Karl Marx

[“New-York Daily Tribune” núm. 5868, 14 de febrero de 1860]

Londres, 28 de enero de 1860

El tratado comercial con Francia no será presentado a la Cámara de los Comunes antes del 6 de febrero. Sin embargo, a pesar de las solemnes advertencias de Gladstone, por lo que se ha dicho en el debate de la Contestación al Discurso del Trono, por lo que dejan entrever los periódicos franceses y por los rumores que circulan en Londres y París, se puede ya aventurar una apreciación general de este “dulce niño cambiado”. El lunes 23 de enero fue debidamente firmado el tratado en París. Rouher, ministro de Comercio, y Baroche, ministro interino de Asuntos Exteriores, fueron los padrinos franceses; por parte de Inglaterra, desempeñaron esta función lord Cowley y el señor Cobden. Que el señor Michel Chevalier —el antiguo saintsimoniano— metió la mano en el asunto y que en toda Francia se lamenta que Luis Napoleón no haya tenido el tacto de permitir a esta eminente personalidad (a saber, al señor Chevalier) poner su nombre junto al de su colega inglés en el tratado, es una noticia que esa propia “eminente personalidad” se ha dignado enviar a Londres e insertar en los diversos órganos librecambistas. Pero lo que los periódicos no saben es que Père Enfantin, el antiguo sumo sacerdote del saintsimonismo, fue el actor principal en la parte francesa. ¿No es sencillamente asombroso cómo estos saintsimonianos, desde el Père Enfantin hasta Isaac Pereire y Michel Chevalier, se han convertido en los principales sostenes económicos del Segundo Imperio? Pero volvamos al “colega inglés” del señor Chevalier, al antiguo fabricante de Lancashire, que, naturalmente, se sintió no poco halagado por el honor de poder estampar personalmente su firma en un tratado internacional. Si se considera que los tratados de reciprocidad y los tratados comerciales en general, exceptuando los tratados con pueblos bárbaros, siempre fueron estigmatizados a grito pelado por los librecambistas ingleses, bajo la dirección del señor Cobden, como la forma más perversa y pérfida del sistema proteccionista; si se considera, además, que el actual tratado, incluso desde el punto de vista de la reciprocidad, parece un acuerdo bastante ridículo, y se ponderan, por último, debidamente los objetivos y fines políticos que el tratado debe encubrir, podría haber personas inclinadas a compadecer al señor Richard Cobden como víctima inocente de una maquinación palmerstoniana. Sin embargo, la medalla tiene también su reverso. Como es notorio, el señor Cobden recibió en su día, por parte de los fabricantes agradecidos, unas 60.000 libras esterlinas como recompensa por su triunfo en la consecución de las leyes contra los cereales. El señor Cobden invirtió la mayor parte en acciones americanas y perdió casi todo a consecuencia de la crisis de 1857. Las esperanzas que aún abrigaba cuando emprendió su viaje a los Estados Unidos resultaron ilusorias. El señor Cobden regresó a Inglaterra como un hombre arruinado. Para lanzar una suscripción nacional se necesitaba un pretexto nacional, alguna empresa para la que se pudiera batir el bombo publicitario, una empresa que hiciera aparecer de nuevo al señor Cobden como ángel tutelar del Reino Unido, “que asegura el bienestar y el confort a millones de familias sencillas”. El tratado anglo-francés era, precisamente, lo más adecuado para ello, y, como puede verse por los periódicos de provincias, está en marcha una nueva suscripción por importe de 40.000 libras esterlinas, destinada a indemnizar al gran apóstol del librecambio por sus pérdidas americanas, y que suscita grandes “simpatías”. Sin embargo, es indudable que si, por ejemplo, Disraeli hubiera presentado un tratado semejante a la Cámara de los Comunes, el señor Cobden se habría levantado a la cabeza de los librecambistas para proponer un voto de censura contra un gabinete que pretendiese recaer, en la legislación, en los más funestos errores del pasado no ilustrado.

De la siguiente tabla se pueden deducir las cantidades de los derechos proteccionistas percibidos por Inglaterra en 1858 sobre las mercancías francesas:

Artículo

Libras esterlinas

Cestas

2.061

Mantequilla

7.159

Porcelana y artículos de porcelana

1.671

Relojes

3.928

Café

4.311

Huevos

19.934

Bordados

5.572

Flores artificiales

20.412

Fruta

7.347

Encajes

1.858

Botas, zapatos y otros artículos de cuero

8.883

Guantes

48.839

Instrumentos musicales

4.695

Aceite químico

2.369

Papeles pintados

6.713

Trenzas de paja para sombreros, etc.

11.622

Seda

215.455

Aguardiente y otros licores

824.960

Azúcar

275.702

Té

14.358

Tabaco

52.696

Relojes de bolsillo

14.940

Vino

164.855

La mayoría de los derechos así percibidos eran derechos proteccionistas, como los que gravaban cestas, relojes, encajes, botas, guantes, seda, etc. Otros, como los impuestos sobre el aguardiente, etc., eran más elevados que la accisa inglesa sobre los licores británicos y, en esa medida, proteccionistas. Incluso derechos de carácter puramente fiscal, como el impuesto sobre el vino, podrían ser considerados por un librecambista consecuente como derechos proteccionistas, pues es casi imposible gravar una mercancía extranjera sin proteger al mismo tiempo alguna mercancía similar, si no idéntica, del mercado interior. Así, por ejemplo, un impuesto de ese tipo sobre el vino extranjero puede considerarse como un derecho proteccionista para la cerveza autóctona, etc.

Como consecuencia del tratado que acaba de celebrarse, todos los derechos ingleses sobre las mercancías francesas serán abolidos inmediatamente, al mismo tiempo que los impuestos sobre el aguardiente, el vino y otras mercancías se equipararán a la accisa inglesa o a los derechos vigentes actualmente para mercancías similares (por ejemplo, el vino) cuando se importan de las colonias británicas. Por otra parte, las modificaciones del arancel francés no se habrán llevado a cabo plenamente antes de octubre de 1861, como se deduce de los siguientes datos tomados de un órgano del gobierno francés:

1 de julio de 1860 – Abolición de los derechos de importación sobre el algodón y la lana.

1 de julio de 1860 – Aplicación del arancel belga al carbón y al coque ingleses.

1 de octubre de 1860 – Derecho de 7 francos por cada 100 kg de hierro, en lugar de los derechos actuales.

31 de diciembre de 1860 – Reducción de los derechos de importación sobre la maquinaria.

1 de junio de 1861 – Abolición de la prohibición de importar hilados y manufacturas de cáñamo, y fijación de derechos que no excedan del 30 por ciento.

1 de octubre de 1861 – Abolición de todas las demás prohibiciones de importación, que durante cinco años serán sustituidas por derechos proteccionistas ad valorem, los cuales no podrán exceder posteriormente del 25 por ciento.

Excepto la reducción del impuesto sobre el carbón inglés al mismo nivel que el que se paga actualmente por el carbón belga, todas las concesiones aparentemente hechas por Francia revisten un carácter muy equívoco. El precio de una tonelada de hierro en lingotes de primera calidad (Gales) es actualmente, por ejemplo, de 3 libras esterlinas y 10 chelines, pero el impuesto francés sobre el hierro ascenderá casi a otras 3 libras. Que el derecho del 30 por ciento ad valorem sobre las mercancías cuya importación estaba prohibida equivale, en esencia, a un derecho proteccionista, lo reconoce el *Economist* londinense. Mientras las reducciones reales o aparentes de los aranceles sobre las mercancías inglesas se pospongan para fechas ulteriores, el gobierno inglés desempeña, de hecho, el papel de una compañía de seguros para el poder de Luis Napoleón durante ese período. El verdadero secreto del tratado comercial, a saber, que “no es en absoluto un tratado comercial”, sino un simple engaño para confundir el entendimiento comercial de John Bull y encubrir un hábil plan político, fue desenmascarado magistralmente por el señor Disraeli durante el debate de la Contestación al Discurso del Trono. La esencia de sus revelaciones fue la siguiente:

“Hace algunos años, el emperador de los franceses hizo una comunicación similar a la carta que recientemente dirigió al ministro del Interior, en la que proponía la abolición total del sistema proteccionista y la introducción de medidas semejantes a las de su último manifiesto. En 1856 se presentó al Corps législatif un proyecto de ley con este contenido. Sin embargo, antes de su adopción, fue sometido a las representaciones de los 86 departamentos de Francia, las cuales, con excepción de seis, aprobaron la propuesta a condición de que transcurriera un cierto tiempo antes de la entrada en vigor del nuevo sistema. A consecuencia de ello, dado que el emperador se mostró de acuerdo con esta sugerencia, su decisión de poner en práctica ese sistema quedó expuesta en un documento público y se fijó julio de 1861 como fecha de inicio. Por tanto, todo lo que Francia se propone iniciar, en virtud de este tratado, en julio de 1861, ya estaba previsto en el curso legal de Francia.”