Friedrich Engels

Caballería

Escrito entre principios de marzo y aproximadamente el 21 de junio de 1858.

Del inglés.

["The New American Cyclopædia", tomo IV]

Caballería
(francés cavalerie, de cavalier = jinete, de cheval = caballo): cuerpo de tropas montadas. El uso del caballo para montar y la introducción de tropas montadas en los ejércitos procedió naturalmente de aquellos países donde el caballo era originario y donde el clima y el crecimiento de pastos favorecían el desarrollo de todas sus cualidades físicas. Mientras que en Europa y en el Asia tropical el caballo degeneraba pronto en un animal tosco o en un poni de crecimiento atrofiado, la cría en Arabia, Persia, Asia Menor, Egipto y la costa norte de África producía gran belleza, rapidez, docilidad y resistencia. Sin embargo, el caballo parece haber sido utilizado al principio solo como animal de tiro; al menos, en la historia militar, el carro de guerra aparece mucho antes que el jinete armado. En los monumentos egipcios se ven muchos carros de guerra, pero, con una única excepción, ningún jinete; y esa excepción data probablemente de la época romana. Pero no cabe duda de que los egipcios poseían una caballería numéricamente fuerte al menos varios siglos antes de la conquista del país por los persas; el comandante de esta arma se menciona más de una vez entre los funcionarios más importantes de la corte. Muy probablemente los egipcios conocieron la caballería durante su guerra con los asirios, pues en los monumentos asirios se representan a menudo jinetes, y su muy temprana utilización en los ejércitos asirios en la guerra ha sido comprobada con certeza. También la silla de montar parece provenir de ellos. En las esculturas más antiguas, el soldado cabalga sobre el lomo desnudo del animal; en una época posterior encontramos una especie de almohadilla o cojín, y finalmente una silla alta, semejante a la que hoy se usa en todo el Oriente.

Los persas y los medos eran, al entrar en la historia, pueblos de jinetes. Aunque conservaron el carro de guerra e incluso le dejaron la primacía, heredada de tiempos antiguos, sobre el arma más joven, la caballería, esta adquirió, gracias a la gran fuerza numérica de los jinetes, una importancia que nunca había tenido en ejércitos anteriores. La caballería de los asirios, egipcios y persas era la misma que aún predomina en el Oriente y que hasta tiempos muy recientes se empleó sin excepción en el norte de África, Asia y Europa oriental, a saber, la caballería irregular.

Pero cuando los griegos, mediante cruces con las razas orientales, hubieron mejorado sus caballos hasta hacerlos aptos para fines de caballería, empezaron a organizar esta arma conforme a un nuevo principio. Ellos son los creadores tanto de la infantería regular como de la caballería regular. Formaron las masas de guerreros en unidades sólidas, los armaron, los equiparon convenientemente y les enseñaron a actuar conjuntamente, a moverse en filas y líneas, a mantenerse unidos en una formación táctica determinada y a arrojar así todo el ímpetu de su masa concentrada y en avance sobre un punto preciso del frente enemigo. Organizados de esta forma, se mostraron superiores en todas partes a las masas indisciplinadas, torpes y desenfrenadas que los asiáticos lanzaban contra ellos. Hasta el momento en que los propios persas formaron una caballería de tipo más regular, no conocemos ningún ejemplo de combate de la caballería griega contra jinetes persas; pero no puede caber duda de que el resultado habría sido el mismo que en un encuentro de la infantería de ambos pueblos. La caballería fue organizada al principio solo por los pueblos griegos dedicados a la cría caballar, por ejemplo, los tesalios y los beocios; pero muy poco después, los atenienses crearon, junto a arqueros montados para el servicio de avanzadas y para escaramuzar, también una unidad de caballería pesada. Los espartanos también habían formado con la flor de su juventud una guardia de corps montada, pero no confiaban en la caballería y, por ello, en el combate la hacían desmontar para luchar como infantería.

Los persas aprendieron de los griegos de Asia Menor, así como de los mercenarios griegos que servían en su ejército, la formación de caballería regular, y sin duda una parte considerable de la caballería persa que combatió contra Alejandro Magno estaba más o menos adiestrada para actuar de manera regular en destacamentos cerrados.

Sin embargo, no podían rivalizar con los macedonios. En este pueblo, montar a caballo era parte indispensable de la educación de los jóvenes nobles, y la caballería ocupaba en su ejército un lugar preeminente. La

caballería de Filipo y de Alejandro estaba formada por la nobleza macedonia y tesalia, así como por algunos escuadrones reclutados en la Grecia propiamente dicha. Se componía de jinetes pesados —cataphractae—, armados con casco, coraza, grebas y lanza. Por lo general atacaba en formación cerrada, en columna rectangular o en cuña, a veces también en línea. La caballería ligera, compuesta por tropas auxiliares, era más o menos irregular y servía, como hoy los cosacos, para el servicio de avanzadas y para escaramuzar.

La batalla del Gránico (334 a.n.e.) ofrece el primer ejemplo de un encuentro en el que la caballería desempeñó un papel decisivo. La caballería persa estaba desplegada a distancia de ataque delante de los vados del río. Tan pronto como las cabezas de columna de la infantería macedonia hubieron cruzado el río, y antes de que pudieran desplegarse, la caballería persa se arrojó sobre ellas y las empujó impetuosamente de vuelta al río. Esta maniobra, repetida varias veces con pleno éxito, demuestra que los persas podían oponer a los macedonios una caballería regular. Para sorprender a la infantería precisamente en el momento de su mayor debilidad, es decir, cuando pasa de una formación táctica a otra, la caballería debe estar firmemente sujeta y completamente bajo el dominio de sus jefes. Las tropas irregulares no son capaces de ello. Ptolomeo, que mandaba la vanguardia del ejército de Alejandro, no pudo avanzar hasta que los jinetes pesados macedonios hubieron vadeado el río y atacado a los persas en el flanco. Siguió una larga lucha, pero al fin los jinetes persas fueron puestos en fuga, porque estaban dispuestos en una sola línea sin reservas y porque finalmente fueron abandonados por los griegos asiáticos de su ejército.

La batalla de Arbela (331 a.n.e.) fue la más gloriosa para la caballería macedonia. Alejandro dirigió personalmente la caballería macedonia, que formaba el extremo del ala derecha de su orden de batalla, mientras que la caballería tesalia se situaba en la izquierda. Los persas intentaron envolverlo; pero en el momento decisivo, Alejandro hizo avanzar tropas frescas para, a su vez, envolver a los persas, que mientras tanto habían dejado un claro entre su ala izquierda y el centro. Alejandro se precipitó de inmediato en ese claro, separó el ala izquierda del resto del ejército, la arrolló completamente y la persiguió durante una distancia considerable. Cuando después se le pidió a Alejandro que acudiera en ayuda de su propia ala izquierda, amenazada, reunió su caballería en muy poco tiempo, la condujo por detrás del centro del enemigo y atacó el ala derecha de este por la espalda. Con ello la batalla estaba ganada, y desde aquel día Alejandro figura entre los más grandes generales de caballería de todos los tiempos. Como coronación de esta hazaña, su caballería persiguió al enemigo en fuga con tal ímpetu que su vanguardia se hallaba al día siguiente a 75 millas del campo de batalla.

Es muy interesante constatar que los principios generales de la táctica de caballería se dominaban entonces tan bien como hoy. Atacar a la infantería en su formación de marcha o durante un cambio de formación; atacar a la caballería por principio en los flancos; aprovechar todo claro en la línea enemiga, precipitándose en él y girando luego a derecha o izquierda para coger por el flanco y la espalda a las tropas situadas junto a ese claro; explotar una victoria mediante la persecución rápida e implacable del enemigo derrotado: estas reglas figuran entre las primeras e imprescindibles que todo oficial de caballería debe aprender hoy. Después de la muerte de Alejandro, no volvemos a oír hablar de aquella excelente caballería de Grecia y Macedonia. En Grecia predominó de nuevo la infantería; también en Asia y en Egipto la caballería decayó pronto.

Los romanos nunca fueron jinetes. La reducida caballería perteneciente a las legiones prefería luchar a pie. Sus caballos eran de calidad inferior, y los hombres no sabían montar.

Sin embargo, en el sur del Mediterráneo se creó una caballería que no solo igualó a la de Alejandro, sino que incluso la eclipsó. Los generales cartagineses Amílcar y Aníbal habían logrado, junto a sus jinetes irregulares númidas, formar una caballería regular de primera clase y crear con ello un arma que les aseguraba la victoria casi en todas partes. Los bereberes del norte de África, al menos los de las llanuras, siguen siendo hasta el día de hoy un pueblo de jinetes, y el magnífico caballo bereber, que llevó a los guerreros de Aníbal con una rapidez y vehemencia hasta entonces desconocidas contra las profundas masas de la infantería romana, lleva todavía hoy a los mejores regimientos de toda la caballería francesa, los chasseurs d'Afrique, y es reconocido por ellos como el mejor caballo de guerra de todos. La infantería cartaginesa era muy inferior a la romana, incluso después de haber sido adiestrada durante mucho tiempo por sus dos grandes comandantes; no habría tenido la menor oportunidad en la lucha contra las legiones romanas, si no hubiera sido apoyada por aquella caballería, gracias a la cual y solo a ella pudo Aníbal mantenerse dieciséis años en Italia. Cuando esta caballería fue aniquilada, no por la espada del enemigo, sino por la constante

Agotado por tantas campañas, no pudo ya sostenerse en Italia. Lo común a las batallas de Aníbal y de Federico el Grande es que, en la mayoría de los casos, la caballería venció a una infantería de primera clase; jamás realizó la caballería hazañas tan gloriosas como bajo estos dos grandes generales. No sabemos con exactitud de qué pueblo ni según qué principios tácticos formaron Amílcar y Aníbal su caballería regular. Pero como su caballería ligera númida se distingue siempre claramente de la caballería pesada o regular, podemos concluir que esta última no estaba compuesta por tribus bereberes. Muy probablemente pertenecían a ella muchos mercenarios extranjeros y algunos cartagineses, pero la gran masa estaba formada sin duda por españoles; pues la caballería regular se había organizado en España, e incluso en tiempos de César formaban parte de la mayoría de los ejércitos romanos jinetes españoles. El hecho de que Aníbal conocía bien la civilización griega y de que antes de su época habían servido bajo la bandera cartaginesa mercenarios y aventureros griegos apenas deja lugar a dudas de que la organización de la caballería pesada griega y macedonia fue la base de la cartaginesa. Ya el primer encuentro en Italia demostró la superioridad de la caballería cartaginesa. En el Tesino (218 a.n.e.), el cónsul romano Publio Escipión, durante una exploración, se topó con su caballería e infantería ligera con la caballería cartaginesa, que bajo el mando de Aníbal perseguía propósitos similares. Aníbal atacó de inmediato. La infantería ligera romana formó la primera línea, la caballería la segunda. La caballería pesada cartaginesa se abalanzó sobre la infantería, la dispersó y luego se precipitó de frente sobre la caballería romana, mientras los jinetes irregulares númidas la atacaban por el flanco y la retaguardia. Fue una batalla breve. Los romanos lucharon con valor, pero no tenían perspectiva alguna de éxito. No sabían montar; sus propios caballos los dominaban; espantados por la fuga de las tropas ligeras romanas, que eran arrojadas sobre la caballería y buscaban protección entre ella, muchos caballos derribaron a sus jinetes y rompieron el orden de batalla. Otros jinetes, que no confiaban en su propia destreza ecuestre, fueron lo bastante prudentes como para desmontar e intentaron combatir como infantería. Pero ya estaban los jinetes pesados cartagineses en medio de ellos, mientras los funestos númidas rodeaban al galope la masa confusa y abatían a todo fugitivo que se apartaba de ella. Los romanos sufrieron pérdidas considerables y el propio Publio Escipión resultó herido.

En el Trebia, Aníbal logró inducir a los romanos a cruzar el río, de modo que tuvieron que combatir con este obstáculo a sus espaldas. Apenas lo habían cruzado, cuando Aníbal avanzó contra ellos con todas sus tropas y los forzó a la batalla. Como los cartagineses, los romanos tenían su infantería en el centro, pero frente a las dos alas romanas formadas por la caballería, Aníbal situó sus elefantes y empleó su caballería para desbordar y envolver ambas alas del adversario. Justo al comienzo de la batalla, la caballería romana, envuelta de este modo y superada en número, fue completamente derrotada; pero la infantería romana hizo retroceder al centro cartaginés y ganó terreno. La caballería cartaginesa victoriosa la atacó entonces de frente y por el flanco; obligó a la infantería romana a renunciar a seguir avanzando, pero no pudo destrozarla. Como Aníbal conocía la solidez de la legión romana, había enviado a 1.000 jinetes y 1.000 infantes escogidos bajo el mando de su hermano Magón por un rodeo a sus espaldas. Estas tropas frescas atacaron ahora, y lograron romper la segunda línea de los romanos; pero la primera línea, 10.000 hombres, se mantuvo compacta, se abrió paso en cerradas filas a través del enemigo y marchó río abajo hacia Placentia, donde lo cruzó sin ser molestada.

En la batalla de Cannas (216 a.n.e.), los romanos tenían 80.000 infantes y 6.000 jinetes; los cartagineses, en cambio, 40.000 infantes y 10.000 jinetes. La caballería del Lacio formaba el ala derecha romana, que se extendía a lo largo del Áufido; la caballería de los aliados itálicos estaba en el ala izquierda, mientras que la infantería constituía el centro. También Aníbal situó su infantería en el centro, cuyas dos alas formaban los contingentes celtas y españoles, mientras que junto a ellos, algo más atrás, se apostó su infantería africana, equipada y organizada ahora según el modelo romano. De su caballería, formó a los númidas en el ala derecha, donde la llanura abierta les permitía, gracias a su movilidad y rapidez superiores, eludir los ataques de la caballería pesada itálica que tenían enfrente, mientras que toda la caballería pesada bajo el mando de Asdrúbal estaba desplegada en el ala izquierda, junto al río. En el ala izquierda de los romanos, los númidas pusieron en aprietos a la caballería itálica, pero precisamente por ser una caballería irregular no pudieron romper el firme orden de los ítalos mediante ataques regulares. En el centro, la infantería romana pronto hizo retroceder a celtas y españoles, y se formó luego en una columna en forma de cuña para atacar a la infantería africana. Esta, sin embargo, pivotó hacia adentro, atacó en línea a la pesada masa y rompió así su embestida; a partir de entonces la batalla empezó a estancarse. Pero entretanto, la caballería pesada de Asdrúbal había preparado la derrota de los romanos. Tras haber atacado con ímpetu a la caballería romana del ala derecha, la dispersó después de una enconada resistencia, envolvió el centro romano como Alejandro en Arbela, cayó sobre la retaguardia de la caballería itálica, la destrozó por completo, la abandonó a los númidas como presa fácil y se formó para un ataque general contra los flancos y la retaguardia de la infantería romana. Esto trajo la decisión. Atacada por todos lados, la pesada masa cedió, se desplegó, fue rota y sucumbió. Jamás un ejército había sido tan completamente aniquilado. Los romanos perdieron 70.000 hombres; de su caballería, solo escaparon 70 jinetes. Los cartagineses perdieron apenas 6.000 hombres, dos tercios de los cuales correspondieron a los contingentes celtas, que tuvieron que soportar el choque del primer ataque de las legiones. De los 6.000 jinetes de la caballería regular de Asdrúbal, que había ganado toda la batalla, no cayeron ni resultaron heridos más de 200.

La caballería romana de épocas posteriores no fue mucho mejor que la de las guerras púnicas. Estaba agregada en pequeños destacamentos a las legiones y jamás formó un arma independiente. Aparte de esta caballería de las legiones, en tiempos de César había mercenarios montados españoles, celtas y germanos, todos de carácter más o menos irregular. Ninguna caballería al servicio de Roma realizó jamás hazañas dignas de mención; esta arma fue tan descuidada e ineficaz que incluso los irregulares partos del Jorasán fueron siempre extremadamente temidos por los ejércitos romanos.

En la mitad oriental del Imperio, sin embargo, la vieja pasión por los caballos y el arte de la equitación conservó su influencia, y Bizancio siguió siendo, hasta la conquista por los turcos, el gran mercado de caballos y la escuela de equitación de Europa. Por eso vemos que, durante el efímero renacimiento del Imperio bizantino bajo Justiniano, su caballería se hallaba en un nivel relativamente alto, y se dice que el eunuco Narsés derrotó en la batalla de Capua, en el año 554, a los invasores germánicos en Italia principalmente con ayuda de esta arma.

El surgimiento de una aristocracia de origen germánico ávida de conquistas en todos los países de Europa Occidental condujo a una nueva época en

la historia de la caballería. La nobleza se volcó en todas partes hacia la caballería y formó, bajo la denominación de acorazados (gens d'armes), una tropa montada del tipo más pesado, en la que no solo los jinetes, sino también los caballos iban blindados con arneses metálicos. La primera batalla en la que apareció una caballería semejante fue la de Poitiers, donde Carlos Martel rechazó en 732 la marea de la invasión árabe. La caballería franca bajo Eudes, duque de Aquitania, rompió las filas de los moros y tomó su campamento. Pero una tropa así no era apta para la persecución, y los árabes pudieron, por tanto, retirarse sin ser molestados a España bajo la protección de su infatigable caballería irregular. Esta batalla es el comienzo de una serie de guerras en las que la maciza pero pesada caballería regular de Occidente combatió con éxito variable contra los móviles irregulares de Oriente. Durante casi todo el siglo X, los caballeros alemanes cruzaron las espadas con los salvajes jinetes húngaros y los derrotaron de forma aplastante en Merseburgo, en 933, y en el Lech, en 955, gracias a su cerrado orden de batalla. La caballería española combatió durante varios siglos a los moros que habían invadido su país y finalmente los venció. Pero cuando los "caballeros pesados" occidentales trasladaron, durante las Cruzadas, el teatro de guerra a la patria oriental de sus adversarios, fueron a su vez derrotados y, en la mayoría de los casos, completamente aniquilados; ni ellos ni sus caballos pudieron soportar el clima, las marchas increíblemente largas y la falta de alimento y forraje adecuados.

A estas Cruzadas siguió una nueva invasión de jinetes orientales en Europa: la de los mongoles. Tras haber asolado Rusia y las provincias polacas, en 1241 se toparon en Wahlstatt, en Silesia, con un ejército unido polaco y alemán. Después de un largo combate, los asiáticos vencieron a los extenuados caballeros acorazados, pero la victoria fue comprada tan cara que quebrantó la fuerza de los invasores. Los mongoles no avanzaron más, pronto dejaron de ser peligrosos a causa de sus disensiones internas y fueron rechazados.

Durante toda la Edad Media, la caballería siguió siendo el arma principal de todos los ejércitos; entre los pueblos orientales, la caballería ligera irregular había ocupado esta posición desde siempre; entre los pueblos de Europa Occidental, en esta época, la caballería pesada regular formada por la caballería feudal fue el arma que decidió cada batalla. Esta posición preeminente de los montados no se derivó tanto de su propia excelencia —pues los irregulares de Oriente eran incapaces de un combate disciplinado, y los regulares de Occidente eran en sus movimientos increíblemente pesados—

No se debió a defecto alguno del dispositivo feudal, sino que fue en primer lugar una consecuencia de la mala calidad de la infantería. Tanto asiáticos como europeos despreciaban esta arma; se componía de aquellos que no podían permitirse un caballo, es decir, principalmente de esclavos y siervos. Las tropas de a pie no tenían organización propia; sin armadura, con pica y espada como únicas armas, podían aquí y allá, gracias a su formación profunda, resistir los ataques salvajes pero indisciplinados de los jinetes orientales, pero eran arrolladas sin remedio por los invulnerables caballeros de Occidente. La única excepción la constituía la infantería inglesa, cuya fuerza descansaba en su arma terrible, el arco largo. La proporción numérica de la caballería europea de aquella época no era ciertamente tan grande, en relación con el resto del ejército, como lo sería pocos siglos después o incluso como lo es hoy. Los caballeros no eran muy numerosos, y podemos constatar que en muchas grandes batallas no participaron más de 800 o 1.000. Sin embargo, bastaban por lo general para acabar con cualquier número de infantes, tan pronto como lograban batir a los caballeros enemigos. Habitualmente, estos caballeros combatían en línea, en una sola fila; la fila de detrás la formaban los escuderos, que por lo común llevaban una armadura más incompleta y menos pesada. Una vez que estas líneas habían penetrado en las filas del adversario, se disolvían pronto en combatientes individuales, y la batalla se decidía en el combate inmediato, hombre contra hombre. Más tarde, cuando se introdujeron gradualmente las armas de fuego, se adoptaron formaciones profundas, generalmente en cuadro; pero para entonces los días del estamento de los caballeros estaban ya contados.

Durante el siglo XV no sólo se introdujo la artillería en el campo de batalla y se armó con mosquetes a una parte de la infantería —los tiradores de la época—, sino que cambió el carácter de la infantería en general. Esta arma pasó a componerse ahora mediante el reclutamiento de mercenarios que hacían del servicio de guerra su profesión. Los lansquenetes alemanes <Landsknechte: en la "New American Cyclopædia" en alemán> y los suizos fueron tales soldados profesionales, y muy pronto introdujeron formaciones más regulares y movimientos tácticos. En cierto sentido revivió la antigua falange doria y macedonia; un casco y una coraza protegían en cierta medida a los soldados contra la lanza y el sable de la caballería; cuando la infantería suiza batió efectivamente a la caballería francesa en Novara (1513), para aquellos jinetes, valientes pero torpes, no hubo ya lugar. Tras la sublevación de los Países Bajos contra España, encontramos por tanto una nueva clase de caballería, los Reiter alemanes <Reiter: en la "New American Cyclopædia" en alemán> (reitres entre los franceses), que, al igual que la infantería, se reclutaban mediante alistamiento voluntario y estaban armados con casco y coraza, espada y pistolas. Eran tan pesados como los coraceros actuales, pero mucho más ligeros que los caballeros. Pronto demostraron su superioridad sobre los pesados caballeros. Éstos desaparecieron entonces, y con ellos la lanza; la espada y las armas de fuego cortas constituyeron desde ese momento el armamento general de la caballería.

Hacia la misma época (finales del siglo XVI) se introdujo la tropa híbrida de los dragones, primero en Francia y luego en los demás países de Europa. Armados con mosquetes, debían combatir, según las circunstancias, como infantería o como caballería. Un cuerpo similar, con el nombre de dimachae, había formado Alejandro Magno, pero hasta entonces no había sido imitado. Los dragones del siglo XVI se mantuvieron más tiempo, pero hacia mediados del siglo XVIII habían perdido en todas partes, salvo en el nombre, su carácter híbrido y eran empleados generalmente como caballería. La característica más importante de su formación era que, como primera tropa regular de caballería, ya no llevaban ningún tipo de protección corporal. El zar Nicolás de Rusia intentó de nuevo, en gran escala, crear dragones verdaderamente híbridos; pero pronto se comprobó que ante el enemigo debían ser empleados siempre como caballería, y por ello Alejandro II los transformó muy pronto en caballería ordinaria, que, al igual que los húsares o los coraceros, renunciaba a combatir desmontada.

Mauricio de Orange, el gran general holandés, formó por primera vez a sus Reiter <Reiter: en la "New American Cyclopædia" en alemán> de manera semejante a nuestra actual disposición táctica. Les enseñó a ejecutar ataques y maniobras tácticas en secciones separadas y en más de una fila, a girar, a detenerse, a formar columna y línea, y a cambiar de frente en escuadrones y pelotones separados sin caer en desorden. De este modo, un combate de caballería ya no se decidía por un solo ataque de toda la masa, sino por ataques sucesivos de distintos escuadrones y líneas que se apoyaban mutuamente. La caballería de Mauricio de Orange se formaba generalmente con una profundidad de 5 filas. En otros ejércitos combatía en formaciones profundas, y donde se empleaba la formación en línea, ésta era todavía de 5 a 8 filas.

El siglo XVII, que acabó definitivamente con los costosos caballeros, aumentó la fuerza numérica de la caballería en una medida enorme. En ningún ejército fue jamás tan grande la proporción de esta arma; en la Guerra de los Treinta Años, cada ejército se componía por lo general de dos quintos hasta casi la mitad de caballería, y en casos aislados había dos jinetes por cada infante. Gustavo Adolfo se sitúa a la cabeza de los comandantes de caballería de aquella época. Sus tropas montadas estaban compuestas por coraceros y dragones, combatiendo estos últimos casi siempre como caballería. También sus coraceros eran mucho más ligeros que los del emperador y pronto demostraron su indiscutible superioridad. La caballería sueca se formaba en 3 filas; a diferencia de los coraceros de la mayoría de los ejércitos, cuyo arma principal era la pistola, tenía orden de no perder tiempo disparando, sino de atacar al enemigo con el sable en la mano. En esta época, la caballería, que durante la Edad Media se situaba generalmente en el centro, volvió a ser colocada, como en la Antigüedad, en las alas del ejército, formada allí en 2 líneas.

En Inglaterra, la guerra civil hizo surgir dos excelentes jefes de caballería. El príncipe Ruperto, en el bando realista, poseía ciertamente el «arrojo» de un general de caballería, pero casi siempre se dejaba arrastrar demasiado, perdía entonces el dominio sobre su caballería y quedaba tan prendido de lo que ocurría inmediatamente ante él, que el general que llevaba dentro quedaba siempre rezagado tras el «audaz dragón». Del otro lado, Cromwell, un general mucho mejor, que poseía el mismo arrojo allí donde era necesario, mantenía a sus soldados bien en la mano, guardaba siempre una reserva para imprevistos y movimientos decisivos, sabía maniobrar y, por ello, generalmente se alzó con la victoria sobre su fogoso adversario. Ganó las batallas de Marston Moor y Naseby únicamente gracias a su caballería.

En la mayoría de los ejércitos, el arma de fuego siguió siendo en la batalla el principal medio de combate de la caballería, a excepción de los suecos y los ingleses. En Francia, Prusia y Austria se adiestraba a la caballería para utilizar la carabina del mismo modo que la infantería el mosquete. Disparaba desde el caballo en filas, pelotones, líneas, etc., mientras la línea permanecía detenida; cuando era atacada, la caballería avanzaba al trote, se detenía a corta distancia del enemigo, descargaba una salva, desenvainaba el sable y pasaba luego al ataque. El fuego eficaz de las largas líneas de infantería había minado toda confianza en un ataque de la caballería, que ya no estaba protegida por la armadura; como consecuencia de ello, se descuidó la equitación, los movimientos no podían ejecutarse a aires rápidos, pero incluso al paso lento se producían frecuentes accidentes de jinetes y caballos. Durante la instrucción, la caballería permanecía en su mayor parte desmontada, y sus oficiales no tenían la menor idea de cómo debía conducirse la caballería en la batalla. Ciertamente, los franceses cargaban a veces a arma blanca, y Carlos XII de Suecia, fiel a la tradición nacional, atacaba siempre a todo galope, sin disparar, dispersando a caballería e infantería y conquistando en algunos casos incluso débiles fortificaciones de campaña.

Sólo a Federico el Grande y a su gran general de caballería Seydlitz estaba reservado transformar por completo la tropa montada y llevarla a la cima de la gloria. La caballería prusiana —soldados pesados sobre caballos toscos, adiestrada únicamente en el tiro, tal como el padre de Federico <Friedrich Wilhelm I.> la había dejado a su hijo— fue batida en un santiamén en Mollwitz (1741). Pero apenas terminó la primera Guerra de Silesia, Federico reorganizó por completo a su caballería. El tiro y el servicio a pie fueron relegados a segundo plano y se prestó mayor atención a la equitación.

«Todos los movimientos tácticos deben ejecutarse con la mayor rapidez, todos los giros en galope corto. Los oficiales de caballería han de educar a la tropa ante todo como jinetes consumados; los coraceros deben ser tan ágiles y diestros a caballo como un húsar y estar bien familiarizados con el manejo del sable.»

Los hombres debían montar todos los días. Los ejercicios principales eran la equitación en terreno difícil, la superación de obstáculos y la esgrima a caballo. En el ataque se prohibía por completo el uso de las armas de fuego hasta que la primera y la segunda línea enemiga hubieran sido completamente rotas.

«Cada escuadrón que avance al ataque tiene que atacar al enemigo a arma blanca, y ningún comandante, bajo pena de degradación infamante, podrá hacer disparar a sus tropas; los generales de brigada serán responsables de ello. Al avanzar, pasarán primero al trote rápido y finalmente al galope tendido, en orden cerrado; y si atacan de este modo, tiene Su Majestad la certeza de que el enemigo será batido siempre.

Todo oficial de caballería debería recordar siempre que sólo dos cosas son necesarias para batir al enemigo: en primer lugar, atacarlo con la mayor rapidez y la máxima fuerza, y en segundo lugar, envolver su flanco.»

Estos pasajes de las instrucciones de Federico muestran a las claras la transformación completa que introdujo en la táctica de la caballería. Fue excelentemente secundado por Seydlitz, que mandaba constantemente a los coraceros y dragones y formó de ellos tales soldados que —en ímpetu y cohesión en el ataque, en rapidez de las maniobras tácticas, en disposición para los ataques de flanco y en celeridad al reunirse y reformarse después de un ataque— ninguna otra caballería ha igualado jamás a la caballería prusiana de la Guerra de los Siete Años. Los frutos no tardaron en verse. En Hohenfriedberg, el regimiento de dragones de Bayreuth —10 escuadrones— arrolló toda el ala izquierda de la infantería austriaca, dispersó 21 batallones, capturó 66 banderas, 5 cañones e hizo 4.000 prisioneros. Cuando en Zorndorf la infantería prusiana se vio obligada a retirarse, Seydlitz, con 36 escuadrones, batió a la victoriosa caballería rusa y se abalanzó luego sobre la infantería rusa, a la que aniquiló por completo en una gran carnicería. En Roßbach, Striegau, Kesselsdorf, Leuthen y en otras diez batallas, Federico debió la victoria a su excelente caballería.

Cuando estalló la guerra revolucionaria francesa, los austriacos habían adoptado el sistema prusiano, pero los franceses no. La caballería de los franceses había quedado, en efecto, muy desorganizada por la Revolución, y al comienzo de la guerra las nuevas formaciones resultaron casi inservibles. Cuando en los años 1792 y 1793 la buena caballería de ingleses, prusianos y austriacos se enfrentó a las nuevas levas de infantería francesas, estas fueron batidas casi sin excepción. La caballería francesa, que en modo alguno podía medirse con semejantes adversarios, fue mantenida siempre en reserva hasta que, tras algunos años de lucha, hubo mejorado. A partir de 1796, cada división de infantería contó con caballería de apoyo; sin embargo, la totalidad de la caballería francesa fue derrotada en Würzburg (1796) por 59 escuadrones austriacos.

Cuando Napoleón tomó en sus manos los destinos de Francia, hizo cuanto pudo por mejorar la caballería francesa. Se encontró con poco más o menos el peor material imaginable. Los franceses son decididamente los peores jinetes de Europa, y sus caballos, buenos ante el carruaje, no se prestan para la silla. El propio Napoleón no era más que un jinete mediano y apreciaba también poco la equitación en los demás. Con todo, mejoró muchas cosas, y tras el campamento de Boulogne su caballería, provista en gran parte de caballos alemanes e italianos, constituía un adversario nada desdeñable. Por las campañas de 1805 y 1806/1807, su caballería pudo absorber a casi todos los jinetes de los ejércitos austriaco y prusiano; además, el ejército de Napoleón se reforzó en esas campañas con la excelente caballería de la Confederación del Rin y del Gran Ducado de Varsovia. Así se formaron aquellas ingentes masas de jinetes con las que Napoleón operó en 1809, 1812 y en la segunda mitad de 1813, que si bien se calificaban en general de francesas, en su mayor parte estaban compuestas por alemanes y polacos. La coraza, que en el ejército francés había sido completamente suprimida poco antes de la Revolución, fue reintroducida por Napoleón para una parte de la caballería pesada. En todos los demás aspectos, la organización y el equipo permanecieron casi idénticos, aparte de que con sus tropas auxiliares polacas recibió algunos regimientos de caballería ligera armados con lanzas, cuyo uniforme y equipo fueron pronto imitados en otros ejércitos. Sin embargo, el empleo táctico de la caballería fue modificado por él por completo. De acuerdo con el principio de formar divisiones y cuerpos de ejército con todas las tres armas, se adscribió a cada división o cuerpo una parte de la caballería ligera, pero el grueso de esta arma y especialmente toda la caballería pesada se mantuvieron en reserva para asestar un gran golpe decisivo en el momento favorable o, en caso necesario, cubrir la retirada del ejército. Estas masas de caballería, que aparecían súbitamente en un punto determinado del campo de batalla, obraron a menudo de manera decisiva, pero jamás alcanzaron éxitos tan brillantes como los jinetes de Federico el Grande. La causa de ello ha de buscarse, en parte, en la táctica modificada de la infantería, que para sus operaciones elegía principalmente terreno poco despejado y recibía siempre a la caballería formando cuadro; con ello se dificultó a la caballería obtener victorias tan grandes como las que los jinetes prusianos habían conseguido sobre las largas y delgadas líneas de infantería de sus adversarios. Sin embargo, es también indudable que la caballería de Napoleón no era equiparable a la de Federico el Grande y que la táctica de caballería de Napoleón no representaba en todos los casos un progreso respecto a la de Federico. Su mediocre equitación obligaba a los franceses a atacar a una marcha relativamente lenta, al trote o a un galope corto y moderado; solo existen pocos ejemplos de que cargasen a pleno galope. Su gran valor y sus filas cerradas compensaron con frecuencia el ímpetu de ataque contenido, pero a pesar de todo su ataque no era tal que pudiera calificarse hoy de bueno. El viejo sistema de recibir a la caballería enemiga quieta, con la carabina en la mano, fue conservado en muchísimos casos por la caballería francesa, y en cada uno de esos casos fue batida. El ejemplo más reciente lo proporcionó Dannigkow (5 de abril de 1813), donde unos 1.200 hombres de caballería francesa esperaron así un ataque de 400 prusianos y, a pesar de su superioridad numérica, fueron completamente derrotados. Con la táctica de Napoleón, el empleo de grandes masas de caballería se convirtió en una regla tan rígida que no solo se debilitó hasta la más completa inutilidad la caballería divisionaria, sino que Napoleón descuidó también a menudo en esas masas el empleo sucesivo de sus tropas, uno de los principios más importantes de la táctica moderna, que rige incluso más aún para la caballería que para la infantería. Introdujo el ataque de la caballería en columna e incluso formó cuerpos enteros de caballería en una sola columna gigantesca; en tales formaciones, el destacamento de un solo escuadrón o regimiento y todo intento de desplegarse resultaban completamente imposibles. Sus generales de caballería tampoco respondían a las exigencias, e incluso el más brillante entre ellos, Murat, comparado con un Seydlitz solo habría hecho un triste papel.

Durante las guerras de 1813, 1814 y 1815, la táctica de caballería del lado de los adversarios de Napoleón hizo indudables progresos. Aunque se obró en gran medida según el sistema de Napoleón, manteniendo la caballería en grandes masas en reserva y excluyendo así muy a menudo a la mayor parte de la caballería completamente de un combate, se intentó no obstante en una serie de casos regresar a la táctica de Federico. En el ejército prusiano revivió el viejo espíritu. Blücher fue el primero en emplear su caballería con más audacia y en general con éxito. El golpe de mano de Haynau (1813), en el que 20 escuadrones prusianos arrollaron a 8 batallones franceses y capturaron 18 cañones, caracteriza un punto de inflexión en la historia moderna de la caballería y constituye un feliz contraste con la táctica de Lützen, donde los aliados mantuvieron exclusivamente en reserva a 18.000 jinetes hasta que la batalla estuvo perdida, aunque no hubiera podido encontrarse un terreno más favorable para la caballería.

Los ingleses nunca habían adoptado el sistema de formar grandes masas de caballería y obtuvieron por ello muchos éxitos, a pesar de que el propio Napier reconoce que su caballería no era entonces tan buena como la de los franceses. En Waterloo (donde, dicho sea de paso, los coraceros franceses atacaron excepcionalmente a pleno galope), la caballería inglesa fue conducida de modo excelente y en general tuvo éxito, salvo cuando incurrió en su defecto nacional y se sustrajo al mando.

Desde la paz de 1815, la táctica napoleónica ha vuelto a dejar su lugar a la de Federico, aunque se la siguiera conservando en los reglamentos de la mayoría de los ejércitos. Se presta más atención a la equitación, si bien ni de lejos en la medida necesaria. La idea de recibir al enemigo con la carabina en la mano está proscrita; en todas partes rige de nuevo la regla de Federico de que merece la destitución todo comandante de caballería que se deje atacar por el enemigo en vez de atacar él mismo. El galope es de nuevo la marcha en el ataque, y el ataque en columna ha sido sustituido por ataques en líneas sucesivas; al hacerlo, la caballería se desplegaba de modo que fuera posible un ataque de flanco y el conjunto pudiera maniobrar por partes durante el ataque. Pero aún queda mucho por hacer. Mayor atención a la equitación, sobre todo a campo traviesa, mayor adaptación a la silla y a la posición del jinete de caza y, ante todo, reducción de la carga que ha de llevar el caballo, son mejoras que se exigen sin excepción en todos los ejércitos.

Volvámonos ahora, tras la historia de la caballería, a su organización y táctica actuales. El reclutamiento de la caballería, en lo que concierne a los soldados, no se diferencia en líneas generales de la manera en que se reclutan las otras armas en cada país. En algunos Estados, sin embargo, los habitantes de determinados distritos están previstos para este servicio: así, en Rusia, los malorrusos (habitantes de la Pequeña Rusia) y, en Prusia, los polacos. Austria recluta la caballería pesada en los territorios alemanes y en Bohemia, los húsares exclusivamente en Hungría y los ulanos en su mayoría en las provincias polacas. El aprovisionamiento de caballos merece, sin embargo, una atención especial. En Inglaterra, donde toda la caballería no necesita en tiempo de guerra más de 10.000 caballos, el gobierno no tiene dificultad para comprarlos. Pero para asegurar al ejército caballos que no hayan sido uncidos aún y que tengan hasta unos 5 años de edad, se compran potros de tres años, en su mayoría de la cría de Yorkshire, y se mantienen a expensas del Estado en cercados hasta que están en condiciones de ser empleados. El precio pagado por los potros (20 a 25 libras esterlinas) y la abundancia de buenos caballos en el país hacen con seguridad que la caballería británica sea la mejor montada del mundo. En Rusia reina una abundancia de caballos similar, pero la raza es de calidad inferior a la inglesa. Los oficiales de remonta compran los caballos al por mayor en las provincias meridionales y occidentales del Imperio, en su mayoría a tratantes judíos; los no aptos los venden de nuevo y distribuyen los caballos según su color entre los diferentes regimientos (en

en un regimiento ruso todos los caballos son del mismo color). El coronel es considerado, por así decirlo, propietario de los caballos; por una suma fija que se le paga, debe mantener el regimiento en buen estado de monta. Los caballos deben durar 8 años. Antiguamente se obtenían de las grandes yeguadas de Volhynia y Ucrania, donde crecían en completa libertad, pero el adiestramiento para fines de caballería era tan difícil que hubo que desistir. En Austria, los caballos se compran en parte, pero la mayor parte la suministran últimamente las yeguadas del Estado, que cada año pueden entregar más de 5.000 caballos de caballería de cinco años. En caso de una exigencia extraordinaria, un país tan rico en caballos como Austria puede contar con sus mercados interiores. Hace 60 años, Prusia tenía que comprar casi todos sus caballos en el extranjero, pero ahora puede abastecer a toda su caballería, tanto de línea como de Landwehr, con caballos del país. Para la línea, los caballos son comprados a la edad de 3 años por comisarios de remonta y enviados a piquetes hasta que tienen edad suficiente para el servicio; se necesitan 3.500 al año. En caso de movilización de la caballería de la Landwehr, al igual que los hombres, todos los caballos del país pueden ser requisados para el servicio; no obstante, se paga por ellos una indemnización de 40 a 70 dólares. En el país hay tres veces más caballos aptos para el servicio de los que se necesitan. Francia es, de todos los países de Europa, el que peor está dotado de caballos. Aunque a menudo buena e incluso excelente para el tiro, la raza es por lo general inadecuada para la silla. Desde hace tiempo existen yeguadas estatales (haras), pero no con el éxito que tuvieron otras yeguadas. En 1838, estas y los piquetes de remonta vinculados a ellas no pudieron suministrar ni 1.000 caballos comprados o procedentes de la cría estatal. El general Le Roche-Aymon calculaba que en toda Francia no había ni 20.000 caballos aptos para el servicio de caballería de entre 4 y 7 años. Aunque los piquetes y yeguadas han mejorado mucho últimamente, todavía no bastan para abastecer plenamente al ejército. Argelia suministra una excelente raza de caballos de caballería, y los mejores regimientos del ejército, los cazadores de África, son provistos exclusivamente con ellos, mientras que los otros regimientos apenas reciben algunos. En caso de movilización, los franceses se ven, pues, obligados a comprar en el extranjero, a veces en Inglaterra, pero sobre todo en el norte de Alemania, donde no reciben los mejores caballos, aunque cada caballo cuesta casi 100 dólares. Muchos caballos desechados de regimientos de caballería alemanes encuentran el camino hacia las filas de la francesa, y en general, la caballería francesa, con excepción de los cazadores de África, es la peor montada de Europa.

La caballería consta esencialmente de dos clases: la caballería pesada y la caballería ligera. La auténtica característica distintiva de ambas clases son los caballos. Caballos grandes y fuertes no pueden actuar bien junto con caballos pequeños, ágiles y rápidos. Los primeros responden con menos rapidez en el ataque, pero con mayor ímpetu; los segundos actúan más por la velocidad y el ardor de su ataque y, además, son mucho más adecuados para el combate individual y las escaramuzas, para lo cual los caballos pesados y grandes no son ni suficientemente ágiles ni inteligentes. Hasta aquí es necesaria una distinción; pero la moda, la fantasía y la imitación de ciertos trajes nacionales han creado numerosas subdivisiones y variaciones, que no tiene interés mencionar en detalle. La caballería pesada está, en la mayoría de los países, al menos en parte, provista de una coraza, que sin embargo dista mucho de ser a prueba de balas; en Cerdeña, la primera fila lleva lanza. La caballería ligera está armada en parte con sable y carabina, en parte con lanzas. La carabina tiene el cañón liso o rayado. En la mayoría de los casos, al armamento del jinete se añaden pistolas; solo la caballería de los Estados Unidos lleva revólver. El sable es o bien recto o más o menos curvo; el primero más para estocar, el segundo para tajar. La cuestión de si debe darse preferencia a la lanza sobre el sable sigue siendo controvertida. Para el combate cuerpo a cuerpo, el sable es indudablemente más adecuado, y en un ataque, la lanza, aun cuando no sea demasiado larga y pesada para poder manejarla, apenas puede utilizarse; pero en la persecución de la caballería derrotada se ha mostrado sumamente eficaz. Casi todos los pueblos jinetes confían en el sable; incluso el cosaco abandona su lanza cuando tiene que luchar contra los cherqueses, que manejan excelentemente el sable. La pistola es inútil, salvo para un disparo aislado; la carabina no es muy eficaz, incluso con cañón rayado, y nunca tendrá una gran utilidad real hasta que no se introduzca un arma de retrocarga; el revólver, en manos expertas, es un arma peligrosa en el combate cuerpo a cuerpo; pero la reina de las armas para la caballería sigue siendo un buen sable, afilado y manejable.

Además de la silla, el bocado y el jinete armado, el caballo de caballería tiene que llevar una maleta con ropa de reserva, utensilios de campamento, artículos de limpieza y, en campaña, también provisiones para el jinete y forraje para sí mismo. El peso total de esta carga varía en los distintos ejércitos y clases de caballería entre 250 y 300 libras para el equipo pesado de marcha, un peso que parece enorme si se compara con lo que tienen que llevar los caballos de montar civiles. Esta sobrecarga de los caballos es el punto más débil de toda caballería. A este respecto, en todas partes se necesitan grandes reformas. El peso del hombre y del equipo puede y debe reducirse, pero mientras el sistema actual persista, esta carga de los caballos ha de tenerse siempre en cuenta cuando se quiera juzgar la capacidad de la caballería en su rendimiento y resistencia.

La caballería pesada, compuesta por jinetes robustos, pero lo más ligeros posible, sobre caballos fuertes, debe actuar principalmente mediante la fuerza de un ataque cerrado y masivo. Esto requiere fuerza, resistencia y un determinado peso corporal, aunque no debe ser excesivo para que la caballería siga siendo móvil. Ha de ser rápida en sus movimientos, pero no más de lo que se puede conciliar con el mejor orden. Tan pronto como la caballería pesada está formada para el ataque, debe en primer lugar cabalgar de frente; y lo que le salga al paso debe ser barrido por su carga. El jinete individual no necesita saber montar tan bien como en la caballería ligera, pero debe tener su caballo completamente dominado y estar acostumbrado a cabalgar estrictamente de frente y en formación cerrada. Sus caballos, por consiguiente, deben ser menos sensibles a la presión de las piernas, y tampoco deben llevar demasiado adelante los cuartos traseros; deben alargar bien el trote y estar acostumbrados a mantenerse bien agrupados en un galope tendido y ordenado.

La caballería ligera, con hombres más ágiles y caballos más rápidos, tiene que actuar, por el contrario, mediante su rapidez y ubicuidad. Lo que le falta en peso ha de compensarlo con velocidad y actividad. Atacará con el mayor ímpetu; pero cuando parezca favorable, simulará una huida para caer sobre el flanco del enemigo mediante un súbito cambio de frente. La velocidad superior y la aptitud para el combate individual hacen a la caballería ligera especialmente adecuada para la persecución. Sus jefes necesitan una mirada más rápida y mayor presencia de ánimo que los de la caballería pesada. Los hombres, en detalle, deben ser mejores jinetes; deben tener sus caballos completamente en la mano, poder caer desde la parada en pleno galope y detenerse de inmediato en el mismo sitio, girar con rapidez y saltar bien. Los caballos deben ser resistentes y rápidos. Deben ser suaves de boca y reaccionar bien a la presión de las piernas, ser ágiles en el viraje y estar adiestrados particularmente para el galope corto, con los cuartos traseros bien debajo de sí. Además de rápidos ataques de flanco y de retaguardia, emboscadas y persecuciones, la caballería ligera debe realizar la mayor parte del servicio de avanzada y patrulla para todo el ejército; por tanto, la capacidad para el combate individual, cuyo fundamento es el buen arte de la equitación, es uno de sus principales requisitos. En línea, los hombres cabalgan menos apretados para estar siempre preparados para cambios de frente y otras maniobras tácticas.

Los ingleses poseen nominalmente 13 regimientos de caballería ligera y 13 de caballería pesada (dragones, húsares, ulanos: solo los 2 regimientos de la Guardia de Corps son coraceros), pero en realidad, toda su caballería es, por su composición y entrenamiento, caballería pesada, y se diferencia poco entre sí por el tamaño de los soldados y caballos. Para el auténtico servicio de la caballería ligera han empleado siempre soldados extranjeros: alemanes en Europa e irregulares nativos en la India. Los franceses disponen de tres clases: 174 escuadrones de caballería ligera, húsares y cazadores; 120 escuadrones de caballería de línea, ulanos y dragones; 78 escuadrones de caballería de reserva, coraceros y carabineros. Austria tiene 96 escuadrones de caballería pesada, dragones y coraceros, así como 192 escuadrones de caballería ligera, húsares y ulanos. Prusia tiene, en las tropas de línea, 80 escuadrones de caballería pesada, coraceros y ulanos, y 72 escuadrones de caballería ligera, dragones y húsares, a lo que en caso de guerra pueden añadirse 136 escuadrones de ulanos del primer llamamiento de la Landwehr. El segundo llamamiento de la caballería de la Landwehr difícilmente será movilizado por separado. La caballería rusa consta de 160 escuadrones de caballería pesada, coraceros y dragones, y 304 escuadrones de caballería ligera, húsares y ulanos. La formación de un cuerpo de dragones para servicio de caballería e infantería fue abandonada, y los dragones se incorporaron a la caballería pesada. La auténtica caballería ligera de los rusos son, sin embargo, los cosacos, de los cuales siempre tienen de sobra para todo el servicio de avanzada, reconocimiento e irregular de sus ejércitos. En el ejército de los Estados Unidos hay 2 regimientos de dragones, 1 regimiento de tiradores montados y 2 regimientos que se designan como caballería. Se ha recomendado llamar regimientos de caballería a todos estos regimientos. La caballería de los Estados Unidos es, de hecho, una infantería montada.

La unidad táctica en la caballería es el escuadrón, que comprende tantos hombres como un comandante puede mantener bajo control con su voz y mediante su influjo directo durante las maniobras tácticas. La fuerza de un escuadrón oscila entre 100 hombres (en Inglaterra) y 200 hombres (en Francia); la de los demás ejércitos se mueve igualmente dentro de estos límites. Cuatro, seis, ocho o diez escuadrones forman un regimiento. Los regimientos más débiles son los ingleses (de 400 a 480 hombres), los más fuertes los de la caballería ligera austríaca (1.600 hombres). Los regimientos fuertes se vuelven pronto pesados, los demasiado débiles quedan desgastados muy rápidamente en una campaña. Así, la brigada ligera británica, formada en 5 regimientos de 2 escuadrones cada uno, contaba en Balaklava, apenas dos meses después de iniciada la campaña, con apenas 700 hombres, es decir, justo la mitad de un solo regimiento de húsares ruso en pie de guerra. Formaciones especiales son: entre los británicos, la tropa o medio escuadrón, y entre los austríacos, la división o doble escuadrón, un eslabón intermedio que permite a un solo comandante mandar los fuertes regimientos de caballería austríacos.

Hasta la época de Federico el Grande, toda caballería se escalonaba al menos en 3 filas. En 1743, Federico formó por primera vez sus húsares en 2 filas, y en la batalla de Rossbach dispuso su caballería pesada de la misma manera. Después de la Guerra de los Siete Años, esta formación fue adoptada por todos los demás ejércitos y es hoy la única en uso. Para las maniobras tácticas, el escuadrón se subdivide en 4 secciones. La conversión de la línea a la columna abierta de secciones y de la columna de nuevo a la línea constituye la evolución principal y fundamental de todas las maniobras de caballería. La mayoría de las demás evoluciones solo se aplican o bien en la marcha (la marcha de flanco en columnas de a tres, etc.) o bien en casos excepcionales (la columna cerrada en secciones o escuadrones). El empleo de la caballería en la batalla consiste predominantemente en el combate cuerpo a cuerpo; el uso del arma de fuego desempeña en ella solo un papel subordinado; el acero —ya sea el sable o la lanza— es su arma principal, y toda acción de la caballería está orientada al ataque.

Así, el ataque es el criterio para todos los movimientos, maniobras tácticas y posiciones de la caballería. Todo lo que frene el ímpetu del ataque es defectuoso. El ímpetu del ataque se logra concentrando toda la fuerza del jinete y del caballo en el punto culminante, el instante del choque directo con el enemigo. Para conseguir esto, hay que acercarse al adversario con velocidad gradualmente creciente, de modo que los caballos solo emprendan su aire más rápido justo antes de llegar al enemigo. Ahora bien, la ejecución de semejante ataque es probablemente lo más difícil que se puede exigir de la caballería. Es extraordinariamente difícil mantener el orden perfecto y la total cohesión al avanzar al galope en aires cada vez más rápidos, sobre todo cuando el terreno que se ha de franquear no es completamente llano. Aquí se muestra cuán difícil, pero también cuán importante, es cabalgar en línea rigurosamente recta, pues si cada jinete no mantiene su dirección, se produce en las filas un apiñamiento que pronto fluctúa del centro a los flancos y de los flancos al centro; los caballos se excitan y se inquietan, su diferente velocidad y temperamento hacen sentir sus efectos, y pronto toda la línea galopa en una loca confusión y muestra todo menos aquella firme cohesión que por sí sola puede asegurar el éxito. Poco antes de llegar al enemigo, los caballos intentarán naturalmente desbocarse, en lugar de lanzarse contra la masa que tienen delante, quieta o en movimiento; los jinetes deben impedirlo, ya que de lo contrario el ataque fracasará con toda seguridad. Por ello, el jinete no solo ha de poseer la firme resolución de irrumpir en la línea enemiga, sino que también ha de ser dueño absoluto de su caballo. Los reglamentos de los diversos ejércitos contienen reglas diferentes sobre el modo de avanzar de la caballería atacante, pero todos coinciden en un punto: que la línea se mueva, en lo posible, primero al paso, luego al trote, a 300 o 150 yardas del enemigo al galope corto, pasando gradualmente al galope tendido y alcanzando el aire más rápido a 20 o 30 yardas del enemigo. Todos estos reglamentos, sin embargo, están sujetos a numerosas excepciones. La naturaleza del terreno, el tiempo, el estado de los caballos, etc., han de tenerse en cuenta en cada caso práctico.

Cuando en un ataque de caballería contra caballería ambas partes chocan realmente entre sí, lo que es con mucho el caso más insólito en los combates de caballería, los sables tienen poca utilidad durante el choque mismo. Aquí es el ímpetu de una masa lo que hace vacilar y destroza a la otra. El elemento moral, el valor, se transforma aquí inmediatamente en fuerza material; el escuadrón más valeroso continuará avanzando con la mayor confianza en sí mismo, con la máxima resolución, rapidez, conjunto y la mayor cohesión. De ahí proviene que ninguna caballería pueda realizar grandes hazañas si no posee mucha «audacia». Pero tan pronto como las filas de uno de los bandos se deshacen, entran en acción los sables y, con ellos, la destreza ecuestre de cada jinete. Al menos una parte de la tropa victoriosa debe también abandonar su formación táctica para recoger con el sable los frutos de la victoria. Así, el ataque exitoso decide a la vez el combate; pero si la victoria no se explota mediante la persecución y el combate individual, sería relativamente sin valor.

Precisamente esta enorme superioridad del bando que ha conservado su cohesión y formación táctica sobre el que las ha perdido explica por qué a la caballería irregular, por buena y numerosa que sea, le resulta imposible derrotar a la caballería regular. No cabe duda de que, en lo que respecta a la destreza individual en la equitación y el combate con sable, ninguna caballería regular ha igualado jamás a los irregulares de los pueblos jinetes de Oriente, y sin embargo, la peor caballería regular europea los ha batido siempre en el campo de batalla. Desde la derrota de los hunos en Châlons (451) hasta la rebelión de los cipayos de 1857, no hay un solo ejemplo en que los excelentes jinetes irregulares de Oriente hayan batido a un solo regimiento de caballería regular en un ataque propiamente dicho. Sus enjambres desordenados, que atacan sin acción concertada ni cohesión, no pueden impresionar a una masa compacta y en rápido movimiento. Su superioridad solo puede manifestarse cuando la formación táctica de los regulares se ha deshecho y se entabla el combate individual; pero la embestida furiosa de los irregulares contra sus adversarios no puede conducir a ese resultado. Solo cuando la caballería regular, en la persecución, ha abandonado su formación en línea y se ha enfrascado en combates individuales, ha ocurrido que los irregulares la hayan derrotado, volviendo grupas de repente y aprovechando el momento favorable; de hecho, ya desde las guerras de los partos y los romanos, toda la táctica de los irregulares contra los regulares se ha limitado casi exclusivamente a esta artimaña de guerra. No hay mejor ejemplo de ello que los dragones de Napoleón en Egipto, que, sin duda la peor caballería regular de la época, derrotaron siempre a los mamelucos, los más brillantes de todos los jinetes irregulares. Napoleón decía de ellos que 2 mamelucos serían decididamente superiores a 3 franceses; 100 franceses equivaldrían a 100 mamelucos; 300 franceses derrotarían por lo general a 300 mamelucos, y 1.000 franceses batirían en todo caso a 1.500 mamelucos.

Pero por grande que sea la superioridad de la tropa de caballería que mejor conserve su formación táctica en un ataque, es evidente que incluso tal tropa ha de caer en bastante desorden después de un ataque victorioso. El éxito del ataque no es igual en todos los puntos; muchos jinetes se ven inevitablemente envueltos en combates individuales o persiguen al adversario; solo una parte relativamente pequeña, que generalmente pertenece a la segunda fila, permanece aproximadamente en línea. Este es el instante más peligroso para la caballería; un pequeño destacamento de soldados frescos, arrojado contra ella, le arrebataría la victoria. El criterio de una verdadera buena caballería es, por tanto, la rapidez en reunirse después de un ataque, y justamente en este punto muestran deficiencias no solo las tropas bisoñas, sino también las ya experimentadas y valientes. La caballería británica, que monta los caballos más fogosos, se sustrae con particular facilidad al mando y en casi todas partes ha pagado un alto precio por ello (por ejemplo, en Waterloo y Balaklava).

Cuando se ha tocado reunión, la persecución se confía generalmente a algunas secciones o escuadrones previstos especialmente o por los reglamentos generales para esta tarea, mientras el grueso de las tropas se reorganiza para estar preparado contra todo acontecimiento imprevisto. Pues el desorden después de un ataque, incluso en las filas de los vencedores, incita directamente al adversario a tener siempre una reserva dispuesta para ser enviada adelante en caso de fracaso del primer ataque; por eso siempre ha sido la ley suprema de la táctica de caballería no emplear jamás de una sola vez más de una parte de las tropas disponibles. Este empleo general de reservas explica el carácter cambiante de las grandes batallas de caballería, en las que la oleada de la victoria va y viene y cada bando es batido alternativamente, hasta que las últimas reservas disponibles lanzan al campo el peso de su orden firme contra las masas desorganizadas y en vaivén, y deciden el combate.

Otra circunstancia muy importante es la naturaleza del terreno. Ningún arma depende tanto del terreno como la caballería. Un suelo pesado y blando reduce el galope tendido a galope corto; un obstáculo que un solo jinete franquearía sin dificultad puede descomponer el orden y la cohesión de la línea, y un obstáculo que sería fácil de salvar para caballos frescos hace caer a animales que han estado al trote y al galope sin forraje desde la madrugada. Además, un obstáculo imprevisto, al interrumpir la embestida y provocar un cambio de frente y de formación, puede exponer toda la línea a los ataques de flanco del enemigo. Un ejemplo de cómo no se deben ejecutar las cargas de caballería fue el gran ataque de Murat en la batalla de Leipzig. Formó a 14.000 jinetes en una masa de gran profundidad y se lanzó contra la rusa

Infantería adelante, cuyo ataque contra la aldea de Wachau acababa de ser rechazado. La caballería francesa se aproximó al trote, y a unas 600 u 800 yardas de distancia de la infantería de los aliados pasó a un galope corto; debido al suelo blando, los caballos se fatigaron pronto, y cuando alcanzaron los cuadros de la infantería rusa, el ímpetu del ataque se había agotado. Sólo algunos batallones muy debilitados fueron arrollados. La masa de la caballería pasó al galope junto a los demás cuadros, a través de la segunda línea de infantería, sin causar daño alguno, y se topó finalmente con una serie de estanques y marismas que detuvieron su avance. Los caballos estaban completamente agotados, los jinetes en desorden, los regimientos desorganizados y fuera de mando; en ese estado fueron sorprendidos en los flancos por dos regimientos prusianos y los cosacos de la Guardia —en total, menos de 2.000 hombres— y todos sin excepción fueron obligados a retroceder en completa confusión. En este caso no había ni una reserva para acontecimientos imprevistos, ni se había tenido en cuenta correctamente el paso y la distancia; el resultado fue una derrota.

El ataque puede llevarse a cabo en diferentes formaciones. Los tácticos distinguen el ataque en muraille <en línea recta>, cuando los escuadrones de la línea atacante no tienen ninguna distancia entre sí o ésta es muy pequeña; el ataque con intervalos, en el que los escuadrones se hallan a una distancia de 10 a 20 yardas unos de otros; el ataque en échelon <escalonado por escalones>, en el que los escuadrones avanzan al ataque uno tras otro, comenzando por un ala, y alcanzan por tanto al enemigo no simultáneamente, sino uno después de otro —esta forma puede reforzarse aún mediante un escuadrón en columna abierta en el flanco más extremo, detrás del escuadrón que constituye el primer échelon—, y, por último, el ataque en columna. Esta última forma de ataque se halla en oposición esencial con todas las anteriores, que no son sino variantes del ataque en línea. La línea fue, hasta Napoleón, la forma general y fundamental de todas las cargas de caballería. Durante todo el siglo XVIII, sólo encontramos un caso en que la caballería atacó en columna, a saber, cuando tuvo que abrirse paso a través de un enemigo que la rodeaba. Pero Napoleón, cuya caballería se componía ciertamente de soldados valientes, pero jinetes mediocres, se vio obligado a compensar las deficiencias tácticas de sus tropas montadas con un nuevo procedimiento. Comenzó a enviar su caballería al ataque en gruesas columnas, con lo cual obligaba a las primeras filas a avanzar y

al mismo tiempo lanzaba sobre el punto de ataque elegido un número mucho mayor de jinetes del que habría podido emplear en un ataque en línea. El afán de operar con masas se convirtió, para Napoleón, durante las campañas posteriores a la de 1807, en una especie de idea fija. Ideó formaciones de columna simplemente antinaturales, pero a las que, como casualmente habían tenido éxito en 1809, se aferró en las campañas ulteriores, perdiendo con ello más de una batalla. Formaba columnas de divisiones enteras de infantería o caballería, situando batallones y regimientos desplegados uno tras otro. Esto se practicó por primera vez con la caballería en Eggmühl en 1809, donde 10 regimientos de coraceros atacaron en columna, formando el frente 2 regimientos desplegados, seguidos de 4 líneas iguales a distancias de unas 60 yardas. Se formaron columnas de infantería de divisiones enteras en Wagram, con un batallón desplegado tras otro. Frente a los austriacos de aquella época, que avanzaban lenta y metódicamente, tales maniobras podían no haber sido peligrosas, pero en todas las campañas posteriores, contra adversarios más activos, terminaron en derrota. Hemos visto el lamentable final que tuvo el gran ataque de Murat en Wachau con esta misma formación. El resultado catastrófico del gran ataque de infantería de d'Erlon en Waterloo se debió a que se empleó esa formación.

Para la caballería, la columna monstruo resulta particularmente inadecuada, pues inmoviliza las reservas más valiosas en una sola masa pesada que, una vez en movimiento, escapa irremediablemente al poder de mando y, sea cual sea el éxito que alcance en su frente, queda siempre a merced de pequeñas fracciones bien dirigidas que se lancen contra sus flancos. Con las fuerzas necesarias para semejante columna se podría formar una segunda línea y una o dos reservas, cuyos ataques tal vez no surtieran tanto efecto al principio, pero que, repitiéndolos, acabarían por alcanzar mejores resultados con menos pérdidas. De hecho, en la mayoría de los ejércitos, esta forma de ataque en columna ha sido abandonada o se ha conservado sólo como curiosidad teórica, mientras que en la práctica se forman fuertes unidades de caballería en varias líneas que atacan a intervalos y se apoyan y relevan mutuamente durante un combate prolongado. Napoleón, además, fue el primero en agrupar su caballería en grandes cuerpos de tropas compuestos de varias divisiones, los llamados cuerpos de caballería. Para simplificar la transmisión de órdenes en un gran ejército, semejante organización de la caballería de reserva es sumamente necesaria; pero cuando se ha mantenido en el campo de batalla, cuando esos

cuerpos han tenido que operar como un todo, jamás ha producido resultados proporcionados. De hecho, esta organización fue una de las causas principales de aquella defectuosa formación de columnas monstruo que ya hemos mencionado. En los ejércitos europeos actuales se mantiene generalmente el cuerpo de caballería, y en los ejércitos prusiano, ruso y austriaco se han establecido incluso formaciones modelo y reglas generales para el funcionamiento de un cuerpo de éstos en el campo de batalla, todas las cuales se basan en la formación de una primera y segunda línea y una reserva, a lo que se añaden indicaciones para la ubicación de la artillería a caballo que va adscrita a tal tropa.

Hasta aquí hemos hablado del empleo de la caballería sólo en cuanto se dirige contra la caballería. Pero una de las tareas principales de esta arma en la batalla, incluso su principal utilización en la época actual, es su empleo contra la infantería. Hemos visto que la infantería del siglo XVIII casi nunca formó cuadros en la batalla frente a la caballería. Esperaba el ataque en línea, y cuando el ataque se dirigía contra un flanco, algunas compañías giraban en potence <en forma de gancho> para hacerle frente. Federico el Grande enseñó a su infantería a no formar cuadros jamás, a menos que un batallón aislado fuera sorprendido por la caballería; si en tal caso había formado un cuadro,

«puede marchar directamente contra la caballería enemiga, ahuyentarla y, sin preocuparse de sus ataques, seguir marchando en dirección a su objetivo».

Las delgadas líneas de infantería de aquella época afrontaban el ataque de la caballería confiando plenamente en el efecto de su fuego, y lo rechazaban con frecuencia; pero cuando vacilaban, como en Hohenfriedberg y Zorndorf, el desastre ya no tenía remedio. Hoy, en que la columna ha sustituido en muchos casos a la línea, la regla establece que la infantería, siempre que sea posible, reciba a la caballería en cuadros. Ciertamente hay multitud de ejemplos de guerras de nuestros días en los que una buena caballería ha sorprendido a una infantería formada en línea y ha tenido que huir ante su fuego, pero estos ejemplos constituyen la excepción. La cuestión es si la caballería está realmente en condiciones de romper cuadros de infantería. Las opiniones están divididas; pero parece generalmente admitido que, en condiciones normales, una infantería sólida y apta para el combate, que no haya sido desbaratada por el fuego de artillería,

tiene muy grandes probabilidades de éxito frente a la caballería, mientras que una caballería resuelta, frente a infantes bisoños, cuya energía y firmeza hayan decaído a causa de una dura jornada de combate, de fuertes pérdidas y de un prolongado cañoneo, tiene las mayores probabilidades de éxito. Hay excepciones, como el ataque de los dragones alemanes en García Hernández (1812), donde cada uno de los 3 escuadrones rompió un fuerte cuadro francés en pleno combate, pero, por regla general, un comandante de caballería no considerará prudente enviar a sus hombres contra una tropa de infantería de esa clase. En Waterloo, los grandes ataques de Ney con la masa de la caballería de reserva francesa contra el centro de Wellington no pudieron hacer vacilar los cuadros ingleses y alemanes, porque esas tropas, bien protegidas por la cresta de la colina, habían sufrido muy poco bajo el cañoneo precedente y se hallaban casi todas intactas. Por consiguiente, tales ataques sólo son adecuados para la última fase de una batalla, cuando la infantería, tras un activo empleo y una espera inactiva bajo el fuego concentrado de la artillería, se encuentra ya bastante desbaratada y agotada. En casos así, como en Borodino y Ligny, los ataques de caballería producen un efecto decisivo, sobre todo cuando, como en ambos casos, son apoyados por reservas de infantería.

No podemos detenernos aquí en las diversas tareas que pueden encomendarse a la caballería en puestos avanzados, patrullas, escoltas, etc. Sin embargo, no estará de más decir algunas palabras sobre la táctica general de la caballería. Puesto que la infantería se ha convertido cada vez más en la fuerza principal de las batallas, las maniobras de las tropas montadas están necesariamente subordinadas en mayor o menor grado a las de la infantería. Y como la táctica moderna se basa en la cooperación y el apoyo mutuo de las tres armas, de ello se deduce que, por lo menos para una parte de la caballería, todo empleo independiente queda completamente descartado. Por esta razón, la caballería de un ejército está siempre dividida en dos cuerpos distintos: la caballería divisionaria y la caballería de reserva. La primera se compone de jinetes adscritos a las diversas divisiones y cuerpos de infantería y que están bajo el mando del mismo comandante. En el combate, su misión es aprovechar todo momento favorable que se les ofrezca o sacar a su propia infantería del apuro cuando ésta sea atacada por fuerzas superiores. Su empleo es, por naturaleza, limitado, y su fuerza no basta para actuar de manera independiente. La caballería de reserva, el grueso de la caballería del ejército, opera en una posición subordinada con respecto a toda la infantería del ejército, de la misma manera que la caballería

divisionaria con respecto a la división de infantería a la que pertenece. Por consiguiente, la caballería de reserva se mantiene retenida hasta que se presenta un momento favorable para asestar un golpe eficaz, ya sea para rechazar un gran ataque de infantería o caballería enemigas, o para lanzar a su vez un ataque decisivo. De lo expuesto se desprende que la caballería de reserva se emplea generalmente mejor durante las últimas fases de una gran batalla; pero entonces puede ser, y a menudo lo ha sido, decisiva. Éxitos tan colosales como los que alcanzó Seydlitz con su caballería están hoy completamente descartados; sin embargo, la mayoría de las grandes batallas de la época actual se han visto muy influidas por el papel que en ellas ha desempeñado la caballería.

La gran importancia de la caballería reside, empero, en la persecución. La infantería, apoyada por la artillería, no tiene por qué temer a la caballería en tanto mantenga el orden y permanezca firme; pero tan pronto como comienza a vacilar, sea cual fuere la causa, se convierte en presa de los jinetes que se lanzan contra ella. Ante los caballos no se puede huir; incluso en terreno difícil los buenos jinetes pueden avanzar, y la enérgica persecución de un ejército derrotado por la caballería es siempre el mejor y único camino para asegurar por completo la victoria. Por mucha preeminencia que la infantería haya podido conquistar en el combate, la caballería es, con todo, un arma indispensable y seguirá siéndolo siempre; hoy como ayer, ningún ejército puede pisar el campo de batalla con perspectivas reales de éxito si no dispone de una caballería capaz tanto de cabalgar como de combatir.