Friedrich Engels

Escrito en la primera quincena de octubre de 1860.

Del inglés.

[“The Volunteer Journal, for Lancashire and Cheshire” núm. 6 del 13 de octubre de 1860]

La cuestión de la artillería voluntaria es de gran importancia y debería discutirse detalladamente, tanto más cuanto que el papel que ha de desempeñar en la defensa del país no parece estar claramente determinado hasta ahora.

Es evidente que la primera cuestión que debe resolverse es el verdadero ámbito de acción de la artillería voluntaria. Mientras esto no se haya hecho, no habrá nunca un sistema uniforme de instrucción en los distintos cuerpos; y, como la ciencia de la artillería abarca las materias más diversas, sería ciertamente difícil enseñar teórica y prácticamente la totalidad a todos los oficiales y tropas voluntarios. En caso de ser requeridos en combate, los distintos cuerpos se presentarían con cualificaciones muy diferentes para las tareas que hubieran de cumplir, y alguna compañía, al recibir una misión especial, estaría demasiado poco capacitada para llevarla a cabo.

En las siguientes consideraciones, no pretendemos en absoluto determinar lo que la artillería voluntaria deba ser o no ser; tan solo queremos mostrar algunas de las condiciones bajo las cuales ha de formarse tanto la artillería voluntaria como cualquier otra, a fin de preparar el terreno para aquella discusión a la que exhortamos y de la que, finalmente, ha de surgir una comprensión del verdadero campo de actividad de los cuerpos de artillería voluntaria.

Toda la artillería se divide en artillería de campaña, que ha de operar en el campo con la infantería y la caballería y está dotada de piezas tiradas por caballos, y artillería de sitio o de fortaleza, que sirve las piezas pesadas en baterías fijas o protegidas para el ataque de plazas fortificadas o para su defensa. Si en un ejército regular la larga duración del servicio de los soldados y la formación científica especializada de los oficiales permiten instruir a todo el cuerpo de tropa en ambas ramas de la artillería, al menos hasta el punto de que, en caso necesario, cada compañía pueda ser empleada en cualquier tarea, no ocurre lo mismo con los voluntarios, quienes —oficiales y soldados— solo pueden dedicar una parte de su tiempo a los deberes militares. En Francia, Austria y Prusia, la artillería de campaña está completamente separada de la artillería de fortaleza o de sitio. Si esto ocurre en los ejércitos permanentes regulares, sin duda ha de haber razones para ello, razones que actúan con mucha mayor fuerza en un ejército de voluntarios.

El hecho es que el simple manejo de un cañón de campaña difiere poco del de una pieza pesada en una batería, de modo que los soldados de una compañía de voluntarios podrían aprender fácilmente ambas cosas. Pero las tareas de los oficiales son, por su naturaleza, tan diferentes en uno y otro caso, que nada, salvo una formación profesional y una larga práctica, puede capacitar a alguien para desempeñar ambas igual de bien. Las cualidades principales de un oficial de artillería de campaña son: una rápida ojeada militar; una estimación cabal del terreno y de las distancias; un conocimiento perfecto de los efectos de sus cañones, que le capacite para sostener un ataque hasta el último momento sin perder ninguna de las piezas; una larga experiencia de la capacidad de los caballos y de su manejo en la batalla; y, finalmente, una buena dosis de audacia, unida a la prudencia. Para un oficial de artillería de fortaleza o de sitio se requieren formación científica, conocimientos teóricos de todas las ramas de la artillería, de la fortificación, de las matemáticas y de la mecánica. Además, la capacidad de aplicar todo ello de manera provechosa, atención paciente y aguda a la construcción y reparación de obras de tierra y al efecto del fuego concéntrico, así como un valor más tenaz que temerario. Dése al capitán de una batería de cañones de nueve libras el mando de un bastión, y hasta el mejor hombre necesitará una buena dosis de práctica antes de estar a la altura de la tarea; póngase a un oficial que durante años ha servido exclusivamente con piezas de sitio al frente de una batería de artillería hipomóvil, y pasará un buen tiempo hasta que se desprenda de su metódica lentitud y recobre la resolución que exige su nueva arma. Con los suboficiales, que carecen de la formación científica de sus superiores, las dificultades serán aún mayores.

De entre los dos, el artillero de fortaleza parece ser el más fácil de instruir. Los ingenieros civiles poseen todos los conocimientos científicos previos que la materia requiere y aprenderán muy pronto a aplicar los principios científicos que les son familiares a la artillería. Aprenderán fácilmente el manejo de los diferentes mecanismos que se emplean para mover las piezas pesadas, la construcción de las baterías y las reglas de fortificación. Constituyen, por consiguiente, la capa de la que deberían seleccionarse principalmente los oficiales de la artillería voluntaria, y estos serán especialmente idóneos para la artillería de fortaleza. Lo mismo vale para los suboficiales y artilleros. Todos los hombres que hayan tenido mucho trato con máquinas, como ingenieros, mecánicos y herreros, constituirán el mejor material, y, por tanto, los grandes centros fabriles deberían formar los mejores cuerpos. Las prácticas de tiro con piezas pesadas pueden ser imposibles en el interior del país; pero el mar no está tan lejos de nuestras ciudades interiores de Lancashire y Yorkshire como para que, de vez en cuando, no puedan organizarse excursiones a la costa con este fin. Además, el verdadero tiro de práctica con piezas pesadas en la batería, donde puede verse el primer impacto de cada proyectil y los soldados pueden corregirse a sí mismos, no reviste tan suprema importancia.

Hay otro argumento contra el intento de organizar una artillería de campaña voluntaria: el coste de las piezas y de sus tiros de caballos. Algunas compañías, uniéndose, puedan realmente estar en condiciones de sufragar los gastos del tiro de algunas piezas durante los meses de verano y ejercitarse con ellas por turnos; pero con ello no se instruirá a soldados ni a oficiales como artilleros de campaña aptos para la guerra. El coste de equipar una batería de campaña de seis piezas es, en términos generales, aproximadamente igual al necesario para organizar un batallón de infantería completo. Ninguna compañía de artillería voluntaria podría hacer frente a semejantes gastos. Considerando lo que significa la deshonra de perder una pieza en el campo de batalla, bien cabe dudar de que un gobierno se mostrase alguna vez dispuesto, en caso de invasión, a dotar a la artillería voluntaria de piezas de campaña, caballos y conductores en las mismas condiciones con que se provee de armas de fuego portátiles a los voluntarios.

Por estas y otras razones, llegamos a la conclusión de que el verdadero ámbito de la artillería voluntaria es el servicio de las piezas pesadas en las baterías fijas de la costa. El intento con la artillería de campaña puede ser inevitable en las ciudades del interior para mantener vivo el interés por el movimiento, y ciertamente no perjudicará ni a oficiales ni a soldados el familiarizarse cuanto sea posible con el manejo de piezas ligeras hipomóviles; sin embargo, confesamos que, por nuestra propia experiencia personal en el arma, dudamos mucho de su idoneidad final para el servicio de campaña. Con todo, habrán aprendido muchas cosas que les serán igualmente útiles en el empleo de piezas pesadas, y pronto estarán a la altura de la tarea cuando se les destine a ellas.

Hay otro punto al que queremos llamar la atención. La artillería, mucho más que la infantería y la caballería, es un arma esencialmente científica, y como tal, su eficacia dependerá principalmente de los conocimientos teóricos y prácticos de los oficiales. No dudamos de que el “Artillerist’s Manual” del mayor Griffiths se encuentra en posesión de todos los oficiales de la artillería voluntaria. El contenido del libro muestra con qué variedad de materias debe familiarizarse un oficial de artillería, e incluso un suboficial, antes de poder exhibir alguna destreza en su arma. Sin embargo, el libro no es más que un breve compendio de lo que un buen artillero debería saber. Junto a la instrucción regular de compañía y de batallón, común a la infantería y a la artillería, están los conocimientos de los muy diversos calibres de las piezas, el conocimiento de sus cureñas y plataformas, de sus cargas y alcances, así como de los distintos proyectiles; además, la construcción de baterías y la ciencia de la fortificación, las fortificaciones permanentes y de campaña, la fabricación de municiones y artificios de fuego y, por último, esa ciencia del arte de la artillería que en el momento actual recibe tan excelentes complementos con la introducción de los cañones rayados. Todas estas cosas deben aprenderse tanto teórica como prácticamente, y todas son de igual importancia; pues siempre que la artillería voluntaria sea llamada al servicio activo, se verá en apuros si no se han tenido en cuenta todas estas ramas. De todos los cuerpos de voluntarios, la artillería es, por tanto, aquel en que la aptitud de los oficiales tiene la mayor importancia, y deseamos y creemos que se esforzarán al máximo para adquirir aquella experiencia práctica y aquellos conocimientos teóricos sin los cuales, en el día de la prueba, se les encontraría deficientes.