Austria — Progreso de la revolución

Londres, 24 de diciembre de 1860

La revolución en Austria avanza a paso de carrera. Hace apenas dos meses, Francisco José reconocía, mediante su diploma del 20 de octubre, que su imperio se hallaba en estado de revolución, y trataba de ponerle remedio sobornando a Hungría con la promesa de que su antigua Constitución sería restablecida bajo una forma u otra recortada. El diploma, aunque era una concesión al movimiento revolucionario, fue en su concepción uno de esos golpes maestros de política traicionera que tan prominente papel desempeñan en la diplomacia austríaca. Se trataba de comprar a Hungría con concesiones aparentemente muy amplias, que se harían parecer aún mayores al contrastarlas con la magra ración otorgada a las provincias alemanas y eslavas, así como con la burla de Parlamento imperial que el diploma se proponía establecer. Pero en los detalles de la obra la pezuña hendida de la traición resultaba lo bastante visible como para convertir el golpe maestro proyectado en un acto de supina insensatez y en una prenda ofrecida al movimiento revolucionario de la impotente debilidad del Gobierno. No sólo se pretendía arrebatar a la Dieta húngara la votación de los créditos y de las levas de tropas para transferirla al Parlamento Central y, en parte, incluso al Emperador en exclusiva —¡como si un gobierno que acababa de verse obligado a tragarse todas las afrentas políticas que había cultivado durante los últimos diez años fuera aún lo bastante fuerte para retener semejantes derechos a sus propios conquistadores!—, sino que la naturaleza mezquina y vaga de los derechos conferidos a las demás partes del imperio y a la representación central demostraba de inmediato, por contraste, la falta de sinceridad de todo el asunto. Y cuando se publicaron las constituciones provinciales para Estiria, Carintia, Salzburgo y el Tirol —constituciones que otorgaban la parte del león de la representación a la nobleza y al clero y mantenían la vieja distinción de estamentos—, cuando el antiguo Ministerio permaneció en funciones, ya no pudo caber duda alguna sobre lo que se pretendía. Se trataba de apaciguar a Hungría para luego convertirla en el instrumento que ayudase a la Austria absolutista a salir de sus apuros; y una vez que la Austria absolutista se hubiese fortalecido de nuevo, Hungría sabía de sobra por experiencia cuál sería su suerte. El mero hecho de imponer ilimitada e indiscriminadamente la lengua húngara como única lengua oficial en Hungría no tenía otra finalidad que la de excitar a los eslavos, rumanos y alemanes de Hungría contra la raza magiar. Los viejos conservadores húngaros (vulgo, aristócratas), que habían cerrado este trato con el Emperador, perdieron con ello todo ascendiente en el país; habían intentado malbaratar los dos derechos más esenciales de la Dieta. De hecho, el diploma imperial no engañó a nadie. Mientras en las provincias alemanas la opinión pública obligaba de inmediato a los antiguos consejos municipales (nombrados por el Emperador tras la Revolución) a ceder el paso a hombres nuevos, que están siendo elegidos por sufragio popular, los húngaros comenzaron a restablecer a sus antiguos funcionarios de condado y sus asambleas de condado, que antes de 1849 constituían todas las autoridades locales del país. En ambos casos es buena señal que el partido de la oposición se asegurara de inmediato el poder local y comunal, en vez de limitarse a clamar por un efímero cambio ministerial y de descuidar la conquista de los puestos importantes que se le dejaban abiertos en esferas de acción más modestas. En Hungría, las formas de la antigua administración local, tal como fueron reorganizadas en 1848, pusieron de inmediato todo el poder civil en manos del pueblo, sin dejar al Gobierno de Viena más alternativa que ceder o recurrir de inmediato a la fuerza militar. Aquí, pues, el movimiento avanzó naturalmente con la mayor rapidez. La exigencia del pleno restablecimiento de la Constitución, tal como fue enmendada en 1848 e incluyendo todas las leyes acordadas aquel año entre la Dieta y el rey, surgió de un extremo a otro del país. No satisfechos con eso, se pidió la inmediata derogación del monopolio del tabaco (introducido ilegalmente a partir de 1848) y de todas las demás leyes impuestas sin el consentimiento de la Dieta. La recaudación de impuestos fue abiertamente declarada ilegal mientras la Dieta no los hubiera votado; no se pagó ni un tercio de los impuestos adeudados; se conminó a los jóvenes llamados a filas a resistirse al alistamiento o a huir; se arrancaron las águilas imperiales y, lo peor de todo, en este estado de transición el Gobierno no tenía medios para resistir esta agitación. Dondequiera que se convocó a las asambleas de condado, éstas se pronunciaron unánimemente en ese sentido; y la Conferencia de notables húngaros reunida en Gran, bajo la presidencia del primado de Hungría, con objeto de proponer al Gobierno una base para la elección de una Dieta, sin apenas deliberación y por unanimidad, declaró que la ley electoral democrática de 1848 seguía en vigor.

Eso era más de lo que los viejos conservadores habían esperado cuando llegaron al compromiso con el Emperador. Se vieron completamente desbordados. Las olas revolucionarias amenazaban con ahogarlos. El Gobierno mismo comprendió que había que hacer algo. Pero ¿qué podía hacer el Gabinete de Viena?

El intento de sobornar a Hungría estaba a punto de fracasar estrepitosamente. ¿Y si el Gabinete tratase ahora de sobornar a los alemanes? Nunca disfrutaron de derechos como los húngaros; tal vez con menos se darían por satisfechos. La monarquía austríaca, para subsistir, tiene que utilizar a las diversas nacionalidades de sus súbditos, lanzándolas por turno unas contra otras. A los eslavos sólo se los podía utilizar en el último extremo; estaban demasiado ligados a Rusia por la agitación paneslavista; que el turno fuera, pues, para los alemanes. El conde Goluchowski, el odiado aristócrata polaco (renegado de la causa polaca que se pasó al servicio austríaco), fue sacrificado, y el caballero von Schmerling fue nombrado ministro del Interior. Había sido ministro del efímero imperio alemán en 1848 y, más tarde, de Austria; abandonó este cargo cuando la Constitución de 1849 fue definitivamente abolida. Pasaba por constitucionalista. Pero hubo, de nuevo, tanta vacilación e indecisión antes de que se le llamara definitivamente, que se volvió a perder el efecto. La gente se preguntaba de qué servía Schmerling si todos los demás ministros permanecían. Se produjo un enfriamiento de todas las esperanzas, incluso antes de que fuera designado definitivamente; y, en lugar de una concesión franca, su nombramiento sólo apareció como una nueva prueba de debilidad. Pero mientras en las provincias alemanas la oposición se contentaba con asegurarse el poder local y recibía cada movimiento del Gobierno con desconfianza y descontento indisimulados, en Hungría el movimiento proseguía. Incluso antes de que Schmerling fuera nombrado, los viejos conservadores húngaros llamados al poder, con Szécsen y Vay a la cabeza, reconocieron la imposibilidad de mantenerse en sus puestos; y el ministerio del Emperador tuvo que sufrir la humillación de invitar a dos ministros húngaros de 1848, colegas hasta el otoño de ese año de Batthyány, que fue fusilado, de Kossuth y de Szemere —invitar a los señores Déak y Eötvös a entrar en el ministerio del hombre que había aplastado a Hungría con ayuda rusa. Todavía no han sido nombrados; el sistema de vacilaciones e irresoluciones, de regateos y discusiones sobre menudencias, se halla aún en todo su esplendor, pero si aceptan, es seguro que acabarán siéndolo.

Así, Francisco José es empujado de una concesión a otra, y si llegara a ocurrir que en enero se reúnan las dos Dietas, una en Pest para Hungría y sus anexos, y la otra en Viena para las restantes provincias del imperio, se le arrancarán nuevas concesiones. Pero, en lugar de reconciliar a sus súbditos, cada nueva concesión los exasperará más por la indisimulada insinceridad con que se otorga. Y entre los recuerdos del pasado, las maniobras de la emigración húngara a sueldo de Luis Napoleón, el hecho de que una Austria liberal es imposible porque la política exterior austríaca tiene que ser siempre reaccionaria —y, por tanto, creará de inmediato colisiones entre la Corona y el Parlamento—, y las especulaciones de Luis Napoleón sobre este hecho, es bastante probable que 1861 contemple la disolución del Imperio austríaco en sus partes constitutivas.

New York Tribune