Karl Marx

Preparativos de guerra en Prusia

Del inglés.

["New-York Daily Tribune" Nr. 6097 del 8 de noviembre de 1860]

Berlín, 23 de octubre de 1860

La cólera y el temor que nuestros liberales sienten a causa de la participación del Príncipe Regente en el Congreso de Varsovia se desahogan —como siempre en la aflicción del auténtico liberal prusiano— en hirientes denuestos contra Austria y su nueva Constitución. Sobre todo, jamás se le perdonará a Francisco José haber privado a estos señores de su mejor consuelo y del tema permanente de su verbosa autosuficiencia, a saber, la contraposición entre la Prusia «constitucional» y la Austria «absolutista». La patente austríaca se ve expuesta, naturalmente, no sólo a sutilezas capciosas, sino también a serias objeciones de todo género. Las circunstancias en que se ha otorgado y la mano que ha hecho el presente le dan más el carácter de una escapatoria que el de una verdadera concesión. Ya una vez, el 4 de marzo de 1849, Francisco José promulgó el proyecto de una Constitución, y sólo para derogarla al año siguiente, después de que la suerte de las armas se hubo decidido a favor suyo. Pero, en fin, no hay ejemplo en las crónicas de la historia de que los monarcas hayan restringido jamás por sí mismos sus privilegios y cedido a las exigencias del pueblo, a no ser bajo una fuerte presión exterior. No hay ejemplo de que hayan cumplido su palabra cuando podían atreverse a quebrantar impunemente sus juramentos y promesas. La vieja constitución húngara no ha sido restablecida en su integridad, pues los dos derechos más importantes de la Dieta de Pest, decidir sobre la recaudación de fondos y sobre el reclutamiento de tropas, han sido transferidos al Consejo Imperial (Reichsrat) de Viena, destinado a constituir la Dieta de todo el Imperio. Éste se ve dotado de atribuciones que están llamadas a convertirse en fuente perenne de disputas entre él y las diversas dietas nacionales y provinciales. De las constituciones de las provincias germano-eslavónicas, reducidas a los contornos más generales e imprecisos, puede hacerse todo o nada. El mayor defecto que los magiares han hallado en la patente es la separación de Croacia, Serbia y Transilvania respecto de Hungría y la concesión a estas provincias de dietas propias. Pero, si se recuerdan los acontecimientos de 1848/49, se puede dudar con razón de que los croatas, eslavones, serbios y valacos estén dispuestos a compartir la queja y a fortalecer a los húngaros con su apoyo. Los estadistas vieneses parecen, en este caso, haber jugado una hábil baza con el principio de las nacionalidades y lo utilizan en su propio provecho.

Sin embargo, la Dieta común de todo el Imperio, que bajo el nombre de Consejo Imperial (Reichsrat) tiene su sede en Viena y se compone de delegados designados por las diversas dietas de Galitzia, Hungría, Transilvania, Croacia, Serbia, Venecia y las provincias alemanas situadas fuera del ámbito de la Confederación Germánica, ¿no vendrá esta Dieta a cortar las relaciones que hasta ahora existían entre la Austria alemana y la Confederación Germánica? Ésta es la gran cuestión que ahora cabalga el liberalismo oficial prusiano, al que nunca le faltarán argumentos para su idea favorita: excluir a la Austria alemana de la Confederación Germánica. Pero todo el razonamiento parte del falso supuesto de que se toma al pie de la letra la patente de Francisco José. Mientras ésta debe ser considerada por la casa reinante austríaca como un plan astuto, proporciona a los distintos pueblos oprimidos por el dominio de los Habsburgo un valioso instrumento para determinar su propio destino y reabrir la era de las revoluciones. Por el momento, la Constitución austríaca habrá contribuido mucho a humillar el orgullo farisaico de los falsos liberales prusianos y a despojar a la dinastía de los Hohenzollern de la única ventaja de que podía jactarse sobre sus rivales, a saber, la de haber proseguido los viejos intereses de la burocracia y del ejército bajo la forma más respetable del constitucionalismo. Para darles una idea del verdadero estado de esta tan decantada Prusia «regenerada», será necesario volver a las modificaciones que recientemente se han llevado a cabo en la organización del ejército prusiano. Recuérdese que la Cámara de Diputados de Prusia —faltándole el valor, de una parte, a desafiar a la opinión pública sancionando descaradamente las propuestas gubernativas sobre la reorganización del ejército, y, de otra, a ofrecer una resistencia decidida a las inclinaciones martinetistas del Príncipe Regente—, recurrió al expediente habitual de la debilidad, un camino intermedio que no es carne ni pescado. Se negó a aprobar el plan gubernamental para la reorganización del ejército, pero puso a disposición 9.500.000 táleros para poner al ejército en condiciones adecuadas y hacer frente a los peligros que cabía esperar del exterior. En otras palabras, los diputados prusianos aprobaban los recursos financieros que el Gobierno necesitaba para ejecutar sus planes, pero lo hacían bajo pretextos engañosos. Apenas se había suspendido el Parlamento prusiano cuando el Ministerio, violando abiertamente las condiciones en que se había otorgado la concesión, comenzó sin más a poner en práctica las modificaciones en la organización del ejército proyectadas por el Príncipe Regente y rechazadas por los llamados representantes del pueblo. Durante las vacaciones parlamentarias, el ejército permanente ha sido
duplicado
, al ampliarse de 40 a 72 regimientos de línea y 9 de la guardia. Los gastos corrientes anuales del presupuesto militar han quedado así aumentados en un 100 por ciento por la suprema voluntad del Príncipe Regente, en abierto desacato no sólo de la voluntad popular, sino también de los votos de sus pseudorrepresentantes. Pero no se crea que el príncipe de Hohenzollern o alguno de sus colegas vaya a correr la suerte de Strafford. Se murmurará un poco, algunos defenderán acaloradamente la lealtad dinástica y la confianza ilimitada en el gabinete, y eso será todo. Ahora bien, si se tiene en cuenta que incluso la vieja organización del ejército, erigida según el estado de cosas propio de una población meramente agrícola, se ha convertido en un obstáculo insoportable para los recursos y la actividad productiva de un pueblo que se halla en vías de desarrollo industrial, fácil será comprender cómo el ejército, cuya fuerza se ha duplicado ahora, tiene que aplastar las mejores energías de las masas y agotar los recursos de la riqueza nacional. El ejército prusiano puede jactarse ahora de ser, en proporción a la población y a los recursos nacionales, el más grande de Europa.

Es sabido que un soberano Hohenzollern, cuando habla de sí mismo o cuando su gabinete y sus funcionarios hablan de él, lleva el nombre de "Kriegsherr" <"Kriegsherr": aquí y en lo sucesivo en la "N.-Y. D. T." en alemán y en inglés>. Ahora bien, esto no significa, naturalmente, que los reyes y regentes de Prusia dominen la fortuna de la guerra. Su gran preocupación por conservar la paz y su conocida propensión a ser apaleados en campo abierto lo demuestran mejor. Por este título de "Kriegsherr", que los soberanos Hohenzollern cuidan y cultivan con tanto esmero, se sobreentiende casi que el verdadero sostén de su poder real no debe buscarse en el pueblo, sino en una parte del pueblo que —separada de la masa y puesta frente a ella— se distingue por determinados galones y cordones, que ha sido educada en una obediencia incondicional y adiestrada para ser un mero instrumento de la dinastía, la cual la considera como de su propiedad y dispone de ella a su antojo. Por eso un rey de Prusia preferiría abdicar antes que permitir a su ejército jurar sobre la Constitución. Por consiguiente, un soberano Hohenzollern, que sólo es rey de su pueblo en la medida en que es "Kriegsherr" o, en otras palabras, propietario del ejército, tiene que estar encaprichado con él ante todo, mimarlo, halagarlo y alimentarlo con bocados cada vez mayores de la riqueza nacional. Este gran objetivo se ha alcanzado mediante la nueva organización militar. El número de oficiales se ha duplicado, y el rápido ascenso a los grados superiores en los ejércitos francés, austríaco y ruso, que los oficiales prusianos contemplaban con anhelo y aprensión, les ha quedado asegurado sin exponer su cuerpo ni su vida al menor riesgo.

Por eso reina ahora mismo, si no entre los simples soldados, sí entre los oficiales del ejército prusiano, un enorme entusiasmo por el Príncipe Regente y sus ministros "liberales". Al mismo tiempo, los aristocráticos cazadores de zorros, que refunfuñaban contra las frases liberales del nuevo régimen, han sido completamente aplacados por la nueva oportunidad que se les ofrece de colgar a sus hijos menores de la bolsa del país. Para todo esto hay también, desde el punto de vista dinástico, un obstáculo. Prusia ha concentrado ahora todas sus fuerzas disponibles en un solo ejército permanente. Una vez derrotado este ejército, no habrá reservas a las que recurrir.