New-York Daily Tribune. Núm. 5846, 19 de enero de 1860

El sentir inglés ante la cuestión de la esclavitud norteamericana.

Corresponsalía del N. Y. Tribune. Londres, 31 de diciembre de 1859.

Siempre ha de consignarse cuando alguno de los influyentes diarios londinenses se emancipa de una servidumbre pasajera y retorna a las filas de la prensa independiente. En el caso de The Economist, este suceso reclama tanto más atención cuanto que dicho periódico, aunque opuesto a las doctrinas económicas del Tribune, ha reconocido reiteradamente la ecuanimidad y la destreza con que se dirige el Tribune. Por ser un semanario consagrado principalmente a las cuestiones económicas, The Economist se hallaba en circunstancias más favorables que el grueso de sus contemporáneos metropolitanos para realizar un análisis superior de los acontecimientos políticos, domésticos y extranjeros. Casi podía desempeñar el papel de árbitro sereno entre las alegaciones discordantes y apasionadas de la prensa cotidiana, y durante muchos años ejerció indudablemente una influencia considerable en este sentido. Su imparcialidad no era la de The Spectator, que afecta no soplar ni caliente ni frío y no decidirse en un sentido ni en otro, sino que aspiraba a juzgar cada caso por sus propios méritos, sin atender a las consignas parlamentarias ni ministeriales. En los últimos años, empero, un extraño cambio irrumpió en la conducta del periódico. El cambio se hizo visible cuando el señor James Wilson, quien, con la ayuda de los jefes de la Liga contra las Leyes de los Cereales, fundó The Economist en 1844, quedó absorbido en las filas subalternas del Gabinete de coalición. Más tarde, cuando prestó servicio en la Junta de Comercio bajo los sucesivos Gabinetes Palmerston, el carácter desaprensivamente partidista de The Economist, al teñir sus críticas sobre la guerra de Persia, la rebelión de la India, el bombardeo de Cantón y la cuestión de la reforma, dio lugar a protestas públicas que no eran nada halagüeñas para el señor Wilson. Los periódicos tories lo presentaban incluso como un llamativo espécimen de la moralidad del advenedizo de clase media, ya que el señor Wilson, a fuerza de laboriosidad, había pasado de sombrerero a personaje público. Su reciente ascenso al cargo de canciller del erario de la India parece haber cortado su antigua vinculación con The Economist, el cual al punto intentó recuperar el terreno perdido y, en la postura que adoptó frente a la presente guerra china, dar una prueba de independencia. La parte que ahora toma The Economist en la controversia sobre la cuestión de la esclavitud norteamericana demuestra que su tono modificado no ha sido fortuito sino que, por el contrario, obedece a una determinación asentada.

Con respecto a la cuestión de la esclavitud norteamericana, The Economist ha publicado dos artículos, uno titulado “The Impending Crisis in the Southern States of America”, el otro, “English sympathy with the Slavery party in America”; el primero es, como se deducirá de su título, un comentario del volumen del señor H.R. Helper, en tanto que el segundo encarna una protesta viril contra el reciente manifiesto proesclavista de The London Times. En el primer artículo afirma The Economist que “para Inglaterra la crisis en ciernes es de un interés de lo más profundo —no porque los estados esclavistas amenacen con apelar a nosotros para defenderlos contra el Norte en caso de que llegue la desunión y desemboque en guerra civil, ya que tal apelación sería demasiado insensata para que se hiciera, sino porque, al tiempo que nuestros intereses como país manufacturero están atados, con dolorosa estrechez, a la prosperidad del Sur, nuestras simpatías políticas y nuestros buenos deseos estarían de todo corazón con el Norte”. Partiendo de la posición de que Manchester y Glasgow dependen del algodón, y de que la prosperidad de los estados algodoneros depende de la Unión, The Economist no trata de cerrar los ojos al hecho de que el comerciante y el fabricante británicos pueden sentir una fuerte inclinación hacia las pretensiones en cuyo otorgamiento afirman los estados del Sur que estriba la Unión. No obstante, The Economist asegura que si el avance de la esclavitud sólo pudiera frenarse mediante la separación del Norte respecto del Sur, tal “acontecimiento” debería ser “bienvenido” para todo auténtico inglés. “Mientras la ambición y el poder del Norte”, dice, “estén interesados en extender las fronteras de la Unión hacia el sur, hacia México y el istmo, la extinción de la esclavitud es cosa sin esperanza. La única condición de su vitalidad y rentabilidad es la constante ampliación del territorio. Trácesele un cordón más allá del cual no pueda pasar, y pronto la esclavitud se tornaría completamente improductiva dentro de ese cordón. Sólo en suelos vírgenes puede ser provechosamente cultivada por el trabajo esclavo, una clase de trabajo que, para rendir algo, requiere vigilancia constante y minuciosa. A menos que los esclavos trabajen en cuadrillas, bajo supervisión suficiente, su trabajo no vale nada, y tan pronto como se agota la tierra, ésta no puede volver a hacerse productiva sino mediante otro sistema de cultivo: aquel precisamente que exige mucha subdivisión y trabajo libre, esmerado y disciplinado, en lugar de la agricultura en gran escala a base de trabajo forzado y, por tanto, inhábil”.

En este enfoque de la cuestión, The Economist difiere del argumento expuesto en el libro del señor Helper, tan extrañamente discutido en Washington: argumento que se reduce a que, como los estados esclavistas no aumentan en población ni con mucho tan rápidamente como los libres, y como la tierra es allí mucho más barata y se necesita mucha más para rendir un valor dado en productos, la esclavitud, por consiguiente, tiene que extinguirse por sí misma y, por así decirlo, estar suicidándose. The Economist cree, por el contrario, que su avance sólo puede frenarse con los esfuerzos más enérgicos, y que lo que se aduce como razón contra la rentabilidad de la esclavitud es justamente la única circunstancia que puede hacer que valga la pena mantenerla. Puesto que la esclavitud sólo podía ser rentable en suelos ricos, extensos y escasamente poblados, “no dejará de rendir mientras abunden las tierras ricas, aptas para el cultivo del algodón, el café y el azúcar, en cuanto se agote la fertilidad primera de las viejas. Si la esclavitud llegara a extenderse hasta el istmo de Panamá, tendría ante sí una carrera indefinida. Todo el poder del partido antiesclavista debería aplicarse ahora para llevar el asunto, si es posible, a un desenlace decisivo con el Sur. Entonces no tendremos que temer por lo demás”.

He aquí la protesta de The Economist contra el manifiesto proesclavista de The London Times:

English Sympathy with the Slavery Party in America.

Hemos dicho poco acerca de la insurrección de Harper’s Ferry y no hemos intentado paliar la enorme insensatez y, por tanto, el gran entuerto de aquella empresa. Pero al encontrarnos con que el principal órgano de la opinión inglesa expresa abiertamente su simpatía hacia el Sur, calumniando a los abolicionistas con la asombrosa y desaprensiva falsedad de que están “organizando una cruzada para asesinar a los blancos e instaurar una república mestiza según el modelo de las comunidades de América Central”, y manifestando como único deseo que suscita la intentona de Brown “que el Gobierno federal se fortalezca y que los estados del Sur queden protegidos contra semejantes malhechores en lo porvenir”, nos sentimos obligados a expresar, en nombre del vasto número de ingleses que se sentirían ultrajados ante la suposición de que comparten tales opiniones, la entera disensión, así como el disgusto, con que las miramos. Cuando las tropas indígenas de la India se sublevaron días pasados y asesinaron a sus propios oficiales, tras un trato tan indulgente que en el ejército inglés se habría tenido por subversivo de toda disciplina, no nos sorprendió grandemente, aunque sí nos decepcionó en gran medida, escuchar las egoístas e insolentes doctrinas raciales que fueron proferidas por la prensa anglo-india y coreadas a medias por el órgano más popular de la opinión inglesa. Pero cuando, tras medio siglo de predicación y de esperanzas infructuosas por parte del partido antiesclavista de América, los estados del Sur están más ansiosos que nunca de extender su peculiar institución; cuando los abolicionistas oyen por todas partes propuestas de fomentar la esclavitud mediante la reanudación del tráfico de esclavos; cuando sus propios representantes son apaleados en la Cámara del Senado; cuando nuevos estados, como Kansas, son casi forzados a sangre y fuego a adoptar una institución que su población detesta; cuando se promulga una ley que obliga a los estados libres a restituir a los fugitivos que huyen de la crueldad de los esclavistas; cuando el Tribunal Supremo de Justicia invierte todo el derecho tradicional por deferencia a los intereses de los plantadores del Sur; cuando un presidente tras otro triunfa merced a la mera popularidad de sus principios esclavistas; cuando la prensa de los estados del Sur, lejos de limitarse a mantenerse a la defensiva, agota los recursos del lenguaje en el empeño de expresar su detestación por los principios libres y su propósito de alcanzar un triunfo definitivo sobre el Norte dentro del Gobierno federal o, de lo contrario, declarar la guerra; cuando todo esto sucede así, ¿qué sino el más insolente y agresivo partidismo hacia los estados esclavistas podría dictar una expresión de cálida simpatía hacia ellos como los agraviados sufrientes, así como una vehemente detestación hacia el entusiasta que, desesperando de toda persuasión moral, recurrió al último recurso de la fuerza?

No deseamos defender el paso del capitán Brown, que fue simplemente el paso de un fanático. En primer lugar, la esperanza de un éxito moral que podía alcanzarse utilizando la organización constitucional ordinaria del país no estaba agotada, ni mucho menos. En segundo lugar, aun si lo hubiera estado, no se tomaron precauciones para asegurar ese éxito que era lo único que podía justificar un paso tan peligroso. Pero cuando llegamos a repartir la culpa —a ver quiénes son los «malhechores», como The Times llama al capitán John Brown y sus partidarios—, quiénes son las víctimas inocentes, como considera a los plantadores del Sur—, llegamos a una conclusión muy diferente. El capitán Brown era un fanático: de noble ánimo y presuntuoso. Pero la culpa grave debe caer donde se originó la verdadera provocación: en ese testarudo, dominante, insolente y cruel partido esclavista, que, desde hace años, ha crecido en arrogancia y en toda cualidad partidista violenta, ofensiva e irritante mucho más rápidamente, por desgracia, de lo que ha perdido terreno en importancia política para el poder. ¿Quién puede sorprenderse de que cuando con cada victoria sus demandas se han ampliado —al Compromiso de Missouri le siguió la anexión de Texas—, a ésta, a su vez, la Ley de Esclavos Fugitivos —esa Ley por el esfuerzo organizado de forzar a Kansas a ingresar en los Estados esclavistas— y a esto, a su vez, una ruidosa agitación por la renovación abierta de la trata de esclavos—, el partido antiesclavista, fuerte en el sentido de la justicia inmutable, desafiara por completo la ley e intentara alcanzar por la rebelión abierta lo que no podía alcanzar por la agitación constitucional? Si en verdad hubiera llegado el fin —si ése fuera el único modo posible de alcanzar el objetivo del partido antiesclavista—, nadie podría negar que el fin sería tan grande y noble como aquel por el cual los Estados Unidos recurrieron a la fuerza contra el irritante dominio de Inglaterra. Cuando The Times habla de las iniquidades de provocar una guerra servil, olvida que una guerra servil sólo es peor que una guerra civil en la medida en que los esclavos son más feroces y están menos sujetos a mando que los hombres libres. Si una opresión brutal y la desesperación de cualquier alivio justificaran una guerra civil, entonces una opresión aún más brutal y una desesperación aún más completa de cualquier alivio justificarían una guerra servil. Además, los dirigentes del partido antiesclavista jamás, hasta donde sabemos, han contemplado incitar a los esclavos a la guerra. El plan del capitán Brown no sólo era realizar una liberación pacífica, sino comprometer a los esclavos con principios ultrapacíficos al unirse a él. Era, sin duda, en todos los sentidos, un proyecto de soñador. Aun así, incluso sus más fanáticos admiradores, que han hablado en Boston de hombres armados surgiendo de las cenizas de John Brown para continuar la guerra de liberación de los esclavos, no contemplaban armar a los esclavos contra sus amos, sino obligar a los amos a liberar a los esclavos.

Sea cual sea, en todo caso, el peligro de la actitud ahora asumida por el partido antiesclavista, el pecado recae casi por entero sobre las cabezas de los Estados esclavistas. Está muy bien que el Sr. Everett, apoyado por The Times, hable de la imposibilidad de toda abolición «inmediata». Si se emprendiera la más cautelosa y gradual abolición de la Esclavitud, es más, si siquiera se pensara en ella o se abogara por ella en los Estados esclavistas, la culpa de planes como los del capitán Brown sería desmesuradamente grande. Pero todo el mundo sabe que no existe tal sueño en los Estados esclavistas. Todas sus medidas activas han sido fogosas y furiosas en pro de la extensión y perpetuación de la Esclavitud. Se glorían en ella. Son propagandistas, y propagandistas exitosísimos, de ella. Hablan de vez en cuando de admitir a los blancos más pobres a los beneficios de esta institución misericordiosa. Son ellos quienes amenazan con la guerra civil, antes que relajar un ápice la vergonzosa opresión del sistema. Y aun así se nos llama a compadecerlos y a llamar «malhechores» a los fanáticos abolicionistas. Nos avergüenza profundamente que tales pensamientos salgan al mundo con ese imprimatur de la opinión pública inglesa que les confiere su mera inserción en The Times. Y estamos seguros de que al repudiarlos indignados, representamos con mucha mayor fidelidad la opinión pública inglesa que nuestro poderoso colega.