Friedrich Engels

La infantería ligera francesa

Escrito entre mediados de septiembre y mediados de octubre de 1860. Traducido del inglés.

[«The Volunteer Journal, for Lancashire and Cheshire» No. 3 del 21 de septiembre de 1860]

Si los voluntarios ingleses hubieran de cruzar jamás balas con un enemigo, este enemigo sería —como todo el mundo sabe— la infantería francesa, y el mejor tipo —el «beau idéal» (modelo ideal) de un soldado de infantería francés— es el soldado de la infantería ligera, en particular el «chasseur».

El «chasseur» francés no es solo el modelo para su propio ejército. Los franceses, en lo que atañe a la infantería ligera, son, en cierta medida, los que marcan la pauta a todos los ejércitos europeos; así, el «chasseur» se convierte, en cierto sentido, en un modelo para toda la infantería europea.

En estas dos calidades —como eventual adversario y como el ejemplo más perfecto hasta ahora de soldado de infantería ligera—, el «chasseur» francés es un objeto del más alto interés para el voluntario británico. Cuanto antes trabe conocimiento con él el voluntario inglés, tanto mejor.

I

Hasta 1838 no hubo un solo fusil rayado en el ejército francés; el viejo rifle, con su bala de ajuste exacto, que había que empujar hacia abajo y que hacía de la carga una operación difícil y lenta, no era un arma para los franceses. Cuando Napoleón examinó en cierta ocasión el fusil de chispa de un batallón de cazadores alemán, exclamó: «Esta es, seguramente, el arma más miserable que puede ponerse en manos de un soldado». El viejo rifle no era, ciertamente, apto para la gran masa de la infantería. En Alemania y en Suiza algunos batallones escogidos estaban siempre armados con él. Sin embargo, se los empleaba exclusivamente como tiradores de precisión, para abatir oficiales o para disparar contra los zapadores que construían un puente, etc., y se cuidaba de formar estos cuerpos con hijos de guardabosques u otros jóvenes que ya estaban adiestrados en el manejo del rifle mucho antes de ingresar en el ejército. Los cazadores de gamuzas de los Alpes, los guardas forestales de los grandes bosques de caza mayor del norte de Alemania constituían un material excelente para estos batallones, y fueron también el modelo para los «rifles» de la línea inglesa.

Lo que los franceses solían designar antes como infantería ligera eran soldados armados y adiestrados exactamente igual que los regimientos de línea; por eso, en 1854, un decreto de Luis Napoleón retiró a esos 25 regimientos la denominación de infantería ligera y los integró en las tropas de línea, donde figuran ahora como regimientos 76.º a 100.º.

De hecho, en cada batallón de infantería había una compañía de «voltigeurs», formada por los mejores soldados, los más inteligentes y de pequeña estatura, mientras que la compañía de granaderos se reclutaba con la élite de los hombres más altos. Ellos se despliegan los primeros cuando se necesitan tiradores, pero en todos los demás aspectos están armados y adiestrados como los restantes del batallón.

Tras la conquista de Argel en 1830, los franceses se vieron enfrentados a un enemigo armado con el largo mosquete que es frecuente entre la mayor parte de los pueblos orientales. Este superaba en alcance a los mosquetes de ánima lisa de los franceses. Las columnas francesas se veían rodeadas, en su marcha por las llanuras, por todos lados de beduinos montados, y en las montañas, de tiradores cabilas; las balas de los adversarios hacían efecto en las columnas, mientras que los tiradores mismos se hallaban fuera del alcance del fuego francés; en las llanuras, los tiradores no podían alejarse mucho de sus columnas, por temor a ser sorprendidos y aniquilados por los veloces jinetes árabes.

El ejército inglés conoció estos largos mosquetes cuando llegó a Afganistán. Los disparos de los afganos —aunque solo fueran con mosquetes de mecha— causaban un efecto terrible en las filas inglesas, tanto en el campamento de Kabul como durante la retirada a través de las montañas, a unas distancias que la pobre y vieja «Brown Bess» no podía alcanzar en absoluto. Aquello fue una dura lección; la guerra tuvo que volver a empezar de nuevo. Eran de esperar prolongados conflictos con las tribus de la frontera nororiental de la India británica, y sin embargo nada se hizo para dotar a los soldados ingleses enviados a aquella frontera de un arma que pudiera medirse, en alcance, con el mosquete de mecha habitual en Oriente.

No ocurrió así con los franceses. Apenas se reconoció la carencia, se dieron pasos para remediarla. El duque de Orleans, hijo de Luis Felipe, en su viaje de bodas por Alemania en 1837, tuvo ocasión de estudiar la organización de los dos batallones de cazadores de la Guardia prusiana. Comprendió en el acto que aquel era un punto de partida desde el cual podría lograr formar el tipo de tropa que precisamente se requería en Argelia. Se ocupó de inmediato del asunto. Los viejos prejuicios franceses contra el fusil rayado le opusieron muchos obstáculos. Felizmente, vinieron en su ayuda los inventos de Delvigne y Poncharra en su propio país. Habían construido un fusil que podía cargarse casi con la misma rapidez y comodidad que el mosquete de ánima lisa, al tiempo que lo superaba con mucho en alcance y precisión. En 1838 obtuvo el duque permiso para formar una compañía según sus propios planes; ese mismo año, aquella compañía se amplió a un batallón entero; en 1840 se lo envió a Argelia para comprobar lo que era capaz de dar de sí en una guerra real; superó la prueba tan bien, que ese mismo año se formaron otros nueve batallones de «chasseurs». En 1853 se crearon, por fin, diez batallones más, de modo que el conjunto de tropas de «chasseurs» del ejército francés consta hoy de veinte batallones.

Las particulares aptitudes militares de los beduinos y los cabilas, que fueron indudablemente modelo para la caballería ligera y los tiradores de infantería, estimularon muy pronto a los franceses a tratar de reclutar indígenas para el ejército y a conquistar Argelia haciendo luchar árabe contra árabe. Esta idea impulsó, entre otras cosas, la formación del cuerpo de zuavos. Se formó ya en 1830, mayoritariamente con indígenas, y siguió siendo un cuerpo principalmente árabe hasta 1839, cuando sus integrantes desertaron en masa al campo de Abd el-Kader, que acababa de alzar la bandera de la guerra santa. Entonces solo quedaron, de cada compañía, los cuadros y los 12 soldados franceses, junto a las dos compañías exclusivamente francesas que se habían agregado a cada batallón. Las vacantes hubieron de cubrirse con franceses, y desde entonces los zuavos han seguido siendo un cuerpo exclusivamente francés, destinado a estar permanentemente de guarnición en África. Pero el tronco original de viejos zuavos franceses había asimilado tanto del carácter indígena, que el cuerpo entero ha sido desde entonces, en toda su mentalidad y en sus hábitos, un cuerpo especial argelino, con rasgos nacionales propios y completamente distinto del resto del ejército francés. Se reclutan mayoritariamente entre hombres de reemplazo, y así la mayoría de ellos son soldados profesionales de por vida. Pertenecen principalmente a la infantería ligera del ejército y por eso se los ha equipado desde hace ya mucho tiempo con rifles. En la actualidad hay tres regimientos o nueve batallones en África, y un regimiento (dos batallones) de zuavos de la Guardia.

A partir de 1841 se emprendieron nuevos ensayos para reclutar indígenas argelinos para el ejército local. Se formaron tres batallones, pero siguieron siendo débiles e incompletos hasta 1852, cuando se fomentó más el reclutamiento de indígenas. Este tuvo tal éxito que en 1855 pudieron formarse tres regimientos o nueve batallones. Estos son los turcos o «tirailleurs indigènes» (tiradores indígenas), de los que tanto hemos oído hablas durante la guerra de Crimea y la guerra de Italia.

Con esto, el ejército francés —sin contar la Legión Extranjera (que está ahora disuelta, pero que según todas las apariencias se volverá a formar) y los tres batallones disciplinarios— tiene 38 batallones formados y adiestrados especialmente para el servicio de la infantería ligera. De ellos, los «chasseurs», los zuavos y los turcos tienen cada uno sus rasgos característicos. Los dos últimos tipos de tropa han asumido un carácter local demasiado marcado como para que puedan ejercer jamás gran influencia sobre la masa del ejército francés, pero su furioso ataque —en el que, como se ha mostrado en Italia, permanecen, sin embargo, completamente en manos de sus jefes y, por el sentido militar que les es propio, se anticipan a las órdenes de sus superiores— será siempre un brillante ejemplo para las demás tropas. Es también un hecho que los franceses han tomado mucho de los árabes en la ejecución de los detalles del combate de tiradores y en su capacidad para aprovechar los accidentes del terreno. Pero la parte de la infantería ligera que ha permanecido francesa por esencia y que, como dijimos antes, se ha convertido en modelo para el ejército, son los «chasseurs». De ellos, más en nuestro próximo número.

[«The Volunteer Journal, for Lancashire and Cheshire» No. 5 del 5 de octubre de 1860]

II

Ya la primera página del reglamento de ejercicios francés de 1831 muestra con qué hombres pequeños se compone el ejército francés.

Paso lento: cada paso 65 cm (25 pulgadas) y 76 pasos por minuto.

Paso acelerado: igual longitud de paso y 100 pasos por minuto.

Paso de carga («pas de charge»): igual longitud de paso y 130 pasos por minuto.

El paso de 25 pulgadas es, sin duda, el más corto, y la velocidad de 100 pasos por minuto, la más lenta que jamás haya aplicado un ejército para los movimientos en campaña. Mientras un batallón francés recorre en un minuto una distancia de 208 pies en el terreno, un batallón inglés, prusiano o austríaco cubriría una distancia de 270 pies, es decir, un treinta por ciento más. Nuestro largo paso de 30 pulgadas sería demasiado para las cortas piernas de los franceses. Lo mismo en el ataque a la carga: los franceses avanzan 271 pies en un minuto, o sea, lo que los ingleses en paso de marcha ordinario, mientras que los ingleses, con su paso acelerado de 36 pulgadas y 150 pasos por minuto, cubrirían 450 pies, o sea, un sesenta por ciento más. Este solo hecho muestra que la estatura media de los hombres no puede estar por debajo de cierto límite sin perjudicar la eficacia y la movilidad de un ejército.

Con hombres de piernas tan cortas, de pasos tan cortos y con un ritmo de marcha tan lento no se podría formar infantería ligera alguna. Cuando se organizaron los «chasseurs», se cuidó desde el principio de seleccionar el mejor material de infantería del país; todos eran hombres bien proporcionados, de anchas espaldas, ágiles, de 5 pies y 4 pulgadas a 5 pies y 8 pulgadas de altura, y escogidos en su mayoría de las regiones montañosas del país. Mediante el reglamento de ejercicios y evoluciones para «chasseurs» (publicado en 1845), se mantuvo la longitud de paso para el paso de marcha, pero se elevó el ritmo a 110 pasos por minuto; el paso gimnástico («pas gymnastique») se fijó en 33 pulgadas (83 cm) por paso y 165 pasos por minuto; pero para los despliegues, la formación del cuadro u otras ocasiones en que es necesaria la celeridad, se aumentó el número de pasos a 180 por minuto. Incluso con este último paso, el «chasseur» solo cubriría 45 pies más de terreno por minuto que el

El paso de carrera es aquello en lo que los batallones de cazadores ponen el mayor énfasis. Primero se enseña a los soldados a marchar sobre el terreno a 165 o 180 pasos por minuto, profiriendo a la vez gritos de «¡Uno! ¡Dos!» o de «¡Derecha! ¡Izquierda!», con lo que se pretende regular la actividad de los pulmones y prevenir inflamaciones. Luego se les hace avanzar al mismo paso y se va aumentando gradualmente la distancia, hasta que son capaces de cubrir una legua francesa de 4.000 m (2 1/2 millas inglesas) en 27 minutos. Cuando los pulmones y los miembros de algunos reclutas se consideran demasiado débiles para semejantes ejercicios, se devuelve a esos hombres a la infantería de línea. La fase siguiente son los ejercicios de salto y de carrera, en los que ha de alcanzarse, en esta última modalidad de paso, la mayor velocidad posible para distancias cortas; tanto el paso gimnástico como la carrera se practican primero en la plaza de ejercicios llana o en la carretera, y después a campo través, salvando cercados y zanjas de un salto. Sólo después de esta preparación se entrega a los soldados su armamento, y entonces se repite por entero el curso de carreras, saltos y carreras rápidas, con el fusil en la mano y con el equipo completo de campaña, la mochila y la cartuchera exactamente cargadas como en el campo; y así se logra que aguanten una hora entera andando al paso gimnástico, durante la cual tienen que cubrir por lo menos 5 millas. Un oficial extranjero vestido de paisano intentó en cierta ocasión seguir el paso de uno de estos batallones de cazadores con equipo completo; pero, falto de entrenamiento como estaba, apenas pudo aguantar una hora. Los cazadores continuaron su marcha alternando el paso ordinario y el paso gimnástico, y aquel día cubrieron una distancia de 22 millas.

Todos los movimientos y evoluciones de campaña —avance en línea, formación en columnas y en cuadro, conversiones, despliegue y similares— han de ejecutarse al paso acelerado, de modo que los soldados mantengan sus puestos como en el paso vivo ordinario. El compás para todas las evoluciones es de 165 pasos por minuto; sólo en el despliegue y en las conversiones se acelera a 180. He aquí la opinión de un oficial de Estado Mayor prusiano acerca de los cazadores:

«En el Campo de Marte vi algunas compañías de cazadores que maniobraban al costado de un regimiento de línea. ¡Qué contraste con aquel regimiento en su movilidad, en el estilo entero de sus movimientos! A primera vista se advierte que son tropas escogidas, seleccionadas entre los mejores hombres de las comarcas boscosas y montañosas; todos ellos son de complexión robusta, compacta, fuerte y, sin embargo, extraordinariamente ágiles. Cuando se mueven con asombrosa rapidez, se reconoce su espíritu emprendedor, su temeridad, su rápido entendimiento, su tenacidad incansable, aunque también se perciben, desde luego, su inmensa arrogancia y su fatuidad francesa. Y dondequiera que se los vea, en Estrasburgo, en París o en cualquier otra guarnición, causan en todas partes la misma impresión: todos parecen salidos del mismo molde. En cabeza no vi apenas más que oficiales jóvenes; sólo algunos capitanes parecían tener treinta y cinco años, la mayoría eran más jóvenes, y ni siquiera los jefes eran de más edad. Su rápida movilidad no evidencia esfuerzo ni resulta forzada; el ejercicio constante parece habérsela trocado en segunda naturaleza, pues estos batallones ejecutan sus movimientos con tal soltura y desembarazo que la sangre les corre con más calma y su aliento es menos agitado que en otros. Ordenanzas sueltas adelantarían en poco tiempo a todos los transeúntes en una calle, y con ese mismo paso rápido desfilan batallones enteros por las calles al alegre son del clarín. Siempre que se los ve —en la plaza de ejercicios, en la marcha de ida o de vuelta a casa—, jamás me han parecido fatigados. La ambición puede que marche aquí de la mano del hábito.

Si la rapidez de movimientos y la precisión en el tiro parecen incompatibles, los cazadores han superado al parecer esa incompatibilidad aparente. No les he visto personalmente tirar al blanco; pero, a juicio de oficiales experimentados, sus resultados son en este aspecto muy dignos de atención. Si su precisión en el tiro se resiente, ha de ser en un grado que menoscaba muy poco su aptitud en el campo de batalla. En África, donde precedieron a más de un combate marchas similares al paso de carrera, siempre supieron dar en el blanco contra sus adversarios; y esto demuestra que el especial sistema de instrucción a que se les somete contribuye a desarrollar su fuerza corporal sin perjudicar la precisión en el tiro. Con tropas no tan bien adiestradas ocurriría, naturalmente, todo lo contrario.

Las grandes ventajas de este sistema de instrucción saltan a la vista. Puede ser frecuentemente de importancia decisiva en la guerra el que la infantería sea capaz de cambiar de posición con mayor rapidez que hasta el presente. Por ejemplo, para anticiparse al enemigo en la ocupación de una posición importante, para alcanzar rápidamente un punto dominante, para apoyar a una unidad atacada por fuerzas superiores o para sorprender al enemigo haciendo aparecer de improviso un destacamento desde una dirección totalmente inesperada para él.»

La guerra de Argelia había mostrado a las autoridades militares francesas la enorme superioridad de una infantería adiestrada en esa carrera de larga duración. Desde 1853 se discutió la cuestión de si este sistema no debería aplicarse en todo el ejército. El general de Lourmel (caído ante Sebastopol el 5 de noviembre de 1854) había llamado especialmente la atención de Luis Napoleón al respecto. Poco después de la guerra de Crimea se introdujo el paso gimnástico en todos los regimientos de infantería franceses. Cierto es que el paso es más lento, y probablemente también más corto, que en los cazadores, y además la larga carrera de éstos se ha acortado mucho en las tropas de línea. Era una necesidad: la diversa fuerza corporal y estatura de los soldados de línea hizo de las capacidades de los hombres más débiles y de menor talla la norma para el rendimiento del conjunto. Pero, aun así, puede ahora superarse en caso de necesidad la antigua y pesada manera de marchar; de cuando en cuando se puede trotar una milla aproximadamente, y precisamente la aptitud de los soldados para ejecutar sus movimientos al paso de carrera permite el ataque a la carrera durante unas 600 u 800 yardas, que el pasado año llevó a los franceses, en algunos casos, justo a través de las distancias en que los excelentes carabinas austriacos eran sumamente peligrosos. El paso gimnástico contribuyó en gran parte a las victorias de Palestro, Magenta y Solferino. La carrera misma imprime a los soldados un enérgico impulso moral; un batallón podría vacilar en el ataque si marcha al paso vivo, pero ese mismo batallón, adiestrado para no llegar sin aliento, avanzará en la mayoría de los casos sin temor, llegará relativamente indemne y ejercerá ciertamente un efecto moral mucho mayor sobre un enemigo detenido si ataca a la carrera.

La extrema perfección de los cazadores en la carrera podrá ser adecuada para una tropa especial así, pero resultaría impracticable e inútil para la masa de la infantería de línea. No obstante, la línea inglesa, con su mejor material humano, podría fácilmente ser llevada a superar con mucho a la tropa de línea francesa en este aspecto, y como todo ejercicio sano, ello tendría un extraordinario efecto físico y moral sobre los soldados. Una infantería que no sea capaz de correr una milla y caminar al paso otra milla, durante algunas horas y de manera alterna, será pronto considerada como lenta. En lo que atañe a los voluntarios, la gran diferencia en edad y en fuerza corporal existente en sus filas dificultaría obtener este resultado en absoluto, pero no cabe duda de que ejercicios progresivos al paso de carrera en distancias de media milla a una milla no perjudicarían la salud de ningún soldado y mejorarían extraordinariamente su aptitud en el campo.

[“The Volunteer Journal, for Lancashire and Cheshire”, n.º 7, 20 de octubre de 1860]

III

Nada se descuida en Francia para desarrollar las fuerzas físicas, intelectuales y morales de cada recluta y, especialmente, de cada cazador, a fin de hacer de él un soldado lo más perfecto posible. Se tiene en cuenta todo lo que lo hace fuerte, activo y ágil, todo lo que le proporciona una rápida mirada para las ventajas del terreno o para una decisión pronta en situaciones difíciles; todo lo que puede reforzar su confianza en sí mismo, en los camaradas, en sus armas. Por eso, la instrucción en orden cerrado no es en Francia más que una pequeña parte de la formación militar, y, en nuestra opinión, un batallón francés ejecuta con un descuido inaudito la marcha, las conversiones y los ejercicios de manejo de armas en la plaza de ejercicios. Pero eso parece ser una consecuencia del carácter nacional y no ha dado malos resultados hasta ahora. Las tropas inglesas o alemanas parecen preferir una instrucción más rigurosa; obedecen al mando con mayor rapidez y, tras cierto tiempo de ejercicios, muestran siempre más precisión que los franceses en todos sus movimientos, precisión que éstos jamás alcanzarán. En lo demás, el sistema de movimiento táctico en la plaza de ejercicios es en Francia casi el mismo que en Inglaterra, aunque en el campo de batalla sea por completo diferente.

Una de las ocupaciones principales del soldado francés son los ejercicios gimnásticos. Hay una escuela central de gimnasia militar en París, que forma a los instructores para todo el ejército. Allí se encuentran de quince a veinte oficiales de distintos regimientos y, además, un sargento de cada regimiento de línea o batallón de cazadores; permanecen seis meses y luego son relevados por otros. El curso de ejercicios que han de recorrer no difiere mucho de lo que se hace en otros países; sólo parece haber un ejercicio nuevo: el de trepar por muros, sirviéndose de manos y pies en los agujeros producidos por balas de cañón, o apoyando una pértiga contra el muro, o con ayuda de una cuerda con garfios arrojada por encima. Esta modalidad de ejercicio tiene sin duda un valor práctico y contribuye no poco a que los soldados confíen en el uso de sus manos y pies. La instrucción de bayoneta se enseña también en esta escuela, pero se limita a los ejercicios de las distintas posiciones de ataque y defensa. En realidad, los soldados no han de defenderse nunca unos contra otros ni contra la caballería.

Cada guarnición en Francia tiene las instalaciones necesarias para los ejercicios gimnásticos. Se dispone, de entrada, de un terreno con todos los aparatos precisos, destinado a los ejercicios gimnásticos ordinarios. Por turnos, todos los soldados marchan hasta allí y han de seguir un curso regular de instrucción como parte de su servicio. La introducción de esta clase de ejercicios no es aún muy antigua; se imita por completo a los cazadores, que fueron los primeros en tener que practicar gimnasia. Después de que el sistema hubo cumplido tan bien su propósito en ellos, se extendió a todo el ejército.

Además, en cada cuartel hay una sala de esgrima y una sala de baile. En la primera se enseña la esgrima con el florete y el sable; en la otra, el baile y un combate que los franceses llaman la boxe. Cada soldado puede elegir lo que quiere aprender, pero ha de aprender una de estas destrezas. Por lo general, se prefiere el baile y el florete. La esgrima de bastón se enseña todavía de vez en cuando.

Todos estos ejercicios, así como los llamados ejercicios gimnásticos propiamente dichos, no se enseñan porque se los considere necesarios en cuanto tales, sino que se realizan porque desarrollan en general la fuerza corporal y la agilidad del soldado y le infunden mayor confianza en sí mismo. Las salas de esgrima y de baile, lejos de ser lugares donde se presta un servicio fatigoso, son, por el contrario, un foco de atracción que retiene al soldado en el cuartel incluso en sus horas libres. Va allí para entretenerse; si en la formación no era más que una máquina, aquí, con el florete en la mano, es un hombre libre que prueba su destreza personal frente a sus camaradas, y la confianza que adquiera aquí en su propia rapidez y agilidad será siempre una gran ganancia para sus tareas como puesto avanzado o escaramuzador, donde también depende más o menos de sus propias fuerzas.

El nuevo sistema de combate de tiradores que habían desarrollado los Cazadores fue adoptado desde entonces no sólo por todo el ejército francés, sino que ha servido de modelo a muchos ejércitos europeos, entre otros para la mejorada forma de combate en el ejército británico durante la guerra de Crimea y después de ella. Por ello sólo señalaremos algunos de sus rasgos principales, sobre todo porque en un combate los franceses proceden muy a menudo de manera muy distinta, en parte de acuerdo con el orden habitual (como en 1859 en Italia), en parte porque se deja a los oficiales todo el margen de libertad para actuar según las circunstancias, y en parte porque todos los reglamentos de instrucción se modifican considerablemente en una batalla. Los tiradores actúan en grupos de a cuatro; cada grupo se despliega en una línea con un intervalo de cinco pasos entre hombre y hombre. El intervalo entre los grupos es de cinco pasos como mínimo (con lo que se forma una línea continua con un hombre cada cinco pasos) y de cuarenta pasos como máximo de grupo a grupo. Los suboficiales se sitúan diez pasos detrás de sus secciones; los oficiales, cada uno acompañado de una escolta de 4 hombres y un corneta, de 20 a 30 pasos más atrás. Cuando sólo una parte de la compañía se despliega en guerrilla, el capitán ocupa su puesto a medio camino entre los tiradores y la reserva. Aprovechar la ventaja de la cobertura es el principio fundamental que ha de observarse; a él se sacrifican la alineación de la línea y la exactitud de los intervalos. Toda la línea de tiradores es mandada únicamente por señales de corneta; hay 22 señales; además, cada batallón de Cazadores y cada una de sus compañías tienen su propia señal distintiva, que precede a la señal de mando. Los oficiales llevan un silbato de señales, que sin embargo sólo pueden utilizar en caso extremo; da cinco señales: ¡Atención! ¡Adelante! ¡Alto! ¡Retirada! ¡Reunirse! Estos silbatos han sido el motivo de que una parte de los regimientos de voluntarios de fusileros los haya incorporado al equipo de cada soldado, con lo que para sus oficiales resultó inútil emplear el silbato en caso de necesidad. Cuando son atacados por la caballería en orden abierto, los tiradores se reúnen en grupos de a cuatro, en secciones y subdivisiones, en masas compactas irregulares, o se unen a las tropas de apoyo, donde forman una especie de cuadro de compañía, o al batallón, si éste ha de actuar en línea o formar un cuadro. Estas diferentes formas de reunión se practican mucho, y los franceses se distinguen especialmente en ello. Su diversidad no produce nunca confusión, ya que se instruye a los soldados para que, en caso de peligro inmediato, se reúnan como puedan y apliquen luego los movimientos más adecuados para incorporarse a la unidad mayor a la que la señal los ha llamado. Los cuadros tienen a veces dos, a veces cuatro hombres de profundidad.

Comparado con el anticuado sistema que era habitual en casi todos los ejércitos antes de que se organizaran los Cazadores, este nuevo método es muy superior. Pero no hay que olvidar que, a pesar de todo, no es más que un conjunto de reglamentos de plaza de armas. Tal como son, no dejan lugar para la inteligencia del soldado individual, y en la medida en que las prescripciones se ejecuten en terreno llano, este sistema se avendría perfectamente con la pedantería que satisfaría al más rígido de los martinetistas. Las líneas se forman con intervalos regulares: avanzan, se retiran, cambian de frente y de dirección exactamente como cualquier batallón en línea, y los hombres son movidos por la corneta como marionetas por el alambre. El verdadero campo de adiestramiento para los tiradores está frente al enemigo, y aquí tuvieron los franceses una escuela excelente para su infantería ligera en el terreno peligrosamente accidentado de Argelia, defendido por las cabilas, los tiradores más valientes, tenaces y guerreros que el mundo haya visto jamás. Aquí desarrollaron los franceses hasta el más alto grado ese instinto para el combate en orden disperso y para aprovechar toda ventaja de cobertura que han mostrado en cada guerra desde 1792. Aquí, especialmente los zuavos aplicaron con gran provecho las lecciones recibidas de los indígenas y sirvieron así de modelo a todo el ejército. En general se espera que una cadena de tiradores avance en una especie de línea desplegada, que eventualmente se concentre en puntos que ofrezcan buena cobertura y se extienda de nuevo cuando tenga que atravesar terreno descubierto; debe ocupar a los escaramuzadores enemigos delante de ella, mientras sólo de vez en cuando aproveche la ventaja de un seto o algo similar para dirigir un pequeño fuego de flanco, sin que se espere que intente siquiera hacer más que entretener a sus adversarios. No sucede así con los zuavos; para ellos, el orden disperso significa la acción independiente de pequeños grupos dirigidos a un objetivo común; el intento de utilizar las ventajas tan pronto como se presentan; la oportunidad de llegar cerca de la masa del enemigo e inquietarla con un fuego bien dirigido y, en pequeños encuentros, provocar eventualmente una decisión sin que la masa de las tropas participe siquiera. Para ellos, la sorpresa y la emboscada son la esencia misma de la lucha de tiradores. No utilizan las coberturas sólo para abrir el fuego desde una posición relativamente protegida; las utilizan principalmente para arrastrarse sin ser vistos hasta las inmediaciones de los tiradores enemigos, saltar de repente y hacerlos huir en completo desorden. Utilizan la cobertura para colocarse en los flancos del adversario y aparecer allí inesperadamente en un enjambre denso, cortar partes de su línea o tender una emboscada a la que atraen a los tiradores enemigos cuando éstos siguen con demasiada rapidez la retirada simulada. En acciones decisivas, tales artimañas pueden aplicarse durante las muchas

pausas entre los grandes choques para acelerar la decisión; en la guerra de pequeñas unidades, sin embargo, en la lucha entre destacamentos y puestos avanzados, para obtener informaciones sobre el enemigo o para proteger al resto del propio ejército, tales capacidades son de la mayor importancia. Cómo son los zuavos puede mostrarlo un ejemplo. Para el servicio de avanzada, en todos los ejércitos y especialmente durante la noche, rige la regla de que los puestos no pueden sentarse ni echarse; y deben disparar en cuanto el enemigo se acerque, para alarmar a los piquetes. Léase la descripción de un campamento de zuavos hecha por el duque de Aumale («Revue des deux Mondes», 15 de marzo de 1855):

«Por la noche, incluso el zuavo aislado que estaba apostado al borde de aquella colina y podía observar la llanura del otro lado ha sido retirado. No se ven vedetas; pero aguárdese a que el oficial haga su ronda, y se le verá dirigirse a un zuavo que yace en tierra, completamente aplanado, exactamente tras la pendiente, observándolo todo. Allá hay aquel grupo de arbustos; yo en modo alguno me sorprendería si, examinando más de cerca, se encontrase allí escondido un puñado de zuavos. Si algún beduino se deslizase entre esos matorrales para espiar lo que ocurre en el campamento, no dispararán, sino que lo despacharán silenciosamente al otro mundo con la bayoneta, para no inutilizar la trampa.»

¡Qué clase de soldados son aquellos que han aprendido su servicio de avanzada en guarniciones de paz, y a los que no se puede confiar que permanezcan despiertos si no es de pie o paseándose, comparados con hombres que han sido adiestrados en una guerra llena de astucia y ardides contra beduinos y cabilas! Y pese a todas estas desviaciones del reglamento prescrito, los zuavos solo fueron sorprendidos una vez por sus taimados adversarios.

Inglaterra posee en la frontera noroeste de la India un territorio muy semejante en sus peculiaridades militares a Argelia. El clima es casi el mismo, así como la naturaleza del terreno y la población fronteriza. Allí se producen frecuentes incursiones de rapiña y choques hostiles; y este territorio ha producido algunos de los mejores soldados del ejército británico. Es ciertamente extraño que estos prolongados y sumamente instructivos choques no hayan ejercido una influencia duradera sobre la manera de hacer avanzar todo el servicio de la infantería ligera en el ejército británico; que después de veinte y más años de lucha contra afganos y beluchis, esta parte de las tropas fuera hallada tan deficiente que hubo que imitar rápidamente modelos franceses para hacer a la infantería capaz en este aspecto.

Los Cazadores franceses han introducido en el ejército francés: 1. el nuevo sistema de vestimenta y equipo, la túnica, el ligero chacó, el correaje con sable en lugar del bandolera; 2. el fusil rayado y los conocimientos científicos sobre su empleo, la moderna escuela de tiro; 3. la aplicación del paso de carrera en trayectos largos y su empleo en las evoluciones; 4. los ejercicios de bayoneta; 5. la gimnasia, y 6. en común con los zuavos, el moderno sistema de combate de tiradores. Y si queremos ser sinceros: ¿no debemos a los franceses mucho de todo esto, en la medida en que existe en el ejército británico?

Quedan aún muchas posibilidades de mejora. ¿Por qué no habría el ejército británico de contribuir con su parte? ¿Por qué no debería la frontera noroeste de la India formar ahora mismo a las tropas allí destacadas en un cuerpo capaz de hacer por el ejército inglés lo que los Cazadores y los zuavos han hecho por los franceses?