costumbre de la tranquila vida de paz y taberna, todas estas influencias dificultan sobremanera al jefe el mantenimiento de la cohesión de las tropas. En nueve de cada diez casos, puede apostarse que el jefe se mostrará débil o tendrá que ceder, y que la Saboya septentrional será ocupada por tropas que no pueden ser de utilidad alguna para la defensa, pero que en todo caso sufrirán en la retirada y en parte serán arrojadas al Valais, donde luego verán cómo regresar al ejército principal a través del Gemmi o de la Furka.

La única seguridad para Suiza consiste en que la Saboya septentrional no pertenezca ni a ella ni a Francia; entonces, en una guerra entre estos dos Estados, es de hecho neutral y cubre realmente a Suiza. Pero si pertenece a Suiza, la cosa no es mucho mejor para ella que si perteneciera a Francia. Su valor se reduce a una ganancia de tiempo de tres, a lo sumo cinco días, la mayor parte de los cuales se pierden luego otra vez en la defensa del Vaud. ¿Qué es eso comparado con la seguridad de solo poder ser atacado, en todas las circunstancias, entre Basilea y el lago de Ginebra?

La Saboya septentrional es para Suiza un regalo de Dánao; es más que eso: este regalo implica una amenaza. En el caso presupuesto, Francia domina militarmente toda la Suiza francesa e impide toda defensa, por semiseria que sea, de la misma. La anexión de la Saboya meridional por Francia
plantea de inmediato la exigencia de la incorporación de la Suiza francesa
.

III

El condado de Niza se halla, como es sabido, al pie de los Alpes Marítimos, y su frontera frente al Genovesado desciende al mar, una milla al este de Oneglia, a la altura de Cervo. La mitad occidental habla un dialecto provenzal; la oriental, al otro lado del Roya, un dialecto italiano. Con excepción de algunas aldeas del Var, sin embargo, el italiano es en todas partes la lengua escrita; solo en la ciudad de Niza le hace equilibrio el francés, a consecuencia de la fuerte afluencia de extranjeros.

Para tratar correctamente la cuestión de la nacionalidad, debemos detenernos aquí un momento en las relaciones lingüísticas de los Alpes occidentales.

En todos los puntos donde el italiano entra en contacto con otras lenguas en los Alpes, se ha mostrado como la parte más débil. En ningún punto avanza más allá de la cadena alpina; los dialectos romanches de los Grisones y del Tirol son enteramente independientes del italiano. En cambio, todas las lenguas limítrofes le han arrebatado terreno al sur de los Alpes. En los distritos montañosos occidentales de la provincia veneciana de Udine se habla carniolo-esloveno. En el Tirol, el elemento alemán es dueño de toda la vertiente meridional y de todo el valle superior del Adigio; más al sur, en pleno territorio italiano, se encuentran las islas lingüísticas alemanas de los sette comuni y los tredici comuni; al pie meridional del Gries, tanto en el Val di Cavergno, en el Tesino, como en el Val Formazza, en el Piamonte, en el alto Val [di] Vedro, al pie del Simplón, y, en fin, en toda la vertiente sudoriental del Monte Rosa, en el Val de Lys, el alto Val Sesia y el Val Anzasca, se habla alemán. A partir del Val de Lys comienza la frontera lingüística francesa, que abarca todo el valle de Aosta y la vertiente oriental de los Alpes Cotios, desde el Mont Cenis, de manera que, según la suposición habitual, le pertenecen las fuentes de todos los ríos de la cuenca alta del Po.

Según la suposición habitual, esta frontera pasa de Demonte (en el Stura) algo al oeste del Col di Tenda hasta el Roya y lo sigue hasta el mar.

Sobre la frontera entre la lengua popular alemana o eslava y la italiana no puede haber duda alguna. Otra cosa es, sin embargo, donde dos lenguas románicas colindan, y no precisamente la lengua escrita italiana, il vero toscano <el auténtico toscano>, ni el culto francés del norte, sino el dialecto piamontés del italiano y la lengua sudfrancesa de los trovadores, sumergida en mil patois degenerados, que designaremos, en aras de la brevedad, con la expresión imprecisa pero conocida de provenzal. A quien haya cultivado alguna vez, aunque solo sea superficialmente, la gramática comparada de las lenguas románicas o la literatura provenzal, ha de saltarle a la vista enseguida, en Lombardía y el Piamonte, una gran semejanza de la lengua popular con el provenzal. En el lombardo, por cierto, esta semejanza se limita tan solo al hábito externo del dialecto; la elisión de las terminaciones vocálicas masculinas —mientras que las femeninas se conservan en singular—, así como de la mayoría de las terminaciones vocálicas en la conjugación, le confieren una sonoridad provenzal, mientras que, por otra parte, la n nasal, la pronunciación de la u y la œu recuerdan al francés del norte. Pero la formación de palabras y la fonética son esencialmente italianas, y, donde aparecen desviaciones, éstas recuerdan a menudo, de modo singular —como también en el retorrománico—, al portugués.
(3)
El dialecto piamontés coincide en sus rasgos fundamentales en buena medida con el lombardo, pero se aproxima ya más al provenzal y, sin duda, en los Alpes Cotios y Marítimos se le acercará tanto que será difícil

trazar un límite determinado.

(4) Además, la mayoría de los patois del sur de Francia no están mucho más próximos a la lengua escrita del norte de Francia que el propio piamontés. Así, pues, aquí la lengua popular poco puede decidir sobre la nacionalidad; el campesino alpino que habla provenzal aprende con igual facilidad italiano que francés, y necesita tanto lo uno como lo otro, rara vez; el piamontés le resulta perfectamente comprensible, y con él se las arregla bien. Si, no obstante, ha de encontrarse un punto de apoyo, solo puede proporcionarlo la lengua escrita, y esta es ciertamente italiana en todo el Piamonte y Nizza — la única excepción la constituyen, aproximadamente, el valle de Aosta y los valles valdenses, donde en algunos lugares predomina la lengua escrita francesa.

Pretender afirmar la nacionalidad francesa de Nizza basándose en un patois provenzal que, además, solo abarca la mitad de la provincia, es, pues, de entrada, un absurdo. Pero esta afirmación se vuelve aún más absurda si se considera que la lengua provenzal se extiende también más allá de los Pyrenäen, abarca Aragón, Cataluña y Valencia, y que en estas provincias españolas, pese a algunos ecos castellanos, no solo se ha conservado en general mucho más pura que en cualquier lugar de Francia, sino que sigue manteniendo una existencia como lengua escrita en la literatura popular. ¿Qué será de España si Luis Bonaparte reclama en breve también estos tres territorios como nacionales franceses?

Suscitar simpatías francesas en el condado de Nizza parece aún más difícil que en Savoyen. Del campo no se oye nada en absoluto; en la ciudad, todos los intentos fracasan de manera aún más estrepitosa que en Chambéry, aun siendo mucho más fácil concentrar en este balneario un montón de bonapartistas. La idea de hacer del nizardo Garibaldi un francés no es, en verdad, mala.

Si Savoyen tiene la mayor importancia para la defensa del Piamonte, Nizza la tiene mucho más aún. Desde Nizza, tres carreteras conducen a Italia: la carretera de la Corniche a lo largo de la costa hacia Genua, la que, pasando por el Col di Nava, va de Oneglia al valle del Tanaro hacia Ceva, y la que, por el Col di Tenda, va a Cuneo (Coni). La primera, aunque finalmente queda bloqueada por Genua, ofrece a una columna que avanza, ya en Albenga y de nuevo en Savona, la oportunidad de atravesar los Apenninen por caminos bien empedrados, y además brinda una multitud de senderos de herradura y veredas a través de la montaña; de cómo se los puede emplear en la guerra dio Napoleón un ejemplo en 1796. La tercera, por el Col di Tenda, es para Nizza lo que el Mont Cenis para Savoyen; lleva directamente a Turin, pero ofrece pocas o ninguna ventaja de flanco. La del medio, en cambio, a través del Col di Nava, conduce directamente a Alessandria y actúa en el sur como el Kleinen Bernhard en el norte, solo que de un modo mucho más directo y con muchos menos rodeos. Además, tiene la ventaja de que se encuentra lo bastante cerca de la carretera costera como para recibir de esta un apoyo considerable en el ataque. La columna que avanza por la carretera de Nava puede reanudar la conexión ya en Garessio con la columna que ha progresado por la carretera costera hasta Albenga, porque aquí desemboca el camino transversal de Albenga; una vez rebasado Ceva, el camino a Alessandria pasa por Carcare, donde empalma la carretera de Savona y que está situado a medio camino entre Ceva y Savona. Pero entre Ceva, Savona y Oneglia se yergue una alta montaña donde la defensa no puede sostenerse. A esto se añade que la vertiente septentrional del Col di Nava, con las fuentes del Tanaro, se encuentra en territorio nizardo; por tanto, el paso pertenece desde un principio a quien poseía Nizza antes de la guerra.

Un ejército francés que ya antes del estallido de la guerra hubiera tenido a Nizza a su disposición amenaza desde allí el flanco, la retaguardia y las comunicaciones de toda unidad italiana adelantada al oeste de Alessandria. La cesión de Nizza a Francia significaba, pues, para la guerra, el retroceso del punto de concentración de las fuerzas armadas italianas hasta Alessandria, la renuncia a la defensa del Piamonte propiamente dicho, defensa que, en definitiva, solo puede librarse en Nizza y Savoyen.

La historia de la guerra revolucionaria proporciona también aquí el mejor ejemplo.

El 1 de octubre de 1792, el general Anselme pasó el Var con una división de 9.000 hombres, mientras la flota francesa (12 navíos de línea y fragatas) fondeaba a 1.000 pasos de Nizza. Los habitantes, favorables a la Revolución, se sublevaron, y la débil guarnición piamontesa (2.000 hombres) se retiró a toda prisa hacia el Col di Tenda, donde tomó posición en Saorgio. La ciudad de Nizza acogió a los franceses con los brazos abiertos, pero estos saquearon todo el país, incendiaron las casas de los campesinos, violaron a sus mujeres y no fue posible mantenerlos a raya ni con las órdenes del día de Anselme ni con las proclamas de los comisarios de la Convención. Ese fue el núcleo originario del posterior ejército de Italia con el cual el general Bonaparte se granjeó sus primeros laureles. El bonapartismo parece tener que apoyarse siempre, en sus comienzos, en la gentuza; sin una Sociedad del 10 de Diciembre, en ninguna parte logra ponerse en pie.

— Las partes beligerantes permanecieron largo tiempo inactivas frente a frente; los franceses ocupaban la ciudad y sus alrededores; los piamonteses, reforzados por una división austríaca, seguían siendo dueños de la montaña y mantenían una posición fuertemente atrincherada cuyo centro estaba en Saorgio. En junio de 1793, los franceses efectuaron algunos ataques en general infructuosos; en julio tomaron el Col d'Argentera, que conduce a la retaguardia de la posición enemiga. Tras la toma de Toulon (diciembre de 1793), el ejército de Italia recibió importantes refuerzos, y el general Bonaparte fue agregado a él. En la primavera siguiente, combinó un ataque al campamento de Saorgio, que fue ejecutado el 28 de abril con el más completo éxito y que reportó a los franceses la posesión de todos los pasos de los Seealpen. Entonces propuso Bonaparte unir el ejército de los Alpen con el de Italia en el valle de la Stura y conquistar el Piamonte; pero el plan no fue aceptado. Poco después, con el nueve de Termidor, Bonaparte perdió a su más poderoso protector, el joven Robespierre, y con ello su influencia en el consejo de guerra; no quedó sino como simple general de división. El ejército pasó a la defensiva; solo cuando el general austríaco Colloredo avanzó con su habitual lentitud hacia Savona para cortar a los franceses la importantísima comunicación con la neutral Genua, halló Bonaparte la oportunidad de caer sobre él y asestarle un revés. A pesar de ello, el camino a Genua siguió amenazado, y la campaña de 1795 se inició con la expulsión de los franceses de toda la Riviera genovesa. Entre tanto, el ejército de los Pyrenäen Orientales quedó disponible por la paz con España y fue dirigido a Nizza, donde estuvo totalmente reunido para el mes de noviembre. Schérer, que ahora mandaba en los Seealpen, emprendió inmediatamente el ataque conforme a un plan elaborado por Masséna. Mientras Sérurier tenía ocupados a los piamonteses en el Col di Tenda, Masséna avanzó por la alta montaña para rodear Loano, que era atacado de frente por Augereau (23 de noviembre). El plan tuvo un éxito completo; los austríacos perdieron 2.000 muertos, 5.000 prisioneros y 40 cañones, y quedaron completamente separados de los piamonteses.

La comunicación con Genua quedaba así de nuevo asegurada, y la posesión de la montaña permaneció indiscutida en manos de los franceses durante el invierno. Por fin, en la primavera de 1796, Bonaparte recibió el mando supremo del ejército de Italia, y a partir de entonces la cosa tomó otro cariz. Apoyándose en la posesión de Nizza y de la Riviera di Ponente, marchó de Savona a la montaña, batió a los austríacos en Montenotte, Millesimo y Dego y, con ello, los separó de los piamonteses, los cuales, envueltos por una fuerza francesa superior y aislados, concertaron inmediatamente la paz después de unos cuantos combates de retirada. Así, cuatro combates afortunados en los valles superiores de la Bormida y del Tanaro proporcionaron a los franceses la posesión militar de todo el Piamonte, sin que fuese necesario el golpe directo contra Turin; la guerra se desplazó inmediatamente hacia Lombardei, y el Piamonte pasó a formar parte de la base de operaciones francesa.

Por consiguiente, durante los tres primeros años de guerra, Italia quedó completamente protegida por Nizza. Solo en la tercera campaña se perdieron los pasos de los Seealpen, y solo en la cuarta entraron en acción, pero entonces de una manera inmediatamente decisiva. Tras los combates de la primera semana en la montaña, una simple demostración enérgica contra los piamonteses bastó para hacerles ver su situación desesperada y la necesidad de capitular. El golpe propiamente dicho pudo proseguir casi sin interrupción en dirección a Milán; todo el territorio situado entre la Bormida, el Tessin y los Alpen cayó por sí solo en manos de los franceses.

Si Nizza es provincia francesa, Italia se encuentra frente a Francia en la situación en que se hallaba al final de la campaña de 1794. A los franceses no solo se les abre el valle de la Stura por el Col di Tenda, y el valle del Tanaro por el Col di Nava; un ejército francés superior en el ataque no puede ser disputado en el camino hacia Albenga y Savona, y de ese modo se encuentra, tres o cuatro días después de iniciada la campaña, de nuevo en el punto de partida de la campaña de 1796. ¿Dónde debe oponérsele el grueso del ejército italiano? En la Riviera de Genua no tiene espacio para desplegarse; al oeste del Belbo y del Tanaro pondría en peligro sus comunicaciones con Alessandria, Lombardei y la península. Lo único que puede hacer es avanzar desde Alessandria hacia el sur y atacar con fuerzas reunidas a las distintas columnas que desembocan desde la montaña. Pero esto presupone que ya de antemano se ha renunciado a la defensa de la frontera de los Alpen, pues, de lo contrario, todas las unidades situadas en el Col di Tenda y más al oeste y noroeste quedarían cortadas. En otras palabras, la posesión de Nizza otorga a Francia el dominio sobre los Alpen, los cuales dejan entonces de ser un muro protector para Italia, y con ello le da el dominio militar sobre el Piamonte.

Nizza proporciona a Francia las mismas ventajas de flanco en el sur que le da Savoyen en el norte, solo que aún más completas y directas. Pero si ya Nizza o Savoyen, cada una por sí sola, deja al verdadero Piamonte completamente expuesto a un ataque francés, ¡qué poder no tendrá Francia sobre el Piamonte cuando posea ambas provincias! El Piamonte queda atenazado entre ellas como en una tenaza; a todo lo largo de la línea, desde el Kleinen Bernhard hasta el Col di Nava y los caminos de montaña por encima de Savona, se puede jugar, en infinitas variaciones, el maniobrar de las dobles pinzas con ataques fingidos, hasta que al fin se produce el verdadero ataque en uno de los puntos del flanco y corta a todas las unidades italianas que se han empeñado con excesivo tesón en la montaña. A un ejército italiano solo le quedaría concentrarse en Alessandria y Casale, hacer vigilar los Alpen y, tan pronto como se perfile la dirección principal del ataque, lanzarse sobre ella con fuerzas reunidas. Si se admite esto, ello significa, en otras palabras, que no solo la cadena de los Alpen, sino toda la cuenca piamontesa del Po, quedan de entrada entregadas al enemigo y que la primera posición defensiva de un ejército italiano frente a Francia se sitúa detrás de las murallas de Alessandria. Con Savoyen y Nizza como baluartes exteriores, el Piamonte es la primera base de operaciones del ejército italiano; sin ellas, el Piamonte pertenece, militarmente hablando, a la ofensiva francesa y solo se le puede arrebatar de nuevo mediante una victoria en suelo piamontés y la conquista de los pasos saboyanos y nizardos.

La anexión de Saboya y Niza equivale, si no a la anexión política, sí a la anexión militar de Piamonte a Francia. Cuando en el futuro Víctor Manuel contemple desde la Villa della Regina, en Turín, la espléndida cadena alpina, de la que entonces no le pertenecerá montaña alguna, esto se le hará bastante claro.

Pero, se dice, tan pronto como se forme un fuerte Estado militar en la Alta Italia, Francia necesita Niza y Saboya para su propia defensa.

Que Saboya reforzaría considerablemente el sistema defensivo francés lo hemos visto. Niza no le aportaría refuerzo sino en la medida en que también esta provincia tendría que ser conquistada antes de que pudieran ser atacados los actuales departamentos alpinos franceses. Pero la cuestión es si un fuerte Estado militar italiano amenazaría a Francia en tal medida que ésta necesitara una protección especial contra él.

Italia, incluso si estuviera completamente unificada, con sus 26 millones de habitantes nunca podría librar una guerra ofensiva contra Francia más que en alianza con Alemania. Pero en una guerra tal, Alemania aportaría siempre la gran masa de las fuerzas combatientes e Italia sería la potencia subordinada. Esto solo bastaría para trasladar el peso principal del ataque de los Alpes al Rin y al Mosa. A ello se añade la ubicación del punto de ataque decisivo, París, en el norte de Francia. El ataque más sensible contra Francia será siempre el que provenga de Bélgica; si Bélgica es neutral, el que provenga de la orilla izquierda alemana del Rin y del Alto Rin badense. Cualquier otro da un rodeo y es ya algo excéntrico, no dirigido directamente a París. Y si Clausewitz ya se burlaba («De la guerra», libro VI, cap. 23) de cómo en 1814 un ejército de 200.000 hombres, en vez de marchar en línea recta hacia París, se dejó conducir como un necio por una insensata teoría, dando un rodeo a través de Suiza hacia la meseta de Langres, ¿qué no diría de planes de campaña que pretendieran dirigir el ataque principal contra París a través de la Alta Italia y Saboya, o incluso de Niza? Todo ataque a través de Saboya está en desventaja decisiva frente al que proviene del Rin, debido a la línea de comunicación más larga, que además atraviesa los Alpes, al camino más largo hasta París y, finalmente, a la fuerza de atracción del gran campamento atrincherado de Lyon, que en la mayoría de los casos lo detendrá. Por eso, en la campaña de 1814, los cuerpos que penetran en Francia a través de Italia apenas desempeñan papel alguno.

Con tales medios defensivos, Francia no necesita en absoluto extensión territorial alguna en esta, su frontera de por sí más cubierta, y frente a uno de sus vecinos más débiles. Si la frontera actual de Francia estuviera en todas partes tan alejada de París, tan fuertemente protegida por la naturaleza y el arte y por la dificultad de las comunicaciones enemigas como lo está frente a Italia, Francia sería inatacable. Pero cuando el bonapartismo precisamente pone de relieve este punto para reivindicar aquí las llamadas fronteras naturales, so pretexto de que Francia no puede prescindir de ellas para su defensa, ¡cuánto más fácil le resultará entonces fundamentar sus pretensiones sobre el Rin!

Niza seguirá siendo siempre italiana, por más que sea cedida momentáneamente a Francia. Puede que Saboya, y probablemente más tarde, desee por sí misma su incorporación a Francia, cuando las grandes nacionalidades europeas se hayan consolidado más. Pero una cosa es que Saboya se haga francesa voluntariamente, cuando Alemania e Italia hayan realizado también política y militarmente su unidad nacional y, con ello, hayan aumentado considerablemente su posición de poder europea, y otra muy distinta que un soberano obligado a las conquistas como Luis Napoleón se la negocie a una Italia aún dividida, para eternizar su soberanía sobre esa Italia y, al mismo tiempo, sentar el primer precedente de la teoría de las fronteras naturales.

IV

A los alemanes nos afectan en este tráfico saboyano-nizardo principalmente tres cosas.

En primer lugar, la declaración práctica de la independencia italiana por Luis Napoleón: Italia dividida en al menos tres Estados, si es posible en cuatro, Venecia en manos austriacas, y Francia, por la posesión de Saboya y Niza, dueña de Piamonte. El territorio pontificio, tras la separación de la Romaña, separará por completo Nápoles del Estado de la Alta Italia e impedirá todo engrandecimiento de este último hacia el sur, pues se pretende «garantizar» al Papa el resto de su posesión territorial. Al mismo tiempo, se le pone ante los ojos al Estado de la Alta Italia Venecia como próximo cebo; el movimiento nacional italiano conserva en Austria a su más inmediato y primer adversario; y para que el nuevo reino pueda ser puesto en movimiento a voluntad por Luis Napoleón contra Austria, los franceses se apoderan de todas las posiciones que dominan los Alpes occidentales y adelantan sus puestos avanzados hasta nueve millas de Turín. Ésta es la posición que el bonapartismo se ha creado en Italia y que, en una guerra por la frontera del Rin, equivale para él a un ejército. Proporciona a Austria el mejor pretexto para suministrar a lo sumo su contingente federal, si es que siquiera lo hace. Aquí sólo una cosa podría ayudar: un giro completo de la política alemana respecto a Italia. Que Alemania no necesita Venecia hasta el Mincio y el Po, creemos haberlo demostrado en otro lugar. Tampoco tenemos interés alguno en el mantenimiento de los dominios pontificio y napolitano, pero sí en la creación de una Italia fuerte y unida que pueda tener una política propia. En las circunstancias dadas, podemos, por tanto, ofrecer a Italia más que el bonapartismo; acaso no tarden en presentarse coyunturas en que sea importante tener esto presente.

En segundo lugar, la proclamación sin rodeos de la teoría de las fronteras naturales de Francia. Nadie puede dudar de que esta teoría ha sido enarbolada nuevamente por la prensa francesa no sólo con permiso, sino por orden directa del gobierno. Por lo pronto, la teoría se aplica únicamente a los Alpes; esto es aún bastante inofensivo; Saboya y Niza son pequeños países que cuentan respectivamente con 575.000 y 236.000 habitantes, por lo que aumentarían la población de Francia en sólo 811.000 almas, y su significación político-militar no salta a la vista a primera vista. Pero que, al reivindicar estas dos provincias, se vuelva a poner de relieve precisamente el punto de vista de las fronteras naturales y se le recuerde al pueblo francés, que el oído de Europa debe volver a acostumbrarse a la palabra, como a otras consignas bonapartistas que durante diez años se han proclamado alternativamente para luego ser abandonadas, es lo que nos afecta especialmente a los alemanes. En el francés del Primer Imperio, que después fue tan afanosamente propagado por los republicanos del «National», por frontera natural de Francia se entiende por excelencia el Rin. Hoy todavía, cuando se habla de frontera natural, ningún francés piensa en Saboya o Niza, sino únicamente en el Rin. ¿Qué gobierno que, además, se apoya en las tradiciones y los afanes de conquista de la nación, osaría provocar de nuevo el grito de las fronteras naturales para luego querer contentar a Francia con Saboya y Niza?

La renovada proclamación de la teoría de las fronteras naturales de Francia es una amenaza directa contra Alemania y un hecho que ya no puede malinterpretarse, que da la razón al sentimiento nacional que se manifestó en Alemania hace un año. Ciertamente no es Luis Napoleón, pero la prensa dirigida por él declara ahora a todo el que quiera oírlo que, en efecto, no se ha tratado ni se trata de otra cosa que del Rin.

En tercer lugar, y principalmente, la posición de Rusia en toda la intriga. Cuando estalló la guerra el año pasado, cuando el propio Gortschakow confesó que Rusia había contraído «compromisos escritos» frente a Luis Napoleón, llegaron al público rumores sobre el contenido de esos compromisos. Procedían de diversas fuentes y se confirmaban mutuamente en lo esencial. Rusia se obligaba a movilizar cuatro cuerpos de ejército y a situarlos en la frontera prusiana y austriaca, para facilitar así el juego de Luis Napoleón. En cuanto al desarrollo de la guerra misma, se decía, estaban previstos tres casos:

O bien Austria hace la paz en el Mincio; en ese caso pierde la Lombardía y, aislada de Prusia e Inglaterra, será fácil de mover a entrar en la alianza ruso-francesa, cuyos fines ulteriores (reparto de Turquía, cesión de la orilla izquierda del Rin a Francia) se perseguirían luego por otros caminos.

O bien continúa luchando por la posesión del Véneto; entonces será completamente expulsada de Italia, y Hungría será sublevada, siendo entregada, según las circunstancias, al gran duque ruso Constantino; Lombardía y el Véneto corresponderán al Piamonte, Saboya y Niza a Francia.

O bien Austria sigue combatiendo y la Confederación Germánica la apoya; entonces Rusia interviene activamente en la lucha, Francia recibe la orilla izquierda del Rin y Rusia obtiene manos libres en Turquía.

Lo repetimos: estas indicaciones sobre el contenido esencial de la alianza ruso-francesa eran ya conocidas y publicadas al estallar la guerra. Una parte considerable de ellas ha sido confirmada por los acontecimientos. ¿Qué ocurre con el resto?

Proporcionar pruebas documentales de ello es, por la naturaleza del asunto, imposible por ahora. Éstas no salen a la luz hasta que los propios acontecimientos en cuestión pertenecen a la historia. La política de Rusia, establecida mediante hechos y documentos de períodos históricos anteriores (por ejemplo, los expedientes rusos encontrados en 1830 en Varsovia), es lo único que puede servir de guía en esta maraña de intrigas; y para ello basta plenamente.

Dos veces en este siglo se ha aliado Rusia con Francia, y en ambas ocasiones la alianza tuvo como fin o como base el reparto de Alemania.

La primera vez, en la balsa de Tilsit. Rusia entregó Alemania completamente al emperador francés e incluso aceptó, como prenda por ello, un pedazo de Prusia. A cambio obtuvo manos libres en Turquía; se apresuró a conquistar Besarabia y Moldavia y a enviar sus tropas al otro lado del Danubio. El hecho de que Napoleón, poco después, «estudiara la cuestión turca» y cambiara significativamente su opinión sobre el asunto fue para Rusia uno de los principales motivos de la guerra de 1812.

La segunda vez, en 1829. Rusia celebró un tratado con Francia, según el cual Francia debía recibir la orilla izquierda del Rin y Rusia, a cambio, nuevamente manos libres en Turquía. Este tratado fue roto por la Revolución de Julio; los documentos correspondientes los encontró Talleyrand cuando se preparaba la acusación contra el ministerio Polignac, y los arrojó al fuego para ahorrar a la diplomacia francesa y rusa el colosal escándalo. Frente al público exotérico, los diplomáticos de todos los países forman una liga secreta y nunca se comprometen públicamente unos a otros.

En la guerra de 1853, Rusia confió en la Santa Alianza, que creía restablecida mediante la intervención en Hungría y la humillación de Varsovia, y fortalecida por la desconfianza de Austria y Prusia hacia Luis Napoleón. Se equivocó. Austria asombró al mundo por la magnitud de su ingratitud (entretanto había pagado su deuda con Rusia con intereses usurarios en Schleswig-Holstein y en Varsovia) y por la consecuente reanudación de su tradicional política antirrusa en el Danubio. El cálculo ruso fracasó por ese lado; por el otro, la traición en el campo enemigo lo salvó de nuevo.

Tanto estaba claro: la idea fija de la conquista de Constantinopla sólo podía llevarse a cabo ya mediante una alianza francesa. Por otra parte, jamás había existido en Francia un gobierno para el cual la conquista de la frontera del Rin fuese una necesidad tan imperiosa como para el de Luis Napoleón. La situación era aún más favorable que en 1829. Rusia tenía el juego en la mano; Luis Napoleón no podía hacer otra cosa que sacarle las castañas del fuego.

Ante todo se trataba de aniquilar a Austria. Con la misma tenacidad con que Austria había resistido en el campo de batalla a los franceses desde 1792 hasta 1809, con esa misma tenacidad había opuesto, a partir de 1814 —y éste es su único, pero indiscutible mérito—, resistencia diplomática a las ansias de conquista rusas en el Vístula y el Danubio. En 1848-1849, cuando la revolución en Alemania, Italia y Hungría llevó a Austria al borde del desmoronamiento, Rusia salvó a Austria —no debía desmoronarse mediante una revolución, pues ésta habría arrebatado a la política rusa la dirección de los elementos que quedaran libres—. A pesar de ello, el movimiento independiente de las distintas nacionalidades, desplegado desde 1848, había incapacitado a Austria para seguir haciendo frente a Rusia, y con ello suprimió el último fundamento histórico interno de la existencia de Austria.

Ese mismo movimiento nacional antiaustriaco debía convertirse ahora en la palanca para sacar a Austria de sus goznes. Primero en Italia; más tarde, si era necesario, en Hungría. Rusia no opera como el primer Napoleón; hacia Occidente, sobre todo, donde choca con poblaciones densas, superiores en civilización a su propio pueblo, avanza sólo lentamente. Los comienzos del sojuzgamiento de Polonia datan de Pedro el Grande, y aún

está completado sólo en parte. Los éxitos lentos, pero seguros, le son tan deseables como los golpes rápidos y decisivos con grandes resultados; pero ambas posibilidades están siempre previstas. En la utilización de la insurrección húngara en la guerra de 1859, en su reserva para el segundo acto, se manifiesta claramente la mano rusa.

Pero si Rusia, en un caso, se dio por satisfecha con el debilitamiento de Austria mediante la breve campaña de 1859, ¿acaso no había previsto otras eventualidades? ¿Había movilizado sus cuatro primeros cuerpos de ejército sólo para darse esa satisfacción? ¿Qué si Austria no cedía? ¿Qué si las combinaciones militares y políticas obligaban a Prusia y al resto de Alemania —como no podía ser de otro modo si la guerra continuaba— a intervenir a favor de Austria? ¿Qué entonces? ¿Qué compromisos
podía
haber contraído Rusia con Francia para ese caso?

Los tratados de Tilsit y de 1829 dan la respuesta. Francia tiene que recibir también su parte del botín, cuando Rusia se expande por el Danubio y domina, directa o indirectamente, en Constantinopla. La única compensación que Rusia
puede
ofrecer a Francia es la orilla izquierda del Rin; los sacrificios han de ser soportados de nuevo por Alemania. La política natural, como la tradicional, de Rusia frente a Francia es: prometer a Francia la posesión de la orilla izquierda del Rin o ayudarle a ello, llegado el caso, a cambio del permiso y el apoyo para las conquistas rusas en el Vístula y el Danubio; y luego ayudar a Alemania —la cual, en agradecimiento, reconoce las conquistas rusas— a reconquistar el territorio perdido ante Francia. La ejecución de este programa sólo puede producirse, naturalmente, en grandes crisis históricas, lo cual no impide en absoluto que semejantes eventualidades estuviesen previstas en 1859 tan bien como en 1829.

Que la conquista de Constantinopla es la meta inamovible de la política exterior rusa, que para alcanzar esa meta le es lícito cualquier medio, pretender demostrarlo todavía hoy resultaría ridículo. Aquí sólo queremos recordar una cosa. Rusia jamás puede llevar a término el reparto de Turquía como no sea mediante una alianza con Francia o con Inglaterra. Cuando en 1844 parecieron oportunas ofertas directas a Inglaterra, el emperador Nicolás viajó a Inglaterra y llevó consigo un memorándum ruso sobre el reparto de Turquía, en el cual, entre otras cosas, se prometía Egipto a los ingleses. Las ofertas fueron rechazadas, pero lord Aberdeen guardó

el memorándum en un cofrecillo, que entregó sellado a su sucesor en el Ministerio de Asuntos Exteriores; y cada ministro de Exteriores posterior leyó el documento, lo selló de nuevo y lo pasó así a su sucesor, hasta que el asunto salió por fin a la luz pública en 1853, en los debates de la Cámara de los Lores. Simultáneamente se publicó la conocida conversación del emperador Nicolás con sir Hamilton Seymour sobre el «hombre enfermo», en la que también se ofrecían a Inglaterra Egipto y Candia, mientras que Rusia, en apariencia, quería darse por satisfecha con pequeñas ventajas. Las promesas rusas a Inglaterra eran, pues, en 1853 las mismas que en 1844; ¿iban a ser las promesas a Francia menos generosas en 1859 que en 1829?

Luis Napoleón, por su personalidad y por su situación, está condenado a servir a los fines de Rusia. Presunto heredero de una gran tradición militar, ha recibido también la herencia de las derrotas de 1813 a 1815. El ejército es su principal apoyo; a él tiene que satisfacerlo con nuevos éxitos bélicos, con el castigo de las potencias que en aquellos años abatieron a Francia, con el restablecimiento de las fronteras naturales del país. Sólo cuando la tricolor francesa ondee en toda la margen izquierda del Rin, sólo entonces quedará borrada la vergüenza de la doble conquista de París. Y para alcanzar todo eso hace falta un fuerte aliado; la elección está sólo entre Inglaterra y Rusia. Inglaterra, con sus ministerios a menudo cambiantes, es cuando menos poco fiable, incluso si un ministro inglés se prestara a tales proyectos. ¿Pero Rusia? A cambio de un módico equivalente ya había demostrado dos veces su disposición a una alianza sobre bases similares.

Jamás le vino a la política rusa un hombre más a propósito que Luis Napoleón, jamás le fue una situación más favorable que la suya. Sobre el trono francés un soberano que
tiene
que hacer la guerra, que
tiene
que conquistar, sólo para poder mantenerse, que necesita una alianza y para esa alianza depende únicamente de Rusia: eso no se le había ofrecido nunca. A partir del encuentro de Stuttgart, todos los últimos resortes motores de la política francesa no hay que buscarlos ya en París, en la cabeza de Luis Napoleón, sino en Petersburgo, en el gabinete del príncipe Gortschakow. El hombre «misterioso», que infunde al filisteo alemán un respetuoso temor reverencial, se reduce a un instrumento con el que juega la diplomacia rusa y al que permite embolsarse toda la apariencia del genio de gran hombre, mientras ella se contenta con las ventajas reales. Rusia, que jamás sacrifica una kopek ni un soldado

si no es absolutamente necesario, pero que deja que las demás potencias europeas se despedacen y debiliten entre sí en la medida de lo posible, Rusia tuvo que dar primero el permiso, mediante el tratado de Gortschakow, antes de que Luis Napoleón pudiera echarse en brazos como libertador de Italia. Y cuando los informes sobre la disposición de ánimo en la Polonia rusa sonaron demasiado malos para permitir ningún levantamiento en la vecindad inmediata, en Hungría, cuando la intentona de movilización de los cuatro primeros cuerpos de ejército rusos demostró el agotamiento, aún no superado, del país; cuando el movimiento campesino, así como la resistencia de la nobleza, cobraron dimensiones que podían volverse peligrosas en una guerra exterior, entonces apareció un ayudante general del emperador ruso en el cuartel general francés, y se firmó la paz de Villafranca. Por el momento, Rusia había alcanzado bastante. Austria era duramente castigada por la «ingratitud» de 1854, más duramente de lo que Rusia jamás hubiera podido esperar. Sus finanzas, a punto de ordenarse antes de la guerra, arruinadas por decenios; todo su sistema interior de gobierno, derrumbado sin salvación; su dominio en Italia, aniquilado; su territorio, disminuido; su ejército, desalentado y privado de la confianza en sus jefes; los húngaros, los eslavos y los venecianos, tan levantados en su movimiento nacional que el desgajamiento de Austria se proclamaba ahora abiertamente como su meta: de allí en adelante podía Rusia, por cierto, dejar enteramente de lado el miramiento hacia la resistencia de Austria y contar con convertirla poco a poco en un instrumento. Ésos fueron los éxitos para Rusia; Luis Napoleón no se llevó a casa más que una muy magra gloire para su ejército, una muy dudosa para sí mismo y una expectativa muy insegura sobre Saboya y Niza, dos provincias que, en el mejor de los casos, son para él regalos de dánaos y lo encadenan aún más firmemente a Rusia.

Los planes ulteriores son momentáneamente aplazados, no abandonados. Por cuánto tiempo, dependerá del desarrollo de las relaciones internacionales en Europa, del lapso durante el cual Luis Napoleón sea capaz de mantener tranquilo a su ejército pretoriano, y del mayor o menor interés que Rusia tenga en una nueva guerra.

Qué papel se propone desempeñar Rusia frente a nosotros, los alemanes, lo dice con suficiente claridad la conocida circular que el príncipe Gortschakow dirigió el año pasado a los pequeños Estados alemanes. Jamás se le ha hablado así a Alemania. Los alemanes no olvidarán, así lo esperamos, que Rusia se atrevió a pretender prohibirles acudir en ayuda de un Estado alemán atacado.

Los alemanes, cabe esperar, tampoco olvidarán a Rusia muchas otras cosas.

En 1807, en la paz de Tilsit, Rusia se hizo ceder un pedazo de territorio de su aliada Prusia, el distrito de Bialystok, y entregó Alemania a Napoleón.

En 1814, cuando incluso Austria (véanse las memorias de Castlereagh) defendía la necesidad de una Polonia independiente, Rusia se incorporó casi todo el Gran Ducado de Varsovia (es decir, antiguas provincias austriacas y prusianas) y adoptó con ello una posición ofensiva contra Alemania, que nos amenazará hasta que la hayamos expulsado de allí. El grupo de fortalezas de Modlin, Varsovia e Ivángorod, construido después de 1831, es reconocido incluso por el rusófilo Haxthausen como una amenaza directa contra Alemania.

En 1814-1815, Rusia puso todo su empeño en hacer que el Acta de la Confederación Alemana se realizase en su forma actual, perpetuando así la impotencia de Alemania hacia el exterior.

De 1815 a 1848, Alemania se halló bajo la hegemonía directa de Rusia. Si Austria le oponía resistencia en el Danubio, en cambio ejecutaba en los congresos de Laibach, Troppau y Verona todos los deseos de Rusia en el Occidente de Europa. Esta hegemonía de Rusia era resultado directo del Acta de la Confederación Alemana. Cuando Prusia intentó sustraerse a ella por un momento, en 1841 y 1842, fue forzada inmediatamente a regresar a su posición anterior. La consecuencia fue que, al estallar la revolución de 1848, Rusia emitió una circular en la que se trataba el movimiento en Alemania como una revuelta en el cuarto de juegos de los niños.

En 1829, Rusia concluyó con el ministerio Polignac el tratado, preparado desde 1823 por Chateaubriand (y públicamente confesado por éste), que malbarató la margen izquierda del Rin a Francia.

En 1849, Rusia apoyó a Austria en Hungría sólo a condición de que Austria restableciera la Dieta de la Confederación y aniquilara la resistencia de Schleswig-Holstein; el Protocolo de Londres aseguró a Rusia la sucesión en toda la monarquía danesa en un próximo futuro y le dio la perspectiva de realizar el plan, acariciado ya desde Pedro el Grande, de ingresar en la Confederación Alemana (antiguamente el Imperio).

1850, Prusia y Austria fueron citados en Varsovia ante el zar, quien se erigió en juez sobre ellos. La humillación no fue menor para Austria que para Prusia, aunque a los ojos de la charlatanería de café Prusia fuera la única en soportarla.

En 1853, en la conversación con sir H. Seymour, el emperador

Nicolás dispuso de Alemania como si le perteneciera en propiedad hereditaria. Austria, dijo, me es segura. A Prusia no le hizo siquiera el honor de mencionarla.

Y, finalmente, en 1859, cuando la Santa Alianza parecía completamente disuelta, el tratado con Luis Napoleón, el ataque de Francia contra Austria con el consentimiento y el apoyo de Rusia, y la circular de Gortschakow para prohibir a los alemanes, de la manera más insolente, toda prestación de auxilio a Austria.

Esto es lo que tenemos que agradecer a los rusos desde comienzos de este siglo, y los alemanes esperamos no olvidarlo jamás.

En este mismo instante nos sigue amenazando la alianza ruso-francesa. Por sí sola, Francia solo puede ser peligrosa para nosotros en momentos aislados, y aún entonces solo por la alianza con Rusia. Pero Rusia nos amenaza e insulta constantemente, y cuando Alemania se alza contra ello, pone en movimiento al gendarme francés mediante la perspectiva de la orilla izquierda del Rin.

¿Hemos de seguir tolerando por más tiempo que se juegue así con nosotros? ¿Hemos de consentir cuarenta y cinco millones que una de nuestras provincias más hermosas, ricas e industriales sirva constantemente de cebo que Rusia presenta a la dominación pretoriana en Francia? ¿Acaso Renania no tiene otra vocación que la de ser asolada por la guerra, para que Rusia tenga manos libres en el Danubio y en el Vístula?

Esa es la cuestión. Confiamos en que Alemania la responderá pronto con la espada en la mano. Si permanecemos unidos, bien pronto pondremos en fuga a los pretorianos franceses y a los _kapustniki_ rusos.

Entretanto, hemos ganado un aliado en los siervos rusos. La lucha que acaba de estallar en Rusia entre la clase dominante y la clase dominada de la población rural socava ya todo el sistema de la política exterior rusa. Este sistema solo fue posible mientras Rusia no tenía desarrollo político interior. Pero ese tiempo ha pasado. El desarrollo industrial y agrícola, fomentado de todas las formas por el gobierno y la nobleza, ha llegado a un grado tal que ya no soporta las condiciones sociales existentes. Su supresión es, por una parte, una necesidad; por otra, una imposibilidad sin una transformación violenta. Con la Rusia que subsistió desde Pedro el Grande hasta Nicolás, se derrumba también la política exterior de esa Rusia.

A juzgar por las apariencias, está reservado a Alemania hacer comprender este hecho a los rusos no solo con la pluma, sino también con la espada. Si se llega
a ello
, será esa una rehabilitación de Alemania que compensará siglos de ignominia política.

Notas a pie de página de Friedrich Engels

(1) Véase el informe del corresponsal del _Times_ en el campamento austríaco sobre Solferino. En Cavriana, el viejo Feldzeugmeister Nugent, que se hallaba presente como aficionado, agotó en vano todos los recursos para hacer avanzar varios batallones de granaderos.

(2) Véase en este mismo periódico la declaración del capitán Blakeley, primer corresponsal del _Times_ en el campamento austríaco, donde se comunica el hecho arriba mencionado. En el _Allg[emeine] Militär-Z[ei]t[un]g_ de Darmstadt aparece una defensa de Gyulay, en la que la detención de cinco horas se explica por un suceso que, por consideraciones de servicio, no puede revelarse e independiente de la cooperación de Gyulay, y se achaca a ello la pérdida de la batalla. Pero Blakeley ya había comunicado en qué consistió el suceso.

(3) Lat. _clavis_, ital. _chiave_, port. _chave_, lomb. _ciàu_ (pronúnciese: _tscháu_) = llave. La _A[ugsburger] A[llgemeine] Z[eitung]_ se hacía escribir el verano pasado desde Verona (véanse los informes del cuartel general austríaco) que allí la gente se saludaba por la calle diciendo «¡_tschau, tschau_!». El sabio periódico, aficionado en general a los gazapos lingüísticos, se hallaba evidentemente perplejo en busca de la llave de aquel _tschau, tschau_. La palabra es _s-ciau_ (_stschau_) y es la forma lombarda análoga a _schiavo_ = esclavo, servidor, tal como también entre nosotros se saluda uno: «su servidor, servidor obediente», etc. — De formas verdaderamente provenzales en el lombardo solo nos vienen a la memoria dos: el participio femenino de pasado en _-da_ (_amà_, _amada_) y la primera persona del presente en _i_ (_ami_ = yo amo, _saludi_ = yo saludo).

(4) Los signos distintivos decisivos de los dialectos italianos y provenzales serían, probablemente: 1. la vocalización italiana de la _l_ después de consonante (_fiore_, _piu_, _bianco_), ajena al provenzal; 2. la formación del plural de los sustantivos a partir del nominativo latino (_donne_, _cappelli_). El provenzal y el francés antiguo, ciertamente, también tuvieron en la Edad Media esta formación para el nominativo, mientras todos los demás casos se derivaban del acusativo latino (terminación _-s_). Todos los dialectos provenzales modernos, sin embargo, solo poseen esta última forma, según sabemos. Aun así, podría parecer dudoso en la frontera si la forma nominativa conservada procede del italiano o del provenzal.