Friedrich Engels

Infantería

Escrito de septiembre a aproximadamente el 10 de octubre de 1859.

Del inglés.

["The New American Cyclopædia", Band IX]

Infantería –
los soldados de a pie de un ejército. El grueso, cuando no la totalidad de las fuerzas de todos los ejércitos, ha estado compuesto siempre, excepto en las tribus nómadas, por soldados de a pie. Por eso, incluso en los primeros ejércitos asiáticos, en los asirios, babilonios y persas, la infantería constituía, al menos numéricamente, la parte principal del ejército. Entre los griegos, el ejército se componía al principio exclusivamente de infantería. Lo poco que sabemos sobre la composición, organización y táctica de la antigua infantería asiática ya ha sido expuesto en el artículo
Ejército

al que remitimos en cuanto a muchos detalles cuya repetición aquí sería superflua. En el presente artículo nos limitaremos a exponer los rasgos tácticos fundamentales más importantes en la historia de esta arma y, por consiguiente, empezaremos directamente por los griegos.

I. Infantería griega

Los creadores de la táctica griega fueron los dorios, y entre ellos fueron los espartanos los que desarrollaron el antiguo orden de batalla dorio hasta la perfección. Originariamente, todas las clases de que se componía la comunidad doria estaban obligadas al servicio militar, y no solo los ciudadanos de pleno derecho, que formaban la aristocracia, sino también los periecos no plenamente ciudadanos e incluso los esclavos. Todos pertenecían a la misma falange, aunque ocupaban en ella posiciones distintas. Los ciudadanos de pleno derecho debían presentarse armados pesadamente, con un equipo protector compuesto de casco, coraza, grebas de bronce, un gran escudo de madera forrado de cuero, lo bastante alto para proteger todo el cuerpo, así como una lanza

y una espada. Formaban, según su número, la primera fila o las dos primeras filas de la falange. Detrás de ellos se alineaban los ciudadanos no plenamente libres y los esclavos, de modo que cada aristócrata espartano tenía detrás de sí su séquito personal; este carecía del costoso equipo protector y confiaba en la protección que le ofrecían las filas delanteras y sus escudos. Las armas ofensivas de los periecos y esclavos eran hondas, venablos, cuchillos, puñales y mazas.

Así, la falange doria formaba una línea profunda, con los hoplitas, es decir, la infantería pesada, en las filas delanteras, y los gimnetas, esto es, la infantería ligera, en las traseras. Los hoplitas debían hacer vacilar al enemigo mediante el ataque con sus lanzas; una vez penetrados en las filas enemigas, desenvainaban sus cortas espadas y avanzaban en el combate cuerpo a cuerpo, mientras que los gimnetas, que habían preparado el ataque lanzando piedras y venablos por encima de las cabezas de las primeras filas, apoyaban el avance de los hoplitas rematando a los enemigos heridos que aún combatían.

La táctica de un cuerpo de tropas semejante era, por tanto, muy simple; apenas existía la maniobra táctica. El valor, la tenacidad, la fuerza física, así como la destreza y habilidad individuales de los combatientes, especialmente de los hoplitas, lo decidían todo.

Esta unión patriarcal de todas las clases del pueblo en una misma falange desapareció poco después de las Guerras Médicas, principalmente por razones políticas. La consecuencia fue que la falange se compuso en adelante solo de hoplitas, y que la infantería ligera, donde siguió existiendo o se formó de nuevo, combatía separadamente en orden disperso.

En Esparta, los ciudadanos de pleno derecho formaban, junto con los periecos, la falange de infantería pesada; los hilotas seguían con el bagaje o como portadores de escudos (hipaspistas). Por mucho tiempo, esta falange bastó para todas las exigencias que se le plantearon en la batalla; pero en la Guerra del Peloponeso, las tropas ligeras de los atenienses obligaron pronto a los espartanos a establecer tropas similares. Es cierto que no formaron gimnetas especiales, sino que hicieron combatir a sus hombres más jóvenes en orden disperso. Cuando, hacia el final de esta guerra, el número de ciudadanos de pleno derecho e incluso el de periecos se había reducido considerablemente, los espartanos se vieron forzados a formar falanges de esclavos armados pesadamente, mandados por ciudadanos de pleno derecho.

Después de que los atenienses hubieran excluido de la falange a los gimnetas, compuestos por los ciudadanos más pobres, los séquitos personales y los esclavos, crearon cuerpos especiales de infantería ligera, integrados por gimnetas o psilos, destinados a hostigar y armados exclusivamente para el combate a distancia, como honderos (sphendonetae), arqueros (toxotae) y lanzadores de venablos (acontistae); estos últimos, por el pequeño escudo (pelta) que solo ellos portaban, recibieron también el nombre de peltastas.

Esta nueva clase de infantería ligera, nutrida originariamente por los ciudadanos más pobres de Atenas, se formó muy pronto casi exclusivamente con mercenarios y con los contingentes de los aliados de Atenas. Tan pronto como se emplearon estas tropas ligeras, la pesada falange doria dejó de ser capaz de librar por sí sola una batalla. También su material humano se había ido deteriorando constantemente: en Esparta, por la paulatina extinción de la aristocracia militar, y en las demás ciudades, por la influencia del comercio y de la riqueza que, con el tiempo, minó el desprecio a la muerte característico de la Antigüedad. Así, la falange, formada ahora por una leva de hombres no muy heroicos, perdió mucho de su antiguo significado. Constituía la segunda línea, la reserva de la línea de batalla, por delante de la cual combatían los infantes ligeros, o tras la que se retiraban en caso de verse acosados; pero apenas se esperaba que la falange misma entablara combate cuerpo a cuerpo con el enemigo. Incluso cuando la falange se componía de mercenarios, su situación no era mucho mejor. A causa de su pesadez, era inútil para maniobrar, sobre todo en terreno ligeramente accidentado, y todo su valor residía en la resistencia pasiva. Esto condujo a dos intentos de reforma por parte de Ifícrates, un general mercenario. Este condotiero griego cambió las viejas lanzas cortas de los hoplitas (de 8 a 10 pies de largo) por otras considerablemente más largas, de modo que, en formación cerrada, las lanzas de tres o cuatro filas sobresalían por delante y podían obrar contra el enemigo; con ello, la capacidad defensiva de la falange se reforzó considerablemente. Por otra parte, Ifícrates dotó a sus peltastas de un equipo protector ligero y una buena espada, y los ejercitó en las evoluciones de la falange, a fin de crear una fuerza capaz de decidir batallas mediante ataques cerrados pero rápidos. Cuando se daba la orden de ataque, los peltastas avanzaban con una rapidez inalcanzable para la falange de hoplitas, cubrían al enemigo con una lluvia de venablos desde una distancia de 10 a 20 yardas e irrumpían luego espada en mano en sus filas.

La simplicidad de la antigua falange doria había dejado paso así a un orden de batalla mucho más complicado; las acciones del comandante se habían convertido en una premisa importante de la victoria; las maniobras tácticas eran ya posibles.

Epaminondas fue el primero en reconocer el gran principio táctico que hasta hoy decide casi todas las batallas campales regulares: la distribución desigual de las tropas en la línea de frente, para concentrar el ataque principal en un punto decisivo. Hasta entonces las batallas de los griegos se habían librado en orden paralelo; la fuerza de la línea de frente era igual en todos los puntos. Si un ejército era numéricamente superior al contrario, formaba o bien un orden de batalla más profundo, o bien desbordaba al otro ejército por ambas alas. Epaminondas, por el contrario, destinaba una de sus alas al ataque y la otra a la defensa. El ala atacante se componía de sus mejores tropas y del grueso de sus hoplitas, formados en una columna profunda, a los que seguían la infantería ligera y la caballería. La otra ala era, naturalmente, mucho más débil y se mantenía retenida, mientras que la columna atacante rompía la línea enemiga, se desplegaba o giraba luego y arrollaba así al enemigo con el apoyo de las tropas ligeras y montadas.

El progreso alcanzado por Ifícrates y Epaminondas se desarrolló aún más cuando Macedonia asumió la dirección de los helenos y los condujo contra Persia. Las largas lanzas de los hoplitas las encontramos aún más alargadas en la sarissa macedonia. Los peltastas de Ifícrates reaparecen, en forma mejorada, en los hipaspistas de Alejandro. El empleo racional de las fuerzas que Epaminondas introdujo en el orden de batalla fue finalmente ampliado por Alejandro hasta una combinación de diferentes armas como Grecia, con su insignificante caballería, nunca habría podido producir. La infantería de Alejandro se componía de la falange de hoplitas, que constituía la fuerza defensiva del orden de batalla, y de la infantería ligera que combatía en orden disperso, la cual atacaba al enemigo en todo el frente y también participaba en la consecución definitiva de la victoria. Además, la infantería de Alejandro constaba de los hipaspistas, entre los que se contaba su propia guardia personal, los cuales, pese a su equipo ligero, eran todavía capaces de las maniobras regulares de una falange y formaban aquella clase de infantería

media que se adaptaba más o menos a ambos órdenes, el cerrado y el disperso. Pese a todo, ni Grecia ni Macedonia crearon una infantería móvil en la que se pudiera confiar cuando se enfrentaba a una falange sólida. En tal caso, Alejandro empleaba su caballería. El ala atacante se formaba con el grueso de su caballería pesada, seleccionada entre los nobles macedonios; con ellos combatían los hipaspistas. Su intervención seguía al ataque de los jinetes. Se lanzaban a la brecha abierta por la caballería, consolidaban así el éxito obtenido por esta y se mantenían en medio de la posición enemiga.

Tras la conquista del centro del Imperio Persa, Alejandro utilizó a sus hoplitas principalmente como guarnición para las ciudades conquistadas. Pronto desaparecieron del ejército, que mediante su audaz y rápida marcha sometió a las tribus asiáticas hasta el Indo y el Yaxartes. Este ejército se compuso sobre todo de caballería, hipaspistas e infantería ligera, mientras que la falange, que no estaba a la altura de semejantes marchas, se volvió superflua en razón del carácter del enemigo a batir.

Bajo los sucesores de Alejandro, la infantería, al igual que la caballería y su táctica, decayó absoluta y rápidamente. Las dos alas del orden de batalla se formaban exclusivamente con caballería y el centro con infantería; sin embargo, se confiaba tan poco en esta última que se la cubría con elefantes. En Asia, el elemento asiático predominante pronto se impuso e hizo que los ejércitos de los seléucidas fueran casi inútiles. En Europa, la infantería macedonia y griega recuperó consistencia, pero con ello retornó la antigua táctica exclusiva de la falange.

Las tropas ligeras y la caballería no volvieron a ganar importancia, aunque se desperdiciaron mucho esfuerzo y agudeza en intentos inútiles por dar a la falange la movilidad que, a causa de su especial carácter, nunca pudo alcanzar, hasta que finalmente la legión romana puso fin a todo el sistema.

La organización táctica y las maniobras de la falange eran más que sencillas. Por lo general, con 16 hombres de fondo (bajo Alejandro), una línea de 16 filas formaba exactamente un cuadrado, y este, el sintagma, constituía la unidad evolutiva; 16 sintagmas o 256 filas formaban una falangarquía de 4.096 hombres y 4 de estas, a su vez, la falange completa. La falangarquía se formaba en el orden de batalla en una línea de 16 hombres de fondo; pasaba al orden de marcha haciendo una conversión a la derecha o a la izquierda o girando en sintagmas. En todos los casos se formaba en una columna cerrada en hileras de 16 hombres. Si estaban formados en línea, podía reforzarse la profundidad y acortarse el frente duplicando las hileras, con lo cual las filas de números pares se colocaban detrás de las impares. El movimiento contrario se conseguía duplicando las filas, reduciendo así la profundidad de 16 a 8 hombres por fila. Cuando el enemigo aparecía súbitamente a retaguardia de la falange, se ejecutaba la contramarcha por filas; la inversión así causada (cada fila quedaba en su propia sección o sintagma en el lugar equivocado) se corregía a veces mediante la contramarcha por hileras de cada sección. Si se añade el manejo de las picas, hemos enumerado los diversos aspectos de la instrucción militar de los hoplitas de la Antigüedad. Se sobreentiende que las tropas más ligeras, aunque propiamente no estaban destinadas al combate en orden cerrado, eran adiestradas, no obstante, en los movimientos de la falange.

II. Infantería romana

La palabra latina *legio* servía originariamente para designar el conjunto de los hombres seleccionados para el servicio de campaña y, por tanto, equivalía a ejército. Más tarde, cuando la extensión del territorio romano y la pujanza de los adversarios de la república exigieron ejércitos mayores, estos se dividieron en varias legiones, teniendo cada legión una fuerza similar a la del primitivo ejército romano. Hasta la época de Mario, cada legión se componía tanto de infantería como de caballería; esta última representaba aproximadamente una décima parte de la fuerza de la primera.

La infantería de la legión romana parece haber estado organizada en un principio de manera semejante a la antigua falange doria, es decir, combatiendo en una línea profunda, donde los patricios y los ciudadanos más ricos, con armadura pesada, formaban las filas delanteras y los plebeyos más pobres y armados a la ligera se situaban detrás de ellos. Pero hacia la época de las guerras samnitas comenzó a operarse un cambio en la organización de la legión, que pronto la convirtió en un completo opuesto a la falange griega, y sobre el cual Polibio, después de que aquella alcanzara su pleno desarrollo en las guerras púnicas, nos da un informe completo. La legión —por lo general se reclutaban cuatro para cada campaña— se componía ahora de cuatro clases de infantería: vélites, *hastati*, príncipes y *triarii*. La primera era infantería ligera formada por reclutas; los *triarii*, constituidos por veteranos, eran la reserva del ejército; las otras dos clases, el resto del ejército, formaban la tropa principal de combate o infantería de línea y se distinguían en que los príncipes se seleccionaban del círculo de aquellos hombres que, después de los *triarii*, habían servido durante más tiempo.

Los vélites llevaban cascos de cuero y escudos redondos ligeros como equipo de protección, además de espadas y una cierta cantidad de jabalinas ligeras. Las restantes tres clases tenían cascos metálicos, una coraza de cuero revestida de placas metálicas y grebas de metal. Los *hastati* y los príncipes llevaban, además de una espada corta, dos *pila*, es decir, venablos arrojadizos, uno ligero y otro muy pesado; este último era el arma ofensiva específica de la infantería romana. Consistía en madera gruesa y pesada con una larga punta de hierro, pesaba en total al menos 10 libras y medía, con la punta, cerca de 7 pies de largo. Sólo podía lanzarse desde muy corta distancia, aproximadamente 8-12 yardas, pero debido a su peso su efecto sobre el ligero equipo de protección de aquella época era terrible. Los *triarii* llevaban, además de la espada, lanzas en lugar de *pila*.

Cada legión constaba de 1.200 *hastati*, divididos en 10 manípulos —equivalentes a compañías— de 120 hombres cada uno, además del mismo número de príncipes con análoga división, de 600 *triarii* en 10 manípulos de 60 hombres cada uno y de 1.200 vélites, de los cuales 40 estaban asignados a cada uno de los 30 manípulos y que, cuando no se empleaban de otro modo, formaban las filas posteriores.

Los *hastati* formaban la primera línea, colocándose cada manípulo, probablemente con 6 hombres de fondo, en línea, con un intervalo respecto al manípulo siguiente igual a la longitud de su frente. Este, como el espacio asignado a cada hombre en la fila era de 6 pies, medía aproximadamente 120 pies de longitud y se extendía en toda la línea a 2.400 pies. Detrás de ellos, en la segunda línea, tomaban posición los 10 manípulos de los príncipes, que cubrían los intervalos de los manípulos de la primera línea, y tras los príncipes los *triarii*, cada línea a la distancia apropiada de la que tenía delante. Los vélites combatían en orden disperso delante del frente y en los flancos. Duplicando las hileras podía reducirse la formación de combate a la mitad de la longitud del frente original, esto es, a 1.200 pies. Todo este orden de batalla estaba calculado para el ataque.

El reducido tamaño de las unidades tácticas y la gran libertad de movimiento así obtenida permitían a la legión combatir en casi cualquier clase de terreno, con lo que era muy superior a la falange griega, que necesitaba terreno llano y que, por su pesadez, muy pronto había degenerado en una formación puramente defensiva. La legión avanzaba; desde una distancia de 8-12 yardas, los *hastati*, que probablemente duplicaban sus filas a este efecto, lanzaban los pesados *pila* contra la falange, cuyas lanzas no alcanzaban aún a los romanos. Después de haber desordenado así el orden cerrado de la falange, se arrojaban con la espada en la mano sobre el enemigo. Si un solo manípulo caía en desorden, esto no afectaba a los contiguos; pues cuando el combate continuaba sin una decisión inmediata, los príncipes entraban en acción por los intervalos de los *hastati*, lanzaban sus *pila* y se precipitaban igualmente con la espada sobre la falange enemiga, dando así a los *hastati* la posibilidad de desprenderse del enemigo y formarse de nuevo detrás de los *triarii*. En casos extraordinarios, estos últimos avanzaban para llevar la victoria a su término definitivo o para asegurar una retirada ordenada. Los vélites, junto con la caballería, realizaban servicios de avanzada, empeñaban al enemigo al comienzo de la batalla mediante pequeñas escaramuzas y lo perseguían con tenacidad. El *pilum* ligero de los *hastati* y los príncipes parece haber sido utilizado principalmente en la defensa, para sembrar el desorden en las filas de un enemigo que avanzaba antes de que se hubiese acercado lo suficiente para el *pilum* pesado.

Los avances en marcha se iniciaban en una de las dos alas; el primer manípulo de los *hastati* a la cabeza, seguido del primer manípulo respectivo de los príncipes y los *triarii*; luego los tres segundos manípulos en el mismo orden, y así sucesivamente. Los movimientos de flanco se ejecutaban en tres columnas, formando cada una de las tres clases de infantería una columna; el bagaje se situaba en el lado más alejado del enemigo. Si el enemigo aparecía por el lado por donde marchaban los *triarii*, el ejército hacía alto y se volvía de frente al enemigo. Los príncipes y los *hastati* pasaban entonces por los intervalos de los manípulos de los *triarii* y ocupaban sus posiciones correctas.

Cuando después de la segunda guerra púnica las incesantes guerras y las extensas conquistas de los romanos, junto con importantes transformaciones sociales en Roma y en Italia en general, hicieron casi imposible el servicio militar general obligatorio, los ejércitos romanos se compusieron paulatinamente de reclutas voluntarios procedentes de las clases más pobres. Así surgió un ejército profesional en lugar de la antigua milicia en la que estaban integrados todos los ciudadanos. Con ello cambió por completo el carácter del ejército, y como los elementos de los que se componía empeoraban, una reorganización se hizo cada vez más necesaria. Mario llevó a cabo esta reorganización.

La caballería romana dejó de existir. Lo que aún quedaba de jinetes lo constituían mercenarios bárbaros o contingentes de los aliados. La división de la infantería en 4 clases fue abolida. Los vélites fueron sustituidos por contingentes de los aliados o por bárbaros, y el resto de la legión estaba formado por una sola y misma clase: la infantería de línea, armada como los *hastati* o los príncipes, sólo que sin el *pilum* ligero.

El manípulo fue reemplazado como unidad táctica por la cohorte, un cuerpo de tropas de 360 hombres por término medio, originariamente surgido de la reunión de 3 manípulos en uno solo, de modo que ahora la legión se dividía en 10 cohortes, las cuales se desplegaban generalmente en 3 líneas (4, 3 y 3 cohortes respectivamente). La cohorte se formaba con 10 hombres de fondo, asignando de 3 a 4 pies de frente a cada fila, de manera que el frente total de la legión se acortaba considerablemente (a aproximadamente 1.000 pies). De este modo no solo se simplificaron mucho los movimientos tácticos, sino que además la influencia del comandante de la legión se hizo mucho más directa y eficaz.

El armamento y el equipo de cada soldado se hicieron más ligeros; pero por otra parte tenía que transportar la mayor parte de su impedimenta sobre horquillas de madera, inventadas a este efecto por Mario (*muli Mariani* <mulos de Mario>); con ello los *impedimenta* del ejército se redujeron considerablemente. Por otra parte, la concentración de 3 manípulos en una cohorte tenía que disminuir la capacidad de maniobra en terreno accidentado. La falta del *pilum* ligero disminuía la capacidad defensiva, y la supresión de los vélites, que no siempre eran reemplazados por completo por tropas auxiliares extranjeras, mercenarios o por *antesignani* (hombres seleccionados por César de las filas de la legión para el servicio en la infantería ligera, pero que carecían de armas para el combate a distancia), dejaba menos posibilidades de mantener un encuentro y, no obstante, eludir una decisión. El ataque rápido y decidido se convirtió para estas legiones en la única forma de combate apropiada. La infantería romana seguía estando compuesta por romanos o, al menos, por itálicos, y aunque el imperio decayó bajo los Césares, conservó su antigua gloria mientras se mantuvo el carácter nacional. Pero cuando la ciudadanía romana dejó de ser una condición necesaria para el ingreso en la legión, el ejército perdió pronto su prestigio. Ya en tiempos de Trajano, los bárbaros, en parte procedentes de las provincias romanas y en parte de países no conquistados, constituían el grueso de las legiones, y a partir de este momento la infantería romana perdió sus rasgos típicos. La pesada armadura fue suprimida y el *pilum* fue sustituido por la lanza. La legión organizada en cohortes se había convertido de nuevo en una pesada falange. Dado que en este período era típica de la infantería una aversión general a llegar al combate cuerpo a cuerpo, el arco y la jabalina se empleaban ahora no solo para escaramuzar, sino también en el orden cerrado de la infantería de línea.

III. La infantería de la Edad Media

El declive de la infantería romana tuvo su continuación en el declive de los soldados de infantería bizantinos. Se conservaba aún una especie de reclutamiento forzoso, pero tan solo con el resultado de formar la peor hez del ejército. Tropas auxiliares bárbaras y mercenarios constituían sus mejores partes, pero aun estas eran de escaso valor. La organización jerárquica y administrativa de las tropas se había desarrollado hasta un estado casi consumado de burocratismo, aunque con el mismo resultado que vemos ahora en Rusia: una perfecta organización de la malversación y del fraude a costa del Estado, con ejércitos que devoran sumas enormes y que en parte solo existen sobre el papel. El contacto con la caballería irregular de Oriente fue disminuyendo cada vez más tanto la importancia como la calidad de la infantería. Los arqueros montados se convirtieron en el cuerpo de arma predilecto; la mayor parte, si no la totalidad de la infantería, recibió como equipo, junto a la lanza y la espada, también el arco. De este modo, el combate a distancia se convirtió en la regla, y el combate cuerpo a cuerpo se consideró ya fuera de época. Se estimaba tan poco a la infantería, que se la mantenía a propósito alejada del campo de batalla y se la empleaba principalmente para el servicio de guarnición. La mayoría de las batallas de Belisario fueron libradas exclusivamente por la caballería, y cuando la infantería tomó parte en ellas, lo más seguro es que huyera. La táctica de Belisario se basaba exclusivamente en el principio de evitar el combate cuerpo a cuerpo y de fatigar al enemigo. Si con ello tuvo éxito contra los godos, que no poseían armas arrojadizas de ninguna clase, eligiendo un terreno escabroso en el que su falange no podía entrar en acción, fue

derrotado por los francos, cuya infantería poseía algo del antiguo modo de combatir romano, y asimismo por los persas, cuya caballería era indudablemente superior a la suya propia.

Los germanos que irrumpieron en el Imperio romano combatían originariamente en su mayor parte como infantería y en una especie de falange doria, los ancianos de la tribu y los hombres más acaudalados en las primeras filas, los demás detrás de ellos. Sus armas eran la espada y la lanza. Los francos, sin embargo, portaban breves hachas de combate de doble filo, que arrojaban, como los romanos el pilum, a las filas enemigas, antes de atacarlas con la espada en la mano. Los francos y los sajones conservaron durante largo tiempo una infantería buena y respetable; pero paulatinamente los conquistadores teutónicos pasaron en todas partes al servicio de caballería y dejaron el servicio como soldados de a pie a los vencidos habitantes de las provincias romanas; de este modo ocurrió que el servicio de infantería fue despreciado como un servicio de esclavos y siervos, y que el estamento de los soldados de infantería perdió forzosamente prestigio.

Hacia finales del siglo X, la caballería era el único cuerpo de arma que decidía realmente las batallas en toda Europa. Aunque la infantería era mucho más numerosa que la caballería en cada ejército, no era más que un montón mal armado, casi sin esbozos de organización. Un soldado de infantería ni siquiera era considerado como soldado; la palabra miles <soldado> se volvió sinónimo de jinete. La única posibilidad de mantener una infantería respetable residía en las ciudades, particularmente en Italia y Flandes. Ellas tenían su propia milicia, que se componía necesariamente de infantería y que estaba constantemente en pie de guerra para la defensa de las ciudades a causa de las incesantes contiendas entre los nobles de los alrededores. De ahí que pronto se encontrara apropiado tener una tropa mercenaria en lugar de una milicia compuesta por burgueses; esta estaba reservada para ocasiones extraordinarias. No obstante, no encontramos que los contingentes de las ciudades mostraran una superioridad significativa frente al abigarrado montón de soldados de infantería que los nobles reunían en torno a sí y a los que en la batalla dejaban siempre atrás para la custodia del bagaje. Al menos esto es así para el período clásico de la caballería andante.

En la caballería de aquella época, cada caballero aparecía armado cap-à-pied <de pies a cabeza> y en armadura completa; cabalgaba un caballo similarmente acorazado. Le acompañaban un escudero armado algo más ligeramente y otros diversos hombres montados, que no llevaban armadura e iban armados con arco.

En el orden de batalla se disponía a estas fuerzas según un principio semejante al de la vieja falange doria: los caballeros con armamento pesado en la primera, los escuderos en la segunda fila y los arqueros montados detrás. Estos últimos pronto fueron empleados a pie, en correspondencia con su armamento, un modo de combatir que se convirtió cada vez más en regla entre ellos, de suerte que sus caballos no servían para el ataque, sino principalmente para el desplazamiento. Los arqueros ingleses armados con el arco largo —los del sur de Europa llevaban ballestas— se distinguieron especialmente en este modo de combatir a pie, y muy probablemente esta circunstancia hizo que pronto el modo de combatir a pie se extendiera cada vez más en este cuerpo de arma. Sin duda, los caballos de los caballeros con armamento pesado se agotaban pronto en sus largas campañas en Francia y ya solo servían como medio de transporte. Era de lo más natural que los gens d'armes peor montados echaran pie a tierra en tal situación y formaran una falange de lanzas, que era completada por la mejor parte de los soldados de infantería (particularmente los galeses), mientras que aquellos cuyos caballos eran aún capaces de una carga formaban ahora la caballería propiamente combatiente. Semejante ordenación parecía muy bien adecuada para batallas defensivas; en ella se basan todas las batallas del Príncipe Negro <Eduardo, Príncipe de Gales>, que como es sabido tuvieron pleno éxito. El nuevo modo de combatir fue pronto adoptado por los franceses y otras naciones y puede ser considerado como el sistema casi universalmente válido de los siglos XIV y XV. De este modo hemos retornado, después de 1.700 años, casi a la táctica de Alejandro, con la única diferencia de que bajo Alejandro la caballería era un cuerpo de arma de nueva introducción que había de reforzar a una infantería pesada expuesta a la decadencia, mientras que aquí la infantería pesada formada por jinetes desmontados era una prueba viviente de la decadencia de la caballería y del incipiente resurgimiento de la infantería.

IV. El resurgimiento de la infantería

De las ciudades de Flandes, la entonces primera región industrial del mundo, y de las montañas suizas llegaron las primeras tropas que, tras siglos de decadencia, volvieron a merecer el nombre de infantería. La caballería andante francesa sucumbió ante los tejedores y bataneros, los orfebres

y curtidores de las ciudades belgas, exactamente igual que la nobleza borgoñona y austriaca ante los campesinos y vaqueros de Suiza. Buenas posiciones defensivas y un armamento ligero hicieron su parte, apoyados en el caso de los flamencos además por numerosas armas de fuego, y en el de los suizos por un territorio casi intransitable para los caballeros con armamento pesado de aquella época.

Los suizos portaban principalmente alabardas cortas, que podían utilizarse tanto para estoquear como para golpear y no eran demasiado largas para el combate cuerpo a cuerpo; posteriormente también tuvieron picas, ballestas y armas de fuego; pero en una de sus batallas más famosas, la de Laupen (1339), para el combate a distancia no tenían otras armas que piedras. De los combates defensivos en sus inaccesibles montañas pasaron pronto a batallas ofensivas en la llanura y, con ello, más a una táctica regular. Combatían en una falange profunda; su equipo protector era ligero y en general se limitaba a las primeras filas y a las filas de los flancos, mientras que el centro se componía de hombres sin armadura. La falange suiza, sin embargo, estaba siempre articulada en 3 agrupaciones distintas, en vanguardia, grueso principal y retaguardia, de modo que quedaban aseguradas una mayor movilidad y la posibilidad de múltiples agrupaciones tácticas. Pronto supieron explotar hábilmente las desigualdades del terreno, lo que, en combinación con el perfeccionamiento de las armas de fuego, les protegía del ataque de la caballería, mientras que contra una infantería armada con largas picas idearon diversos medios para abrir una brecha en alguna parte del bosque de picas; gracias a sus cortas y pesadas alabardas eran entonces incluso muy superiores a los hombres con armadura. Aprendieron muy pronto, en particular con apoyo de la artillería y de pequeñas armas de fuego, a resistir los ataques de la caballería formando en cuadro o en forma de cruz. Pero en cuanto una infantería volvió a ser capaz de eso, los días de la caballería andante estaban contados.

Hacia mediados del siglo XV, al igual que las ciudades, también los soberanos de las monarquías más grandes que se estaban consolidando combatían en todas partes contra la nobleza feudal, y a este fin se pusieron a formar ejércitos mercenarios tanto para domeñar a la nobleza como para perseguir objetivos autónomos de política exterior. Junto a los suizos, comenzaron los alemanes y, poco después, la mayoría de las demás naciones europeas a mantener grandes contingentes mercenarios, que eran reclutados por enganche voluntario y prestaban servicio al mejor postor sin consideración de la nacionalidad. Estas agrupaciones se formaban

tácticamente según el mismo principio que los suizos; estaban principalmente armados con picas y combatían en grandes batallones cuadrados con tantos hombres en profundidad como en anchura. Ellos tenían que combatir, sin embargo, bajo circunstancias distintas a las de los suizos, que defendían sus montañas; tenían tanto que atacar como que resistir en posiciones defensivas; tenían que enfrentarse al enemigo por igual en las llanuras italianas y francesas y en las montañas, y muy pronto se vieron confrontados a las armas de fuego de mano, que ahora se perfeccionaban con rapidez. Estas circunstancias causaron algunas desviaciones de la vieja táctica suiza, que se diferenciaron según las diversas nacionalidades; pero la característica principal, la articulación en 3 columnas profundas, que si bien no siempre en la realidad, sí en el nombre aparecían como vanguardia, grueso principal y retaguardia o reserva, permaneció común a todas.

Los suizos conservaron su superioridad hasta la batalla de Pavía, tras la cual los lansquenetes alemanes <Landsknechte: en la “New American Cyclopædia” en alemán>, que desde hacía ya un buen tiempo eran casi, si no del todo, iguales a los suizos, fueron considerados como la primera infantería de Europa. Los franceses, cuya infantería hasta entonces no había servido para nada, se esforzaron mucho en este período por formar una tropa nacional de soldados de infantería susceptible de combatir; pero solo tuvieron éxito con los habitantes de dos provincias, los picardos y los gascones. La infantería italiana de este período no contaba en absoluto. Los españoles, sin embargo, entre quienes Gonzálo de Córdoba introdujo por primera vez la táctica y el armamento suizos durante las guerras contra los moros de Granada, pronto se granjearon un nombre significativo, y desde la segunda mitad del siglo XVI fueron tenidos por la mejor infantería de Europa. Mientras que los italianos y, tras ellos, los franceses y los alemanes alargaron las picas de 10 a 18 pies, los españoles conservaron picas más cortas y manejables, y su destreza los hacía muy temidos en el combate cuerpo a cuerpo con espada y daga. Mantuvieron esta fama en Europa occidental —al menos en Francia, Italia y los Países Bajos— hasta finales del siglo XVII.

El menosprecio del equipo de protección por parte de los suizos, basado en las tradiciones de otra época, no fue compartido por los piqueros del siglo XVI. Tan pronto como se formó una infantería europea, en la que los distintos ejércitos se fueron asemejando cada vez más en sus cualidades militares, el sistema de rodear la falange con una delgada línea de hombres equipados con corazas y cascos se reveló insuficiente. Si hasta entonces los suizos habían considerado invencible una falange semejante, esto dejó de ser cierto en cuanto se le opuso otra falange completamente equivalente. Ahora cobraba cierta importancia un equipo de protección adecuado; en tanto no dificultara demasiado la movilidad de las tropas, suponía una ventaja decidida. Por lo demás, los españoles nunca habían compartido la subestimación de las corazas, y se empezó a reconocer el equipo de protección de manera general. En consecuencia, la coraza, el casco, las grebas, los brazales y los guanteletes volvieron a formar parte del equipo regular de los piqueros. A ello se añadía una espada —más corta entre los alemanes, más larga entre los suizos— y, en ocasiones, una daga.

V. La infantería de los siglos XVI y XVII

El arco largo había desaparecido del continente europeo desde hacía bastante tiempo, salvo en Turquía. La ballesta fue utilizada por última vez por los gascones en el primer cuarto del siglo XVI. En todas partes se la sustituyó por el mosquete de mecha que, en diversos grados de perfección o, más bien, de imperfección, pasó a ser la segunda arma de la infantería. Los mosquetes de mecha del siglo XVI, máquinas toscas y de construcción defectuosa, eran de un calibre muy pesado para garantizar, además del alcance del tiro, una cierta precisión y la fuerza necesaria para perforar la coraza de un piquero. Hacia 1530 se empleaba por lo general el pesado mosquete disparado desde una horquilla, pues sin un apoyo semejante no se habría podido apuntar. Los mosqueteros llevaban un sable, pero carecían de todo equipo de protección; se los empleaba ora para escaramuzar, ora en una especie de orden abierto, para mantener las posiciones defensivas o preparar el asalto de los piqueros en el ataque contra dichas posiciones. El número de mosqueteros aumentó rápidamente en proporción al de piqueros; mientras que en las batallas de Francisco I en Italia eran numéricamente mucho más débiles que los piqueros, treinta años después eran al menos igual de fuertes. El creciente número de mosqueteros exigió, para su inclusión permanente en el orden de batalla, la invención de un método táctico correspondiente. Este encontró su expresión en un sistema táctico que las tropas imperiales desarrollaron durante sus guerras contra los turcos en Hungría, denominado la ordenanza húngara. Los mosqueteros, incapaces de defenderse en el combate cuerpo a cuerpo, se situaban siempre de tal modo que pudieran replegarse detrás de los piqueros. Así, a veces se los colocaba en una de las dos alas, a veces en las cuatro esquinas de las alas; con mucha frecuencia, todo el cuadro o la columna de piqueros estaba rodeado por una fila de mosqueteros que encontraban protección bajo las picas de los hombres que se hallaban detrás de ellos.

Finalmente, en el nuevo sistema táctico introducido por los neerlandeses en su guerra de independencia, se impuso el plan de apostar a los mosqueteros en los flancos de los piqueros. Este sistema se caracteriza en particular por la subdivisión de cada ejército en tres grandes falanges, correspondientes a la táctica suiza y húngara. Cada una de ellas constaba de tres líneas, de las cuales la central se dividía a su vez en un ala derecha y un ala izquierda. La distancia entre ambas alas equivalía al menos a la longitud del frente de la primera línea. Todo el ejército se organizaba en medios regimientos, que llamaremos batallones; cada batallón tenía a sus piqueros en el centro y a sus mosqueteros en los flancos. La vanguardia de un ejército, compuesta por tres regimientos, se formaría, por tanto, de la siguiente manera: dos medios regimientos en frente continuo en la primera línea; detrás de cada una de sus alas, otro medio regimiento; más atrás, cubriendo la primera línea, los dos medios regimientos restantes, igualmente en frente continuo. El grueso y la retaguardia se apostarían bien en el flanco, bien detrás de la vanguardia, pero formados según el mismo plan. Aquí tenemos, en cierta medida, un retorno a la antigua formación romana en tres líneas y determinados pequeños destacamentos.

Los imperiales, y con ellos los españoles, consideraron necesario dividir sus grandes ejércitos en más de los tres cuerpos de tropas ya mencionados; pero sus batallones, o unidades tácticas, eran mucho mayores que los neerlandeses; combatían en columnas o en cuadro en lugar de en línea y no tenían una formación regular para el orden de batalla, hasta que los españoles, durante la guerra de independencia neerlandesa, empezaron a desplegarlos en el orden conocido como Brigada española. Cuatro de estos grandes batallones —cada uno compuesto por lo general de varios regimientos, formados en cuadrado, rodeados por una o dos filas de mosqueteros, con alas de tiradores en las esquinas— se situaban, a intervalos determinados, en las cuatro esquinas de un cuadro, de tal modo que una esquina quedaba enfrentada al enemigo. Si el ejército era demasiado grande para una sola brigada, podían formarse dos; de ello resultaban tres líneas con dos batallones en la primera, cuatro (a veces solo tres) en la segunda y dos en la tercera línea. Aquí se muestra, al igual que en el sistema neerlandés, el intento de retornar al antiguo sistema romano de las tres líneas.

Durante el siglo XVI tuvo lugar aún otro gran cambio. La caballería pesada de los caballeros se disolvió y fue sustituida por una caballería mercenaria, armada de manera similar a nuestros modernos coraceros, con coraza, casco, sable y pistolas. Esta caballería era muy superior en movilidad a sus predecesoras, y por ello representaba también una mayor amenaza para la infantería; sin embargo, los piqueros de entonces jamás le tuvieron miedo. A través de este cambio, la caballería se convirtió en un arma uniforme y entró con un porcentaje mucho mayor en la composición de los ejércitos, en particular en el período que ahora vamos a considerar, a saber, la Guerra de los Treinta Años.

En esta época, el sistema del servicio mercenario estaba generalizado en Europa; se había creado una categoría de hombres que vivía de la guerra y mediante la guerra. Aunque la táctica quizá mejorase con ello, el carácter de los hombres, la composición del material humano del ejército, así como su moral, sufrieron indudablemente. Europa Central estaba infestada de condotieros de todos los matices, que tomaban las disputas religiosas y políticas como pretexto para saquear y devastar el país entero. El carácter del soldado individual degeneró cada vez más, hasta que la Revolución Francesa barrió definitivamente este sistema de servicio mercenario.

Los imperiales libraban sus batallas según el sistema español de brigadas, cuatro o más brigadas en línea, formando así tres líneas. Los suecos, bajo Gustavo Adolfo, se formaban en brigadas suecas, cada una compuesta por tres batallones, de los cuales uno se situaba delante y los otros dos algo más atrás, cada uno desplegado en línea, los piqueros en el centro y los mosqueteros en las alas. Se los disponía (ambas armas representadas en número igual) de tal modo que, mediante la formación de una línea continua, cada arma pudiera cubrir a la otra. Suponiendo que se diese la orden de formar una línea continua de mosqueteros, las dos alas de esta arma en el batallón central o de frente cubrirían a sus piqueros colocándose ante ellos, mientras las alas de los otros dos batallones, cada una en el flanco correspondiente, avanzarían hasta quedar a la misma altura que las primeras. Si era de esperar un ataque de caballería, todos los mosqueteros se replegaban detrás de los piqueros, mientras las dos alas de piqueros avanzaban para alinearse con el centro y formar así una línea continua de piqueros. El orden de batalla lo formaban dos líneas de estas brigadas, que constituían el centro del ejército, mientras la numerosa caballería se apostaba en ambas alas, reforzada por pequeños destacamentos de mosqueteros. Es característico de este sistema sueco el que los piqueros, que en el siglo XVI representaban la gran arma ofensiva, hubieran perdido ahora toda capacidad de ataque. Se habían convertido en una mera fuerza defensiva, y su misión consistía en cubrir a los mosqueteros frente a un ataque de la caballería; de nuevo era la última arma mencionada la que había de llevar a cabo el ataque en toda su amplitud. De este modo, la infantería había perdido importancia, mientras que la caballería volvía a ganar relevancia; pero entonces Gustavo Adolfo puso fin al fuego, que se había convertido en una forma de combate predilecta de la caballería, y ordenó a sus jinetes atacar siempre a pleno galope y con el sable en la mano. Desde ese momento hasta la reanudación del combate en terreno accidentado, toda caballería que aplicó esta táctica pudo vanagloriarse de grandes éxitos sobre la infantería. No puede haber mayor condena de la infantería mercenaria de los siglos XVII y XVIII que este hecho, y, sin embargo, para todos los fines de combate representaba la infantería más disciplinada de todos los tiempos.

El resultado general de la Guerra de los Treinta Años en lo que respecta a la táctica europea fue que tanto la brigada sueca como la española desaparecieron, y los ejércitos pasaron a formarse en dos líneas, constituyendo la caballería las alas y la infantería el centro. La artillería se situaba delante del frente o en los intervalos de las otras armas. A veces se mantenía una reserva de caballería, o una reserva compuesta de caballería e infantería. La infantería se desplegaba en línea, de seis hombres de profundidad. Los mosquetes se aligeraron lo suficiente como para que se pudiera prescindir de las horquillas, y se introdujeron en todas partes los cartuchos y las cartucheras.

La reunión de mosqueteros y piqueros en los mismos batallones de infantería condujo ahora a los movimientos tácticos más complicados, basados todos en la necesidad de formar, frente a la caballería, los llamados batallones defensivos o, como diríamos hoy, cuadros. Incluso en un simple cuadro, no era poca cosa separar las seis filas de piqueros del centro de tal modo que rodearan completamente por todos los lados a los mosqueteros, que naturalmente estaban indefensos frente a la caballería; ¡pero qué debía de significar disponer de manera semejante el batallón en forma de cruz, de octógono o en otras figuras fantásticas! Así ocurrió que el reglamento de ejercicios de este período fue el más complicado que jamás haya existido, y nadie, salvo un soldado de por vida, tuvo jamás la menor oportunidad de adquirir en él siquiera la destreza más sencilla. Al mismo tiempo, está claro que todos estos intentos de formar ante el enemigo una tropa capaz de resistir a la caballería eran completamente inútiles; cualquier caballería regular se habría hallado en medio de un batallón semejante antes de que hubiera podido ejecutarse una cuarta parte de los movimientos previstos.

Durante la segunda mitad del siglo XVII, el número de piqueros, en proporción con los mosqueteros, se redujo extraordinariamente; pues a partir del momento en que los piqueros habían perdido toda fuerza ofensiva, los mosqueteros constituían la parte verdaderamente activa de la infantería. Se comprobó además que la caballería turca, la más temida de aquella época, irrumpía muy a menudo en los cuadros de piqueros, mientras que era repelida con igual frecuencia por el fuego certero de una línea de mosqueteros. Como consecuencia, los imperiales abolieron por completo las picas en su ejército húngaro y a veces las sustituyeron por caballos de frisa (spanische Reiter), que se montaban en el campo; los mosqueteros portaban las plumas como parte de su equipo reglamentario. También en otros países se dieron casos en que se enviaron ejércitos al campo sin un solo piquero; los mosqueteros confiaban en su fuego y en el apoyo de su propia caballería cuando se veían amenazados por un ataque de jinetes. Sin embargo, fueron necesarias dos invenciones para abolir por entero la pica: la bayoneta, inventada hacia 1640 en Francia y mejorada en 1699 hasta convertirse en el arma manejable hoy en uso, y además el fusil de chispa, inventado hacia 1650. La bayoneta, aunque ciertamente un sustituto imperfecto de la pica, permitía al mosquetero darse a sí mismo, en cierta medida, la protección que hasta entonces debía recibir de los piqueros; en cambio, el fusil de chispa lo capacitaba, mediante la simplificación del proceso de carga y el consiguiente fuego rápido, para compensar con creces las insuficiencias de la bayoneta.

VI. La infantería del siglo XVIII

Con la abolición de la pica, también desapareció por completo el equipo defensivo de la infantería, y esta arma quedó compuesta exclusivamente por soldados armados con el fusil de chispa y la bayoneta. Este cambio se logró en los primeros años de la Guerra de Sucesión española y coincide con los primeros años del siglo XVIII. Al mismo tiempo encontramos en todas partes ejércitos permanentes de considerable magnitud, reclutados en lo posible mediante el alistamiento voluntario, combinado con el rapto de hombres, pero también, cuando era necesario, mediante levas forzosas. Estos ejércitos se organizaron entonces regularmente como unidades tácticas en batallones de 500 a 700 hombres, subdivididos en compañías en ocasiones especiales; varios batallones formaban un regimiento.

De este modo, la organización de la infantería comenzó a adoptar una forma más estable y equilibrada. El manejo del fusil de chispa exigía mucho menos espacio que el del antiguo mosquete de mecha. Se abolió el antiguo orden abierto y se cerraron las filas, a fin de tener la mayor cantidad posible de tiradores en el mismo espacio. Por la misma razón, se redujeron al mínimo los intervalos entre los distintos batallones de la línea de batalla, de modo que todo el frente formaba una línea rígida e ininterrumpida, con la infantería en dos líneas en el centro y la caballería en las alas. El fuego por filas, hasta entonces habitual, en el que cada fila, después de disparar, se retiraba hacia atrás para volver a cargar, fue sustituido por el fuego de pelotón o de compañía: las tres primeras filas de cada pelotón disparaban simultáneamente a la voz de mando. De esta manera, cada batallón podía mantener un fuego ininterrumpido contra el enemigo que tenía enfrente. Cada batallón tenía su puesto particular en esta larga línea, y este orden, que asignaba a cada uno su lugar, recibió el nombre de orden de batalla.

La gran dificultad residía ahora en organizar el orden de marcha de modo que el ejército pudiera pasar siempre con facilidad del orden de marcha al de combate y que cada parte de la línea llegase de inmediato y rápidamente a su lugar correcto. Cuando se estaba al alcance del enemigo, el emplazamiento del campamento obedecía al mismo objetivo. De este modo, durante este período se realizaron grandes progresos en el arte de marchar y acampar; a pesar de ello, la rigidez y pesadez del orden de batalla constituían un obstáculo para todos los movimientos de un ejército. Esta rigidez en

el orden y la imposibilidad de maniobrar con semejante línea en otro terreno que no fuera completamente llano limitaban al mismo tiempo la elección del terreno apto para el campo de batalla; pero mientras ambas partes estuvieron atadas por las mismas cadenas, ello no representó una desventaja para ninguna de las dos. Desde Malplaquet hasta el estallido de la Revolución Francesa, la infantería aborrecía un camino, una aldea o una granja; incluso una zanja o un seto eran considerados casi como un obstáculo por quienes debían defenderlos.

La infantería prusiana es la infantería clásica del siglo XVIII. Fue formada en lo esencial por el príncipe Leopoldo de Dessau. Durante la Guerra de Sucesión española, la línea de infantería se había reducido de 6 a 4 hombres de profundidad. Leopoldo suprimió la cuarta fila y dispuso a los prusianos en 3 hombres de fondo. Introdujo también la baqueta de hierro, que permitía a las tropas prusianas cargar y disparar cinco veces por minuto, mientras que las demás tropas apenas disparaban tres veces. Al mismo tiempo se les ejercitó en hacer fuego durante el avance; pero como para ello debían detenerse y toda la larga línea debía permanecer alineada, el paso era muy lento: el llamado paso de ganso. El fuego comenzaba a 200 yardas del enemigo; la línea avanzaba al paso de ganso; cuanto más se aproximaba al enemigo, más cortaba el paso y más intenso se hacía su fuego, hasta que el enemigo o bien cedía o bien quedaba tan conmocionado que un ataque de la caballería por los flancos y un avance de la infantería a la bayoneta lo desalojaban de su posición. El ejército se desplegaba siempre en dos líneas; pero como en la primera línea apenas quedaban intervalos, resultaba muy difícil para la segunda acudir en ayuda de la primera en caso necesario.

Así era el ejército y la táctica de que disponía Federico II de Prusia al subir al trono. Parecía que un genio apenas tenía posibilidades de mejorar semejante sistema sin quebrantarlo, y eso era algo que Federico, en su posición y con el material humano de que disponía, no podía hacer. Sin embargo, logró organizar de tal modo su modo de ataque y su ejército que, con los recursos de un reino más pequeño que la Cerdeña actual y con el exiguo apoyo financiero de Inglaterra, pudo librar una guerra contra casi toda Europa. El secreto se explica fácilmente.

Hasta entonces, las batallas del siglo XVIII habían sido batallas paralelas, en las que ambos ejércitos se desplegaban frontalmente uno frente al otro y luchaban en un simple combate directo y abierto, sin artimaña

alguna; la única ventaja que correspondía a la parte más fuerte era que sus alas desbordaban las del adversario. Federico aplicó al orden lineal de batalla el sistema de ataque oblicuo inventado por Epaminondas. Elegía un ala del enemigo para el primer ataque y oponía a ella una de sus alas, que desbordaba la del enemigo, y una parte de su centro, mientras mantenía retenido el resto de su ejército. De este modo, no solo gozaba de la ventaja de envolver al enemigo, sino también de la de destrozar por medio de fuerzas superiores las tropas expuestas a su ataque. Las demás tropas enemigas no solo no podían socorrer a las atacadas porque estaban atadas a su puesto en la línea, sino también porque, en caso de éxito del ataque a una de las alas, la otra parte del ejército atacante avanzaba a la línea del frente y amenazaba el centro enemigo que tenía delante, mientras que el ala que había atacado inicialmente, tras doblegar el ala enemiga, se arrojaba sobre el flanco del adversario. Este era realmente el único método concebible para concentrar, dentro del mantenimiento del sistema lineal, una fuerza superior contra una parte de la línea de batalla enemiga. Todo dependía del despliegue del ala atacante, y en la medida en que la rigidez del orden de batalla lo permitía, Federico la reforzaba siempre. Con suma frecuencia colocaba delante de la primera línea de infantería del ala atacante una línea avanzada formada por sus granaderos, las tropas de élite, para asegurar así al máximo el éxito desde el primer momento.

El segundo medio que Federico empleó para mejorar su ejército fue la reorganización de la caballería. Se habían olvidado las lecciones de Gustavo Adolfo; en lugar de confiar en el sable y en el ataque impetuoso, la caballería, salvo pocas excepciones, volvió a utilizar en el combate la pistola y la carabina. Por ello, las guerras de principios del siglo XVIII no ofrecen muchos ataques afortunados de la caballería; la caballería prusiana estaba especialmente descuidada. Federico, en cambio, recurrió al antiguo sistema de cargar a todo galope con el sable en la mano, creando así una caballería sin par en la historia; a ella debió gran parte de sus éxitos.

Al convertirse su ejército en el modelo para Europa, Federico comenzó, con el fin de engañar a los especialistas militares de otras naciones, a complicar de un modo pasmoso el sistema de evoluciones tácticas, todas ellas inadecuadas para una guerra real, con la única intención de encubrir la sencillez de los medios que le habían procurado la victoria. Tuvo tanto éxito en ello que nadie salió más engañado que

sus propios subordinados, que creyeron realmente que aquellos complicados métodos de formación de líneas constituían la verdadera esencia de su táctica. De esta manera, Federico preparó de hecho al ejército para la incomparable ignominia de Jena y Auerstedt, y creó además la base de aquella pedantería y rígida disciplina que desde entonces han caracterizado a los prusianos.

Junto a la infantería de línea que hemos descrito hasta ahora, que siempre combatía en orden cerrado, existía también una determinada clase de infantería ligera, que sin embargo no aparecía en las grandes batallas. Su misión era la guerra de escaramuzas; para ella se prestaban excelentemente los croatas austríacos, inservibles, en cambio, para otras tareas. Siguiendo el ejemplo de estos semisalvajes de la frontera militar con Turquía, los demás Estados europeos formaron su infantería ligera. Pero el hostigamiento en las grandes batallas, tal como lo había practicado la infantería ligera en la Antigüedad y en la Edad Media e incluso hasta el siglo XVII, había desaparecido por completo. Solo los prusianos, y tras ellos los austríacos, formaron uno o dos batallones de tiradores, compuestos por cazadores y guardas forestales, todos ellos tiradores de primera, que durante la batalla se distribuían por todo el frente y disparaban contra los oficiales; pero eran tan pocos que apenas contaban.

El renacimiento del combate de tiradores en orden disperso es resultado de la guerra de independencia norteamericana. Mientras que a los soldados de los ejércitos europeos, mantenidos unidos por la coacción y la rígida disciplina, no se les podía confiar el combate en orden abierto, en América se vieron obligados a enfrentarse a una población que no estaba adiestrada en la instrucción regular de los soldados de línea, pero que eran buenos tiradores y sabían manejar el fusil de manera sobresaliente. La naturaleza del terreno los favorecía; en lugar de intentar maniobras para las que de momento carecían de aptitud, se vieron llevados forzosamente a combatir en orden disperso. Así, el combate de Lexington y Concord marca una nueva época en la historia de la infantería.

VII. La infantería de la Revolución Francesa y del siglo XIX

Cuando la coalición europea invadió la Francia revolucionaria, los franceses se hallaban en una situación similar a la de los americanos poco antes, solo que no contaban con las mismas ventajas del terreno. Para combatir según el antiguo principio lineal a los numerosos ejércitos que invadían o amenazaban con invadir el país, habrían necesitado hombres bien instruidos, y estos apenas existían, mientras que abundaban los voluntarios sin instrucción. En la medida en que el tiempo lo permitía, se les adiestraba en las evoluciones elementales de la táctica lineal; pero los batallones formados en línea, tan pronto como entraban en fuego, se disolvían inconscientemente en densos enjambres de tiradores que buscaban protección del fuego en todas las desigualdades del terreno, mientras la segunda línea formaba una especie de reserva que, con harta frecuencia, era empeñada en la lucha ya al comienzo del combate. Por lo demás, los ejércitos franceses estaban organizados de manera muy distinta a los de sus adversarios. No se formaban en una línea inmóvil y uniforme compuesta de batallones, sino en divisiones de ejército, cada una de las cuales constaba de artillería, caballería e infantería.

De repente se redescubrió el gran hecho de que no tiene importancia que un batallón ocupe su lugar «correcto» en el orden de batalla para poder avanzar en línea y combatir bien obedeciendo órdenes. Como el gobierno francés carecía de recursos, se suprimieron las tiendas de campaña y el inmenso bagaje de los ejércitos del siglo XVIII; se pasó a vivaquear, y el confort de los oficiales, que en otros ejércitos causaba gran parte de los impedimentos, quedó reducido a lo que podían llevar a la espalda. En lugar de ser abastecido desde almacenes, el ejército se veía obligado a vivir de las requisiciones en el país que atravesaba. De este modo, los franceses alcanzaron una movilidad y una soltura en la formación del orden de batalla completamente desconocidas para sus enemigos. Si sufrían una derrota, en pocas horas estaban fuera del alcance de sus perseguidores. En el avance podían aparecer en puntos inesperados de los flancos del enemigo antes de que este fuera advertido. Esta movilidad y la desconfianza entre los jefes de la coalición dieron a los franceses el respiro necesario para instruir a sus voluntarios y elaborar el nuevo sistema táctico que se estaba desarrollando entre ellos.

A partir de 1795 vemos cómo este nuevo sistema, como combinación de orden disperso y columna cerrada, cobra forma estable. La formación en línea se añadió posteriormente, aunque no ya para todo un ejército como antes, sino solo para batallones sueltos que se desplegaban en línea cuando la situación parecía exigirlo. Es evidente que esta maniobra, que requiere una mayor perseverancia en la instrucción, fue la última que pudieron adoptar las tropas irregulares de la Revolución francesa.

Tres batallones formaban una media brigada; seis, una brigada; dos o tres brigadas de infantería constituían una división, a la que se añadían aún dos baterías de artillería y, en pequeña medida, caballería. Varias de estas divisiones formaban un ejército. Cuando una división chocaba con el enemigo, los tiradores de la vanguardia se asentaban en una posición defensiva, sirviendo la vanguardia de reserva hasta que la división llegaba. Las brigadas se formaban entonces en dos líneas y una reserva, pero cada batallón en columna y sin intervalos fijos; la protección contra irrupciones en el orden de batalla estaba a cargo de la caballería y de la reserva. La línea de batalla ya no tenía que ser necesariamente recta e ininterrumpida; podía curvarse en todas direcciones según exigiera el terreno, puesto que ya no era necesario elegir llanuras desiertas y planas como campo de batalla; por el contrario, los franceses preferían el terreno accidentado, y sus tiradores, que formaban una cadena ante toda la línea de batalla, se arrojaban sobre cada aldea, cada granja o cada espesura de la que podían apoderarse. Cuando los batallones de la primera línea se desplegaban, por lo general pronto se disolvían en enjambres de tiradores; los de la segunda línea permanecían siempre en columna y atacaban generalmente en esta formación, con gran éxito, a las débiles líneas enemigas. De este modo, la formación táctica de un ejército de campaña francés llegaba poco a poco a componerse de dos líneas, y cada línea, a su vez, de batallones en columna cerrada, dispuestos en échiquier <en ajedrezado>, con enjambres de tiradores al frente y una sólida reserva a la espalda.

En esta fase de desarrollo encontró Napoleón la táctica de la Revolución francesa. Tan pronto como su acceso al poder político se lo permitió, empezó a desarrollar aún más este sistema. Concentró su ejército en el campamento de Boulogne y lo sometió allí a un curso regular de instrucción. En particular, lo adiestró en la formación de sólidas reservas en masa en un espacio reducido y en el rápido despliegue de dichas masas para formar en línea. Reunió dos o tres divisiones en un cuerpo de ejército, simplificando así el mando. Inventó el nuevo orden de marcha y lo llevó a la máxima perfección. Este consiste en distribuir las tropas sobre un espacio tan amplio que puedan subsistir con los recursos allí existentes y, sin embargo, mantenerse lo suficientemente agrupadas para poder ser concentradas en un punto dado antes de que el enemigo pueda aniquilar a la parte atacada. A partir de la campaña de 1809, Napoleón comenzó a desarrollar nuevas formaciones tácticas, como, por ejemplo, las profundas columnas de brigadas y divisiones enteras, las cuales, sin embargo, fracasaron por completo y no se volvieron a emplear jamás.

Después de 1813, el nuevo sistema francés se convirtió en patrimonio común de todas las naciones del continente europeo. El viejo sistema lineal y el de reclutamiento de mercenarios habían sido abandonados. Por doquier se reconocía el servicio militar obligatorio universal y se introducía la nueva táctica. En Prusia y en Suiza, sencillamente, todos tenían que servir. En otros Estados se introdujo la conscripción; los jóvenes sorteaban quién debía servir. En todas partes se implantaron sistemas de reserva, mediante los cuales una parte de los hombres era licenciada y enviada a casa tras el tiempo de servicio, con el fin de disponer en caso de guerra de un gran número de hombres instruidos con pocos gastos en tiempos de paz.

Desde aquella época, el armamento y la organización de la infantería han sido modificados repetidas veces, en parte a consecuencia del progreso en la fabricación de armas de fuego portátiles, en parte a raíz del choque de la infantería francesa con los árabes en Argelia. Los alemanes, que siempre habían apreciado el fusil, habían reforzado sus batallones de tiradores ligeros. Movidos por la necesidad de disponer en Argelia de un arma de mayor alcance, los franceses crearon por fin, en 1840, un batallón de tiradores equipado con un fusil perfeccionado de gran precisión y alcance. Estos hombres, adiestrados para ejecutar todas sus evoluciones e incluso largas marchas en una especie de trote (pas gymnastique), mostraron pronto tal eficiencia que se crearon nuevos batallones. De este modo se forjó una nueva infantería ligera, compuesta no por cazadores y guardabosques, sino por los hombres más fuertes y ágiles; la precisión del fuego y el gran alcance se combinaban con la movilidad y la resistencia, dando origen a una fuerza de combate que, en su marco, era ciertamente superior a cualquier otra infantería existente. Al mismo tiempo, el pas gymnastique se introdujo en la infantería de línea, y la carrera, que hasta Napoleón habría considerado la mayor de las estupideces, se practica hoy en todos los ejércitos como un componente importante de la instrucción de infantería.

Del éxito del nuevo fusil de los tiradores franceses (Delvigne-Poncharra) surgieron pronto nuevas mejoras. En las armas de cañón rayado se introdujo el proyectil cónico. Minié, Lorenz y Wilkinson inventaron nuevos dispositivos que hacían que el proyectil se deslizara fácilmente por el cañón y luego se expandiera de modo que llenase las estrías con su plomo, consiguiendo así la rotación y la velocidad decisivas para la eficacia del fusil. Por otra parte, Dreyse inventó el fusil de aguja, que se cargaba por la parte trasera y no requería una ceba separada. Con todos estos fusiles se podía acertar a 1.000 yardas de distancia y se cargaban tan fácilmente como un mosquete ordinario de ánima lisa. Surgió entonces la idea de armar a toda la infantería con tales fusiles. Inglaterra fue el primer país en realizarla; le siguió Prusia, que durante mucho tiempo había preparado ese paso; después, Austria y los Estados alemanes menores, y por último Francia. Rusia, así como los Estados italianos y escandinavos, siguen a la zaga.

Este nuevo armamento ha cambiado por completo el aspecto de la guerra, pero por una razón matemática muy simple y no de la manera que los teóricos de la táctica esperaban. Al representar la trayectoria de estos proyectiles se puede demostrar fácilmente que un error de 20 o 30 yardas en la apreciación de la distancia al objeto anula toda probabilidad de acertar más allá de 300 o 350 yardas. Ahora bien, mientras que en el campo de ejercicios las distancias son conocidas, en el campo de batalla no lo son y cambian a cada instante. Una infantería desplegada en posición defensiva que ha tenido tiempo suficiente para medir a pasos la distancia a los objetos más destacados situados al frente tendrá, por consiguiente, una ventaja considerable sobre un enemigo atacante a distancias de 1.000-300 yardas. Esto solo puede precaverse avanzando a la carrera hasta 300 yardas sin hacer fuego, a partir de donde el fuego de ambas partes será igualmente eficaz. A esta distancia, el fuego entre dos líneas de tiradores bien dispuestas se tornará tan mortífero, y tantas balas alcanzarán a los puestos avanzados y a las reservas, que una infantería valiente no puede hacer nada mejor que aprovechar la primera oportunidad para cargar contra el enemigo descargando una salva desde 40 o 50 yardas. Estas reglas, demostradas por primera vez teóricamente por el mayor prusiano Trotha, han sido recientemente puestas a prueba en la práctica y con éxito por los franceses en su guerra contra los austríacos. Constituirán por tanto el alfa y la omega de la moderna táctica de infantería, sobre todo si frente a un arma de carga tan rápida como el fusil de aguja prusiano muestran una eficacia igualmente buena. El armamento de toda la infantería con el mismo fusil conducirá a la abolición de las diferencias que aún subsisten entre la infantería ligera y la de línea, formando una infantería apta para todo servicio. En ello consistirá indudablemente la próxima mejora de esta arma.