[Los precios del grano –

Las finanzas europeas y los preparativos de guerra –

La cuestión oriental]

["New-York Daily Tribune" Nr. 6046 del 10 de septiembre de 1860]

Londres, 25 de agosto de 1860

Como el tiempo no ha mejorado en esta semana, el valor de la harina producida en Londres subió ayer en Mark Lane 6 chelines por saco, y se cursaron de inmediato pedidos a puertos extranjeros para comprar casi 1.000.000 de quarters de grano. Los importadores comparten ahora de manera bastante general la opinión que expresé en un artículo anterior, a saber, que un ulterior aumento de las cotizaciones en el mercado de granos es inevitable. Las medidas adoptadas recientemente por Francia en relación con el comercio de granos convierten a este país en competidor directo de los comerciantes británicos de granos. Como saben, en Francia existe una escala móvil que regula los derechos de importación y exportación de granos, y esa escala móvil varía en los ocho distritos diferentes en que el país está dividido en lo relativo al comercio de granos. Ahora bien, esta escala móvil ha sido completamente derogada por un decreto publicado en el Moniteur del 23 del presente mes. El decreto dispone que, hasta el 30 de septiembre de 1861, por el grano y la harina importados por tierra o por mar en buques franceses o extranjeros, sea cual fuere su procedencia, solo se percibirá el mínimo de derechos fijado por la ley del 15 de abril de 1832; además, que los buques cargados de grano y harina quedarán exentos de los derechos de tonelaje y, por último, que los buques así cargados que salgan de un puerto extranjero en cualquier momento antes del mencionado 30 de septiembre de 1861 no pagarán más que el mínimo citado y estarán exentos de los derechos de tonelaje. El mínimo mencionado asciende a 25 centimes por hectolitro (aproximadamente 2¾ bushels). En consecuencia, Francia, que en los años 1858 y 1859 envió a Inglaterra más trigo (2.014.923 quarters) y más harina (4.326.435 quintales) que ningún otro país, competirá ahora seriamente con Inglaterra en la compra de grano en los mercados extranjeros, ya que la suspensión temporal de la escala móvil francesa otorga las facilidades deseadas para semejante competencia.

Los dos principales mercados de exportación a los que tanto Inglaterra como Francia se ven limitados son los Estados Unidos y el sur de Rusia. Con respecto a este último país, las noticias sobre el estado de la cosecha son sumamente contradictorias. Por una parte, se afirma que la cosecha es sobremanera abundante; por otra, que fuertes aguaceros e inundaciones han dañado la cosecha en todas las partes del imperio. Los caminos rurales y los campos de trigo de las provincias meridionales han sido asolados por las langostas, plaga que apareció primero en Besarabia y cuyos efectos devastadores un ejército de 20.000 hombres trató en vano de limitar a una superficie reducida formando un cordón. La magnitud definitiva de la catástrofe no puede, naturalmente, estimarse, pero es en todo caso idónea para acelerar el alza de los precios de los medios de subsistencia. Algunos periódicos londinenses opinan que la salida de oro inseparablemente unida a las grandes y súbitas importaciones de grano, con su efecto habitual sobre el mercado monetario, puede verse compensada por los envíos de oro procedentes de Australia. Ningún supuesto sería más descabellado. Durante la crisis de 1857 presenciamos una mayor disminución de las reservas de oro que en cualquier período similar anterior a los descubrimientos de Australia y California. En ocasiones anteriores he demostrado, con hechos y cifras irrefutables, que las importaciones extraordinarias de oro a Inglaterra desde 1851 se vieron más que compensadas por exportaciones extraordinarias de oro. Además, es un hecho que las reservas de oro del Banco de Inglaterra no solo no han superado desde 1857 el promedio, sino que incluso han descendido constantemente. Mientras que en agosto de 1858 ascendían aún a 17.654.506 libras esterlinas, en agosto de 1859 habían bajado a 16.877.255 libras esterlinas y en agosto de 1860 a 15.680.840 libras esterlinas. Como la salida de oro aún no ha comenzado, puede explicarse este fenómeno por la circunstancia de que la perspectiva de una mala cosecha empieza apenas a surtir efecto, mientras que la tasa de interés en Londres ha sido hasta ahora más alta que en las demás bolsas principales del continente, como Ámsterdam, Fráncfort, Hamburgo y París.

La Europa continental ofrece en este momento un espectáculo muy curioso. Es sabido que Francia lucha con grandes dificultades financieras, pero se está armando en una medida tan gigantesca y con una energía tan infatigable como si poseyera la lámpara maravillosa de Aladino. Austria tambalea al borde de la bancarrota, pero de algún modo encuentra el dinero para mantener un ejército inmenso y atiborrar el Cuadrilátero <Mantua, Peschiera, Verona y Legnago> de cañones rayados. Y Rusia, donde han fracasado todas las operaciones financieras del gobierno y donde se habla de una probable bancarrota nacional — donde el ejército murmura por la soldada impagada y donde incluso la lealtad de la Guardia Imperial es puesta a una dura prueba, puesto que se le retienen los haberes de los últimos cinco meses —, Rusia arroja a pesar de todo sus tropas en masa al mar Negro y mantiene preparados en Nikoláiev 200 buques para embarcar a los soldados rumbo a Turquía. La incapacidad del gobierno ruso para lidiar con la cuestión de los siervos, con la cuestión financiera y con la renaciente cuestión polaca parece haberlo determinado a intentar la guerra como último recurso para adormecer a la nación. Las quejas que se alzan en todas las partes del imperio y en todas las capas de la sociedad rusa son, por tanto, sofocadas, siguiendo instrucciones del gobierno, en el grito fanático de venganza por los pobres cristianos oprimidos en Turquía. Día tras día, la prensa rusa hormiguea de ilustraciones y exposiciones sobre la necesidad de una intervención en Turquía. El siguiente extracto del Invalid puede servir de adecuado ejemplo:

«La cuestión oriental ha entrado en una fase que seguramente obligará a las potencias a ocuparse de ella durante mucho tiempo, y puesto que ahora atrae la atención de toda Europa, también nosotros debemos hablar de ella en nuestras columnas. Solo quienes permanecen indiferentes a los intereses de la humanidad pueden dejar este tema desatendido. No obstante, estamos obligados no solo a reseñar los detalles de los acontecimientos orientales, sino también a abordar las eventualidades del futuro, especialmente porque nos incumbe mostrar al público qué medidas deben adoptarse para suprimir un estado tan antinatural, que es una vergüenza para nuestro siglo y para la civilización.

Ante los actos bárbaros que los turcos puedan cometer, nos vemos obligados, en aras de la verdad y la justicia, a constatar que Europa tiene que atribuirse a sí misma las causas y consecuencias de ese fanatismo musulmán. No vacilaremos en ser francos. ¿Qué motivos determinaron a Europa a embarcarse en 1853/1854 en una guerra injusta con Rusia? La propia Europa adujo como razón de la campaña de Crimea un doble objetivo: el primero era poner coto al poder y a la ambición de Rusia; el segundo, impedir la opresión de los cristianos por los turcos. Europa reconocía, pues, la existencia de esa opresión, pero, después de haberla suspendido mediante su mediación común, quería conservar la integridad de Turquía como condición necesaria del equilibrio de las potencias. Concluida la guerra, los diplomáticos empezaron a ocuparse de cómo alcanzar ese doble objetivo. El primer paso consistió en admitir a Turquía en la familia de las potencias europeas y protegerla contra la injerencia presuntuosa de cualquiera de las potencias. Esto era fácil de lograr, y así quedó asegurado uno de los dos objetivos. Pero ¿qué hay del otro? ¿Existen garantías para la protección de los cristianos contra el asesinato y toda clase de crueldades? ¡Ay! En este aspecto, Europa depositó su confianza en palabras, papeles y documentos, sin que se conviniera una garantía firme para su cumplimiento. Ya el 8 de agosto de 1854, cuando se empezaba a pensar en poner fin a las hostilidades, se instó a la Puerta a conceder a sus súbditos cristianos y musulmanes iguales derechos religiosos. La misma exigencia se formuló en el memorándum del 28 de diciembre de 1854 dirigido al gabinete de Petersburgo y, finalmente, en las condiciones preliminares de paz redactadas en Viena el 1 de febrero de 1856 y recogidas después en el protocolo de la primera sesión del Congreso de París, se insertaron las siguientes frases: “Los derechos de los rayah serán protegidos, pero sin menoscabar la independencia y la dignidad soberana del sultán. Austria, Francia, Gran Bretaña y la Puerta están de acuerdo en que los derechos políticos y religiosos de los súbditos cristianos de Turquía deben ser salvaguardados, y pedirán el consentimiento de Rusia a esta propuesta en interés de la paz.”

El mismo tema ocupó al Congreso en otras varias sesiones, como puede verse en los protocolos del 28 de febrero y del 24 y 25 de marzo. Se quería conciliar siempre dos objetivos que se contradecían: conservar los derechos soberanos del sultán y situar los de sus súbditos cristianos bajo la protección de Europa. El Congreso olvidó por completo que precisamente los derechos de los cristianos que pretendía establecer habían sido otorgados una y otra vez por la Puerta en sus anteriores tratados con Europa —tratados que, además, ya habían abolido la soberanía de aquel monarca al que Europa afirmaba ahora que debía ayudarse en el mantenimiento de su poder—. Para conciliar un tanto esos dos puntos contradictorios, se concedió al sultán —mientras se le inducía a publicar el famoso Hatt-i-Humayun— que había obrado por libre voluntad e inclinación soberana. Así, hubo de prometer respetar y ampliar los derechos de sus súbditos cristianos, y esa promesa se incorporó como parte esencial al tratado de paz, a fin de garantizar su cumplimiento. En estas condiciones, el Congreso renunció, en la cláusula novena del tratado, a toda ulterior injerencia en los asuntos internos de Turquía.»

Pero ¿obtuvo realmente el Congreso una garantía para la ejecución del Hatt-i-Humayun? ¿Contrajo el Sultán alguna obligación efectiva? A este respecto no hubo estipulaciones. Pues, aunque la sabiduría del Hatt-i-Humayun es muy loada en el tratado, este documento siguió siendo, como toda Europa había predicho, letra muerta. Pero peor aún: Europa fue despojada por el nuevo tratado de todos los derechos de injerencia legal, incluso cuando el Hatt-i-Humayun jamás se ejecutó y, ya cuatro años después de su aparición, se perpetraron las atrocidades más espantosas. Hace poco, Rusia llamó la atención de todos los gabinetes de Europa sobre el hecho de que el fanatismo de los turcos no ha disminuido ni en celo ni en violencia, y que pronto podían esperarse nuevos estallidos, aunque en verdad nunca hubo un momento de distensión. Pero incluso después de eso, Europa se dio por satisfecha con las promesas de la Puerta y se aferró a la esperanza de ver pronto castigados a los culpables y restablecidos la ley y el orden. Fue necesaria una gran matanza por parte de esos bárbaros para producir un cambio en la opinión de Europa. Entonces se decidió finalmente a intervenir, aunque lo hizo con tales dilaciones y rodeos que se podía creer que se proponía dejar escapar a los culpables. Todo se hizo depender de la letra del Tratado del 30 de marzo de 1856, y, exactamente como en el caso de Italia el año pasado, el sufrimiento de un pueblo no pesó nada comparado con el texto de un documento diplomático.

Pero nosotros tenemos una opinión muy distinta sobre todo esto. El tratado de Europa con Turquía garantiza, a nuestros ojos, los principios de humanidad, de religión y de civilización. Si Turquía viola estos principios, tendrá que atribuirse a sí misma la injerencia de Europa.

Hasta 1856, las potencias europeas poseían, en virtud de varios tratados celebrados con la Puerta, un derecho legal para presentar reclamaciones en relación con la situación de los rayas cristianos. Hoy, sin embargo, parece dudoso si este derecho ha sido abolido por el Tratado del 30 de marzo de 1856 o no. ¿Ha renunciado Europa al privilegio de proteger a sus hermanos en la fe? Renunció, si alguna vez contó con la ejecución del Hatt-i-Humayun del 18 de febrero, si alguna vez creyó que las reformas prometidas y las reformas realizadas son una y la misma cosa, si alguna vez esperó que las costumbres, las pasiones y las leyes de los musulmanes pudieran cambiar. Pero, naturalmente, Europa nunca fue de esa opinión ni pudo serlo. Engañada por la creencia de que la integridad del Imperio Otomano es una condición sine qua non ‹condición indispensable› para el equilibrio de fuerzas, permitió al sultán unirse a la familia de los pueblos europeos. Esto fue concedido, sin embargo, sólo bajo la condición de que Turquía rompiera con las tradiciones musulmanas y se hiciera europea en sus instituciones, de que la espada no fuera ya el único legislador entre creyentes e infieles, de que los cristianos no siguieran siendo esclavos de sus amos y de que la propiedad de los rayas notables no sirviera ya de pretexto habitual para los saqueos de los musulmanes. Tal fue, en efecto, la

idea fundamental que guió a Europa en 1856. A pesar de toda su ira contra Rusia, consecuencia natural de una guerra sangrienta e injusta, no eximió a la Puerta de sus obligaciones anteriores, sino que, por el contrario, exigió una mejora progresiva de la situación de los cristianos. Alcanzar este objetivo por vías seguras era la única finalidad del protectorado conjunto de Europa sobre la Puerta, y sólo a este precio garantizó Europa la integridad de los territorios del sultán. Sin esto no se habría podido justificar ni la guerra ni la paz. Sin esto, Turquía nunca habría sido admitida en la familia de las potencias ni se habría protegido la integridad de sus posesiones. Las dos condiciones están tan estrechamente unidas que no pueden separarse; quien quiera verlo puede verlo. Ciertamente, la forma de las condiciones habría podido ser más eficaz de lo que es; si se toma el tratado al pie de la letra, Europa ha renunciado formalmente, mediante la cláusula novena, a su derecho de injerencia en los asuntos internos de Turquía; pero incluso en esta cláusula se menciona el Hatt-i-Humayun del 18 de febrero, conforme al cual los cristianos gozarán de los mismos derechos que los musulmanes. Por consiguiente, corresponde a la sana lógica suponer que, con la inobservancia del Hatt-i-Humayun, la cláusula novena también queda sin efecto.

En vano intenta ahora Turquía sofocar el último levantamiento en Siria. Este levantamiento era inevitable si se tiene en cuenta que la situación de los cristianos no ha mejorado, sino que, por el contrario, ha empeorado. En vano se esfuerza Inglaterra por impedir la intervención de Europa; es muy posible que persiga su propia política y esté determinada por motivos políticos y comerciales cuya legitimidad e importancia no queremos ponderar; pero no puede basar sus objeciones en la cláusula novena del Tratado de París. En vano intenta Europa ocultar el hecho de su injerencia bajo el pretexto de que ha tenido lugar a petición del sultán. Decimos que todo esto es en vano; aunque Troya no creyó en las profecías de Casandra, tenemos al menos la satisfacción de saber que Troya fue destruida.