La disputa de Garibaldi con La Farina -
Una carta de Garibaldi

Karl Marx

Cosas interesantes de Sicilia -
La disputa de Garibaldi con La Farina -
Una carta de Garibaldi

["New-York Daily Tribune" Nr. 6018 vom 8. August 1860]

Londres, 23 de julio de 1860

Según un telegrama recibido hoy de Palermo, el inminente ataque del coronel Medici contra Milazzo ha inducido al rey de Nápoles a ordenar la total evacuación de Sicilia por el ejército napolitano y su retirada a sus territorios continentales. Aunque este telegrama necesita aún confirmación, la causa de Garibaldi parece avanzar sin duda, a pesar de la enfermedad que aqueja a sus tropas y de las intrigas diplomáticas que importunan a su gobierno.

La ruptura abierta de Garibaldi con el partido de Cavour, es decir, la expulsión de Sicilia del notorio intrigante La Farina y de los señores Griscelli y Totti, corsos de nacimiento y agentes de policía bonapartistas de profesión, ha dado a la prensa europea motivo para los comentarios más contradictorios. Una carta personal de Garibaldi a un amigo londinense, que me ha sido transmitida con el permiso de exponer su contenido principal en la "Tribune", no dejará dudas sobre la verdadera situación. La carta de Garibaldi tiene una fecha anterior a su orden del 7 de este mes, por la cual los tres conspiradores arriba mencionados fueron expulsados sin contemplaciones de la isla; pero explica plenamente las cuestiones en disputa entre el general y el ministro — entre el dictador popular y el gran visir dinástico; en una palabra: entre Garibaldi y Cavour. Este último, en secreto acuerdo con Luis Bonaparte, a quien Garibaldi estigmatiza como "cet homme faux" (ese hombre falso), previendo la necesidad de tener que "cruzar espadas con él un buen día", había decidido anexionar, pedazo a pedazo, aquellas porciones de territorio italiano que la espada de Garibaldi fuera tallando o que las insurrecciones populares liberaran de su antigua dependencia. Este proceso de anexión fragmentaria al Piamonte debía ir acompañado de un proceso simultáneo de "compensación" para el Segundo Imperio. Así como Saboya y Niza tuvieron que ser pagados por Lombardía y los ducados, Cerdeña y Génova debían ser pagados por Sicilia; cada nuevo acto de anexión separada provoca una nueva transacción diplomática separada con el protector del Piamonte <Napoleón III>. Un segundo desmembramiento en favor de Francia, dejando aparte el atentado contra la integridad y la independencia de Italia que ello implicaría, sofocaría de inmediato los movimientos patrióticos en Nápoles y Roma. Se difunde la convicción de que Italia debe hacerse cada vez más pequeña para ser unificada bajo la hegemonía piamontesa y para poner a Bonaparte en situación de mantener en Nápoles y Roma gobiernos separados, independientes de nombre, pero en realidad vasallos franceses. Por ello, Garibaldi consideraba como tarea principal eliminar el pretexto para una injerencia diplomática de Francia; pero, según su opinión, esto solo podía lograrse manteniendo el puro carácter popular del movimiento y despojándolo de toda apariencia de ligazón con planes de engrandecimiento dinástico. Una vez que Sicilia, Nápoles y Roma estuvieran liberados, llegaría el momento de incorporarlos al reino de Víctor Manuel, siempre que este último asumiera la tarea de mantenerlos y defenderlos no solo frente a Austria, el enemigo del frente, sino también frente a Francia, el enemigo en la retaguardia. Garibaldi, que quizá confía en exceso en la buena voluntad del gobierno inglés y en las dificultades de Luis Bonaparte, supone que, mientras no incorpore territorio alguno al Piamonte y se apoye exclusivamente en las armas italianas para la liberación de Italia, Luis Bonaparte no se atreverá a intervenir en abierta violación del principio bajo el cual inició la cruzada italiana. Sea como fuere, una cosa es cierta: el plan de Garibaldi, tenga éxito o no, es el único que, en las actuales circunstancias, tiene perspectivas de liberar a Italia no solo de sus viejos tiranos y de la fragmentación, sino también de las garras del nuevo protectorado francés. Hacer fracasar este plan era la misión especial de Cavour, con la cual había enviado a La Farina a Sicilia, apoyado por los dos hermanos corsos.

La Farina nació en Sicilia, donde en 1848 se distinguió entre los revolucionarios más por su odio al partido republicano y sus intrigas con los doctrinarios piamonteses que por una verdadera energía o por hazañas destacadas. Tras el fracaso de la revolución siciliana y durante su estancia en Turín, publicó una voluminosa historia de Italia, en la que hizo todo lo posible por glorificar a la dinastía de Saboya y denigrar a Mazzini. Consagrado en cuerpo y alma a Cavour, infundió a la Asociación Nacional por la Unidad de Italia un espíritu bonapartista y, tras convertirse en su presidente, la utilizó como instrumento no para fomentar, sino para obstaculizar todo intento de acción nacional independiente. Cuando empezó a circular el primer rumor sobre la proyectada expedición de Garibaldi a Sicilia, La Farina, en plena concordancia con su actuación anterior, ridiculizó y denigró la mera idea de tal expedición. Cuando, a pesar de ello, se tomaron medidas inmediatas para preparar la audaz empresa, La Farina puso en movimiento todos los recursos de la Asociación Nacional para impedirla. Cuando, pese a su resistencia, no logró desanimar al general y a sus soldados y la expedición finalmente zarpó, La Farina, con cínica sonrisa, hizo vaticinios de la índole más funesta y se atrevió a profetizar el fracaso inmediato y total de la empresa. Tan pronto como Garibaldi conquistó Palermo y se proclamó dictador, La Farina se apresuró a unirse a él, con el poder de Víctor Manuel, o mejor dicho de Cavour, para tomar el mando de la isla en nombre del rey, en cuanto se hubiera votado la anexión. Inicialmente recibido por Garibaldi con la mayor cortesía, a pesar de su pésima actuación anterior, como él mismo admite, La Farina empezó de inmediato a darse ínfulas de amo, a intrigar contra el ministerio Crispi, a conspirar con los agentes de policía franceses, a agrupar en torno suyo a los liberales aristocráticos, que se abrasaban en deseos de poner fin a la revolución mediante una votación de anexión separada, y a proponer, en lugar de las medidas necesarias para expulsar a los napolitanos de Sicilia, planes para echar de la administración pública a los partidarios de Mazzini y a otras personas en quienes su señor y maestro Cavour no confiaba.

Crispi, cuyo ministerio era el primer blanco de las intrigas de La Farina, había vivido largo tiempo exiliado en Londres, donde pertenecía al círculo de amigos de Mazzini. Hizo de la liberación de Sicilia, hacia la que orientó todas sus fuerzas, su objetivo. Corriendo grandes peligros personales, se dirigió a Sicilia en la primavera de 1859 con nombre y título valacos, visitó todas las ciudades importantes y preparó una insurrección para el mes de octubre. Los acontecimientos otoñales retrasaron la sublevación, primero hasta noviembre y después hasta este año. Mientras tanto, Crispi recurrió a Garibaldi, quien rehusó desencadenar una sublevación, pero prometió apoyarla una vez que estallara y se consolidara lo suficiente como para mostrar el verdadero estado de ánimo de los sicilianos. Junto con su esposa, la única mujer en la empresa, Crispi acompañó a Garibaldi durante la expedición y participó en todos los combates, mientras su mujer supervisaba el cuidado de los enfermos y heridos; a este hombre, pues, quería echar por la borda el señor La Farina, naturalmente con la secreta esperanza de derribar después al dictador. Por consideración a Víctor Manuel y bajo la fuerte presión de los liberales aristocráticos, Garibaldi consintió, aunque protestando, en formar un nuevo ministerio y en destituir a Crispi, a quien, sin embargo, conservó como consejero personal y amigo. Pero apenas hubo hecho Garibaldi este sacrificio, cuando se percató de que se le había presionado para la destitución del ministerio Crispi solo para imponerle un gabinete que, en todo menos en el nombre, no era su gabinete, sino el de La Farina o Cavour, y que, envalentonado por la presencia de La Farina y contando con la protección de Cavour, en muy poco tiempo actuaría contra todo su plan de liberación y movilizaría por todo el país toda su influencia contra el intruso nizardo, como ya se llamaba a Garibaldi. En consecuencia, Garibaldi salvó, mediante la expulsión de La Farina y de los hermanos corsos, la aceptación de la renuncia del ministerio designado por La Farina y el nombramiento de un ministerio patriótico, del que podemos mencionar al señor Mario, tanto su propia causa como la de Sicilia e Italia.