Karl Marx
El señor Vogt

Prefacio.

Bajo la fecha «Londres, 6 de febrero de 1860», publiqué en la «Volks-Zeitung» de Berlín, en la «Reform» de Hamburgo y en otros periódicos alemanes una declaración que empezaba con las siguientes palabras:

«Por la presente hago saber que he tomado medidas preparatorias para entablar una querella por calumnia contra la “National-Zeitung” de Berlín, a causa de los editoriales núms. 37 y 41 sobre el folleto de Vogt: “Mi acción contra la Allgemeine Zeitung”. Una réplica literaria a Vogt la reservo para otra ocasión posterior.»

Por qué decidí responder a Karl Vogt en forma literaria y, en cambio, a la National-Zeitung ante los tribunales, se verá en el presente trabajo mismo.

En el transcurso de febrero de 1860 entablé la querella por calumnia contra la National-Zeitung. Después de que el procedimiento hubiese pasado por cuatro instancias preliminares, recibí, el 23 de octubre de este año, la resolución del Real Tribunal Supremo de Prusia, por la cual se me denegaba en última instancia el derecho a proseguir la querella, es decir, la causa fue sobreseída antes de llegar a audiencia pública. Si esta última, tal como tenía derecho a esperar, se hubiese celebrado, me habría ahorrado el primer tercio del presente trabajo. La simple reproducción de un informe taquigráfico del proceso habría bastado, y yo me habría librado de la tarea sumamente desagradable de contestar a acusaciones contra mi persona, y por tanto de tener que hablar de mí mismo. Siempre he evitado esto con tanto cuidado, que Vogt podía prometerse algún éxito para sus fábulas mentirosas. Sin embargo, sunt certi denique fines. El amasijo de Vogt, tal como la National-Zeitung lo resumió a su manera, me acusaba de una serie de actos infames que ahora, cuando la refutación judicial pública me ha sido definitivamente cortada, exigen una refutación literaria. Pero aparte de esta consideración, que no dejaba elección, tenía otros motivos para, una vez que debía entrar en la materia, ocuparme con mayor detenimiento de las historias de caza de Vogt acerca de mí y de mis compañeros de partido. Por una parte, el grito de triunfo casi unánime con que la llamada prensa «liberal» alemana saludó sus supuestas revelaciones. Por otra, la oportunidad que ofrecía el análisis del amasijo para caracterizar a ese individuo que representa toda una corriente.

La réplica a Vogt me obligó, aquí y allá, a poner al desnudo una partie honteuse de la historia de la emigración. En ello no hago más que ejercer el derecho de «legítima defensa». Por lo demás, salvo poquísimas personas, nada puede reprocharse a la emigración fuera de ilusiones, más o menos justificadas por las condiciones de la época, y locuras, que brotaron necesariamente de las extraordinarias circunstancias en que aquella se encontró situada sin esperarlo. Hablo aquí, naturalmente, sólo de los primeros años de la emigración. Una comparación de la historia de los gobiernos y de la sociedad burguesa, digamos de 1849 a 1859, con la historia simultánea de la emigración sería la más brillante apología que pudiera escribirse de esta última.

Sé de antemano que los mismos hombres astutos que, cuando apareció el amasijo de Vogt, meneaban gravemente la cabeza ante la importancia de sus «revelaciones», no comprenderán ahora en absoluto cómo puedo perder el tiempo refutando tales niñerías; mientras que los plumeríferos «liberales» que, con maliciosa alacridad, pregonaron las vulgares trivialidades y las mentiras sin valor de Vogt por la prensa alemana, suiza, francesa y americana, encontrarán ultrajantemente ofensiva mi manera de tratarlos a ellos y a su héroe. Pero ¡no importa!

La parte política, así como la jurídica, de este trabajo no necesitan un prefacio especial propio. Para evitar posibles malentendidos, señalo solamente esto: Hombres que, ya antes de 1848, estaban de acuerdo en sostener la independencia de Polonia, Hungría e Italia, no sólo como un derecho de estos países sino también como interés de Alemania y Europa, sostuvieron puntos de vista enteramente opuestos sobre la táctica que Alemania debía seguir en la guerra italiana de 1859 con respecto a Luis Bonaparte. Esta oposición de puntos de vista surgió de juicios contrapuestos sobre premisas fácticas, cuya decisión ha de reservarse para otro momento. Por mi parte, en este trabajo sólo tengo que ocuparme de los puntos de vista de Vogt y de su camarilla. Incluso el punto de vista que él fingía representar y que, en la imaginación de una multitud sin discernimiento, representaba realmente, cae fuera de los límites de mi crítica. Yo me ocupo de los puntos de vista que realmente representaba.

Finalmente, expreso mi cordial gratitud por la ayuda voluntaria que, en la composición de este trabajo, me han prestado no sólo viejos amigos de partido, sino también muchos miembros de la emigración en Suiza, Francia e Inglaterra que anteriormente eran ajenos a mí y en parte todavía me son personalmente desconocidos.

Londres, 17 de noviembre de 1860.
Karl Marx.

I. La banda del azufre.

Clarín: Malas pastillas gasta;
ha se untado
Con ungüento de azufre. (Calderón.)

La «naturaleza bien redondeada», tal como el abogado Hermann caracterizó tiernamente ante el tribunal de distrito de Augsburgo a su globular cliente, el hereditario Vogt de Nichilburg —la «naturaleza bien redondeada» comienza su monstruosa y torpísima fabricación histórica de la siguiente manera:

«Bajo el nombre de la Banda del Azufre, o también bajo el no menos característico nombre de los Bürstenheimer, se conocía en la comunidad de refugiados de 1849 a una serie de personas que, inicialmente esparcidas por Suiza, Francia e Inglaterra, se reunieron poco a poco en Londres y allí veneraban al señor Marx como su jefe visible. El principio político de estos individuos era la dictadura del proletariado, etc.» (p. 136. «Mi acción contra la Allgemeine Zeitung» por Karl Vogt. Ginebra. Diciembre de 1859.) El «libro principal», en el que se desliza esta importante comunicación, apareció en diciembre de 1859. Sin embargo, ocho meses antes, en mayo de 1859, «la naturaleza bien redondeada» había publicado un artículo en el Bieler Handels-Courier, que ha de considerarse como el plano básico de la más detallada fabricación histórica. Escuchemos el texto original: «Desde el fracaso de la revolución de 1849 —así corta el viajante de comercio de Biel la historia— se ha ido reuniendo en Londres una camarilla de refugiados, cuyos miembros eran conocidos entre la emigración suiza bajo el nombre de los “Bürstenheimer” o de la “Banda del Azufre” en su (!) tiempo. Su jefe es Marx, antiguo redactor de la Rheinische Zeitung de Colonia —su consigna República Social, dictadura de los obreros— su ocupación el urdir conexiones y conspiraciones.» (Reimpreso en el «libro principal». Tercera sección. Documentos, núm. 7, pp. 31, 32.)

La camarilla de refugiados que era «conocida entre la emigración suiza» como la «Banda del Azufre» se transforma 8 meses después, ante un público más amplio, en una masa «esparcida por Suiza, Francia e Inglaterra» que era conocida como la «Banda del Azufre» entre la comunidad de refugiados en general. Es la vieja historia de los hombres vestidos de verde de Kendal, tan alegremente contada por el prototipo de Karl Vogt, el inmortal Sir John Falstaff, quien en su renacimiento zoológico no ha perdido en modo alguno sustancia. Del texto original del viajante de comercio de Biel se desprende que tanto la «Banda del Azufre» como los «Bürstenheimer» eran productos locales suizos. Examinemos su historia natural.

Informado por amigos de que, en efecto, en los años 1849-50 florecía en Ginebra una sociedad de refugiados bajo el nombre de la «Banda del Azufre», y que el señor S. L. Borkheim, comerciante establecido en la City de Londres, podía dar información más precisa sobre el origen, crecimiento y decadencia de aquella genial sociedad, me dirigí, en febrero de 1860, por escrito a este señor, a la sazón desconocido para mí, y en seguida, tras un encuentro personal, recibí el siguiente esbozo, que he impreso aquí sin alterar.

«Londres, 12 de febrero de 1860.
18, Union Grove, Wandsworth Road.
Estimado señor:

Aunque, a pesar de nueve años de estancia en el mismo país y en su mayoría en la misma ciudad, no nos conocíamos personalmente hasta hace tres días, no ha supuesto usted erróneamente que yo no le negaría, como coemigrado, las comunicaciones deseadas.

Bien, ¡al grano con la “Banda del Azufre”!

En el año 1849, poco después de que a los insurgentes nos sacaran a rodar de Baden, se reunieron en Ginebra, enviados en parte por las autoridades suizas y en parte por elección voluntaria de residencia, varios jóvenes que, estudiantes, soldados o comerciantes, ya eran amigos entre sí en Alemania antes de 1848 o se habían conocido durante la revolución.

El ánimo entre los refugiados no era precisamente color de rosa. Los llamados jefes políticos se echaban mutuamente la culpa del fracaso; los directores militares criticaban los movimientos ofensivos retrógrados, las marchas de flanco y las retiradas ofensivas de los demás; la gente empezó a insultarse como republicanos burgueses, socialistas y comunistas; llovían folletos que en modo alguno tenían un efecto calmante; por todas partes se olfateaban espías y, para colmo, la ropa de la mayoría se convertía en harapos y en muchos rostros se leía el hambre. En tan atribulada situación, los jóvenes ya mencionados se mantuvieron unidos en la amistad. Eran Eduard Rosenblum, nacido en Odessa, hijo de padres alemanes; había estudiado medicina en Leipzig, Berlín y París.

Max Cohnheim, de Fraustadt; había sido empleado de comercio y, al estallar la revolución, voluntario de un año en la artillería de la guardia.

Korn, químico y boticario de Berlín.

Becker, ingeniero de Renania, y yo mismo, quien, después de haber aprobado el Abiturientenexamen en el Werder Gymnasium de Berlín en 1844, había permanecido en Breslau, Greifswald y Berlín por razones de estudio, y a quien la revolución del 48 encontró sirviendo como artillero en su ciudad natal (Glogau).

Ninguno de nosotros tenía, creo, más de 24 años. Vivíamos cerca unos de otros, incluso durante un tiempo en el Grand Pré, todos en la misma casa. Nuestra ocupación principal, en el pequeño país que tan pocas oportunidades ofrecía para ganarse el sustento, era no dejarnos hundir ni desmoralizar por la miseria general de los refugiados y la resaca política. El clima y la naturaleza eran espléndidos —no renegábamos de nuestros antecedentes de marzo y encontrábamos la Gegend jottvoll. Lo que uno de nosotros poseía, lo tenía el otro, y cuando todos carecíamos de todo, encontrábamos taberneros bonachones u otras personas queridas que se complacían en prestarnos algo en virtud de nuestros rostros jóvenes y amantes de la vida. ¡Debíamos de tener todos un aire realmente honesto y loco! Mencionemos aquí con gratitud al cafetier Bertin (Café de l’Europe), que no sólo nos “bombeó” a nosotros, sino también a muchos otros refugiados alemanes y franceses, en el verdadero sentido de la palabra, incansablemente. En 1856, tras seis años de ausencia, visité Ginebra a mi regreso de Crimea, únicamente para pagar mis deudas con la piedad de un “holgazán” bienintencionado. El bueno, redondo y grueso Bertin se asombró, me aseguró que yo era el primero que le daba esa satisfacción, pero que él, a pesar de todo, no se arrepentía en absoluto de tener de 10.000 a 20.000 francos pendientes entre los refugiados, que desde hacía tiempo habían sido dispersados por todo el mundo. Preguntó, aparte de las relaciones de deuda, con particular calidez por mis amigos más cercanos. Por desgracia, poco tenía que contarle.

Tras la anterior interpolación, vuelvo ahora al año 1849.

Juergueábamos alegremente y cantábamos con regocijo. En nuestra mesa, recuerdo haber visto refugiados de todos los matices políticos, incluidos franceses e italianos. Las alegres veladas pasadas en tal dulci jubilo parecían a todos oasis en el por lo demás ciertamente...»

… la miserable desolación de la vida de refugiados. También amigos, que entonces eran consejeros del Gran Consejo de Ginebra o lo fueron más tarde, se encontraban a veces para descansar en nuestras francachelas.

Liebknecht, que ahora se encuentra aquí y a quien en nueve años sólo he visto tres o cuatro veces, y siempre por casualidad en la calle, no faltaba con frecuencia a la tertulia. Estudiantes, doctores, antiguos amigos del Gymnasium y de la universidad, que se hallaban en viajes de vacaciones, bebían a menudo con nosotros muchos vasos de cerveza y no pocas botellas del bueno y barato Mâcon. A veces pasábamos días e incluso semanas en el lago de Ginebra, sin bajar nunca a tierra, cantábamos canciones de amor cortés y, guitarra en mano, cortejábamos a las damas ante las ventanas de las quintas de la parte saboyana y suiza.

No vacilo en mencionar que nuestra sangre de estudiantes mozos se desfogaba a veces en saltos contrarios a la policía. El tan querido, ya fallecido Albert Galeer, adversario político nada insignificante de Fazy entre la ciudadanía ginebrina, solía entonces predicarnos moral en el tono más amistoso. «Sois unos jóvenes locos —decía—, pero es cierto que para tener ese humor en vuestra miseria de refugiados, no hay que ser un débil de cuerpo ni de alma; se requiere elasticidad.» Al bondadoso hombre le resultaba duro tratarnos con mayor severidad. Era consejero del Gran Consejo del cantón de Ginebra.

Que yo sepa, por entonces sólo hubo un duelo, con pistolas, entre mí y un tal señor R… n. Pero el motivo no fue en absoluto de naturaleza política. Mi padrino era un artillero ginebrino que sólo hablaba francés, y el imparcial era el joven Oscar Galeer, hermano del consejero, que más tarde, estudiante en Múnich, fue arrebatado demasiado pronto por una fiebre nerviosa. Un segundo duelo, cuyo motivo tampoco era de naturaleza política, debía celebrarse entre Rosenblum y un teniente badense fugitivo, v. F…., g, que poco después regresó a la patria y, creo, volvió a ingresar en el regenerado ejército de Baden. La disputa fue resuelta amistosamente la mañana del día del combate, sin llegar a las últimas consecuencias, por mediación del señor Engels —supongo que es el mismo que ahora se encuentra en Manchester y al que no he vuelto a ver desde entonces—. Este señor Engels se hallaba en Ginebra de paso, y vaciamos no pocas botellas de vino en su alegre compañía. El encuentro con él nos resultó, si mal no recuerdo, especialmente grato porque pudimos permitir que su bolsa llevara el mando.

No nos adherimos a los llamados jefes de partido azules o rojos republicanos, ni socialistas, ni comunistas. Nos permitíamos juzgar libre e independientemente —no quiero afirmar que siempre de forma acertada— el ajetreo político de los regentes imperiales, de los miembros del Parlamento de Francfort y de otras asambleas deliberantes, de los generales o cabos de la revolución o de los dalái-lamas del comunismo, y hasta fundamos, para ese y otros fines que nos divertían, un semanario titulado:

| Rummeltipuff

Órgano de la bribonocracia.*

Ese periódico sólo alcanzó dos números. Cuando más tarde fui detenido en Francia para ser enviado aquí, la policía francesa me confiscó mis papeles y diarios, y no recuerdo con exactitud si la hoja fue llevada a la tumba por prohibición de las autoridades o por penuria.

«Filisteos» —pertenecían a los llamados republicanos burgueses y también a las filas de los así llamados obreros comunistas— nos designaron con el nombre de «banda de azufre». A veces me parece como si nosotros mismos nos hubiéramos adjudicado ese nombre. En todo caso, a la sociedad se le quedó pegada esa denominación únicamente en el cordial sentido alemán de la palabra. De la manera más amistosa me reúno con compañeros de destierro que son amigos del señor Vogt y con otros que lo fueron de los suyos y probablemente lo siguen siendo. Pero me alegra el no haber hallado nunca, en ningún bando, que se hable con desprecio de los miembros de la «banda de azufre» por mí designada, ya sea en lo político o en lo privado.

Esta «banda de azufre» es la única de cuya existencia tengo conocimiento. Existió en Ginebra de 1849 a 1850. A mediados de 1850, los pocos miembros de esta peligrosa sociedad, como pertenecían a las categorías de refugiados que debían ser expulsados, se vieron forzados a abandonar Suiza, con excepción de Korn. Así pues, la vida de esta «banda de azufre» había llegado a su fin. De otras «bandas de azufre», de si existieron en otros lugares y dónde y con qué fin, nada sé.

Korn se quedó, según creo, en Suiza y se dice que está establecido allí como farmacéutico. Cohnheim y Rosenblum marcharon a Holstein antes de la batalla de Idstedt. Creo que ambos participaron en ella. Más tarde, en 1851, navegaron a América. Rosenblum regresó a Inglaterra a finales de ese mismo año y en 1852 partió a Australia, de donde no he vuelto a tener noticias suyas desde 1855. Se dice que Cohnheim es desde hace algún tiempo redactor del humorista neoyorquino. Becker se fue de inmediato, en aquel año 1850, a América. Lamento no poder decir con certeza qué ha sido de él.

* «Si la memoria no me engaña, tal título había sido adjudicado a todos los partidos liberales en alguna de las pequeñas cámaras alemanas o en el Parlamento de Francfort. Queríamos inmortalizarlo.» (Borkheim.)

Yo mismo permanecí en París y Estrasburgo durante el invierno de 1850-51 y fui enviado a Inglaterra, como ya he apuntado antes, de manera violenta por la policía francesa en febrero de 1851 —durante tres meses me arrastraron por 25 prisiones, la mayor parte del tiempo en marchas con pesadas cadenas de hierro—. Aquí resido, después de haber dedicado el primer año a la conquista de la lengua, entregado a la vida de los negocios, no sin un interés constante y vivo por los acontecimientos políticos de mi patria, pero siempre libre de cualquier ajetreo de las cliques políticas de refugiados. Me va pasablemente, o como dice el inglés: very well, Sir, thank you. — Y es culpa suya si tiene usted que vadear a través de esta larga, pero en todo caso no muy importante, historia.

Con respeto quedo su muy devoto
Sigismund L. Borkheim.”

Hasta aquí la carta del señor Borkheim. Presintiendo su importancia histórica, la «banda de azufre» tomó la precaución de esculpir su propio registro civil con grabados en madera en el libro de la historia. El primer número del «Rummeltipuff» está, en efecto, adornado con los retratos de sus fundadores.

Los geniales señores de la «banda de azufre» habían participado en el golpe republicano de Struve de septiembre de 1848, luego estuvieron presos en la cárcel de Bruchsal hasta mayo de 1849, y por último combatieron como soldados en la campaña de la Constitución imperial, que los arrojó al otro lado de la frontera suiza. En el transcurso de 1850 llegaron a Londres dos matadores de la misma, Cohnheim y Rosenblum, donde se «reunieron» en torno al señor Gustav Struve. No tuve el honor de conocerlos personalmente. Políticamente se pusieron en relación conmigo al intentar formar, bajo la dirección de Struve, un contracomité contra el Comité de Refugiados de Londres que entonces dirigíamos Engels, Willich, yo y otros, cuyo pronunciamiento, hostil a nosotros y firmado por Struve, Rosenblum, Cohnheim, Bobzien, Grunich y Oswald, apareció entre otros periódicos en el «Berliner Abend-Post».

En el apogeo de la Santa Alianza, la banda de los carbonarios (Carbonari) constituía un rico filón para la actividad policíaca y la fantasía aristocrática. ¿Se proponía nuestro Gargantúa imperial explotar la «banda de azufre» al modo de la banda de los carbonarios para provecho y edificación de la ciudadanía teutónica? La banda del salitre completaría la trinidad policíaca. Quizá también Karl Vogt aborrece el azufre porque no puede oler pólvora. ¿O es que, como otros enfermos, odia su específico remedio? El médico secreto ilacfemacAerklassificirt, como es sabido, clasifica las enfermedades según sus remedios. Bajo enfermedad del azufre caería entonces lo que el abogado Hermann, en el tribunal de distrito de Augsburgo, llamó «la naturaleza abombada» de su cliente, lo que Rademacher denomina «un peritoneo tenso como un tambor» y el aún más grande doctor Fischart llama «la panza abovedada de Francia». Todos los temperamentos a lo Falstaff padecían así, en más de un sentido, la enfermedad del azufre. ¿O acaso la conciencia zoológica de Vogt le habría recordado que el azufre es la muerte del arador de la sarna, y por tanto totalmente contrario a los ácaros de la sarna que han mudado varias veces la piel? Pues, como han demostrado investigaciones recientes, sólo el arador de la sarna que ha mudado la piel es capaz de procrear, y por ello ha llegado a la autoconciencia. ¡Curiosa oposición, de un lado el azufre, del otro el ácaro autoconsciente! En cualquier caso, Vogt debía a su «emperador» y al liberal ciudadano teutónico la demostración de que toda la desgracia «desde el viraje de la revolución de 1849» procede de la banda del azufre de Ginebra y no de la banda de diciembre de París. A mí personalmente tenía que elevarme a jefe de la banda del azufre, infamada por él y desconocida para mí hasta la aparición del «Libro Mayor», en castigo por mis continuados ultrajes durante años contra la cabeza y miembros de la «banda del 10 de diciembre». Para hacer comprensible la justa irritación del «amable compañero de sociedad», cito aquí algunos pasajes relativos a la «banda de diciembre» de mi escrito: «El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte», Nueva York, 1852. (Véanse allí las pp. 31, 32 y 61, 62.)

«Esta banda data todavía del año 1849. Con el pretexto de fundar una sociedad de beneficencia, se organizó al lumpemproletariado parisino en secciones secretas, cada una dirigida por agentes bonapartistas y a la cabeza del conjunto un general bonapartista. Junto a *roués* arruinados de la aristocracia, con medios de subsistencia equívocos y de origen equívoco, junto a vástagos degenerados y aventureros de la burguesía, vagabundos, soldados licenciados, presidiarios licenciados, esclavos fugados de galeras, timadores, saltimbanquis, *lazzaroni*, carteristas, prestidigitadores, jugadores, *maquereaux*, dueños de burdeles, mozos de cuerda, jornaleros, organilleros, traperos, afiladores, caldereros, pordioseros, en una palabra, toda la masa informe, disuelta y zarandeada de acá para allá que los franceses llaman *la bohème*; con este elemento, que le es afín, Bonaparte formó el núcleo de la banda del 10 de diciembre. ‹Sociedad de beneficencia› —en la medida en que todos los miembros, como Bonaparte, sentían la necesidad de beneficiarse a costa de la nación trabajadora.

»Ese Bonaparte, que se constituye en jefe del lumpemproletariado, que sólo aquí vuelve a encontrar, en forma masiva, los intereses que persigue personalmente, que en esa escoria, desecho y deshechos de todas las clases, la única clase en la que puede apoyarse incondicionalmente, es el verdadero Bonaparte, el Bonaparte *sans phrase*, inconfundible incluso cuando, más tarde, todopoderoso, salda su deuda con una parte de sus antiguos compañeros de conspiración enviándolos a Cayena junto a los revolucionarios. Viejo y astuto *roué*, concibe la vida histórica de los pueblos y sus acciones principales y de Estado como una comedia en el sentido más vulgar, como una mascarada en que los grandes trajes, las palabras y las posturas no hacen más que ocultar la más mezquina bellaquería. Así, en su marcha a Estrasburgo, un buitre suizo amaestrado representaba al águila napoleónica. Para su desembarco en Boulogne vistió con uniformes franceses a algunos lacayos londinenses: representaban al ejército. En su Sociedad del 10 de Diciembre reunió a 10 000 birrias de lumpen, que debían hacer el papel del pueblo, como Nick Bottom hacía el león…»

Lo que fueron los talleres nacionales para los obreros socialistas, lo que fueron las *gardes mobiles* para los republicanos burgueses, fue la Sociedad del 10 de Diciembre para Bonaparte: la fuerza de combate que le era propia como partido. En sus viajes, destacamentos de la misma, embutidos en el ferrocarril, debían improvisarle un público, escenificar el entusiasmo popular, rugir *vive l’Empereur*, insultar y apalear a los republicanos, naturalmente bajo la protección de la policía. En sus viajes de regreso a París debían formar la vanguardia, anticiparse a las contramanifestaciones o dispersarlas. La Sociedad del 10 de Diciembre le pertenecía, era obra suya, su pensamiento más propio. Lo que de otro modo se apropia, se lo entrega la fuerza de las circunstancias; lo que de otro modo hace, lo hacen las circunstancias por él o se contenta con copiar los hechos de otros; pero él, con las frases oficiales del orden, la religión, la familia, la propiedad, públicamente ante los ciudadanos, y tras de sí la sociedad secreta de los Schufterle y los Spiegelberg, la sociedad del desorden, de la prostitución y del robo, eso es Bonaparte en persona como autor original, y la historia de la Sociedad del 10 de Diciembre es su propia historia...

Bonaparte quisiera aparecer como el bienhechor patriarcal de todas las clases. Pero no puede dar a una sin quitar a otra. Así como en tiempos de la Fronda se decía que el duque de Guisa era el hombre más complaciente de Francia porque había convertido todas sus fincas en obligaciones de sus partidarios hacia él, del mismo modo Bonaparte quisiera ser el hombre más complaciente de Francia y convertir toda la propiedad y todo el trabajo de Francia en una obligación personal hacia sí mismo. Quisiera robar toda Francia para regalársela a Francia, o más bien para poder comprársela a Francia de nuevo con dinero francés, pues como jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre se ve obligado a comprar lo que ha de ser suyo. Y todas las instituciones del Estado se convierten en una institución de compra: el Senado, el Consejo de Estado, el cuerpo legislativo, los tribunales, la Legión de Honor, la medalla del soldado, los lavaderos públicos, los edificios públicos, los ferrocarriles, el *état major* de la Guardia Nacional sin soldados rasos, las fincas confiscadas de la Casa de Orleáns. Todo puesto en el ejército y en la máquina gubernamental se convierte en un medio de compra.

Pero lo más importante en este proceso, en que se toma Francia para dársela, son los porcentajes que corresponden al jefe y a los miembros de la Sociedad del 10 de Diciembre durante el cambio de manos. La agudeza con que la condesa L., amante de M. de Morny, caracterizó la confiscación de los bienes de Orleáns: *c’est le premier vol de l’aigle*, cuadra a cada vuelo de este águila, que es más bien un cuervo. Él mismo y sus seguidores se dicen a diario unos a otros, como aquel monje cartujo italiano al avaro que con jactancia enumeraba los bienes con que aún contaba para vivir muchos años: *Tu fai conto sopra i beni. Bisogna prima far il conto sopra gli anni*. Para no equivocarse en el cómputo de los años, cuentan por minutos.

A la corte, a los ministerios, a las cúpulas de la administración y del ejército, se apiña un enjambre de individuos, del mejor de los cuales puede decirse que nadie sabe de dónde sale, una bohemia vocinglera, de mala fama y ávida de rapiña, que se mete en los uniformes galoneados con la misma grotesca dignidad que los grandes dignatarios de Soulouque. Se puede imaginar a esta capa superior de la Sociedad del 10 de Diciembre si se tiene en cuenta que Véron-Crevel es su predicador moral y Granier de Cassagnac su pensador. Cuando Guizot, en tiempos de su ministerio, utilizó a este Granier en un pequeño periódico de provincias contra la oposición dinástica, solía elogiarlo con la frase: *c’est le roi des drôles*, «es el rey de los bufones». Se equivocaría quien quisiera recordar la Regencia o a Luis XV en conexión con la corte y la banda de Luis Bonaparte. Pues «Francia ha conocido ya a menudo el gobierno de las queridas, pero nunca hasta ahora el gobierno de los *hommes entretenus*..........»

Acosado por las exigencias contradictorias de su situación y, a la vez, obligado, como un prestidigitador, a mantener fijos los ojos del público sobre sí mismo como sustituto de Napoleón mediante constantes sorpresas, es decir, a ejecutar un *coup d’état* en miniatura cada día, Bonaparte arroja toda la economía burguesa al desorden, toca todo lo que le parecía intocable a la revolución de 1848, hace a unos pacientes para la revolución y a otros ávidos de ella, y produce la anarquía misma en nombre del orden, al tiempo que despoja a toda la maquinaria estatal de su nimbo, la profana, la vuelve a un tiempo nauseabunda y ridícula. Repite el culto a la Sagrada Túnica de Tréveris en París en el culto al manto imperial napoleónico. Pero cuando el manto imperial caiga por fin sobre los hombros de Luis Bonaparte, la estatua de hierro de Napoleón se precipitará desde lo alto de la columna Vendôme.

II. Los Bürstenheimer.

«Pero, bellaco, no hay lugar para la fe, la verdad ni la honradez en ese pecho tuyo; todo él está lleno de tripas y diafragma.» (Shakespeare.)

«Bürstenheimer», o «Banda de azufre», se dice en el Evangelio primitivo de Biel (pág. 31 del Libro Principal. Documentos). «Banda de azufre», o también «Bürstenheimer», se dice en el «Libro Principal» (pág. 136).

Según ambas lecturas, «Banda de azufre» y «Bürstenheimer» son una y la misma banda, idéntica. La «Banda de azufre», como hemos visto, había muerto, perecido a mediados de 1850. ¿También los «Bürstenheimer»? La «naturaleza redondeada» es el civilizador adjunto de la Sociedad de Diciembre, y la civilización, como dice Fourier, se distingue de la barbarie en que desplaza la mentira simple por la mentira compuesta.

El «compuesto» Falstaff imperial nos dice (pág. 198, Libro Principal) que cierto Abt es el «más vulgar de los vulgares». Modestia admirable, con la que Vogt se sitúa en grado positivo, pero a su Abt en superlativo, nombrándolo, por así decirlo, su mariscal de campo Ney. Cuando el Evangelio primitivo de Vogt apareció en el Biel *Commis voyageur*, pedí a los redactores del *Volk* que reprodujeran el escrito original sin más comentarios. Los redactores, sin embargo, agregaron a la reproducción la observación: «El escrito que antecede procede de un sujeto de mala fama llamado Abt, a quien hace ocho años un tribunal de honor de refugiados alemanes en Ginebra declaró unánimemente culpable de varios actos deshonrosos.» (Núm. 6 del *Volk* de 11 de junio de 1859.)

Los redactores del *Volk* tomaron a Abt por el autor del escrito original de Vogt; olvidaron que Suiza tenía dos Richmond en el campo, junto a un Abt un Vogt.

El «más vulgar de los vulgares», pues, inventó a los «Bürstenheimer» en la primavera de 1851, y Vogt le birló la ocurrencia a su mariscal de campo en el otoño de 1859. El dulce hábito del plagio lo persigue instintivamente, pasando de la fabricación de libros histórico-naturales a la política. La Asociación Obrera de Ginebra estuvo presidida durante un tiempo por el cepillero Sauernheimer. Abt partió en dos el oficio y el nombre de Sauernheimer, uno por delante y otro por detrás, y de ambas mitades compuso con pensamiento el entero «Bürstenheimer». Con este título designó en un principio, además de a Sauernheimer, a su círculo inmediato: Kamm, de Bonn, cepillero de oficio, y Ranickel, de Bingen, encuadernador oficial. Nombró a Sauernheimer general, a Ranickel ayudante de los Bürstenheimer y a Kamm Bürstenheimer *sans phrase*. Más tarde, cuando dos refugiados pertenecientes a la Asociación Obrera de Ginebra, Imandt (hoy profesor en el seminario de Dundee) y Schily (antiguo abogado en Tréveris, ahora en París), motivaron la expulsión de Abt ante un tribunal de honor de la asociación, Abt publicó un panfleto grosero en el que elevó a toda la Asociación Obrera de Ginebra al rango de «Bürstenheimer». Se ve, pues: había Bürstenheimer en general y Bürstenheimer en particular. Los «Bürstenheimer» en general abarcaban la Asociación Obrera de Ginebra, la misma asociación de la que el acorralado Vogt obtuvo subrepticiamente un *testimonium paupertatis* publicado en la *Allgemeine Zeitung*, y ante la cual se arrastró a gatas en la fiesta de Schiller y en la conmemoración de Robert Blum (1859). Los «Bürstenheimer» en particular eran, como se dijo, el para mí completamente desconocido Sauernheimer, que jamás vino a Londres; Kamm, quien, expulsado de Ginebra, viajó a los Estados Unidos vía Londres, donde no me buscó a mí, sino a Kinkel; por último, el Ranickel, que permaneció en Ginebra como ayudante de los Bürstenheimer, donde se «reagrupó» en torno a la «naturaleza redondeada». Él representa, de hecho, en su propia persona el proletariado de Vogt. Como más tarde he de volver a Ranickel, vayan aquí unas observaciones previas sobre el monstruo. Ranickel pertenecía al cuartel de refugiados de Besançon comandado por Willich tras la desdichada campaña de Hecker. Tomó parte bajo sus órdenes en la campaña de la Constitución imperial y luego huyó con él a Suiza. Willich era su Mahoma comunista, que con fuego y espada instauraría el milenio. Vanidoso, locuaz, fatuo melodramático, Ranickel tiranizaba al tirano. En Ginebra bramaba de furia roja contra los «parlamentarios» en general y amenazaba en particular, como otro Tell, con «estrangular al Landvogt». Pero cuando Wallot, refugiado de los años 1830 y amigo de juventud de Vogt, lo presentó a éste, la sed de sangre de Ranickel se cuajó en la leche de la bondad humana. «El bellaco era de Vogt», como dice Schiller.

El ayudante de los Bürstenheimer se convirtió en ayudante del general Vogt, cuya gloria militar solo quedó en nada porque Plon-Plon, para la tarea que su «Corps de Touristes» debía cumplir en la campaña de Italia, consideró al napolitano capitán Ulloa (también general de cortesía) suficientemente malo, pero guarda a su Parolles en reserva para la gran aventura con «el tambor perdido» que se representará en el Rin. En 1859 Vogt trasladó a su Ranickel del estado proletario al estado burgués, le montó un negocio (objetos de arte, encuadernación, artículos de escritura) y le consiguió además la clientela del gobierno de Ginebra. El ayudante de los Bürstenheimer se convirtió en el «criado para todo» de Vogt, en su chichisbeo, amigo de casa, Leporello, confidente, correspondiente, mandadero, delator, pero sobre todo, desde la caída del gordo Jack, en su espía y agente electoral bonapartista entre los obreros. Un periódico suizo anunció hace poco el descubrimiento de una tercera especie de erizo, el Ran- o erizo del Rin, que combina la naturaleza del erizo-perro y del erizo-cerdo y fue encontrado en un nido en el Arve, la residencia de campo de Humboldt-Vogt. ¡Este erizo Ran iba a apuntar hacia nuestro Ranickel!

Notabene, el único refugiado en Ginebra con quien mantuve relación, el Dr. Ernst Dronke, antiguo corredactor de la _Neue Rheinische Zeitung_, hoy comerciante en Liverpool, mantuvo la postura opuesta frente al «asunto de los Bürstenheimer».

A modo de prefacio a las siguientes cartas de Imandt y Schily, solo debo señalar que al estallar la revolución, Imandt abandonó la universidad para tomar parte como voluntario en la guerra de Schleswig-Holstein. En 1849, Schily e Imandt dirigieron el asalto al arsenal de Prüm, desde donde ambos, con las armas capturadas y sus hombres, se abrieron paso hasta el Palatinado para incorporarse a las filas del ejército de la Constitución imperial. Expulsados de Suiza al principio del verano de 1852, llegaron a Londres.

«Dundee, 5 de febrero de 1860
Querido Marx,

No entiendo cómo Vogt puede implicarlo a usted en los asuntos de Ginebra. Era conocido entre la colonia de refugiados allí que de todos nosotros solo Dronke estaba en contacto con usted. La Banda de Azufre existía ya antes de mi tiempo, y el único nombre de la misma que recuerdo es Borkheim.»

Los Bürstenheimer eran la asociación obrera de Ginebra. El nombre debe su origen a Abt. En aquel entonces la asociación era un semillero de la liga secreta de Willich, en la que yo fungía como presidente. Cuando, a propuesta mía, la asociación obrera, a la que pertenecían muchos refugiados, declaró a Abt infame e indigno de alternar con refugiados y obreros, poco después publicó éste un libelo en el que nos acusaba a Schily y a mí de los crímenes más absurdos. Acto seguido volvimos a plantear todo el asunto en otro lugar y ante personas completamente distintas. Instado a presentar pruebas de las calumnias que había escrito, rechazó nuestra exigencia; y sin que Schily ni yo tuviéramos que decir nada en defensa propia, Dentzer propuso que se declarase a Abt calumniador infame. La moción fue aprobada por unanimidad por segunda vez, esta vez en una asamblea de refugiados compuesta casi exclusivamente por antiguos parlamentarios. Lamento que mi informe sea tan sumamente magro, pero es la primera vez en ocho años que vuelvo a pensar en esa porquería. No quisiera verme condenado a escribir sobre ello, y me asombrará muchísimo que a usted le resulte posible meter la mano en semejante salsa.

Adiós.

Tuyo, IImandt

Un conocido escritor ruso, durante su estancia en Ginebra íntimo amigo del señor Vogt, me escribió en el espíritu de las líneas finales de la carta anterior:

«París, 10 de mayo de 1860
Mi querido Marx:

He sabido con la más viva indignación las calumnias que se han difundido sobre ti y de las que tuve noticia por un artículo de la _Revue Contemporaine_, firmado por Édouard Simon. Lo que particularmente me ha dejado estupefacto es que Vogt, a quien yo creía que no era ni estúpido ni malvado, haya podido caer en la degradación moral que delata su panfleto. No necesitaba testimonio alguno para tener la certeza de que tú eras incapaz de intrigas bajas y sucias, y tanto más doloroso me resultó leer esas difamaciones cuanto que en el preciso momento en que se imprimían estabas entregando al mundo erudito la primera parte de la excelente obra destinada a renovar la ciencia económica y a fundarla sobre bases nuevas y más sólidas. Mi querido Marx, no prestes más atención a todos esos asuntos miserables; todos los hombres serios, todos los hombres concienzudos están de tu parte, pero esperan de ti algo distinto de polémicas estériles; quisieran poder estudiar cuanto antes la continuación de tu excelente obra. — Tu éxito entre la gente que piensa es inmenso, y si puede resultarte grato saber de la resonancia que tus doctrinas encuentran en Rusia, puedo decirte que a principios de este año el profesor — dio en Moscú un curso público de economía política cuya primera lección no fue otra cosa que una paráfrasis de tu reciente publicación. Te envío un número de la _Gazette du Nord_, en el que verás cuán alto se estima tu nombre en mi país. Adiós, mi querido Marx, consérvate con buena salud y continúa, como hasta ahora, iluminando al mundo, sin preocuparte por pequeñas estupideces y pequeñas cobardías. Cree en la amistad de tu devoto ——»

Szemere, el ex ministro húngaro, me escribió también: «¿Vale la pena molestarse con todos esos tarros de cerveza bávaros?»

Por qué, a pesar de estas y semejantes admoniciones, metí yo la mano —por emplear la enérgica expresión de IImandt— en la salsa de Vogt, lo indico brevemente en el prefacio.

Volvamos, pues, a los Bürstenheimer. La siguiente carta de Schily la imprimo textualmente, incluida la parte que no se refiere al «carnero». He abreviado, sin embargo, las comunicaciones sobre la banda del azufre ya anticipadas por la carta de Borkheim, y reservado otros pasajes para un lugar posterior, ya que debo tratar «mi agradable asunto» con cierto toque artístico y, por tanto, no puedo soltar todos los secretos de golpe.

«París, 8 de febrero de 1860
46, Rue Lafayette
Querido Marx:

Fue un gran placer recibir una señal directa de vida tuya a través de tu carta del 31 del pasado, y me encuentras tanto más dispuesto a darte las informaciones que solicitas sobre los tales sucesos ginebrinos cuanto que estaba yo mismo decidido a escribirte sobre ellos _proprio motu_. Que Vogt, como escribes, te mezcle con personas completamente desconocidas para ti fue, en efecto, no sólo mi primer pensamiento, sino también el de todos los conocidos de Ginebra que están aquí cuando por casualidad comentamos el asunto; y por eso emprendí, en interés de la verdad, la tarea de comunicarte los detalles pertinentes sobre los “Bürstenheimer”, la “banda del azufre”, etc. Por ello comprenderás que tus dos preguntas: “1) ¿Quiénes eran los Bürstenheimer, qué hacían? 2) ¿Quién era la banda del azufre, de qué elementos se componía, qué hacía?” llegaran en el momento justo. Ante todo, empero, debo llamar tu atención sobre una ofensa contra el orden cronológico, pues en este punto la prioridad corresponde a la banda del azufre. Si Vogt quería pintar al diablo en la pared para el filisteo alemán, o incluso marcarlo con azufre en la cabeza y al mismo tiempo “echar una cana al aire”, entonces con toda seguridad tendría que haber tomado como tipos figuras más diabólicas que aquellos inofensivos y alegres genios de taberna a quienes los veteranos de la emigración en Ginebra agrupábamos en broma y sin ninguna segunda intención desagradable bajo el nombre de la banda del azufre, y que aceptaron esta designación con el mismo candor. Eran alegres hijos de las Musas que habían pasado sus _examina_ y sus _exercitia practica_ en los diversos _putsches_ del sur de Alemania, más recientemente en la campaña imperial, y que ahora se reponían en la Casa Roja de Ginebra del fracaso sufrido con sus examinadores e instructores, preparándose para una reanudación posterior del negocio. Se entiende por sí mismo que quienquiera que nunca llegó a Ginebra o sólo llegó después de que la banda hubiera sido despedazada queda excluido de ella. Era, a saber, una flor puramente local y efímera (flor sublime de azufre sería en realidad el nombre apropiado para ella), pero su “Rummeltipuff”, de aroma revolucionario, tenía probablemente un olor demasiado fuerte para los nervios de la Confederación Suiza, pues: Druey sopló y la flor se esparció a todos los vientos. Sólo bastante tiempo después llegó Abt a Ginebra, y varios años más tarde Cherval, donde exhalaron su fragancia “cada uno según su especie”, pero de ningún modo, como Vogt afirma, en ese ramillete hace tanto tiempo desgarrado, hace tanto tiempo exhalado, hace tanto tiempo olvidado.

Los hechos de la banda pueden resumirse bastante bien con las palabras: trabajando en la viña del Señor. Además, emprendieron la dirección del “Rummeltipuff”, con su lema: “Quédate en la tierra y aliméntate rojizamente”, en el cual, con ingenio y humor, se regocijaban sobre cielo y tierra, desenmascaraban falsos profetas, fustigaban a los parlamentarios (_inde irae_), y en eso no se ahorraban a sí mismos ni a nosotros, los huéspedes, sino que caricaturizaban todo y a todos, amigos y enemigos, con laudable conciencia e imparcialidad.

Que no tenían ninguna conexión contigo, que no calzaban tu _Bundschuh_, huelga decírtelo. Pero tampoco puedo ocultarte que ese calzado no habría sido de su gusto. Como filibusteros de la revolución, estaban por el momento holgazaneando en la zapatilla del armisticio hasta que la revolución los reactivara y los equipara de nuevo con su propio coturno (las botas de siete leguas del progreso decidido), y mal le habría ido a quien hubiera pretendido turbar su siesta con la economía política marxiana, con la dictadura de los trabajadores, etc. ¡Dios bendito! El trabajo que ellos hacían requería a lo sumo un presidente de taberna, y sus estudios económicos giraban en torno a la jarra y su rojizo contenido. “El derecho al trabajo” —opinó una vez el huésped Backfisch, un digno herrador del Odenwald— “era muy justo, pero más valía que le quitaran a él de encima el deber de trabajar”.

Dejemos, pues, que la lápida de la banda del azufre, tan sacrílegamente levantada, vuelva a caer. Un Hafiz tendría realmente que cantarle a la banda su _Requiescat in pace_ para conjurar toda ulterior profanación de su tumba. A falta de ello, reciba por la presente, _pro viatico et epitaphio_, la despedida: “Todos han olido la pólvora”, en tanto que su historiógrafo sacrílego no ha pasado de husmear el azufre.

Los Bürstenheimer surgieron por primera vez cuando los bandidos del azufre vivían ya sólo por tradición, en la leyenda, en los registros de los filisteos ginebrinos y en los corazones de las beldades de Ginebra. El cepillero y encuadernador Sauernheimer, Kamm, Ranickel, etc., cayeron en una querella con Abt; tomando cálidamente el partido de los primeros, IImandt, yo y otros fuimos atacados también por el último. Abt fue, en consecuencia, convocado ante una asamblea general para la cual la colonia de refugiados y la asociación obrera se habían constituido en _cour des pairs_, o más bien en _haute cour de justice_; allí compareció efectivamente, y no sólo no logró sostener las acusaciones que había lanzado contra esta o aquella persona, sino que declaró paladinamente que las había sacado puramente del aire, como represalias contra las acusaciones, sacadas del mismo elemento, formuladas por sus adversarios. “¡Salchicha por salchicha, las represalias mantienen unido al mundo!”, era su opinión. Después de haber expuesto valientemente este sistema de la salchicha hasta el final y de haber convencido cabalmente a los altos pares de su valor práctico, y después de que se hubieran presentado pruebas sobre los cargos que se le imputaban, confesó haber incurrido en calumnia maliciosa, fue hallado culpable de las otras fechorías que se le atribuían, y fue en consecuencia puesto bajo bando y anatema. A su vez, llamó entonces a los altos pares, originalmente sólo los susodichos compañeros de gremio, “Bürstenheimer” —combinación feliz, como ves, del nombre y del oficio del primero de ellos, a quien por tanto debes venerar como el antepasado de la casa de Bürstenheim, sin que, empero, puedas insertarte tú ni siquiera adherirte a este linaje, ya se trate del gremio o de la nobleza. Pues has de saber que aquellos de entre ellos que se ocupaban de la “organización de la revolución” lo hacían no como partidarios tuyos, sino como adversarios tuyos, en tanto que veneraban a Willich como su Dios Padre, o al menos como su Papa, mientras que a ti te denigraban como su Anticristo o antipapa; de suerte que Dronke, a quien se tenía por tu único partidario y _legatus a latere_ en la sede diocesana de Ginebra, era mantenido apartado de todos los concilios, a excepción de los enológicos, donde era _primus inter pares_. Pero también el asunto de los Bürstenheimer, como la banda del azufre, fue un efemerón purísimo y estalló ante el poderoso soplo de Druey.

Que un discípulo de Agassiz haya podido ahora perderse entre estos fósiles de la emigración ginebrina y sacar a la luz tan fabulosos cuentos de historia natural como los que sirve en su folleto, resulta tanto más asombroso por lo que respecta a la especie _Bürstenheimerana_, cuanto que dispone en su gabinete zoológico de un magnífico ejemplar de ésta precisamente, en forma de mastodonte del orden de los Rumiantes, en la persona del Bürstenheimer original, Ranickel. La rumia, por consiguiente, parece no haber sido realizada correctamente, o no haber sido correctamente estudiada, por el susodicho discípulo.

Aquí tiene usted todo cuanto me pedía, et au-delà. Ahora quisiera yo pedirle algo a usted, a saber, su opinión sobre la introducción de una cuota sucesoria pro patria, vulgo el Estado, como fuente principal de financiación, con la supresión de los impuestos que gravan a las clases desposeídas y, naturalmente, dirigida tan sólo contra las grandes herencias… Además de esta cuota sucesoria, dos instituciones alemanas ocupan mi mente: la «concentración parcelaria» y el «seguro hipotecario», que me gustaría hacer comprender en este país, donde la comprensión brilla por su ausencia, ya que en efecto los franceses, salvo pocas excepciones, no ven más allá del Rin sino nebulosidades y chucrut. Hace algún tiempo hizo una excepción el Univers cuando, lamentando la fragmentación de la propiedad territorial fuera de toda medida, añadió con acierto: “Il serait désirable qu’on appliquât immédiatement les remèdes énergiques, dont une partie de l’Allemagne s’est servie avec avantage: le remaniement obligatoire des propriétés partout où les propriétaires d’une commune réclament cette mesure. La nouvelle répartition facilitera le drainage, l’irrigation, la culture rationnelle et la voirie des propriétés.” Acto seguido viene el Siècle, ya de por sí algo corto de vista en general, pero en su consideración de las condiciones alemanas completamente ciego de piedra, en virtud de su chovinismo, complacientemente paseado a lo Diógenes con el manto raído, ese ratón que calienta a diario para sus suscriptores como patriotismo; este mismo Chauvin, después de haber propinado al Univers, su bête noire, el obligado saludo matinal: “Propriétaires ruraux, suivez ce conseil! Empressez-vous de réclamer le remaniement obligatoire des propriétés; dépouillez les petits au profit des grands. O fortunatos nimium agricolas — trop heureux habitants des campagnes — Sua si bona — s’ils connaissaient l’avantage à remanier obligatoirement la propriété!” Como si, en una votación por cabeza de los propietarios, los grandes hubieran de prevalecer sobre los pequeños.

Por lo demás, dejo que el agua de Dios corra sobre la tierra de Dios, dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, e incluso respectivamente «la parte del diablo», y permanezco así en la vieja amistad.

Tuyo, Schily.

De las comunicaciones precedentes se sigue que si en Ginebra, en 1849-1850, existió una “banda del Azufre”, y en 1851-1852 unos “Bürstenheimer”, dos sociedades que nada tenían en común entre sí ni conmigo, entonces, por el contrario, la existencia de la “banda del Azufre o Bürstenheimer” desvelada por nuestro payaso parlamentario es cosa de su propia cosecha, una mentira elevada a la cuarta potencia, “Bergdick wie der Vater, der sie gebar”. Imagínese usted un historiador lo bastante desvergonzado como para referir: en tiempos de la primera Revolución francesa cierto número de personas eran conocidas con el nombre de “cercle social” o también con el nombre no menos característico de “jacobinos”.

En cuanto a la vida y hazañas de su “banda del Azufre o Bürstenheimer”, que él mismo compuso, nuestro hermano Lustick se ahorró todo gasto de costes de producción. Citaré un solo ejemplo:

“Una de las principales ocupaciones de la banda del Azufre” –cuenta el Redondo a su asombrado público de filisteos– “era comprometer a personas en la patria de tal modo que ya no pudieran resistir los intentos de explotación y tuvieran que pagar dinero” (también una bella comarca, “ya no podían resistir los intentos de explotación”) “para que la banda guardara el secreto de su compromiso. No una, sino cientos de cartas fueron escritas por esta gente (a saber, los homúnculos de Vogt) a Alemania, conteniendo la consigna no disimulada de que se denunciaría la participación en tal o cual acto de la revolución si para una determinada fecha no llegaba una determinada suma a una dirección designada.” (pág. 139 del “Libro Mayor”.).

¿Por qué no hizo imprimir Vogt “una” de esas cartas? Porque la “banda del Azufre” escribió “cientos”. Si las cartas amenazadoras fueran tan baratas como moras, Vogt juraría que no tendremos carta amenazadora alguna. Si mañana se le citara ante un tribunal de honor de la Unión Grütli para que diera cuenta de las “cientos” de “cartas amenazadoras”, él, en lugar de una carta, se sacaría del cinto una botella de vino, chasquearía la lengua, restallaría los dedos y, con una carcajada de Sileno que haría temblar la barriga, exclamaría con su abad: «Salchicha por salchicha, las represalias mantienen unido el mundo».

III. Asuntos policiales.

«¡Qué cosa nueva e inaudita
ha urdido Vogt!» (Schiller.)

«Lo digo sin ambages —dice Vogt, echándose en su más solemne postura de bribón—, lo digo sin ambages: quien se mezcle con Marx y sus asociados en cualquier clase de intrigas políticas cae, tarde o temprano, en manos de la policía; esas intrigas son, desde el principio mismo, traicionadas a la policía secreta, conocidas por ella y empolladas por ella (las intrigas, según parece, son huevos y la policía es la clueca que los empolla) tan pronto como el momento parezca propicio. Los instigadores Marx y Compañía están, por supuesto, sentados fuera de alcance en Londres (mientras la policía está sentada sobre los huevos). No estoy falto de pruebas de esta afirmación.» (págs. 166, 167 del “Libro Mayor”.) Vogt no está “falto”, Falstaff nunca estuvo “falto”. “Verlogen” (mendaz), cuanto se quiera, ¡pero “verlegen” (falto, embarazado)? ¡Pues entonces tus “pruebas”, Jack, tus “pruebas”!

1) Auto-confesión.

“El propio Marx dice en su folleto Revelaciones sobre el proceso comunista de Colonia, publicado en 1853, pág. 77: «Después de 1849, como antes de 1848, al partido proletario sólo le quedaba abierto un camino: el de la conexión secreta. Por eso, desde 1849, surgió en el continente toda una serie de conexiones proletarias secretas, descubiertas por la policía, condenadas por los tribunales, destruidas por las prisiones y constantemente restablecidas por las circunstancias.» Eufemísticamente (dice Vogt) Marx se llama aquí a sí mismo una ‘circunstancia’.” (pág. 167 del “Libro Mayor”.)

Así pues, Marx dice “la policía ha descubierto, desde 1849, toda una serie de conexiones secretas” que las circunstancias han restablecido. Vogt dice que Marx, no las “circunstancias”, restablecía las “conexiones secretas”. Con ello Vogt ha proporcionado la prueba de que, cuantas veces la policía de Badinguet descubría la Marianne, Marx la volvía a tejer de acuerdo con Pietri.

“¡El propio Marx dice!” Voy a citar ahora en su contexto lo que el propio Marx dice:

“Desde la derrota de la revolución de 1848-49, el partido proletario en el continente perdió lo que poseía excepcionalmente durante aquella corta época: prensa, libertad de palabra y derecho de asociación, es decir, los medios legales de organización del partido. El partido liberal-burgués, así como el partido democrático pequeñoburgués, encontraron, a pesar de la reacción, en la posición social de las clases que representan, las condiciones para mantenerse unidos de una u otra forma y para hacer valer sus intereses comunes de manera más o menos eficaz. Para el partido proletario, después de 1849 como antes de 1848, sólo quedaba abierto un camino: el de la conexión secreta. Por eso, desde 1849, surgió en el continente toda una serie de conexiones proletarias secretas, descubiertas por la policía, condenadas por los tribunales, destruidas por las prisiones y constantemente restablecidas por las circunstancias. Una parte de estas sociedades secretas apuntaba directamente al derrocamiento del poder estatal existente. Esto estaba justificado en Francia… Otra parte de las sociedades secretas apuntaba a la formación del partido del proletariado, sin preocuparse por los gobiernos existentes. Esto era necesario en países como Alemania… No cabe duda de que también aquí los miembros del partido proletario volverían a tomar parte en una revolución contra el statu quo, pero no era tarea suya preparar esa revolución, hacer agitación por ella, conspirar, complotar por ella… La Liga de los Comunistas no era, por tanto, una sociedad de conspiradores…” (págs. 62, 63 de “Revelaciones etc.”, edición de Boston.)

Pero incluso la mera “propaganda” es tachada de crimen por el cruel Vogt campestre, con excepción, naturalmente, de la propaganda dirigida por Pietri y Laity. “Agitar, conspirar, complotar” el Vogt campestre hasta lo permite, pero sólo si su centro está en el Palais Royal, en Herzens-Heinz, Heliogábalo Plon-Plon. ¡Pero “propaganda” entre los proletarios! ¡Fu, qué vergüenza!

En las “Revelaciones”, después del pasaje antes citado y tan significativamente mutilado por el juez instructor Vogt, prosigo así:

“Es natural que una sociedad secreta como ésta (la Liga de los Comunistas) pudiera tener poco atractivo para individuos que, por una parte, inflan su insignificancia personal bajo el manto teatral de las conspiraciones y, por otra, satisfacen su estrecha ambición el día de la próxima revolución, pero sobre todo desean aparecer como momentáneamente importantes, participar en el botín de la demagogia y ser bien acogidos por los charlatanes democráticos. De la Liga de los Comunistas se separó, pues, o fue separada, como se quiera, una fracción que reclamaba, si no conspiraciones reales, sí al menos la apariencia de conspiración y, por tanto, una alianza directa con los héroes democráticos del día: la fracción Willich-Schapper. Es característico de ellos que Willich figure, al lado de Kinkel y con Kinkel, como empresario del negocio del empréstito revolucionario germano-americano.” (págs. 63, 64.) ¿Y cómo traduce Vogt este pasaje a su “eufemística” jerga policíaca? Escúchese tan sólo:

“Mientras ambos (partidos) trabajaban aún juntos, se afanaban, como el propio Marx dice en efecto, en la fundación de sociedades secretas y en el comprometer a sociedades e individuos en el continente.” (pág. 171.) Sólo el gordo bribón olvida citar la página de las “Revelaciones” donde Marx “dice en efecto” esto. “Egli è bugiardo, e padre di menzogna.”

2) El día de la revolución de Murten.

“Carlos el Temerario”, el “audaz Carlos”, vulgo Karl Vogt, suministra ahora la derrota en Murten.

“A gran número de obreros y refugiados se les halagó y trabajó durante tanto tiempo” —a saber, por Liebknecht— “que finalmente se proclamó un día de revolución para Murten. Allí debían dirigirse secretamente los delegados de las asociaciones filiales; allí debían deliberar sobre la organización definitiva de la Liga y sobre la fecha definitiva del levantamiento. Todos los preparativos se habían mantenido en el más alto secreto, las convocatorias no habían sido atendidas más que por confidentes del señor Liebknecht y por corresponsales del mismo. Los delegados se reunieron en Murten procedentes de todas partes, a pie, en barco y en carro, y fueron recibidos al instante por gendarmes, que sabían de antemano qué, de dónde y de qué manera. Toda la sociedad así apresada fue encerrada por algún tiempo en el monasterio de los agustinos de Friburgo y luego transportada a Inglaterra y América. El señor Liebknecht recibió un trato muy especialmente considerado.” (pág. 168 del “Libro Mayor”.).

[...]buch".)

El “señor Liebknecht” había tomado parte en el putsch de septiembre de 1848 de Struve, permaneció luego en las cárceles de Baden hasta después de mediados de mayo de 1849, fue puesto en libertad a consecuencia de la insurrección militar de Baden, se alistó en la artillería popular de Baden como simple soldado, fue arrojado de nuevo a las casamatas de Rastatt como rebelde por el amigo de Vogt, Brentano, y, tras ser liberado por segunda vez durante la campaña de la Constitución del Reich, se incorporó a la división de tropas comandada por Johann Philipp Becker, para cruzar finalmente la frontera francesa junto con Struve, Cohnheim, Korn y Rosenblum, desde donde se dirigieron a Suiza.

En aquel tiempo, el “señor Liebknecht” y sus “días de revolución” suizos me eran aún menos conocidos que las francachelas en el establecimiento de Wirth Benz en la Kesslergasse de Berna, donde la mesa redonda de los parlamentarios recitaba una vez más, con gran placer, los discursos que ellos mismos habían pronunciado en la iglesia de San Pablo, se repartían numéricamente los futuros cargos del Reich y hacían que la cruda noche de su exilio se acortara con las mentiras, las bromas, las obscenidades y las baladronadas de Carlos el Temerario, quien, no sin cierto gracejo y aludiendo a un viejo cuento alemán, se expidió en aquel tiempo personalmente la patente de “Gran Tragón del Reich”.

El “cuento” comienza con las palabras:

El «cuanto he visto beber,
todo ello ha sido obra de críos:
he visto a un bebedor tal,
que he de reconocerle maestría.
Las copas le parecían del todo profanas,
no quería ni tazas ni cubiletes.
Bebía de grandes jarros.
Es, por delante de todos los hombres,
un dechado para todos los bebedores;
de uros y de bisontes
jamás se cometió tal tragantada».

Pero volvamos al «día de la revolución» de Murten. ¡«Día de la revolución»! ¡«Organización definitiva de la Liga»! ¡«Momento de alzar el escudo»! ¡«Preparativos mantenidos en el más alto secreto»! ¡«Reunión de lo más secreta por todos lados, a pie, en barco, en carro»! «Carlos el Temerario» no ha estudiado en vano, por lo visto, el método de Stieber, que yo desenmascaré en mis «Revelaciones».

Los hechos del caso son sencillamente éstos: A principios de 1850, Liebknecht era presidente de la Asociación Obrera de Ginebra. Propuso una alianza entre las asociaciones obreras alemanas en Suiza, que en aquel momento estaban completamente desconectadas. La moción fue aprobada. Se decidió entonces enviar una carta circular a 24 asociaciones obreras diferentes, invitándolas a Murten para discutir la proyectada organización y la fundación de un órgano de prensa común. Los debates en la Asociación Obrera de Ginebra, la carta circular y las discusiones que provocó en las otras 24 asociaciones obreras —todo se llevó a cabo públicamente, y el Congreso de Murten fue convocado públicamente. Si las autoridades suizas hubieran querido prohibirlo, podrían haberlo hecho cuatro semanas antes de que tuviera lugar. Pero un golpe teatral policial entraba en el plan del liberal señor Druey, que buscaba a alguien a quien devorar, para aplacar a la Santa Alianza que entonces amenazaba. Liebknecht, que como presidente de la Asociación Obrera había firmado la convocatoria al congreso, gozó de los honores de cabecilla principal. Separado de los demás delegados, se le dieron alojamientos gratuitos en el mirador más alto de la torre de Friburgo, disfrutó de una amplia vista sobre el campo abierto e incluso tuvo el privilegio de pasear por las almenas una hora al día. El único rasgo original de su trato fue el confinamiento solitario. Su repetida petición de ser encerrado junto con los demás le fue repetidamente denegada. Pero Vogt sabe que la policía no aísla a sus «moutons», sino que los mezcla entre la masa como «compañía agradable».

Dos meses más tarde, Liebknecht fue despachado por el director de policía de Friburgo a Besançon junto con un tal Gebert, donde, como su cofrade, recibió un pasaporte obligatorio francés hacia Londres, con la advertencia de que si se desviaban de la ruta prescrita serían transportados a Argelia. A resultas de este viaje imprevisto, Liebknecht perdió la mayor parte de sus efectos que estaban en Ginebra. Dicho sea de paso, los señores Castella, Schaller y los demás miembros del gobierno de Friburgo de aquel tiempo merecen la observación de que Liebknecht, no menos que todos los presos de Murten, fue tratado enteramente con humanidad. Aquellos señores recordaban que ellos mismos habían sido presos o fugitivos sólo unos pocos años antes, y expresaron abiertamente su aversión al servicio de verdugo que les imponía el gran hechicero Druey. Los refugiados encarcelados no fueron tratados como los fugitivos «parlamentarios» habían esperado. | Un sujeto que aún vive en Suiza, un tal H.........., camarada de los parlamentarios, se sintió por tanto obligado a publicar un panfleto en el que denunciaba a los presos en general, y al encarcelado Liebknecht en particular, por ideas «revolucionarias» que iban más allá de los límites de la razón parlamentaria. Y «Carlos el Temerario» parece todavía inconsolable por la «consideración del todo especial» con que fue tratado Liebknecht.

El plagio caracteriza a nuestro «temerario» en toda su fabricación de libros. Así aquí. Los liberales suizos tenían por costumbre «liberalizar» invariablemente sus pasos de expulsión acusando calumniosamente a sus víctimas de moucharderie. Después de que Fazy hubo expulsado a Struve, lo denunció públicamente como «espía ruso». Así, Druey denunció a Boichot como mouchard francés. De igual modo Tourte contra Schily, después de que hubiera hecho apresar a este último repentinamente en la calle en Ginebra para despacharlo vía la Tour des Prisons a Berna. «El comisario federal señor Kern exige su expulsión», respondió el grandioso Tourte a la pregunta de Schily sobre el motivo de la brutalidad perpetrada contra él. Schily: «Alors mettez-moi en présence de Monsieur Kern». Tourte: «Non, nous ne voulons pas que M. le commissaire fédéral fasse la police à Genève». La lógica de esta respuesta era plenamente digna de la perspicacia con que el mismo Tourte, como enviado suizo en Turín, en una fecha en que la cesión de Saboya y Niza era ya un hecho consumado, escribió a su presidente federal que Cavour trabajaba con pies y manos contra dicha cesión. Sin embargo, tal vez en aquel tiempo ciertas relaciones ferroviarias diplomáticas habían cercenado la medida normal de perspicacia de Tourte. Apenas se hallaba Schily en el más duro confinamiento secreto en Berna cuando Tourte empezó a «liberalizar» su brutalidad policial susurrando a oídos de refugiados alemanes, por ejemplo al Dr. Fink: «Schily estaba en contacto secreto con Kern, le denunciaba a los refugiados en Ginebra, etc.». El «Indépendant» de Ginebra en aquella época contaba él mismo entre los notorios pecados del gobierno de Ginebra «la calumnia sistemática de los refugiados elevada a máxima de Estado». (Véase Apéndice 1.)

Inmediatamente después de las primeras reclamaciones de la policía alemana, el liberalismo suizo violó el derecho de asilo —y había empeñado el derecho de asilo bajo la condición de que el resto del ejército revolucionario no librara una última batalla en suelo de Baden— expulsando a los así llamados «dirigentes». Más tarde les tocó el turno a los «dirigidos». A miles de soldados badenses, bajo falsos pretextos, se les dieron pasaportes hacia su patria, donde fueron recibidos de inmediato por gendarmes que sabían de antemano «qué, de dónde y por qué medios». Luego vinieron las amenazas de la Santa Alianza, y con ellas la farsa policial de Murten. Con todo, el «liberal» Consejo Federal no se atrevió a llegar tan lejos como «Carlos el Temerario». Nada de «día de la revolución», «organización definitiva de la Liga», «momento definitivo para alzar el escudo». La investigación, que se había iniciado pro forma, se desvaneció en el aire.

«Amenazas de guerra» desde el extranjero y «tendencias político-propagandísticas» —eso fue todo lo que el «apurado» Consejo Federal balbució a modo de excusa en un documento oficial. (Véase Apéndice 2.) Las grandes hazañas policiales del «liberalismo suizo» de ningún modo alcanzaron su fin con el «día de la revolución de Murten». El 25 de enero de 1851, mi amigo Wilhelm Wolff (el «lobo parlamentario», como lo bautizaron las «ovejas parlamentarias») me escribió desde Zúrich: «Mediante sus medidas hasta ahora, el Consejo Federal ha reducido el número de refugiados de 11.000 a 500, y no descansará hasta que todos aquellos que no posean riqueza considerable o conexiones especiales hayan sido finalmente acosados y expulsados». Los refugiados que habían actuado por la revolución se hallaban en la oposición más natural frente a los hombres de la Iglesia de San Pablo, que los habían llevado a la muerte con su palabrería. Estos últimos no tuvieron escrúpulos en poner a sus oponentes en manos de la policía suiza.

El fiel seguidor de Vogt, el monstruo Ranickel, escribió él mismo a Schily después de la llegada de éste a Londres: «Procura mantener abiertas algunas columnas en un periódico belga para declaraciones, y no dejes de amargar la estancia en América de esos viles perros alemanes (parlamentarios) que se han vendido como herramientas al diplomático bocioso (Druey)».

Ahora se comprende lo que «Carlos el Temerario» quiere decir con la frase: «Trabajé con todas mis fuerzas por abreviar la holganza revolucionaria y procurar un refugio a los refugiados, ya fuera en el continente o al otro lado del mar». Ya se lee en el núm. 257 de la *Neue Rheinische Zeitung* bajo el fechado:

«Heidelberg, 23 de marzo de 1849: Nuestro amigo Vogt, "paladín" de la Izquierda, humorista del Reich del presente, barrote del Reich del futuro, el "fiel advertidor" contra la revolución, él une sus fuerzas con —¿unos pocos espíritus afines? ¡en absoluto! con unos pocos reaccionarios de la más pura cepa— ¿y con qué propósito? Para embarcar a las "figuras" que se encuentran en Estrasburgo, Besançon y otros lugares en la frontera alemana, rumbo a América, es decir, para deportarlos... Lo que el régimen de sable de Cavaignac decreta como castigo, estos señores lo quieren... en nombre del amor cristiano... La amnistía ha muerto, viva la deportación». Por supuesto no faltó la pia fraus de que los propios refugiados habían expresado el deseo de emigrar, etcétera. Pero ahora se escribe a los 'Seeblätter' desde Estrasburgo que estos afanes de deportación provocaron una verdadera tempestad de indignación entre todos los refugiados, etc. Todos esperan volver pronto a Alemania, aun cuando sea a riesgo (como tan conmovedoramente observa el señor Vogt) de tener que unirse a una "temeraria empresa"».

Pero basta ya del día de la revolución de Murten de «Carlos el Temerario».

Karl Marx

3) Cherval.

«La gracia de esta broma serán las
mentiras incomprensibles que este mismo gordo
bribón nos contará».
«Lo mejor de esta farsa serán las
mentiras extravagantes que el susodicho gordo
bribón nos contará».

En mis «Revelaciones acerca del proceso comunista de Colonia», un capítulo especial trata del complot de Cherval. En él muestro cómo Stieber, utilizando a Cherval (seudónimo de Kremer) como instrumento, con Carrier, Greif y Fleury como parteros, trajo al mundo el así llamado complot germano-francés de septiembre en París,* para remediar la falta de «corpus delicti objetivo» para la acusación contra los detenidos en Colonia, que la «Sala de Acusación de Colonia» había censurado.

Tan contundentes fueron las pruebas que suministré a la defensa durante el proceso de Colonia
de la completa falta de conexión entre Cherval por un lado, y
yo mismo y los acusados de Colonia por el otro, que el mismo Stieber que
había, el 18 de octubre (de 1852), jurado a su Cherval contra nosotros, ya
volvió a perjurarlo el 23 de octubre de 1852 (pág. 29 de las «Enthüllungen»). Acorralado,
abandonó el intento de identificar a Cherval y su complot
con nosotros. Stieber era Stieber, pero Stieber aún no era Vogt. |

Considero enteramente inútil repetir aquí la información que proporcioné en las
«Enthüllungen» respecto al así llamado complot de septiembre. A principios de
mayo de 1852 Cherval regresó a Londres, de donde se había trasladado a París
en el verano temprano de 1850 por razones de negocios. La policía de París le permitió
escapar unos pocos meses después de su sentencia en febrero de 1852. En Londres
fue al principio aclamado como un mártir político por la Sociedad Obrera de
Educación Alemana, de la cual yo y mis amigos ya nos habíamos retirado
a partir de mediados de septiembre de 1850. Sin embargo, este engaño no duró
mucho. Sus hazañas heroicas parisinas fueron pronto esclarecidas, y en el curso del mismo
mes de mayo de 1852 fue expulsado de la Sociedad como infame en una
reunión pública. Los acusados de Colonia, encarcelados desde principios de mayo
de 1851, todavía estaban en prisión preventiva. Por una noticia que el espía
Beckmann había enviado a su órgano, la Kölnische Zeitung, desde París, vi
que la

* Sólo después de la impresión de las «Enthüllungen» supe que De la Hodde (bajo el nombre
Duprez), así como los agentes de policía prusianos Beckmann (a la sazón corresponsal de la
Kölnische Zeitung) y Sommer habían colaborado.

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policía prusiana buscaba forjar a posteriori una conexión entre Cherval, su complot y los acusados de Colonia. Por tanto, busqué información sobre Cherval. Sucedió que en julio de 1852 este último se ofreció

Sus servicios al señor von R., antiguo ministro de Luis Felipe y conocido filósofo ecléctico, como agente de los orleanistas. Las conexiones que el señor von R. mantenía con la prefectura de policía de París le permitieron obtener de allí extractos del dossier Cherval. En el informe de la policía francesa, Cherval figuraba como Cherval nommé Frank, dont le véritable nom est Kremer. Había funcionado durante mucho tiempo como agente del príncipe Hatzfeldt, el enviado prusiano en París; fue el traidor del complot franco-allemand y ahora simultáneamente un espía francés, etc. Durante el proceso de Colonia comuniqué estos pormenores a uno de los abogados defensores, el señor letrado Schneider II, y lo autoricé, en caso necesario, a mencionar mi fuente.

Cuando Stieber juró en la sesión del 18 de octubre que el irlandés Cherval, del cual él mismo afirmó que había estado preso en Aquisgrán en 1845 por falsificación de letras de cambio, seguía aún detenido en París, yo le comuniqué al señor Schneider II, a vuelta de correo, que el renano-prusiano Kremer, bajo el seudónimo Cherval, residía «todavía» en Londres, trataba a diario con el teniente de policía prusiano Greif y, como criminal prusiano convicto, sería inmediatamente extraditado por Inglaterra a petición del gobierno prusiano. Su traslado a Colonia como testigo habría echado por tierra todo el sistema de Stieber.

Acosado por Schneider II, el 23 de octubre Stieber creyó por fin haber oído que Cherval había escapado de París, pero juró por todo lo sagrado que ignoraba el paradero del irlandés y su alianza con la policía prusiana. En realidad, Cherval estaba entonces agregado a Greif en Londres con un salario semanal fijo. Los debates sobre el «misterio Cherval», que mis informaciones en el tribunal de lo criminal de Colonia provocaron, lo expulsaron de Londres. Supe que había emprendido un viaje de misión policial a Jersey. Ya lo había perdido de vista hacía tiempo cuando vi por casualidad, en una correspondencia ginebrina de la *Republik der Arbeiter* que aparecía en Nueva York, que Cherval había reaparecido en Ginebra en marzo de 1853 bajo el nombre de Nugent y de nuevo se había fugado de allí en el verano de 1854. Así, unas semanas después de que mis *Enthüllungen* que lo comprometían hubieran aparecido en Basilea con Schabelitz, Cherval se presentó en Ginebra con Vogt.

Volvamos ahora a la falseación falstaffiana de la historia.

Vogt hace que su Cherval llegue a Ginebra inmediatamente después de su fingida fuga de París, tras haberlo hecho «enviar» de Londres a París «pocos meses» antes del descubrimiento del complot de septiembre por la liga secreta comunista (p. 172 loc. cit.). Cuando el intervalo entre mayo de 1852 y marzo de 1853 desaparece así por completo, el intervalo entre junio de 1850 y septiembre de 1851 se encoge hasta convertirse en «pocos meses». ¡Qué no habría dado Stieber por un Vogt que hubiera jurado ante el tribunal con jurado de Colonia que la «liga secreta comunista de Londres» había enviado a Cherval a París en junio de 1850, y qué no habría dado yo por ver a Vogt sudando en el banquillo de los testigos al lado de su Stieber! Agradable compañía: el jurador Stieber, con su Vogel Greif, su Wermuth, su Goldheimchen y su… Bettelvogt.

A Ginebra llevó el Cherval vogtiano «recomendaciones para todos los conocidos de Marx y compañía, de quienes el señor Nugent pronto se volvió inseparable» (p. 173). Él «se aloja con la familia de un corresponsal de la *Allgemeine Zeitung*» y, probablemente a raíz de las recomendaciones que recibió de mí (las *Enthüllungen*), obtiene acceso a Vogt, quien lo emplea como litógrafo (p. 173 loc. cit.) y entra, por así decirlo, en «rapport científico» con él, como antes con el archiduque Juan y más tarde con Plon-Plon. Un día, atareado en el «gabinete» de la regencia imperial, «Nugent» es reconocido por un «conocido» como Cherval y denunciado como «agent provocateur». En realidad, Nugent se ocupó en Ginebra no solo de Vogt, sino también de la «fundación de una sociedad secreta». «Cherval-Nugent presidía, llevaba las actas y mantenía la correspondencia con Londres» (p. 175 loc. cit.). Había «tomado en confianza a unos cuantos obreros poco perspicaces, pero por lo demás honrados» (ibíd.), pero «entre los miembros había también un afiliado de la camarilla de Marx, a quien todos describían como un emisario sospechoso de las policías alemanas» (loc. cit.).

«Todos los conocidos» de Marx de quienes Cherval-Nugent «era inseparable» se transforman de repente en «un afiliado», el cual, a su vez, se desintegra en «la camarilla residual de Marx en Ginebra» (pág. 176), con la que más tarde Nugent no solo «mantiene correspondencia desde París», sino a la que también, como un imán, «atrajo» de nuevo a París (loc. cit.).

Así, una vez más, ¡la amada «transformación de forma» de la acartonada «materia» del kendal-green!

Lo que Cherval-Nugent pretendía con su sociedad era «la fabricación en masa de billetes de banco y bonos del tesoro falsos, mediante cuya emisión se pretendía minar el crédito de los déspotas y arruinar sus finanzas» (pág. 175, loc. cit.). Cherval, según parece, imitó al famoso Pitt, quien, como es bien sabido, durante la guerra anti‑jacobina había establecido una fábrica para la fabricación de falsos assignats franceses no lejos de Londres. «Ya se habían grabado por el mismo Nugent, con este fin, diversas planchas de piedra y cobre, ya se había designado a los crédulos miembros de la liga secreta para que viajaran con paquetes de estos» — ¿planchas de piedra y cobre? — no, «de estos billetes de banco falsos — (los billetes, naturalmente, se empaquetaban antes de ser fabricados) — hacia Francia, Suiza y Alemania» (pág. 175), pero también ya Cicerón‑Vogt estaba detrás de Cherval‑Catilina con la espada desenvainada. Es un rasgo peculiar de las naturalezas falstaffianas que no solo son gordas, sino que también montan un gordo espectáculo. ¡Ved a nuestro tragón, que ya había puesto coto a la «holgazanería revolucionaria» en Suiza y procurado el sustento allende el mar a barcos enteros de refugiados; ved cómo se pone en escena, cómo se melodramatiza, cómo convierte la aventura de la riña parisina de Stieber con Cherval (véase *Enthüllungen*) en algo interminable! ¡Así arremete, así blande su espada!

«El plan de toda esta conspiración (pág. 176, loc. cit.) estaba urdido de la manera más abominable.» «El proyecto de Cherval debía ser imputado a todas las sociedades obreras.» Ya, además, «se habían recibido consultas confidenciales de legaciones extranjeras», ya se deseaba «comprometer a Suiza, y particularmente al cantón de Ginebra». Pero el Landvogt estaba despierto. Realizó su primer salvamento suizo, un experimento que ha repetido varias veces después con éxito siempre creciente. «No niego — exclama el hombre de peso —, no niego que contribuí con mi participación sustancial a la frustración de estas diabluras; no niego que, con este fin, recurrí a la policía de la República de Ginebra; todavía hoy lamento (inconsolable Cicerón) que el celo de algunos de los engañados sirviera de advertencia al astuto instigador, de modo que pudo escabullirse antes de ser arrestado.» Sea como fuere, Cicerón‑Vogt había «frustrado» la conjura catilinaria, salvado a Suiza y «contribuido» con su participación sustancial, dondequiera que la lleve. Pocas semanas después, según relata, Cherval reapareció en París, «donde en modo alguno se ocultaba, sino que vivía en público como todo ciudadano» (pág. 176, loc. cit.). Se sabe cuán públicamente viven los ciudadanos (citoyens) parisinos del imperio falsificado. Mientras Cherval vaguea así «en público» por París, ¡el pobre Vogt, en sus visitas a París, debe esconderse siempre, en el Palais Royal, debajo de la mesa de Plon‑Plon!

Ahora lamento de verdad tener que contraponer a la pesada zacariada de Vogt la siguiente carta de Johann Philipp Becker. Johann Philipp Becker, veterano de la emigración alemana, de la actividad revolucionaria desde la Fiesta de Hambach hasta la campaña de la Constitución del Reich, en la que combatió como jefe de la V División del Ejército (una voz ciertamente no partidista, el *Berliner Militair-Wochenschrift*, contiene testimonio de su actuación militar), es demasiado conocido para que yo tenga que añadir palabra alguna sobre el autor de la carta. Observo, por tanto, únicamente que su comunicación iba dirigida al comerciante alemán R....... en Londres, amigo mío; que J. P. Becker no me conoce personalmente y nunca tuvo relación política conmigo; y, por último, que omito el inicio de la carta, que contiene asuntos de negocios, así como la mayor parte del material sobre la «Schwefelbande» y los «Bürstenheimer», ya conocidos por las comunicaciones anteriores. (El original de la carta se encuentra entre mis documentos del proceso en Berlín.)

«París, 20 de marzo de 1860.

En estos días cayó en mis manos el folleto Vogt contra Marx. Este escrito me ha afligido tanto más cuanto que veo que la historia de la llamada Banda de Azufre y del notorio Cherval — que conozco con toda precisión por mi estancia de entonces en Ginebra — aparece completamente falseada y, de una manera del todo injusta, puesta en relación con la actividad política del economista Marx. A este señor Marx no lo conozco personalmente ni he estado jamás en contacto con él; en cambio, conozco al señor Vogt y a su familia desde hace más de veinte años y, por tanto, en cuanto al sentimiento, soy mucho más cercano a este último. La frivolidad y la desvergüenza con que Vogt se lanza a esta lucha debo lamentarlas amargamente y condenarlas de la forma más decidida. Presentar hechos falseados o incluso inventados como armas de disputa es indigno de un hombre. De veras duele observar cómo Vogt, con su ligera frivolidad, destruye cuasi suicidamente una esfera de actividad más justa, deshonra y compromete posición y reputación, y esto incluso si fuese plenamente absuelto de las acusaciones de estar al servicio de Napoleón. Cuán gustosamente le habría concedido todos los medios honrados para salir brillantemente de acusaciones tan graves. En vista de lo que ha hecho hasta ahora en esta historia nada edificante, me siento positivamente impulsado a comunicarle a usted con detalle lo que ocurre con la llamada Banda de Azufre y el limpio señor Cherval, para que usted mismo juzgue hasta qué punto Marx puede cargar con responsabilidad alguna por su existencia y su actividad.

Una palabra, pues, sobre el auge y la caída de la Banda de Azufre, de la cual apenas nadie puede dar mejor información que yo. Durante mi estancia en Ginebra en aquella época, no solo tenía, por virtud de mi posición, desde el principio toda oportunidad de observar las idas y venidas de la emigración, sino que, teniendo presente la causa general, yo también, como hombre mayor, tenía un interés especial en seguir atentamente todos sus movimientos, para, en lo posible, prevenir e impedir, en los casos que se presentaran, empresas descabelladas — las cuales, dado el estado de ánimo tan irritado por la desgracia y a menudo desesperanzado, son tan disculpables. Yo sabía, en fin, por treinta años de experiencia, cuán rica es la dote de ilusiones de toda emigración.»

(Lo que sigue está ya anticipado, en lo esencial, en las cartas de Borkheim y Schily.)

En broma y burla se llamaba ahora a esta esencial sociedad haragana la Banda de Azufre. Era una asociación de compañeros reunidos por azar, improvisada, sin presidente ni programa, sin estatutos ni dogma. Ni pensamiento de conspiración secreta, ni de meta política o de cualquier otra índole que perseguir sistemáticamente; sólo públicamente, y con exuberante franqueza y apertura de corazón, perseguían el efecto hasta el exceso. Menos aún guardaban conexión alguna con Marx, quien, por su parte, con toda seguridad nada podía saber de su existencia, y del que, además, se hallaban por entonces muy lejos en sus concepciones político-sociales. Por añadidura, en aquella época aquellos compañeros mostraban un afán de independencia tan acusado que rayaba en la sobrestimación de sí mismos, de modo que difícilmente se habrían subordinado a autoridad alguna, ni en la teoría ni en la práctica; se habrían reído de las admoniciones paternales de Vogt, del mismo modo que habrían escarnecido las instrucciones tendenciosas de Marx. De cuanto ocurría en su círculo estaba yo tanto más exactamente informado cuanto que mi hijo mayor mantenía trato diario con sus principales gallitos; en todo caso, toda la broma de la banda desbandada apenas duró más allá de los días del invierno de 1849 a 1850; la fuerza de las circunstancias dispersó a nuestros héroes a todos los vientos.

¿Quién habría previsto que la Banda de Azufre, largo tiempo consagrada al olvido, después de un letargo de diez años sería reavivada por el señor profesor Vogt, a fin de esparcir un mal olor contra supuestos atacantes, el cual luego los complacientes plumíferos de la prensa, a modo de conductores cuasi eléctrico-magnético-simpáticos, transmitían voluptuosamente? ¿No ha tomado en boca incluso el liberal por excelencia, el señor von Vincke, con ocasión de la cuestión italiana, a la Banda de Azufre, y no ha iluminado con ella la modesta Cámara prusiana? ¿Y no ha hecho la ciudadanía de Breslau, tan bien oliente por lo demás, en santa simplicidad, una mascarada carnavalesca en honor de la Banda de Azufre y, como símbolo de sus virtuosas convicciones, ha fumigado la ciudad con antorchas de azufre?

¡Pobre, inocente Banda de Azufre! ¿Tuviste, después de tu bienaventurado fin, nolens volens, que llegar a ser un verdadero volcán, para como un coco acosar a tímidos súbditos hacia el redil de la policía, vulcanizar las débiles cabezas de todo el mundo, carbonizar hasta la raíz todo cerebro ya calcinado...

como el propio Vogt, según me parece, se ha quemado la boca con ello para siempre.

Ahora bien, a Kremer, vulgo Cherval. Este pícaro político-social y común llegó a Ginebra en el año 1853, a saber, bajo el nombre de Nugent, como inglés. Ese era el apellido de su supuesta esposa, que le acompañaba y es una inglesa genuina. Habla inglés con fluidez, así como francés, y durante mucho tiempo evitó hablar alemán, pues le parecía de la mayor importancia pasar por un inglés de pura sangre.

Como hábil litógrafo y cromografista, introdujo – según se jactaba – este último arte en Ginebra. En sociedad es diestro, sabe abrirse paso y presentarse ventajosamente. Para dibujos de objetos histórico-naturales y antiguos encontró pronto ocupación suficiente entre los profesores de la Academia. Al principio vivía muy retirado; más tarde buscó su compañía casi exclusivamente en el círculo de los refugiados franceses e italianos. Por aquel entonces fundé una office de renseignements y un diario: “Le Messager du Léman”; tenía como colaborador a un refugiado de Baden de nombre Stecher, antiguo director de una Realschule. Este último tenía un talento especial para el dibujo y se esforzaba, para mejor progresar, en formarse en cromografía; encontró en el inglés Nugent a su maestro. Stecher me contaba muy a menudo las cosas más hermosas del hábil, amable y generoso inglés y de la agradable y graciosa inglesa. Stecher era ahora también profesor de canto en la Asociación de Instrucción Obrera, y de vez en cuando llevaba allí a su maestro Nugent, donde tuve el placer de conocerlo por primera vez, y donde se dignó a hablar alemán, y con tanta fluidez en un dialecto del Bajo Rin, que le dije: “Usted no es inglés en toda su vida”. Él insistió sin embargo, explicando que sus padres lo habían internado, en su primera juventud, en un pensionado de Bonn, donde permaneció hasta los dieciocho años y adoptó el dialecto del lugar. Stecher, encantado hasta el final con el “simpático” hombre, contribuyó aún a que se creyese que era inglés. A mí, por el contrario, este suceso me volvió muy desconfiado hacia el supuesto hijo de Albión, y previne al círculo de la asociación para que anduviera con cuidado. Más tarde encontré al inglés en compañía de refugiados franceses y casualmente estuve presente cuando se jactaba de sus hazañas heroicas en las insurrecciones de París. Fue la primera vez que vi que se ocupaba de política. Esto me lo hizo todavía más sospechoso; ridiculicé su “coraje de león” con el que pretendía haber combatido, para darle la oportunidad de reafirmarlo ante mí, en presencia de los franceses; pero puesto que soportó mi hiriente escarnio con nada más que sumisión perruna, se me volvió también despreciable.

Desde entonces me evitó por completo dondequiera que pudo. Entre tanto, con ayuda de Stecher, organizó veladas de baile en el seno de la asociación obrera alemana, atrayendo, sin paga, a unas pocas fuerzas musicales: un italiano, un suizo y un francés. En esos bailes volví a encontrar luego al inglés como un verdadero maître de plaisir, completamente en su elemento; pues desmadrarse en la alegría y agradar a las damas le sentaba mejor que su coraje de león. En la asociación obrera, sin embargo, no hacía política; allí sólo saltaba y brincaba, reía, bebía y cantaba. Mientras tanto, sin embargo, supe por el orfebre Fritz, de Wurtemberg, que “el inglés completamente revolucionario” había fundado una liga compuesta por él mismo (Fritz), otro alemán, varios italianos y franceses, unos siete miembros en total. Rogué encarecidamente a Fritz que no se metiera en cosas serias con este volatinero político, y que abandonara de inmediato e indujera a los camaradas a hacer lo mismo. Algún tiempo después mi librero me envió un folleto de Marx sobre el proceso de los comunistas en Colonia, en el que Cherval, como Kremer, era duramente perfilado y tratado sin miramientos como bribón y traidor. Sospeché al punto que Nugent podía ser Cherval, sobre todo porque, según este escrito, era de la región del Rin, lo que correspondía a su dialecto, y vivía con una inglesa, lo que también coincidía. Comuniqué mi conjetura de inmediato a Stecher, Fritz y otros, y con ese fin hice circular el folleto. La desconfianza hacia Nugent se propagó rápidamente; el escrito de Marx surtió efecto. Fritz vino pronto a mí, declarando que había abandonado la “pequeña liga” y que los demás seguirían su ejemplo. También me reveló su propósito secreto. El “inglés” se proponía, mediante la reproducción de papel del Estado, destruir el crédito de los estados y, con el dinero así ganado, poner en movimiento una revolución europea, etc. Por la misma época, un tal señor Laya, refugiado francés, antiguo abogado en París, dio unas conferencias sobre socialismo. Nugent asistió a ellas; Laya, que había sido su defensor en su proceso en París, lo reconoció como Cherval, cosa que también le declaró personalmente. Nugent suplicó que no lo delataran. Supe este hecho por un refugiado francés, amigo de Laya, y lo comuniqué de inmediato por todos lados. Nugent tuvo la desvergüenza de volver a presentarse en la asociación obrera, donde, como el alemán Kremer y el francés Cherval, fue desenmascarado y echado a la calle. Se dice que Ranickel, de Bingen, se abalanzó sobre él con la mayor violencia en este asunto. Para colmo, la policía de Ginebra quiso entonces echarse sobre él a causa de la pequeña liga; pero el fabricante de papel del Estado había desaparecido sin dejar rastro.

En París, el mismo sujeto se ocupa de la decoración de porcelana, y como yo también me dediqué aquí a este ramo, nos encontramos en el camino de los negocios. Hallé en él, sin embargo, al mismo fanfarrón frívolo e incorregible.

Cómo se ha atrevido Vogt, pues, a poner en relación a este vagabundo, en su actividad ginebrina, con los afanes de un Marx, a designarlo como camarada o instrumento, me resulta realmente incomprensible, tanto más cuanto que se refiere a un momento en que Marx, en el escrito mencionado, arremetía tan decididamente contra ese individuo. Con ello, es precisamente Marx quien lo desenmascaró, lo echó de Ginebra, donde, según Vogt, se supone que trabajaba para Marx.

Cuando reflexiono sobre cómo ha sido posible que el naturalista Vogt se haya extraviado hasta tal punto, se me para la razón. ¿No es deplorable ver la hermosa influencia que Vogt, por una combinación casual de circunstancias, había reunido sobre sí, tan frívola, tan infructuosa y autodisolutamente destruida! ¿Sería de extrañar que, después de tales observaciones, todo el mundo acogiera las investigaciones científicas de Vogt sólo con desconfianza y sospechara que sus conclusiones científicas, con la misma temeridad, la misma falta de conciencia, pudieran basarse en nociones falsas en lugar de hechos positivos, minuciosamente investigados?

Para ser estadista y sabio se requiere algo más que ambición; de lo contrario, hasta Kremer podría ser ambas cosas. Desgraciadamente, Vogt, por su banda de azufre y su Cherval, ha caído él mismo en una especie de Cherval. Y, en efecto, tienen una semejanza interior por una acusadísima necesidad de comodidades vitales, de seguridad corporal, de alegre sociabilidad y de bromas frívolas en asuntos serios....... Esperando vuestras prontas y amistosas noticias, os saludo con cordial devoción, vuestro

J. Ph. Becker

P.D. Justo ahora he vuelto a mirar el panfleto de Vogt y he hallado, con mayor asombro, que también los “Brüstenheimers” reciben todos los honores. En breve sabréis también cuál es la naturaleza de esta pandilla..........

Herr Vogt – III. Asuntos policiales

Se dice que Cherval-Kremer vino a Ginebra por instrucciones de Marx. Debo, por tanto, añadir que el mismo, que hasta el último momento de su estancia en Ginebra mantuvo el papel de inglés, jamás traicionó en lo más mínimo haber estado en contacto en parte alguna con ningún refugiado alemán, como, por lo demás, no habría convenido en absoluto a su incógnito. Aun ahora aquí, después de que pueda tener menos importancia que allí entonces, no quiere pasar por tal y niega todo trato con alemanes de épocas anteriores.
Hasta ahora siempre creí que Vogt se había dejado embaucar ligeramente por otros, pero ahora su conducta me parece cada vez más un engaño malicioso y pérfido. Ya siento menos lástima por él, y sólo me apena por su buen y digno anciano padre, que seguramente pasará muchas horas amargas por este asunto.

No sólo os permito, sino que por la presente os ruego, en interés de la verdad y de la buena causa, que hagáis uso de mis comunicaciones en el círculo de vuestros conocidos.

Así, cordialmente vuestro
J. Philipp B. (Véase apéndice 3.)

4) El proceso de los comunistas de Colonia.

Del “Gabinete” de la Regencia imperial en Ginebra a la Audiencia provincial prusiana en Colonia.

“En el proceso de Colonia, Marx desempeñó un papel prominente.” Indiscutiblemente.

“En Colonia fueron juzgados sus confederados.” Es cierto.

La prisión preventiva de los acusados de Colonia había durado un año y tres cuartos.

La policía prusiana y la legación, Hinkeldey con toda su camarilla, las autoridades postales y municipales, los ministerios del Interior y de Justicia, todos habían hecho los más inmensos esfuerzos durante ese año y tres cuartos para presentar un corpus delicti.

Aquí, pues, en su investigación de mis «andanzas», Vogt dispone en cierto modo de los recursos del Estado prusiano y poseía incluso material auténtico en mis «Revelaciones sobre el proceso de los comunistas de Colonia. Basilea, 1853», un ejemplar del cual encontró, tomó prestado y «estudió» en la Asociación Obrera de Ginebra. Esta vez, pues, el muchacho Karl no dejará de volverse terrible para mí. ¡Pero no! Esta vez Vogt se siente «embarazado», descarga un par de sus bolas de humo y peste, de crecimiento natural,* y luego balbucea, ansioso por retirarse: «El proceso de Colonia no tiene para nosotros particular importancia.» (pág. 172 del «Libro principal».)

En las «Revelaciones» no pude evitar atacar, entre otros, al Sr. A. Willich. Willich, en la *New-Yorker Criminal-Zeitung* del 28 de octubre de 1853,** comienza su autodefensa caracterizando mi folleto como «una crítica magistral del horrible procedimiento de la Policía Central Federal alemana». J. Schabelitz hijo, el editor del folleto, escribió tras recibir mi manuscrito, fechado en Basilea el 11 de diciembre de 1852: «Su desenmascaramiento de las infamias policiales es insuperable. Ha erigido usted un monumento duradero al régimen actual en Prusia.» Añade que su juicio es compartido por expertos, y a la cabeza de estos «expertos» se hallaba un actual amigo ginebrino del Sr. Karl Vogt.

Siete años después de su publicación, el mismo folleto hizo que el Sr. Eichhoff de Berlín, enteramente desconocido para mí —Eichhoff comparecía notoriamente ante el tribunal acusado de difamar a Stieber— declarase durante el proceso: «Había estudiado a fondo el proceso de los comunistas de Colonia, y no solo debía mantener plenamente su afirmación original de que Stieber había cometido perjurio, sino extenderla en el sentido de que todo el testimonio de Stieber en aquel proceso era falso... La condena de los acusados de Colonia se produjo únicamente sobre la base de los testimonios de Stieber... Todo el testimonio de Stieber fue un perjurio llevado a cabo consecuentemente.» (1.er suplemento de la *Berliner Vossische Zeitung* del 9 de mayo de 1860.)

El propio Vogt admite: «Él (Marx) se tomó todas las molestias imaginables para proporcionar a los defensores de los acusados material e instrucciones para la conducción del proceso...

Como es bien sabido, allí (en Colonia) se presentaron como prueba documentos falsos auto-forjados por los agentes Stieber, Fleury, etc., y en conjunto se destapó un abismo de depravación entre esta chusma policial que hace estremecerse.» (págs. 169, 170 del «Libro principal».)

Si Vogt demuestra su odio al golpe de Estado mediante propaganda en favor del bonapartismo, ¿por qué no habría de demostrar yo «mi entendimiento» con la policía secreta desenmascarando su insondable depravación?

* «Las bolas de humo o de peste sirven principalmente en la guerra de minas. Se toma la composición estelar ordinaria, la cual, sin embargo, debe contener algo más de azufre, se le incorporan tantas plumas, cuerno, pelo y otras inmundicias como admita la composición, se rellenan con ella saquitos y se dispara la bola con una espoleta.» (J. C. Plümicke, *Manual para los oficiales de la Artillería Real Prusiana*. Primera parte. Berlín, 1820.)

** Publiqué una respuesta en el folleto: «El caballero de la conciencia noblemente consciente. Nueva York, 1853.»

Si la policía poseía medios de prueba auténticos, ¿por qué falsificar otros falsos?

Pero, sermonea el profesor Vogt, «no obstante, el golpe solo alcanzó a los miembros de la Liga de Marx en Colonia, solo al partido de Marx».

¡En efecto, Polonio! ¿Acaso no había alcanzado antes el golpe a otro partido en París, y no alcanzó después nuevamente a otro partido en Berlín (proceso Ladendorf), otro en Bremen (Liga de la Calavera), etc., etc.?

En lo que respecta a la condena de los acusados de Colonia, citaré un pasaje de mis «Revelaciones» al respecto:

«Originariamente, la intervención milagrosa de la policía había sido necesaria para ocultar el carácter puramente tendencioso del proceso. Las revelaciones venideras —así abrió (el fiscal) Saedt el procedimiento— les probarán a ustedes, señores del jurado, que este proceso no es un proceso de tendencia. Ahora (al cierre del procedimiento) subraya el carácter tendencioso para hacer olvidar las revelaciones policiales. Tras la instrucción preliminar de 1¾ años, el jurado necesitaba un *corpus delicti* objetivo para justificarse ante la opinión pública.

Tras la comedia policial de 5 semanas, necesitaban la “pura tendencia” para rescatar a la opinión pública de la suciedad fáctica. Saedt, por tanto, no solo se limita al material que impulsó a la sala de acusación a decidir: “no hay *corpus delicti* objetivo”. Va más lejos. Busca probar que la ley contra la conspiración no exige en absoluto un *corpus delicti*, sino que es una ley de pura tendencia, es decir, la categoría de conspiración es solo un pretexto para quemar a los herejes políticos en forma legal. Su intento prometía mayor éxito mediante la aplicación del nuevo código penal promulgado después del arresto de los acusados. Bajo el pretexto de que el código contenía disposiciones atenuantes, el tribunal servil podía permitir su aplicación retroactiva. Pero si el proceso era un proceso de pura tendencia, ¿para qué sirvió la instrucción preliminar de 1¾ años? Por tendencia.» (págs. 71, 72, loc. cit.) «Con la revelación del libro de actas falsificado y atribuido por la propia policía prusiana, el proceso había entrado en una nueva etapa. El jurado ya no era libre de declarar a los acusados culpables o inocentes; ahora debía declarar culpables a los acusados —o al gobierno.

Absolver a los acusados significaba condenar al gobierno.» (pág. 70, loc. cit.)

Que el gobierno prusiano de la época concebía la situación de manera muy similar lo probó una carta de Hinkeldey, dirigida durante el proceso de Colonia a la legación prusiana en Londres, afirmando que «toda la existencia de la policía política dependía de la decisión de este proceso». Por ello, requirió a una persona para que se hiciera pasar por el testigo fugitivo H. ante el tribunal y recibiera 1.000 táleros por la representación. De hecho, ya se había encontrado a la persona cuando llegó una nueva carta de Hinkeldey: «el fiscal del Estado esperaba, dada la feliz composición del jurado, obtener el veredicto de culpabilidad incluso sin más medidas extraordinarias, y él (Hinkeldey) solicitaba, por tanto, que no se hicieran más esfuerzos.» (Véase Apéndice 4.)

Fue, de hecho, esta feliz composición del jurado en Colonia la que inauguró el régimen de Hinkeldey-Stieber en Prusia. «Habrá un golpe en Berlín cuando los presos de Colonia sean condenados», sabía ya en octubre de 1852 la chusma policial adscrita a la legación prusiana en Londres, aunque la mina policial en Berlín (la conspiración Ladendorf) no estalló hasta finales de marzo de 1853. (Véase Apéndice 4.)

Los subsiguientes aullidos liberales sobre una época de reacción son siempre tanto más ruidosos cuanto más ilimitada es la cobardía liberal que durante años dejó el campo a la reacción sin disputa. Así, en la época del proceso de Colonia, todos mis intentos de desenmascarar el sistema de impostura de Stieber en la prensa liberal prusiana fracasaron. Esta había inscrito con grandes caracteres en su bandera: La seguridad es el primer deber del ciudadano, y bajo este signo — vivirás.

5) Fiesta Central de las Asociaciones Educativas Obreras Alemanas en Lausana.

(26 y 27 de junio de 1859.)

Nuestro héroe huye con placer constantemente renovado de vuelta a — Arcadia. Lo encontramos de nuevo en un «apartado rincón de Suiza», en Lausana, en la «Fiesta Central» de varias asociaciones educativas obreras alemanas, que se celebró a finales de junio. Aquí Karl Vogt llevó a cabo su segunda gesta salvadora suiza. Mientras Catilina se sienta en Londres, el Cicerón de la chaqueta abigarrada truena en Lausana:

«Jam iam intellegis me acrius vigilare ad salutem, quam te ad perniciem rei publicae.» Por casualidad, existe un informe auténtico sobre dicha «Fiesta Central» y la hazaña heroica perpetrada durante ella por la «personalidad bien redondeada». El título del informe redactado por el Sr. G. Lommel con la colaboración de Vogt reza: «La Fiesta Central de las Asociaciones Educativas Obreras Alemanas en Suiza Occidental. (Lausana, 1859.) Ginebra

Herr Vogt – III. Asuntos Policiales

1859, Markus Vaney, rue de la Croix d’or.» Comparemos el informe auténtico con el «Hauptbuch», publicado 5 meses después. El informe contiene el discurso «taquigrafiado literalmente» por Cicerón-Vogt, en cuya introducción desvela el secreto de su aparición en esta ocasión. Aparece entre los obreros, los arenga, porque «se han lanzado contra él recientemente graves acusaciones que, de ser ciertas, destruirían por completo la confianza en él y socavarían por entero su actividad política.» «He venido —continúa—, he venido aquí, pues, a pronunciar una palabra abierta contra (la susodicha) rastrería solapada.» (págs. 6/7 del informe.) Se le acusa de maquinaciones bonapartistas, su actividad política ha de ser rescatada, y según su costumbre defiende su pellejo con la lengua. Después de hora y media de vacua trilla de paja, recuerda la admonición de Demóstenes de que «acción, acción, y otra vez acción es el alma de la elocuencia». Pero, ¿qué es la acción? En América hay un pequeño animal llamado mofeta, que, en el momento de supremo peligro, solo posee una defensa, su olor ofensivo. Cuando es atacada, arroja por ciertas partes de su cuerpo una sustancia cuya humedad condena irremisiblemente tus ropas a la muerte por fuego, y si llegara a tocar tu piel, te destierra por algún tiempo de la sociedad de todos los seres humanos. Tan terriblemente ofensivo es el olor que los cazadores, en el momento en que sus perros levantan casualmente una «mofeta», emprenden la huida con más impetuosa prisa y mayor terror que si tuvieran al lobo o al tigre pisándoles los talones. Contra el lobo y el tigre, la pólvora y el plomo te protegen, pero contra el *a posteriori* de la «mofeta» no ha crecido hierba alguna.

Eso es acción, se dice el orador naturalizado en el «estado animal», y arroja la siguiente materia mofetesca sobre sus supuestos perseguidores:

«De una cosa, sin embargo, les advierto con la mayor insistencia, y son las maquinaciones de una pequeña camarilla de hombres depravados, cuyo pensamiento y afán entero se dirigen a apartar al obrero de su vocación, a implicarlo en conspiraciones e intrigas comunistas y, finalmente, después de haber vivido de su sudor, arrojarlo fríamente (es decir, después de haberlo hecho sudar todo) a la ruina. Ahora, una vez más, esta pequeña camarilla intenta por todos los medios posibles (solo lo más generales posible) atraer de nuevo a las asociaciones obreras a sus redes engañosas. Digan lo que digan (sobre las maquinaciones bonapartistas de Vogt), estén seguros de que su único objetivo es explotar al obrero para sus fines egoístas y finalmente abandonarlo a su suerte.» (pág. 18 del informe. pág. B.) La desvergüenza de la «mofeta» al hacer que yo y mis amigos, que en todo tiempo hemos representado los intereses de la clase obrera gratuitamente y con sacrificio de nuestros intereses privados, hayamos «vivido del sudor de los obreros»

97

Karl Marx

ni siquiera es original. No solo los *mouchards* decembristas han aullado calumnias similares a espaldas de Louis Blanc, Blanqui, Raspail, etc., sino que en todas las épocas y en todos los lugares los sicofantes de la clase dominante han difamado siempre a los campeones literarios y políticos de las clases oprimidas de esta manera infame. (Véase Apéndice 5.)

Después de esta acción, además, nuestra «naturaleza redondeada» ya no es capaz de mantener su *sérieux*. El bufón compara ahora a sus «perseguidores», aún en libertad, con los «rusos capturados en Zorndorf» y a sí mismo —¡adivínese!— con Federico el Grande. Falstaff-Vogt recordó que Federico el Grande huyó en la primera batalla a la que asistió. ¡Cuánto más grande, pues, aquel que huyó sin asistir a batalla alguna!*

Hasta aquí la aventura de la Fiesta Central de Lausana según el informe auténtico. «Y después examinó uno» (por hablar con Fischart) «el pegajoso, parasitariamente coagulado trapo de cocina y marmitón», la papilla poliquística eulenspiegeliana que él sirvió cinco meses después a los filisteos alemanes.

«Se deseaba a toda costa provocar una complicación en Suiza, asestar un golpe decidido a la política de neutralidad. Se me informó de que la Fiesta Central de las Asociaciones Obreras de Educación iba a ser utilizada para encaminar a los obreros por sendas cuya adopción habían rechazado estrictamente. Se esperaba aprovechar la hermosa fiesta para formar un comité secreto que entablaría comunicación con personas de ideas afines en Alemania y, Dios sabe (Vogt, aunque informado, no lo sabe), tomaría todo tipo de medidas. Circulaban rumores sordos y comunicaciones misteriosas sobre la intervención activa de los obreros en la política patriótica alemana. En el acto resolví oponerme a estas maquinaciones, a fin de recalcar de nuevo a los obreros que no prestaran oídos a propuestas de esa clase. Al final de mi discurso, pronuncié públicamente la advertencia, etc.» (pág. 180 del “Hauptbuch”).

Cicerón-Vogt olvida que al comienzo de su discurso soltó públicamente

* Kobes I relata en el folleto publicado por Jacob Venedey: «Pro domo et pro patria contra Karl Vogt. Hannover 1860»: «fue testigo de cómo el Regente Imperial Karl Vogt no estaba presente cuando nosotros los demás, y también los otros cuatro Regentes Imperiales, obligamos al gobierno de Wurtemberg a ayudar al Parlamento a un fin honorable con sable y bayoneta. Es una historia divertida. Cuando los otros cuatro Regentes Imperiales ya habían subido al carruaje para, según lo acordado, dirigirse a la sala de la asamblea y plantar cara allí al parlamento residual (el parlamento residual, como es bien sabido, no tenía cabeza), Karl Vogt, cerrando la portezuela del carruaje, gritó al cochero: “¡Adelante, el carruaje ya está lleno, yo iré después!”. Karl Vogt fue después, cuando el posible peligro ya había pasado.» (loc. cit., págs. 23, 24.)

lo que le impulsó a la Fiesta Central: no la neutralidad de Suiza, sino salvar su propio pellejo. Ni una sílaba en su discurso sobre el ultraje planeado contra Suiza, sobre los designios conspirativos en torno a la Fiesta Central, sobre un comité secreto, sobre la intervención activa de los obreros en la política alemana, sobre propuestas «de esta» o de cualquier otra «clase». Nada de todas estas stieberiadas. Su advertencia final fue meramente la advertencia del honrado Sykes, quien en la sala del Old Bailey previno a los jurados para que bajo ningún concepto prestaran oídos a los «depravados» detectives que habían descubierto su robo.

«Los acontecimientos que siguieron inmediatamente —dice Falstaff-Vogt (pág. 181 del “Hauptbuch”)— confirmaron mis presentimientos.» ¡Qué, presentimientos! ¡Pero Falstaff olvida de nuevo que unas líneas antes no había “presentido”, sino que había sido “informado”, informado de los planes de los conspiradores, e informado con todo detalle! ¿Y cuáles, ángel del presentimiento, fueron los acontecimientos inmediatos? «Un artículo de la Allgemeine Zeitung imputaba a la fiesta y a la vida de los obreros tendencias que éstas (a saber, la fiesta y la vida) en modo alguno tenían en mente.» (Exactamente igual que Vogt se las imputa al Congreso de Murten y a las asociaciones obreras en general.) «Sobre la base de este artículo y de su reimpresión en el Frankfurter Journal, se produjo una investigación confidencial por parte del enviado de un estado del sur de Alemania, en la que se atribuía a la fiesta la significación» —que el artículo de la Allgemeine Zeitung y la reimpresión del Frankfurter Journal le «imputaban»— por Dios, no— «que habría tenido según las intenciones frustradas de la banda del azufre». ¡En efecto! ¡Habría tenido!

Aunque la comparación más superficial entre el Hauptbuch y el informe auténtico sobre la Fiesta Central basta para desvelar el secreto del segundo salvamento suizo de Cicerón-Vogt, quise, no obstante, cerciorarme de si algún hecho —por muy deformado que fuera— le había proporcionado material para su exhibición de fuerza. Por eso, me dirigí por escrito al redactor del informe auténtico, el señor G. Lommel, de Ginebra. El señor Lommel debía de mantener relaciones amistosas con Vogt, pues no sólo redactó el informe sobre la Fiesta Central de Lausana con la ayuda de Vogt, sino que también, en un folleto posterior sobre la Fiesta de Schiller y de Robert Blum en Ginebra, disimuló el fiasco de Vogt allí. En una respuesta fechada el 13 de abril de 1860, el señor Lommel, a quien no conozco personalmente, declara: «La historia de Vogt de que frustró una peligrosa conspiración en Lausana es la más pura fábula o mentira; sólo buscó un lugar en Lausana para hablar y luego hacer imprimir ese discurso. En ese discurso de hora y media se defendió de la acusación de ser un bonapartista asalariado. El

manuscrito lo conservo cuidadosamente en mi poder.» Un francés residente en Ginebra, al preguntársele por la misma conspiración de Vogt, respondió brevemente: «Il faut connaître cet individu (a saber, Vogt), surtout le faiseur, l’homme important, toujours hors de la nature et de la vérité.»

El propio Vogt dice en la pág. 99 de sus llamados “Studien” que «jamás ha alardeado de cualidades proféticas». Pero por el Antiguo Testamento se sabe que el asno vio lo que el profeta no había visto. Y así se explica que Vogt viera la conspiración que había presentido en noviembre de 1859 y la hubiera “frustrado” en junio de 1859.

6) Motley.

«Si no me engaña la memoria —dice el payaso parlamentario—, la circular (a saber, una supuesta circular de Londres a los proletarios fechada en 1850) fue efectivamente redactada por un partidario de Marx, el llamado Wolf parlamentario, y puesta en manos de la policía de Hannover. —Y de nuevo surge este canal en la historia de la circular “de los amigos de la patria al pueblo de Gotha”» (pág. 144 del “Hauptbuch”).

¡Surge un canal! ¿Acaso *prolapsus ani*, bromista de historia natural?

En cuanto al «Wolf parlamentario» —y más tarde oiremos por qué el Lobo parlamentario pesa como una pesadilla sobre la memoria del payaso parlamentario—, éste ha publicado la siguiente declaración en el Berliner Volks-Zeitung, la Allgemeine Zeitung y el Hamburger Reform:

«Declaración. Manchester, 6 de febrero de 1860: Por carta de un amigo sé que el National-Zeitung (núm. 41 de este año), en un artículo de fondo basado en un panfleto de Vogt, ha puesto ante el público el siguiente pasaje:

“En 1850, otra circular desde Londres fue, según cree recordar Vogt, redactada por Wolf parlamentario, alias Wolf de las casamatas, enviada a los proletarios en Alemania y simultáneamente puesta en manos de la policía de Hannover.” No he visto ni el número de la “National-Zeitung” ni el panfleto de Vogt y, por tanto, respondo únicamente respecto del pasaje citado:
1) En el año 1850 vivía en Zúrich y no en Londres, adonde no me trasladé hasta el verano de 1851.

2) Jamás en toda mi vida he redactado una circular, ni a “proletarios” ni a nadie.

3) En cuanto a la insinuación referente a la policía de Hannover, devuelvo con desprecio esta acusación descaradamente inventada a su autor, ¿o a la Dieta Federal? Si el resto del panfleto de Vogt es tan fabricado y mendaz como la parte que me concierne, bien puede figurar dignamente junto a las invenciones de un Chenu, Delahodde y consortes. W. Wolff.»

Se ve: así como Cuvier pudo reconstruir toda la estructura de un animal a partir de un solo hueso, Wolff ha deducido correctamente de una cita arrancada todo el engendro de Vogt. De hecho, Karl Vogt aparece, junto a Chenu y De la Hodde, como *primus inter pares*.

La última “prueba” del Vogt «nunca desprovisto de recursos» sobre mi *entente cordiale* con la policía secreta en general, y «mis conexiones con el partido de la Kreuzzeitung en particular», consiste en el hecho de que mi mujer es hermana del ex ministro prusiano, el señor von Westphalen. (Pág. 194 del “Main Book” [Libro principal]). Ahora bien, ¿cómo parar la cobarde finta del gordinflón Falstaff? Tal vez el payaso perdone a mi mujer su cuñado ministro prusiano cuando sepa que a uno de sus parientes escoceses lo decapitaron como rebelde en la lucha por la libertad contra Jacobo II en la plaza del mercado de Edimburgo. El propio Vogt, notoriamente, todavía lleva su cabeza sobre los hombros sólo por error. En la conmemoración de Robert Blum de la Asociación Obrera Alemana de Ginebra (13 de noviembre de 1859), contó «cómo la izquierda del Parlamento de Fráncfort había estado largo tiempo indecisa sobre a quién enviar a Viena, si a Blum o a él mismo. Al fin, la suerte, una paja sacada, decidió a favor, o más bien en contra, de Blum». (Págs. 28, 29 de la Fiesta de Schiller en Ginebra, etc., Ginebra 1859.) El 13 de octubre, Robert Blum viajó de Fráncfort a Viena. El 23 o 24 de octubre, una diputación de la extrema izquierda de Fráncfort, en camino hacia el Congreso Democrático de Berlín, llegó a Colonia. Vi a los señores, entre ellos algunos diputados con vínculos más estrechos con la Neue Rheinische Zeitung. Estos últimos, de los cuales uno fue fusilado bajo la ley marcial durante la campaña de la Constitución del Reich, otro murió en el exilio y un tercero aún vive, me susurraron historias extrañamente inquietantes al oído sobre las maquinaciones de Vogt en relación con la misión vienesa de Robert Blum. Sin embargo—

¡No me hagáis hablar, hacedme callar,
pues el secreto es mi deber!

La ya mencionada conmemoración de Robert Blum (noviembre de 1859) en Ginebra fue poco grata a la “naturaleza bien redondeada”. Cuando entró en la sala del banquete, pavoneándose alrededor de su patrón James Fazy con una obsequiosidad silénica, un obrero gritó: ¡ahí va el patán, y detrás de él Falstaff! Cuando se dio a conocer, mediante su artística anécdota, como el *alter ego* de Robert Blum, sólo con dificultad se pudo impedir que algunos obreros acalorados asaltaran la tribuna. Cuando por fin, olvidando cómo él mismo había frustrado la revolución en junio, «convocó de nuevo a las barricadas» (pág. 29 de la Fiesta de Schiller), un eco burlón repitió: «¡Barricadas! ¡plasta de vaca!». Y tan bien saben los de fuera calibrar la fanfarronería revolucionaria de Vogt, que esta vez se omitió la “investigación confidencial de un enviado del sur de Alemania”, de otro modo inevitable, y no apareció ningún artículo en la Allgemeine Zeitung.

—

Toda la stieberiada de Vogt, desde la “banda del azufre” hasta el “ministro retirado”, delata la clase de maestro cantor de quien dice Dante:
Ed egli avea fatto del cul trompetta.*

* Y él había hecho de su culo una trompeta. (Kannegießer.)

El señor Vogt « IV. La carta de Techow

IV. La carta de Techow.

¿Qué extrae ahora la “naturaleza bien redondeada” del
«tristo sacco
Che merde fa di quel, che si trangugia.»
(Dante.)
Una carta de Techow, fechada en Londres, 26 de agosto de 1850.

«No puedo hacer nada mejor para caracterizar esta actividad (a saber, la de la “banda del azufre”) que comunicar aquí una carta de un hombre a quien todo el que (!) lo haya conocido siquiera reconocerá como hombre de honor, y a quien por tanto puedo tomarme la libertad de publicar, porque ella (¿el hombre de honor o la carta?) fue expresamente destinada a comunicación (¿a quién?) y aquellas consideraciones (¿de parte de quién?) que antes se oponían a su publicación ya no tienen vigencia.» (Pág. 141 del “Main Book” [Libro principal].)

Techow llegó de Suiza a Londres a finales de agosto de 1850. Su carta va dirigida al ex teniente prusiano Schimmelpfennig (entonces en Berna) «para comunicación a los amigos», es decir, a los miembros de la «Centralización», una sociedad secreta que expiró hace casi diez años, fundada por refugiados alemanes en Suiza, de composición abigarrada y fuertemente entreverada de elementos parlamentarios. Techow pertenecía a esta sociedad; Vogt y sus amigos, no. ¿Cómo, entonces, llega Vogt a posesión de la carta de Techow y quién le dio autoridad para publicarla?

Techow mismo me escribe desde Australia, con fecha 17 de abril de 1860: «En cualquier caso, jamás he tenido ocasión de otorgar al señor Karl Vogt autorización alguna en este asunto.»

De los «amigos» de Techow a quienes debía comunicarse la carta, sólo quedan dos en Suiza. Dejemos que hablen por sí mismos.

* «Del inmundo saco
que en mierda convierte cuanto engulle.»

Karl Marx

«E. a Schily, 29 de abril de 1860. Engadina Superior. Cantón de los Grisones.

Cuando apareció el folleto de Vogt, *Mein Prozess gegen die Allgemeine Zeitung*, en el que se imprime una carta de Techow a sus amigos de Suiza, fechada el 26 de agosto de 1850, nosotros, los amigos de Techow que aún estábamos presentes en Suiza, acordamos expresar nuestra desaprobación por la publicación no autorizada de esta carta en una comunicación dirigida a Vogt. La carta de Techow estaba dirigida a Schimmelpfennig, en Berna, y debía ser comunicada en copia a los amigos. Me alegro de que no nos hayamos engañado, en la medida en que ningún amigo de Techow, nadie que tenga derecho a su carta del 26 de agosto, ha hecho de ella el uso que de ella ha hecho el poseedor fortuito. El 22 de enero se escribió a Vogt que se desaprobaba la publicación no autorizada de la carta de Techow, se protestaba contra cualquier otro uso indebido de la misma y se reclamaba su devolución. El 27 de enero del año en curso, Vogt respondió: “La carta de Techow estaba destinada a ser comunicada a los amigos; el amigo que la tenía en sus manos se la entregó expresamente a él para su publicación… y sólo devolverá la carta a aquel de quien la recibió”.»

«B. a Schily. Zúrich, 1 de mayo de 1860.

La carta a Vogt la escribí yo, previo acuerdo con E. — R. no pertenecía a los “amigos” a los que la carta de Techow iba destinada a comunicación; pero Vogt sabía, por el contenido de la carta, que también iba dirigida a mí, aunque se guardó muy bien de recabar mi consentimiento para su publicación.»

Para resolver el enigma, he reservado un pasaje de la carta de Schily antes comunicada. Dice así:

«De este Ranickel debo hablar aquí, porque tiene que haber sido a través de él como la carta de Techow pasó a manos de Vogt, punto de tu indagación que casi pasé por alto. La carta la dirigió Techow a sus amigos con los que había convivido en Zúrich, Schimmelpfennig, B., E. Como amigo de estos amigos y de Techow, yo también la recibí más tarde. En la época de mi brutal y sumaria expulsión de Suiza (fui detenido en las calles de Ginebra sin orden previa de expulsión e inmediatamente arrastrado fuera), no se me permitió entrar otra vez en mi domicilio para poner mis cosas en orden. Desde la cárcel de Berna escribí, por tanto, a un hombre de confianza en Ginebra, el maestro zapatero Thum, rogándole que encargase a alguno de mis amigos que todavía estuvieran allí (pues no sabía a cuáles de ellos habrían podido

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El señor Vogt – IV. La carta de Techow

dispersar al mismo tiempo) empaquetar mis cosas y enviar las mejores tras de mí a Berna, pero guardar el resto en custodia provisional, recomendando una cuidadosa criba de mi herencia de papeles, a fin de que no se añadiese al envío nada que no pudiese soportar el tránsito por Francia. Así se hizo, y la carta de Techow no se añadió. Entre aquella herencia se encontraban varios documentos relativos al motín parlamentario de entonces contra el Comité Local de Ginebra para la Distribución de Fondos de Refugiados (el comité estaba compuesto por tres ciudadanos ginebrinos, entre ellos Thum, y dos refugiados, Becker y yo), y que Ranickel conocía con toda precisión por haber tomado partido por el comité contra los parlamentarios. Yo había pedido, pues, a Thum, en su calidad de cajero y archivero del comité, que hiciese buscar esos papeles entre mis documentos por Ranickel. Ahora bien, si éste, legitimado así para colaborar en la criba de mis papeles, se apoderó de la carta de Techow de un modo u otro, acaso por comunicación de uno de los cribadores: en ningún caso impugno la transferencia de posesión, a diferencia de la transferencia de propiedad, de mí a él, pero sí afirmo de modo absolutamente rotundo que ésta se produjo. Poco después escribí también desde Londres a Ranickel: que me enviase la carta. Pero no lo hizo; desde entonces data, pues, su *culpa manifesta*, probablemente al principio sólo *levis*, para elevarse luego, según el grado de su complicidad en la publicación no autorizada de la carta, a *magna* o *maxima culpa*, o incluso a *dolus*. Que esa publicación fue no autorizada, no autorizada por ninguno de los destinatarios, no lo dudo ni un instante, y, por lo demás, escribiré a E. sobre ello para mayor seguridad. Que Ranickel echó una mano en la publicación tampoco puede dudarse, dada su notoria intimidad con Vogt, y aunque no tengo la menor intención de criticar esa intimidad en cuanto tal, no puedo abstenerme de llamar aquí la atención sobre su contraste con tiempos anteriores. Pues Ranickel no sólo fue uno de los más grandes devoradores de parlamentarios en general, sino que expresó, respecto al Regente Imperial en particular, los más sanguinarios deseos: “Tengo que estrangular a ese tipo —exclamaba— aunque tenga que mudarme a Berna para ello”, y fue necesario, por así decirlo, ponerle una camisa de fuerza para contener ese propósito regicida. Mas ahora que las escamas parecen haber caído de sus ojos y Saulo se ha trocado en Pablo, siento curiosidad, no obstante, por ver cómo saldrá del apuro en otro respecto, a saber, como vengador de Europa. He librado una dura batalla, decía en aquellos días cuando vacilaba entre América y Europa, pero ahora felizmente ha terminado, me quedaré… ¡y tomaré venganza! ¡Tiembla, Bizancio!”.» Hasta aquí la carta de Schily.

Así, Ranickel escarba la carta de Techow de entre la herencia de refugiado de Schily.

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Karl Marx

A pesar de la reclamación de Schily desde Londres, retiene la carta. La carta así malversada es entregada por el «amigo» Ranickel al «amigo» Vogt, y el «amigo» Vogt, con la delicadeza de conciencia que le es propia, se declara autorizado a imprimir la carta, pues Vogt y Ranickel son «amigos». Quien escribe una carta para «comunicación» a «amigos», la escribe, por tanto, necesariamente para los «amigos» Vogt y Ranickel — *arcades ambo*.

Lamento que esta jurisprudencia peculiar me obligue a regresar a historias medio olvidadas, hundidas largo tiempo en el olvido; pero Ranickel ha comenzado y tengo que seguir.

La «Liga de los Comunistas» se fundó en París en 1836, originariamente bajo otro nombre. La organización, tal como se desarrolló gradualmente, era la siguiente: un cierto número de miembros formaba una «comuna», varias comunas de una misma ciudad formaban un «círculo», un número mayor o menor de círculos se agrupaba en torno a un «círculo dirigente»; a la cabeza del conjunto se hallaba la «Autoridad Central», elegida por un congreso de diputados de todos los círculos, pero facultada para cooptar a sus propios miembros y, en casos urgentes, para nombrar provisionalmente a su sucesora. La Autoridad Central tuvo su sede primero en París, desde 1840 hasta comienzos de 1848 en Londres. Los jefes de las comunas y círculos, al igual que la propia Autoridad Central, eran todos designados por elección. Esta constitución democrática, completamente inadecuada para sociedades secretas conspirativas, no era al menos incompatible con la tarea de una sociedad de propaganda. La actividad de la «Liga» consistía ante todo en la fundación de asociaciones obreras de instrucción alemanas públicas, y la mayoría de las asociaciones de este género que todavía subsisten en Suiza, Inglaterra, Bélgica y los Estados Unidos fueron fundadas directamente por la «Liga» o llamadas a la existencia por antiguos miembros de la misma. La constitución de estas asociaciones obreras es, por eso, en todas partes la misma. Se reservaba un día de la semana para la discusión, otro para el esparcimiento social (canto, declamación, etc.). Por doquier se establecían bibliotecas de asociación y, siempre que era de algún modo factible, se creaban clases para la instrucción de los obreros en conocimientos elementales. La «Liga», que se mantenía detrás de las asociaciones obreras públicas dirigiéndolas, encontraba en ellas tanto el ámbito más inmediato para la propaganda pública como, por otra parte, se reclutaba y se ampliaba entre sus miembros más útiles. Dada la vida errante de los artesanos alemanes, la Autoridad Central sólo en casos raros necesitaba enviar emisarios especiales.

En cuanto a la doctrina secreta de la «Liga» misma, pasó por todas las transformaciones del socialismo y comunismo franceses e ingleses, y de sus variedades alemanas. (Las fantasías de Weitling, por ejemplo.) Desde 1839, como ya se desprende del Informe Bluntschli, la cuestión religiosa, al lado de la cuestión social, desempeñó el papel más significativo. Las diversas fases por las que pasó la filosofía alemana de 1839 a 1846 fueron seguidas en el seno de estas sociedades obreras con el más ferviente partidismo. La forma secreta de la sociedad debía su origen a París. El propósito principal de la Liga —la propaganda entre los obreros en Alemania— imponía la conservación ulterior de esa forma. Durante mi primera estancia en París cultivé un trato personal con los dirigentes de la «Liga» allí, así como con los dirigentes de la mayoría de las sociedades obreras secretas francesas, sin ingresar, no obstante, en ninguna de ellas. En Bruselas, adonde Guizot me había desterrado, fundé con Engels, W. Wolff y otros la todavía existente Asociación Obrera Alemana de Instrucción. Publicamos simultáneamente una serie de folletos, en parte impresos, en parte litografiados, en los que la mezcla de socialismo o comunismo franco-inglés y de filosofía alemana que entonces constituía la doctrina secreta de la «Liga» era sometida a una crítica despiadada; en su lugar se erigía la comprensión científica de la estructura económica de la sociedad burguesa como la única base teórica sostenible; y, por último, se exponía de forma popular que no se trataba de implantar un sistema utópico cualquiera, sino de la participación consciente en el proceso histórico de revolución social que se desarrollaba ante nuestros ojos. A raíz de esta actividad, la Autoridad Central de Londres entró en correspondencia con nosotros y, a fines de 1846, envió a Bruselas a uno de sus miembros, el relojero Joseph Moll —que más tarde cayó como soldado revolucionario en el campo de batalla de Baden—, para instarnos a ingresar en la «Liga». Las objeciones que se oponían a esta solicitud fueron derribadas por Moll mediante la revelación de que la Autoridad Central se proponía convocar un Congreso de la Liga en Londres, donde las opiniones críticas que habíamos sostenido debían ser erigidas como doctrina de la Liga en un manifiesto público, pero que, frente a los elementos anticuados y resistentes, nuestra cooperación personal era indispensable, y que ésta, sin embargo, estaba vinculada al ingreso en la «Liga». Ingresamos, pues. Se celebró el congreso, en el que estuvieron representados los miembros de la Liga de Suiza, Francia, Bélgica, Alemania e Inglaterra, y tras acalorados debates que duraron varias semanas se adoptó el «Manifiesto del Partido Comunista», redactado por Engels y por mí, que apareció impreso a comienzos de 1848, y más tarde en traducciones al inglés, francés, danés e italiano. Al estallar la Revolución de Febrero, la Autoridad Central de Londres me transfirió la dirección suprema de la «Liga». Durante el período revolucionario en Alemania, su actividad se extinguió por sí misma, pues ahora se abrían vías más eficaces para la afirmación

de sus objetivos. Cuando llegué a Londres a finales del verano de 1849, tras mi renovada expulsión de Francia, encontré allí los restos de la Autoridad Central reconstituidos y restablecido el contacto con los círculos reorganizados de la Liga en Alemania. Willich llegó a Londres unos meses más tarde y, a propuesta mía, fue admitido en la Autoridad Central. Me lo recomendó Engels, que había participado como su ayudante en la campaña por la Constitución del Reich. Para completar la historia de la Liga, añado aquí: el 15 de septiembre de 1850 se produjo una escisión en el seno de la Autoridad Central. Su mayoría, con Engels y yo, trasladó la sede de la Autoridad Central a Colonia, donde existía desde hacía mucho tiempo el «círculo dirigente» para Alemania central y meridional y donde, aparte de Londres, se hallaba el centro más importante de fuerzas intelectuales.

Al mismo tiempo nos retiramos de la asociación educativa obrera de Londres.

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La minoría de la Autoridad Central, con Willich y Schapper, fundó, por su parte, una liga separada que mantuvo la conexión con la asociación educativa obrera y reanudó los contactos con Suiza y Francia, rotos desde 1848. El 12 de noviembre de 1852 tuvo lugar la condena de los acusados de Colonia. Pocos días después, la Liga quedó disuelta a propuesta mía. Un documento relativo a esta disolución, fechado en noviembre de 1852, lo adjunté a mis documentos judiciales en el proceso contra el «National-Zeitung». En él se menciona como motivo de la disolución que, desde las detenciones en Alemania, por tanto desde la primavera de 1851, en todo caso cesó todo contacto con el continente, y que, además, una sociedad de propaganda de este tipo ya no era oportuna. Unos meses más tarde, a principios de 1853, la liga separada Willich-Schapper también expiró.

Los fundamentos de principio de la escisión arriba aludida pueden encontrarse en mi «Revelations concerning the Communist Trial», donde se reproduce un extracto de las actas de la sesión de la Autoridad Central del 15 de septiembre de 1850. La ocasión práctica más inmediata la proporcionó el afán de Willich por enredar a la «Liga» en la charlatanería revolucionaria de la emigración democrática alemana. Una concepción totalmente opuesta de la situación política agudizó aún más la discordia. Aduciré tan sólo un ejemplo. Willich imaginaba, por ejemplo, que la querella entre Prusia y Austria con motivo de la cuestión de Hesse Electoral y de la cuestión federal conduciría a conflictos graves y ofrecería un asidero para la intervención práctica del partido revolucionario. El 10 de noviembre de 1850, poco después de la escisión de la «Liga», publicó también una proclama en este sentido: «Aux démocrates de toutes les nations», firmada por la Autoridad Central de la «liga separada», así como por refugiados franceses, húngaros y polacos

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Herr Vogt - IV. Techow’s Letter

refugiados. Engels y yo, por el contrario, como puede leerse en las pp. 174, 175 de la «Revue der Neuen Rheinischen Zeitung» (número doble de mayo a octubre de 1850, Hamburgo), sostuvimos lo opuesto: «Todo ese ruido no llevará a nada. Sin derramarse una gota de sangre, los partidos, Austria y Prusia, se reunirán en Francfort en los escaños de la Dieta Federal sin que, por ello, sufran el menor menoscabo sus celos recíprocos, ni sus querellas con sus súbditos, ni su irritación por la supremacía rusa».

Si la individualidad de Willich, cuya honestidad, dicho sea de paso, no se pone en duda, y sus recuerdos de Besançon, aún frescos entonces (1850), eran precisamente los adecuados para concebir de manera «impersonal» los conflictos que la oposición de pareceres hacía inevitables y que se renovaban a diario, júzguese por el siguiente documento.

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Karl Marx

La Columna Alemana de Nancy
al
ciudadano Joh. Philipp Becker en Biel,
presidente de la asociación militar alemana «Help Yourself!»

¡Ciudadano!

A usted, como representante elegido de todos los republicanos alemanes prófugos, le manifestamos por la presente que en Nancy se ha formado una columna de prófugos alemanes que lleva el nombre de «Columna Alemana de Nancy».

Los prófugos que componen la columna local son en parte los que antes formaban la Columna de Vesoul, y en parte, los aquí presentes han sido parte integrante de la Columna de Besançon; causas puramente democráticas motivaron su salida de la misma.

Willich, en efecto, en todo lo que hacía, rarísima vez pedía consejo a la columna; así, los estatutos fundamentales de la Columna de Besançon no fueron en general deliberados ni decididos por todos, sino dados a priori por Willich y puestos en ejecución sin el consentimiento de la columna.

Además, Willich nos dio también a posteriori pruebas de su carácter despótico, mediante una serie de órdenes que habrían sido dignas de un Jellachich, de un Windischgrätz, pero no de un republicano.

Willich dio la orden de que a un miembro llamado Schön, que abandonaba la columna, se le quitasen los zapatos nuevos que se le habían procurado con los ahorros de la columna, no reparando en que Schön también tenía parte en esos ahorros, ya que estos ahorros procedían principalmente de los diez sueldos diarios (10 sous) que Francia pagaba a cada hombre como subsidio ....... | él quería sus zapatos, Willich, sin embargo, se los hizo quitar.

Willich envió a varios miembros capaces de la colonia fuera de Besançon por nimiedades, tales como faltas al pasar lista, a la instrucción, llegar tarde (por la noche), disputas de poca monta –sin consultar a la colonia–, con la observación de que podían irse a África, pues nunca se les permitiría permanecer en Francia y, si no iban a África, los haría extraditar, y extraditar precisamente a Alemania, pues tenía autorización del gobierno francés para ello; esto fue declarado posteriormente falso por la prefectura de Besançon tras una investigación. Willich declaraba casi a diario al pasar lista: a quien no le gustase podía marcharse cuando quisiera, cuanto antes mejor, podía irse a África, etc.; es más, en una ocasión lanzó la amenaza general: cualquiera que desobedeciera sus órdenes podía irse a África o él lo haría extraditar a Alemania, lo que dio lugar a la mencionada investigación en la prefectura. Debido a estas amenazas diarias, mucha gente se hartó y enfermó de la vida en Besançon, donde, según decían, cada día se les echaba a los pies la limosna; si quisiéramos ser esclavos, decían, podríamos ir a Rusia, o no habría habido necesidad de empezar en Alemania. En fin; en Besançon declararon que a ningún precio podían aguantar por más tiempo sin entrar en un serio conflicto con Willich; por eso se marcharon; pero como en aquel momento no había en ninguna otra parte una colonia que pudiese acogerlos, y no podían vivir con diez sueldos diarios solamente, no les quedó más remedio que alistarse para África, lo que hicieron. De este modo, Willich llevó a la desesperación a treinta valientes ciudadanos y tiene la culpa de que estas fuerzas estén perdidas para siempre para la patria.

Además, Willich era tan imprudente que en los pases de lista siempre elogiaba a sus viejos camaradas y menospreciaba a los nuevos, cosa que provocaba incesantemente disputas; es más, Willich declaró incluso una vez al pasar lista que los prusianos eran muy superiores a los alemanes del Sur en cabeza, corazón y cuerpo, o en fuerzas físicas, morales e intelectuales, según se expresó. Los alemanes del Sur poseían, en cambio, bondad natural –quería decir estupidez, pero no se atrevió del todo. Con ello, Willich amargó terriblemente a todos los alemanes del Sur, la gran mayoría. Por último, lo más grave.

Cuando, hace quince días, la 7.a Compañía prometió a un miembro llamado Baroggio, a quien Willich había expulsado arbitrariamente del cuartel, alojamiento por una noche más en la sala, lo mantuvo en su habitación a pesar de la prohibición de Willich y lo defendió contra los partidarios de Willich, sastres fanatizados, Willich ordenó: que se trajeran cuerdas y se atara a los rebeldes. Las cuerdas fueron efectivamente traídas. Pero a la voluntad de Willich no correspondió su poder para hacer ejecutar plenamente la orden. … Estas son las razones de su partida.

No hemos escrito esto para acusar a Willich. Pues | el carácter y la voluntad de Willich son buenos, y muchos de nosotros lo respetan, pero la manera en que busca alcanzar su objetivo, y los medios que emplea, no nos gustaron a todos. Willich tiene buena intención. Se cree, sin embargo, que él solo es la sabiduría y la ultima ratio, y considera a cualquiera que le contradiga, incluso en nimiedades, o bien un necio o bien un traidor. En resumen, Willich no reconoce otra opinión que la suya propia. Es un aristócrata intelectual y déspota; cuando tiene algo por bueno, no se arredra fácilmente ante ningún medio. Pero basta de esto; ahora conocemos a Willich. Conocemos sus lados fuertes y los débiles, y por eso ya no estamos en Besançon. Dicho sea de paso, al salir de Besançon todos declararon que se separaban de Willich, pero no renunciaban a la Asociación Alemana de Armas «Hilf Dir».

Lo mismo de Vesoul……

Con el aseguramiento de nuestra alta estima, terminamos, con saludo fraternal y apretón de manos de la colonia de Nancy.
Adoptado en la asamblea general del 13 de noviembre de 1848.
Nancy, 14 de noviembre de 1848.
En nombre y por orden de la colonia.

Volvamos ahora a la carta de Techow. El veneno de su carta, como el de cualquier otro reptil, se encuentra en la cola, a saber, en la posdata del 3 de septiembre (1850). Trata de un duelo entre mi amigo Conrad Schramm, fallecido demasiado joven, y el señor Willich. En este duelo, que tuvo lugar en Amberes a principios de septiembre de 1850, Techow y el francés Barthélemy figuraron como padrinos de Willich. Techow escribe a Schimmelpfennig «para comunicación a los amigos»: «Aquellos (es decir, Marx y su séquito) lanzaron a su campeón Schramm contra Willich, a quien [Techow quiere decir: al que] atacó con las más vulgares invectivas y finalmente desafió a duelo.» (pp. 156, 157 del libro principal.)

Mi refutación de estas necias habladurías ha estado impresa durante siete años en el folleto anteriormente citado: «Der Ritter vom edelmüthigen Bewußtsein. New-York 1853.»

Entonces Schramm aún vivía. Él, al igual que Willich, se hallaba en los Estados Unidos.

El padrino de Willich, Barthélémy, aún no había sido ahorcado; el padrino de Schramm, el valiente oficial polaco Miskowski, aún no había muerto quemado, y el señor Techow no podía haber olvidado todavía su carta circular «para comunicación a los amigos».

El mencionado folleto contiene una carta de mi amigo Friedrich Engels, fechada en Manchester el 23 de noviembre de 1853, en la que se dice al final:

«En la sesión de la Autoridad Central en la que se produjo el desafío entre Schramm y Willich, se me supone (según Willich) haber cometido el crimen de ‘haber salido de la habitación’ con Schramm poco antes de la escena, y, por lo tanto, haber preparado de antemano todo el asunto. Antes era Marx (según Willich) quien supuestamente había ‘azuzado’ a Schramm; ahora, para variar, soy yo. Un duelo entre un antiguo teniente prusiano, tirador de primera, y un comerciante que quizás nunca había tenido una pistola en la mano, era verdaderamente una medida capital para ‘quitar de en medio al teniente’. A pesar de ello, el amigo Willich contaba por todas partes, de palabra y por escrito, que habíamos querido hacer que lo mataran. …… Schramm sencillamente estaba furioso por la conducta desvergonzada de Willich y, para el mayor asombro de todos nosotros, lo forzó a un duelo. El propio Schramm no había tenido la menor idea, pocos minutos antes, de que se llegaría a eso. Jamás un acto fue más espontáneo. … Schramm salió (de la sala de reuniones) sólo a instancias personales de Marx, que deseaba evitar más escándalo.

F. Engels.» (p. 7 del «Ritter etc.»)

Hasta qué punto estaba yo mismo lejos de sospechar que Techow se convertiría en vehículo de esta necia habladuría, puede verse en el siguiente pasaje del mismo folleto:

«Originalmente, según me narró el propio Techow a mí y a Engels a su regreso a Londres, Willich estaba firmemente convencido de que yo, por mediación de Schramm, tenía la intención de despachar a este noble hombre de este mundo, y escribió esta idea a todas partes. Sin embargo, tras una reflexión más detenida, encontró que un táctico diabólico como yo no podía haber dado con la idea de deshacerme de él mediante un duelo con Schramm.» (pág. 9 loc. cit.)

Lo que Techow transmite como chismorreo al señor Schimmelpfennig para «comunicación a los amigos» lo repite de oídas. Karl Schapper, quien en la escisión de la Liga que ocurrió más tarde tomó partido por Willich y fue testigo de la escena del desafío, me escribe al respecto lo siguiente:

«5, Percy Street, Bedford Square,
27 de septiembre de 1860.
¡Querido Marx!

En lo concerniente al escándalo entre Schramm y Willich, lo siguiente:

Tuvo lugar en una sesión de la Autoridad Central y como consecuencia de una violenta disputa que estalló entre ambos durante la discusión. Aún recuerdo muy bien que hiciste todo lo posible por restablecer el orden y arreglar el asunto, y que te mostraste tan asombrado ante esta repentina explosión como yo mismo y los demás miembros presentes. ¡Salud!

Tu Karl Schapper.»

Finalmente debo mencionar también que el propio Schramm, algunas semanas después del duelo, en una carta del 31 de diciembre de 1850, me acusó de parcialidad hacia Willich. La desaprobación que Engels y yo le expresamos abiertamente antes y después del duelo sobre el mismo lo había puesto momentáneamente de mal humor. Esta carta suya y otros documentos que él y Miskowski me enviaron concernientes al duelo están a disposición de sus familiares para su inspección. No son para el ojo público.

Cuando Conrad Schramm, tras su regreso de los Estados Unidos a mediados de julio de 1857, me buscó de nuevo en Londres, su audaz y desgarbada figura juvenil se había desplomado bajo una tisis incurable, que solo había transfigurado, sin embargo, su hermosa y expresiva cabeza. Con su humor peculiar, que nunca lo abandonó un solo instante, lo primero que me contó riendo fue su propia necrológica, que un amigo indiscreto, basándose en un rumor, había ya publicado en un periódico alemán de Nueva York. Por consejo médico, Schramm fue a St. Helier, en Jersey, donde Engels y yo lo vimos por última vez. Schramm murió el 16 de enero de 1858. En su cortejo fúnebre, al que siguió toda la ciudadanía liberal de St. Helier y toda la emigración allí asentada, G. Julian Harney, uno de los más finos oradores populares ingleses, antiguamente conocido como líder cartista y amigo de Schramm durante su estancia en Londres, pronunció la oración fúnebre ante la tumba. La naturaleza impetuosa, audaz y fogosa de Schramm, que nunca se dejó encadenar por los intereses cotidianos, estaba impregnada de entendimiento crítico, original poder de pensamiento, humor irónico e ingenua bonhomía. Era el Percy Hotspur de nuestro partido.

Volvamos a la carta del señor Techow. Unos días después de su llegada a Londres, a altas horas de la noche, en una taberna donde Engels, Schramm y yo lo agasajábamos, tuvo una cita más larga con nosotros. Describe esta cita en su carta a Schimmelpfennig del 26 de agosto de 1850, «para comunicación a los amigos». Nunca lo había visto antes y lo vi después quizás dos veces más, pero solo muy fugazmente. No obstante, inmediatamente me caló a mí y a mis amigos de pies a cabeza, corazón y entrañas, y se apresura, a nuestras espaldas, a enviar un mandato psicológico a Suiza, cuya secreta multiplicación y circulación recomienda muy solícitamente a los «amigos».

Techow se ocupa mucho de mi «corazón». Magnánimamente, no lo sigo a este terreno. «Ne parlons pas morale», como dice la griseta parisina cuando su amigo habla de política.

Detengámonos un momento en el destinatario de la carta del 26 de agosto, el ex teniente prusiano Schimmelpfennig. No conozco personalmente a este caballero, nunca lo he visto. Lo caracterizo a partir de dos cartas. La primera carta, que doy solo en extractos, me fue dirigida por mi amigo W. Steffen, ex teniente prusiano y maestro en la escuela de división, y fechada en Chester, 23 de noviembre de 1853. Dice así:

«Willich había enviado una vez un ayudante (a Colonia) de nombre Schimmelpfennig. Este último me hizo el honor de hacerme llamar, y estaba muy firmemente convencido de que podía juzgar todas las circunstancias desde el principio mejor que cualquiera que mirara los hechos cara a cara día tras día. Adquirió, por lo tanto, una opinión muy baja de mí cuando le dije que los oficiales del ejército prusiano no se considerarían afortunados de luchar bajo su bandera y la de Willich, y no estaban en absoluto inclinados a proclamar citissime la república de Willich. Se enfureció aún más cuando nadie estaba lo bastante loco como para querer duplicar su llamamiento ya preparado a los oficiales para que se declararan inmediatamente por "Eso" que él llamaba democracia.»

Wüthend verließ er ‚das von Marx geknechtete Köln‘, wie er mir schrieb,
und bewirkte die Vervielfältigung dieses Blödsinns in einem andern Orte,
sandte ihn an eine Menge Officiere, und so kam es daß das komische Ge-
heimniß dieser schlauen Methode, die preußischen Officiere zu Republica-
nern zu machen, von dem ‚Zuschauer‘ der _Kreuz-Zeitung_ prostituirt
wurde.

Zur Zeit dieses Abentheuers war Steffen, der erst 1853 nach England kam,
mir noch gänzlich unbekannt. Schlagender noch characterisirt Schim-
melpfennig sich selbst in dem folgenden Briefe an denselben Hörfel, der
später als französischer Polizeiagent enthüllt wurde, die Seele des Ende 1850
von Schimmelpfennig, Schurz, Häfner und andern damaligen Freunden
Kinkel’s zu Paris gestifteten Revolutionscomites, und der intimste Vertraute
der beiden Matadore Schurz und Schimmelpfennig war.

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El señor Vogt.—IV. La carta de Techow

«Schimmelpfennig a Hörfel (en París, 1851).

Aquí (en Londres) ha sucedido ahora lo siguiente... Hemos escrito allí (a América) a todos nuestros conocidos influyentes, para preparar el empréstito (empréstito Kinkel), haciendo que personalmente y en la prensa hablen primero durante algún tiempo del poder de la conspiración, que señalen cómo fuerzas capaces, ni del lado alemán, ni del francés, ni del italiano, abandonarán jamás el campo de lucha. (¿La historia no tiene fecha?) Nuestro trabajo avanza ahora bien. Tan pronto como se deja caer a personas demasiado obstinadas, estas se presentan después y aceptan gustosas las condiciones planteadas. Mañana, una vez que el trabajo esté firme y asegurado, me pondré en contacto con Ruge y Haug... Mi situación social es, como la tuya, muy agobiante. Es necesario que nuestro negocio venga pronto a mejor pie. (A saber, el negocio del empréstito revolucionario de Kinkel.)

Tu Schimmelpfennig.»

Esta carta de Schimmelpfennig se encuentra en las «Revelaciones» publicadas por A. Ruge en el Herold des Westens, Louisville, 11 de septiembre de 1853. Schimmelpfennig, que ya en el momento de esta publicación se encontraba en los Estados Unidos, jamás ha reclamado contra la autenticidad de la carta. Las «Revelaciones» de Ruge son una reimpresión de un documento «De los archivos de la Jefatura de Policía de Berlín». El documento consiste en glosas marginales de Hinckeldey y papeles que, o bien fueron recopilados por la policía francesa en casa de Schimmelpfennig y Hörfel en París, o bien fueron incautados en casa del pastor Dulon en Bremen, o finalmente, durante la guerra de las ranas y los ratones entre la asociación de agitación de Ruge y la asociación de emigración de Kinkel, fueron confiados por los propios hermanos enemigos a la prensa germano-americana. Es característica la ironía con que Hinckeldey dice de Schimmelpfennig que interrumpió abruptamente su viaje de misión para el empréstito revolucionario de Kinkel a través de Prusia, ¡porque «creyó verse perseguido por la policía»! En las mismas «Revelaciones» se encuentra una carta de Karl Schurz, «el representante del Comité de París (a saber, el de Hörfel, Häfner, Schimmelpfennig, etc.) en Londres», en la que se dice:

«Ayer se decidió admitir en las deliberaciones a la emigración aquí presente: Bucher, el Dr. Frank, Redz de Viena y Techow, que pronto estará aquí. N.B. Provisionalmente no debe comunicarse a Techow nada de esta decisión, ni de palabra ni por escrito, hasta que esté aquí.» (K. Schurz a las «queridas gentes» en París, Londres, 16 de abril de 1851.)

A una de estas «queridas gentes», el señor Schimmelpfennig, dirige Techow su carta del 26 de agosto de 1850 para «comunicación a los amigos».

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Karl Marx

A continuación comunica al «querido hombre» teorías mantenidas por mí en completo secreto, pero que, sin embargo, en nuestro único encuentro, mediante el proverbio «in vino veritas», me sonsaca al instante.

«Yo», relata el señor Techow al señor Schimmelpfennig «para comunicación a los amigos», «yo declaré finalmente que siempre me los había imaginado a ellos (Marx, Engels, etc.) por encima del absurdo de un establo de felicidad comunista à la Cabet, etc.». (pág. 150 del «Libro Mayor».)

¡Imaginado! Así pues, Techow no conocía siquiera el abecé de nuestras concepciones, pero era, sin embargo, lo bastante magnánimo y condescendiente como para no imaginárselas precisamente como un «absurdo».

Por no mencionar trabajos científicos, si hubiera siquiera leído el Manifiesto del Partido Comunista, que más tarde caracteriza como mi «catecismo proletario», habría encontrado en él una extensa sección bajo el título: «Literatura socialista y comunista», y al final de esta sección un párrafo: «El socialismo y el comunismo crítico-utópicos», en el que se dice:

«Los sistemas propiamente socialistas y comunistas, los sistemas de Saint-Simon, Fourier, Owen, etc., surgen en el primer período, aún no desarrollado, de la lucha entre el proletariado y la burguesía, que hemos expuesto más arriba. Los inventores de estos sistemas vieron, ciertamente, el antagonismo de las clases, así como la eficacia de los elementos disolventes en la propia sociedad dominante. Pero no divisaban del lado del proletariado ninguna actividad histórica autónoma, ningún movimiento político propio. Dado que el desarrollo del antagonismo de clases marcha al mismo paso que el desarrollo de la industria, no encuentran tampoco las condiciones materiales para la emancipación del proletariado y van en busca de una ciencia social, de leyes sociales, para crear esas condiciones. En lugar de la actividad social, debe aparecer su propia actividad inventiva personal; en lugar de las condiciones históricas de la emancipación, condiciones fantásticas; en lugar de la organización gradual del proletariado como clase, una organización de la sociedad urdida especialmente por ellos. La historia universal venidera se resuelve para ellos en la propaganda y la puesta en práctica de sus planes sociales. El significado del socialismo y comunismo crítico-utópicos está en razón inversa al desarrollo histórico. Por eso, si bien los autores de estos sistemas fueron en muchos respectos revolucionarios, sus discípulos forman siempre sectas reaccionarias y siguen soñando con la realización experimental de sus utopías sociales, la fundación de falansterios aislados, la creación de home-colonies, la erección de una pequeña Icaria —edición en dozavo de la nueva Jerusalén.» (Manifiesto del Partido Comunista, 1848, págs. 21, 22.)

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El señor Vogt.—IV. La carta de Techow

En las últimas palabras, la Icaria de Cabet, o como la llama Techow «establo de felicidad», es designada expresamente como «edición en dozavo de la nueva Jerusalén».

El confesado completo desconocimiento de Techow de las concepciones que Engels y yo habíamos difundido por medio de la imprenta durante años antes de nuestro encuentro con él es una circunstancia que aclara por completo su malentendido. Para su propia caracterización, algunos ejemplos:

«Él (Marx) se ríe de los necios que le repiten como un papagayo su catecismo proletario, lo mismo que de los comunistas à la Willich, lo mismo que de los burgueses. Los únicos a quienes respeta son los aristócratas, los puros y los que lo son con conciencia. Para desplazarlos del poder necesita una fuerza que solo encuentra en el proletariado, por eso ha cortado su sistema a la medida de estos.» (pág. 152 del «Libro Mayor».)

De modo que Techow «se imagina» que yo he redactado un «catecismo proletario». Se refiere al _Manifiesto_, en el que se critica y, si Techow quiere, se «pone en ridículo» el utopismo socialista y crítico de toda laya. Solo que este «poner en ridículo» no era tan simple como él «se imagina», sino que requirió un buen trabajo, como pudo haber visto en mi escrito contra Proudhon _Misère de la philosophie_ (1847). Techow «se imagina» además que yo he «cortado» un _sistema_, mientras que yo, a la inversa, incluso en el _Manifiesto_ destinado directamente a los obreros, rechacé todos los sistemas y puse en su lugar «la comprensión crítica de las condiciones, la marcha y los resultados generales del movimiento social real». Pero semejante «comprensión» no se puede ni repetir como un papagayo ni «cortar» como una cartuchera. De una ingenuidad singular es la manera de concebir la relación entre aristocracia, burguesía y proletariado, tal como Techow «se la imagina» y me la atribuye.

Yo «respeto» a la aristocracia, «me río» de la burguesía y para los proletarios «corto un sistema» a fin de, por medio de ellos, «desplazar del poder» a la aristocracia. En la primera sección del _Manifiesto_, titulada «Burgueses y proletarios» (ver _Manifiesto_ pág. 11), se desarrolla detalladamente que el dominio económico y, por tanto, también en una u otra forma el dominio político de la burguesía es la condición fundamental tanto para la existencia del proletariado moderno como para la creación de las «condiciones materiales de su emancipación». «El desarrollo del proletariado moderno (ver _Revue der Neuen Rheinischen Zeitung_, enero de 1850, pág. 15) está condicionado en general por el desarrollo de la burguesía industrial. Solo bajo su dominio adquiere una existencia nacional extensa, que puede elevar su revolución a nacional, solo bajo él crea los medios de producción modernos, que se convierten en otros tantos medios para su emancipación revolucionaria. Su dominio es el que arranca las raíces materiales de la sociedad feudal y allana el terreno sobre el cual únicamente es posible una revolución proletaria.» Por eso declaro en la misma _Revue_ que todo movimiento proletario en el que no participe Inglaterra es una «tempestad en un vaso de agua». Engels había desarrollado ya en 1845, en su _La situación de la clase obrera en Inglaterra_, la misma opinión. En países, pues, donde la aristocracia en el sentido continental —y así entendía Techow «la aristocracia»— tiene que ser primero «desplazada del poder», falta a mi juicio la primera premisa de una revolución proletaria, a saber, un proletariado industrial a escala nacional.

Mi opinión sobre la actitud que adoptaron los obreros alemanes en particular frente al movimiento burgués la encontró Techow expresada muy claramente en el _Manifiesto_. «En Alemania, el partido comunista lucha, tan pronto como la burguesía actúa revolucionariamente, junto con la burguesía contra la monarquía absoluta, la propiedad feudal de la tierra y la pequeña burguesía. Pero no deja de fomentar en ningún momento, entre los obreros, una conciencia lo más clara posible sobre el antagonismo hostil entre burguesía y proletariado», etc. (pág. 23 del _Manifiesto_). Cuando comparecí por «rebelión» ante un jurado burgués en Colonia, declaré en el mismo sentido: «En la sociedad burguesa moderna todavía hay clases, pero ya no estamentos. Su desarrollo consiste en la lucha de estas clases, pero estas están unidas frente a los estamentos y su monarquía por la gracia de Dios.» (pág. 59 de _Dos procesos políticos. Vistos ante los jurados de febrero de 1849 en Colonia._)

¿Qué otra cosa hizo la burguesía liberal en sus llamamientos al proletariado de 1688 a 1848 sino «cortar sistemas y frases» para, por medio de su fuerza, desplazar a la aristocracia del poder? ¡El quid de la cuestión, que el señor Techow extrae de mi teoría secreta, sería entonces el liberalismo burgués más vulgar! ¡Tant de bruit pour une omelette! Pero como, por otra parte, Techow sabía que «Marx» no era un liberal burgués, no le quedó más remedio que «llevarse la impresión de que su dominación personal es el fin de todo su ajetreo». ¡«Todo mi ajetreo», qué expresión tan moderada para mi única conversación con el señor Techow!

Techow confía además a su Schimmelpfennig, «para que lo comunique a sus amigos», que yo expresé la siguiente opinión monstruosa: «En último término, también era completamente indiferente que la miserable Europa se arruinara, lo que tendría que ocurrir pronto sin la revolución social, y que América explotara entonces el viejo sistema a expensas de Europa.» (pág. 148 del «Libro Mayor».) Mi conversación con Techow tuvo lugar a fines de agosto de 1850. En el número de febrero de 1850 de la _Revue der Neuen Rheinischen Zeitung_, es decir, 8 meses antes de que Techow me sonsacara este secreto, revelé lo siguiente al público alemán:

«Llegamos ahora a América. El hecho más importante que ha ocurrido aquí, más importante que la Revolución de Febrero, es el descubrimiento de las minas de oro de California. Ya ahora, después de apenas dieciocho meses, se puede prever que este descubrimiento tendrá resultados mucho más grandiosos que incluso el descubrimiento de América misma. … Por segunda vez el comercio mundial adquiere una nueva dirección. Entonces el Océano Pacífico desempeñará el mismo papel que el Atlántico desempeña ahora, y que el Mar Mediterráneo desempeñó en la Antigüedad y en la Edad Media: el papel de la gran vía acuática del tráfico mundial; y el Océano Atlántico se reducirá al papel de un mar interior, como el Mediterráneo ahora. La única posibilidad de que los países civilizados europeos no caigan entonces en la misma dependencia industrial, comercial y política en que se encuentran ahora Italia, España y Portugal reside en una revolución social, etc.» (pág. 77 de la _Revue_, Segundo Número, febrero de 1850.)

Solo el señor Techow ha convertido la «próxima ruina» de la vieja Europa en la «ruina» inminente y la «ascensión al trono» de América que tendría lugar a la mañana siguiente. Lo claro que yo veía en aquel entonces el futuro inmediato de América se desprende del siguiente pasaje de la misma _Revue_: «La sobreespeculación se desarrollará muy rápidamente, y aunque el capital inglés afluye masivamente, Nueva York será esta vez el centro de toda la estafa y, como en 1836, será la primera en experimentar su derrumbe.» (pág. 149, número doble de la _Revue_, mayo a octubre de 1850.) Este pronóstico que había hecho para América en el año 1850 se cumpliría literalmente en la gran crisis comercial de 1857. De la «vieja Europa», tras describir su auge económico, digo por el contrario: «En esta prosperidad general, en la que las fuerzas productivas de la sociedad burguesa se desarrollan tan exuberantemente —no se puede hablar de una revolución real. … Las diversas rencillas en que se entregan ahora los representantes de las fracciones individuales del partido del orden continental y en las que se comprometen mutuamente, lejos de dar lugar a una revolución, solo son posibles, por el contrario, porque la base de las condiciones es momentáneamente tan segura y, cosa que la reacción no advierte, tan burguesa. Contra ella fracasarán tanto todos los intentos reaccionarios de detener el desarrollo burgués como toda la indignación moral y todas las proclamas entusiastas de los demócratas. Una nueva revolución solo es posible tras una crisis.» (pág. 153, loc. cit.)

En efecto, la historia europea solo volvió a adquirir un carácter agudo, y si se quiere revolucionario, desde la crisis de 1857-58. En efecto, fue precisamente durante la época reaccionaria de 1849 a 1859 cuando la industria y el comercio en el continente se desarrollaron a una escala antes inimaginable, y con ellos la base material para el dominio político de la burguesía. En efecto, durante esa época «toda la indignación moral y todas las proclamas entusiastas de la democracia» se estrellaron contra las condiciones económicas.

Si Techow tomó la parte seria de nuestra conversación tan en broma, la broma la tomó tanto más en serio. Con el más solemne semblante de sepulturero, informa a su Schimmelpfennig «para que lo comunique a sus amigos»:

«Además Marx dijo: En las revoluciones los oficiales son siempre los más peligrosos, de Lafayette a Napoleón una cadena de traidores y traiciones. Hay que tener siempre a mano para ellos el puñal y el veneno.» (pág. 153 del «Libro Mayor».)

Ni siquiera Techow querrá hacerme pasar la trivialidad sobre las traiciones de los «señores de la milicia» como un pensamiento original. Lo original consistiría en «el puñal y el veneno» que hay que tener siempre a mano. ¿Acaso Techow no sabía ya entonces que los gobiernos realmente revolucionarios, como el _comité du salut public_, tenían a mano, aunque también muy drásticos, medios menos melodramáticos para los «señores de la milicia»? Puñal y veneno convenían a lo sumo al oficio de una oligarquía veneciana. Si Techow vuelve a estudiar su propia carta, leerá retrospectivamente la ironía en lo del «puñal y el veneno». Un compinche de Vogt, el famoso _mouchard_ bonapartista Edouard Simon, traduce en la _Revue Contemporaine_ (XIII, París 1860, pág. 528, en su «le procès de M. Vogt etc.») el último pasaje de la carta de Techow con una glosa marginal: «Marx n’aime pas beaucoup voir des officiers dans sa bande. Les officiers sont trop dangereux dans les révolutions. Il faut toujours tenir prêts pour eux le poignard et le poison! Techow, qui est officier, se le tient pour dit; il se rembarque et retourne en Suisse.» Edouard Simon hace que el pobre Techow tenga un miedo tan terrible al «puñal y al veneno» que yo guardaba listos, que inmediatamente toma las de Villadiego, se embarca y regresa a Suiza. El _Reichs-Vogt_ imprime el pasaje con «puñal y veneno» en negrita para asustar al filisteo alemán. Sin embargo, la misma persona cómica escribe en sus llamados _Studien_: «el cuchillo y el veneno del español brillan hoy en esplendor transfigurado… se trataba, después de todo, de la independencia de la nación.» (pág. 79, loc. cit.)

Dicho sea de paso: las fuentes históricas españolas e inglesas sobre el período de 1807 a 1814 han refutado desde hace tiempo las fábulas del veneno inventadas por los franceses. Pero para la política de café siguen existiendo naturalmente sin ser molestadas.

Llego por fin a los «chismes» de la carta de Techow y demostraré su imparcialidad histórica con algunos ejemplos:

«Primero se habló de la competencia entre ellos y nosotros, Suiza y Londres. Habían tenido que defender los derechos de la antigua Liga, la que naturalmente, debido a su posición específica de partido, no habría podido tolerar a otra en el mismo terreno (proletariado) junto a sí en amistad.» (pág. 143 del «Libro Mayor».)

La sociedad de competencia en Suiza de la que habla Techow aquí, y como cuyo representante se enfrentó en cierta medida a nosotros, era la ya mencionada «Centralización Revolucionaria». Su autoridad central tenía su sede en Zúrich, al frente como presidente un abogado, ex vicepresidente de uno de los parlamentos en miniatura de 1848 y miembro de uno de los gobiernos provisionales alemanes de 1849. En julio de 1850 Dronke llegó a Zúrich, donde, como miembro de la «Liga» de Londres, el abogado le presentó una especie de contrato notarial «para su comunicación» a mí. Dice literalmente:

“Entre la Asociación Comunista y la Centralización Revolucionaria, considerando la necesidad de una unión de todos los elementos verdaderamente revolucionarios y después de que todos los miembros de la autoridad central revolucionaria han reconocido el carácter de la próxima revolución como proletaria, aun cuando no todos estuvieran en condiciones de profesar incondicionalmente el programa elaborado desde Londres (Manifiesto de 1848), se llegó a un acuerdo sobre los siguientes puntos:

1) Ambas partes convienen en trabajar una al lado de la otra —la Centralización Revolucionaria, procurando preparar la próxima revolución mediante la unión de todos los elementos revolucionarios; la sociedad de Londres, procurando preparar el dominio del proletariado mediante la organización de los elementos predominantemente proletarios;

2) la Centralización Revolucionaria instruye a sus agentes y emisarios para que, al formar secciones en Alemania, llamen la atención de los miembros que parezcan aptos para ingresar en la Asociación Comunista sobre la existencia de una organización establecida predominantemente en interés proletario;

3) y 4) que la dirección para Suiza se deje sólo a adherentes reales del Manifiesto de Londres dentro de la autoridad central revolucionaria, y que se hagan informes recíprocos.”

De este documento, que aún obra en mi poder, se desprende: No se trataba de dos sociedades secretas “en el mismo terreno” (el proletariado), sino de la alianza de dos sociedades en terrenos distintos y con tendencias diferentes. Se desprende además: La “Centralización Revolucionaria” se declaró dispuesta, junto con la prosecución de sus propios fines, a formar una especie de sucursal para la “Liga de los Comunistas”.

La propuesta fue rechazada porque su aceptación era incompatible con el carácter “de principios” de la “Liga”.

“Entonces se puso a discusión a Kinkel. A esto respondieron: Ellos nunca habían aspirado a la popularidad barata, ¡al contrario! En cuanto a Kinkel, de buen grado le habrían concedido su popularidad barata si se hubiera quedado callado. Pero después de que publicó aquel discurso de Rastatt en el *Berliner Abend-Post*, la paz había sido imposible. Sabían que el mundo entero clamaría; se habían dicho claramente de antemano que con ello se jugaban la existencia de su periódico actual (la *Revue der Rheinischen Zeitung*). Sus temores se habían cumplido, en efecto. Se habían hundido con aquella historia, habían perdido todos sus suscriptores en la Provincia del Rin y ahora tenían que dejar que el periódico cesara. Pero eso les daba igual.” (págs. 146–148 loc. cit.)

Primero, a modo de corrección fáctica: En aquel momento la *Revue* no se había hundido en modo alguno, pues todavía tres meses después apareció un nuevo número doble de la misma, ni habíamos perdido un solo suscriptor en la Provincia del Rin, como puede atestiguar mi viejo amigo J. Weydemeyer, antiguo teniente de artillería prusiano, entonces redactor del *Neue Deutsche Zeitung* de Frankfurt, ya que tuvo la bondad de cobrar para nosotros el dinero de las suscripciones. Por lo demás, Techow, que sólo conocía de oídas los escritos de Engels y míos, debía al menos haber leído nuestra crítica del discurso de Kinkel, que él mismo critica. ¿Por qué, pues, su comunicación confidencial a las “queridas gentes” de Suiza? ¿Por qué “revelarles” lo que nosotros mismos ya habíamos revelado al público cinco meses antes? Dice literalmente en la mencionada crítica:

“Sabemos de antemano que provocaremos la indignación general de los farsantes sentimentales y declamadores democráticos al denunciar ante nuestro partido este discurso del cautivo Kinkel. Esto nos es del todo indiferente. Nuestra tarea es la crítica implacable, y manteniendo esta posición renunciamos gustosos a la barata popularidad democrática. Con nuestro ataque no empeoramos en modo alguno la situación del señor Kinkel: lo denunciamos ante la amnistía confirmando su confesión de que no es el hombre que se pretende que es, declarando que es digno no sólo de ser amnistiado, sino incluso de entrar al servicio del Estado prusiano. Además, su discurso está publicado.” (págs. 70, 71 *Revue der Neuen Rheinischen Zeitung*, abril de 1850.)

Techow habla de nuestro “comprometer” a los *petits grands hommes* de la revolución. Pero él no entiende este “comprometer” en el

sentido polémico del señor Vogt. Se refiere, más bien, a la operación mediante la cual arrancamos la piel ofensiva a las ovejas que se habían disfrazado con pieles de lobo revolucionarias, preservándolas así de la suerte del famoso trovador provenzal que fue despedazado por los perros porque éstos creyeron en la piel de lobo con la que salió de caza.

Como ejemplo del tono ofensivo de nuestros ataques, Techow cita en particular la glosa incidental sobre el general Sigel en la “Darstellung der Reichsverfassungs-Campagne” de Engels. (Véase Revue, marzo de 1850, págs. 70-78.)

Compárese ahora la crítica documentada de Engels con la siguiente cháchara maliciosa y superficial que la “Sociedad de Emigración” de Londres, dirigida por Techow, Kinkel, Willich, Schimmelpfennig, Schurz, H. B. Oppenheim, Eduard Meyen, etc., hizo imprimir contra el mismo general Sigel aproximadamente un año después de nuestra reunión, sin más motivo que el haberse alineado Sigel con la “Sociedad de Agitación” de Ruge en lugar de con la “Sociedad de Emigración” de Kinkel.

El 3 de diciembre de 1851, bajo el título “La Sociedad de Agitación en Londres”, el *Baltimore Correspondent*, por aquel entonces una especie de Kinkel-Moniteur, imprimió la siguiente caracterización de Sigel:

“Miremos más de cerca quiénes son esos hombres probos para quienes todos los demás aparecen como ‘políticos impuros’. El comandante en jefe Sigel. Cuando se pregunta a la musa de la historia cómo esta pálida insignificancia alcanzó el mando en jefe, ella se encuentra en mayor aprieto que con el engendro lunar Napoleón. Este último es al menos el ‘sobrino de su tío’; Sigel, sin embargo, es sólo el ‘hermano de su hermano’. Su hermano se había convertido en oficial popular por declaraciones imprudentes contra el gobierno, provocadas por las frecuentes detenciones que tuvo que soportar por disoluciones banales. El joven Sigel consideró esto motivo suficiente para proclamarse comandante en jefe y ministro de la guerra en la primera confusión del levantamiento revolucionario. La artillería de Baden, que a menudo había demostrado su excelencia, tenía oficiales más antiguos y sólidos de sobra, ante quienes el joven, escolar teniente Sigel debería haberse hecho a un lado, y que no se sentían poco indignados de tener que obedecer a una persona joven e insignificante, tan inexperta como carente de talento. Pero, después de todo, estaba allí un Brentano, tan débil de cabeza y traicionero que dejaba que ocurriera todo lo que estaba condenado a arruinar la revolución. Sí, es un hecho ridículo, pero es un hecho, que Sigel se hizo comandante en jefe y Brentano lo reconoció con posterioridad. … En todo caso, ese rasgo es notable: que Sigel dejó en la estacada a los soldados más valerosos del ejército republicano en una lucha desesperada y sin esperanza en Rastatt y la Selva Negra, sin las prometidas tropas de socorro, mientras él mismo paseaba por Zurich con las charreteras y en el cabriolé del Príncipe de Fürstenberg, y se pavoneaba como un interesante y desdichado comandante en jefe. Tal es la bien conocida grandeza del político maduro que, en la permitida autoestima de sus antiguas hazañas heroicas, se impuso por segunda vez como comandante en jefe en la Sociedad de Agitación. Tal es la gran celebridad, el ‘hermano de su hermano’.”

La imparcialidad exige que escuchemos por un momento también a la “Sociedad de Agitación” de Ruge en la persona de su portavoz Tausenau. Tausenau, en una carta abierta fechada en Londres, 4 de noviembre de 1851, “Al ciudadano Seidensticker”, comenta con referencia a la “Sociedad de Emigración” dirigida por Kinkel, Techow, etc., entre otras cosas:

“Usted expresa la convicción de que una unificación de todos en interés de la revolución es un deber patriótico y una cuestión de urgencia. La Sociedad de Agitación Alemana comparte esta convicción, y sus miembros la han demostrado en prolongados intentos de unificación con Kinkel y sus partidarios. Pero toda base para la cooperación política se desvanecía tan pronto como parecía conquistada, y nuevas decepciones seguían a las viejas. Actos arbitrarios contra acuerdos previos, intereses separados bajo la máscara de la conciliación, captura subrepticia y sistemática de mayorías, la aparición de grandes hombres desconocidos en calidad de jefes de partido organizadores, intentos de imponer un comité financiero secreto y cualquier otro nombre que quiera darse a las jugadas de esquina y de tablero de ajedrez con las que políticos inmaduros de todas las épocas han imaginado poder dirigir los destinos de su país en el exilio, mientras ya el primer calor blanco de las revoluciones disipa tales vanidades en vapor vacío. … Fuimos denunciados pública y oficialmente por los partidarios de Kinkel; la prensa alemana reaccionaria, que nos es inaccesible, hormiguea de correspondencias desfavorables para nosotros y favorables para Kinkel; y por último Kinkel viajó a los Estados Unidos para dictarnos, por medio de su llamado empréstito alemán puesto en movimiento allí, una unión, o mejor dicho, una subordinación y dependencia como las que se propone todo originador de amalgamaciones financieras de partido. La partida de Kinkel se mantuvo en secreto tan cuidadosamente que nos enteramos de ella sólo por los periódicos americanos con la noticia de su llegada a Nueva York.——Eso y aún más fueron, para revolucionarios serios que no se sobreestimaban pero pueden decir, en la conciencia de logros pasados y con autoestima, que al menos sectores claramente circunscritos del pueblo están detrás de ellos, motivos imperiosos para ingresar en una sociedad que, a su manera, procura promover los intereses de la revolución.” Se acusa además a Kinkel de que los fondos recogidos por él debían servir a “una camarilla”, “como muestra toda su conducta aquí (Londres) y en América”, y no menos “la mayoría de los garantes nombrados por el propio Kinkel”.

La conclusión dice:

“No prometemos a nuestros amigos intereses ni reembolso de sus donaciones patrióticas, pero sabemos que justificaremos su confianza con logros positivos (¿servicio real?) y una contabilidad concienzuda, y que la gratitud de la patria les espera un día, con la publicación de sus nombres por nuestra parte.” (*Baltimore Wecker*, 29 de noviembre de 1851.)

Ése fue el tipo de “actividad literaria” que los héroes democráticos de la “Sociedad de Agitación” y de la “Sociedad de Emigración”, a la que más tarde se sumó la “Liga Revolucionaria de los Dos Mundos” fundada por Gögg, desarrollaron en la prensa germano-americana a lo largo de tres años. (Véase Suplemento 6.)

El escándalo de los refugiados en la prensa americana lo había abierto, dicho sea de paso, un torneo de papel entre los parlamentarios Zitz y Rosier von Oels.

He aquí aún un hecho característico de las “queridas gentes” de Techow.

Schimmelpfennig, el destinatario de la carta de Techow “para comunicar a los amigos”, había (como ya se ha mencionado antes) creado a fines de 1850 un llamado comité revolucionario en París junto con Hörfel, Häfner, Gögg y otros (K. Schurz se unió más tarde).

Hace varios años me fue transmitida, para mi uso discrecional, una carta de un antiguo miembro de este comité a un refugiado político local. El papel todavía está en mi poder.

Dice, entre otras cosas:

Schurz y Schimmelpfennig constituían todo el comité. Aquellos a quienes agregaban como una especie de asesores estaban allí solo para aparentar. Esos dos caballeros creían en aquel tiempo que pronto lograrían llevar a su Kinkel, al que se habían apropiado formalmente para sí mismos, a la cabeza de los asuntos en Alemania. Odiaban particularmente los sarcasmos de Ruge, así como la crítica y la actividad demónica de Marx. En una reunión de aquellos caballeros con sus asesores, nos hicieron un retrato verdaderamente interesante de Marx y nos dieron una opinión exagerada de su pandemónica peligrosidad. … Schurz-Schimmelpfennig presentó una moción para destruir a Marx. Se recomendaron como medios la suspicacia y la intriga, las calumnias más descaradas. Un voto afirmativo y una resolución, si se quiere llamar resolución a ese juego infantil, tuvieron lugar. El siguiente paso hacia la ejecución fue la caracterización de Marx publicada por L. Häfner en el folletín del *Hamburger Nachrichten* a comienzos de 1851, sobre la base del mencionado retrato trazado por Schurz y Schimmelpfennig.

En todo caso, la más sorprendente afinidad electiva existe entre el folletín de Häfner y la carta de Techow, aunque ni uno ni otro se acercan a la «Lausiade» de Vogt. No hay que confundir la Lausiade con la Lusiade de Camões. La «Lousiad» original es más bien una epopeya heroico-cómica de Peter Pindar.

V. Regente Imperial y Conde Palatino.

Vidi un col capo si di merda lordo,
Che non parea, s’era laico, o cherco.
Quei mi sgridò: Perchè se’ tu si ’ngordo
Di riguardar più me, che gli altri brutti.
(Dante.)*

* Vi a uno con la cabeza tan envilecida de inmundicia,
que no se veía si era laico o clérigo.
Él me gritó: «¿Por qué eres tan ávido
de mirarme a mí más que a los otros sucios?» (Kannegießer.)

Vogt, tras haberse acicalado en casa, siente una poderosa necesidad de demostrar por qué precisamente él, como *bête noire*, atrajo las miradas de la «Banda del Azufre». Cherval y la «conspiración frustrada» en la Fiesta Central de Lausana se ven así complementados por una aventura no menos real con el «fugitivo Regente Imperial». Vogt, que no debe olvidarse, era en aquel entonces el gobernador de la isla parlamentaria de Barataria. Relata:

«A comienzos de 1850 apareció la *Deutsche Monatsschrift* de Kolatschek. Inmediatamente tras la aparición del primer número, la Banda del Azufre, por medio de uno de sus camaradas que partió de inmediato a América, publicó un panfleto titulado: “El fugitivo Regente Imperial Vogt con su séquito y la *Deutsche Monatsschrift* de Adolph Kolatscheck”, del cual también se hizo eco la *Allgemeine Zeitung*. … Todo el sistema de la Banda del Azufre se revela una vez más en este panfleto.» (pág. 163 l.c.) Luego se extiende largamente sobre cómo en dicho panfleto se «atribuía» al fugitivo Regente Imperial Vogt un artículo anónimo sobre Gagern, escrito por el profesor Hagen, a saber, porque «la Banda del Azufre sabía» que Hagen «vivía en Alemania por aquel entonces, estaba siendo escarmentado por la policía de Baden, y no podía entonces ser nombrado sin quedar expuesto a las más graves vejaciones». (pág. 163.)

Schily, en su carta fechada en París, 8 de febrero, me escribe:

«Que Greiner, quien que yo sepa jamás ha estado en Ginebra, se viera mezclado en la Banda del Azufre, se lo debe a su necrología para el “fugitivo Regente Imperial”, cuyo autor se tenía parlamentariamente por D Ester y fue difamado como tal, hasta que yo informé a un amigo y colega de Vogt, por correspondencia, de lo contrario.»

Greiner era miembro del gobierno provisional del Palatinado. El gobierno de Greiner era «un horror» (véase *Studien* de Vogt, pág. 28), a saber, para mi amigo Engels, a quien había detenido en Kirchheim con falsos pretextos. Todo el trágico-cómico suceso ha sido relatado en detalle por el propio Engels en la *Revue der Neuen Rheinischen Zeitung* (pp. 53-55, fascículo de febrero de 1850). Y eso es todo lo que sé del señor Greiner. El hecho de que el fugitivo Regente Imperial me arrastre con mentiras hasta su conflicto con el «Conde Palatino» muestra «una vez más» el «sistema entero» con el que el inventivo ha compuesto la vida y las hazañas «de la Banda del Azufre».

Lo que me reconcilia, sin embargo, es el genuino humor falstaffiano con que hace partir «inmediatamente» al Pfalzgraf rumbo a América. Después de que el Pfalzgraf hubiera disparado el panfleto contra el «fugitivo Regente Imperial» como una flecha de los partos, un horror se apoderó del Greiner. Lo echó de Suiza a Francia, de Francia a Inglaterra. Ni siquiera el Canal le sirvió de suficiente cobertura, y lo llevó a Liverpool, a bordo de un vapor de la Cunard, donde, sin aliento, gritó al capitán del barco: «¡Lejos, al otro lado del Atlántico!» Y el «severo marinero» respondió:

«¡Pues bien, del poder de Vogt te libro!
De la angustia de la tormenta otro debe ayudarte.»

VI. Vogt y la *Neue Rheinische Zeitung*.

*Sin kumber was manecvalt.*

El propio Vogt declara que en su «libro principal» se trata para él (loc. cit. pág. 162) del «desarrollo de su posición personal frente a esta camarilla» (Marx y consortes). Curiosamente, sólo narra conflictos que nunca ha experimentado, y sólo experimenta conflictos que nunca ha narrado. A sus historias de caza debo, pues, contraponer un trozo de historia real. Si se hojea el volumen anual de la *Neue Rheinische Zeitung* (1 de junio de 1848 al 19 de mayo de 1849), se encontrará que durante el año 1848 el nombre de Vogt, con una sola excepción, no figura ni en los artículos de fondo ni en las correspondencias de la *Neue Rheinische Zeitung*. Aparece únicamente en los informes diarios sobre los debates parlamentarios, y el corresponsal de Fráncfort no dejó nunca, para gran satisfacción del señor Vogt, de consignar cada vez concienzudamente los «aplausos» cosechados por los «discursos pronunciados por él mismo». Vimos que mientras la derecha de Fráncfort podía disponer de las fuerzas unidas de un Arlequín como Lichnowsky y un payaso como von Vincke, la izquierda se veía reducida a la bufonada aislada del único Vogt. Comprendimos que necesitaba aliento, «ese importante sujeto, / la maravilla de los niños — Signor Punchinello», y en consecuencia dejamos hacer al corresponsal de Fráncfort. Un cambio en el colorido de los informes se produce después de mediados de septiembre de 1848.

Vogt, que en los debates sobre el armisticio de Malmö había provocado un levantamiento con sus rodomontadas revolucionarias, hizo todo lo posible, en el momento de la decisión, por frustrar la adopción de las resoluciones aprobadas por la asamblea popular en la Pfingstweide y aprobadas por una parte de la extrema izquierda. Después de que la lucha de barricadas fuera sofocada, Fráncfort se convirtió en un campamento militar abierto, y proclamado el estado de sitio el 19 de septiembre, el mismo Vogt se declaró a favor de la urgencia de la moción de Zachariä para la aprobación de las medidas adoptadas hasta entonces por el Ministerio Imperial y para un voto de agradecimiento a las tropas imperiales. Antes de que Vogt subiera a la tribuna, incluso Venedey se había opuesto a la «urgencia» de aquellas mociones y había declarado que semejante discusión, en tal momento, era contraria a la dignidad de la asamblea. Pero Vogt estaba por debajo de Venedey. Como castigo, inserté en el informe parlamentario después de la palabra «Vogt» la palabra «charlatán», una lacónica indicación para el corresponsal de Fráncfort.

En el siguiente mes de octubre, Vogt no sólo dejó de hacer lo que era su deber: agitar el látigo de los necios sobre las cabezas de la mayoría, entonces arrogante y sedienta de reacción. Ni siquiera se atrevió a firmar la protesta que Zimmermann de Spandau presentó el 10 de octubre en nombre de unos 40 diputados contra la ley para la protección de la Asamblea Nacional. Esta ley, como subrayó con razón Zimmermann, era el más descarado atentado contra los derechos del pueblo conquistados en la revolución de Marzo: derecho de reunión, libertad de expresión y libertad de prensa. Incluso Eisenmann presentó una protesta similar. Pero Vogt estaba por debajo de Eisenmann. Cuando, más tarde, volvió a hacerse el gallito en la fundación de la «Asociación Central de Marzo», su nombre aparece por fin en un artículo de la *Neue Rheinische Zeitung* (número del 29 de diciembre de 1848), en el que la «Asociación de Marzo» se presenta como «el instrumento inconsciente de la contrarrevolución», se desgarra críticamente su programa, y Vogt es presentado como una mitad de una doble figura, siendo la otra mitad Vincke. Más de una década después, ambos «ministros del futuro» reconocieron que pertenecían juntos, e hicieron de la partición de Alemania la consigna de su unificación.

Que habíamos comprendido correctamente a la «Asociación de Marzo» no lo demostró sólo su posterior «desarrollo». La «Liga Popular» de Heidelberg, la «Asociación Democrática» de Breslau, la «Asociación Democrática» de Jena, etc., rechazaron con desdén sus inoportunas pretensiones amorosas, y aquellos miembros de la extrema izquierda que se habían adherido a ella confirmaron, con su declaración de retirada del 20 de abril de 1849, nuestra crítica del 29 de diciembre de 1848. Vogt, sin embargo, con callada magnanimidad, amontonó carbones encendidos sobre nuestra cabeza, como se verá por la siguiente cita:

«No. 243 de la *Neue Rheinische Zeitung*, Colonia, 10 de marzo de 1849. “La llamada Asociación de Marzo de Fráncfort”, de la llamada “Asamblea del Reich”, tiene la desfachatez de enviarnos la siguiente carta litografiada:

“La Asociación de Marzo” ha resuelto que se confeccione una lista de todos los periódicos que nos han abierto sus columnas, la cual será comunicada a todas las asociaciones con las que estamos en contacto, a fin de que por medio de dichas asociaciones se procure que los periódicos designados sean tenidos en consideración preferente en lo que respecta a los anuncios pertinentes. Al enviarle adjunta la lista ya confeccionada, creemos no tener necesidad de llamar su atención sobre la importancia de los anuncios pagados para un periódico como fuente principal de sustento de toda la empresa. Fráncfort, finales de febrero de 1849.
La Junta de la “Asociación Central de Marzo”.»

En la lista adjunta de estos periódicos, que han abierto sus columnas a la Asociación de Marzo y a los que los partidarios de ésta han de tener en consideración preferente en lo tocante a “anuncios pertinentes”, figura también, señalada además con una estrellita de honor, la *Neue Rheinische Zeitung*. Por la presente declaramos que la llamada Asociación de Marzo jamás ha tenido abiertas a ella las columnas de nuestro periódico… Por lo tanto, si la Asociación de Marzo, en su informe litografiado y en la lista de periódicos que realmente le han abierto sus columnas, designa a nuestro periódico como uno de sus órganos, esto es una simple calumnia contra la *Neue Rheinische Zeitung* y una jactancia de mal gusto de la Asociación de Marzo———

A la sucia observación de los patriotas enloquecidos de lucro y acicateados por la competencia, acerca de la importancia de los anuncios pagados para un periódico como fuente de sustento de toda la empresa, no tenemos, naturalmente, nada que responder. La *Neue Rheinische Zeitung*, como en todo lo demás, también en este aspecto se distinguió siempre de los patriotas, en que jamás consideró el movimiento político como una rama de la caballería industrial ni como una fuente de ingresos.»

Poco después de este duro rechazo de la fuente de ingresos ofrecida por Vogt y consortes, la *Neue Rheinische Zeitung* fue mencionada entre lágrimas en una reunión de la Asociación Central de Marzo como modelo de «verdadera desunión alemana». Al final de nuestra réplica a la jeremiada (núm. 248 de la *Neue Rheinische Zeitung*), se caracteriza a Vogt como un «camorrista de cervecería de una universidad de poca monta y un Barrot imperial fracasado». Ciertamente, no había comido ajo aún en aquel momento (15 de marzo) en la cuestión imperial. Nosotros, sin embargo, teníamos ya claro de una vez por todas lo referente al señor Vogt, y podíamos por tanto tratar su futura traición, que aún no era clara para él mismo, como un hecho consumado.

A partir de entonces, por lo demás, dejamos a Vogt y consortes a cargo del joven Schlöffel, tan ocurrente como audaz, que había llegado a Fráncfort desde Hungría a principios de marzo y desde entonces nos había estado informando sobre las tempestades en el estanque imperial de ranas.

Entretanto, Vogt había caído tan bajo —él mismo había contribuido naturalmente a esta caída más que la *Neue Rheinische Zeitung*— que incluso Bassermann se atrevió a estigmatizarlo en la sesión del 25 de abril de 1849 como “apóstata y renegado”.

A consecuencia de su participación en la insurrección de Elberfeld, un redactor de la *Neue Rheinische Zeitung*, F. Engels, tuvo que huir, y yo mismo fui expulsado de Prusia poco después, tras fracasar ante el jurado las reiteradas tentativas de acallarme mediante procesos, y tras haber denunciado repetidamente el órgano del ministerio golpista, la *Neue Preußische Zeitung*, “la insolencia del Chimborazo de la *Neue Rheinische Zeitung*, comparada con la cual el *Moniteur* de 1793 parece pálido” (véase el núm. 299 de la *Neue Rheinische Zeitung*). Semejante “insolencia del Chimborazo” estaba en su lugar en una ciudadela prusiana y en una época en que la contrarrevolución victoriosa buscaba impresionar mediante una brutalidad desvergonzada.

El 19 de mayo de 1849 apareció el último número de la *Neue Rheinische Zeitung* (el número rojo). Mientras la *Neue Rheinische Zeitung* existió, Vogt sufrió y guardó silencio. Siempre que un parlamentario protestaba, lo hacía con modestia, más o menos así:

“¡Señor! No aprecio menos la crítica tajante de su periódico porque vigile a todos los partidos y a todas las personas con igual rigor.” (Véase núm. 219 del 11 de febrero de 1849, Reclamación de Wesendonk.)

Una semana después de la desaparición de la *Neue Rheinische Zeitung*, Vogt creyó al fin que, al amparo de la inviolabilidad parlamentaria, podía coger por el copete la ocasión tanto tiempo añorada y convertir en “energía” la “materia” que desde hacía mucho se había acumulado en el fondo de su corazón. Pues un redactor de la *Neue Rheinische Zeitung*, Wilhelm Wolff, había ingresado en la Asamblea de Frankfurt, empeñada en la “disolución progresiva”, como sustituto de un anciano parlamentario silesiano.

Para comprender la siguiente escena de la sesión parlamentaria del 26 de mayo de 1849, hay que recordar que en aquel momento la insurrección de Dresde y los movimientos parciales de la provincia del Rin ya habían sido aplastados, la intervención imperial en Baden y el Palatinado era inminente, el grueso del ejército ruso avanzaba sobre Hungría y, por último, el ministerio imperial simplemente había revocado resoluciones aprobadas por la Asamblea. En el orden del día figuraban dos “Proclamas al pueblo alemán”, la primera redactada por Uhland y emanada de la mayoría, y la otra de los miembros pertenecientes al Centro de una comisión de treinta. Presidía Reh de Darmstadt, que después se convirtió en liebre (Hase) y se “desligó” igualmente de la Asamblea, que se hallaba en “plena disolución”. Cito del acta taquigráfica oficial núm. 229, 228.ª sesión en la Paulskirche:

Wolff de Breslau: “¡Caballeros! Me he declarado contra la proclama

…para hacer constar ante el pueblo una declaración contra la proclama que la mayoría ha redactado y que aquí se ha leído, porque la considero de todo punto inapropiada para presentar condiciones, porque la encuentro demasiado floja, apta sólo para figurar como artículo de periódico en aquellos diarios que representan al partido del que ha emanado esta proclama, pero no como proclama al pueblo alemán. Ahora que se acaba de leer una segunda, sólo deseo señalar de paso que me declararía con mucha mayor fuerza aún contra ésa, por razones que no necesito aducir aquí. (Una voz del Centro: ¿Por qué no, entonces?) Hablo sólo de la proclama de la mayoría; ciertamente está redactada en términos tan moderados que ni siquiera el señor Büß fue capaz de decir mucho en contra, y ésa es desde luego la peor recomendación para una proclama. No, caballeros, si aún desean ustedes tener alguna influencia sobre el pueblo, no deben hablarle al pueblo como lo hace la proclama; no deben ustedes hablar allí de legalidad, de base legal y cosas semejantes, sino de ilegalidad, de la misma manera que los gobiernos, que los rusos —y por rusos entiendo a los prusianos, a los austriacos, a los bávaros, a los hannoverianos. (Inquietud y risas.) Todos ellos quedan subsumidos bajo el nombre común de rusos. (Gran hilaridad.) Sí, caballeros, los rusos también están representados en esta asamblea. Hay que decirles: ‘Así como ustedes se sitúan en el punto de vista legal, también nosotros nos situamos en él.’ Es el punto de vista de la fuerza, y explicar entre paréntesis que legalidad significa que ustedes oponen a los cañones de los rusos la fuerza, columnas de asalto bien organizadas. Si ha de publicarse una proclama, entonces publíquese una en la que de entrada declaren ustedes fuera de la ley al primer traidor al pueblo, el Vicario Imperial. (Grito: ¡Orden! — Vivos aplausos de las tribunas.) Y asimismo a todos los ministros. (Nuevo malestar.) ¡Oh, no me dejaré perturbar; él es el primer traidor al pueblo!’

Presidente: ‘Creo que el señor Wolff ha sobrepasado y violado toda consideración. No puede llamar traidor al pueblo al Archiduque-Vicario Imperial ante esta Cámara, y por tanto debo llamarlo al orden. Al mismo tiempo insto por última vez a las tribunas a que no tomen parte en el debate de la manera en que ha ocurrido.’

Wolff: ‘Yo, por mi parte, acato la llamada al orden y declaro que deliberadamente quise transgredir el orden, que él y sus ministros son traidores.’ (Desde todos los lados de la Cámara el grito: ¡Orden, eso es vulgar!)

Presidente: ‘Tengo que retirarle la palabra.’

Wolff: ‘Bien, protesto; quería hablar aquí en nombre del pueblo y quería decir cómo se piensa entre el pueblo. Protesto contra toda proclama redactada en este sentido.’ (Gran excitación.)

Presidente: ‘Caballeros, permítanme la palabra por un momento. Caballeros, el incidente que acaba de tener lugar es, puedo decirlo, el primero desde que el parlamento se reúne aquí. (De hecho fue el primero y el único incidente en este club de debate.) Ningún orador ha declarado aún aquí que deliberadamente quería violar el orden, la base de esta Cámara. (Schlöffel, ante una llamada al orden similar en la sesión del 25 de abril, había dicho: “Acepto la llamada al orden y lo hago con tanto mayor gusto cuanto que espero que pronto llegue el tiempo en que a esta asamblea se la llame al orden en otra parte.”)

Caballeros, debo deplorar profundamente que el señor Wolff, que apenas acaba de convertirse en miembro de la Cámara, haga su debut de esta manera (Reh considera el asunto desde el punto de vista de la comedia). ¡Caballeros! He pronunciado la llamada al orden contra él por la grave ofensa contra el respeto y la consideración que debemos a la persona del Vicario Imperial que se ha permitido.’

La sesión sigue ahora su curso. Hagen y Zachariä pronuncian largos discursos, el uno a favor y el otro en contra de la proclama de la mayoría. Por fin se levanta Vogt de Giessen: ‘¡Caballeros! Permítanme unas palabras; no quiero cansarlos. Que el parlamento ya no es lo que era cuando se reunió el año anterior, caballeros, es perfectamente cierto, y damos gracias al cielo (¡el “carbonero creyente” Vogt da gracias al cielo!) por el hecho de que así haya llegado a ser (¡sí, cómo no, llegado a ser!) y de que aquellos que desesperaron de su pueblo y que traicionaron la causa del pueblo en el momento decisivo se hayan separado de la asamblea. ¡Caballeros, he pedido la palabra (de modo que la precedente oración de gracias sólo fue palabrería) para defender el cristalino arroyo que ha brotado del alma de un poeta (Vogt se pone sentimental) en esta proclama (defensa del arroyo) contra la inmunda porquería que en él se ha arrojado o se ha lanzado contra él (el arroyo, desde luego, ya había sido absorbido por la proclama), para defender estas palabras (el arroyo, como todo en Vogt, se convierte en palabras) contra el fango que se ha acumulado en este último movimiento y que amenaza con inundarlo todo y con mancharlo todo. ¡Sí, caballeros! Eso (es decir, el fango) es un fango y es una inmundicia (¡el fango es una inmundicia!) que se arroja de esta manera (¿de qué manera?) sobre todo aquello, todo lo que se pueda pensar que es puro, y expreso mi más profunda indignación (¡Vogt en su más profunda indignación, quel tableau!) ante el hecho de que algo así (¿qué?) haya podido ocurrir.’ Y lo que habla es — fango.

Wolff no había dicho ni una sílaba sobre la redacción de la proclama por Uhland.

Había, como el presidente declara repetidamente, sido llamado al orden, había conjurado toda la tormenta porque había declarado traidores al pueblo al Vicario Imperial y a todos sus ministros, y había instado al parlamento a declararlos traidores al pueblo. Pero el “Archiduque-Vicario Imperial”, el “gastado Habsburgo” (Studien de Vogt, p. l S) y “todos sus ministros” son para Vogt “todo aquello, todo lo que se pueda pensar que es puro”. Cantaba con Walther von der Vogelweide:

“El ánimo del príncipe de Austria
deleita, como dulce lluvia,
al pueblo y también a la tierra.”

¿Se hallaba ya entonces Vogt en lo que más tarde confesó como “relaciones científicas” con el Archiduque Juan? (Véase p. 25, Documentos, Hauptbuch.)

Diez años después, el mismo Vogt declaraba en los Studien, p. 27: “Por lo menos esto es seguro, que la Asamblea Nacional en Francia y sus líderes subestimaron en aquel momento las capacidades de Luis Napoleón tanto como los líderes de la Asamblea Nacional de Frankfurt subestimaron las del Archiduque Juan, y que cada una de las dos astutas cabezas, en su respectivo ámbito, les hizo pagar ampliamente el error cometido. Estamos lejos de colocar a los dos al mismo nivel. La espantosa falta de escrúpulos, etc., etc. (de Luis Bonaparte) — todo esto lo hace aparecer muy superior al ya viejo y gastado Habsburgo.”

En la misma sesión, Wolff había desafiado a Vogt a pistola a través del diputado Wurth de Sigmaringen, y cuando el susodicho Vogt decidió preservar su pellejo para el Reich,* lo amenazó con un castigo corporal. Pero cuando, al salir de la iglesia de San Pablo, Wolff encontró a Carlos el Temerario flanqueado por dos damas, prorrumpió en una carcajada sonora y lo abandonó a su suerte. Aunque lobo, cuyos dientes y corazón son lobunos, Wolff es sin embargo un cordero con el bello sexo. La única venganza, muy inofensiva, que tomó fue un artículo en la Revue der Neuen Rheinischen Zeitung (número de abril de 1850, p. 73) titulado: “Materia suplementaria del Reich”, donde dice así en referencia al ex-Regente Imperial:

“En estos días críticos la Asociación Central de Marzo estuvo ciertamente muy atareada. Antes de dejar Frankfurt ya había proclamado a las asociaciones de marzo y al pueblo alemán en un manifiesto: ‘¡Conciudadanos! La undécima hora ha sonado.’ Para procurarse un ejército popular emitió luego desde Stuttgart una nueva proclama ‘al pueblo alemán’, y he aquí que la manecilla del reloj de la Marzo Central seguía en el mismo viejo lugar, o el número XII había sido arrancado, como en el reloj de la catedral de Friburgo. Basta, la proclama dice una vez más: ‘¡Conciudadanos! ¡La undécima hora ha sonado!’ ¡Oh, si hubiera sonado antes y al menos entonces, cuando el héroe central de marzo Karl Vogt hizo ondear en Núremberg la revolución francona a satisfacción propia y de los llorones que lo patrocinan,* si hubiera sonado — también a través de sus cabezas. … En el edificio del gobierno de Friburgo la regencia instaló sus oficinas. El Regente Karl Vogt, a la vez Ministro de Asuntos Exteriores y titular de muchos otros ministerios, tomó aquí también el bienestar del pueblo alemán muy solícitamente a pecho. Tras largos estudios de día y de noche había llevado a buen término un invento muy oportuno: ‘Pasaportes de la Regencia Imperial’. Los pasaportes eran sencillos, bellamente litografiados y se podían obtener gratuitamente, cuantos el corazón pudiera desear. Sólo tenían el pequeño defecto de ser válidos y respetados únicamente en la cancillería de Vogt. Quizás uno u otro ejemplar pueda encontrar más tarde su sitio en el gabinete de curiosidades de algún inglés.”

Wolff no siguió el ejemplo de Greiner. En vez de «partir para América inmediatamente después de la aparición» de la Revue, esperó aún un año a la venganza del Land-Vogt en Suiza.

* Kobes I. relata en el ya mencionado folleto de Jacobus Venedey: «Cuando Karl Vogt, en la sesión en que Gagern abrazó a Gabriel Rießer tras su discurso como Emperador, abrazó al diputado Zimmermann con un patetismo burlesco y fuertes chillidos en la iglesia de San Pablo, le grité: “Déjate de payasadas callejeras.” A lo cual Vogt creyó que debía insultarme con un término ofensivo provocador; y cuando le pedí cuentas personalmente por ello, tras un largo ir y venir por parte de un amigo, tuvo el valor de no responder por el insulto.» (págs. 21, 22, ed. alemana.)

* Vogt justificó más tarde su hazaña heroica de Núremberg con estas palabras: «Le faltaban las garantías para su seguridad personal.»

VII. La campaña de Augsburgo.

Poco después de que el ciudadano del cantón de Turgovia hubiese terminado su guerra italiana, el ciudadano del cantón de Berna inició su campaña de Augsburgo.

«Allí (en Londres) era desde tiempos inmemoriales la camarilla de Marx la que proporcionaba la mayor parte de la correspondencia (de la Allgemeine Zeitung) y mantenía sin interrupción relaciones con la Allgemeine Zeitung desde el año 1849.» (pág. 194 del Hauptbuch)

Aunque el propio Marx no tiene su guarida en Londres más que desde finales de 1849, a saber, desde su segunda expulsión de Francia, la «camarilla de Marx» parece haber tenido su guarida allí desde tiempos inmemoriales, y aunque la camarilla de Marx «proporcionaba la mayor parte de la correspondencia de la Allgemeine Zeitung desde tiempos inmemoriales», no obstante, solo mantenía «relaciones» con la Allgemeine Zeitung «sin interrupción desde el año 1849». En todo caso, la cronología de Vogt —y esto no es de extrañar, ya que antes de 1848 este hombre «aún no pensaba en una ocupación política» (pág. 225, loc. cit.)— se divide en dos grandes períodos, a saber, el período «desde tiempos inmemoriales» hasta 1849 y el período de 1849 a «este» año.

De 1842-1843 yo dirigía la vieja «Rheinische Zeitung», que sostenía una guerra a muerte contra la Allgemeine Zeitung. De 1848-1849 la «Neue Rheinische Zeitung» reanudó la polémica. ¿Qué queda, pues, para el período «desde tiempos inmemoriales hasta 1549», sino el hecho de que Marx luchó «desde tiempos inmemoriales» contra la Allgemeine Zeitung, mientras que Vogt, de 1844 a 1847, fue su «colaborador permanente»? (Véase la pág. 225 del «Hauptbuch».)

Ahora pasemos al segundo período de la historia universal de Vogt.

Yo estaba, desde Londres, «ininterrumpidamente en contacto con la Allgemeine Zeitung», «ininterrumpidamente desde el año 1849», porque «desde el año 1852» un tal Ohly fue el corresponsal jefe en Londres de la Allgemeine Zeitung. Es cierto que Ohly no tuvo relaciones conmigo, ni antes ni después de 1852. Jamás en mi vida le he visto. Si acaso figuró entre los exiliados londinenses, fue como miembro de la Sociedad de Emigración de Kinkel. Pero esto no cambia la cosa, porque

«Antiguo oráculo del viejo bávaro aprendedor de inglés Altenhöfer era mi (de Vogt) más cercano compatriota, el rubio Only, quien, partiendo de una base comunista, buscaba alcanzar puntos de vista poéticos superiores en política y literatura, primero en Zúrich, pero desde el año 1852 en Londres, corresponsal jefe de la Allgemeine Zeitung durante tanto tiempo, hasta que finalmente terminó en el manicomio.» (pág. 195 del «Hauptbuch»)

El espía Edouard Simon galiciza esta Vogtiada del modo siguiente: «En voici d’abord un qui de son point de départ communiste, avait cherché à s’élever aux plus hautes conceptions de la politique. (“Höhere poetische Standpunkte in Politik” estaba más allá incluso de las capacidades de Edouard Simon.) A en croire M. Vogt, cet adepte fut l’oracle de la Gazette d’Augsbourg jusqu’en 1852, époque où il mourut dans une maison de fous.» (pág. 529, Revue contemporaine, tomo XIII, París, 1860.)

«Operam et oleum perdidi», puede exclamar Vogt respecto a su Hauptbuch y a su Only. Mientras él mismo hace que su «más cercano compatriota» mantenga correspondencia con la Allgemeine Zeitung desde Londres a partir de 1852, hasta que «finalmente termina en el manicomio», Edouard Simon dice: «si se cree a Vogt, Ohly fue el oráculo de la Allgemeine Zeitung hasta 1852, época en la que él (quien, sea dicho de paso, aún vive) murió en un manicomio». Pero Edouard Simon conoce a su Karl Vogt. Edouard sabe que una vez que uno se ha decidido a «creer» a su Karl, es del todo indiferente qué se cree de él: lo que dice, o exactamente lo contrario de lo que dice.

«El señor Liebknecht —dice Karl Vogt— le reemplazó», a saber, a Ohly, «como corresponsal de la Allgemeine Zeitung». «Solo después de que Liebknecht fuera proclamado públicamente miembro del partido marxiano fue aceptado por la Allgemeine Zeitung como corresponsal.» (pág. 169, loc. cit.)

Esa proclamación tuvo lugar durante el proceso comunista de Colonia, es decir, a finales de 1852.

De hecho, Liebknecht se convirtió en la primavera de 1851 en colaborador del «Morgenblatt», en el cual informaba sobre la Exposición Industrial de Londres. Por mediación del «Morgenblatt» obtuvo, en septiembre de 1855, la corresponsalía para la Allgemeine Zeitung.

«Sus (de Marx) camaradas no escriben una sola línea sin que él haya sido informado de antemano.» (pág. 194, loc. cit.) La prueba es sencilla: «Él (Marx) gobierna incondicionalmente a su gente» (pág. 195), mientras que Vogt obedece incondicionalmente a su Fazy y consortes. Aquí topamos con una peculiaridad de la fabricación de mitos de Vogt. Por doquier, el rasero enano de Gießen o de Ginebra, el marco pueblerino y el tufo de taberna suiza. Trasladando con ingenuidad las mezquinas maquinaciones de camarilla de trastienda de Ginebra a la ciudad mundial de Londres, hace que Liebknecht no escriba «ni una sola línea» en el West End, de la cual yo, en Hampstead, a cuatro millas de distancia, «no haya sido informado de antemano». ¡Y el mismo servicio de La Guéronnière realizo diariamente para un montón de otros «camaradas» desparramados por todo Londres y que mantienen correspondencia con todas las partes del mundo! ¡Qué profesión tan refrescante en la vida y... cuán lucrativa!

El mentor de Vogt, Edouard Simon, familiarizado, si no con las condiciones londinenses, al menos con las parisinas, da al esbozo de su torpe «amigo del campo» un impulso metropolitano con inconfundible tacto artístico:

«Marx, comme chef de la société, ne tient pas lui-même la plume, mais ses fidèles n’écrivent pas une ligne sans l’avoir consulté: La Gazette d’Augsbourg sera d’autant mieux servie.» (pág. 529, loc. cit.) Es decir: «Marx, como jefe de la sociedad, no escribe él mismo, pero sus fieles no escriben una línea sin consultarle previamente. La Gaceta de Augsburgo será así mejor servida.» ¿Aprecia Vogt toda la delicadeza de esta corrección?

Yo tuve tan poco que ver con la correspondencia londinense de Liebknecht para la Allgemeine Zeitung como con la correspondencia parisina de Vogt para la misma Allgemeine Zeitung. Por lo demás, la correspondencia de Liebknecht era del todo encomiable: una exposición crítica de la política inglesa, que él describía en la Allgemeine Zeitung exactamente igual que lo hacía en su correspondencia simultánea para periódicos radicales germano-americanos. El propio Vogt, que ha rebuscado angustiosamente volúmenes enteros de la Allgemeine Zeitung en busca de algo comprometedor en las cartas de Liebknecht, reduce su crítica del contenido de las mismas al hecho de que el signo de la correspondencia de Liebknecht era «dos finos trazos oblicuos» (pág. 196 del «Hauptbuch»).

La posición oblicua de los trazos probaba ciertamente que la correspondencia se hallaba en un estado oblicuo, ¡y luego la «delgadez»! ¡Si al menos Liebknecht hubiese pintado dos redondos borrones de grasa en el escudo de armas de su correspondencia, en lugar de dos «finos trazos»! Sin embargo, si a la correspondencia no se le pega otro defecto que el de «dos finos trazos oblicuos», entonces solo queda la reserva de que apareciera en absoluto en la Allgemeine Zeitung. ¿Y por qué no en la Allgemeine Zeitung? La Allgemeine Zeitung, como es bien sabido, deja que se expresen los más diversos puntos de vista, al menos en terrenos neutrales como la política inglesa, y, además, es considerada en el extranjero como el único órgano alemán de significación más que local. Liebknecht podía con confianza escribir cartas londinenses para el mismo periódico en el que Heine escribió sus «Paris», y Fallmerayer sus «Cartas orientales». Vogt informa de que incluso personas inmundas colaboran en la Allgemeine Zeitung. Él mismo, como es bien sabido, fue colaborador de ella de 1844 a 1847.

Ahora, en lo que respecta a mí mismo y a Friedrich Engels —menciono a Engels porque ambos trabajamos según un plan común y por acuerdo previo—, en cierto sentido, en 1859, entramos «en relaciones» con la Allgemeine Zeitung. Pues durante los meses de enero, febrero y marzo de 1859 publiqué en la New-York Tribune una serie de artículos de fondo en los que, entre otras cosas, se sometía a una crítica detallada «la teoría centroeuropea de la gran potencia» de la Allgemeine Zeitung y su afirmación de que el mantenimiento del dominio austríaco en Italia era un interés alemán. Engels, poco antes de estallar la guerra, y con mi aprobación, publicó «Po und Rhein. Berlín, 1859», un folleto dirigido específicamente contra la Allgemeine Zeitung y que, para decirlo con palabras de Engels (pág. 4 de su folleto: «Savoyen, Nizza und der Rhein. Berlín, 1860»), demostraba de manera científico-militar «que Alemania no necesita ningún pedazo de Italia para su defensa, y que Francia, si hubieran de prevalecer motivos puramente militares, tiene, de hecho, pretensiones mucho más fuertes sobre el Rin que Alemania sobre el Mincio». Esta polémica contra la Allgemeine Zeitung y su teoría de la necesidad del dominio despótico austríaco en Italia fue acompañada, en nuestro caso, por la polémica contra la propaganda bonapartista. Demostré, por ejemplo, extensamente en la Tribune (véase, por ejemplo, febrero de 1859) que las condiciones financieras y político-internas del «bas empire» habían alcanzado un punto crítico, en el que solo una guerra extranjera podía prolongar el dominio del golpe de estado en Francia y, con ello, el de la contrarrevolución en Europa. Mostré que la liberación bonapartista de Italia era meramente un pretexto para mantener a Francia subyugada, someter a Italia al golpe de estado, desplazar las «fronteras naturales» de Francia hacia Alemania, transformar a Austria en un instrumento ruso y arrastrar a los pueblos a una guerra de la contrarrevolución legítima contra la ilegítima. Todo esto tuvo lugar antes de que el ex regente imperial hiciera sonar su trompeta desde Ginebra.

Desde el artículo de Wolff en la Revue der Neuen Rheinischen Zeitung (1850), había olvidado por completo la «naturaleza redondeada». Volví a acordarme del jovial personaje en la primavera de 1859, una tarde de abril, cuando Freiligrath me dio a leer una carta de Vogt, junto con un «programa» político adjunto. No fue esto una indiscreción, pues la misiva de Vogt estaba destinada «a ser comunicada» a los amigos; no a los amigos de Vogt, sino a los del destinatario.

A la pregunta de qué me había parecido el «programa», respondí: «Política de taberna». Inmediatamente reconocí al viejo bromista en su ruego a Freiligrath de que reclutara al señor Bücher como corresponsal político para la proyectada hoja de propaganda ginebrina. La carta de Vogt llevaba fecha del 1 de abril de 1859. Es bien sabido que desde enero de 1859, en su correspondencia londinense para la Berliner National-Zeitung, Bücher había expresado puntos de vista absolutamente contradictorios con el programa de Vogt; pero para el hombre de la «inmediatez crítica», todas las vacas son grises.

Tras este acontecimiento, que consideré demasiado insignificante para mencionarlo a nadie, recibí los «Studien zur gegenwärtigen Lage Europa’s» de Vogt, un escrito lamentable que no me dejó duda alguna de su conexión con la propaganda bonapartista.

La tarde del 9 de mayo de 1859 me encontraba en la tribuna de un mitin público convocado por David Urquhart con motivo de la guerra de Italia. Aun antes de que comenzara el acto, una figura de aspecto grave avanzó pesadamente hacia mí. Por la expresión hamletiana de su fisonomía comprendí al instante que «algo estaba podrido en el Estado de Dinamarca». Era el homme d’état Karl Blind. Después de unas palabras preliminares, vino a hablar de las «maquinaciones» de Vogt y me aseguró, con enfático movimiento de cabeza, que Vogt recibía subsidios bonapartistas para su propaganda, que a un escritor del sur de Alemania, a quien «por desgracia» no podía nombrarme, le habían ofrecido 30 000 florines para sobornar a Vogt —yo no acertaba a ver qué escritor sudalemán valía 30 000 florines—, que en Londres se habían producido tentativas de soborno, que ya en 1858, en una reunión celebrada en Ginebra entre Plon-Plon, Fazy y consortes, se había decidido la guerra de Italia y se había designado al gran duque Constantino de Rusia futuro rey de Hungría, y que el propio Vogt le había invitado a él (Blind) a colaborar en su propaganda, y que poseía pruebas de las maquinaciones traidoras de Vogt. Blind regresó a su asiento en el otro extremo de la tribuna, junto a su amigo J. Fröbel; el mitin comenzó, y D. Urquhart se esforzó, en un largo discurso, por presentar la guerra de Italia como fruto de la intriga ruso-francesa.*

* Los ataques de la camarilla de Marx contra Lord Palmerston los deriva Vogt, naturalmente, de mi antagonismo hacia su presuntuosa persona y sus «amigos» (Main Book, pág. 212). Por eso parece oportuno tocar aquí brevemente mi relación con D. Urquhart y su partido. Los escritos de Urquhart sobre Rusia y contra Palmerston me habían estimulado, pero no convencido. Para alcanzar una visión firme, sometí los «Parliamentary Debates» de Hansard y los Libros Azules diplomáticos de 1807 a 1850 a un análisis minucioso. El primer fruto de estos estudios fue una serie de artículos de fondo en el New York Tribune (finales de 1853), en los que mostraba las conexiones de Palmerston con el gabinete de Petersburgo a partir de sus transacciones con Polonia, Turquía, Circasia, etc. Poco después hice reimprimir estos trabajos en el órgano cartista «The People’s Paper», editado por Ernest Jones, y añadí nuevas secciones sobre las actividades de Palmerston. Entretanto, el «Glasgow Sentinel» había reproducido también uno de esos artículos (Palmerston y Polonia), lo que llamó la atención del señor D. Urquhart. A raíz de una entrevista que celebré con él, encargó al señor Tucker, en Londres, que publicase parte de aquellos artículos en forma de folleto. Estos folletos sobre Palmerston se distribuyeron después en varias ediciones de 15 000 a 20 000 ejemplares. Como resultado de mi análisis del Libro Azul sobre la caída de Kars —apareció en el periódico cartista de Londres (abril de 1856)—, el Comité de Asuntos Exteriores de Sheffield me envió una carta de reconocimiento. (Véase el Apéndice 7.) Al examinar manuscritos diplomáticos custodiados en el Museo Británico, descubrí una serie de documentos ingleses, que van desde finales del siglo xviii hasta la época de Pedro el Grande, los cuales revelan la constante cooperación secreta entre los gabinetes de Londres y San Petersburgo y muestran el período de Pedro el Grande como cuna de esta conexión. De un trabajo detallado sobre este tema solo he mandado imprimir hasta ahora la introducción, con el título: «Revelations of the Diplomatic History of the 18th Century». Apareció primero en Sheffield, más tarde en el «Free Press» londinense, ambos órganos urquhartistas. Este último ha recibido, desde su fundación, colaboraciones ocasionales mías. Mi ocupación con Palmerston y con la diplomacia anglo-rusa en general, como puede verse, se produjo, por tanto, sin la más mínima sospecha de que el señor Karl Vogt esté detrás de Lord Palmerston.

Hacia el final del mitin, el Dr. Faucher, redactor de asuntos exteriores del Morning Star (órgano de la Escuela de Mánchester), se me acercó y me contó que acababa de aparecer un nuevo semanario germano-londinense, «Das Volk». El periódico obrero «Die Neue Zeit», publicado por el señor A. Scherzer y editado por Edgar Bauer, había naufragado a resultas de una intriga de Kinkel, el editor del «Hermann». Informado de ello, Biskamp, hasta entonces corresponsal de la «Neue Zeit», había abandonado su puesto de maestro en el sur de Inglaterra para contraponer «Das Volk» al «Hermann» en Londres. La Asociación de Cultura de los Trabajadores Alemanes y otras varias asociaciones londinenses apoyaban el periódico, el cual, naturalmente, como todos los periódicos obreros semejantes, se redactaba y escribía gratis. Él mismo, Faucher, aunque como librecambista era ajeno a la tendencia de «Das Volk», no toleraría un monopolio en la prensa alemana de Londres y por eso, junto con otros conocidos de Londres, había fundado un comité de finanzas para sostener el periódico. Biskamp ya había escrito a Liebknecht, a quien no conocía de antes, para solicitarle colaboraciones literarias, etc. Finalmente, Faucher me invitó a participar en «Das Volk».

Aunque Biskamp vivía en Inglaterra desde 1852, hasta entonces habíamos seguido siendo desconocidos el uno para el otro. Un día después del mitin de Urquhart, Liebknecht lo presentó en mi casa. Al principio no pude acceder a la petición de escribir para «Das Volk» por falta de tiempo, pero prometí instar a mis amigos alemanes en Inglaterra a que hicieran suscripciones, donativos en dinero y colaboraciones literarias. En el curso de la conversación rozamos el mitin de Urquhart, lo que llevó a hablar de Vogt, cuyos «Studies» conocía y apreciaba correctamente Biskamp. Les comuniqué, a él y a Liebknecht, el contenido del «Programme» de Vogt y las revelaciones de Blind, si bien observé, respecto a estas últimas, que era una manera sudalemana de cargar las tintas. Para mi sorpresa, el núm. 2 de «Das Volk» (14 de mayo) traía un artículo titulado: «The Imperial Regent as Imperial Traitor» (véase Main Book, Documentos, págs. 17, 18), en el que Biskamp menciona dos de los hechos aducidos por Blind —los 30 000 florines, si bien los reduce a 4 000, y el origen bonapartista de los fondos operativos de Vogt—. Por lo demás, su artículo consistía en bromas al estilo de la «Hornisse», que él había editado junto con Heise en Kassel en 1848-1849. La Asociación de Cultura de los Trabajadores de Londres, según supe mucho después de la aparición del Main Book (véase el Apéndice 8), había encargado entretanto a uno de sus dirigentes, el señor Scherzer, que se dirigiera a las asociaciones de cultura de los trabajadores de Suiza, Bélgica y los Estados Unidos para apoyar «Das Volk» y combatir la propaganda bonapartista. El citado artículo de «Das Volk» del 14 de mayo de 1859 fue enviado por correo por el propio Biskamp a Vogt, quien al mismo tiempo recibió la circular del señor A. Scherzer a través de su propio Ranickel.

Vogt, con su bien conocida «inmediatez crítica», me convirtió enseguida en el demiurgo de la trama que tan desagradable le resultaba. Sin más preámbulos, publicó pues el esbozo de su posterior fábrica histórico-fantástica en el más de una vez citado «Suplemento Extraordinario al núm. 150 del Schweizer Handels-Courier». Este evangelio primordial, en el que por primera vez se revelaban los misterios de la Banda del Azufre, los Bristleheimers, Cherval, etc., llevaba la fecha de Berna, 23 de mayo de 1859 (por tanto, de fecha más reciente que el evangelio mormón) y el título «Zur Warnung» [A Warning], y se adjuntó oportunamente a una traducción de un folleto del notorio E. About.*

* Una palabra acerca del viajante de comercio de Biel, el Moniteur de tapadillo del «regente imperial fugitivo». El editor y director del «Bieler Handels-Courier» es un tal Ernst Schüler, refugiado político de 1838, administrador de correos, comerciante de vinos, en quiebra y actualmente otra vez en fondos; su periódico, que fue subvencionado por el negocio de reclutamiento británico-francés-suizo durante la Guerra de Crimea, cuenta ahora con 1 200 suscriptores.

El evangelio primordial anónimo de Vogt «Zur Warnung» fue, como se ha señalado antes, reimpreso en «Das Volk» a petición mía.

A comienzos de junio salí de Londres para visitar a Engels en Mánchester, donde se reunió una suscripción de aproximadamente 25 libras esterlinas para «Das Volk». Fr. Engels, W. Wolff, yo y, finalmente, 3 médicos alemanes domiciliados en Mánchester, cuyos nombres figuran en un documento legal que envié a Berlín, aportamos esta subvención, cuya «naturaleza» induce al «inquisitivo» Vogt a echar un «vistazo al otro lado del Canal» hacia Augsburgo y Viena (pág. 212 del Main Book). En cuanto a las colectas realizadas en Londres por el comité de finanzas original, Vogt puede pedir información al Dr. Faucher.

Vogt enseña en la pág. 225 del «Main Book»: «No obstante, siempre ha sido una artimaña de la reacción exigir de los demócratas que hagan todo gratis, mientras ellos (es decir, no los demócratas, sino la reacción) reivindican para sí el privilegio de hacerse pagar y de ser pagados». ¡Vaya artimaña reaccionaria la de «Das Volk», entonces, no solo ser redactado y escrito de balde, sino hacer que sus colaboradores paguen además! Si eso no es una prueba de la conexión entre «Das Volk» y la reacción, entonces las facultades de comprensión de Karl Vogt están detenidas.

Durante mi estancia en Mánchester ocurrió en Londres un suceso de importancia decisiva. Liebknecht descubrió en el taller de composición de Hollinger (impresor de Das Volk) la prueba corregida del panfleto anónimo «Zur Warnung» dirigido contra Vogt, la hojeó, reconoció enseguida las revelaciones de Blind y luego se enteró, para mayor abundamiento, por el cajista A. Vögele, de que Blind había entregado el manuscrito, escrito de su puño y letra, a Hollinger para imprimirlo. Las correcciones de la prueba estaban asimismo escritas a mano por Blind. Dos días después, Liebknecht recibió de Hollinger la prueba, que envió a la Allgemeine Zeitung. Los tipos del panfleto se dejaron en pie y sirvieron más tarde para la reimpresión del mismo en el núm. 7 de «Das Volk» (del 18 de junio de 1859).

Con la publicación de la «Warnung» por la Allgemeine Zeitung comienza la Campaña de Augsburgo del ex regente imperial Vogt. Demandó a la Allgemeine Zeitung por haber impreso el panfleto.

En el «Main Book» (págs. 227‑228), Vogt parodia el verso de Müllner: «bin’s, bin’s, bin der Räuber Jaromir». Solo que él traduce del ser al tener. «He demandado, porque sabía de antemano que toda la vacuidad, nulidad y mezquindad de esa junta editorial, que se arroga el papel de representante de la “alta cultura alemana”, tenía que salir a la luz; he demandado, porque sabía de antemano que la conexión de esta digna junta editorial, y de la política austriaca que ensalza hasta los cielos, con la Banda del Azufre y la hez de la revolución, tenía que comparecer ante el público» —y un cuádruple «he demandado» más. El Vogt demandante se vuelve sublime, o Longino resulta tener razón al opinar que no hay nada en el mundo más seco que un hombre hidrópico. «Consideraciones personales —grita la “naturaleza bien redondeada”— fueron el menor motivo de mi demanda.»

En realidad, sin embargo, las cosas tomaron otro rumbo. Ningún ternero habría luchado con más angustia por evitar el banco de matadero que Karl Vogt el banquillo de los acusados. Mientras sus «íntimos» amigos, los Ranickel, Reinach (antaño la ambulante chronique scandaleuse sobre Vogt) y el charlatán—

[When] el vacilante diputado del parlamento residual Mayer, de Esslingen, lo confirmó en su pavor al banquillo, recibió urgentes admoniciones desde Zúrich para que prosiguiera con la «demanda». En la fiesta obrera de Lausana, el comerciante en pieles Roos le declaró ante testigos que ya no podría respetarlo si no demandaba. Vogt, sin embargo, se mantuvo en sus trece: le importaba un bledo la banda de azufre de Augsburgo y Londres y guardaría silencio. De repente, no obstante, habló. Varios periódicos publicaron el anuncio de su demanda, y Ranickel comentó: «Los de Stuttgart simplemente no lo dejaban en paz (a Vogt). Mi (de Ranickel) consentimiento no intervino».

Además, puesto que el «Redondo» se hallaba ya en un aprieto, un pleito contra la *Allgemeine Zeitung* parecía indiscutiblemente la maniobra más prometedora. La autoapología de Vogt contra un ataque de J. Venedey, que lo había acusado de maquinaciones bonapartistas, vio la luz en el *Bieler Handels-Courier* del 16 de junio de 1859, y llegó así a Londres después de la aparición del folleto anónimo que terminaba con la amenaza: «Si Vogt, sin embargo —lo que difícilmente se atreverá a hacer— quisiera negarlo, a esta revelación seguirá un número 2.» Vogt lo había negado ahora, y lo que no siguió fue la Revelación n.º 2. Así, asegurado por este lado, la malicia solo podía amenazarlo ahora de parte de los queridos conocidos, a quienes conocía lo bastante como para contar con su cobarde miramiento. Cuanto más se exponía públicamente mediante un pleito, tanto más seguro podía contar con su discreción, pues en el «regente imperial fugitivo» todo el parlamento residual quedaba, por así decirlo, puesto en la picota.

El parlamentario Jacob Venedey revela secretos en las pp. 27-28 de su «Pro domo et pro patria contra Karl Vogt. Hannover 1860» de la siguiente manera:

«Además de las cartas comunicadas en el relato de su pleito por Vogt, he leído otra carta de Vogt que, con mucha mayor claridad que aquella al Dr. Löning, ponía al desnudo la posición de Vogt como auxiliar de quienes estaban dispuestos a pagar algo por localizar la guerra en Italia. Para mi propia convicción copié algunos pasajes de esta carta, que desgraciadamente no puedo publicar aquí, porque la persona a quien iba dirigida me los comunicó bajo la promesa de no publicarlos. Consideraciones personales y de partido han tratado de encubrir las acciones de Vogt en este asunto de una manera que a mí no me parece justificada ni respecto del partido ni respecto del deber varonil para con la patria. Esta reserva de muchos es la razón de que Vogt continúe atreviéndose a presentarse con frente descarada como un líder de partido alemán. A mí, sin embargo, me parece como si precisamente por ello el partido al que pertenecía Vogt resultara a medias corresponsable de sus acciones.»*

* Véase también la p. 4 del citado folleto, donde se lee: «Este “ajuste de cuentas” por consideraciones de partido, la bajeza moral de admitir en el círculo íntimo que Vogt ha jugado un juego desgraciado con la patria, y luego permitir que este Vogt acuse abiertamente de calumnia a quienes no han dicho sino lo que todos saben y piensan y para lo cual conocen las pruebas y las tienen en sus manos, me repugna, etc.»

Si, pues, el riesgo de un pleito contra la *Allgemeine Zeitung* no era exorbitante, en cambio una ofensiva en esta dirección ofrecía al General Vogt la base de operaciones más favorable. ¡Era Austria la que denigraba al Vogt imperial a través de la *Allgemeine Zeitung*, y Austria en connivencia con los comunistas! ¡Así el Vogt imperial aparecía como una víctima interesante de una monstruosa coalición entre los enemigos del liberalismo burgués. Y la prensa pequeño-alemana, ya bien dispuesta hacia el Vogt imperial por ser un disminuidor del Imperio, ¡lo alzaría jubilosa en su escudo!

A principios de julio de 1859, poco después de mi regreso de Manchester, Blind me buscó a causa de un incidente que aquí carece de importancia. Fidelio Hollinger y Liebknecht lo acompañaban. En esta reunión expresé mi convicción de que él era el autor del folleto «Zur Warnung». Él protestó lo contrario. Le repetí punto por punto sus comunicaciones del 9 de mayo, que de hecho constituían todo el contenido del folleto. Todo esto lo admitió, pero a pesar de ello no era él el autor del folleto.

Aproximadamente un mes más tarde, en agosto de 1859, Liebknecht me mostró una carta de la redacción de la *Allgemeine Zeitung*, en la que se le pedía con urgencia que presentara pruebas de las acusaciones contenidas en el folleto «Zur Warnung». A petición suya, decidí acompañarlo al domicilio de Blind en St. John's Wood, quien, aunque no fuera el autor del folleto, en cualquier caso sabía ya a principios de mayo lo que el folleto solo dio a conocer al mundo a principios de junio, y podía además «probar» su conocimiento. Blind estaba ausente. Se hallaba en un balneario costero. Por ello, Liebknecht le informó por escrito del propósito de nuestra visita. Sin respuesta. Liebknecht escribió una segunda carta. Por fin llegó el siguiente documento de estadista:

«Estimado señor Liebknecht,

Sus dos cartas, mal dirigidas, me llegaron casi simultáneamente. Como comprenderá, no tengo deseo alguno de inmiscuirme en los asuntos de un periódico que me es completamente desconocido. Tanto menos en el presente caso, ya que, como ya he señalado antes, no he tenido parte alguna en el asunto mencionado. En cuanto a los comentarios hechos en conversación privada que usted cita, evidentemente han sido muy mal comprendidos, y prevalece sobre ello un error del cual ya tendré ocasión de hablar oralmente un día. Lamentando que hicieran usted y Marx el viaje a mi casa en vano,

quedo con todo respeto suyo, K. Blind.
St. Leonard's, 8 de septiembre.»

Esta nota diplomáticamente fría, según la cual Blind no había tenido «parte alguna» en la denuncia de Vogt, me recordó un artículo que había aparecido anónimamente | el 27 de mayo de 1859 en la *Free Press* de Londres y que en traducción alemana reza como sigue:

«El Gran Duque Constantino como futuro rey de Hungría.

Un corresponsal, que incluye su tarjeta, nos escribe:

“¡Señor! Habiendo estado presente en la última reunión* en el Music Hall, oí la observación que se hizo acerca del Gran Duque Constantino. Estoy en condiciones de comunicarle a usted otro hecho. Ya el verano pasado, el príncipe Jerónimo Napoleón expuso a algunos de sus confidentes en Ginebra un plan de ataque contra Austria, y una proyectada remodelación del mapa de Europa. Conozco el nombre de un senador suizo a quien le expuso el asunto. El príncipe Jerónimo declaró en aquella ocasión que, según el plan proyectado, el Gran Duque Constantino habría de convertirse en rey de Hungría.

Sé además de tentativas hechas a principios del año en curso para ganar para el plan ruso‑napoleónico tanto a varios demócratas alemanes exiliados como a liberales influyentes en Alemania. Les fueron ofrecidas grandes ventajas pecuniarias como soborno. (Grandes ventajas pecuniarias les fueron ofrecidas como soborno.) Me alegra decir que estas ofertas fueron rechazadas indignadamente.”» (Véase Apénd. 9.)

* Se trataba de la reunión arriba mencionada celebrada por D. Urquhart el 9 de mayo.

Este artículo, en el que Vogt no era nombrado pero resultaba inconfundiblemente señalado para la emigración alemana en Londres, ofrece en realidad la quintaesencia del folleto publicado posteriormente «Zur Warnung». El autor de «el futuro rey de Hungría», a quien el celo patriótico impulsó a la denuncia anónima de Vogt, naturalmente tenía que apoderarse con avidez de la ocasión de oro que el pleito de Augsburgo le echaba en el regazo, la ocasión de revelar la traición ante los tribunales a la vista de toda Europa. ¿Y quién era el autor de «el futuro rey de Hungría»? El ciudadano Karl Blind. La forma y el contenido del artículo ya me lo habían revelado en el mes de mayo, y ahora quedó confirmado oficialmente por el editor de la *Free Press*, el Sr. Collet, tan pronto como le hube explicado la importancia del litigio pendiente y le hube comunicado la nota diplomática de Blind.

El 17 de septiembre de 1859, el cajista Sr. A. Vögele me entregó una declaración escrita (impresa en el «Hauptbuch», «Documente», núms. 30, 31), en la que testimonia, no que Blind fuera el autor del folleto «Zur Warnung», sino que él mismo (A. Vögele) y su patrón Fidelio Hollinger compusieron el folleto en la imprenta de Hollinger, que el manuscrito estaba escrito de la letra de Blind, y que Hollinger se lo había mencionado ocasionalmente a él como el autor del folleto.

Apoyándose en la declaración de Vögele y en «el futuro rey de Hungría», Liebknecht escribió ahora una vez más a Blind pidiéndole «pruebas» de los hechos denunciados por este estadista en la *Free Press*, y al mismo tiempo le informó de que ahora existía una prueba de su participación en la publicación del folleto «Zur Warnung». En lugar de una respuesta a Liebknecht, Blind me envió al Sr. Collet. El Sr. Collet debía pedirme en nombre de Blind que no hiciera ningún uso público de mi conocimiento sobre la autoría de dicho artículo de la *Free Press*. Contesté que no podía contraer ninguna obligación. Mi discreción iría a la par con la bravuconería de Blind.

Entretanto se acercaba la fecha de la apertura del pleito en Augsburgo. Blind guardaba silencio. Vogt, en sus diversas declaraciones públicas, había intentado endilgarme a mí el folleto y la prueba de sus alegatos como al origen secreto. Para rechazar esta maniobra, para justificar a Liebknecht y defender a la *Allgemeine Zeitung*, que en mi opinión había hecho una buena obra con la denuncia de Vogt, comuniqué a la redacción de la *Allgemeine Zeitung* por medio de Liebknecht que estaba dispuesto a transmitirles un documento relativo al origen del folleto «Zur Warnung», si me lo pedían por escrito. Así se produjo la «viva correspondencia que Marx mantiene precisamente ahora con el Sr. Kolb», como Vogt lo relata en la p. 194 del «Hauptbuch».* Esta mi «viva correspondencia con el Sr. Kolb» consistió, a saber, en dos cartas del Sr. Orges a mí, ambas de la misma fecha, en las que me pide que envíe el documento prometido, que luego le fue enviado, también, con unas pocas líneas de mi parte.**

* El Sr. Kolb, es cierto, menciona en el n.º 319 de la *Allgemeine Zeitung* «una carta muy detallada del Sr. Marx, que no imprimió». Sin embargo, esta «carta detallada» está impresa en el *Hamburger Reform* n.º 139, suplemento del 19 de noviembre de 1859. La «carta detallada» era una declaración por mi parte destinada al público, que también envié al *Berliner Volks-Zeitung*.
** Mi nota de envío y la declaración de Vögele se encuentran en el Hauptbuch, Documente, pp. 30, 31; las cartas del Sr. Orges a mí en el Apéndice 10.

Ambas cartas del Sr. Orges, realmente solo el duplicado de la misma, llegaron a Londres el 18 de octubre de 1859, mientras que las actuaciones judiciales en Augsburgo debían tener lugar ya el 24 de octubre. Por lo tanto, escribí inmediatamente al Sr. Vögele, proponiéndole una cita para el día siguiente en los locales del Marlborough Police Court, donde debía dar a su declaración sobre el folleto «Zur Warnung» la forma judicial de una declaración jurada (affidavit).* Mi carta no le llegó a tiempo. El 19 de octubre** me vi, pues, obligado, contra mi intención original, a enviar a la *Allgemeine Zeitung*, en lugar de una declaración jurada, la declaración escrita anteriormente mencionada del 17 de sept.***

* Una declaración jurada (affidavit) es una declaración judicial bajo juramento que, si es falsa, conlleva todas las consecuencias legales del perjurio.
** Como mi letra es ilegible, ante el tribunal de Augsburgo se le dio a mi carta fechada el 19 de octubre la fecha del 29 de octubre. El abogado de Vogt, el Dr. Hermann, el propio Vogt, la digna *Berliner National-Zeitung et hoc genus omne* de la «inmediatez crítica» no dudaron ni por un momento de que una carta escrita en Londres el 29 de octubre pudiera haber estado en Augsburgo el 24 de octubre.
*** Que este *quid pro quo* se debió puramente al azar —a saber, a la demora en la llegada de mi carta a Vögele— se verá por la subsiguiente declaración jurada del 11 de febrero de 1860.

Karl Marx

En el n.º 313 de la *Allgemeine Zeitung*, bajo la fecha de Londres, 3 de nov. (véase *Hauptbuch* Documentos 37, 38), el ciudadano y estadista Blind declara no ser el autor del folleto, y como prueba «publica» el «siguiente documento»:

«a) Por la presente declaro que la afirmación del cajista Vögele, contenida en el n.º 300 de la *Allgemeine Zeitung*, de que el mencionado folleto “Zur Warnung” fue impreso en mi imprenta, o que el Sr. Karl Blind es el originador del mismo, es una fabricación maliciosa.

3, Litchfield Street, Soho. Londres, 2 de nov. de 1859.
Fidelio Hollinger.»

b) El abajo firmante, que reside y trabaja en el No. 3 de Litchfield Street desde hace 11 meses, testifica por su parte la exactitud de las declaraciones del señor Hollinger.

Londres, 2 de noviembre de 1859. J. F. Wiehe, cajista.

Vögele en ninguna parte había afirmado que Blind fuera el autor de la hoja volante. Fidelio Hollinger, por tanto, primero inventa la afirmación de Vögele, para luego declararla una «invención maliciosa». Por otra parte, si la hoja volante no se imprimió en el taller de Hollinger, ¿de dónde sacó el susodicho Fidelio Hollinger el conocimiento de que Karl Blind no era el autor? Y además, ¿cómo es que la circunstancia de que él hubiera «residido y trabajado» en casa de Hollinger durante «11 meses» (contando hacia atrás desde el 2 de noviembre de 1859) ha de permitir al cajista Wiehe testificar la «exactitud de esta declaración de Fidelio Hollinger»?

Mi respuesta a esta declaración de Blind (núm. 325 del *Allgemeine Zeitung*, véase *Hauptbuch*, Documentos, pp. 39, 40) concluía con estas palabras: «el traslado del proceso de Augsburgo a Londres aclararía todo el misterio Blind-Vogt».

Blind, con toda la indignación moral de un alma bella herida, vuelve al ataque en el «Suplemento al *Allgemeine Zeitung* del 1 de diciembre de 1859»:

«Aun cuando repetidamente (téngase esto presente) invoco los documentos firmados por el propietario de la imprenta, señor Hollinger, y por el cajista Wiehe, declaro por última vez que la insinuación, que ya solo aparece como insinuación, de que yo soy el autor de la tantas veces mencionada hoja volante es una mentira redonda. Las demás afirmaciones acerca de mí contienen las más burdas tergiversaciones.»

En una posdata a esta declaración, la redacción del *Allgemeine Zeitung* observa que «la discusión carece ya de interés para el gran público» y, por tanto, ruega «a los señores implicados que se abstengan de toda réplica ulterior», lo cual comenta la «naturaleza redondeada» al final del *Hauptbuch* de este modo:

«En otras palabras: la redacción del *Allgemeine Zeitung* ruega a los señores Marx, Biscamp*, Liebknecht, a quienes se ha tildado de mentirosos redondos, que no sigan comprometiéndose a sí mismos ni al *Allgemeine Zeitung*.»

\* Biscamp había enviado una carta sobre el asunto Vogt a la redacción del *Allgemeine Zeitung* con fecha de Londres, 20 de octubre, en la que finalmente se ofrecía como corresponsal. Esta carta solo llegó a mi conocimiento a través del propio *Allgemeine Zeitung*. Vogt inventa una teoría moral según la cual el apoyo a un periódico desaparecido me hace responsable de las cartas privadas posteriores de su redactor. ¡Cuánto más responsable sería Vogt de las *Stimmen der Zeit* de Kolatschek, ya que era colaborador pagado de la *Monatsschrift* de Kolatschek! Mientras Biscamp publicaba el *Volk*, dio muestras de la mayor abnegación, abandonando un puesto de muchos años para asumir la redacción, redactando sin remuneración bajo condiciones muy gravosas y sacrificando finalmente sus correspondencias con periódicos alemanes, como el *Kölnische Zeitung* por ejemplo, para poder trabajar de acuerdo con sus convicciones. Todo lo demás fue y es de mi incumbencia.

Así terminó, por el momento, la campaña de Augsburgo.

Retomando el tono de su Lausiada, Vogt alega que «el cajista Vögele» hizo «una falsa deposición» ante mí y ante Liebknecht (pág. 195 del *Hauptbuch*). No obstante, explica el origen de la hoja volante diciendo que Blind «pudo haber incubado y propagado concepciones de sospecha. A partir de ellas, la banda de azufre forjó entonces el panfleto y otros artículos, que imputaron al acorralado Blind» (pág. 218 loc. cit.).

Si ahora el Reichs-Vogt no reabrió su indecisa campaña en Londres, como se le había desafiado a hacer, fue en parte porque Londres es «un rincón» (pág. 229 del *Hauptbuch*), y en parte porque las partes interesadas «se acusan mutuamente de mentira» (loc. cit.).

La «inmediatez crítica» del hombre considera que la intervención de los tribunales solo es apropiada cuando las partes no disputan acerca de la verdad.

Doy ahora un salto de tres meses para retomar el hilo de mi relato a principios de febrero de 1860. El *Hauptbuch* de Vogt aún no había llegado a Londres en aquella época, pero sí habían llegado los extractos escogidos del *Berliner National-Zeitung*, en los que se dice, entre otras cosas:

«El partido de Marx ahora podía muy fácilmente trasladar la autoría de la hoja volante a Blind, precisamente porque y después de que este último se hubiera expresado en un sentido similar en la conversación con Marx y en el artículo de la *Free Press*; utilizando estas declaraciones y giros de Blind, se podía falsificar la hoja volante de modo que pareciera su obra.»

Blind, que al igual que Falstaff consideraba que la discreción era la mejor parte del valor, considera el silencio como todo el arte de la diplomacia, empezó de nuevo a callar. Para soltarle la lengua, publiqué una circular inglesa con mi firma, con fecha de Londres, 4 de febrero de 1860. (Véase Apéndice 11.)

Esta circular, dirigida al redactor de la *Free Press*, dice entre otras cosas:

«Antes de dar otros pasos, debo desenmascarar a los sujetos que evidentemente han hecho el juego a Vogt. Por eso, declaro públicamente que la declaración de Blind, Wiehe y Hollinger, según la cual la hoja volante anónima no se imprimió en el local comercial de Hollinger, 3, Litchfield Street, Soho, es una mentira infame.»\* Después de exponer mis pruebas, concluyo con estas palabras: «En consecuencia, declaro de nuevo que el antedicho Karl Blind es un mentiroso infame (mentiroso deliberado). Si estoy equivocado, él puede refutarme fácilmente apelando a un tribunal inglés.»

\* En el original inglés digo: «Deliberate lie». El *Kölnische Zeitung* traduce: «infame Lüge». Acepto la traducción, aunque «durchtriebene Lüge» se acerca más al original.

El 6 de febrero de 1860 un diario londinense (*Daily Telegraph*) —sobre el que volveré más adelante— reprodujo, bajo el título «Los auxiliares periodísticos de Austria», los extractos escogidos del *National-Zeitung*. Por mi parte, entablé una acción por libelo contra el *National-Zeitung*, notifiqué al *Telegraph* una demanda similar y empecé a reunir el material jurídico necesario.

El 11 de febrero de 1860, el cajista Vögele prestó declaración jurada ante el tribunal de policía de Bow Street. En ella repite el contenido esencial de su declaración del 17 de septiembre de 1859, a saber: que el manuscrito de la hoja volante estaba escrito de puño y letra de Blind y que fue compuesto en el taller de imprenta de Hollinger, en parte por él mismo (Vögele) y en parte por F. Hollinger. (Véase Apéndice 12.)

Mucho más importante fue la declaración jurada del cajista Wiehe, en cuyo testimonio Blind se había apoyado repetidamente y con creciente satisfacción en el *Allgemeine Zeitung*.

Además del original (véase Apéndice 13), sigue aquí una traducción literal:

«Uno de los primeros días de noviembre pasado —ya no recuerdo la fecha exacta—, entre las 9 y las 10 de la noche, el señor F. Hollinger, en cuya casa vivía yo entonces y para quien trabajaba como cajista, me sacó de la cama. Me entregó un documento en el que se afirmaba que yo había sido empleado suyo ininterrumpidamente durante los 11 meses anteriores y que, durante todo ese tiempo, una determinada hoja volante alemana “Zur Warnung” no había sido compuesta ni impresa en el taller de imprenta del señor Hollinger, 3, Litchfield Street, Soho; y me exigió que yo, que no entiendo alemán, firmara esta declaración, de cuya verdad o falsedad nada sabía. Me negué a hacerlo. El señor Hollinger insistió en que la firmara, tras lo cual hice lo que me pedía. En mi estado de confusión y sin conocer la importancia del acto, accedí a su deseo, copié y firmé el documento. El señor Hollinger me prometió dinero, pero no he recibido nada. Durante este acto, según me informó más tarde mi mujer, el señor Karl Blind esperaba en la habitación del señor Hollinger. Un par de días después, la señora Hollinger me llamó de la cena y me condujo a la habitación de su marido, donde encontré al señor Blind solo. Me presentó el mismo documento que antes me había presentado el señor Hollinger y me rogó encarecidamente (me suplicó) que escribiera y firmara una segunda copia, ya que necesitaba dos, una para él y otra para la publicación en la prensa. Añadió que me mostraría su gratitud. De nuevo copié y firmé el documento.

Por la presente declaro la veracidad de la afirmación anterior y además:

1) que durante los 11 meses mencionados en el documento no fui empleado durante seis semanas por el señor Hollinger, sino por un tal Ermani;
2) que no trabajé en el negocio del señor Hollinger precisamente en la época en que se publicó la hoja volante “Zur Warnung”;
3) que entonces oí del señor Vögele, que trabajaba a la sazón para el señor Hollinger, que él, Vögele, junto con el propio señor Hollinger, había compuesto la hoja volante en cuestión y que el manuscrito era de puño y letra de Blind;
4) que los tipos de la hoja volante aún estaban compuestos cuando yo volví a entrar en el negocio de Hollinger. Yo mismo los descompuse para la reimpresión de la hoja volante “Zur Warnung” en el periódico alemán “Das Volk”, impreso por el señor Hollinger, 3, Litchfield Street, Soho. La hoja volante apareció en el número 7 de “Das Volk”, fechado el 18 de junio de 1859.
5) que vi cómo el señor Hollinger entregó al señor Wilhelm Liebknecht, que reside en el 14 de Church Street, Soho, la prueba de imprenta del panfleto “Zur Warnung”, en la cual el señor Karl Blind había corregido de su puño y letra 4 o 5 erratas de imprenta. El señor Hollinger vaciló en si debía entregar la prueba de imprenta al señor Liebknecht, y tan pronto como el señor Liebknecht se hubo marchado, Hollinger expresó a mí y a mi colega Vögele su pesar por haber dejado salir de sus manos la prueba de imprenta.

Johann Friedrich Wiehe.

Declarado y firmado por el mencionado Friedrich Wiehe en el Juzgado de Policía de Bow Street el día 8 de febrero de 1860 ante mí,

/. Henry, Juez de dicho Tribunal. (Juzgado de Policía)

(Bow Street.)»

Quedó demostrado con las dos declaraciones juradas de los cajistas Vögele y Wiehe que el manuscrito de la hoja volante estaba escrito de puño y letra de Blind, fue compuesto en el taller de imprenta de Hollinger y que una corrección fue atendida por el propio Blind.

Y el *homme d’état* escribió a Julius Fröbel con fecha de Londres, 4 de julio de 1859: «Contra Vogt ha aparecido aquí, no sé por quién, una furibunda acusación de soborno. Contiene varios presuntos hechos de los que antes no habíamos oído nada». Y el mismo *homme d’état* escribió a Liebknecht el 8 de septiembre de 1859 que «no tenía parte alguna en el asunto mencionado».

No contento con estas proezas, el ciudadano y estadista Blind había, por añadidura, fabricado una declaración falsa, para la cual, mediante promesas de dinero por parte de Fidelio Hollinger y de futura gratitud por la suya propia, obtuvo subrepticiamente la firma del cajista Wiehe.

Esta hechura suya, con la firma obtenida subrepticiamente y en compañía del falso testimonio de Fidelio Hollinger, no solo la envió al *Allgemeine Zeitung*, sino que también «invoca repetidamente» estos «documentos» en una segunda declaración y me lanza a la cabeza «mentira redonda» con referencia a estos «documentos» y con la más moral indignación.

Hice copiar las dos declaraciones juradas de Vögele y Wiehe y las hice circular en diversos círculos, tras lo cual tuvo lugar una reunión en casa de Blind entre Blind, Fidelio Hollinger y el amigo de la casa de Blind, el señor D. M. Karl Schaible, un hombre bueno y tranquilo, que en las operaciones estadistas de Blind hace en cierto modo de elefante amaestrado.

En el número del *Daily Telegraph* del 15 de febrero de 1860 apareció un párrafo que luego se reprodujo en periódicos alemanes y que en traducción dice:

El folleto Vogt.
Al director del Daily Telegraph!
¡Señor! Como consecuencia de declaraciones erróneas que se han puesto en circulación, considero deber mío presentar tanto al señor Blind como al señor Marx la declaración formal de que ninguno de los dos es el autor del folleto dirigido hace algún tiempo contra el profesor Vogt de Ginebra. Este folleto procede de mí, y sobre mí recae la responsabilidad. Lamento, tanto respecto al señor Marx como al señor Blind, que circunstancias ajenas a mi voluntad me hayan impedido hacer esta declaración antes.
Londres, 14 de febrero de 1860.
Karl Schaible, doctor en medicina.

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El señor Vogt – VII. La campaña de Augsburgo

El señor Schaible me envió esta declaración. Le correspondí la cortesía remitiéndole en el acto las declaraciones juradas de los cajistas Vögele y Wiehe, y al mismo tiempo le escribí que su declaración (la de Schaible) no alteraba en nada ni los falsos testimonios que Blind había enviado a la Allgemeine Zeitung, ni la conspiración de Blind con Hollinger para obtener subrepticiamente la firma de Wiehe para el documento falso fabricado.

Blind sentía que esta vez no se encontraba en el terreno seguro de la Allgemeine Zeitung, sino dentro de la peligrosa jurisdicción de Inglaterra. Si quería invalidar las declaraciones juradas y los «graves perjuicios» de mi circular basada en ellas, él y Hollinger tendrían que presentar contra-declaraciones juradas; pero no es aconsejable jugar con un delito grave.

Eisele Blind no es el autor del folleto, pues Beisele Schaibele se declara públicamente autor. Blind se limitó a escribir el manuscrito del folleto, se limitó a hacerlo imprimir en lo de Hollinger, se limitó a corregir de su puño y letra la prueba de imprenta, y se limitó a fabricar con Hollinger testimonios falsos para refutar estos hechos y a enviarlos a la Allgemeine Zeitung. ¡Pero, oh! inocencia incomprendida, pues no es el autor ni el creador del folleto. Sólo actuó como amanuense de Beisele Schaibele. Precisamente por eso, el 4 de julio de 1859 tampoco sabía «por quién» había sido lanzado al mundo el folleto, y el 8 de septiembre de 1859 no había tenido «parte alguna en el asunto mencionado». Para su consuelo, pues: Beisele Schaible es el autor del folleto en el sentido literario, pero Eisele Blind lo es en el sentido técnico de la ley inglesa y el editor responsable según toda legislación civilizada. ¡Habeat sibi!

Una palabra de despedida al señor Beisele Schaible.

La calumnia publicada por Vogt contra mí en el Bieler Handels-Courier con fecha: Berna, 23 de mayo de 1859, llevaba el título: «Zur Warnung». El folleto escrito a principios de junio de 1859 por Schaible y redactado y publicado por su secretario Blind, en el que se denuncia a Vogt como agente «sobornador» y «sobornado» de Luis Bonaparte, con detalles concretos, lleva igualmente el título: «Zur Warnung». Además está firmado: X. Aunque X en álgebra representa la cantidad desconocida, resulta que también es la última letra de mi apellido. ¿Acaso el título y la firma del folleto de Schaible se idearon para hacer aparecer la «Warnung» como mi respuesta a la «Warnung» de Vogt? Schaible había prometido una revelación núm. II tan pronto como Vogt se atreviera a negar la revelación núm. I. Vogt no sólo negó; presentó una demanda por difamación a causa de la «Warnung» de Schaible. Y el núm. II del señor Schaible sigue faltando hasta el día de hoy.

Schaible había impreso al frente de su folleto las palabras: «For favour of circulation» (Se ruega hacer circular). Y cuando Liebknecht fue tan «favorable» como para proporcionarle «circulación» a través de la Allgemeine Zeitung, «circunstancias ajenas a su voluntad» ataron la lengua del señor Schaible desde junio de 1859 hasta febrero de 1860, la cual sólo se soltó con las declaraciones juradas en el Tribunal de Policía de Bow Street.

Sea como fuere, Schaible, el acusador original de Vogt, ha asumido ahora públicamente la responsabilidad de las afirmaciones del folleto. En lugar de concluir con la victoria del acusado Vogt, la campaña de Augsburgo termina, pues, con la aparición final del acusador Schaible en el campo de batalla.

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El señor Vogt – VIII. Dä-Dä Vogt y sus estudios

«Sine studio.

Alrededor de un mes antes de que estallara la guerra italiana, aparecieron los llamados “Estudios sobre la situación actual de Europa, Ginebra, 1859” de Vogt. ¿Cui bono?

Vogt sabía que “Inglaterra permanecerá neutral en la guerra inminente.” (Estudios, pág. 4.) Sabía que Rusia “de acuerdo con Francia empleará todos los medios, salvo la hostilidad abierta, para perjudicar a Austria.” (Estudios, pág. 13.) Sabía que Prusia —pero dejemos que él mismo nos diga lo que sabe de Prusia. “Ahora tiene que habérsele aclarado hasta al más miope que existe un entendimiento entre el gobierno prusiano y el gobierno imperial de Francia; que Prusia no desenvainará la espada para la defensa de las provincias extra-alemanas de Austria; que dará su consentimiento a todas las medidas relativas a la defensa del territorio federal, pero por lo demás impedirá toda participación de la Confederación o de miembros individuales de la Confederación del lado de Austria, para, más tarde, en las negociaciones de paz, recibir su recompensa por estos afanes en las tierras bajas del norte de Alemania.” (loc. cit., pág. 19.)

Así, el resultado: En la próxima cruzada de Bonaparte contra Austria, Inglaterra permanecerá neutral, Rusia actuará de modo hostil hacia Austria, Prusia mantendrá tranquilos a los miembros potencialmente pendencieros de la Confederación, y Europa localizará la guerra. Así como antes la guerra rusa, Luis Bonaparte llevará ahora a cabo la guerra italiana con alta autorización oficial, en cierta medida como general secreto de una coalición europea. ¿Cuál es, entonces, la finalidad del folleto de Vogt? Puesto que Vogt sabe que Inglaterra, Rusia y Prusia actúan contra Austria, ¿qué le obliga a escribir a favor de Bonaparte? Pero parece que, aparte del viejo comefrancés con “el pueril padre Arndt y el fantasma de Dirtpeter Jahn a la cabeza” (pág. 121, loc. cit.), una especie de movimiento nacional estaba sacudiendo al “pueblo alemán” y encontraba eco en toda clase de “cámaras y periódicos”, “mientras los gobiernos sólo con vacilación y a regañadientes entraban en la corriente dominante”. (pág. 114, loc. cit.) Parece que la “creencia en un peligro amenazante” hizo que resonara un “llamamiento a medidas comunes” (loc. cit.) desde el “pueblo” alemán. El Moniteur francés (véase, entre otros, el número del 15 de marzo de 1859) contemplaba ese movimiento alemán con “tristeza y asombro”.

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El señor Vogt — VIII. Da-Da Vogt y sus estudios

“Una especie de cruzada contra Francia —exclama— se predica en las cámaras y en la prensa de algunos estados de la Confederación Germánica. Se le acusa de abrigar planes ambiciosos que ha desmentido, de preparar conquistas que no necesita”, etc. Frente a esas “calumnias”, el Moniteur muestra que la intervención “del Emperador” en la cuestión italiana debe, “por el contrario, inspirar al espíritu alemán la mayor confianza”, que la unidad y la nacionalidad alemanas son, en cierto modo, los caballitos de batalla de la Francia decimbrista, etc. El Moniteur reconoce, sin embargo (véase el 10 de abril de 1859), que ciertos recelos alemanes podrían parecer “provocados” por ciertos folletos parisinos — folletos en los que Luis Bonaparte se ruega a sí mismo con urgencia que dé a su pueblo la “oportunidad largamente deseada” “pour s’étendre majestueusement des Alpes au Rhin” (para extenderse majestuosamente desde los Alpes hasta el Rin). “Pero —dice el Moniteur—, Alemania olvida que Francia vive bajo la égida de una legislación que no permite ningún control preventivo por parte del gobierno.” Estas y otras declaraciones similares del Moniteur, como se informó a lord Malmesbury (véase el Libro Azul: Sobre los asuntos de Italia. De enero a mayo de 1859), produjeron exactamente lo contrario del efecto pretendido. Lo que el Moniteur no pudo hacer, quizá Karl Vogt sí pudo hacerlo. Sus Estudios no son más que compilaciones germanizadas de artículos del Moniteur, folletos de Dentu y mapas futuristas decimbristas.

La política de café de Vogt sobre Inglaterra sólo interesa por una cosa: ilustrar la manera de sus «Estudios». De acuerdo con sus fuentes originales francesas, convierte al almirante inglés sir Charles Napier en un «lord» Napier («Estudios», pág. A). Los zuavos literarios adscritos al régimen de Diciembre saben, por el teatro de la Porte Saint-Martin, que todo inglés distinguido es por lo menos un lord.

“Con Austria —relata Vogt—, Inglaterra jamás ha podido armonizar por mucho tiempo. Cuando una momentánea comunidad de intereses las unía durante algún tiempo, la necesidad política las separaba de nuevo enseguida. Con Prusia, en cambio, Inglaterra siempre ha entablado una relación más estrecha”, etc. (pág. 2, loc. cit.)

¡Vaya! La lucha común de Inglaterra y Austria contra Luis XIV dura, con breves interrupciones, desde 1689 hasta 1713, es decir, casi un cuarto de siglo. En la Guerra de Sucesión Austriaca, Inglaterra combate durante unos 6 años con Austria contra Prusia y Francia. Sólo en la Guerra de los Siete Años se alía Inglaterra con Prusia contra Austria y Francia, pero ya en 1762 lord Bute abandona a Federico el Grande para hacer propuestas, alternativamente al ministro ruso Gallitzin y al ministro austriaco Kaunitz, para el «reparto de Prusia». En 1790, Inglaterra concluye un tratado con Prusia contra Rusia y Austria, que, sin embargo, se disuelve de nuevo ese mismo año. Durante la guerra antijacobina, Prusia, a pesar de los subsidios de Pitt, se retira de la coalición europea mediante el Tratado de Basilea. Austria, en cambio, aguijoneada por Inglaterra, sigue luchando con breves interrupciones desde 1793 hasta 1809. Apenas ha sido apartado Napoleón, aún durante el Congreso de Viena, cuando Inglaterra concluye inmediatamente un tratado secreto (del 3 de enero de 1815) con Austria y Francia contra Rusia y Prusia. En 1821, Metternich y Castlereagh acuerdan en Hannover una nueva convención contra Rusia. Mientras los mismos británicos, historiadores y oradores parlamentarios, hablan de Austria preferentemente como el «antiguo aliado» de Inglaterra, Vogt descubre en sus folletos originales franceses publicados por Dentu que Austria e Inglaterra, dejando a un lado una «comunidad momentánea», siempre estuvieron separadas, mientras que Inglaterra y Prusia siempre estuvieron unidas – razón por la cual, presumiblemente, lord Lyndhurst, durante la guerra rusa, exclamó ante la Cámara de los Lores con referencia a Prusia: «¡Quem tu, Romane, caveto!» La Inglaterra protestante siente antipatía por la Austria católica, la Inglaterra liberal por la Austria conservadora, la Inglaterra librecambista por la Austria proteccionista, la Inglaterra solvente por la Austria en bancarrota. Pero el elemento patético siempre fue ajeno a la historia inglesa. Lord Palmerston, durante su reinado de 30 años en Inglaterra, disimula de vez en cuando su vasallaje bajo Rusia con su antipatía por Austria, ciertamente. Por «antipatía» a Austria, por ejemplo, rechazó la mediación en Italia ofrecida por Austria en 1848 y aprobada por el Piamonte y Francia, según la cual Austria se retiraba a la línea del Adigio y Verona, Lombardía, si así lo decidía, se incorporaba al Piamonte, Parma y Módena pasaban a Lombardía, y Venecia, bajo un archiduque austriaco, formaba un Estado italiano independiente y se daba su propia constitución. (Véase el Libro Azul sobre los asuntos de Italia. Parte II. Julio de 1849, núms. 377, 478.) Estas condiciones eran en todo caso más favorables que las de la Paz de Villafranca. Después de que Radetzky hubiera derrotado a los italianos en todos los puntos, Palmerston propuso las mismas condiciones que él mismo había rechazado. Tan pronto como los intereses de Rusia exigieron el curso contrario, durante la guerra de independencia húngara, a pesar de su «antipatía» a Austria, rechazó la ayuda que los húngaros, apoyándose en el Tratado de 1711, le invitaron a prestar, e incluso se negó a toda protesta contra la intervención rusa, porque «la independencia política y las libertades de Europa estaban ligadas a la preservación e integridad de Austria como gran potencia europea». (Sesión de la Cámara de los Comunes, 21 de julio de 1849.)

Vogt relata además:

«Los intereses del Reino Unido … en todas partes están en oposición hostil con ellos [los intereses de Austria].» (pág. 2, loc. cit.)

Este «en todas partes» se convierte inmediatamente en el Mediterráneo.

«Inglaterra quiere a toda costa mantener su influencia en el Mediterráneo y sus estados costeros. Nápoles y Sicilia, Malta y las Islas Jónicas, Siria y Egipto son puntos de descanso de su política dirigida hacia la India Oriental; en todos esos puntos Austria le ha opuesto los más vivos obstáculos.» (loc. cit.)

¡Qué cosas no cree Vogt de los folletos originales decembristas publicados por Dentu en París! Los ingleses hasta ahora se han imaginado que luchaban alternativamente con rusos y franceses por Malta y las Islas Jónicas, pero nunca con Austria. Francia, no Austria, envió antes una expedición a Egipto y en este momento se está estableciendo en el Istmo de Suez; Francia, no Austria, hizo conquistas en la costa norte de África y, aliada con España, trató de arrebatar Gibraltar a los británicos; Inglaterra concluyó el Tratado de Julio de 1840 relativo a Egipto y Siria contra Francia, pero junto con Austria; en «la política dirigida hacia la India Oriental», Inglaterra encuentra en todas partes los «más vivos obstáculos» por parte de Rusia, no de Austria; en la única disputa seria entre Inglaterra y Nápoles — la cuestión del azufre de 1840 — fue una compañía francesa, no austriaca, cuyo monopolio del comercio de azufre siciliano sirvió de pretexto para la fricción; finalmente, al otro lado del Canal se habla de vez en cuando de convertir el Mediterráneo en un «lac français», pero nunca de convertirlo en un «lac autrichien».

Sin embargo, hay que considerar aquí una circunstancia importante.

En el transcurso del año 1858 se publicó en Londres un mapa de Europa titulado: «L’Europe en 1860» (Europa en 1860). Este mapa, emitido por la legación francesa y que contiene muchas insinuaciones proféticas para 1858 — por ejemplo, Lombardía-Venecia anexionada al Piamonte y Marruecos a España —, redibuja la geografía política de toda Europa, con la única excepción de Francia, que aparentemente permanece dentro de sus viejas fronteras. Los territorios destinados a ella se adjudican con encubierta ironía a poseedores imposibles. Así, Egipto recae en Austria, y la glosa marginal impresa en el mapa dice: «François Joseph I., l’Empereur d’Autriche et d’Egypte.» (Francisco José I, Emperador de Austria y Egipto).

Vogt tenía ante sí el mapa «L’Europe en 1860» como brújula decembrista. De ahí su conflicto entre Inglaterra y Austria por Egipto y Siria. Vogt profetiza que este conflicto «terminaría en la aniquilación de una de las potencias beligerantes», si, como recuerda justo a tiempo, «si Austria poseyera un poder naval» (pág. 2, loc. cit.). Los Estudios, sin embargo, alcanzan el punto culminante de su característica erudición histórica en el siguiente pasaje:

«Cuando Napoleón I trató en una ocasión de quebrar el Banco inglés, éste se ayudó, durante un día, contando las sumas y no pesándolas, como antes había sido costumbre; el tesoro del Estado austriaco se encuentra 365 días al año en la misma, incluso en una situación mucho peor.» (loc. cit., pág. 43.)

Los pagos en especie del Banco de Inglaterra («el Banco inglés» es también un fantasma de Vogt) estuvieron, como es bien sabido, suspendidos desde febrero de 1797 hasta el año 1821, durante esos 24 años los billetes de banco ingleses no fueron en absoluto convertibles en metal, pesados ni contados. Cuando ocurrió la suspensión, no existía ningún Napoleón I en Francia (aunque un general Bonaparte llevaba entonces a cabo su primera campaña italiana), y cuando los pagos en especie se reanudaron en Threadneedle Street, Napoleón I había dejado de existir en Europa. Tales «Estudios» superan incluso la conquista del Tirol por el «Emperador» de Austria según La Guéronnière.

Madame von Krüdener, la madre de la Santa Alianza, distinguía entre el buen principio, el «ángel blanco del Norte» (Alejandro I), y el mal principio, el «ángel negro del Sur» (Napoleón I). Vogt, el padre adoptivo de la nueva Santa Alianza, convierte a ambos, Zar y César, Alejandro II y Napoleón III, en «ángeles blancos». Ambos son los predestinados libertadores de Europa.

El Piamonte, dice Vogt, «ha ganado incluso el respeto de Rusia» (pág. 71, loc. cit.). ¿Qué más se puede decir de un Estado que decir que ha ganado incluso el respeto de Rusia? Especialmente después de que el Piamonte cediera a Rusia el puerto de guerra de Villafranca, y cuando el mismo Vogt, en referencia a la compra de la bahía de Jahde por Prusia, advierte: «un puerto de guerra en territorio extranjero sin reconexión orgánica con la tierra a la que pertenece es un disparate tan risible que su existencia sólo puede adquirir significación cuando se le considera, en cierta medida, como el punto de meta de futuros esfuerzos, como la bandera plantada según la cual se ajustan las líneas de dirección.» (Estudios, pág. 15.) Catalina II, como es sabido, ya había tratado de obtener puertos de guerra para Rusia en el Mediterráneo.

La tierna consideración hacia el «ángel blanco» del Norte lleva a Vogt a violar «la modestia de la naturaleza», incluso allí donde la preservan sus fuentes originales de Dentu, con grosera exageración. En «La vraie Question, France-Italie-Autriche. París 1859» (publicado por Dentu) leyó en la pág. 20:

«Además, ¿con qué derecho el gobierno austriaco invocaría la inviolabilidad de los tratados de 1815, él que los ha violado con la confiscación de Cracovia, cuya independencia garantizaban los tratados?»

Traduce este original francés suyo al alemán del siguiente modo:

«Es extraño oír semejante lenguaje de boca del único gobierno que hasta ahora ha violado insolentemente los tratados, extendiendo, en plena paz, sin motivo, su mano criminal contra la República de Cracovia, garantizada por los tratados, e incorporándola de inmediato al Estado Imperial.» (pág. 58 loc. cit.)

Nicolás, por supuesto, destruyó la constitución y la independencia del Reino de Polonia, garantizadas por los tratados de 1815, por «respeto» a los tratados de 1815. Rusia no mostró menos respeto a la integridad de Cracovia cuando ocupó la ciudad libre con tropas moscovitas en 1831. En 1836, Cracovia fue ocupada de nuevo por rusos, austriacos y prusianos, fue tratada enteramente como un país conquistado, y en 1840, invocando los tratados de 1815, apeló todavía en vano a Inglaterra y Francia. Finalmente, el 22 de febrero de 1846, rusos, austriacos y prusianos ocuparon Cracovia una vez más, para incorporarla a Austria. La violación del tratado fue cometida por las tres potencias del Norte, y la confiscación austriaca de 1846 fue simplemente la última palabra de la invasión rusa de 1831. Por delicadeza hacia el «ángel blanco del Norte», Vogt olvida la confiscación de Polonia y falsea la historia de la confiscación de Cracovia.*

* Palmerston, que se burló de Europa con su ridícula protesta, había trabajado sin descanso en la intriga contra Cracovia desde 1831. (Véase mi folleto: Palmerston y Polonia. Londres 1853.)

El hecho de que Rusia sea «completamente hostil hacia Austria y simpatizante de Francia» no deja a Vogt ninguna duda sobre las tendencias liberadoras de pueblos de Luis Bonaparte, así como el hecho de que «su» (de Luis Bonaparte) «política vaya hoy de la mano de manera más estrecha con la de Rusia» (pág. 30) no le permite ninguna duda sobre las tendencias liberadoras de pueblos de Alejandro II.

La Santa Rusia, por tanto, debe ser considerada en Oriente tan «amiga de las aspiraciones liberales» y del «desarrollo popular y nacional» como la Francia decembrista en Occidente. Esta consigna fue distribuida a todos los agentes del 2 de diciembre. «Rusia», leyó Vogt en la obra publicada por Dentu: La Foi des Traités, les Puissances Signataires et l’Empereur Napoléon III. París 1859 — «Rusia pertenece a la familia de los eslavos, una raza elegida… La gente se ha asombrado del acuerdo caballeresco que ha surgido repentinamente entre Francia y Rusia. Nada más natural: concordancia de principios, unanimidad en cuanto al fin… sumisión a la ley de la santa alianza de gobiernos y pueblos, no para engañar ni constreñir, sino para guiar y ayudar la marcha divina de las naciones. De esta cordialidad la más perfecta (entre Luis Felipe e Inglaterra sólo había entente cordiale, pero entre Luis Bonaparte y Rusia reina la cordialité la plus parfaite) han surgido los más felices efectos: ferrocarriles, emancipación de los siervos, estaciones comerciales en el Mediterráneo, etc.»**

** «La Russie est de la famille des Slaves, race d'élite ... On s'est étonné de l'accord chevaleresque survenu soudainement entre la France et la Russie. Rien de plus naturel: accord des principes, unanimité du but ... soumission à la loi de l'alliance sainte des gouvernements et des peuples, non pour leurrer et contraindre, mais pour guider et aider la marche divine des nations. De la cordialité la plus parfaite sont sortis les plus heureux effets: chemins de fer, affranchissement des serfs, stations commerciales dans la Méditerranée etc.» pág. 33 «La Foi des Traités etc. París 1859».

Vogt se apodera inmediatamente de la «emancipación de los siervos» e insinúa que «el impulso ahora dado… probablemente hará de Rusia más bien un colaborador en las aspiraciones liberales que un enemigo de ellas». (loc. cit. pág. 10.)

Él, al igual que su original de Dentu, remonta el impulso de la llamada emancipación de los siervos rusos a Luis Bonaparte, y con este fin convierte la guerra anglo-turco-franco-rusa que dio el impulso en una «guerra francesa» (pág. 9 loc. cit.)

Como es bien sabido, el llamamiento a la emancipación de los siervos se alzó por primera vez con fuerza y persistencia bajo Alejandro I. El zar Nicolás se ocupó de la emancipación de los siervos durante toda su vida; en 1838 creó con este fin un Ministerio especial de Dominios; en 1843 hizo que este Ministerio tomara medidas preparatorias; y en 1847 incluso promulgó leyes favorables a los campesinos sobre la enajenación de las propiedades territoriales nobiliarias, que sólo el temor a la revolución le llevó a revocar en 1848. Si, por tanto, bajo el «benévolo Zar», como Vogt llama genialmente a Alejandro II, la cuestión de la emancipación de los siervos ha asumido dimensiones más poderosas, ello parece deberse a un desarrollo de las condiciones económicas que ni siquiera un zar puede dominar. Además, la emancipación de los siervos en el sentido del gobierno ruso aumentaría cien veces el poder agresivo de Rusia. Apunta simplemente a la culminación de la autocracia, derribando las barreras que el gran autócrata ha encontrado hasta ahora en los numerosos pequeños autócratas de la nobleza rusa descansando sobre la servidumbre, así como en las comunidades campesinas autónomas, cuya base material, la propiedad comunal, ha de ser destruida por la llamada emancipación.

Da la casualidad de que los siervos rusos entienden la emancipación en un sentido distinto al del gobierno, y la nobleza rusa la entiende en otro sentido aún. El «benévolo Zar» ha descubierto, por tanto, que una emancipación genuina de los siervos es incompatible con su autocracia, exactamente igual que el benévolo Papa Pío IX ha descubierto por el momento que la emancipación italiana es incompatible con las condiciones de existencia del papado. El «benévolo Zar» ve, por consiguiente, en una guerra de conquista y en la ejecución de la política exterior tradicional de Rusia, que, como señala el historiógrafo ruso Karamzin, es «inmutable», el único medio para aplazar la revolución en casa. El príncipe Dolgorukov, en su obra La Vérité sur la Russie, 1860, ha aniquilado críticamente los cuentos de hadas mentirosos sobre el milenio que ha amanecido bajo Alejandro II, difundidos asiduamente por toda Europa desde 1856 por plumas rusas pagadas, proclamados en voz alta por los decembristas en 1859, y repetidos como un loro por Vogt en sus «Estudios».

Incluso antes del estallido de la guerra de Italia, según Vogt, la alianza expresamente fundada para la liberación de las nacionalidades entre el «zar blanco» y el «Hombre de Diciembre» había dado prueba de sí en los Principados del Danubio, donde la unidad e independencia de la nacionalidad rumana quedó sellada con la elección del coronel Cuza como príncipe de Moldavia y Valaquia. «Austria protesta con pies y manos, Francia y Rusia aplauden» (pág. 65, loc. cit.).

En un memorándum (impreso en el *Preußisches Wochenblatt*, 1855), redactado por el gabinete ruso en 1837 para el actual zar, leemos:
«A Rusia no le gusta incorporar estados con elementos heterogéneos de inmediato… En todo caso, parece más conveniente dejar que los países cuya adquisición se ha decidido existan durante algún tiempo bajo jefaturas separadas, pero enteramente dependientes, como hemos hecho en Moldavia y Valaquia, etc.». Antes de incorporar Crimea, Rusia proclamó su independencia.

En una proclama rusa del 11 de diciembre de 1814 se dice, entre otras cosas:
«El emperador Alejandro, vuestro protector, apela a vosotros, polacos. Armaos para la defensa de vuestra patria y la preservación de vuestra independencia política».

¡Y ahora los Principados del Danubio! Desde la entrada de Pedro el Grande en los Principados del Danubio, Rusia ha trabajado por su «independencia». En el Congreso de Nemirov (1737), la emperatriz Ana exigió al sultán la independencia de los Principados del Danubio bajo protectorado ruso. Catalina II, en el Congreso de Focşani (1772), insistió en la independencia de los Principados bajo protectorado europeo.

Alejandro I continuó estos empeños y los selló transformando Besarabia en provincia rusa (Paz de Bucarest, 1812). Nicolás llegó incluso a bendecir a los rumanos, por medio de Kiselev, con el Reglamento Orgánico aún vigente, que organizó la más infame servidumbre entre el júbilo de toda Europa por este código de libertad. Alejandro II se ha limitado a llevar un paso más allá la política de siglo y medio de sus antepasados mediante la cuasi-unificación de los Principados del Danubio bajo Cuza. Vogt descubre que, como resultado de esta unificación bajo un vasallo ruso, «los Principados serían un baluarte contra el avance de Rusia hacia el Sur» (pág. 64, loc. cit.).

Puesto que Rusia aplaude la elección de Cuza (pág. 65, loc. cit.), queda claro como la luz del día que el benévolo zar se cierra a sí mismo, con todas sus fuerzas, «el camino hacia el Sur», aunque «Constantinopla sigue siendo un punto de mira eterno de la política rusa» (loc. cit., pág. 9).

La artimaña de pregonar a Rusia como protectora del liberalismo y de las aspiraciones nacionales no es nada nuevo. Catalina II fue celebrada por toda una hueste de iluministas franceses y alemanes como abanderada del progreso. El «noble» Alejandro I (*le Grec du Bas Empire*, como Napoleón lo llama menos noblemente) hizo en su tiempo el papel de héroe del liberalismo en toda Europa. ¿No bendijo a Finlandia con las bendiciones de la civilización rusa? ¿No dio, en su magnanimidad, a Francia no solo una constitución, sino también un primer ministro ruso, el duque de Richelieu? ¿No fue el jefe secreto de la «Hetairia», mientras, al mismo tiempo, en el Congreso de Verona, a través del comprado Chateaubriand, empujaba a Luis XVIII a la campaña contra los rebeldes españoles? ¿No incitó a Fernando VII, por medio de su confesor, a la expedición contra las colonias hispanoamericanas sublevadas, al tiempo que prometía al presidente de los Estados Unidos de Norteamérica su apoyo contra cualquier intervención de las potencias europeas en el continente americano? ¿No envió a Hypsilantis como «jefe de la santa banda de helenos» a Valaquia, y a través del mismo Hypsilantis traicionó a la banda e hizo asesinar a Vladimirescu, el jefe rebelde valaco? También Nicolás fue saludado antes de 1830 como el héroe liberador de las nacionalidades en todos los idiomas, en verso y en prosa. Cuando en 1828-29 emprendió la guerra contra Mahmud II por la liberación de los griegos —después de que Mahmud, a saber, se hubiera negado a permitir que un ejército ruso marchara para sofocar la rebelión griega—, Palmerston dijo al Parlamento inglés que los enemigos de la Rusia liberadora eran necesariamente los «amigos» de los mayores monstruos del mundo: don Miguel, Austria y el sultán. ¿No dio Nicolás, con cuidado paternal, a los griegos un general ruso, el conde Capo d’Istria, por presidente? Solo que los griegos no eran franceses y asesinaron al noble Capo d’Istria. Aunque, desde el estallido de la Revolución de Julio de 1830, Nicolás desempeñó su papel principalmente como patrón de la legitimidad, no abandonó ni por un momento el trabajar por la liberación de las nacionalidades.

Bastan unos pocos ejemplos. La revolución constitucional de Grecia en septiembre de 1843 fue dirigida por Katakasi, el ministro ruso en Atenas, anteriormente superintendente jefe responsable del almirante Heyden durante la catástrofe de Navarino. El centro de la rebelión búlgara de 1842 fue el consulado ruso en Bucarest. Allí, en la primavera de 1842, el general ruso Duhamel recibió a una diputación búlgara a la que presentó el plan para una insurrección general. Serbia debía servir de reserva de la insurrección y el Hospodariat de Valaquia sería transferido al general ruso Kisseleff. Durante la insurrección serbia (1843), Rusia, por medio de la legación en Constantinopla, empujó a Turquía a tomar medidas violentas contra los serbios, para luego, con ese pretexto, apelar a la simpatía y al fanatismo de Europa contra los turcos.

Ni mucho menos quedó Italia excluida de los planes de liberación del zar Nicolás: *La jeune Italie*, durante un tiempo órgano parisino del partido mazziniano, relata en un número de noviembre de 1843: «los recientes disturbios en la Romaña y los movimientos en Grecia estaban más o menos conectados… El movimiento italiano fracasó porque el partido verdaderamente democrático se negó a unirse a él. Los republicanos no quisieron apoyar un movimiento puesto en marcha por Rusia. Todo estaba preparado para una insurrección general en Italia. El movimiento debía comenzar en Nápoles, donde se esperaba que una parte del ejército se pusiera al frente o hiciera inmediatamente causa común con los patriotas. Tras el estallido de esta revolución, Lombardía, Piamonte y la Romaña debían sublevarse; y se fundaría un imperio italiano bajo el duque de Leuchtenberg, hijo de Eugène Beauharnais y yerno del zar. “Young Italy” frustró el plan.»

*The Times* del 20 de noviembre de 1843 comenta esta comunicación de *La jeune Italie*: «Si este gran propósito —la fundación de un imperio italiano con un príncipe ruso a la cabeza— pudiera lograrse, tanto mejor; pero otra ventaja más inmediata, aunque no tan importante, se obtendría con cualquier levantamiento en Italia: alarmar a Austria y desviar su atención de los temibles (temibles) planes de Rusia en el Danubio».

Después de que Nicolás se hubiera dirigido en vano a «Young Italy» en 1843, envió a Herr von Boutenieff a Roma en marzo de 1844. Boutenieff propuso al Papa, en nombre del zar, que la Polonia rusa fuera cedida a Austria a cambio de Lombardía, la cual formaría un reino noritaliano bajo Leuchtenberg. *The Tablet* de abril de 1844, entonces órgano inglés de la Curia Romana, comenta esta propuesta: «El cebo para la corte romana en este bello plan residía en que Polonia caería en manos católicas, mientras que Lombardía permanecería como antes bajo una dinastía católica. Pero los veteranos diplomáticos de Roma percibieron que, mientras Austria apenas puede conservar sus propias posesiones y, con toda probabilidad humana, tarde o temprano tendrá que ceder nuevamente sus provincias eslavas, una cesión de Polonia a Austria, aun si esta parte de la propuesta se tomara en serio, no sería más que un préstamo reembolsable luego; mientras que la Italia septentrional con el duque de Leuchtenberg caería de hecho bajo la protección rusa, y en poco tiempo, infaliblemente, bajo el cetro ruso. En consecuencia, el plan tan calurosamente recomendado fue, por el momento, archivado».

Hasta aquí *The Tablet* de 1844.

La única circunstancia que justificó la existencia política de Austria desde mediados del siglo XVIII, su resistencia a los avances de Rusia en el este de Europa —una resistencia impotente, inconsecuente, cobarde, pero tenaz—, lleva a Vogt a descubrir que «Austria es el refugio de toda discordia en Oriente» (loc. cit., pág. 56). Con «cierta puerilidad» que tan bien le sienta a su naturaleza gorda, explica la alianza de Rusia con Francia contra Austria, aparte de por las tendencias liberadoras del «zar benévolo», por la ingratitud de Austria hacia los servicios recibidos de Nicolás durante la revolución húngara. «En la propia guerra de Crimea, Austria llegó al límite extremo de la neutralidad armada y hostil. Huelga decir que este comportamiento, que además llevaba el sello de la falsedad y la perfidia, tenía que amargar al gobierno ruso contra Austria en un grado tremendo y, con ello, empujarlo también hacia Francia» (loc. cit., págs. 10, 11). Rusia, según Vogt, sigue una política sentimental. La gratitud que Austria mostró al zar a expensas de Alemania durante el Congreso de Varsovia de 1850 y mediante la campaña de Schleswig-Holstein no satisface aún al agradecido Vogt.

El diplomático ruso Pozzo di Borgo, en su famoso despacho fechado en París, octubre de 1825, dice, tras enumerar previamente las intrigas de Austria contra los planes de intervención de Rusia en Oriente: «Nuestra política nos ordena, pues, presentarnos ante ese Estado (Austria) bajo una forma terrible y convencerlo, mediante nuestros preparativos, de que si se aventura a un movimiento contra nosotros, la tormenta más salvaje que jamás haya experimentado estallará sobre su cabeza». Después de que Pozzo haya amenazado con la guerra desde fuera y la revolución desde dentro, haya descrito la toma por Austria de las provincias turcas «adecuadas para ella» como una posible solución pacífica, y haya pintado a Prusia simplemente como un aliado subordinado de Rusia, continúa: «Si la corte de Viena hubiera cedido a nuestros buenos propósitos e intenciones, el plan del gabinete imperial se habría cumplido hace mucho tiempo, un plan que se extiende no solo a la toma de los Principados del Danubio y Constantinopla, sino incluso a la expulsión de los turcos de Europa». En 1830, como es bien sabido, se concertó un tratado secreto entre Nicolás y Carlos X. Estipulaba: Francia permite a Rusia la toma de Constantinopla y recibe en compensación las provincias del Rin y Bélgica; Prusia es indemnizada con Hannover y Sajonia; Austria recibe una porción de las provincias turcas en el Danubio. El mismo plan fue presentado nuevamente al gabinete de Petersburgo bajo Luis Felipe, a instigación de Rusia, por Molé. Poco después, Brunnow viajó con el documento a Londres, donde fue comunicado al gobierno inglés como prueba de la perfidia de Francia y utilizado para formar la coalición antifrancesa de 1840.

Veamos ahora cómo, según la idea de Vogt, inspirada por sus fuentes originales de París, Rusia, de acuerdo con Francia, debía explotar la guerra italiana. La composición «nacional» de Rusia, y en particular la «nacionalidad polaca», podría parecer que presenta algunas dificultades para un hombre cuya «estrella polar es el principio de nacionalidad», pero: «el principio de nacionalidad ocupa un alto lugar entre nosotros, y el principio de libre autodeterminación, aún más alto» (pág. 121, loc. cit.).

Cuando Rusia se anexionó, por los tratados de 1815, la parte con mucho mayor de la Polonia propiamente dicha, obtuvo una posición tan avanzada hacia el oeste, incrustándose como una cuña no solo entre Austria y Prusia, sino entre Prusia Oriental y Silesia, que ya en aquel entonces oficiales prusianos (Gneisenau, por ejemplo) llamaron la atención sobre lo insoportable de semejantes relaciones fronterizas con un vecino prepotente. Pero cuando el sometimiento de Polonia en 1831 puso ese territorio a merced de los rusos, se reveló por primera vez el verdadero significado de la cuña. Las fortificaciones, trazadas a la mayor escala en Varsovia, Modlin, Ivangorod, el sojuzgamiento de Polonia solo servían de pretexto. Su verdadero propósito era el completo dominio estratégico de la región del Vístula, el establecimiento de una base de ataque hacia el norte, el sur y el oeste. Incluso Haxthausen, que delira por el zar ortodoxo y por todo lo ruso, ve aquí un peligro y una amenaza bien decididos para Alemania. La posición fortificada de los rusos sobre el Vístula amenaza a Alemania más que todas las fortalezas francesas juntas, especialmente desde el momento en que la resistencia nacional de Polonia cesa y Rusia puede disponer de la fuerza guerrera de Polonia como su propia fuerza agresiva. Vogt, por tanto, tranquiliza a Alemania asegurándole que Polonia es rusa por libre autodeterminación.

«Sin duda —dice—, sin duda, gracias a los denodados esfuerzos del partido popular ruso, el abismo que se abría entre Polonia y Rusia se ha reducido considerablemente, y tal vez solo se necesite un leve impulso para colmarlo del todo» (loc. cit., pág. 12). Ese leve impulso había de proporcionarlo la guerra italiana. (Sin embargo, Alejandro II se convenció durante esa guerra de que Polonia aún no estaba a la altura de Vogt.) Polonia, subsumida en Rusia por «libre autodeterminación», atraería, como cuerpo central, a los miembros del antiguo reino polaco que languidecen bajo dominio extranjero y están separados de ella, por la ley de la gravedad. Para que este proceso de atracción pudiera llevarse a cabo con mayor facilidad, Vogt aconseja a Prusia que aproveche el momento para deshacerse del «apéndice eslavo» (pág. 17, loc. cit.), es decir, Posen (pág. 97, loc. cit.), y probablemente también de Prusia Occidental, ya que solo Prusia Oriental es reconocida como «territorio verdaderamente alemán». Los miembros desprendidos de Prusia caerían naturalmente en seguida sobre el cuerpo central absorbido en Rusia, y el «territorio verdaderamente alemán» de Prusia Oriental se convertiría en un enclave ruso. Por otra parte, en cuanto a Galitzia, que también está incorporada a Rusia en el mapa «L’Europe en 1860», su separación de Austria radicaba precisamente en el objetivo de la guerra: liberar a Alemania de las posesiones no alemanas de Austria. Vogt recuerda que «antes de 1848 se encontraba en Galitzia con más frecuencia el retrato del zar ruso que el del emperador austríaco» (pág. 12, loc. cit.), y «con la destreza nada común que Rusia posee para urdir tales intrigas, existiría aquí un motivo considerable de aprensión para Austria» (loc. cit.). Pero se sobreentiende que, para desembarazarse del «enemigo interior», Alemania debe permitir tranquilamente que los rusos «empujen tropas a la frontera» (pág. 13), las cuales apoyen esas intrigas. Mientras Prusia separa de sí misma sus provincias polacas, Rusia, aprovechando la guerra italiana, debía desprender Galitzia de Austria, del mismo modo que Alejandro I ya en 1809 recibió un trozo de Galitzia como pago por su apoyo meramente teatral a Napoleón I. Es sabido que Rusia reclamó con éxito, en parte de Napoleón I y en parte del Congreso de Viena, una parte de los territorios polacos que originalmente habían correspondido a Austria y Prusia. En 1859, según Vogt, había llegado el momento de unir toda Polonia con Rusia. En lugar de la emancipación de la nacionalidad polaca de los rusos, austríacos y prusianos, Vogt exige la disolución y absorción de todo el antiguo reino polaco en Rusia. ¡Finis Poloniae! Esta «idea rusa» de la «restauración de Polonia», que recorrió toda Europa inmediatamente después de la muerte del zar Nicolás, ya es denunciada en marzo de 1855 en el folleto «The New Hope of Poland», de David Urquhart.

Pero Vogt aún no ha hecho bastante por Rusia.

«La extraordinaria amabilidad —dice este amable compañero—, casi el espíritu fraternal con que los rusos trataron a los revolucionarios húngaros contrastaba tan agudamente con la conducta de los austríacos, que no podía dejar de producir todo su efecto. Al derribar al partido (nota bene: según Vogt, Rusia derribó, no a Hungría, sino al partido), pero tratándolo con indulgencia y cortesía, Rusia sentó las bases para una opinión que puede expresarse aproximadamente como sigue: que de dos males hay que elegir el menor, y que, en el caso dado, Rusia no es el mayor.» (págs. 12, 13, loc. cit.)

Con qué «extraordinaria amabilidad, indulgencia, cortesía», casi «espíritu fraternal», el Falstaff de Plon-Plon escolta a los rusos a Hungría y se convierte en el «canal» de la ilusión en la que naufragó la

El señor Vogt – VIII. Da-Da Vogt y sus estudios

Revolución húngara de 1849.* Fue el partido de Görgei el que en aquel tiempo difundió la creencia en un príncipe ruso como futuro rey de Hungría y con esta creencia quebrantó la fuerza de resistencia de la Revolución húngara.*

* Fue, dice el coronel polaco Lapinski, que combatió en el ejército revolucionario húngaro hasta la rendición de Komorn y más tarde contra los rusos en Circasia, «fue la desgracia de los húngaros el no conocer a los rusos». (Theophil Lapinski: Feldzug der ungarischen Hauptarmee im Jahre 1849. Hamburgo 1850, pág. 216.) «El gabinete de Viena estaba por completo en manos de los rusos… por consejo de ellos fueron asesinados los jefes… mientras los rusos se ganaban por todos los medios la simpatía, Austria era obligada por ellos a hacerse aún más odiada de lo que nunca lo había sido». (loc. cit., págs. 188, 189.)

** El general Moriz Perczel, honorablemente conocido por la guerra revolucionaria húngara, se retiró, mientras aún proseguía la campaña de Italia, de los oficiales húngaros reunidos en torno a Kossuth en Turín, y expuso las razones de su retirada en una declaración pública: por un lado, Kossuth no hacía más que de espantajo bonapartista; por otro, la perspectiva del futuro ruso de Hungría. En una respuesta (fechada en St. Helier, 19 de abril de 1860) a una carta en la que yo le pedía informaciones más detalladas sobre esa declaración, me dice, entre otras cosas: «Jamás serviré de instrumento para rescatar a Hungría de las garras del águila bicéfala solo para entregarla a la ternura mortal del oso del Norte.»

Careciendo de un asidero especial sobre raza alguna, los Habsburgo antes de 1848 basaban naturalmente su dominio sobre Hungría en la nacionalidad gobernante: los magiares. Dicho sea de paso, Metternich fue el gran conservador de las nacionalidades. Las utilizaba mal a unas contra otras, pero las necesitaba para utilizarlas mal. De ahí que las conservara. Compárese Posen y Galitzia. Después de la revolución de 1848-49, la dinastía de los Habsburgo, que había derrotado a alemanes y magiares por medio de los eslavos, intentó, imitando a José II, llevar por la fuerza al poder en Hungría al elemento alemán. Por miedo a Rusia, los Habsburgo no se atrevieron a arrojarse en brazos de sus salvadores, los eslavos. Su reacción estatal total en Hungría se dirigió aún más contra sus salvadores, los eslavos, que contra sus vencidos, los magiares. En la lucha con sus propios salvadores, la reacción austríaca, por tanto, como ha demostrado Szemere en su folleto «Hungary, 1848–1860. London 1860», empujó a los eslavos de nuevo bajo la bandera del magiarismo. El dominio austríaco sobre Hungría y el dominio de los magiares en Hungría coincidieron, pues, antes y después de 1848. Muy diferente con Rusia, ya domine Hungría directa o indirectamente. Sumando los elementos de linaje afín y de religión afín, Rusia dispone de inmediato de la mayoría no magiar de la población. La raza magiar sucumbe enseguida a los eslavos de linaje afín y a los valacos de religión afín. El dominio ruso en Hungría es, por tanto, sinónimo de la ruina de la nacionalidad húngara, es decir, de la Hungría históricamente vinculada al dominio de los magiares.**