La reunión en Varsovia

Karl Marx

Rusia se sirve de Austria -

La reunión en Varsovia

Berlín, 17 de septiembre de 1860

De todos los países de Europa, Alemania ofrece actualmente el espectáculo más notable, más confuso y más lamentable. El verdadero estado de los asuntos alemanes se comprende mejor mediante una simple contraposición de dos hechos: la reciente reunión de la Asociación Nacional Alemana en Coburgo y la próxima reunión de los principales príncipes alemanes en Varsovia. Mientras que la primera aspira a la unificación de la patria, abandonando a la Austria alemana y edificando sobre Prusia, el Regente de Prusia, por su parte, en sus planes de resistencia contra la agresión francesa, se apoya en el restablecimiento de la Santa Alianza bajo la dirección rusa.

Como es sabido, la política exterior rusa no se preocupa en absoluto por los principios en el sentido habitual de la palabra. No es ni legitimista ni revolucionaria, sino que aprovecha todas las oportunidades de expansión territorial con la misma habilidad, ya se logre esta expansión tomando partido por los pueblos sublevados o por los príncipes contenciosos. Con respecto a Alemania, la política invariable de Rusia consiste en cambiar de partido. Primero se alía con Francia para quebrar la resistencia de Austria a sus planes orientales, y luego toma partido por Alemania para debilitar a Francia y girar una letra sobre la gratitud alemana, letra que deberá ser descontada en el Vístula o en el Danubio. En el curso de una complicación europea, preferirá siempre una coalición con los príncipes alemanes a una alianza con los advenedizos franceses, por la sencilla razón de que su verdadera fuerza reside en su superioridad diplomática y no en su poder material. Una guerra contra Alemania, su vecino inmediato, surgida de una alianza con Francia, pondría al desnudo la verdadera impotencia del coloso del norte; mientras que en una guerra contra Francia, debido a su posición geográfica, Rusia siempre formaría la reserva — Alemania se vería obligada a hacer el trabajo propiamente dicho — y cosecharía para sí los frutos de la victoria. Las potencias aliadas se asemejan en este punto a los distintos cuerpos de un ejército. La vanguardia y el centro deben librar el combate decisivo, pero la reserva decide la batalla y se lleva la victoria. Los ilusos alemanes pueden entregarse a la engañosa esperanza de que, bajo la fuerte presión de una lucha social interna provocada por el movimiento de emancipación, Rusia desmentirá esta vez la máxima del historiador ruso Karamsin sobre la inmutabilidad de la política exterior de Rusia.

Se supone que un imperio inmenso, desgarrado por la lucha de clases y amenazado por una crisis financiera, se abstendría con gusto de intervenir en Europa; pero eso supondría malinterpretar el verdadero carácter del movimiento interno de Rusia. Cualesquiera que hayan sido sus verdaderas intenciones, para un zar bienintencionado es tan imposible conciliar la abolición de la servidumbre con la continuación de su propia autocracia, como lo fue en 1848 para un Papa bienintencionado conciliar la unidad italiana con las condiciones de vida del papado. Por más sencilla que suene la frase de la emancipación de los siervos en Rusia, tras ella se esconden las más diversas intenciones y las aspiraciones más contradictorias. El velo que al comienzo del movimiento arrojó sobre las aspiraciones en conflicto una especie de entusiasmo general, tiene que desgarrarse necesariamente en cuanto se pasa de la palabra a la acción. La emancipación de los siervos en el sentido del zar equivaldría a la destrucción de las últimas barreras que aún obstaculizan la autocracia zarista. Por un lado, se eliminaría la relativa independencia de los nobles, basada en su poder incontrolado sobre la mayoría del pueblo ruso; por otro lado, la autoadministración de las comunidades aldeanas de los siervos, basada en la posesión común del suelo al que estaban esclavizados, sería quebrantada por el plan del gobierno, que apuntaba a la eliminación del principio “comunista”. Eso era lo que el gobierno central se imaginaba bajo la emancipación de los siervos. Los nobles, por su parte — es decir, aquella parte influyente de la aristocracia rusa que había renunciado a la esperanza de mantener el viejo estado de cosas — se habían decidido a permitir la emancipación de los siervos bajo dos condiciones: una indemnización financiera, mediante la cual convertirían a los campesinos de siervos suyos en deudores hipotecarios suyos, de modo que, en lo que concierne a los intereses materiales, no se habría cambiado nada, al menos por dos o tres generaciones, salvo la forma de la dependencia servil; pues su forma patriarcal habría sido sustituida entonces por su forma civilizada. Además de esta indemnización que debían pagar los siervos, exigían otra indemnización que debía pagar el Estado. A cambio del poder local sobre los siervos que se declararon dispuestos a ceder, exigían poder político, que debía ser arrancado al gobierno central y entregado a ellos, esencialmente como participación constitucional en la conducción general del imperio.

Finalmente, los propios siervos preferían la fórmula más sencilla para la cuestión de la emancipación. Lo que ellos entendían por tal era el viejo estado de cosas sin sus viejos terratenientes. En esta lucha recíproca — en la que el gobierno, a pesar de amenazas y halagos, fracasaba por la resistencia de la nobleza y de los campesinos; la aristocracia, por la resistencia del gobierno y de su bestia humana de carga, y el campesinado, por la resistencia conjunta de su señor central y de sus señores locales — se llegó, como suele ocurrir en tales transacciones, a un compromiso entre los poderes existentes a expensas de la clase oprimida. El gobierno y la aristocracia acordaron posponer por el momento la cuestión de la emancipación y embarcarse de nuevo en aventuras extranjeras. De ahí el tratado secreto de 1859 con Luis Bonaparte y el congreso oficial de 1860 en Varsovia con los príncipes alemanes. La guerra italiana había quebrantado suficientemente la confianza en sí misma de Austria para convertirla de un obstáculo en un instrumento de los planes de política exterior de Rusia; y Prusia, que se había ridiculizado a sí misma al mostrar durante la guerra, a un mismo tiempo, el semblante de una ambiciosa deslealtad y el de una completa inacción, no puede, amenazada por Francia en sus fronteras del Rin, dejar de seguir los pasos de Austria. Fue uno de los grandes errores del partido de Gotha imaginarse que los golpes que Austria recibiría probablemente de Francia habrían de disolverla en sus partes esenciales, de modo que la Austria alemana, desligada de sus ataduras con Italia, Polonia y Hungría, se adhiriera fácilmente a un gran imperio alemán. Una larga experiencia histórica nos ha enseñado que toda guerra que Austria libra con Francia o Rusia no libera a Alemania de su carga, sino que la somete a los planes de Francia o de Rusia. Sería una mala política de estas potencias despedazar a Austria de un solo golpe en sus distintas partes, si tuvieran la fuerza para ese golpe; pero debilitar a Austria para utilizar su influencia remanente en provecho propio fue, y tiene que ser siempre, el principal objetivo de sus operaciones diplomáticas y militares. Sólo una revolución alemana con un centro en Viena y otro en Berlín podría hacer pedazos el imperio de los Habsburgo sin poner en peligro la integridad de Alemania y sin poner sus territorios no alemanes bajo control francés o ruso.

El próximo congreso de Varsovia fortalecería mucho la posición de Luis Bonaparte en Francia si la perspectiva de un conflicto en Italia entre el partido verdaderamente nacional y el partido francés no arruinara sus posibilidades. Tal como están ahora las cosas, hay que esperar que el congreso de Varsovia abra por fin los ojos a Alemania y le muestre que, para resistir las intromisiones desde el exterior y realizar la unidad y la libertad en el interior, tiene que deshacerse de sus señores dinásticos en su propia casa.