Karl Marx

Interesante de Prusia

(Traducido del inglés)

[“New-York Daily Tribune”, núm. 5986, del 30 de junio de 1860]

Berlín, 13 de junio de 1860

Esta noche, el príncipe regente se trasladará a Baden-Baden, donde se celebrará una especie de congreso entre Luis Napoleón y un consejo de testas coronadas alemanas los días 16 y 17 de este mes. El séquito del príncipe regente se compone del jefe de la cancillería militar, general von Manteuffel, del general von Alvensleben, del teniente coronel von Schimmelmann; del chef d'escadron von Loë, del mariscal de la corte, conde von Pückler; del consejero secreto de gabinete von Illaire, del secretario del regente, el señor Borkmann, y del jefe del gabinete, príncipe de Hohenzollern-Sigmaringen, miembro de la familia real. Recordará que, con motivo de la carta privada dirigida por el príncipe regente al príncipe consorte de Inglaterra, carta que fue interceptada en Londres y de allí puesta en conocimiento de Luis Napoleón, éste insistió en una entrevista personal con el príncipe regente como el mejor medio para disipar los malentendidos que al parecer han surgido entre Francia y Prusia. Poco después, durante la visita del príncipe regente a las ciudades de Saarbrücken y Tréveris, situadas en las fronteras de Francia, Napoleón nuevamente insinuó su deseo de aprovechar esa ocasión para un encuentro con el príncipe. Sin embargo, esta propuesta fue rechazada. Entre tanto, al difundirse el rumor de la intención del príncipe regente de pasar un mes en Baden-Baden, el rey Max de Baviera se metió en la cabeza proponer al regente, en aquel lugar de baños, una especie de congreso con los príncipes del sur de Alemania, quienes querían llegar a un entendimiento amistoso con Prusia y, precisamente mediante ese encuentro, mostrar un frente unido contra Napoleón. Cuando el príncipe regente acogió inmediatamente este plan, al que también dieron su conformidad el gran duque de Baden, el rey de Wurtemberg y el gran duque de Hesse-Darmstadt, un buen día el embajador francés en Berlín, <La Tour d'Auvergne-Lauraguais>, comunicó oficialmente al ministro prusiano de Asuntos Exteriores, señor von Schleinitz, que su augusto soberano consideraba que una conversación amistosa en Baden-Baden con el actual jefe del Estado prusiano sería de gran utilidad, tanto para Francia como para Alemania, a fin de disipar la desconfianza de la que Francia parece ser víctima inocente. A la réplica del ministro prusiano de que también sobre Prusia pesaban suspicacias injustas que probablemente no podrían ser disipadas con una conversación de ese tipo, y de que, además, ya se había convocado una conferencia confidencial de príncipes alemanes, el enviado francés, tras obtener nuevas informaciones de París, respondió que Luis Napoleón se alegraría de ver reunido al mayor número posible de príncipes alemanes y que, además, tenía que hacer personalmente una declaración importante que no admitía más dilación. Llegado a este punto, cedió la resistencia de los Hohenzollern. Un despacho de Viena expresó de inmediato a Berlín el disgusto de Austria por la proyectada reunión, pero las demás cortes alemanas fueron más o menos tranquilizadas por una circular del ministro prusiano de Asuntos Exteriores. A raíz de esta circular, esta mañana llegó inesperadamente a Berlín el rey de Hannover y declaró espontáneamente su disposición a acompañar al príncipe regente a Baden-Baden, tras lo cual éste invitó telegráficamente al rey de Sajonia a unirse también a la conferencia. Apenas hace falta mencionar que los duques de Coburgo-Gotha y Nassau seguirán el ejemplo de inmediato.

Así, un encuentro de príncipes alemanes que originariamente debía ser una demostración contra Francia se ha convertido en una especie de lever que Luis Napoleón ofrece en suelo alemán y en el que se apiñan los reyes, grandes duques y demás pequeños potentados de la Confederación Germánica. Por parte del príncipe regente, parece una contrición por el pecado de haber expresado sus sospechas respecto a los planes agresivos del usurpador francés, y, por parte de la menor ralea de príncipes, una medida de precaución que han tomado para no ser vendidos por su más poderoso confrère <hermano de gremio> al enemigo común. Como es sabido, la reina Victoria y el rey de Cerdeña iniciaron la humillación de testas coronadas ante el Quasimodo de la revolución francesa. La entrevista personal del zar en Stuttgart con el hombre de diciembre <Napoleón III> en 1857 no pudo sorprender a nadie salvo a los políticos de café que se dejaban engañar por la exagerada coquetería de la corte de Petersburgo con los principios de legitimidad. El encuentro del Habsburgo con su vencedor, después de la batalla de Solferino, en Villafranca, fue un asunto de negocios y no una cuestión de cortesía. El príncipe regente, junto con los pequeños satélites que le revolotean alrededor, no tiene que discutir ni una alianza, como Victoria y Víctor Manuel, ni una conspiración, como el zar Alejandro II, ni una derrota, como Francisco José, sino que puede, dejando de lado los motivos, ampararse en el precedente general creado por esos grandes modelos. En todo caso, al aceptar la propuesta de Napoleón, ha perjudicado gravemente su falsa popularidad, y tanto más cuanto que este último tuvo la desfachatez, hace apenas unas semanas, de hacer saber a los grandes duques de Hesse-Darmstadt y Baden, por medio de un mensaje de su ministro de Asuntos Exteriores, señor de Thouvenel, que en lo sucesivo deberían firmar sus cartas al emperador francés con las palabras “Votre frère et serviteur”. Exactamente la misma fórmula era la que Napoleón I había ideado para los príncipes alemanes que formaban parte de la Confederación del Rin, de la cual él era el protector, y a la que pertenecían Baden y Hesse-Darmstadt, junto con Wurtemberg, Baviera y otros principados alemanes. Para impedir que Luis Bonaparte pusiera en contacto al señor de Thouvenel con los monarcas de Baden y Hesse-Darmstadt, profundamente ofendidos, el príncipe regente y sus coronados aliados han rechazado unánimemente hacerse acompañar por sus respectivos ministros de Asuntos Exteriores; pero ¿creen realmente estos señores que el insulto se lo infligió el criado y no su amo?

En cuanto a la “importante declaración” que el holandés salvador de la sociedad <Napoleón III> quiere hacer a las testas coronadas de Alemania, hay todas las razones para suponer que Luis Bonaparte imitará los métodos de Metternich en los sucesivos congresos de Viena, Aquisgrán, Troppau, Laibach y Verona, y hará todo lo posible por convencer al príncipe regente de la existencia de una vasta conspiración entre los revolucionarios, que estarían poniendo todas sus fuerzas en provocar un choque entre Francia y Alemania para instaurar la república roja en París y una república central en Alemania. En todos los órganos bonapartistas de Suiza, Bélgica y Alemania pululan desde hace quince días artículos llenos de tales oscuras alusiones; y un agente secreto bonapartista en Ginebra —un conocido naturalista alemán, <Karl Vogt>— ya ha declarado triunfalmente que las autoridades competentes pondrán fin muy pronto a las andanadas antibonapartistas de la prensa alemana.

Mientras que al príncipe regente y a sus dii minorum gentium <príncipes de segundo rango> alemanes se les quiere convencer así de la necesidad de agruparse en torno al salvador principal de la sociedad, al pueblo prusiano se le pretende influir en sentido contrario mediante el nuevo panfleto del señor About, “La Prusse en 1860”. Aunque el panfleto ha sido retenido hasta ahora, algunos ejemplares han encontrado ya fortuitamente su camino a Berlín, y yo los he dado a conocer en otro artículo, junto con los pasajes más importantes de este nuevo manifiesto de las Tullerías. La población prusiana, dice el oráculo del Sena, debe elegir entre el feudalismo de Austria y el principio democrático del Imperio francés. Sólo con ayuda de este último puede esperar el pueblo alemán —naturalmente, a condición de dar a su poderoso vecino algunas garantías materiales— realizar la tan anhelada unidad. Después de bosquejar de manera muy superficial los defectos del actual gobierno prusiano, el autor del panfleto empieza a dar a conocer a los prusianos la verdadera naturaleza del “principio democrático” tan característico del Segundo Imperio francés, que, en resumen, consiste en elegir a su jefe mediante lo que en la Galia moderna se llama “sufragio universal”. Ciertamente, el señor About apenas se atreve a negar que en Francia toda clase de libertad ha sido secuestrada en provecho del aventurero holandés, pero ahora se hace remontar este secuestro al sufragio universal. De este modo, habría que erigir en Alemania un imperio teutónico con ayuda de Francia y sobre la misma base democrática, bajo la dirección de un Hohenzollern. El procedimiento es muy sencillo. Prusia no necesita más que ceder a Francia una parte de sus posesiones “legítimas” y, al mismo tiempo, apelando al sufragio universal, apropiarse de las posesiones de los príncipes menores, y quedará convertida inmediatamente de Estado feudal en Estado democrático. Hay que confesar que este nuevo principio democrático, descubierto por Luis Napoleón y sus sicofantes, no es ninguna novedad, sino que, por el contrario, florece desde hace dos siglos en la santa Rusia. La familia Romanov fue entronizada por sufragio universal. Desde entonces reina la democracia desde el Niemen hasta el Amur. Tal vez los profetas del nuevo “principio democrático” objeten que los Romanov fueron elegidos libremente, que la apelación al pueblo no fue precedida de ningún golpe de Estado y que, en su subida al trono, ningún estado de sitio general impidió que las urnas se mantuvieran dentro de los límites requeridos por el principio democrático. Ya que Luis Bonaparte no consigue convertirse en príncipe “legítimo”, lo mejor que le queda es transformar a sus hermanos principescos de Italia y Alemania, siguiendo el modelo del pequeño Imperio, en príncipes “democráticos”. Los emperadores romanos no eran, naturalmente, gobernantes auténticamente “democráticos”, pues el progreso actual exige injertar el principio de la monarquía hereditaria en el principio del “sufragio universal”. Así, cuando alguien se apodera de un trono de una u otra manera y ha encubierto su usurpación con la farsa del sufragio universal, su dinastía debe ser tenida para siempre como encarnación viviente de la voluntad general del pueblo (la volonté générale de Rousseau).

En un artículo ulterior me propongo ofrecer una visión de conjunto del estado de los conflictos en Schleswig-Holstein, que confieren a la conferencia de Baden-Baden su actual importancia. Ahora solo quiero mencionar que el 10 de junio tuvo lugar una entrevista entre el rey sueco Carlos XV y el rey danés Federico VII en el castillo de Kronborg. Catorce días antes de este encuentro, el ministro de Asuntos Exteriores sueco había remitido al ministro de Asuntos Exteriores danés una nota con el contenido de que sería muy deseable que el séquito del rey de Dinamarca no contuviera a ninguna persona cuyo encuentro pudiera indignar a Su Majestad Sueca. En otras palabras, se requería al rey de Dinamarca que apartara de su acompañamiento a su esposa, la condesa Danner, antaño mademoiselle Rasmussen. En consecuencia, el rey de Dinamarca consideró oportuno dejarla atrás.