1. EXPULSIÓN DE SCHILY DE SUIZA

Una carta de Schily acerca de su expulsión de Suiza, que
ejemplifica el trato dado a los refugiados no parlamentarios**,
lamentablemente sólo puede imprimirse en extracto, debido a la
falta de espacio. La carta comienza narrando cómo dos
refugiados alemanes, B. e I.*, ambos amigos de Schily, partieron
de Ginebra, fueron arrestados durante su viaje por Suiza y,
tras ser liberados por Druey, regresaron a Ginebra.

«A petición suya —prosigue Schily— fui a ver a Fazy para averiguar si alguien
los buscaba, y él me tranquilizó diciéndome que no había motivo a
nivel cantonal para perturbar su incógnito y que tampoco le habían
llegado indagaciones a nivel federal. Haría bien, no obstante, en entrevistarme
con el chef du département de justice et de police, el Sr. Girard, mencionando su nombre
y lo que me había dicho. Así lo hice, con más o menos el mismo éxito, dejando
mi dirección por si acaso hubiera averiguaciones federales. Pocas semanas
después me visitó un oficial de policía pidiéndome que le diera la dirección de
B. e I. Me negué, me apresuré a ver al mencionado Girard y, al amenazarme éste
con la expulsión si no le daba la dirección, le expliqué
que, según nuestro acuerdo previo, se podía apelar a mí como
intermediario, pero no como delator. A lo que replicó: “Vous avez l’air de
vouloir vous interposer comme ambassadeur entre moi et ces réfugiés, pour traiter
de puissance à puissance.”⁠⁾ Respondí: “Je n’ai pas l’ambition d’être accrédité
ambassadeur près de vous.”⁠ᶜ Y, en efecto, fui entonces despedido sin ninguna de las
ceremonias propias de los embajadores. De camino a casa supe que B.
e I. acababan de ser descubiertos, que habían sido arrestados y conducidos lejos, de modo que
pude considerar superada por los acontecimientos la amenaza de Girard. Pero había hecho
cuentas sin el 1 de abril, pues en ese ominoso día de 1852 fui requerido por un oficial de policía, en medio
de la calle, para que lo acompañara al Hôtel de Ville, donde se me harían algunas preguntas.

a Elard Biscamp y Peter Imandt.— Ed.
b «Parece que quisiera usted actuar de embajador entre yo y esos refugiados, para negociar de potencia a potencia.»— Ed.
c «No tengo la ambición de ser acreditado como embajador ante usted.»— Ed.

Una vez allí, el Consejero de Estado Tourte, Comisario ginebrino para la expulsión de refugiados y ad latus⁠ᵃ de Trog, su homólogo a nivel federal, que por casualidad se encontraba en Ginebra en ese momento, me explicó que yo era expulsado y que debía enviarme a Berna sin demora; todo ello con gran pesar suyo, ya que no había queja alguna contra mí a nivel cantonal, pero el Comisario Federal insistía en mi expulsión. A mi solicitud de que se me permitiera ver a éste último, respondió: “Non, nous ne voulons pas que le commissaire fédéral fasse la police ici.”⁠⁾ Esta declaración contradecía, por supuesto, la anterior, y en general abandonaba ahora su papel de Consejero de Estado ginebrino, que consistía en resistir las demandas federales de expulsión con mojigatez liberal, en ceder sólo ante la fuerza, a veces también cediendo, con placer o resignación, a la aplicación de gentle pressure⁠ᶜ. Otro rasgo de este papel era divulgar que la persona expulsada era un espía y que había sido necesario expulsarla en interés de la «buena causa»... Así, Tourte dijo después a los refugiados que había tenido que deshacerse de mí porque yo estaba en connivencia con el Comisario Federal, con quien había intentado frustrar las medidas de él (Tourte) para proteger a los refugiados, es decir, que yo estaba en connivencia con el mismo Comisario que, muy a su pesar, había dado órdenes de expulsarme. ¡Quelles tartines!⁠ᵈ ¡Qué mentiras y contradicciones! ¡Y todo por un poco de aura popularis!⁠ᵉ Por supuesto, de viento se sirve ese caballero para mantener su globo en el aire. Gran Consejero y Consejero de Estado de Ginebra, miembro del Consejo de los Estados o del Consejo Nacional suizo, Consejero nato de la Confusión, sólo le falta ser miembro del Consejo Federal para asegurar a Suiza días de paz conforme al dicho: Providentia Dei et confusione hominum Helvetia salva fuit.»⁠ᶠ

Al llegar a Londres, Schily envió una carta de protesta sobre la calumnia de Tourte al Indépendant de Ginebra, periódico que estaba bajo la influencia de Raisin, a quien mencionaremos más adelante, y que poco antes había impreso un mordaz ataque contra las absurdas invenciones calumniosas con que «los faiseurs liberales⁠ᵍ estaban expulsando a los refugiados de Suiza». Su carta no fue publicada.

«Desde el Hôtel de Ville de Ginebra —prosigue Schily— fui trasladado a la cárcel, y al día siguiente fui enviado en diligencia a Berna con una escolta policial. Allí, el Sr. Druey me mantuvo en estrecha reclusión durante dos semanas en la llamada Torre Vieja...»

En su correspondencia con Schily encarcelado, a la que nos referiremos a su debido tiempo, Druey cargaba toda la culpa sobre el Cantón de Ginebra, mientras que Tourte, por su parte, había aseverado que toda la responsabilidad recaía sobre las autoridades federales, ya que no había

a Ayudante.— Ed.
b «No, no queremos que el comisario federal haga de policía aquí.»— Ed.
c Marx utiliza la expresión inglesa: «gentle pressure» (presión suave).— Ed.
d ¡Qué sandeces!— Ed.
e Soplo de popularidad (frase del De haruspicum responso de Cicerón, 20, 43).— Ed.
f La providencia de Dios y la confusión de los hombres han sido la salvación de Suiza.— Ed.
g Entrometidos.— Ed.

queja alguna contra él por parte del Cantón de Ginebra.
Poco antes había recibido de Raisin, el juez de instrucción ginebrino,
una seguridad similar. Schily dice, entre otras cosas,
lo siguiente acerca de este último caballero:

«Con ocasión del Certamen Federal de Tiro celebrado en Ginebra en el verano de 1851, Raisin se había hecho cargo de la redacción del Journal du tir fédéral, que aparecía en francés y alemán. Me contrató para trabajar en el periódico, prometiéndome unos honorarios de 300 francos a cambio de lo cual debía, entre otras cosas, registrar flagrante delicto⁠ᵃ los discursos de apertura y clausura en alemán del Presidente del Comité, Tourte. Le debo gratitud a Tourte por haberme facilitado mucho la tarea con su costumbre de dirigir más o menos las mismas entusiastas palabras a las diversas diputaciones de tiradores, variando ligeramente sus frases según estuviera elogiando al Oso de Berna, al Toro de Uri⁠⁾ o a otros miembros de la Confederación. En particular, cuando llegaba al estribillo “¡Pero si alguna vez llega el momento del peligro, entonces nosotros, etc.!”, yo dejaba tranquilamente la pluma y, cuando Raisin preguntaba por qué, podía responder: c’est le refrain du danger, je le sais par coeur.⁠ᶜ En lugar de mis 300 francos de honorarios, ganados con tanto esfuerzo, sólo conseguí sacarle 100 a Raisin, y con la mayor dificultad, aunque me abrió la perspectiva de colaborar en una revista política que pensaba fundar en Ginebra para ser independiente de todos los partidos existentes y poder oponerse a cualquier bando y especialmente al gobierno entonces “liberal” de Fazy y Tourte, aunque él mismo pertenecía a él. Era precisamente el hombre adecuado para semejante empresa, capaz, como solía jactarse, “d’arracher la peau à qui que ce soit”...⁠ᵈ En consecuencia, me encargó que estableciera contactos para este periódico en el curso de un viaje por Suiza que emprendí después de mis labores en el Tiro Federal. Así lo hice, y a mi regreso redacté un informe escrito sobre los resultados obtenidos. Mientras tanto, sin embargo, el viento había empezado a soplar de otra dirección y él se encontró retornando a toda vela de su expedición de piratería al pacífico puerto del gobierno existente. J’en étais donc pour mes frais et honoraires,⁠ᵉ que en vano le reclamé y sigo reclamándole hasta hoy, sin haber recibido nada aún, aun cuando ahora es un hombre rico... Poco antes de mi arresto me aseguró categóricamente que ni se hablaba de mi expulsión, que su amigo Tourte le había asegurado personalmente que no era necesario que yo tomara medidas preventivas con respecto a las amenazas de Girard, etc... En respuesta a una carta que le envié de profundis,⁠ᶠ desde mi vieja torre-prisión, pidiéndole un pequeño adelanto del dinero que me debía y una explicación de lo sucedido (mi arresto, etc.), guardó un obstinado silencio, aun cuando aseguró a la persona que le llevó el mensaje que atendería todas mis peticiones...

«Unos meses más tarde recibí una carta de K.⁠ᵍ, un hombre fiable y sin prejuicios, informándome de que mi expulsión había sido obra de los parlamentarios

a En el acto mismo de cometer la falta.— Ed.
b Alusión a los escudos de armas de los Cantones de Berna y Uri.— Ed.
c «Es el estribillo del peligro, me lo sé de memoria.»— Ed.
d «De desollar vivo a cualquiera.»— Ed.
e Con eso se quedaron mis gastos y honorarios.— Ed.
f Literalmente: desde lo profundo. Figuradamente: desde un estado de extremo sufrimiento (Salmos 130:1).— Ed.
g Presumiblemente, una carta de Friedrich Kamm escrita en 1852.— Ed.

refugiados, y esto fue confirmado mordicus⁠ᵃ por unas pocas líneas escritas por Ranickel, que adjuntaba. Esta opinión fue confirmada también por muchos observadores experimentados con quienes tuve ocasión más tarde de discutir el asunto... Sin embargo, yo no odiaba a los parlamentarios como aquella hiena de Reinach, que solía arrastrar, día tras día, al finado Regente Imperial Vogt desde la tumba imperial a la mesa del comedor en Berna, donde Vogt se sentaba como la reencarnación del “Prometeo encadenado”, y luego, entre poire et fromage,⁠⁾ devoraba salvajemente tanto a su momia como a la forma reencarnada, para horror de los presentes. Es cierto que yo no era un admirador de los hechos de los parlamentarios, ¡todo lo contrario! Pero ¿es probable que estos señores pretendieran castigarme por ello con una proscripción imperial —considerando a Suiza parte del Imperio, porque tanto la Constitución Imperial como la más reciente resolución de la Dieta Imperial yacen enterradas allí? Creo más probable que la presunción de su persecución contra mí esté relacionada con la rebelión parlamentaria mencionada en mi carta anterior⁠ᶜ contra el Comité de Refugiados de Ginebra formado por mí, Becker y varios ciudadanos ginebrinos... El motivo por el que estos señores deseaban usurpar el derecho a distribuir los fondos de los refugiados era algo en lo que ni siquiera entre ellos estaban de acuerdo. Algunos, entre ellos Dentzel, de la pequeña Cámara de Baden, preferían, contrariamente a nuestra práctica de socorrer sobre todo a los trabajadores sin medios, enjugar las lágrimas de los sufrientes profesionales, héroes de la revolución, hijos patriotas de la nación, que habían conocido días mejores... Is fecit cui prodest,⁠ᵈ como se dice en el oficio, y dado que mis actividades eran, en verdad, inconvenientes para estos señores, surgió la sospecha de que se habían valido de su influencia en altas esferas para provocar mi expulsión. Se sabía que tenían el aurem principis⁠ᵉ o, al menos, estaban lo bastante cerca de él como para susurrar algo sobre mi inquietud, y que especialmente el princeps Tourte los había reunido con frecuencia en torno a sí...»

Tras describir cómo fue trasladado de la Torre Vieja de Berna a Basilea y luego a la frontera francesa, Schily continúa:

a Tenazmente.— Ed.
b Entre pera y queso, expresión figurada: en la sobremesa.— Ed.
c La carta de Schily del 5 de marzo de 1852.— Ed.
d Lo hizo aquel a quien aprovecha.— Ed.
e El oído del príncipe.— Ed.

En cuanto a los gastos que supuso la expulsión de refugiados, abrigo la esperanza de que los costes no fueran sufragados por el Tesoro Federal, sino por el de la Santa Alianza. Pues un día, bastante tiempo después de nuestra entrada en Suiza, la princesa Olga estaba sentada almorzando en un restaurante de Berna con el encargado de negocios ruso allí destinado. f *Entre poire et fromage (sans comparaison* con el terrible Reinach), Su Alteza comentó a su compañero de mesa: «*Eh bien, Monsieur le baron, avez-vous encore beaucoup de réfugiés ici?*» «*Pas mal, Princesse*», respondió él, «*bien que nous en ayons déjà beaucoup renvoyé. M. Druey fait de son mieux à cet égard, et si de nouveaux fonds nous arrivent, nous en renverrons bien encore.*» g Esto fue oído y me lo transmitió el camarero de servicio, antaño voluntario en la campaña imperial donde sirvió bajo mi augusto mando.

f Pavel Alexéyevich Krüdener.— *Ed.*

g «—Bueno, barón, ¿tienen todavía muchos refugiados aquí? —Bastantes, Alteza, aunque ya hemos enviado de vuelta a muchos. El Sr. Druey hace cuanto puede a este respecto, y si nos llegan nuevos fondos, podremos enviar de vuelta a muchos más.»— *Ed.*

Durante el traslado de Schily, sus efectos de viaje desaparecieron misteriosa e irremisiblemente.

«Hasta el día de hoy ha seguido siendo un misterio cómo pudieron desaparecer mis efectos en El Havre del caos de bultos que acompañaban a un tren de emigrados alemanes (en el cual habíamos sido incorporados en Basilea por Klenk, el agente de emigración, a quien las autoridades federales habían contratado para transportarnos a El Havre, con el resultado de que todo el equipaje perteneciente a refugiados y emigrantes se había mezclado irremediablemente), a menos que se hubiera logrado con la ayuda de una lista de los refugiados y su equipaje. Quizá el cónsul suizo en El Havre, el comerciante Wanner, a quien fuimos remitidos para nuestro transporte ulterior, sepa más al respecto. Nos prometió que seríamos plenamente indemnizados. Druey confirmó más tarde esta promesa en una carta que envié al abogado Vogt en Berna para que pudiera proseguir el asunto ante el Consejo Federal. Sin embargo, hasta ahora no he podido recuperar esa carta de él, ni he recibido respuesta jamás a ninguna de las cartas que le escribí. Por otro lado, en el verano de 1856 mi queja fue rechazada por el Consejo Federal y se me conminó a guardar silencio, sin darme razón alguna de esta decisión....

»Todo esto y todas las expulsiones que implican a tantos gendarmes, esposas, etc., son meras trivialidades, sin embargo, comparadas con la disposición particularmente acogedora de buena vecindad de enviar a casa a los llamados infractores menos graves de la campaña de Baden, proveyéndoles de salvoconductos especiales e instruyéndoles para que se presentaran a su llegada ante las autoridades locales donde, en lugar de permitírseles reanudar sus ocupaciones, como se les había hecho esperar, fueron sometidos a toda suerte de penitencias inesperadas. Los silenciosos sufrimientos de todos los así extraditados (pues extradición es la palabra correcta) aún esperan su cronista y vengador.

»El Tácito suizo que habla de Suiza dice que honra a un hombre “si sus faltas pueden mencionarse sin menoscabo de su grandeza”. No faltan materiales para el elogio de este tipo; alabar a Suiza de esta manera no estropea su figura ... *qui aime bien châtie bien* a. Y, de hecho, yo por mi parte siento un amor incontenible por Suiza en términos generales. Me gustan tanto el país como el pueblo. Conservando un fusil como parte de su ajuar doméstico, siempre presto y diestro en usarlo para proteger tradiciones históricas de buena reputación y conquistas modernas de buena calidad, el suizo merece definitivamente respeto a mis ojos. Tiene derecho a las simpatías de los demás porque él mismo siente simpatía por otros que luchan por mejorar su situación. “Hubiera preferido que Dios perdiera a su mejor par de ángeles”, dijo un campesino suizo en su enfado por el fracaso del levantamiento del sur de Alemania. Puede que no estuviera dispuesto a arriesgar por ello una yunta de sus caballos, pero habría sido más probable que arriesgara su pellejo y su fusil. En su fuero interno, el suizo no es neutral, aunque practique la neutralidad a causa de sus posesiones heredadas y para preservarlas. Dicho sea de paso, la vieja costra de neutralidad que reviste su mejor naturaleza probablemente estallará pronto en pedazos con todas esas plantas extranjeras que la pisan —pues ésa es, después de todo, la esencia de la neutralidad— y se producirá un gran estallido que despejará el ambiente.»

a Quien bien ama, bien castiga.— *Ed.*

Hasta aquí la carta de Schily. En la Torre de la Prisión en Berna no pudo concertar una entrevista personal con Druey, pero sí logró intercambiar cartas con aquel caballero. En respuesta a una carta de Schily en la que indagaba los motivos de su arresto y pedía permiso para consultar a su abogado, el Sr. Wyss en Berna, Druey escribió el 9 de abril de 1852.

«*... l’autorité génevoise a ordonné votre renvoi du Canton, vous a fait arrêter et conduire à Berne à la disposition de mon département, parce que vous vous êtes montré un des réfugiés les plus remuants et que vous avez cherché à cacher I. et B., que vous vous étiez engagé à représenter à l’autorité. Pour ce motif et parce que votre séjour ultérieur en Suisse nuirait aux relations internationales de la Confédération, le Conseil fédéral a ordonné votre renvoi du territoire suisse, etc. ... Comme votre arrestation n’a pas pour but un procès criminel ou correctionnel, mais une mesure de haute politique ... il n’est pas nécessaire que vous consultiez l’avocat. D’ailleurs, avant de ... autoriser l’entrevue que vous me demandez avec M. l’avocat Wyss, je désire savoir le but de cette entrevue.*» b

b «... la autoridad ginebrina ha ordenado su expulsión del Cantón, le ha hecho arrestar y conducir a Berna a disposición de mi departamento, porque usted se ha mostrado como uno de los refugiados más inquietos y ha tratado de ocultar a I. y B., a quienes usted se había comprometido a presentar a la autoridad. Por este motivo y porque su permanencia ulterior en Suiza perjudicaría las relaciones internacionales de la Confederación, el Consejo Federal ha ordenado su expulsión del territorio suizo, etc. ... Como su arresto no tiene por fin un proceso penal o correccional, sino una medida de alta política ... no es necesario que usted consulte al abogado. Por lo demás, antes de ... autorizar la entrevista que usted me solicita con el Sr. abogado Wyss, deseo saber el objeto de esa entrevista.»— *Ed.*

Las cartas que a Schily se le permitió, tras numerosas quejas, escribir a sus amigos de Ginebra tenían todas que ser sometidas previamente a la inspección del Sr. Druey. En una de estas cartas, Schily empleó la expresión «*Vae victis*». Druey le escribió al respecto en una carta fechada el 19 de abril de 1852:

«*Dans le billet que vous avez adressé à M. J.* c, *se trouvent les mots: vae victis... Cela veut-il dire que les autorités fédérales vous traitent en vaincu? S’il en était ainsi, ce serait une accusation mensongère, contre laquelle je devrais protester.*» d

c Abraham Jacoby.— *Ed.*

d «En la esquela que usted ha dirigido al Sr. J. se encuentran las palabras: *vae victis...* ¿Quiere eso decir que las autoridades federales le tratan a usted como a un vencido? Si así fuera, sería una acusación mentirosa, contra la cual debería protestar.»— *Ed.*

Schily respondió al poderoso Druey en una carta fechada el 21 de abril de 1852:

«*Je ne pense pas, M. le conseiller fédéral, que cette manière de caractériser les mesures prises à mon égard puisse me valoir le reproche d’une accusation mensongère; du moins un pareil reproche ne serait pas de nature à me faire revenir de l’idée que je suis traité avec dureté; au contraire, adressé à un prisonnier, par celui qui le tient en prison, une telle réponse me paraîtrait une dureté de plus.*» e

e «No creo, Sr. Consejero Federal, que esta manera de caracterizar las medidas tomadas respecto a mí pueda valerme el reproche de una acusación mentirosa; por lo menos, semejante reproche no sería de tal naturaleza que me hiciera desistir de la idea de que se me trata con dureza; por el contrario, dirigida a un prisionero, por quien lo mantiene en prisión, tal respuesta me parecería una dureza más.»— *Ed.*

Hacia finales de marzo de 1852, poco antes del arresto de Schily y de la deportación de otros refugiados no parlamentarios, el reaccionario *Journal de Genève* publicó toda suerte de habladurías descabelladas sobre conspiraciones comunistas entre los refugiados alemanes en Ginebra: se decía que el Sr. Trog estaba atareado limpiando un nido de comunistas alemanes con una prole de 84 dragonas comunistas dentro, etc. Al lado de este periódico ginebrino reaccionario, un escribiente de Berna que pertenecía a la banda parlamentaria —cabe suponer que fue Karl Vogt, puesto que en el «Magnum Opus» afirma repetidamente que fue él quien salvó a Suiza de las garras de los refugiados comunistas— estaba atareado difundiendo noticias similares en el *Frankfurter Journal* bajo las iniciales «ss». Por ejemplo, escribió que el Comité de Ginebra para ayudar a los refugiados alemanes, un comité compuesto por comunistas, había sido derribado a causa de su distribución no equitativa de los fondos disponibles, y que había sido reemplazado por hombres rectos (a saber, parlamentarios) que pronto pondrían fin a estas malas prácticas. Escribió además que el dictador de Ginebra parecía por fin dispuesto a cumplir las ordenanzas de los comisarios federales, ya que poco antes dos refugiados alemanes pertenecientes a la facción comunista habían sido arrestados y traídos de Ginebra a Berna, etc. El *Schweizerische National-Zeitung*, que aparece en Basilea, publicó una respuesta desde Ginebra en su número 72, del 25 de marzo de 1852, en la que se decía entre otras cosas:

«Toda persona imparcial sabe que, así como Suiza se ocupa únicamente de la consolidación y el desarrollo constitucional de sus conquistas políticas, así también los débiles restos de la emigración alemana en este país están ocupados por entero en ganarse el pan de cada día y en otras actividades perfectamente inocuas, y que los cuentos de hadas sobre el comunismo son producto de alucinaciones por parte de filisteos o bien son urdidos por delatores con intereses políticos o personales.»

Después de calificar al corresponsal parlamentario bernés del *Frankfurter Journal* como uno de estos delatores, el artículo concluye:

«Los refugiados aquí son de la opinión de que en sus filas hay un número de los llamados “hombres decentes” según el modelo de los antiguos “Biedermänner y Bassermänner del Imperio” f que, impulsados por la nostalgia de las ollas de carne de su patria, buscan allanar el camino para su propio perdón ante sus gobernantes nativos mediante expectoraciones reaccionarias de este tipo. Quisiéramos enviarles nuestros mejores deseos de un pronto viaje, ya que entonces dejarán de comprometer a los refugiados y al gobierno que les da asilo.»

f Un juego de palabras con los nombres de Friedrich Karl Biedermann y Friedrich Daniel Bassermann. *Biedermann* significa «hombre honesto» y, en sentido irónico, «filisteo». *Bassermann* significa «vagabundo sin hogar» o «mendigo».— *Ed.*

Schily era conocido entre los refugiados parlamentarios como el autor de este artículo. Apareció en el *National-Zeitung* de Basilea el 25 de marzo, y el 1 de abril tuvo lugar el arresto completamente inmotivado de Schily. «*Tantaene animis caelestibus irae?*»

2. EL CONGRESO REVOLUCIONARIO EN MURTEN

Después del escándalo de Murten^a, los refugiados alemanes en Ginebra, a excepción de los parlamentarios refugiados, publicaron una protesta dirigida “Al Supremo Departamento de Justicia y Policía de la Confederación”, de la cual imprimo el siguiente pasaje 7*°:

“... Los monarcas no se contentaron con sus anteriores conquistas diplomáticas. Hicieron sonar sus sables en toda Suiza y amenazaron con la ocupación militar para barrer por completo a los refugiados. El Consejo Federal, en todo caso, ha expresado su preocupación por este peligro en un documento oficial. ¡Y hete aquí! Se produjeron más deportaciones, justificadas esta vez por la notoria asamblea de Murten y por la afirmación de que la investigación subsiguiente había descubierto huellas de actividades políticas y propagandísticas. En lo que a los hechos respecta, esta afirmación debe ser rechazada categóricamente.... Sin embargo, desde el punto de vista jurídico, es importante tener presente que donde impera el estado de derecho, las acciones proscritas por la ley sólo pueden ser castigadas con las penas establecidas por la ley, y esto vale también para la deportación, si no ha de aparecer como una acción arbitraria de la policía. ¿O acaso también aquí se pretendía jugar la baza de la diplomacia contra nosotros y decir: nos hemos visto forzados a actuar así por consideración hacia las potencias extranjeras, en interés de las relaciones internacionales? Muy bien, entonces, si ésta es la situación, la cruz de la Confederación^c debería esconder su rostro avergonzada ante la media luna turca, la cual, cuando los esbirros que buscan refugiados llaman a la Puerta^d, muestra sus cuernos y no se arrastra hasta la cruz^e. Si ésta es la situación, entonces dennos nuestros pasaportes para que podamos ir a Turquía y, cuando la puerta se haya cerrado tras nosotros, entreguen las llaves del bastión suizo de la libertad a la Santa Alianza como feudum oblatum^f y osténtenlas en adelante como insignias de chambelanes de la Santa Alianza, con la divisa: ¡Finis Helvetiae!^g”

3. CHERVAL

Por la carta de Joh. Ph. Becker^a me di cuenta de que el “asociado de Marx” o los “asociados” de Cherval mencionados por el Vogt del Imperio^b sólo podían ser el señor Stecher, actualmente residente en Londres. Hasta ese momento no había tenido el honor de conocerlo personalmente, aunque había oído muchas descripciones elogiosas de sus grandes y polifacéticos talentos artísticos. A raíz de la carta de Becker, nos encontramos por primera vez. La siguiente es una carta de mi “asociado” a mí.^c

“17 Sussex St., Londres W. C.
14 de octubre de 1860

“Estimado señor Marx,

“Me alegra poder darle alguna información sobre Nugent (Cherval-Cramer), mencionado en el panfleto de Vogt, del cual tuvo usted la amabilidad de enviarme un extracto. En marzo de 1853 llegué a Ginebra después de un viaje a Italia. Nugent llegó a Ginebra aproximadamente al mismo tiempo y lo conocí en un taller de litografía. Yo mismo acababa de iniciarme en la litografía y, como Nugent la conocía a fondo y era de natural sumamente afable, enérgico e industrioso, acepté su propuesta de compartir un taller con él. Lo que Vogt dice sobre las actividades de Nugent en Ginebra es más o menos lo mismo que yo mismo oí en su momento, si se descartan las exageraciones habituales que cabe esperar de periodistas o panfletistas. El éxito fue muy escaso. Yo sólo conocía a uno del grupo, un joven bondadoso y trabajador, pero por lo demás imprudente y ligero de cascos. Y puesto que era uno de los dirigentes, debe presumirse que N. lo era todo en el grupo y los demás no pasaban de ser oyentes curiosos. Estoy convencido de que jamás se grabaron ni piedras ni planchas de cobre, aunque oí a N. hablar de tales asuntos. Mis propios conocidos eran principalmente ginebrinos e italianos. Supe más tarde que Vogt y otros refugiados alemanes, a quienes yo no conocía, me tuvieron por espía. Pero no hice caso: la verdad siempre sale a la luz. Ni siquiera me ofendí; era tan fácil despertar sospechas, pues abundaban los espías y descubrir quiénes eran no siempre era cosa sencilla. Estoy casi seguro de que Nugent no mantuvo correspondencia con nadie en Ginebra después de ser expulsado de allí. Más tarde recibí dos cartas suyas invitándome a reunirme con él en París para ayudarle en un proyecto sobre arquitectura medieval, lo cual hice. En París encontré a Nugent completamente alejado de la política y de la correspondencia. Todo esto sugiere, naturalmente, que yo mismo podría ser ‘el asociado de Marx’, ya que no vi ni oí de nadie más a quien Nugent hubiera inducido a venir a París. Por supuesto, el señor Vogt no podía saber que yo jamás había tenido contacto alguno con usted, ni directo ni indirecto, y que probablemente nunca lo habría tenido, de no haberme mudado a Londres, donde por casualidad he tenido el placer de conocerlo a usted y a su estimada familia.

“Con mis mejores deseos para usted y sus señoras,

H. Cal. Stecher”

El señor Vogt.— XII. Apéndices 305

4. EL PROCESO COMUNISTA DE COLONIA

En esta sección deseo hacer pública información relativa a la Embajada prusiana en Londres y su correspondencia con las autoridades prusianas en el continente durante el proceso de Colonia. Esta información se basa en las confesiones de Hirsch, publicadas por A. Willich en abril de 1853 en el New-Yorker Criminal-Zeitung bajo el título “Die Opfer der Moucharderie, Rechtfertigungsschrift von Wilhelm Hirsch”^a. Hirsch, que se encuentra actualmente en una cárcel de Hamburgo, fue el principal instrumento del teniente de policía Greif y de su agente Fleury. Fue siguiendo instrucciones de ellos y bajo su dirección como falsificó el falso Libro de Actas presentado como prueba por Stieber en el curso del proceso comunista. Doy aquí algunos extractos de las memorias de Hirsch.

(Durante la Gran Exposición) “las asociaciones alemanas estuvieron bajo la vigilancia de un triunvirato policial: el superintendente de policía Stieber por Prusia, un tal señor Kubesch por Austria y el comisario de policía Huntel de Bremen”.

Habiéndose ofrecido voluntario para actuar como delator, Hirsch tuvo una entrevista en Londres con Alberts, que era secretario de la Embajada prusiana. He aquí su relato de aquel primer encuentro:

“Las reuniones de la Embajada prusiana en Londres con sus agentes secretos tienen lugar en una taberna muy adecuada para ello. The Cock, en Fleet St., Temple Bar, es tan discreta que, de no ser por un gallo dorado que señala la entrada, el transeúnte casual apenas la notaría. Atravesé un estrecho pasaje que conducía al interior de esta vieja taberna inglesa y pregunté por el señor Charles, tras lo cual un personaje corpulento se me presentó con una sonrisa tan amable que cualquiera que nos viera nos habría tomado por viejos amigos. El agente de la Embajada (pues eso era) parecía de muy buen humor, y su talante mejoró aún más con brandy y agua. Disfrutó tanto que durante un buen rato pareció haberse olvidado por completo del objeto de nuestro encuentro. El señor Charles reveló de inmediato que su verdadero nombre era Alberts y que era el secretario de la Embajada. Para empezar, me informó de que, en realidad, no tenía nada que ver con la policía, pero que en este caso actuaría como intermediario... Un segundo encuentro tuvo lugar en su domicilio, en el 39 de Brewer St., Golden Square, y fue allí donde conocí al teniente de policía Greif. Greif tenía todo el aspecto de un policía: estatura media, pelo oscuro y barba del mismo color, cortada según el estilo reglamentario, con el bigote unido a las patillas y la barbilla afeitada. Sus ojos no denotaban inteligencia alguna y sobresalían fieramente en un resplandor permanente, resultado, según parecía, de su frecuente trato con ladrones y pícaros... Como el señor Alberts, el señor Greif se me presentó con el seudónimo de señor Charles. Este nuevo señor Charles estaba al menos de un talante más serio e incluso sintió la necesidad de ponerme a prueba... Nuestra primera entrevista terminó con el encargo de que le diera un informe exacto de todas las actividades de los emigrados revolucionarios... A la siguiente ocasión, el señor Greif me presentó a lo que él llamaba ‘su mano derecha’, a saber, ‘uno de sus agentes’, añadió. Resultó ser un joven alto, elegantemente vestido, que también se hacía llamar señor Charles. Toda la policía política parece haber adoptado este seudónimo, y ahora tenía que habérmelas con tres Charles. El último ejemplar parecía el más notable. Dijo que ‘él también había sido revolucionario, pero que todo era posible y yo no tenía más que seguirle la corriente’.”
Greif dejó Londres por algún tiempo y se despidió de Hirsch

“encomendándome expresamente al último señor Charles, el cual, dijo, actuaba siempre siguiendo sus instrucciones. No debía dudar en confiar en él. Es más, aunque ciertas cosas me parecieran extrañas, no debía sorprenderme. Para dejarlo más claro añadió: ‘El Ministerio exige a veces varias cosas, sobre todo documentos; si éstos no se pueden conseguir, ¡hemos de encontrar algún medio!’”

Hirsch declara además que el último Charles era Fleury.

“Había trabajado anteriormente en la redacción del Dresdner Zeitung, que editaba L. Wittig. Cuando estuvo en Baden, a raíz de recomendaciones que traía de Sajonia, el gobierno provisional lo envió al Palatinado para que se encargara de organizar el Landsturm, etc. Cuando los prusianos ocuparon Karlsruhe fue hecho prisionero, etc. Reapareció repentinamente en Londres hacia finales de 1850 o principios de 1851; desde el principio se hizo llamar aquí de Fleury, y en los círculos de refugiados se le conocía por este nombre. Andaba mal de dinero, o al menos eso parecía; se alojaba en los barracones de refugiados instalados por el Comité de Refugiados y cobraba subsidios. A principios del verano de 1851 su situación mejoró de repente; se mudó a un apartamento respetable y a finales de año se casó con la hija de un ingeniero inglés. Más tarde apareció en París como agente de policía... Su verdadero nombre es Krause, y es hijo del zapatero Krause que fue ejecutado hace unos 15 o 18 años en Dresde, junto con Backhof y Beseler, por el asesinato de la condesa Schönberg y su doncella... Fleury-Krause me contó muchas veces que trabajaba para distintos gobiernos desde los 14 años.”

Es este mismo Fleury-Krause a quien Stieber admitió en audiencia pública en Colonia que era un agente secreto de la policía prusiana que trabajaba directamente a las órdenes de Greif. En mis Revelaciones sobre el Proceso Comunista de Colonia escribí de Fleury:

“Fleury no es, ciertamente, la Fleur de Marie de las prostitutas policíacas, pero es una flor, y dará capullos, aunque no sean sino flores de lis.”

Esta profecía se ha cumplido en cierto modo; algunos meses después del proceso comunista, Fleury fue condenado en Inglaterra a varios años de presidio en los pontones por falsificación.

* Fleurs-de-lys [lirios] es el nombre coloquial francés de las letras T. F. (travaux forcés, trabajos forzados), la marca de los criminales. [Nota de Engels a la edición de 1885 de las Revelaciones. Véase la presente edición, vol. 11, p. 442.]

a Juego de palabras: Fleur de Marie, la heroína de la novela de Eugène Sue Los misterios de París; fleur: flor.— Ed.
b Marx utiliza la palabra inglesa.— Ed.

El señor Vogt.— XII. Apéndices 307

“Como mano derecha del teniente de policía Greif —escribe Hirsch—, Fleury trataba directamente con la embajada prusiana durante las ausencias de Greif.”

Fleury estaba en contacto con Max Reuter, quien robó las cartas de Oswald Dietz, a la sazón archivero de la Liga Schapper-Willich.**!

“Stieber —dice Hirsch— se había enterado por el agente del embajador prusiano en París, Hatzfeldt, el notorio Cherval, de las cartas que este último escribía a Londres. Stieber hizo que Reuter averiguara dónde estaban, tras lo cual Fleury las robó por orden de Stieber y con ayuda de Reuter. Estas son las cartas robadas que el señor Stieber no tuvo reparo en exhibir ‘como tales’ ante el jurado de Colonia.... En otoño de 1851, Fleury había estado en París con Greif y Stieber, después de que este último, por mediación del conde Hatzfeldt, hubiera entrado en contacto con Cherval, o más exactamente, Joseph Craémer, con cuya ayuda esperaba urdir un complot. Con este fin se celebraron consultas en París entre los señores Stieber, Greif, Fleury, otros dos agentes de policía, Beckmann* y Sommer, y el famoso espía francés Lucien de la Hodde (quien utilizaba el nombre de Duprez), y le dieron a Cherval instrucciones según las cuales debía amañar su correspondencia. Fleury se reía a menudo en mi presencia de la riña que había provocado entre Stieber y Cherval. Y el hombre llamado Schmidt que, bajo la apariencia de secretario de una liga revolucionaria en Estrasburgo y Colonia, había logrado ser admitido en la sociedad fundada a instancias de la policía por Cherval, no era otro que M. de Fleury.... Fleury era sin duda el único agente de la policía secreta prusiana en Londres, y todas las propuestas y ofrecimientos que recibía la embajada pasaban por sus manos.... Los señores Greif y Stieber solían fiarse de su criterio.”

Fleury informó a Hirsch:

“El señor Greif le ha dicho lo que hay que hacer.... En la Jefatura de Policía de Fráncfort opinan ellos mismos que nuestro objetivo primordial debe ser asegurar la posición de la policía política; los medios que empleemos para lograrlo son indiferentes; el complot de septiembre en París es ya un paso en esta dirección.”^

Greif regresó a Londres y se mostró satisfecho del trabajo de Hirsch, pero exigió más. En particular, quería informes sobre “las reuniones secretas del partido de Marx”.

“A toda costa —concluyó el teniente de policía—, tenemos que redactar informes sobre las reuniones de la Liga. Hágalo como quiera, con tal de que no rebase los límites de lo verosímil. Yo estoy demasiado ocupado para ocuparme personalmente. M. de Fleury trabajará con usted como mi representante.”

La ocupación de Greif en aquel tiempo consistía, como afirma Hirsch, en una correspondencia, vía de La Hodde-Duprez, con Maupas acerca de

* El mismo hombre que figura en el proceso Arnim. [Nota de Marx en la edición de 1875 de las Revelaciones, a la que se añadió el Apéndice 4 de El señor Vogt.] Ya era entonces corresponsal en París de la Kölnische Zeitung y lo seguiría siendo durante muchos años. [Adición de Engels a la nota de Marx en la edición de 1885 de las Revelaciones.]
** Beckmann.— Ed.
» Véase este volumen, pp. 55-56.— Ed.

los preparativos para la fuga simulada de Cherval y Gipperich de la prisión de Saint-Pélagie. Al asegurarle Hirsch que

“Marx no había fundado ninguna nueva organización central de la Liga en Londres... Greif acordó con Fleury que, en esas circunstancias, por el momento prepararíamos nosotros mismos los informes sobre las reuniones de la Liga. Él, Greif, respondería de su autenticidad y, en todo caso, sus escritos serían aceptados”.

Así pues, Hirsch y Fleury se pusieron manos a la obra. “El contenido” de sus informes sobre las reuniones secretas de la Liga I lo proporcionaban,

“según afirma Hirsch, informes de discusiones que tenían lugar de vez en cuando; la admisión de nuevos miembros, la fundación de nuevas secciones en oscuros rincones de Alemania, o una nueva organización; especulaciones acerca de si los amigos de Marx encarcelados en Colonia tenían o no perspectivas de ser puestos en libertad; cartas que habían llegado de tal o cual persona, etcétera. En este último punto, Fleury solía cuidarse de mencionar a personas en Alemania que se habían vuelto sospechosas a raíz de investigaciones políticas o que habían estado implicadas en alguna u otra actividad política. Muy a menudo, sin embargo, teníamos que recurrir a nuestra imaginación, y entonces informábamos sobre las actividades de un miembro inexistente de la Liga. Pero el señor Greif decía que los informes eran excelentes y que, de todos modos, teníamos que tenerlos a toda costa. Parte de la redacción la hacía Fleury solo, pero la mayoría de las veces yo tenía que ayudarle porque era incapaz de describir el más mínimo detalle sin cometer errores de estilo. De esta manera surgieron los informes y, sin vacilar un momento, el señor Greif se declaró dispuesto a responder de su autenticidad”.

Hirsch describe a continuación cómo Fleury y él visitaron a Arnold Ruge en Brighton, y a Eduard Meyen (de tobiana memoria*) y les robaron cartas y material litografiado. No contentos con esto, Greif-Fleury alquilaron una prensa litográfica a Stanbury Press, Fetter Lane, y junto con Hirsch empezaron a producir “folletos radicales”. Ese “demócrata”, F. Zabel, podría aprender una o dos lecciones aquí. Que tome nota de esto:

“El primer folleto que escribí yo” (Hirsch) “se titulaba _An das Landproletariat_, a sugerencia de Fleury; y logramos hacer unas cuantas copias buenas. El señor Greif envió estas copias como documentos emanados del partido de Marx. Para hacerlo más verosímil, incluimos en los informes de las supuestas reuniones de la Liga, que surgían de la manera antes descrita, unas palabras sobre el envío de tal folleto. Se fabricó otro producto de este género; su título era _An die Kinder des Volkes_ y no sé bajo qué auspicios envió el señor Greif este. Más tarde abandonamos esta artimaña, principalmente porque resultaba demasiado costosa.”

En ese momento llegó Cherval a Londres, después de su fuga simulada de París, y fue agregado a Greif con un salario semanal de 1 libra y 10 chelines,

“a cambio de lo cual se le exigía que hiciera informes sobre los contactos entre los emigrados alemanes y franceses”.

Expuesto públicamente y expulsado de la Sociedad Obrera como un
242
apy?

a Véase este volumen, p. 239.— Ed.

El señor Vogt.—XII. Apéndices 309

“Cherval, muy comprensiblemente, describió a los emigrados alemanes y a sus órganos como todo lo insignificantes que era posible —ya que le resultaba del todo imposible conseguir información alguna sobre el tema que pudiera transmitir—. A modo de compensación, compiló para Greif un informe sobre el partido revolucionario no alemán que dejaba en la sombra las patrañas de Münchhausen”.

Hirsch vuelve ahora al proceso de Colonia.

“El señor Greif ya había sido preguntado varias veces sobre el contenido de los informes de la Liga preparados a instancias suyas por Fleury, en la medida en que tuvieran alguna relación con el proceso de Colonia.... Hubo también comisiones particulares en relación con el proceso. En una ocasión se alegó que Marx mantenía correspondencia con Lassalle a través de una ‘cervecería’, y el procurador público requirió más información.... Bastante más ingenua fue la petición del procurador público solicitando información precisa sobre la ayuda financiera que Lassalle en Düsseldorf supuestamente enviaba al acusado Röser en Colonia... se creía que la verdadera fuente del dinero estaba en Londres.”

Ya he relatado en la Sección III, 4 cómo Fleury, por instrucciones de Hinckeldey, debía encontrar a alguien en Londres que estuviera dispuesto a comparecer ante el jurado de Colonia bajo la apariencia de H.^, el testigo que había desaparecido, etc. Después de un relato detallado de este incidente, Hirsch prosigue:

“El señor Stieber había entretanto solicitado urgentemente a Greif que le suministrara, si era posible, las actas originales de las reuniones de la Liga sobre las que había estado informando. Fleury opinaba que podría producir un libro de actas original con solo disponer de las personas necesarias. Pero, sobre todo, necesitaría muestras de la letra de algunos de los amigos de Marx. Yo me valí de esta última observación para zafarme de toda la empresa; Fleury solo aludió al tema una vez más y luego no dijo nada más. Por esa época, Stieber apareció de repente en Colonia con un libro de actas de la organización central de la Liga en Londres.... Me quedé aún más asombrado cuando vi que las actas que los periódicos reproducían en extracto eran absolutamente idénticas a los informes inventados por Fleury a instancias de Greif. Era evidente que el señor Greif o el propio señor Stieber habían hecho hacer una copia de algún modo, pues las actas en ese documento supuestamente original llevaban firmas, mientras que las presentadas por Fleury no tenían ninguna. Del propio Fleury supe de este milagro solo que ‘Stieber es capaz de urdir cualquier cosa, ¡será una sensación!’”.

Tan pronto como Fleury oyó que “Marx” había hecho certificar la letra de los presuntos firmantes de las actas (Liebknecht, Rings, Ulmer, etc.) en un Police Court^b de Londres, escribió la siguiente carta:

“Al Real Presidium de Policía de Berlín; fechada en Londres.

‘Es intención de Marx y sus amigos aquí desacreditar las firmas en las actas de la Liga haciendo autentificar legalmente muestras de letra. Estas muestras han de presentarse en el tribunal como las realmente auténticas. Cualquiera que conozca las leyes inglesas sabe que en este punto pueden ser manipuladas y que una persona que responde de la autenticidad de algo, de hecho, no ofrece ninguna garantía verdadera. La persona que le da a usted esta información no retrocede ante

^a Haupt (véase este volumen, p. 67).— Ed.
^b Marx utiliza la palabra inglesa: Police Court.— Ed.

darle su nombre en un asunto como este, donde está en juego la verdad. Becker, 4, Litchfield St.’” “Fleury conocía la dirección de Becker, un refugiado alemán que vivía en la misma casa que Willich. Muy fácilmente podría ocurrir más tarde que la sospecha de la autoría recayera sobre este último, que era un adversario de Marx.... Fleury esperaba con impaciencia el escándalo que sobrevendría. La carta sería leída ante el tribunal, pero, por supuesto, demasiado tarde, pensaba él, para que surgieran dudas sobre su autenticidad antes de que el proceso hubiera terminado.... La carta, firmada por Becker, estaba dirigida al Presidium de Policía de Berlín; sin embargo, no fue a Berlín sino a ‘Oficial de Policía Goldheim, Frankfurter Hof en Colonia’, y un sobre para esta carta llegó al Presidium de Policía de Berlín con una nota que decía que ‘el señor Stieber en Colonia daría una explicación completa sobre su uso....’ Stieber no hizo uso alguno de esta carta; no pudo hacerlo porque se vio obligado a abandonar todo el asunto del libro de actas.”

Con respecto al libro de actas, Hirsch dice que

“el señor Stieber declaró” (ante el tribunal) “que había tenido el libro de actas en sus manos durante dos semanas, pero que había tenido escrúpulos en presentarlo; declaró además que le había llegado por medio de un correo llamado Greif.... Por tanto, Greif había entregado personalmente su propia obra. ¿Cómo conciliar esto con una carta del señor Goldheim en la que informaba a la embajada que ‘el libro de actas se presentó tan tarde solo para evitar el escrutinio sobre su autenticidad....’”.

El viernes 29 de octubre, el señor Goldheim llegó a Londres.

Como el señor Stieber tuvo que afrontar el hecho de que no era posible sostener la autenticidad del Libro de Actas, envió a un emisario para negociar sobre el particular con Fleury en el acto. De lo que se trataba era de si, al fin y al cabo, no podría obtenerse una prueba. Sus discusiones fueron infructuosas y regresó sin que se hubiera llegado a decisión alguna. Fleury quedó sumido en la desesperación, pues Stieber estaba ahora resuelto a exponerlo a él antes que comprometer a los jefes de policía. Pero yo no caí en la cuenta de que ésta era la causa del desasosiego de Fleury hasta que el señor Stieber hizo su declaración poco después. Presa del pánico, el señor Fleury recurrió entonces a su último expediente. Me trajo una muestra de escritura para que yo la utilizara para copiar una declaración, firmarla «Liebknecht» y prestar juramento ante el Lord Mayor de Londres de que yo era Liebknecht… Fleury me dijo que la letra era la de la persona que había escrito el Libro de Actas y que el señor Goldheim la había traído consigo” (desde Colonia). “Pero si el señor Stieber había recibido el Libro de Actas por medio de Greif, el correo de Londres, ¿cómo era posible que el señor Goldheim trajera una muestra de letra del presunto autor del Libro de Actas desde Colonia en el preciso momento en que Greif acababa de regresar a Londres?… Lo que Fleury me dio consistía en unas pocas frases y una firma…” Hirsch “copió la letra lo más fielmente que pudo y escribió que el abajo firmante, es decir, Liebknecht, declaraba que la firma de Liebknecht legalmente atestiguada por Maix y Cía. era falsa y que ésta, su firma, era la única auténtica. Cuando hube terminado y tuve la escritura en mis manos” (es decir, la muestra que Fleury le había dado para copiar), “que afortunadamente todavía conservo, le dije a Fleury, que se quedó no poco sorprendido, que había cambiado de parecer y que no seguiría adelante con el asunto. Inconsolable al principio, anunció luego que él mismo prestaría juramento… Para mayor seguridad, haría refrendar el escrito por el cónsul prusiano; y se dirigió al consulado de inmediato. Yo lo esperé en una taberna; cuando regresó, ya tenía el refrendo

Herr Vogt.— XII. Apéndices 311

y acto seguido fue a ver al Lord Mayor para prestar juramento. Pero el plan fracasó, pues el Lord Mayor exigió más garantías y Fleury no pudo darlas, de modo que el juramento quedó sin prestar… A última hora de la tarde volví a ver al señor de Fleury, y por última vez. Aquel mismo día se había llevado la desagradable sorpresa de leer la declaración del señor Stieber acerca de él en la Kölnische Zeitung. «Pero yo sé que Stieber no podía haber obrado de otro modo, de lo contrario habría tenido que comprometerse él mismo», dijo el señor de Fleury con toda verdad, a modo de consuelo… «Habrá una gran explosión en Berlín si los procesados de Colonia son condenados», me dijo el señor de Fleury en uno de nuestros últimos encuentros”.

Los últimos encuentros de Fleury con Hirsch tuvieron lugar a finales de octubre de 1852. Las confesiones de Hirsch están fechadas a finales de noviembre de 1852; y a finales de marzo de 1853 se produjo la “explosión en Berlín” (la conspiración de Ladendorf).***

* El lector tendrá interés en ver los testimonios que el propio Stieber dedicó a sus dos cómplices Fleury-Krause y Hirsch. Del primero escribe en el Black Book, II, p. 69:

“N.° 345. Krause, Carl Friedrich August, de Dresde. Es hijo de Friedrich August Krause, campesino ejecutado por su participación en el asesinato de la condesa Schonberg en Dresde en 1834, y después” (¿después de su ejecución?) “comerciante de granos, y de su viuda Johanna Rosine, de soltera Göllnitz, que aún vive. Carl Friedrich nació el 9 de enero de 1824 en las casas del viñedo de Coswig, cerca de Dresde. Desde el 1 de octubre de 1832 asistió a la escuela de beneficencia de Dresde; en 1836 fue admitido en el orfanato de Antonstadt, Dresde, y en 1840 fue confirmado. Luego entró como aprendiz donde el señor Gruhle, comerciante de Dresde, pero al año siguiente fue detenido y encarcelado por el tribunal municipal de Dresde por robos reiterados. Sin embargo, el tiempo de detención preventiva le fue computado en la pena y fue puesto en libertad. Después de esto vivió con su madre sin empleo alguno, pero en marzo de 1842 fue detenido de nuevo por robo con escalo y esta vez fue condenado a cuatro años de prisión. El 23 de octubre de 1846 salió de la cárcel y regresó a Dresde y empezó a frecuentar a los ladrones más famosos. Entonces, la Sociedad de Rehabilitación se ocupó de él, le encontró un puesto en una fábrica de cigarros y permaneció en ese empleo sin interrupción y sin cometer ninguna otra falta hasta marzo de 1848. Pero después de esa fecha volvió a entregarse a la holgazanería y comenzó a frecuentar sociedades políticas” (como espía del gobierno; véase más arriba su confesión a Hirsch en Londres). “A principios de 1849 se convirtió en vendedor de la Dresdner Zeitung editada por el literato republicano E. L. Wittig, que ahora está en América, pero que por entonces se hallaba en Dresde. En mayo de 1849 tomó parte en la insurrección de Dresde y llegó a ser comandante de la barricada de la Sophienstrasse. Huyó a Baden una vez sofocada la insurrección y allí fue habilitado por el gobierno provisional de Baden (decretos del 10 y del 23 de junio de 1849) para levantar un Landsturm y requisar pertrechos para los insurgentes. Fue hecho prisionero por soldados prusianos, pero el 8 de octubre de 1849 se fugó de Rastatt.” (Lo mismo que, más tarde, Cherval “se fugó” de París. Pero ahora viene el toque del ramillete que tiene el auténtico aroma policíaco; téngase presente que esto se imprimió dos años después del proceso comunista de Colonia.) “Según un informe publicado en el Berliner Publizist, N.° 39, del 15 de mayo de 1853, tomado de un libro impreso en Nueva York con el título Die Opfer der Spionage* de Wilhelm Hirsch, un dependiente de comercio de Hamburgo” (¡Oh, Stieber, ángel de mal agüero!), “Krause

* Die Opfer der Moucharderie, Rechtfertigungsschrift von Wilhelm Hirsch.— Ed.  
b Véase el presente volumen, p. 7].— Ed.

apareció en Londres a finales de 1850 o principios de 1851 como emigrado político con el nombre de Charles de Fleury. Al principio vivió en circunstancias algo estrechas, pero después, en 1851, su situación mejoró. Pues tras ser admitido en la Liga de los Comunistas” (otra mentira de Stieber), “trabajó como agente para varios gobiernos, en el curso de lo cual, sin embargo, se vio envuelto en diversas estafas.”

He aquí la gratitud de Stieber hacia su amigo Fleury quien, por lo demás (como señalamos más arriba), fue condenado a varios años de prisión en Londres por falsificación pocos meses después del proceso de Colonia.

Acerca del digno Hirsch leemos (op. cit., p. 58):

“N.° 265. Hirsch, Wilhelm, dependiente de comercio de Hamburgo. Parece que fue a Londres no como refugiado, sino por voluntad propia.” (¿A qué viene esta mentira enteramente superflua? ¡Después de todo, Goldheim intentó detenerlo en Hamburgo!) “Pero una vez allí, se relacionó con refugiados y especialmente con el partido comunista. Jugó un doble juego. Por un lado, fue activo en favor del partido revolucionario, mientras que, por otro, se ofreció a espiar a criminales políticos y falsificadores para varios gobiernos continentales. Pero él mismo se vio implicado en los peores fraudes y estafas imaginables. En particular, fue culpable de falsificación, de modo que todo el mundo debe precaverse contra él. Junto con otros varios individuos llegó incluso a fabricar papel moneda falso con el mero fin de obtener de la policía altas recompensas por descubrir falsificaciones. Finalmente fue desenmascarado por ambos lados” (a saber, ¿tanto por los falsificadores policíacos como por los que no lo eran?) “y ha regresado ahora de Londres a Hamburgo, donde vive en la pobreza.”

Hasta aquí Stieber sobre sus cómplices londinenses, de cuya “veracidad y fiabilidad” no se cansa de dar testimonio. Es interesante ver lo absolutamente imposible que le resulta a este prusiano modelo decir la simple verdad. Ni siquiera puede reprimirse de introducir subrepticiamente¹ mentiras carentes de todo propósito en los hechos —verdaderos y falsos— tomados de los documentos. Sobre la base del testimonio de tales mentirosos profesionales —y hoy son más numerosos que nunca— se envía a prisión a centenares de personas, y en esto consiste lo que hoy día se llama salvación del Estado. [Esta nota al Apéndice 4 fue añadida por Engels en la 3.ª edición (1885) de las Revelaciones sobre el proceso comunista de Colonia.]

¹ Juego de palabras con el nombre Stieber y el verbo hineinstiebern (introducir subrepticiamente, insertar).— Ed.

5. CALUMNIAS

Una vez concluido el proceso comunista de Colonia, se difundieron afanosamente calumnias al estilo Vogt acerca de mi “explotación” de los obreros, especialmente en la prensa germano-americana. Algunos amigos míos residentes en América —los señores J. Weydemeyer, Dr. A. Jacoby (médico en ejercicio en Nueva York y uno de los acusados en el proceso comunista de Colonia) y A. Cluss (funcionario en el arsenal de la Marina de los EE.UU. en Washington)— publicaron una detallada refutación de estos disparates fechada en Nueva York el 7 de noviembre de 1853. Su artículo contenía el comentario de que yo tenía razón al guardar silencio sobre mis asuntos privados en la medida en que se tratara de obtener la aprobación de los filisteos. “Pero cuando se enfrenta a la hostilidad de la chusma, de los filisteos y de los

Herr Vogt.— XII. Apéndices 313

holgazanes degenerados, ello perjudica a la causa en nuestra opinión y, por tanto, rompemos ese silencio.”²

⁶. LA GUERRA ENTRE LAS RANAS Y LOS RATONES⁵

En mi folleto El caballero, etc., del que he citado más arriba, escribí en la p. 5:

“… El 20 de julio de 1851 se fundó la ‘Unión de Agitación’ y el 27 de julio de 1851 el ‘Club de Emigrados’ alemanes. Desde aquel día … data la lucha, en ambas orillas del océano, entre los ‘emigrados’ y los ‘agitadores’, la gran guerra entre las ranas y los ratones.

¡Quién me diera ahora palabras y quién la lengua
para cantar tan bravas hazañas en sonoros sones!
Pues jamás sobre esta tierra comenzó contienda
más orgullosamente librada en más sangrientos campos;
comparadas con ella, todas las demás guerras son rosas.
Contarla confunde a mi arte lírica,
pues nunca en esta tierra se vio tal gloria
ni noble valor brillante como en esta historia.

(Según Boiardo, Orlando innamorato, Canto 27.)”⁶

Ahora bien, no es mi intención en modo alguno entrar en los pormenores de la “historia” de esta contienda ni del acuerdo titulado, verbotenus*, “Acuerdo Preliminar sobre el Tratado de Alianza” (nombre bajo el cual se divulgó por toda la prensa germano-americana), que se alcanzó entre Gottfried Kinkel en nombre del Club de Emigrados y A. Goegg en representación de la “Liga Revolucionaria de los Dos Mundos” el 13 de agosto de 1852. Sólo quisiera hacer notar que, con escasas excepciones, toda la emigración parlamentaria participó en la farsa de un lado o de otro. (Por supuesto, nombres como el de K. Vogt eran en aquella época evitados por todos los partidos, aunque sólo fuera por decoro.)

Al final de su gira revolucionaria de placer y recaudación de fondos por los Estados Unidos, Gottfried Kinkel, la flor de la pasión del filisteísmo alemán, escribió una “Denkschrift über das deutsche Nationalanlehn zur Förderung der Revolution”, fechada en Elmira, N. Y., el 22 de febrero de 1852, en la que dio rienda suelta a opiniones que al menos

² J. Weydemeyer, A. Cluss, A. Jacoby, “An die Redaktion der New-Yorker Criminal-Zeitung, November 7, 1853”, New-Yorker Criminal Zeitung, N.° 37, 25 de noviembre de 1853.— Ed.  
⁵ Véase el presente volumen, p. 87.— Ed.  
⁶ Véase la presente edición, Vol. 12, p. 488.— Ed.  
* Literalmente.— Ed.

poseen el mérito de una gran simplicidad. Gottfried cree que 
organizar una revolución es muy parecido a construir un ferrocarril. Una vez que 
se dispone del dinero, el ferrocarril, o la revolución, llegará a su debido 
tiempo. Mientras que la nación debe albergar un anhelo de revolución 
en su corazón, los hacedores de la revolución deben tener efectivo en sus 
bolsillos, y todo depende, por tanto, de «una pequeña banda de hombres 
bien equipada y con abundante provisión de dinero». Es 
notable a qué bizarras sendas secundarias del pensamiento son arrastradas incluso las mentes 
melodramáticas por el viento comercial de Inglaterra. Dado que todo aquí, 
incluso la *public opinion*,¹ está organizado con la ayuda de acciones, ¿por qué 
no fundar una sociedad por acciones «para el fomento de la 
revolución»?

En una reunión pública con Kossuth, que por aquel entonces también se hallaba 
ocupado en una campaña de recaudación de fondos revolucionarios en los Estados 
Unidos, Gottfried se expresó en términos sumamente estéticos:

«Incluso de sus limpias manos, Gobernador, el don de la libertad sería una amarga 
píldora, y la humedecería con las lágrimas de mi vergüenza.»²

De ahí que Gottfried, habiendo mirado con tanto detenimiento el diente al caballo 
de regalo, asegurara al gobernador que si éste le presentaba 
«la revolución en Oriente» con su mano derecha, él, Gottfried, 
le presentaría a cambio «la revolución en Occidente». Siete 
años más tarde, en el *Hermann*, un periódico que él mismo había fundado, el 
mismísimo Gottfried aseguró a sus lectores que era un hombre de rara 
consecuencia,³ y que habiendo proclamado al Príncipe Regente⁴ como 
Emperador de Alemania ante el tribunal militar de Rastatt,⁵ 
siempre había mantenido esto como su lema.

El conde Oskar Reichenbach, uno de los tres regentes originales y 
tesorero del Empréstito Revolucionario, publicó las cuentas 
en Londres el 8 de octubre de 1852, junto con una declaración en la que 
se desvinculaba de la empresa. Al mismo tiempo declaró 
que «en cualquier caso, ni puedo ni entregaré el dinero 
a los ciudadanos Kinkel, etc.». En su lugar, invitó a los accionistas a 
entregar sus certificados provisionales de empréstito a cambio del 
dinero en sus manos. Su propia dimisión como tesorero, etc., dijo,

«fue motivada por consideraciones políticas y jurídicas... Las premisas sobre 
las que se basaba la idea del empréstito no se han realizado. La suma de 20.000

¹ Marx emplea la frase inglesa: *“public opinion”*. — Ed.

² G. Kinkel, “Denkschrift über das deutsche Nationalanlehn zur Förderung der 
Revolution”, *New-Yorker Staats-Zeitung*, 2 de marzo de 1852. — Ed.

³ G. Kinkel, “Brief des Herausgebers an einen Freund in Amerika”, *Hermann*, 
26 de marzo de 1859. — Ed.

⁴ Guillermo. — Ed.

⁵ *Herr Vogt.* — XII. Apéndices 315

dólares que debían recaudarse antes de poder proceder con el empréstito, no 
se ha adquirido, por tanto... La propuesta de fundar un periódico y promover 
la agitación no encontró eco. Sólo charlatanes políticos o monomaníacos revolucionarios 
podrían considerar el empréstito practicable en la actualidad e imaginar que un uso equitativo, y 
por tanto impersonal, activamente revolucionario del dinero por todos los grupos del partido es 
posible en este momento.»

Pero la fe de Gottfried en la revolución no podía quebrantarse tan fácilmente 
y así se procuró una «resolución» que le permitió proseguir el 
negocio bajo otro nombre.

El estado de cuentas de Reichenbach contiene algunos datos 
interesantes.

«Los fideicomisarios —dice— no pueden ser considerados responsables de las contribuciones que 
hayan podido hacer posteriormente los comités a personas distintas a mí, y 
pediría a los comités que tomen nota de ello al retirar los certificados y 
liquidar cuentas.»

Según sus cálculos, se recibieron 1.587 libras, 6 chelines y 4 peniques, de 
los cuales Londres había contribuido con 2 libras y 5 chelines, y «Alemania» con 9 libras. Los 
gastos ascendieron a 584 libras, 18 chelines y 5 peniques y se desglosaban como 
sigue: Gastos de viaje de Kinkel y Hillgartner: 220 libras; otros gastos 
de viaje: 54 libras; prensa litográfica: 11 libras; coste de los certificados 
provisionales: 14 libras; correspondencia litografiada, sellos, etc.: 106 libras, 1 chelín y 6 peniques. Según instrucciones de Kinkel, etc.: 100 libras.

El Empréstito Revolucionario terminó con 1.000 libras, que Gottfried 
Kinkel guarda en el Westminster Bank como señal para el 
primer gobierno provisional alemán. Y a pesar de todo esto, no hay 
todavía gobierno provisional. Quizá Alemania crea que 36 
gobiernos reales son del todo suficientes.

Ciertos fondos americanos del empréstito que no se incorporaron 
a la Tesorería central de Londres fueron al menos empleados aquí y 
allá con fines patrióticos. Tal fue el caso de las 100 libras 
que Gottfried Kinkel dio a Karl Blind a principios de 1858 para 
convertirlas en «panfletos radicales», etc.

7. POLÉMICA PALMERSTON

«Council Hall, Sheffield, 6 de mayo de 1856

Doctor:

El Comité de Asuntos Exteriores de Sheffield me encarga transmitirle una 
expresión de su caluroso agradecimiento por el gran servicio público que ha prestado 
con su admirable exposición de los Documentos de Kars⁶ publicada en el *People’s Paper*.

Tengo el honor, etc.

Wm. Cyples, Secretario

Dr. Karl Marx»⁷

⁶ La serie de artículos de Marx “The Fall of Kars” (véase la presente edición, Vol. 14). — Ed.

⁷ Marx cita la carta en inglés. — Ed.

8. DECLARACIÓN DEL SR. A. SCHERZER

El Sr. A. Scherzer, hombre que ha desempeñado un papel encomiable en 
el movimiento obrero desde la década de 1830, me escribió desde Londres 
el 22 de abril de 1860:

«Querido ciudadano:

No puedo dejar pasar la ocasión sin protestar por un pasaje en el 
monstruoso tejido de mentiras y las infames calumnias del panfleto de Vogt que 
me concierne personalmente. Me refiero a la declaración en el Documento Nº 7, 
impreso en el suplemento del *Schweizer Handels-Courier*, Nº 150, del 2 de junio, 
donde se dice: “Sabemos que en este mismo momento se están haciendo nuevos esfuerzos desde 
Londres. Cartas firmadas por A. Sch... son enviadas desde allí tanto a asociaciones 
como a individuos, etc.” Estas “cartas” parecen ser la razón por la cual el Sr. K. Vogt 
escribió en otra parte de su libro: “A principios de este año (1859) parecía abrirse una nueva arena para 
la agitación política. La oportunidad fue aprovechada al 
momento para recuperar alguna influencia si era posible. Las tácticas no han cambiado 
a este respecto durante años. Un comité sobre el cual “nadie sabe nada”, como dice 
la vieja canción, hace circular cartas a través de un presidente o 
secretario igualmente desconocido, etc., etc. Una vez reconocido el terreno de esta manera, un número de 
“hermanos viajeros” aparecen en el país y de inmediato empiezan a organizar una liga 
secreta. La asociación que va a ser comprometida no sabe nada de estos 
manejos, que siguen siendo obra de un número de individuos sectarios. 
La mayor parte de las veces, incluso la correspondencia llevada a cabo en nombre de la asociación 
le es del todo desconocida, pero las cartas se refieren siempre a “nuestra asociación”, etc., 
y las indagaciones de la policía, que siguen inexorablemente, y se basan en 
documentos que han caído en sus manos, afectan siempre a la asociación como 
conjunto, etc.”.

¿Por qué el Sr. K. Vogt no imprimió la carta completa a la que alude en el 
Documento Nº 7? ¿Por qué no “reconocer” la fuente en la que se ha basado para su 
información? Le habría sido fácil descubrir que la pública Sociedad de Educación 
Obrera de Londres eligió su comité de correspondencia, al que yo 
tuve el honor de ser elegido, en sesión abierta. Cuando el Sr. Vogt habla de 
secretarios desconocidos y cosas por el estilo, me complace mucho ser desconocido para él, pero me alegra 
poder decir que soy conocido por miles de obreros alemanes, quienes todos 
se han beneficiado de la erudición de los hombres a quienes él vilipendia ahora. Los tiempos han 
cambiado. El período de las sociedades secretas ha pasado. Es ridículo hablar de ligas 
o sectas secretas, cuando los problemas se tratan abiertamente en una sociedad obrera, donde 
extraños asisten como visitantes a cada reunión. Las cartas firmadas por mí estaban 
formuladas de tal modo que era imposible que nadie sufriera perjuicio como consecuencia. 
Nosotros, los obreros alemanes en Londres, sólo teníamos un interés en mente y era conocer 
el estado de ánimo de las asociaciones obreras en el Continente, y fundar un 
periódico que representara los intereses de la clase obrera y que 
librara batalla con los escritores a sueldo del enemigo. Por supuesto, a ningún 
obrero alemán se le ocurrió actuar en interés de un Bonaparte, cosa de la que sólo 
un Vogt o gentes de su calaña son capaces. Sin duda odiamos el despotismo de 
Austria con una aversión mucho más profunda que el Sr. Vogt, pero no buscamos su derrota 
en la victoria de otro déspota. Todo pueblo debe liberarse a sí mismo. ¿No es llamativo 
que el Sr. Vogt se arrogue para sí los mismísimos medios de los que nos acusa de haber usado 
contra sus propias actividades? El Sr. Vogt afirma que no está a sueldo de 
Bonaparte, y que sólo recibió dinero para fundar un periódico de 
fuentes democráticas. Al decir esto espera exonerarse a sí mismo, ¿pero cómo puede 

*Herr Vogt.* — XII. Apéndices 317

ser tan obtuso, con toda su erudición, para lanzar sospechas sobre obreros, y arrojar 
acusaciones contra ellos por preocuparse del bienestar de su país 
y por hacer propaganda sobre la necesidad de fundar un periódico?

Con mis más sinceros respetos,
A. Scherzer»

9. ARTÍCULO DE BLIND EN LA *FREE PRESS*
DEL 27 DE MAYO DE 1859⁸

«El Gran Duque Constantino, rey de Hungría

Un Corresponsal, que adjunta su tarjeta, escribe lo siguiente:

Señor: — Habiendo estado presente en la última reunión en el Music Hall, oí la 
declaración hecha respecto al Gran Duque Constantino. Estoy en condiciones de proporcionarle 
otro hecho: —

Ya el verano pasado, el Príncipe Jerónimo-Napoleón detalló a algunos de sus 
confidentes en Ginebra un plan de ataque contra Austria, y una prospectiva recomposición 
del mapa de Europa. Conozco el nombre de un senador suizo a quien 
le planteó el tema. El Príncipe Jerónimo, en aquel momento, declaró que, según el plan 
elaborado, el Gran Duque Constantino iba a ser nombrado rey de Hungría.

Sé, además, de intentos realizados, a principios del presente año, para ganar al 
esquema ruso-napoleónico a algunos de los demócratas alemanes exiliados, así como 
a algunos liberales influyentes en Alemania. Se les ofrecieron grandes ventajas 
pecuniarias como soborno. Me alegra decir que estas ofertas fueron rechazadas con 
indignación.»⁹

10. CARTAS DEL SR. ORGES

«Muy señor mío:

Supe hoy por el Sr. Liebknecht que tendría usted la bondad de 
poner a nuestra disposición un documento legal, relativo a los orígenes del panfleto 
contra Vogt.¹⁰ Le ruego encarecidamente que nos lo envíe lo más rápido posible, para que 
podamos presentarlo ante el tribunal. Por favor, envíe el documento contra recibo y 
cárguenos cualquier gasto en que haya incurrido. A propósito, mi querido señor, el partido 
liberal juzga a veces erróneamente al *Allgemeine Zeitung*. Nosotros (los redactores) hemos pasado 
por el fuego y el agua y hemos superado todas las pruebas de compromiso político. Si 
no considera usted el trabajo por separado, el artículo individual, sino toda nuestra 
actividad, probablemente llegará a comprender que ningún periódico alemán se esfuerza como nosotros, 
sin prisa, pero sin descanso, por la unidad y la libertad, el poder y la cultura, por 
el progreso espiritual y material, por una mayor conciencia patriótica y normas morales más elevadas 
de la nación alemana, y que ningún periódico logra más que el nuestro. 
Debería usted juzgar nuestros actos por sus efectos. Rogándole una vez más encarecidamente 
que acceda a mi petición, y asegurándole mi mayor respeto,

Suyo afectísimo,
Hermann Orges
Augsburgo, 16/10»

⁸ Véase el presente volumen, pp. 122-24. — Ed.

⁹ Marx cita este informe en inglés. — Ed.

¹⁰ Véase el presente volumen, pp. 119-24. — Ed.

La segunda carta, fechada el mismo día, era sólo un extracto de la 
primera, y fue enviada, como declara el Sr. Orges, «sólo por seguridad». 
En ella solicita del mismo modo «el envío más urgente del documento sobre los orígenes del bien conocido panfleto contra Vogt, documento que, como escribe el Sr. Liebknecht, ha tenido usted la bondad de poner a nuestra disposición».

11. CIRCULAR CONTRA K. BLIND

Incluyo aquí únicamente la sección final de mi circular contra Blind del 4 de febrero de 1860, escrita en inglés¹:

«Ahora, antes de dar cualquier otro paso, quiero desenmascarar a los sujetos que evidentemente le han hecho el juego a Vogt. Por lo tanto, declaro públicamente que la afirmación de Blind, Wiehe y Hollinger, según la cual el panfleto anónimo no fue impreso en la oficina de Hollinger, 3, Litchfield Street, Soho, es una mentira deliberada. En primer lugar, el señor Vogele, uno de los cajistas anteriormente empleado por Hollinger, declarará bajo juramento que dicho panfleto fue impreso en la oficina de Hollinger, que el manuscrito era de puño y letra del señor Blind y que fue compuesto en parte por el propio Hollinger. En segundo lugar, puede probarse judicialmente que el panfleto y el artículo publicado en Das Volk fueron tirados con los mismos tipos. En tercer lugar, se demostrará que Wiehe no estuvo empleado por Hollinger durante once meses consecutivos y, en particular, que no lo estaba en el momento de la publicación del panfleto. Por último, pueden citarse testigos en cuya presencia el propio Wiehe confesó haber sido persuadido por Hollinger para firmar la declaración deliberadamente falsa publicada en la Allgemeine Zeitung. En consecuencia, vuelvo a declarar que el susodicho Charles Blind es un mentiroso deliberado.

Karl Marx»

Del London "Times", 3 de febrero.

«Viena, 30 de enero. — El profesor suizo Vogt pretende saber que Francia proporcionará a Suiza Faucigny, Chablais y el Genevois,* las provincias neutrales de Saboya, si el Gran Consejo de la República le concede el libre uso del Simplón.» 4

4 Marx cita este fragmento de la circular en inglés (véase el presente volumen, pp. 10-11). — Ed.

6 La Allgemeine Zeitung de Augsburgo. — Ed.

* Genevois. — Ed.

d Marx cita este despacho en inglés (véase también el presente volumen, p. 195). — Ed.

Herr Vogt. — XII. Apéndices 319

12. DECLARACIÓN JURADA DE VOGELE

«Por la presente declaro:
que la hoja volante alemana Zur Warnung (Una advertencia), que fue reimpresa posteriormente en el núm. 7 (fechado el 18 de junio de 1859) de Das Volk (periódico alemán que se publicaba entonces en Londres) y reimpresa de nuevo en la Allgemeine Zeitung de Augsburgo — que esta hoja volante fue compuesta en parte por el señor Fidelio Hollinger, de 3, Litchfield Street, Soho, Londres, y en parte por mí mismo, que a la sazón trabajaba para el señor Fidelio Hollinger, y que la hoja volante fue publicada en la imprenta del señor F. Hollinger, 3, Litchfield Street, Soho, Londres; que el manuscrito de dicha hoja volante era de puño y letra del señor Charles Blind; que vi al señor F. Hollinger entregar al señor William Liebknecht, de 14, Church Street, Soho, Londres, la prueba de imprenta de la hoja volante Zur Warnung; que el señor F. Hollinger dudó al principio en entregar la prueba al señor W. Liebknecht y que, cuando el señor W. Liebknecht se hubo retirado, él, el señor F. Hollinger, expresó ante mí y ante mi compañero de trabajo J. F. Wiehe su pesar por haber dejado la prueba fuera de sus manos.

Declarado ante el Tribunal de Policía de Bow Street, en el condado de Middlesex, el undécimo día de febrero de 1860, ante mí, Th. Henry, uno de los magistrados de policía de la metrópoli.

L.S. A. Vogele» 2

13. DECLARACIÓN JURADA DE WIEHE

«Uno de los primeros días de noviembre pasado —no recuerdo la fecha exacta—, por la noche, entre las nueve y las diez, fui sacado de la cama por el señor F. Hollinger, en cuya casa vivía yo entonces y por quien estaba empleado como cajista. Me presentó un papel en el que se decía que, durante los once meses anteriores, yo había estado empleado por él de manera continua y que, durante todo ese tiempo, cierta hoja volante alemana Zur Warnung (Una advertencia) no había sido compuesta ni impresa en la oficina del señor Hollinger, 3, Litchfield Street, Soho. En mi estado de perplejidad, y sin ser consciente de la importancia del asunto, accedí a su deseo, copié y firmé el documento. El señor Hollinger me prometió dinero, pero nunca recibí nada. Durante ese acto, el señor Charles Blind, según me informó entonces mi esposa, aguardaba en la habitación del señor Hollinger. Pocos días después, la señora Hollinger me hizo bajar de la cena y me condujo a la habitación de su marido, donde encontré al señor Charles Blind a solas. Me presentó el mismo papel que antes me había presentado el señor Hollinger y me rogó que escribiera y firmara una segunda copia, pues necesitaba dos, una para él mismo y la otra para publicarla en la prensa. Añadió que me mostraría su gratitud. Copié y firmé de nuevo el papel.

Por la presente declaro la verdad de las afirmaciones anteriores y que:

1) Durante los 11 meses mencionados en el documento, durante seis semanas no estuve empleado por el señor Hollinger, sino por un señor Ermani. 2) No trabajé en la oficina del señor Hollinger precisamente en el momento en que se publicó la hoja volante Zur Warnung (Una advertencia). 3) Supe en aquel entonces por el señor Vogele, que trabajaba entonces para el señor Hollinger, que él, Vogele, había compuesto, junto con el propio señor Hollinger, la hoja volante en cuestión, y que el manuscrito era de puño y letra del señor Blind. 4) Los tipos del panfleto seguían en pie cuando regresé al servicio del señor Hollinger. Yo mismo los deshice en columnas para la reimpresión de la hoja volante (o panfleto) Zur Warnung (Una advertencia) en el periódico alemán Das Volk, publicado en Londres por el señor Fidelio Hollinger, 3, Litchfield Street, Soho. La hoja volante apareció en el núm. 7, fechado el 18 de junio de 1859, de Das Volk (El Pueblo). 5) Vi al señor Hollinger entregar al señor William Liebknecht, de 14, Church Street, Soho, Londres, la prueba de imprenta del panfleto Zur Warnung, en la cual el señor Charles Blind había corregido de su propio puño cuatro o cinco errores. El señor Hollinger dudó al principio en entregar la prueba al señor Liebknecht y, cuando el señor Liebknecht se hubo retirado, él, F. Hollinger, expresó ante mí y ante mi compañero de trabajo Vogele su pesar por haber dejado la prueba fuera de sus manos.

Declarado y firmado por el dicho Johann Friedrich Wiehe en el Tribunal de Policía de Bow Street, a 8 de febrero de 1860, ante mí, Th. Henry, magistrado de dicho tribunal.

L.S. Johann Friedrich Wiehe» @

14. DE LOS DOCUMENTOS DEL PROCESO

«Gouvernement Provisoire
République Française. Liberté, Egalité, Fraternité.
Au nom du Peuple Français
París, 1 de marzo de 1848
Valiente y leal Marx,

El suelo de la república francesa es un campo de asilo para todos los amigos de la libertad. La tiranía os ha desterrado, la Francia libre os abre de nuevo sus puertas, a vos y a todos los que combaten por la causa santa, la causa fraterna de todos los pueblos. Todo agente del gobierno francés debe interpretar su misión en este sentido. Saludo y fraternidad.

Ferdinand Flocon,
miembro del Gobierno Provisional.» b

Bruselas, 19 de mayo de 1848

Mi querido señor Marx:

Me entero con gran placer por nuestro amigo Weerth de que vais a hacer aparecer en Colonia una Nouvelle Gazette Rhénane, de la que me ha entregado el prospecto.

Herr Vogt. — XII. Apéndices 321

Es sumamente necesario que ese periódico nos mantenga al corriente en Bélgica de los asuntos de la democracia alemana, pues aquí es imposible saber nada cierto al respecto ni por la Kölnische Zeitung, la Allgemeine Zeitung de Augsburgo y los demás periódicos aristocráticos de Alemania que recibimos en Bruselas, ni por nuestra Indépendance Belge, cuyas correspondencias particulares están todas redactadas desde el punto de vista de los intereses de nuestra aristocracia burguesa. El señor Weerth me dice que va a reunirse con vos en Colonia para contribuir a la empresa de la Nouvelle Gazette Rhénane, y me promete en vuestro nombre el envío de ese periódico a cambio del Débat social que yo os enviaré por mi parte. Nada deseo tanto como mantener con vos una correspondencia sobre los asuntos comunes a nuestros dos países. Es indispensable que belgas y alemanes no permanezcan demasiado extraños los unos a los otros, en interés común de ambos países, pues en Francia se preparan acontecimientos que no tardarán en poner en juego cuestiones que afectarán a los dos países a la vez. Regreso de París, donde he pasado una decena de días que he empleado lo mejor que he podido en darme cuenta de la situación de esa gran capital. Al final de mi estancia me encontré justo en medio de los sucesos del 15 de mayo.¹⁴⁶ Asistí incluso a la sesión en que tuvo lugar el hecho de la irrupción del pueblo en la asamblea nacional... Todo lo que he comprendido, al ver la actitud del pueblo parisino y al oír hablar a los principales personajes que se ocupan en este momento de los asuntos de la república francesa, es que se espera una fuerte reacción del espíritu burgués contra los acontecimientos de febrero pasado; los sucesos del 15 de mayo precipitarán sin duda esa reacción. Ahora bien, ésta traerá indudablemente dentro de poco un nuevo levantamiento del pueblo... Francia deberá recurrir pronto a la guerra. Para ese caso tendremos que examinar, aquí y entre vosotros, lo que habremos de hacer juntos. Si la guerra se dirige primero hacia Italia, tendremos un respiro... Pero si se dirige de inmediato hacia este país, no sé muy bien aún lo que habremos de hacer, y entonces necesitaremos el consejo de los alemanes... Mientras tanto, anunciaré en el Débat social del domingo la próxima publicación de vuestro nuevo periódico... Cuento con ir a Londres hacia finales del mes de junio próximo. Si tenéis ocasión de escribir a Londres a algunos amigos, tened a bien rogarles que me dispensen acogida allí. Todo vuestro cordialmente,

L. Jottrand, abogado.⁴

Bruselas, 10 de febrero de 1860

Mi querido Marx,

b «Gobierno Provisional
República Francesa. Libertad, Igualdad, Fraternidad.
En nombre del Pueblo Francés
París, 1 de marzo de 1848
Valiente y leal Marx,
El suelo de la República Francesa es lugar de asilo para todos los amigos de la libertad. La tiranía os ha expulsado, una Francia libre os abre de nuevo sus puertas, a vos y a todos los que luchan por la causa sagrada, la causa fraterna de todos los pueblos. Todo funcionario del Gobierno francés debe interpretar su misión en este sentido. Con fraternales saludos.
Ferdinand Flocon, miembro del Gobierno Provisional.» — Ed.

⁴ «Mi querido señor Marx, me entero con gran placer por nuestro amigo Weerth de que usted piensa publicar en Colonia una Neue Rheinische Zeitung de la que me ha enviado el prospecto. Es sumamente necesario para este periódico mantenernos en Bélgica informados sobre los asuntos de la democracia alemana, ya que no es posible saber nada cierto al respecto por la Kölnische Zeitung, la Allgemeine Zeitung de Augsburgo y los demás periódicos aristocráticos alemanes que recibimos aquí en Bruselas, como tampoco por nuestro Indépendance Belge, cuyos informes especiales están todos redactados desde el punto de vista de los intereses de nuestra aristocracia burguesa. El señor Weerth me ha dicho que va a reunirse con usted en Colonia para colaborar en la Neue Rheinische Zeitung, y me ha prometido en su nombre enviarme ejemplares de la misma a cambio del Débat social que yo le remitiré. Nada puedo desear más que mantener correspondencia con usted sobre los asuntos comunes a nuestras dos naciones. En interés de ambos países es preciso que belgas y alemanes se conozcan mejor, pues en Francia están a punto de producirse acontecimientos que en poco tiempo plantearán problemas que afectarán a nuestros dos países. Acabo de regresar de París, donde he pasado una decena de días que he empleado lo mejor posible en tomar conciencia de la situación de esa gran capital. Al final de mi estancia me hallé justo en medio de los sucesos del 15 de mayo. Asistí incluso a la sesión en que se produjo la irrupción del pueblo en la asamblea nacional... Todo lo que he llegado a comprender, viendo la actitud del pueblo parisino y oyendo hablar a los principales personajes que actualmente están a cargo de los asuntos de la república francesa, es que se espera una fuerte reacción del espíritu burgués contra los acontecimientos del pasado febrero; los sucesos del 15 de mayo precipitarán sin duda esa reacción. Y ésta traerá indudablemente, dentro de poco, un nuevo levantamiento del pueblo... Francia se verá pronto obligada a recurrir a la guerra. Para ese caso tendremos que examinar, aquí y entre ustedes, qué habremos de hacer juntos. Si la guerra se dirige primero hacia Italia, tendremos un respiro... Pero si se dirige de inmediato hacia este país, no sé aún muy bien qué tendremos que hacer, y entonces necesitaremos el consejo de los alemanes... Entretanto, anunciaré en el Débat social del domingo la próxima aparición de su nuevo periódico... Pienso ir a Londres hacia fines del próximo mes de junio. Si tiene usted ocasión de escribir a Londres a algunos amigos, le ruego les pida que me dispensen allí buena acogida. Todo suyo cordialmente,
L. Jottrand, abogado.»

Herr Vogt — XII. Apéndices 323

“N’ayant pas de vos nouvelles depuis très longtemps, j’ai reçu votre dernière avec la plus vive satisfaction. Vous vous plaignez du retard des choses et du peu d’empressement de ma part à vous répondre à la question que vous m’aviez faite. Que faire : l’âge ralentit la plume ; j’espère cependant que vous trouverez mes avis et mon sentiment toujours les mêmes. Je vois que votre dernière est tracée à la dictée par la main de votre secrétaire intime, de votre adorable moitié : or Madame Marx ne cesse de se rappeler du vieil ermite de Bruxelles. Qu’elle daigne recevoir avec bonté mes salutations respectueuses.

“Conservez-moi, cher confrère, dans vos amitiés. Salut et fraternité.

de París, tras haber pasado allí diez días, durante los cuales hice cuanto pude por comprender lo que está ocurriendo en esta gran metrópoli. Al final de mi estancia me hallé en medio de los acontecimientos del 15 de mayo. Estuve incluso presente en la sesión de la Asamblea Nacional durante la cual el pueblo irrumpió en la Cámara... Por lo que he podido comprender, tanto viendo la actitud del pueblo de París como escuchando los discursos de los principales estadistas en la República Francesa del momento, se espera una poderosa reacción contra los acontecimientos de febrero pasado por parte de la burguesía; los sucesos del 15 de mayo acelerarán sin duda esta reacción. Y ello conducirá indudablemente, en breve plazo, a un nuevo levantamiento del pueblo... Francia se verá pronto obligada a recurrir a la guerra. Es por esta razón que deberíamos considerar aquí y en vuestro país qué acción común deberíamos emprender en ese caso. Si al comienzo la guerra se dirige contra Italia, tendremos un respiro; ... pero si desde el principio se dirige contra este país, no sé todavía lo que deberíamos hacer, y necesitaríamos entonces el consejo de los alemanes... Entretanto anunciaré la próxima publicación de vuestro nuevo periódico en la edición dominical del Débat social... Planeo ir a Londres hacia fines de junio. Si tuvierais ocasión de escribir a alguno de vuestros amigos en Londres, os agradecería que les pidierais que me recibieran amablemente.

“Con cordiales saludos,
L. Jottrand, abogado”
Véase también este volumen, pp. 263-66. — Ed.

ª Esto se refiere a la carta de Marx a Lelewel del 3 de febrero de 1860 (presente edición, Vol. 41). — Ed.

b “Mi querido Marx, no habiendo tenido noticias vuestras durante mucho tiempo, me alegró mucho recibir vuestra última comunicación. Os quejáis del retraso y de la falta de urgencia por mi parte al responder a la pregunta que me hicisteis. Pero ¿qué se puede hacer?: la edad enlentece la pluma. Sin embargo, espero que encontréis mis opiniones y mis sentimientos los mismos de siempre. Veo que vuestra última carta fue escrita a vuestro dictado por la mano de vuestra secretaria privada, vuestra encantadora esposa. Así que la señora Marx aún recuerda al viejo ermitaño de Bruselas. Os ruego le transmitáis mis respetuosos saludos.

“Continuad incluyéndome, querido colega, entre vuestros amigos. Con saludos fraternales.

Lelewel” — Ed.

“5, Cambridge Place,
Kensington, Londres,
11 de febrero de 1860

“Mi querido Marx:

“He leído una serie de infames artículos contra vos en la National-Zeitung y estoy completamente asombrado por la falsedad y malignidad del escritor. Siento realmente el deber de que toda persona que os conozca, por innecesario que tal testimonio deba ser, rinda tributo al mérito, honor y desinterés de vuestro carácter. Se convierte en doblemente obligatorio para mí hacerlo, al recordar cuántos artículos contribuisteis a mi pequeña revista, las Notes to the People, y posteriormente al People’s Paper, durante una serie de años, de manera completamente gratuita; artículos que eran de tan alto valor para la causa del pueblo, y de tan gran beneficio para el periódico. Permitidme esperar que castiguéis severamente a vuestro cobarde y poco viril difamador.

“Creedme, mi querido Marx, muy sinceramente, vuestro,

Ernest Jones
“Dr. Karl Marx” 

“Tribune Office,
Nueva York,
8 de marzo de 1860

“Mi querido señor:

“En respuesta a vuestra petición, me complace mucho exponer los hechos de vuestra vinculación con varias publicaciones en los Estados Unidos, de los cuales he tenido conocimiento personal. Hace casi nueve años os contraté para escribir para la New York Tribune, y el compromiso ha continuado desde entonces. Habéis escrito para nosotros constantemente, sin la interrupción de una sola semana que yo pueda recordar; y no sólo sois uno de los colaboradores más altamente valorados, sino uno de los mejor pagados adscritos al periódico. La única falta que he tenido que encontraros ha sido que ocasionalmente habéis exhibido un tono de sentimiento demasiado alemán para un periódico americano. Este ha sido el caso con referencia tanto a Rusia como a Francia. En cuestiones relativas a ambos, el zarismo y el bonapartismo, a veces he pensado que manifestabais demasiado interés y demasiada ansiedad por la unidad e independencia de Alemania. Esto fue quizás más llamativo en relación con la última guerra italiana que en cualquier otra ocasión. En eso estaba yo perfectamente de acuerdo con vos: simpatía por el pueblo italiano. Tenía tan poca confianza como vos en la sinceridad del Emperador de los Franceses, y creía tan poco como vos que pudiera esperarse de él la libertad italiana; pero no pensaba que Alemania tuviera motivos tan fundados para la alarma como vos, en común con otros alemanes patriotas, pensabais que tenía.

“Debo añadir que en todos vuestros escritos que han pasado por mis manos, siempre habéis manifestado el más cordial interés por el bienestar y el progreso de las clases trabajadoras; y que habéis escrito mucho con referencia directa a ese fin.

“También he sido en varias ocasiones durante los últimos cinco o seis años el intermediario a través del cual se han proporcionado colaboraciones vuestras al Putnam’s Monthly, una revista literaria de alto carácter; y también a la New American Cyclopaedia, de la cual también soy editor, y para la cual habéis proporcionado algunos artículos muy importantes.

“Si se necesitara alguna otra explicación, tendré el placer de proporcionarla. Entretanto quedo, vuestro muy fielmente,

Charles A. Dana, Redactor-Jefe de la N. Y. Tribune
“Dr. Charles Marx” 

15. LOS FOLLETOS DE DENTU

He demostrado que los folletos de Dentu son la fuente de la cual el Da-Da alemán deriva su sabiduría sobre la historia mundial en general y sobre la “saludable política de Napoleón” en particular. La “saludable política de Napoleón” es una frase de un reciente artículo de fondo del “demócrata” F. Zabel. Lo que los propios franceses piensan y saben acerca de estos folletos puede verse por el siguiente extracto del semanario parisino, el Courrier du Dimanche, nº 42, del 14 de octubre de 1860.

“Pour ce qui regarde le moment actuel, prenez dix brochures au hasard, et vous reconnaîtrez que neuf au moins ont été pensées, élaborées, écrites ... par qui? par des romanciers de profession, par des chansonniers, par des vaudevillistes, par des sacristains!

“Parle-t-on dans les gazettes de mystérieuses entrevues entre les puissances du Nord, de la Sainte-Alliance qui ressuscite? Vite voilà un faiseur agréable de couplets assez littéraires, et même (jadis) passablement libéraux, qui court chez l’inévitable M. Dentu et lui apporte sous ce titre ronflant: La coalition, une longue et fade paraphrase des articles de M. Grandguillot. L’alliance anglaise semble déplaire parfois à M. Limayrac? Vite, un M. Chatelet, chevalier de l’ordre de Grégoire le Grand, et qui doit être sacristain quelque part, si j’en crois son style, publie ou republie un long et ridicule factum: Crimes et délits de l’Angleterre contre la France. Déjà l’auteur du Compère Guillery (Edmond About) avait jugé à propos de nous édifier sur les arcanes politiques de la monarchie prussienne, et avait donné du haut de ses chutes théâtrales, des conseils de prudence aux chambres de Berlin. On annonce que M. Clairville va prochainement élucider la question de l’isthme de Panama, si fort embrouillée par M. Belly; et sans doute quelques jours après la conférence royale du 21 Octobre, on verra paraître à toutes les vitrines de nos libraires une splendide brochure rose qui portera ce titre: Mémoire sur l’entrevue de Varsovie par le corps de ballet de l’Opéra.

“Cette invasion, en apparence inexplicable, des questions politiques par les dii minores de la littérature, se rattache à bien des causes. Nous en citerons ici une seule, mais qui est la plus immédiate et la plus incontestable.

“Dans le marasme presque universel d’esprit et de cœur, ces messieurs, qui font le triste métier d’amuseurs publics, ne savent plus par quel moyen secouer et réveiller leurs lecteurs. Les vieilles gaités de leurs refrains et de leurs anecdotes leur reviennent sans cesse. Eux-mêmes se sentent aussi mornes, aussi tristes, aussi ennuyés que ceux qu’ils entreprennent de dérider. Voilà pourquoi à bout de ressources, ils se sont mis, en désespoir de cause, à écrire les uns des mémoires de courtisanes, les autres des brochures diplomatiques.

“Puis, un beau matin, un aventurier de la plume, qui n’a jamais fait à la politique le sacrifice d’une heure sérieuse d’étude, qui n’a pas même au cœur le

Herr Vogt — XII. Apéndices 325

semblant d’une conviction, quelle qu’elle soit, se lève et se dit: ‘J’ai besoin de frapper un grand coup! Voyons! que ferai-je pour attirer sur moi l’attention générale qui me fuit d’instinct? Ecrirai-je un opuscule sur la question Léotard ou sur la question d’Orient? Révélerai-je au monde surpris le secret de boudoirs où je n’entrai jamais, ou celui de la politique russe qui m’est plus étrange encore? Dois-je m’attendrir en prose voltairienne sur les femmes éclaboussées ou en prose évangélique sur les malheureuses populations maronites traquées, dépouillées, massacrées par le fanatisme mahométan? Lancerai-je une apologie de mademoiselle Rigolboche ou un plaidoyer en faveur du pouvoir temporel? Décidément, j’opte pour la politique. J’amuserai encore mieux mon public avec les rois et les empereurs, qu’avec les lorettes. Cela dit, notre surnuméraire de la littérature bohème compulse le Moniteur, hante quelques jours les colonnades de la Bourse, rend visite à quelques fonctionnaires et sait enfin de quel côté souffle le vent de la curiosité à la ville, ou celui de la faveur à la cour: il choisit alors un titre que ce vent puisse enfler d’une façon suffisante et se repose content sur ses lauriers. Aussi bien son œuvre est faite désormais; car aujourd’hui, en matière de brochure, il n’y a que deux choses qui comptent, le titre et les relations que l’on suppose entre l’écrivain et ‘de hauts personnages’.

“Est-il nécessaire de dire, après cela, ce que valent les brochures qui nous inondent? Ramassez un jour tout ce que vous avez de courage, tâchez de les lire jusqu’au bout et vous serez effrayés de l’ignorance inouïe, de la légèreté intolérable, voire même de l’amoindrissement de sens moral qu’elles décèlent dans leurs auteurs. Et je ne parle pas ici des plus mauvaises... Et chaque année nous courbe plus bas, chaque année voit apparaître un nouveau signe de décadence intellectuelle, chaque année ajoute une honte littéraire nouvelle à celles dont il nous faut déjà rougir. De telle sorte que les plus optimistes se prennent quelquefois à douter de demain, et se demandent avec angoisse: Sortirons-nous de là?” 

² “En lo que respecta al estado actual de las cosas, tomad diez folletos al azar y reconoceréis que al menos nueve han sido concebidos, elaborados, escritos... ¿por quién? Por novelistas de profesión, por cancionistas, por vaudevillistas, ¡por sacristanes!

“¿Se habla en las gacetas de misteriosas entrevistas entre las potencias del Norte, de la Santa Alianza que resucita? Rápidamente, he ahí a un agradable hacedor de coplas bastante literarias, e incluso (antaño) pasablemente liberales, que corre a casa del inevitable Sr. Dentu y le trae bajo ese rimbombante título: La coalición, una larga e insípida paráfrasis de los artículos del Sr. Grandguillot. ¿La alianza inglesa parece desagradar a veces al Sr. Limayrac? Rápidamente, un tal Sr. Chatelet, caballero de la orden de Gregorio Magno, y que debe de ser sacristán en algún lugar, si juzgo por su estilo, publica o republica un largo y ridículo factum: Crímenes y delitos de Inglaterra contra Francia. Ya el autor del Compère Guillery (Edmond About) había juzgado oportuno edificarnos sobre los arcanos políticos de la monarquía prusiana, y había dado desde lo alto de sus caídas teatrales consejos de prudencia a las cámaras de Berlín. Se anuncia que el Sr. Clairville va a dilucidar próximamente la cuestión del istmo de Panamá, tan fuertemente embrollada por el Sr. Belly; y sin duda algunos días después de la conferencia real del 21 de octubre, se verá aparecer en todos los escaparates de nuestros libreros un espléndido folleto rosa que llevará este título: Memoria sobre la entrevista de Varsovia por el cuerpo de ballet de la Ópera.

“Esta invasión, en apariencia inexplicable, de las cuestiones políticas por los dii minores de la literatura, se vincula a muchas causas. Citaremos aquí una sola, pero que es la más inmediata y la más incontestable.

“En el marasmo casi universal de espíritu y de corazón, estos señores, que hacen el triste oficio de divertidores públicos, ya no saben mediante qué medio sacudir y despertar a sus lectores. Las viejas alegrías de sus estribillos y de sus anécdotas les vuelven sin cesar. Ellos mismos se sienten tan taciturnos, tan tristes, tan aburridos como aquellos a quienes se proponen desarrugar. He aquí por qué, al cabo de sus recursos, se han puesto, en desesperación de causa, a escribir unos memorias de cortesanas, otros folletos diplomáticos.

“Luego, una buena mañana, un aventurero de la pluma, que nunca ha sacrificado a la política una hora seria de estudio, que no tiene siquiera en el corazón el semblante de una convicción, cualquiera que sea, se levanta y se dice: ‘¡Necesito dar un gran golpe! ¡Veamos! ¿Qué haré para atraer sobre mí la atención general que me huye por instinto? ¿Escribiré un opúsculo sobre la cuestión Léotard o sobre la cuestión de Oriente? ¿Revelaré al mundo sorprendido el secreto de los gabinetes donde nunca entré, o el de la política rusa, que aún me es más extraño? ¿Debo enternecerme en prosa volteriana sobre las mujeres salpicadas o en prosa evangélica sobre las desdichadas poblaciones maronitas acosadas, despojadas, masacradas por el fanatismo mahometano? ¿Lanzaré una apología de la señorita Rigolboche o un alegato en favor del poder temporal? Decididamente, opto por la política. Divertiré a mi público aún mejor con los reyes y los emperadores que con las loretas.’ Dicho esto, nuestro supernumerario de la literatura bohemia consulta el Moniteur, frecuenta algunos días las columnatas de la Bolsa, rinde visita a algunos funcionarios y sabe por fin de qué lado sopla el viento de la curiosidad en la ciudad, o el del favor en la corte: elige entonces un título que ese viento pueda inflar de manera suficiente y se repone contento sobre sus lauréles. Por lo demás, su obra está hecha desde ahora; porque hoy, en materia de folleto, no hay más que dos cosas que cuentan, el título y las relaciones que se supone entre el escritor y ‘altos personajes’.

“¿Es necesario decir, después de esto, lo que valen los folletos que nos inundan? Reunid un día todo el valor que tengáis, tratad de leerlos hasta el final y quedaréis espantados de la ignorancia inaudita, de la ligereza intolerable, y hasta del amenguamiento del sentido moral que revelan en sus autores. Y no hablo aquí de los peores... Y cada año nos encorva más bajo, cada año ve aparecer un nuevo signo de decadencia intelectual, cada año añade una nueva vergüenza literaria a aquellas de las que ya tenemos que enrojecer. De tal suerte que los más optimistas a veces se ponen a dudar del mañana, y se preguntan con angustia: ¿Saldremos de ahí?”

Si los periódicos mencionan misteriosas reuniones entre las potencias del norte o un proyecto para resucitar la Santa Alianza, acto seguido algún personaje amable, fabricante de canciones medianamente literarias, e incluso canciones otrora moderadamente liberales, correrá al inevitable señor Dentu y le suministrará, bajo el estruendoso título de «La Coalition», una larga e insípida paráfrasis de los artículos del señor Grandguillot. Si la alianza con Inglaterra parece disgustar a veces al señor Limayrac, un tal señor Châtelet, caballero de la Orden de San Gregorio Magno y hombre que, a juzgar por su estilo, debe de ser sacristán en algún sitio, publica o reedita en un santiamén un largo y ridículo relato: Crimes et délits de l’Angleterre contre la France. El autor de Compère Guillery (Edmond About) ya ha considerado oportuno edificarnos con historias sobre los secretos políticos de la monarquía prusiana y, desde las alturas de sus fiascos teatrales, ha honrado a las Cámaras de Berlín con su prudente consejo. Se ha anunciado que el señor Clairville dilucidará en breve el problema del istmo de Panamá, tan machaconamente oscurecido por el señor Melly; y sin duda, pocos días después de la conferencia real del 11 de septiembre, veremos en los escaparates de todas nuestras librerías un espléndido folleto rosa con el título: Mémoire sur l’entrevue de Varsovie par le corps de ballet de l’Opéra … Esta invasión aparentemente inexplicable de la arena política por parte de los dioses menores de la literatura tiene muchas causas. Aquí solo mencionaremos una, pero esta es la más palpable y la más indiscutible de todas.

La frase «la saludable política de Napoleón», citada más arriba, procedía del National‑Zeitung. Por extraño que parezca, el corresponsal en París del Manchester Guardian —periódico considerado en toda Inglaterra como un diario que publica noticias en general fidedignas— ha referido la siguiente curiosidad:

«París, 8 de noviembre … Luis‑Napoleón gasta en vano su oro financiando periódicos como el National‑Zeitung.» (Manchester Guardian del 12 de noviembre de 1860.)*

«En medio de la decadencia casi universal del intelecto y del corazón, los caballeros que tienen la lúgubre tarea de divertir al público no saben ya con qué asombrar y despabilar a sus lectores. Reproducen una y otra vez los viejos chistes de sus estribillos y de sus anécdotas. Ellos mismos están tan abatidos, tan melancólicos y tan aburridos como aquellos a quienes se proponen alegrar. He aquí por qué, por pura desesperación, cuando han agotado todos los recursos, algunos se ponen a escribir las memorias de cortesanas, y otros panfletos diplomáticos.

»Entonces, una buena mañana, un aventurero de la pluma que jamás ha sacrificado una sola hora de estudio serio a la política, que ni siquiera tiene el espectro de una convicción auténtica en su corazón, se levanta de la cama y se dice: “¡Tengo que dar un golpe de efecto! A ver, ¿qué hago para atraer la atención del gran público que instintivamente me ignora? ¿Escribo un artículo sobre el asunto Léotard o sobre la Cuestión de Oriente? ¿Revelo a un mundo atónito los secretos de boudoirs en los que nunca he entrado, o los misterios de la política rusa que conozco aún menos? ¿Me derrito de emoción, al estilo volteriano, por la suerte de las mujeres caídas, o lamento en prosa bíblica a la desdichada población maronita perseguida, saqueada y masacrada por el fanatismo musulmán? ¿Canto las alabanzas de la señorita Rigolboche o escribo una apología del poder temporal? Ya lo tengo: me decidiré por la política. Entretendré mejor a mi público con reyes y emperadores que con mujeres de vida alegre.” Dicho lo cual, nuestro figurante de la bohème literaria se zambulle en el Moniteur, ronda durante varios días las columnatas de la Bolsa, visita a unos cuantos funcionarios y al fin sabe de qué lado sopla el viento de la curiosidad ciudadana, o hacia dónde se inclina el favor de la Corte. Escoge entonces un título capaz de capturar una porción suficiente de ese viento, tras lo cual se duerme en sus laureles. Ya ha hecho todo lo necesario: pues en estos tiempos solo se necesitan dos cosas para hacer un panfleto: el título y las relaciones que pueda suponerse que existen entre el autor y “personas de alta posición”.

»¿Sigue siendo necesario, después de todo esto, hablar del valor de los panfletos que inundan el mercado? Si un día usted arma su coraje e intenta leerlos de cabo a rabo, quedará horrorizado ante la extraordinaria ignorancia, la insoportable frivolidad y, sobre todo, la absoluta degradación de los principios morales que revelan sus autores. Y no hablo de los peores … Y cada año se ve hundirse más bajo el nivel, cada año trae nuevas pruebas de decadencia intelectual, cada año añade un nuevo deshonor literario a los que ya nos hacen enrojecer. Las cosas han llegado a tal extremo que hasta los más grandes optimistas se preguntan a veces qué traerá el día de mañana y se dicen ansiosos: ¿Podremos salir algún día de todo esto?» — Ed.

* Marx cita el pasaje del Manchester Guardian en inglés y da la traducción alemana entre paréntesis.— Ed.

Sin embargo, creo que el corresponsal, normalmente tan bien informado, del Manchester Guardian se equivoca esta vez. Pues se dice que F. Zabel se ha pasado al campo bonapartista para probar que no está a sueldo de Austria. En todo caso, tal es la información que me llegó desde Berlín, y encaja a la perfección en la… Dunciada.

16. POST SCRIPTUM

a) K. VOGT Y LA CIMENTAIRE

Mientras se imprimían estas últimas páginas, cayó casualmente en mis manos el número de octubre (1860) de Stimmen der Zeit. A. Kolatschek, el antiguo editor de la Deutsche Monatsschrift, órgano de los parlamentarios refugiados y, por así decirlo, el superior literario del «regente imperial fugitivo», narra la siguiente historia acerca de su amigo Karl Vogt en la pág. 37:

«La sociedad anónima ginebrina La Cimentaire, que contaba entre sus administradores nada menos que al propio señor Karl Vogt, fue fundada en 1857. En 1858 los accionistas se habían quedado sin un céntimo y el fiscal metió inmediatamente en la cárcel a uno de los administradores bajo acusación de fraude. En el momento de la detención, el señor Vogt se encontraba casualmente ausente, en Berna; regresó a toda prisa, el hombre que había sido arrestado quedó en libertad, se suprimieron los cargos “por temor a provocar un escándalo”, pero los accionistas lo perdieron todo. Después de semejante ejemplo, no se puede realmente sostener que la propiedad esté muy bien protegida en Ginebra, y el error del señor Karl Vogt a este respecto es tanto más extraño cuanto que él era, como hemos mencionado, uno de los administradores de la sociedad en cuestión. E incluso en Francia, en casos similares, lo habitual es buscar a los culpables entre los administradores, encarcelarlos y emplear sus bienes para satisfacer las demandas civiles de los accionistas.»

Compárese esto con lo narrado por Joh. Ph. Becker en su carta (en el Capítulo X) acerca del incidente bancario que arrojó al señor James Fazy en brazos de los decembristas.ª Tales detalles ayudan enormemente a resolver el enigma de cómo «Napoléon le Petit» llegó a ser el hombre más grande de su siglo. Como es bien sabido, «Napoléon le Petit» mismo tuvo que elegir entre un golpe de Estado y… Clichy.1

b) KOSSUTH

El siguiente extracto del memorándum de una conversación con Kossuth prueba de manera incontrovertible que Kossuth sabe perfectamente que es Rusia la que constituye la mayor amenaza para Hungría. Dicho memorándum2 procede de uno de los miembros radicales más célebres de la actual Cámara de los Comunes.3

«Memorándum de una conversación con el Sr. Kossuth en la tarde del 30 de mayo de 1854, en …

“ … Un retorno a la estricta legalidad en Hungría (dijo él, a saber, Kossuth) podría renovar la unión entre Hungría y Austria e impediría que Rusia encontrase algún partidario en Hungría. Él (Kossuth) no opondría ninguna resistencia a un retorno a la legalidad. Aconsejaría a sus compatriotas aceptar de buena fe semejante restauración, si pudiera obtenerse, y se comprometería a no ser de ningún modo un obstáculo para tal arreglo. Él mismo no regresaría a Hungría. Él mismo no propondría semejante línea a Austria, pues no cree que Austria vuelva a la legalidad salvo bajo la presión de una necesidad extrema. Me autorizó a decir que tales eran sus sentimientos y que, si se le apelaba, los confesaría abiertamente, aunque no podría comprometerse con ninguna propuesta, puesto que no podía esperar que Austria abandonase su tradicional esquema centralizador hasta que se viese obligada a ello … En 1848 habría consentido en que se enviasen tropas húngaras para resistir los ataques de los piamonteses” (el Sr. Kossuth fue mucho más lejos en 1848, dado que aseguró el envío de tropas húngaras contra los “rebeldes” italianos pronunciando un violento discurso en la Dieta Imperial en Pest), “pero no las emplearía para coaccionar a la Italia austríaca, del mismo modo que no consentiría tropas extranjeras en Hungría.”»253

El poder mitopoyético de la fantasía popular se ha manifestado siempre en la creación de «grandes hombres». Simón Bolívar es, sin duda, la ilustración más convincente de ello. En cuanto a Kossuth, se le celebra, por ejemplo, como el hombre que abolió el feudalismo en Hungría. Sin embargo, no está vinculado en modo alguno a las tres grandes medidas: el impuesto universal, la supresión de las cargas feudales del campesinado y la abolición sin indemnización de los diezmos pagados a la Iglesia. La moción para el impuesto universal (del que antes estaba exenta la nobleza) fue presentada por Szemere; la moción para suprimir la corvée, etc., por Bonis, diputado por Szabolcz, y el propio clero, por medio de Jekelfalussy, diputado y canónigo, renunció voluntariamente a su derecho de percibir diezmos.4