Friedrich Engels

La defensa británica

Escrito hacia el 24 de julio de 1860.  
Del inglés.

[“New-York Daily Tribune”, núm. 6020, del 10 de agosto de 1860, artículo de fondo]

El plan para la defensa nacional de Inglaterra, que acaba de presentarse al Parlamento, prevé limitar todos los gastos a la fortificación de los astilleros y de algunas obras menores, apenas suficientes para proteger los puertos más grandes del país contra ataques súbitos de pequeñas escuadras enemigas, y a erigir fuertes grandes y poderosos en Dover y Portland a fin de asegurar fondeaderos protegidos a las flotas y a los buques destacados. Todo el dinero ha de invertirse en la periferia del país, en la línea de costa accesible a una flota enemiga; y como es imposible defender la costa en toda su longitud, se eligen algunos puntos importantes, en particular los arsenales navales y los astilleros. El interior del país ha de quedar librado enteramente a sus propios recursos.

Ahora que Inglaterra admite por una vez que sus murallas de madera, sus buques, ya no la protegen y que para la defensa nacional necesita medios para obras de fortificación, es razonable que en primer lugar proteja contra un ataque sus arsenales navales, cuna de su flota. Nadie pondrá en duda que Portsmouth, Plymouth, Pembroke, Sheerness y Woolwich (o cualquier otro lugar) tendrían que hacerse tan fuertes que estén en condiciones de rechazar cualquier ataque por mar y resistir durante cierto tiempo un asedio regular por tierra. Pero es completamente ridículo llamar sistema de defensa nacional a la previsión contra semejante peligro. En efecto, para elevar el plan a esa dignidad, parece necesario volverlo mucho más complicado y costoso de lo que requiere la mera protección de los astilleros.

Un país como Francia o España, que está expuesto a una invasión por su frontera terrestre exactamente igual que a ataques por mar y a desembarcos enemigos en su costa, se ve obligado a convertir sus depósitos navales en fortalezas de primer orden. Tolón, Cartagena, Génova, incluso Cherburgo, pueden verse expuestos a un ataque combinado como el que destruyó los arsenales y astilleros de Sebastopol. Tienen, por tanto, que poseer un frente de tierra muy fuerte, con fuertes destacados, para mantener los astilleros fuera del alcance de un bombardeo. Pero esto no se aplica a Inglaterra. Aun suponiendo que una derrota por mar pusiera momentáneamente en cuestión la superioridad marítima de Inglaterra, ni siquiera entonces un ejército de invasión desembarcado en suelo británico podría confiar nunca en comunicaciones abiertas, y tendría que actuar, por tanto, rápida y decididamente. Ese ejército de invasión no sería capaz de llevar a cabo un asedio regular; y aunque lo fuera, a nadie se le ocurriría esperar que el invasor marchase hasta las puertas de Portsmouth, se instalase allí tranquilamente y consumiera sus recursos en un asedio prolongado, en lugar de, mientras su superioridad moral y material se halla en su punto culminante, marchar directamente sobre Londres y buscar en seguida una decisión en la línea principal. Si se llegase al extremo de que tropas y material suficientes para atacar Londres y, al mismo tiempo, asediar Portsmouth pudieran desembarcarse con seguridad en Inglaterra, entonces Inglaterra estaría al borde del colapso y ningún fuerte terrestre en torno a Portsmouth podría salvarla. Lo mismo que vale para Portsmouth vale para los demás arsenales navales. Por fortificados que estén los frentes de mar, en los frentes de tierra es superfluo todo lo que vaya más allá de mantener al enemigo lo bastante alejado como para proteger los astilleros de un bombardeo y asegurarlos contra un asedio regular de catorce días. Pero si hemos de juzgar por el cálculo aproximado y por algunos planos de las defensas previstas para Portsmouth que han aparecido en el “Times” de Londres, se está haciendo un gran derroche de ladrillos y argamasa, de fosos y parapetos, de dinero y, en caso de guerra, también de hombres. El cuerpo de ingenieros parece literalmente deleitarse en esa exuberancia de planes de fortificación que hasta ahora habían sido para él un placer prohibido. Inglaterra se ve amenazada por una vegetación de fuertes y baterías que brotan de la tierra tan deprisa como setas y crecen tan frondosas como lianas en una selva tropical. El Gobierno parece empeñado en que por el dinero también hay que mostrar algo a cambio; pero ésa será la única ventaja de todas estas espléndidas construcciones.

Mientras los astilleros no estén asegurados contra un coup de main <Handstreich>, podrán llevarse a cabo incursiones con el mero propósito de destruir uno de ellos y retirarse luego. De ese modo, los astilleros sirven, por así decirlo, de válvulas de seguridad para Londres. Pero tan pronto como quedan protegidos durante catorce días contra un ataque por la fuerza principal e incluso contra un ataque regular —y esto es evidentemente necesario—, a una invasión no le queda más objetivo que Londres. Todos los rincones insignificantes están protegidos; las incursiones limitadas no prometen éxito; una invasión tiene la posibilidad de aniquilar a Inglaterra o de ser aniquilada ella misma. De modo que Londres resulta amenazado por el mero hecho de que los astilleros estén fortificados. Ello obliga a la fuerza de invasión a concentrar inmediatamente todas sus fuerzas en un ataque a Londres. Londres tiene que ser defendido, según se nos comunica por Lord Palmerston, en una batalla campal. Suponiendo que así sea, cuanto más fuerte sea el ejército, tanto más seguro estará Londres. Pero ¿de dónde ha de salir ese ejército fuerte si Portsmouth, Plymouth, Chatham y Sheerness, y acaso Pembroke, se transforman en fortalezas de primer orden del tamaño de Cherburgo, Génova, Coblenza o Colonia, que exigen guarniciones de 15.000 a 20.000 hombres para su defensa? Cuanto más se refuerzan, pues, los astilleros, tanto más se debilitan Londres y otras zonas. Y a eso lo llaman luego defensa nacional.

En cualquier caso, una sola batalla perdida decidiría la suerte de Londres, y si se tiene en cuenta la enorme centralización comercial del país y el estancamiento a que la ocupación de Londres condenaría toda la maquinaria industrial y comercial de Inglaterra, no puede caber duda de que esa única batalla decidiría la suerte de todo el reino. ¡Y así se pretende —mientras está previsto gastar doce millones en la seguridad de los astilleros— que el corazón mismo del país quede sin protección y dependa del resultado de una batalla!

De nada sirve disfrazar la cuestión. Hay que fortificar los astilleros en todo caso de manera razonable, lo cual puede hacerse por menos de la mitad del dinero que ahora se pretende despilfarrar en ello; pero si se desea una defensa nacional, póngase uno de inmediato a fortificar Londres. De nada sirve decir con Palmerston que eso es imposible. Es la misma cháchara que se oía cuando había que fortificar París. La superficie encerrada por el recinto fortificado continuo de París no es mucho menor que la ocupada por Londres; la línea de fuertes que rodea París tiene una extensión de 27 millas, y un círculo trazado alrededor de Londres a seis millas de Charing Cross daría una periferia de 37 millas. Ese círculo bien podría representar la distancia media de los fuertes respecto al centro, y diez millas más no harán la línea demasiado larga si un sistema adecuado de enlaces ferroviarios radiales y circulares facilita el rápido movimiento de las reservas. Está muy claro que Londres no puede ser defendido sin preparación, como se propone en el “Cornhill Magazine”, según lo cual bastarían 6 grandes fuertes; el número de fuertes tiene que ser de al menos 20; pero, por otra parte, no hace falta fortificar Londres con el estilo pedante de París, porque nunca tendrá que resistir un asedio. Sólo se requiere la defensa contra un coup de main, contra las fuerzas que un ejército de invasión puede reunir contra Londres en el plazo de 14 días tras el desembarco. Se puede prescindir del recinto continuo; en su lugar, los pueblos y los grupos de casas de los barrios exteriores pueden prestar muy buenos servicios si de antemano se elabora cuidadosamente el plan de defensa.

Estando Londres así fortificado, los astilleros reforzados en sus frentes de mar y protegidos en sus frentes de tierra contra un ataque violento e irregular, e incluso contra un asedio débil, Inglaterra podrá hacer frente a cualquier invasión, y el conjunto puede conseguirse por unos 15 millones de libras esterlinas. Entre todos los astilleros no exigirían más de 70.000 soldados regulares y 15.000 voluntarios, mientras que todo el resto de las tropas de línea, de la milicia y de los voluntarios —pongamos 80.000 hombres de línea y milicia y 100.000 voluntarios— podría defender el campo atrincherado en torno a Londres o aceptar batalla ante sus puertas, y todo el país al norte de Londres tendría la posibilidad de organizar nuevos cuerpos de voluntarios y depósitos para las tropas de línea y la milicia. El enemigo se vería obligado en todos los casos a actuar; aunque quisiera, no podría eludir el gran campo atrincherado de Londres, y no le quedaría más opción que atacar y ser derrotado, o esperar y aumentar con ello cada día las dificultades de su posición.

En cambio, el plan del Gobierno para la defensa nacional actúa en el sentido de que las guarniciones —si las fuerzas de Inglaterra constasen de 90.000 hombres de tropas de línea y milicia y 115.000 voluntarios— exigirían al menos 25.000 soldados regulares y 35.000 voluntarios, de modo que para la defensa de Londres quedarían 65.000 soldados regulares y 80.000 voluntarios, mientras que 35.000 hombres, que el día de la batalla podrían ser urgentemente necesarios, permanecerían tranquilos e inermes tras murallas de piedra que nadie tendría intención de atacar. Pero el ejército no sólo se vería debilitado en 35.000 hombres: se vería también privado de una posición fortificada desde la que no podría ser desalojado salvo mediante un asedio regular; expondría a 80.000 voluntarios inexpertos, sólo mediocremente mandados, a un combate en campo abierto, y combatiría así en circunstancias mucho más desfavorables que el ejército que, según se ha expuesto más arriba, se habría formado.