Karl Marx

[Garibaldi en Sicilia –]

Asuntos prusianos

Del inglés.

["New-York Daily Tribune", núm. 5972, del 14 de junio de 1860]

Berlín, 28 de mayo de 1860

Aquí, como en toda Europa, las hazañas de Garibaldi en Sicilia constituyen, naturalmente, el tema de conversación dominante. Ahora bien, sabrá usted que nunca se ha utilizado el telégrafo de una manera tan desvergonzada como en el presente caso, tanto por parte de Nápoles como de Génova o Turín. Jamás cayeron langostas sobre Europa en cantidad semejante a la de los canards eléctricos <noticias falsas> de ahora. Parece, por tanto, que vale la pena exponer en pocas palabras las opiniones que se tienen aquí, en los círculos militares más competentes, acerca de los asuntos sicilianos. En primer lugar, como es generalmente sabido, la insurrección duró un mes entero hasta la aparición de Garibaldi; pero, por extraordinariamente importante que sea este hecho, puede ser sobreestimado, como lo ha mostrado el "Constitutionnel" de París. Las fuerzas militares de que Nápoles disponía en Sicilia, antes de que el general Lanza fuera enviado con tropas frescas, apenas ascendían a 20.000 hombres, de los cuales la inmensa mayoría tuvo que concentrarse en las fortalezas de Palermo y Mesina, de modo que el cuerpo volante que quedaba disponible para la persecución de los insurgentes podía ciertamente enorgullecerse de varios choques afortunados, dispersar al adversario en determinados puntos e inquietarlo en diversas direcciones, pero había de resultar del todo insuficiente para sofocar por completo la sublevación. En el momento actual, parece que hay unos 30.000 soldados napolitanos concentrados en Palermo, de los cuales dos tercios ocupan la fortaleza, mientras que un tercio ha acampado fuera de su recinto. Se dice que 15.000 napolitanos ocupan Mesina. Ahora bien, según las últimas noticias, Garibaldi no había avanzado más allá de Monreale. Ciertamente, este lugar está situado en unas montañas que

dominan Palermo desde el lado de tierra, pero para aprovechar las posibilidades que ofrece esta posición, a Garibaldi le ha faltado hasta ahora el requisito más importante, a saber, la artillería de sitio. Las perspectivas inmediatas de Garibaldi, cuyo ejército cuenta con unos 12.000 hombres, dependerán, por consiguiente, de dos circunstancias importantes: de la rápida extensión de la insurrección por toda la isla y del comportamiento de los soldados napolitanos en Palermo. Si estos últimos vacilan y llegan a reñir con los mercenarios extranjeros que se encuentran entre ellos, los medios de defensa de Lanza pueden desmoronarse en sus propias manos. Si la insurrección demuestra mucha vitalidad, el ejército de Garibaldi crecerá hasta alcanzar dimensiones amenazadoras. En caso de que Garibaldi logre entrar en Palermo, ocupará todo lo que se presente ante él, a excepción de Mesina, donde la difícil tarea comenzará de nuevo. Recordará usted que los napolitanos en 1848/49 lo habían perdido todo excepto Mesina, que servía de tête-de-pont <cabeza de puente> entre Sicilia y Nápoles; entonces bastó Mesina para reconquistar toda la isla. La caída de Palermo y la ocupación militar de toda la isla, salvo Mesina, por los patriotas tendría, sin embargo, esta vez, debido a las nuevas circunstancias políticas, un significado más decisivo que en 1848/49. Si Garibaldi vence en Palermo, será apoyado oficialmente por el "Rey de Italia". Si fracasa, su invasión será desechada como una aventura privada. Hay algo así como un patetismo irónico en las palabras que Garibaldi dirigió a Víctor Manuel, anunciándole que conquistaría una nueva provincia para él, y que esperaba que el rey no la volviera a vender como a Niza, la ciudad natal de Garibaldi.

El primer puesto entre los temas de la política prusiana lo ocupa, como es natural en la opinión pública, la carta privada del Príncipe de Prusia al Príncipe consorte de Inglaterra. El príncipe de La Tour d'Auvergne, embajador de Luis Bonaparte en la corte de Berlín, no solo ha tenido la desvergüenza de entregar al señor von Schleinitz, ministro prusiano de Asuntos Exteriores, una copia de esta carta, sino que ha llegado al extremo de exigir explicaciones sobre algunos pasajes de la misma referentes al carácter y los planes del gran saltimbanque <saltimbanqui> parisino. Este suceso recuerda un incidente similar ocurrido poco antes de la ratificación del tratado de Hunkiar-Iskelessi en 1833. El Gran Visir, que en aquella época había transmitido una copia del tratado secreto redactado por el conde Orlov a la embajada británica en Constantinopla,

quedó sumamente desconcertado cuando, al día siguiente, el conde Orlov, para su no muy grata sorpresa, le devolvió esa misma copia con el malicioso consejo de que en el futuro buscara confidentes de más fiar. En Berlín todo el mundo está convencido de que en el servicio postal inglés se había manipulado la carta del Príncipe Regente, que había sido enviada por correo vía
Ostende
y no por
Calais,
donde al parecer se emplea a un numeroso personal para hurgar en las cartas sospechosas –una práctica que ha llegado a tal extremo que, en tiempos del gabinete de coalición, el conde de Aberdeen confesó que no se atrevía a confiar al correo sus propias cartas a sus amigos de Londres. De lord Palmerston, que por lo tanto tiene en sus manos una copia de la carta del Príncipe Regente, se sospecha que, por maldad contra el príncipe Alberto y en interés de la alianza anglo-franco-rusa, habría hecho llegar una copia de esta carta al embajador francés en Londres. En cualquier caso, el camino de la pretendida y tan comentada alianza anglo-prusiana dista mucho de ser llano.

Unos meses antes, cuando lord John Russell descubrió una buena mañana que Inglaterra tenía que lanzarse a la búsqueda de nuevas alianzas, y cuando esa noticia fue acogida con mucho entusiasmo pueril en los círculos oficiales de Berlín, apareció de repente, en forma de un documento parlamentario inglés, un despacho de lord Bloomfield al Ministerio de Asuntos Exteriores en Downing Street, en el que se reproducía una conversación privada que había mantenido durante la última guerra italiana con el señor von Schleinitz, y que comprometía de manera lamentable la probidad de la política exterior prusiana. Lord John admitió en su momento haber cometido una indiscreción inaudita, pero el primer golpe contra la nueva alianza ya se había asestado. El segundo golpe es la desviación de la carta del Príncipe Regente.

Habrá observado usted que el Príncipe, en su discurso del trono, habla con gran énfasis de la salvaguarda de los derechos contractuales y del frente unido que Alemania está dispuesta a mostrar contra toda violación de la independencia y de la integridad de la patria común. La desagradable impresión que la evidente amenaza había dejado en la bolsa de París ha sido atenuada por la revista rusa "Le Nord", que, en un tono de bonhomie <bonhomía> irónicamente condescendiente, despoja al discurso del Príncipe de toda significación seria, recuerda frases semejantes pronunciadas por él durante la guerra de Italia y,

finalmente, caracteriza todo el pasaje como un simple eco del estado de ánimo del pueblo. En lo que respecta al resto del discurso del Príncipe, no es en realidad más que una enumeración de fracasos legislativos. Los únicos proyectos importantes que fueron debatidos por las cámaras, la ley de matrimonio prevista y las leyes sobre la administración municipal y la reforma del impuesto territorial –del cual la nobleza sigue estando exenta en la mayor parte del reino–, han fracasado todos. Además, el Príncipe se lamenta de que sus medidas predilectas para la reforma militar no hayan recibido todavía la sanción legislativa.

Aunque el gobierno, con la actual cámara de diputados, cuya gran mayoría es partidaria del partido gubernamental, se ha mostrado incapaz de sacar adelante su propuesta de reforma del ejército, ha obtenido finalmente una consignación extraordinaria de nueve millones y medio de táleros para gastos militares, al tiempo que –según me informan cartas de provincias– los cambios previstos en la organización del ejército se están introduciendo tácitamente en la práctica, de manera que, cuando las cámaras vuelvan a reunirse, no les quedará otra alternativa que sancionar lo que para entonces se habrá convertido en un fait accompli. El núcleo de la reforma militar proyectada se explica en el "Baltische Monatsschrift", una revista ruso-alemana que aparece en Riga y se imprime con autorización del gobernador general ruso de Livonia, Estonia y Curlandia.

«La reforma del ejército prusiano», escribe esa publicación, «que se inició inmediatamente después de la paz de Villafranca, difícilmente puede servir a otro propósito que el de emancipar al gobierno de la apelación directa a la población total, apelación que en el sistema militar anterior se hacía inevitable cada vez que el gobierno consideraba necesario reforzar su política con demostraciones bélicas. Dada la actual agrupación política de Europa, un Estado como Prusia, que todavía lucha por el pleno reconocimiento como gran potencia, no puede, en todos los casos en que juzgue necesaria la aplicación de su fuerza armada, suspender toda su vida pacífica, ni garantizar en todos los casos a la nación llamada a las armas un verdadero desencadenamiento de las hostilidades. En el sistema de la Landwehr <Landwehrsystem: en la "N.-Y. D. T." en alemán> existe cierta contradicción democrática con el principio monárquico. La doble movilización en un lapso de tiempo relativamente corto, en 1850 y 1859, que nunca fue seguida por una acción bélica, sino meramente por la desmovilización, parecía menoscabar la autoridad misma de la política exterior del Estado ante una gran parte de la población prusiana. Precisamente de

las circunstancias que acompañaron a ambas movilizaciones, la opinión pública parece haber sacado la conclusión de que el gobierno, en toda aplicación del poder militar, está vinculado a la aquiescencia del público. Incluso las explicaciones oficiales sobre el comportamiento de Prusia en las complicaciones italianas contienen la confesión de que la movilización de la Landwehr <Landwehr: en la "N.-Y. D. T." en alemán> tropezó con imprevistos obstáculos.»

De ello deduce el periódico ruso-alemán que Prusia debería deshacerse del sistema de la Landwehr en su forma actual, pero a la vez insinúa con una sonrisa irónica que «semejante modificación de una de las instituciones más populares, precisamente en el momento en que Prusia se da aires de pisar el terreno del liberalismo», es una operación muy delicada. Cabe señalar aquí que esta «Baltische Monatsschrift», que aparece en Riga bajo tutela zarista, constituye en cierta medida la contrapartida del «Straßburger Correspondent», que se publica en Estrasburgo bajo influencia bonapartista. Ambas escaramucean en las fronteras alemanas, la una desde el Este, la otra desde el Oeste. A los corresponsales de la una se les puede considerar cosacos literarios, a los de la otra zuavos literarios. Ambos fingen gran preocupación por Alemania y rebosan de sabios consejos para el país cuya lengua materna se dignan, al fin y al cabo, utilizar. Ambos se esfuerzan por preparar a la patria para grandes cambios futuros, y ambos huelen a entente cordiale <entendimiento cordial>, que justamente ahora une al cesarismo de París con el zarismo de Petersburgo. Pero aquí termina la igualdad. Si bien el periódico de Estrasburgo exuda asimismo ese determinado tufillo de falsa dignidad melodramática característico de la literatura bohemia del Segundo Imperio francés, está escrito, no obstante, en el estilo confortable propio del sur de Alemania. Apela al sano sentido común y, desde luego, no aspira a rango literario alguno. En cambio, la revista mensual de Riga se pavonea con una mesura didáctica y una profundidad metafísica que huelen a las tradiciones de la Universidad de Königsberg. No obstante, considero que los arrebatos de ira patriótica con que la prensa alemana ataca tanto a la «Monatsschrift» como al «Correspondent», sobre todo a este último, son necias manifestaciones de una incapacidad infantil.