Karl Marx

La contribución sobre el papel. —

La carta del Emperador

[*New-York Daily Tribune*, nº 6030 del 22 de agosto de 1860]

Londres, 7 de agosto de 1860

La gran lucha fraccional en la sesión que tuvo lugar anoche en la Cámara de los Comunes con asistencia plenaria resultó, desde el punto de vista dramático, un fracaso, aunque desde el punto de vista ministerial fuera un triunfo. Las resoluciones de Mr. Gladstone, de reducir la contribución sobre el papel al nivel del impuesto sobre el consumo —al cual deberá añadirse un pequeño recargo en la tasa para compensar las desventajas ocasionales del impuesto sobre el consumo—, fueron adoptadas por una mayoría de 33 votos. En la Cámara de los Comunes todo sucedió como se deseaba. Hubo arena y hubo gladiadores con sus partidarios detrás, pero no hubo un auditorio digno de mención. Antes de que empezara la batalla, se conocía su desenlace y se había proclamado su parte de guerra. De ahí la indiferencia del público. Los partidos de la coalición que forman el llamado Gran Partido Liberal tienen notoriamente la mayoría en el Parlamento, de modo que una derrota del gabinete sólo podría haberse producido por una escisión en las filas de la mayoría. Pero este punto había sido arreglado en la residencia oficial de Lord Palmerston, adonde había invitado a los miembros liberales de todos los matices. La propuesta misma partía de la fracción manchesteriana del ministerio, y Lord Palmerston sólo había logrado obtener el apoyo de los señores Gladstone y Milner Gibson prometiéndoles elevar la resolución de Mr. Gladstone a cuestión de gabinete. Los había engañado con su tratamiento de la propuesta de derogación de la contribución sobre el papel. Esta vez lo habían comprometido a una línea de conducta definida. Los whigs propiamente dichos eran la única fracción de la mayoría de la que se sospechaba que albergaba intenciones traicioneras. Pero la áspera voz de su amo y la amenaza de una nueva disolución del Parlamento que se cernía sobre sus cabezas bastaron para devolverlos a los límites de la disciplina. Así, muchas horas antes de que se levantara el telón, todo Londres estaba informado del resultado exacto de la lucha de partidos, y fuera de los habituales asistentes a la galería de extraños, nadie tenía interés en presenciar la lucha simulada en St. Stephen’s. Fue en realidad un asunto bastante tonto, animado sólo por la fluida elocuencia de Mr. Gladstone y la muy acabada argumentación de Sir Hugh Cairns. Mr. Gladstone intentó presentar la oposición a su proyecto de ley como un último paso desesperado del sistema proteccionista contra el librecambio. Cuando se sentó, los aplausos que ahogaron sus últimas palabras parecieron aclamarlo como el verdadero jefe del partido liberal, cuyo déspota en modo alguno amado es Lord Palmerston. Del lado conservador, Sir Hugh Cairns demostró con argumentación lógica y gran capacidad de análisis que la reducción de la contribución sobre el papel al nivel del impuesto sobre el consumo no estaba en modo alguno condicionada por el tratado comercial con Francia. Su adversario, Sir Richard Bethell, el abogado de la corona de los whigs, tuvo el mal gusto de tomar a mal el éxito de su rival, de burlarse de la “elocuencia forense” de Sir Hugh y de atraer así una verdadera salva de interrupciones de los tories sobre su propia y fiel cabeza.

Ahora que la gran lucha fraccional de la sesión ha terminado, es seguro que bandadas enteras de honorables miembros abandonarán la Cámara, de modo que Lord Palmerston, por el mero proceso de agotamiento, podrá ahora sacar adelante cada pequeño proyecto de ley que le interese, es decir, el monstruoso proyecto de ley sobre la India para fusionar el ejército europeo local con el ejército británico. Si se necesitara una nueva prueba contundente de cuán bajo ha caído el parlamentarismo en Inglaterra, este proyecto de ley sobre la India y su tratamiento en la Cámara de los Comunes la proporcionaría. Todos los miembros de la Cámara de los Comunes con autoridad y experiencia en asuntos indios se opusieron al proyecto. La mayoría no sólo confesó su completa ignorancia, sino que también reveló su oscura sospecha respecto a las ulteriores intenciones de los creadores de esta ley. Tuvieron que admitir que el proyecto de ley había sido introducido de contrabando en el Parlamento bajo falsos pretextos, que los documentos más importantes, indispensables para una evaluación precisa del caso, habían sido ocultados fraudulentamente, que el ministro para la India <Sir Charles Wood> había presentado la ley a pesar de la protesta unánime del Consejo de la India, protesta que él había omitido presentar al Parlamento, violando abiertamente la nueva constitución otorgada a la India en 1858; y, finalmente, que el gabinete ni siquiera había intentado dar razón alguna para que, hacia el final de la sesión y tras la retirada de todas las cuestiones importantes, se hiciera pasar a toda prisa en la Cámara de los Comunes una ley que modificaba radicalmente la constitución británica, mediante un enorme aumento del patronazgo de la corona y la creación de un ejército que, en toda relación práctica, se volvería independiente de la aprobación de los fondos. En cualquier caso, este proyecto de ley puede ahora ser aprobado, ya que los jefes de ambas fracciones, según parece, han llegado a un entendimiento secreto con la corte.

La carta de Luis Napoleón a su amado Persigny sigue siendo el principal tema de conversación en Inglaterra y al otro lado del Canal. Parece que la protesta de la Puerta contra la expedición a Siria, tal como fue planeada originalmente entre Francia y Rusia, fue apoyada primero enérgicamente por Austria y Prusia, mientras que Lord Palmerston, que justamente con motivo de los debates sobre las fortificaciones había señalado a Luis Napoleón como el gran objeto de la sospecha británica, no pudo hacer otra cosa que echar su peso en la balanza a favor de Turquía y de las potencias alemanas. Parece además que el hombre del diciembre está algo asustado no sólo por el tono dictatorial que se ha arrogado Rusia, sino aún más por las burlas que circulan en los salones de los “anciens partis” y los murmullos en los faubourgs sobre la “alliance cosacque” <“alianza con los cosacos”>. Para hacer apetecible esta última a París, debe producirse una confusión mucho mayor. En estas circunstancias atormentadoras y en un estado de ánimo evidentemente incómodo, Luis Napoleón escribió su carta, varios de cuyos pasajes están fuertemente perfumados con el aroma del ridículo.

Un inglés puede permitirse una risa franca ante la frase dirigida por Luis Napoleón a Lord Palmerston: “Entendámonos lealmente, con honesta confianza, como personas honradas que somos, y no como ladrones que quieren engañarse mutuamente”, pero el gusto rematadamente malo, junto con el efecto del ridículo en el original francés: “Entendons nous loyalement comme d’honnêtes gens, que nous sommes, et non comme des larrons, qui veulent se duper mutuellement”, sólo puede ser apreciado por un oído francés. Ningún francés puede leer este pasaje sin recordar una frase similar que se encuentra en la famosa obra teatral “Robert Macaire”.

Quiero añadir algunos datos para una comparación entre el presupuesto estatal francés y el inglés. Según el presupuesto provisional o estimado, los ingresos totales de Francia para 1860 se calculan en 1.825 millones de francos o 73.000.000 de libras esterlinas, que proceden de las siguientes fuentes:

Libras est.

I. Contribuciones directas, tierras, casas, privilegios personales

18.800.000

II. Registro (timbre y dominios)

14.300.000

III. Bosques, montes y pesca

1.500.000

IV. Aduanas y contribución sobre la sal

9.100.000

V. Contribuciones indirectas (impuesto sobre el consumo, etc.)

19.500.000

VI. Correos

2.300.000

VII. Diversos

7.500.000

Los ingresos ingleses en 1859 (los informes financieros para 1860 no han sido publicados aún) fueron los siguientes (en ambos casos se dan sólo cifras redondas):

Libras est.

I. Contribuciones (incl. el impuesto sobre la renta)

10.000.000

II. Impuestos de timbre

8.250.000

III. Tierras de la corona

420.000

IV. Aduanas

24.380.000

V. Impuesto sobre el consumo

18.500.000

VI. Correos

3.200.000

VII. Diversos

2.100.000

Los gastos públicos comparativos de ambos países fueron como sigue:

Francia

Inglaterra

Libras est.

Libras est.

Intereses de la deuda pública

22.400.000

28.500.000

Ejército y marina

18.600.000

22.500.000

Lista civil de la corona

1.000.000

400.000

Gastos de recaudación de las rentas

8.000.000

4.500.000

Otros costos

23.000.000

9.000.000

Total:

73.000.000

65.000.000

De la última tabla se deduce que los intereses de la deuda pública avanzan rápidamente en la Francia bonapartista hacia la altura de los británicos, que el ejército y la marina cuestan menos en la centralización continental que en la oligarquía insular, que un Luis Napoleón necesita para sus gastos privados dos veces y media más que un soberano británico, y, finalmente, que en un país burocrático como Francia los gastos de recaudación de las rentas crecen hasta una suma desproporcionada respecto a los propios ingresos.