Friedrich Engels

La reforma del ejército en Alemania

Escrito a fines de enero/principios de febrero de 1860.

Del inglés.

["New-York Daily Tribune" núm. 5873 del 20 de febrero de 1860, artículo de fondo]

Más aún que la guerra de Crimea, la guerra de Italia de 1859 confirmó el hecho de que la organización militar francesa es la mejor de Europa. De todos los ejércitos europeos, a excepción del francés, el austriaco poseía ciertamente el más alto nivel, y sin embargo el ejército como conjunto no pudo ganar una sola batalla en aquella breve campaña de 1859, pese a que sus soldados se cubrieron de gloria. Aun teniendo en cuenta la mala dirección, la falta de un mando unificado y la inepta injerencia del emperador, los oficiales de regimiento y los soldados austriacos en su conjunto daban la impresión de que la falta de éxito debía atribuirse en parte a la organización, que respondía menos a las exigencias de una guerra real que la de sus adversarios. Y si el ejército austriaco —reorganizado por completo apenas unos años antes— se había mostrado insuficiente, ¿qué cabía esperar de otros ejércitos cuya organización databa de fecha aún más antigua?

No hay que asombrarse de que los franceses llevaran ventaja en este aspecto. Ninguna nación, cualesquiera que sean sus aptitudes militares, puede sostener durante 25 años una guerra de pequeñas operaciones en escala tan gigantesca como la de Argelia sin desarrollar en alto grado la capacidad operativa de sus tropas. Mientras Inglaterra y Rusia condujeron sus guerras en la India y en el Cáucaso principalmente con tropas expresamente destinadas a ello, la mayor parte del ejército francés había pasado por la escuela argelina. Francia explotó a conciencia esa escuela, que resultó costosa en hombres y dinero, pero muy eficaz y rica en valiosas experiencias militares. Luego vino la guerra de Crimea, otra escuela de mayor escala, que contribuyó a elevar la confianza del soldado en sí mismo. Quedó demostrado que las experiencias adquiridas en las campañas contra tribus nómadas y tropas irregulares eran igualmente útiles y aplicables en una lucha contra tropas regulares.

Que en tales condiciones una nación dotada de un talento especial para la profesión de las armas haya llevado su organización militar a una perfección que supera todo lo alcanzado por sus vecinos —hecho demostrado sin duda en Magenta y Solferino— provocó no obstante asombro, especialmente en Alemania. Los pedantes militares de este país estaban tan seguros de su imaginaria superioridad sobre los volubles, inconstantes, indisciplinados e inmorales franceses, que este golpe los dejó estupefactos. Por otra parte, empezaron a manifestarse en seguida los círculos más jóvenes e inteligentes de los ejércitos austriaco y de otros Estados alemanes, que siempre habían sido adversarios del martinetismo. Los oficiales austriacos que acababan de dejar atrás Magenta fueron los primeros en decir toda la verdad, a saber: que los franceses no llevan mochila en la batalla, que no usan corbatín, ni cuello almidonado, ni levita ni pantalón estrecho; visten pantalones anchos y una blusa holgada cuyo cuello va doblado hacia abajo, dejando enteramente libre el cuello y el pecho; cubren su cabeza con un ligero quepis y llevan los cartuchos en los bolsillos del pantalón. Donde los austriacos llegan agotados y sin aliento, los franceses aparecen frescos, cantando y dispuestos para cualquier esfuerzo físico. Así lo contaban las cartas de los oficiales austriacos recién llegados del campo de batalla, y a ellas se sumaban oficiales prusianos, bávaros y de otros Estados. Había sucedido algo espantoso: unos soldados se habían atrevido realmente a enfrentarse al enemigo sin todo aquel incómodo atavío que constituye casi todo el glorioso boato y aparato de la guerra y que equivale en conjunto a una camisa de fuerza; pero, pese a la ausencia de esa camisa de fuerza, habían resultado vencedores en todos los campos de batalla. Este hecho era de tal importancia que ni siquiera los gobiernos alemanes pudieron cerrar los ojos ante él.

Así, para espanto de los viejos militares de las polainas, la reforma del ejército se convirtió en la consigna del día en Alemania. Teorías muy revolucionarias en asuntos militares no solo se expusieron impunemente, sino que incluso fueron tomadas en consideración por los gobiernos. El primer punto fue, naturalmente, el equipo del soldado, que había constituido la diferencia más visible entre ambos ejércitos en el campo de batalla. La discusión sobre este proyecto resultó tan interminable como variados eran los gustos. Se malgastó mucho ingenio en el vestuario militar. Gorras, cascos, chacós, sombreros, levitas, blusas, capotes, cuellos, puños, pantalones, polainas y botas se discutían con una vivacidad y locuacidad tales como si la suerte de la jornada de Solferino solo hubiera dependido de esas cosas. Los austriacos fueron los más extravagantes en sus modas militares. Desde una copia casi exacta del modelo francés (salvo en el color), recorrieron todos los estadios intermedios hasta la blusa y el sombrero flexible. Imagínese uno al tieso, conservador y sobrio soldado imperial y real austriaco con el coqueto atuendo de los cazadores franceses o, peor aún, con la blusa y el sombrero de fieltro de los revolucionarios cuerpos francos alemanes de 1848. Si se hubiera considerado seriamente uno de estos extremos, no podría haberse hecho una sátira mayor del sistema militar austriaco. Como de costumbre, el asunto se llevó más a fuerza de palabras que a una conclusión exitosa; el viejo espíritu militar de las polainas reconquistó una parte del terreno perdido, y a lo sumo en Austria se introducirán algunos cambios insignificantes de uniforme, mientras que en los demás ejércitos alemanes apenas es probable innovación alguna, salvo que el casco prusiano, ese mimado invento del romántico Federico Guillermo IV, parece condenado a bajar a la tumba antes que su inventor.

Luego vino la gran cuestión de la mochila. Que los franceses entraran en combate sin su mochila era una imprudencia que solo puede justificarse por su suerte y por el calor de la estación. Pero si llegara a convertirse en una costumbre para ellos, el primer cambio hacia un tiempo frío o lluvioso se lo haría pagar muy caro. De hecho, la adopción general de este método no significaría menos que en cada batalla el ejército derrotado perdería no solo su artillería, banderas y provisiones, sino también todo el bagaje individual de su infantería. En consecuencia, unos cuantos vivaques pasados por lluvia aniquilarían por completo a la infantería, ya que esta solo contaría con la ropa que cada soldado llevara puesta en ese momento. Sin embargo, la manera correcta de plantear el problema parece ser la de cómo reducir al mínimo el bagaje individual del soldado –punto importante que podría resolverse fácilmente de manera satisfactoria si las piezas que lo componen se examinaran solo desde el punto de vista de su utilidad real en una batalla. La discusión en Alemania, no obstante, no ha resuelto esta cuestión.

Junto a la cuestión del vestido y de la mochila, también la organización de las distintas subdivisiones de los ejércitos es un asunto muy debatido: de cuántos hombres debe constar una compañía, cuántas compañías deben formar un batallón, cuántos batallones un regimiento, cuántos regimientos una brigada, cuántas brigadas una división, y así sucesivamente. Este es otro punto sobre el cual se puede producir un cúmulo de disparates con el rostro más grave e importante del mundo. En todos los ejércitos, el sistema de la táctica elemental limita la fuerza y el número de las compañías y batallones a ciertos márgenes. La fuerza de las brigadas y divisiones depende, en sus mínimos y máximos, de la fuerza usual en los ejércitos vecinos, a fin de evitar en lo posible la desigualdad entre las grandes unidades tácticas en caso de conflicto. El intento de resolver tales problemas no a partir de las relaciones efectivas que las propias circunstancias imponen, sino mediante un atrevido recurso a causas últimas, es puro disparate, que tal vez se pareciera a los filósofos alemanes, pero que para gente práctica está fuera de lugar. El aumento del número de regimientos de infantería de línea austriacos de 63 a 80, con un número reducido de batallones, les dará tan poca seguridad de tener «más suerte la próxima vez» como ensanchar los pantalones o doblar hacia abajo los cuellos.

Pero mientras las modas militares y las especulaciones abstrusas sobre la fuerza normal y la composición de una brigada acaparan la atención, los grandes errores y debilidades del sistema militar alemán pasan inadvertidos. En efecto, ¿qué pensar de unos oficiales que discuten con suma excitación el corte de un pantalón o de un cuello y que se resignan tranquilamente a que en el ejército de la Confederación Germánica haya más de 20 calibres diferentes en la artillería de campaña y diferencias casi incontables en los calibres de las armas de fuego portátiles? La ocasión de igualar los calibres en toda Alemania al introducir los fusiles rayados no solo se desaprovechó de manera criminal, sino que la situación se agravó aún más en el proceso. Vale la pena considerar por un momento la confusión reinante en materia de calibres. Austria, Baviera, Wurtemberg, Baden y Hesse-Darmstadt tienen un calibre de 0,53 pulgadas. Con el práctico sentido común que los alemanes del sur han puesto de manifiesto en muchas ocasiones, han establecido, mediante una reforma importante, un calibre uniforme para 5 cuerpos del ejército federal. Prusia tiene dos calibres, el del llamado fusil de aguja, de aproximadamente 0,60 pulgadas, y el del viejo mosquete de ánima lisa, que recientemente fue rayado según el principio Minié, de unas 0,68. Este último, sin embargo, será desplazado muy pronto por el primero. El noveno cuerpo de ejército tiene tres calibres rayados distintos y dos o tres calibres de ánima lisa diferentes; el décimo tiene por lo menos diez, y la división de reserva casi tantos calibres como batallones. Imagínese ahora un ejército tan abigarrado en acción durante una batalla. ¿Cómo sería posible que la munición correspondiente a cada contingente estuviera siempre a mano cuando se la necesita? Y si no es así, ese contingente se vuelve inútil y sin valor. Prescindiendo de Austria, de los alemanes del sur y de Prusia, solo por esta circunstancia ningún otro contingente puede ser de verdadera utilidad en un combate prolongado. Lo mismo vale para la artillería. En lugar de fijar de inmediato un calibre uniforme que correspondiera al menos al antiguo cañón de a seis y que con el tiempo pudiera convertirse en el calibre universal para los cañones de campaña rayados, los prusianos, los austriacos y los bávaros funden ahora piezas rayadas de forma totalmente independiente unos de otros, lo que no hará sino aumentar las diferencias de calibres ya existentes. Un ejército en el que subsisten defectos tan fundamentales haría mejor en emplear su tiempo en otra cosa que en disputar sobre cuellos y pantalones y sobre la fuerza normal de las brigadas y batallones.

No puede haber progreso militar en Alemania mientras en las altas esferas se rinda culto a la idea de que los ejércitos están para los desfiles y no para la batalla. Esta pedantería —reprimida por un tiempo por Austerlitz, Wagram y Jena y por el entusiasmo de las masas de 1813 a 1815— alzó muy pronto de nuevo la cabeza y dominó sin restricciones hasta 1848; y, al menos en Prusia, parece haber alcanzado su punto culminante durante los últimos diez años. Si Prusia se hubiera visto envuelta en la guerra italiana, Pélissier habría logrado ciertamente infligir un nuevo Jena al ejército prusiano, y solo las fortalezas del Rin habrían podido salvarlo. Tal es el estado al que ha sido llevado el ejército, que, en lo que respecta a sus soldados, no es inferior a ningún ejército del mundo. En un futuro conflicto entre franceses y alemanes podemos esperar, con razón, ver reproducidos los contornos de Magenta y Solferino.