Friedrich Engels

Escrito a finales de julio de 1860.

Del inglés.

[*New-York Daily Tribune*, núm. 6021, del 11 de agosto de 1860]

El informe de la Comisión Nacional de Defensa británica, publicado recientemente en Londres, declara que si el emperador de los franceses tuviera la intención de poner en movimiento un ejército hostil contra Inglaterra, sería imposible para «todos los buques disponibles de la Marina Real» impedirle desembarcar en cualquier punto de los 2.147 millas de costa de Inglaterra y Gales, por no hablar de la costa de Irlanda. Puesto que en diversas ocasiones, antes y después de la aparición del famoso panfleto de De Joinville, se ha admitido que un desembarco de 100.000 franceses o más, bajo una dirección hábil, podría efectuarse en las Islas Británicas, el único punto importante que ha de considerarse es la fuerza de resistencia de que dispone Gran Bretaña para oponerla a una invasión semejante.

Según una orden de la Cámara de los Comunes, el pasado mes de mayo se presentó un informe sobre la fuerza de las tropas terrestres británicas. Mostró lo siguiente: fuerza total de los regimientos, 144.148; fuerza efectiva al 1 de mayo, 133.952 en total; milicia movilizada, 19.333. Al darse a conocer estas cifras, se alzó en todas partes de los tres reinos un clamor casi unánime sobre la manera en que se habían gastado los 75.000.000 de dólares asignados al ejército, ya que un análisis de los 144.148 hombres señalados como material apto de las tropas de línea «revelaba el hecho aterrador de que apenas 30.000 hombres de infantería podrían ser reunidos en un lugar dado para fines ofensivos o defensivos».

El señor Sidney Herbert y sus amigos de los Horse Guards celebraron de inmediato una consulta, y el *Times* de Londres se esforzó por tranquilizar la inquietud de la población. Escribió:

«Aprovechamos la ocasión para revisar las cifras en que se basan estos datos y explicamos detalladamente la situación actual».

El *Times* de Londres intenta «demostrar que, si con el término ‘tropas’ se pretendía designar únicamente a la infantería de línea, el hecho se exponía con bastante exactitud; pero que, en realidad, las fuerzas en la metrópoli incluían fuertes divisiones de otras clases de tropas, de modo que su fuerza total no es ni mucho menos tan reducida como podría suponerse».

El resultado de esa nerviosidad por parte del público y de la consulta de los Horse Guards fue una nueva estadística, completamente distinta, que cifraba las fuerzas militares de Gran Bretaña en la metrópoli en 323.259 hombres, es decir, 179.111 más que la estadística publicada dos meses antes. La discrepancia no requiere gran explicación. Los primeros datos se publicaron con la intención de mostrar cuántos hombres, en circunstancias favorables y con una apreciación razonable, estarían listos para un empleo inmediato; los últimos, para determinar el número total de todos los hombres y jóvenes inscritos en las listas de los regimientos, que por tanto participan en los 75.000.000 de dólares, junto con 227.179 voluntarios y milicianos, de los cuales un total de 200.000 no existen como soldados. Luego se enumeran todavía 33.302 hombres pertenecientes a los «depósitos». Para que no se nos pueda acusar de prejuicio al describir lo que son estos «depósitos», citamos al *Times* de Londres como autoridad:

«Las tropas en los depósitos no pertenecen en realidad al contingente de tropas del país, sino al del exterior. Son partes de los batallones que sirven fuera del país, y no es de extrañar que sean relativamente ineficaces para el servicio en la metrópoli».

En resumen, son un cuerpo de tropas ineficaz, compuesto por reclutas con no más de tres meses de servicio, que cada trimestre, o con más frecuencia, en cuanto se los solicita, son embarcados para los regimientos del exterior, y por viejos inválidos que, por no ser aptos para el servicio, se dejan en casa, «de modo que el cuerpo, compuesto en parte por soldados licenciados y en parte por otros aún no adiestrados, nunca se halla en estado de un batallón regular».

Esto en cuanto a los depósitos. Ahora, en cuanto a los voluntarios y la milicia. Basta repetir que, en la actualidad, por lo menos 200.000 hombres existen únicamente sobre el papel. El señor Maguire demostró recientemente en el Parlamento que casi todos los regimientos de milicias tienen en las listas de los Horse Guards de 200 a 300 hombres más de los que jamás podrían reunirse en parada. El señor Sidney Herbert hizo una confesión similar. De los regimientos de milicias irlandeses, cuyos integrantes, por la opresión y la miseria, se ven obligados a presentarse con más puntualidad que sus vecinos ingleses, muchos de los que ahora se calculan en 800 hombres —el regimiento de Waterford, por ejemplo— sólo cuentan con 400. Si se estima la fuerza de la milicia y los voluntarios de Inglaterra en 138.560, esto probablemente corresponda a lo que un estadístico imparcial está en condiciones de constatar.

El ejército regular en la metrópoli tiene, según el reciente informe del Ministerio de la Guerra, una fuerza de 68.778 hombres. En ella están incluidos la Caballería de la Guardia Real (1.317), los Ingenieros Reales (2.089), el Cuerpo de Sanidad del Ejército, compuesto por inválidos retirados, el tren de bagajes y otras tropas, en parte no aptas para el servicio. Para eludir esta cuestión discutida, supongamos que los 68.000 hombres íntegros están disponibles. Esto daría, si toda la milicia y todos los voluntarios estuviesen movilizados y sobre las armas, una fuerza total de 206.560 hombres. Añadamos incluso a este cómputo la policía irlandesa, con lo que se elevaría a unos 237.000 hombres. La fuerza nominal del ejército regular y de la milicia movilizada se cifra en este momento en 100.000, aproximadamente 16.000 hombres más que las cifras reales; pero aceptemos las cifras tal como se dan. Concedamos que en el plazo de tres días después del desembarco francés pudieran reunirse 15.000 voluntarios en un punto dado; entonces Inglaterra contaría aún con un ejército de 115.000 hombres a su disposición. Hay que tener en cuenta que de éstos, 25.000 carecen de experiencia en el manejo de las armas. Ahora bien, todos los arsenales navales, las armerías y las plazas fuertes en los distritos reclamarían guarniciones suplementarias, pues nunca hay en los puertos más de 8.000 infantes de marina en tierra. Irlanda exigirá un ejército, incluso si no se atribuye gran importancia a la influencia de la «Petición Nacional» para lograr una actitud amistosa hacia los soldados de MacMahon. Ni los voluntarios ni la totalidad de la milicia bastarían para mantener el orden en la Isla Verde <Irlanda> ante la perspectiva de una lucha.

Las autoridades de Su Majestad tendrían que destinar a este país, además de la policía, por lo menos 10.000 regulares y 25.000 irregulares. Esto haría, en total, unos 55.000 hombres, y sólo quedarían 80.000 soldados para Inglaterra y Gales con el fin de proteger los arsenales, las armerías y los arsenales navales. Es ocioso suponer que para esta importante tarea bastaran menos de 20.000 hombres de tropas aptas para el servicio, incluso admitiendo que los soldados licenciados o inexpertos de los depósitos sean capaces de resistir. Así, a los 100.000 franceses de Napoleón, zuavos, etc., se opondrían 60.000 casacas rojas, de los cuales apenas más de 45.000 pertenecerían a las tropas de línea. El probable desenlace de un choque entre las dos fuerzas enfrentadas de este modo apenas admite duda.

Se objetará que Francia no podría equipar y enviar 100.000 hombres a través del Canal sin que ello se supiera. Puede ser; pero Inglaterra no sabría adónde se dirigiría el golpe. Naturalmente, se preocuparía por la seguridad de sus posesiones en la costa del Mediterráneo e intentaría reforzar sus guarniciones allí, para que bajo el pretexto de un ataque a Londres no se ocultaran otras intenciones sobre Malta y Gibraltar. Inglaterra enviaría a estos puntos 20.000 o 30.000 soldados con algunos buques de la flota del Canal, y éstos no serían «voluntarios», de modo que a estos últimos les correspondería esencialmente la tarea de oponer resistencia al enemigo en la metrópoli. Algunos autores eminentes declaran que incluso la toma de Londres por asalto sería, a fin de cuentas, menos perjudicial para Inglaterra que su expulsión de Malta y Gibraltar.

Pero se alegará que el mero anuncio de un peligro nacional bastaría para levantar a todos los británicos del país, desde los montes Cheviot hasta Cornualles, y arrojar al mar al invasor. Esto es plausible. Sin embargo, la experiencia nos enseña que —por fuerte que sea el patriotismo de las masas— el hecho de que, en general, no posean armas y, si las tuvieran, no supieran usarlas, reduce considerablemente el valor de su capacidad de intervención. Los garrotes y las horcas pueden ser armas sumamente peligrosas contra seres humanos en los Seven Dials <barrio pobre de Londres> o en las provincias, pero sería necio suponer que son invencibles cuando se trata de rechazar a los zuavos. También puede dudarse seriamente de que las clases medias, que forman casi exclusivamente las tropas de voluntarios, estuvieran tan dispuestas a acudir al llamamiento a la revista, si los franceses estuvieran en su isla natal, como lo están cuando se las invita a recibir las felicitaciones de Su Majestad. En todo caso, no es más absurdo admitir la posibilidad de que un ejército de invasión pudiera ascender a 150.000 hombres, que suponer que se podrían reunir 120.000 voluntarios, cuando una cordial invitación del Palacio de Buckingham, después de un reclutamiento de doce meses, no ha logrado reunir más de 18.300.

Como se han expresado algunas dudas acerca de las tropas efectivamente pasadas revista en Hyde Park, citamos un artículo del *Manchester Guardian* sobre el desfile del segundo día. El corresponsal particular a quien se hace referencia es el señor Tom Taylor, amigo íntimo y de confianza del coronel McMurdo:

«Nuestro corresponsal particular, como recordarán nuestros lectores, ha cifrado el número, según el testimonio oficial del coronel McMurdo, en 18.300, lo que es algo menos que la cifra indicada en el cálculo de Sir John Burgoyne. Pero la actitud marcial de los voluntarios causó evidentemente en Sir John una impresión más fuerte que su mero número».

Al estimar las fuerzas que probablemente podrían reunirse para enfrentarse a invasores, hemos hecho, deliberadamente, un cálculo muy generoso en favor de Gran Bretaña. Nuestras estadísticas del ejército regular presuponen apto a todo hombre cuyo nombre figure en las listas militares, ya sea que esté enfermo o sano. La milicia y los voluntarios se han contabilizado con una fuerza de 115.000 hombres, lo que quienes están bien informados en este terreno podrían considerar exagerado. La reconocida capacidad de los oficiales de las tropas francesas, la excelente disciplina del ejército francés, la superioridad general de la táctica francesa y, por otro lado, la probada estupidez de muchos de los más altos oficiales del ejército inglés, el negligente aprovisionamiento de las tropas regulares y los voluntarios (un regimiento de milicia reclutado tenía, en mayo de este año, cinco semanas después de haberse efectuado el alistamiento, todavía 135 individuos descalzos), incluso la admitida inferioridad del conjunto de un ejército combatiente inglés frente al de uno francés —todo esto no ha sido tomado en consideración, aunque se trata de factores sumamente importantes al discutir el asunto.

Ante estos hechos, parece seguro que, si Napoleón desembarcase mañana con 150.000 o incluso solo 100.000 hombres en un puerto de Inglaterra hábilmente escogido, podría «asaltar Londres» y escapar a la «aniquilación» que, según la reciente afirmación de un periódico londinense, sería su inevitable destino si «pusiera su pie con intención hostil en suelo anglosajón».