Karl Marx

Bernadotte

Escrito entre el 17 de septiembre y el 15 de octubre de 1857.
Del inglés.

["The New American Cyclopædia", tomo III]

Bernadotte, Jean-Baptiste-Jules, mariscal del Imperio francés, príncipe de Pontecorvo y, bajo el nombre de Carlos XIV Juan, rey de Suecia y Noruega, nació el 26 de enero de 1764 en Pau, en el Departamento de Basses Pyrénées, y murió el 8 de marzo de 1844 en el palacio real de Estocolmo. Era hijo de un abogado y fue educado para esa profesión; pero sus inclinaciones militares lo llevaron a alistarse secretamente en 1780 en la Marina real, donde al estallar la Revolución Francesa había ascendido al rango de sargento. Entonces comenzó su rápido ascenso. En 1792 ya servía como coronel en el ejército de Custine, en 1793 mandaba una media brigada, en el mismo año fue promovido a general de brigada por el patrocinio de Kléber, y como general de división del Ejército del Sambre y Mosa, bajo Kléber y Jourdan, contribuyó a la victoria de Fleurus el 26 de junio de 1794, al éxito de Jülich y a la capitulación de Maastricht. También prestó buenos servicios en la campaña de 1795-1796 contra los generales austriacos Clerfayt y Kray, así como contra el archiduque Carlos. Cuando a principios de 1797 el Directorio le encargó llevar 20.000 hombres como refuerzo al ejército de Italia, su primer encuentro con Napoleón en Italia determinó sus relaciones futuras. A pesar de su inherente magnanimidad, Napoleón albergaba una envidia mezquina y desconfiada hacia el Ejército del Rin y sus generales. Comprendió inmediatamente que Bernadotte aspiraba a una carrera independiente. Este último era demasiado gascón para no estimar, por su parte, la distancia entre un genio como Napoleón y un hombre de talento como él mismo. De ahí su mutua aversión. Durante la invasión de Istria, Bernadotte se distinguió en el paso del Tagliamento, donde mandaba la vanguardia, y en la toma de la fortaleza de Gradisca el 19 de marzo de 1797.

Después de la llamada revolución del 18 de Fructidor, Napoleón ordenó a sus generales que exigieran a sus divisiones cartas de adhesión a ese golpe de Estado; pero Bernadotte protestó primero, luego mostró gran repugnancia a cumplir la orden y acabó enviando un mensaje al Directorio que contenía exactamente lo contrario de lo que se le había pedido, sin dejarlo pasar por las manos de Bonaparte. Napoleón, que había ido a París para presentar al Directorio el tratado de Campoformio, visitó a Bernadotte en su cuartel general de Udine para halagarlo, pero al día siguiente, por una orden desde Milán, le quitó la mitad de su división del Ejército del Rin y le ordenó que recondujera la otra mitad a Francia. Después de muchas objeciones, compromisos y nuevas disputas, Bernadotte se dejó inducir finalmente a aceptar la legación en Viena. Allí, actuando según las instrucciones de Talleyrand, adoptó una actitud conciliadora, de la que los periódicos parisinos influenciados por Bonaparte y sus hermanos afirmaron que estaba llena de tendencias monárquicas; y como prueba de esas acusaciones, difundieron rumores de que Bernadotte había prohibido colocar la bandera tricolor sobre la entrada de su hotel y las escarapelas republicanas en los sombreros de su séquito. Cuando el Directorio lo reprendió por ello, Bernadotte izó la tricolor el 13 de abril de 1798, aniversario de la manifestación antijacobina en Viena, con la inscripción «Libertad, Igualdad, Fraternidad», tras lo cual una turba vienesa asaltó su hotel, la bandera fue quemada y su vida fue amenazada. Como el gobierno austriaco se negó a dar la satisfacción exigida, Bernadotte se retiró con toda su legación a Rastatt. El Directorio, sin embargo, a instancias de Napoleón, que había tenido parte en la instigación de este escándalo, encubrió el asunto y dejó caer a su propio representante.

El parentesco de Bernadotte con la familia Bonaparte, derivado de su matrimonio en agosto de 1798 con la señorita Désirée Clary, hija de un comerciante de Marsella y cuñada de José Bonaparte, no hizo más que reforzar su oposición a Napoleón. Como comandante en jefe del ejército de observación en el Alto Rin en 1799, demostró ser incompetente para ese puesto, con lo que de antemano confirmó la exactitud de la afirmación que Napoleón haría en Santa Elena de que Bernadotte era mejor lugarteniente que comandante en jefe. Al frente del Ministerio de la Guerra tras la asonada del Directorio

del 30 de Prairial, se distinguieron menos sus planes de operaciones que sus intrigas con los jacobinos, por medio de cuya influencia, de nuevo creciente, trataba de procurarse un grupo de partidarios personales en las filas del ejército. Pero una mañana, el 13 de septiembre de 1799, encontró en el «Moniteur» anunciada su dimisión, antes incluso de saber que se la habían pedido. Esa jugada se la habían hecho los miembros del Directorio Sieyès y Roger Ducos, aliados con Bonaparte.

Cuando mandaba el Ejército del Oeste, extinguió las últimas chispas de la guerra en la Vendée. Proclamado el Imperio, que lo elevó a la dignidad de mariscal, se le confió el mando del ejército de Hannover. En esa calidad, y posteriormente como comandante supremo del ejército en el norte de Alemania, se esforzó por granjearse entre la población del Norte la reputación de un hombre independiente, moderado y capaz en materia administrativa. Al frente del cuerpo estacionado en Hannover, que constituía el primer cuerpo de la Grande Armée, tomó parte en la campaña de 1805 contra austriacos y prusianos. Napoleón lo envió a Iglau para observar los movimientos del archiduque Fernando en Bohemia; después, llamado de vuelta a Brünn, fue colocado con su cuerpo en la batalla de Austerlitz en el centro, entre Soult y Lannes, y ayudó a frustrar el envolvimiento por el ala derecha aliada. El 5 de junio de 1806 fue elevado a príncipe de Pontecorvo. En la campaña de 1806-1807 contra Prusia mandó el primer corps d'armée. Recibió de Napoleón la orden de marchar de Naumburg a Dornburg, mientras que Davout, que también estaba en Naumburg, debía marchar a Apolda. La orden que Davout había recibido añadía que, si Bernadotte ya se había unido a él, ambos podían marchar juntos hacia Apolda. Después de reconocer las líneas de marcha de los prusianos y convencerse de que Bernadotte no encontraría enemigo en dirección a Dornburg, Davout propuso a Bernadotte una marcha conjunta hacia Apolda y le ofreció incluso ponerse bajo el mando de Bernadotte. Pero este se atuvo rígidamente a la letra de la orden de Napoleón y marchó hacia Dornburg, sin encontrar al enemigo en todo el día, mientras que Davout tuvo que soportar por sí solo toda la carga de la batalla de Auerstedt, que a causa de la ausencia de Bernadotte no terminó con una victoria decisiva. Sólo la coincidencia de los fugitivos de Auerstedt con los de Jena y las combinaciones estratégicas de Napoleón desviaron las

consecuencias del craso error cometido deliberadamente por Bernadotte. Napoleón firmó una orden de someter a Bernadotte a un consejo de guerra, pero la anuló tras ulteriores consideraciones. Después de la batalla de Jena, Bernadotte, junto con Soult y Murat, batió a los prusianos el 17 de octubre en Halle, persiguió al general prusiano Blücher hasta Lübeck y contribuyó a su capitulación en Ratekau el 7 de noviembre de 1806. Además, derrotó a los rusos el 25 de enero de 1807 en las llanuras de Mohrungen, no lejos de Thorn.

Tras la paz de Tilsit, tropas francesas debían ocupar las islas danesas de acuerdo con la alianza concertada entre Napoleón y Dinamarca, para desde allí actuar contra Suecia. De acuerdo con ello, Bernadotte recibió el 23 de marzo de 1808, el mismo día en que Rusia invadió Finlandia, la orden de avanzar hacia Seeland para invadir Suecia junto con los daneses, destronar a su rey y repartir el país entre Dinamarca y Rusia: una extraña misión para un hombre que poco después gobernaría en Estocolmo. Cruzó el Belt y llegó a Seeland al frente de 32.000 franceses, holandeses y españoles, de los cuales 10.000 españoles, bajo el mando del general de la Romana, lograron escabullirse con ayuda de la flota inglesa. Bernadotte no emprendió nada y no consiguió nada durante su estancia en Seeland. Llamado de vuelta a Alemania para tomar parte en la nueva guerra entre Francia y Austria, recibió el mando del noveno cuerpo, compuesto principalmente por sajones.

La batalla de Wagram, el 5 y 6 de julio de 1809, dio nuevo alimento a sus malentendidos con Napoleón. El primer día de la batalla, Eugène de Beauharnais, que había avanzado cerca de Wagram y había chocado con las reservas enemigas, no fue suficientemente apoyado por Bernadotte, que intervino con sus tropas demasiado tarde y sin la decisión necesaria. Atacado de frente y de flanco, Eugène fue arrojado violentamente sobre la Guardia de Napoleón, y el primer choque del ataque francés quedó así debilitado por la tibia conducta de Bernadotte, quien mientras tanto había ocupado la aldea de Adlerklaa en el centro del ejército francés, pero un poco por delante de la línea francesa. Al día siguiente, a las seis de la mañana, cuando los austriacos avanzaban para un ataque concéntrico, Bernadotte se encontraba delante de Adlerklaa, en lugar de ocupar esa aldea e incorporarla a la línea del frente. Cuando los aus-

triacos llegaron, consideró la posición demasiado arriesgada y se replegó a una meseta detrás de Adlerklaa, pero dejó la aldea desocupada, siendo inmediatamente ocupada por los austriacos de Bellegarde. De este modo, el centro francés quedó en peligro, y Masséna, que lo mandaba, envió una división que tomó de nuevo Adlerklaa, pero fue otra vez desalojada por los granaderos de d'Aspre. Entonces llegó el propio Napoleón, asumió la dirección, concibió un nuevo plan de batalla y frustró así las maniobras de los austriacos. Así, pues, también esta vez Bernadotte, como en Auerstedt, había puesto en peligro el éxito de la jornada. Por su parte, se quejó de que Napoleón, violando todas las reglas militares, había ordenado al general Dupas, cuya división francesa pertenecía al cuerpo de Bernadotte, actuar por su cuenta soslayando su mando, el de Bernadotte. La dimisión que presentó fue aceptada después de que Napoleón hubiera tenido conocimiento de una orden del día que Bernadotte había dirigido a sus sajones y que no concordaba con el boletín imperial.

Poco después de su llegada a París, donde comenzó a intrigar con Fouché, la expedición de Walcheren (30 de julio de 1809) impulsó al ministerio francés, en ausencia del Emperador, a confiar a Bernadotte la defensa de Amberes. Los groseros errores de los ingleses hicieron innecesario un avance de Bernadotte, pero este aprovechó la ocasión para introducir en una proclama dirigida a sus tropas la acusación contra Napoleón de haber omitido tomar las medidas necesarias para la defensa de la costa belga. Fue destituido de su puesto. Cuando, a su regreso a París, se le ordenó abandonar la ciudad y trasladarse a su principado de Pontecorvo, y rehusó obedecer la orden, se le mandó comparecer en Viena. Tras varias violentas disputas con Napoleón en Schönbrunn, asumió el gobierno general de Roma, una especie de exilio honorífico.

Las circunstancias que llevaron a su elección como príncipe heredero de Suecia no quedaron completamente esclarecidas hasta mucho después de su muerte. Carlos XIII, después de haber adoptado a Carlos Augusto, duque de Augustenburg, como hijo y heredero de la corona sueca, envió al conde Wrede a París para pedir para el duque la mano de la princesa Carlota, hija de Lucien Bonaparte. Tras la repentina muerte del duque de Augustenburg el 18 de mayo de 1810, Rusia presionó a Carlos XIII para que adoptara al duque de Oldenburg, mientras que Napoleón apoyaba las pretensiones de Federico VI, rey de Dinamarca. El propio anciano rey ofreció la sucesión al trono al hermano del difunto duque de Augustenburg y envió al barón Mörner con instrucciones para el general Wrede, que le imponían el deber de convencer a Napoleón de la elección del rey. Mörner, sin embargo, un joven que pertenecía al muy numeroso e influyente partido de Suecia que por entonces esperaba la regeneración de su país únicamente de una estrecha alianza con Francia, tomó sobre sí, a su llegada a París, de acuerdo con Lapie, un joven oficial de ingenieros francés, con Signeul, el cónsul general sueco, y con el propio conde Wrede, proponer a Bernadotte como candidato al trono sueco, procurando todos mantener sus gestiones en secreto ante el conde Lagerbjelke, ministro sueco en las Tullerías; además, todos estaban firmemente convencidos, merced a una serie de malentendidos que Bernadotte mantenía hábilmente, de que este era en realidad el candidato de Napoleón. En consecuencia, Wrede y Signeul enviaron el 29 de junio despachos al ministro sueco de Asuntos Exteriores, en los que anunciaban que Napoleón se sentiría muy complacido si la sucesión al trono se ofrecía a su representante y pariente. A pesar de la resistencia de Carlos XIII, la Dieta de Örebro eligió el 21 de agosto de 1810 a Bernadotte príncipe heredero de Suecia. El rey se vio igualmente obligado a adoptarlo como hijo suyo bajo el nombre de Karl Johann. Napoleón ordenó a Bernadotte de mala gana y con extremada displicencia que aceptase la dignidad ofrecida. Bernadotte, que había abandonado París el 28 de septiembre de 1810, desembarcó en Helsingborg el 21 de octubre, abjuró allí de la fe católica, llegó a Estocolmo el 1 de noviembre, tomó parte el 5 de noviembre en la sesión de los Estados del Reino y desde ese momento asumió las riendas del Estado. Desde la infausta paz de Frederikshamm, el pensamiento dominante en Suecia era la reconquista de Finlandia, sin la cual, según se pretendía, como Napoleón escribió a Alejandro el 28 de febrero de 1811, «Suecia había dejado de existir», al menos como potencia independiente de Rusia. Solo mediante una estrecha alianza con Napoleón podían los suecos esperar recuperar aquella provincia. Y a esta convicción debió Bernadotte su elección. Durante la enfermedad del rey, que duró del 17 de marzo de 1811 al 7 de enero de 1812, Karl Johann fue designado regente; pero esto fue solo una cuestión de etiqueta, pues ya desde el día de su llegada dirigía él todos los asuntos.

Napoleón, demasiado advenedizo él mismo para respetar los puntos sensibles de su ex teniente, le obligó el 17 de noviembre de 1810 —en contra de un acuerdo anterior— a adherirse al sistema continental y a declarar la guerra a Inglaterra. Retuvo las rentas que Bernadotte debía percibir como príncipe francés, se negó a aceptar los despachos que este le dirigía directamente, por no ser «un soberano de igual rango», y devolvió la Orden de los Serafines que Karl Johann había concedido al flamante rey de Roma <duque de Reichstadt, hijo de Napoleón I>. Estas mezquinas vejaciones proporcionaron a Bernadotte el pretexto para una línea de conducta que ya hacía tiempo había decidido seguir. Apenas se hubo instalado en Estocolmo, admitió en audiencia oficial al general ruso Suchtelen, a quien los suecos odiaban por haber sobornado al comandante de Sveaborg, e incluso consintió en que fuera acreditado como enviado en la corte sueca. El 18 de diciembre de 1810, Bernadotte tuvo una entrevista con Chernyshev, en la que declaró que se «afanaba por ganarse la buena opinión del zar» y que renunciaba para siempre a Finlandia, a condición de que Noruega fuese separada de Dinamarca y unida a Suecia. Con el mismo Chernyshev envió una carta sumamente halagadora al zar Alejandro. Mientras de este modo se estrechaba su vinculación con Rusia, los generales suecos que habían derrocado a Gustavo IV y apoyado su elección se apartaron de él. Su oposición, compartida por el ejército y el pueblo, amenazaba ya con tornarse peligrosa, cuando la entrada de una división francesa en la Pomerania Sueca el 27 de enero de 1812 —medida que Napoleón adoptó basándose en una información confidencial llegada de Estocolmo— proporcionó por fin a Karl Johann un pretexto plausible para declarar abiertamente la neutralidad de Suecia. Pero en secreto y a espaldas de la Dieta, concertó con Alejandro una alianza ofensiva contra Francia, que se firmó en San Petersburgo el 27 de marzo de 1812 y en la que también se estipuló la anexión de Noruega a Suecia.

La declaración de guerra de Napoleón a Rusia convirtió a Bernadotte, por algún tiempo, en árbitro de los destinos de Europa. Napoleón le ofreció, a condición de que atacase a Rusia con 40.000 suecos, Finlandia, Mecklemburgo, Stettin y todo el territorio entre Stettin y Wolgast. Bernadotte habría podido decidir la campaña y ocupar San Petersburgo antes de que Napoleón llegase a Moscú. Pero prefirió actuar como el Lépido de un triunvirato formado con Inglaterra y Rusia. Indujo al sultán a ratificar la paz de Bucarest, permitiendo así al almirante ruso Chichágov retirar sus tropas de las orillas del Danubio y operar en el flanco del ejército francés. Medió también en la paz de Örebro, concertada el 18 de julio de 1812 entre Inglaterra, por una parte, y Rusia y Suecia, por la otra. Alejandro, consternado por los primeros éxitos de Napoleón, invitó a Karl Johann a una entrevista y le ofreció al mismo tiempo el mando supremo de los ejércitos rusos. Karl Johann, lo bastante prudente para rechazar este último ofrecimiento, aceptó la invitación. El 27 de agosto llegó a Åbo, donde encontró a Alejandro muy abatido e inclinado a hacer ofertas de paz. Como él mismo había ido ya demasiado lejos para poder retroceder, sacudió al vacilante zar demostrándole que los aparentes éxitos de Napoleón habrían de conducir a su ruina. La entrevista terminó con el llamado Tratado de Åbo, al que se añadió un artículo secreto que confería a la alianza el carácter de un pacto de familia. En realidad, Karl Johann no obtuvo más que promesas, mientras que Rusia, sin el menor sacrificio, se aseguraba la alianza con Suecia, inestimable en aquel momento. Por testimonios auténticos se ha confirmado recientemente que entonces solo de Bernadotte dependía devolver Finlandia a Suecia; pero el soberano gascón, seducido por la lisonja de Alejandro de que «algún día la corona imperial francesa, cuando cayese de la cabeza de Napoleón, podría reposar sobre la suya», consideraba ya a Suecia como un mero pis aller (Notbehelf).

Tras la retirada de los franceses de Moscú, rompió oficialmente las relaciones diplomáticas con Francia, y cuando Inglaterra le garantizó Noruega mediante el tratado del 3 de marzo de 1813, se unió a la coalición. Provisto de subsidios ingleses, desembarcó en mayo de 1813 en Stralsund con 25.000 suecos y avanzó hacia el Elba. Durante el armisticio del 4 de junio de 1813, desempeñó un importante papel en la reunión de Trachenberg, donde Alejandro le presentó al rey de Prusia <Federico Guillermo III> y donde se fijó el plan general de campaña. Como comandante en jefe del Ejército del Norte, compuesto por suecos, rusos, prusianos, ingleses, hanseáticos y tropas del norte de Alemania, mantuvo relaciones muy equívocas con el ejército francés, urdidas por un individuo que aparecía con frecuencia como amigo en su cuartel general y que se basaban en la suposición de que los franceses cambiarían gustosamente el dominio de Napoleón por el de Bernadotte, si este les daba pruebas de indulgencia y benignidad. En consecuencia, impidió a los generales bajo su mando tomar la ofensiva, y cuando Bülow, contrariando sus instrucciones, derrotó dos veces a los franceses —en Grossbeeren y en Dennewitz—, hizo detener la persecución del ejército vencido. Cuando Blücher, para obligarle a actuar, avanzó hasta el Elba y se reunió con él, solo la amenaza de Sir Charles Stewart, el plenipotenciario inglés en su campamento, de suspender los suministros, pudo moverle a seguir avanzando. Los suecos comparecieron en el campo de batalla de Leipzig solo por pura fórmula, y durante toda la campaña no perdieron ni 200 hombres ante el enemigo. Cuando los aliados entraron en Francia, retuvo al ejército sueco en sus fronteras. Después de la abdicación de Napoleón, se trasladó personalmente a París para recordar a Alejandro las promesas que le había hecho en Åbo. Talleyrand destruyó sus pueriles esperanzas declarando al consejo de los reyes aliados: «Solo hay dos posibilidades: Bonaparte o los Borbones; todo lo demás es pura intriga.»

Cuando Karl Johann, después de la batalla de Leipzig, invadió los ducados de Schleswig y Holstein al frente de un ejército compuesto por suecos, alemanes y rusos, Federico VI, rey de Dinamarca, ante la abrumadora superioridad de fuerzas, tuvo que firmar el 14 de enero de 1814 la paz de Kiel, por la cual Noruega era cedida a Suecia. Pero los noruegos, sublevados contra el hecho de que se dispusiera de ellos sin más, proclamaron la independencia de Noruega bajo la protección de Christian Friedrich, príncipe heredero de Dinamarca. Los representantes de la nación, reunidos en Eidsvoll, aprobaron el 17 de mayo de 1814 una constitución que aún hoy está en vigor y es la más democrática de la Europa moderna. Tras poner en movimiento un ejército y una flota suecos y apoderarse de la fortaleza de Fredrikstad, que domina el acceso a Christianía, Karl Johann entró en negociaciones, consintió en reconocer a Noruega como Estado independiente y en aceptar la constitución de Eidsvoll, y una vez obtenida la sanción del Storting el 7 de octubre, regresó a Christianía el 10 de noviembre de 1814 para prestar allí, en nombre propio y del rey, el juramento sobre la constitución.

Al morir Carlos XIII el 5 de febrero de 1818, Bernadotte fue reconocido por Europa como Carlos XIV Juan, rey de Suecia y Noruega. Enseguida intentó modificar la constitución noruega, restablecer la nobleza abolida y asegurarse un veto absoluto, así como el derecho a destituir a todos los funcionarios civiles y oficiales. Esta tentativa dio lugar a graves conflictos y condujo incluso, el 18 de mayo de 1828, a un ataque de caballería contra la población de Christiania, que celebraba el aniversario de su constitución. Un levantamiento general parecía inevitable cuando la revolución francesa de 1830 indujo al rey a avenirse temporalmente a dar pasos conciliatorios. Pero Noruega, por cuya anexión lo había sacrificado todo, siguió siendo durante todo su reinado una fuente constante de dificultades. Desde los primeros días de la revolución francesa de 1830, no había en Europa más que un solo hombre que considerase al rey de Suecia el pretendiente idóneo a la corona francesa, y ese hombre era el propio Bernadotte. Una y otra vez repetía ante el representante diplomático de Francia en Estocolmo: «¿Cómo ha podido suceder que Laffitte no haya pensado en mí?». La cambiada situación de Europa y, sobre todo, el levantamiento polaco le hicieron pensar por un momento en enfrentarse a Rusia. Sus ofrecimientos en este sentido dirigidos a Lord Palmerston tropezaron con un brusco rechazo, y hubo de expiar sus momentáneos pensamientos de independencia mediante la conclusión de una alianza con el zar Nicolás el 23 de junio de 1834, por la que se convirtió en vasallo de Rusia. Desde entonces, su política en Suecia se caracterizó por las injerencias en la libertad de prensa, las persecuciones por lesa majestad y la resistencia a medidas progresistas, incluso a cosas tales como la emancipación de la industria de las antiguas leyes de los gremios y corporaciones. Enfrentando entre sí las rencillas de los diversos estamentos representados en la Dieta sueca, logró sofocar durante largo tiempo y con éxito todo movimiento; pero las resoluciones liberales de la Dieta de 1844, que según la constitución debían ser elevadas a ley por la Dieta de 1845, amenazaban con hacer fracasar definitivamente su política cuando murió repentinamente.

Si Suecia pudo recuperarse parcialmente, durante el reinado de Carlos XIV, de la miseria y la desgracia del último siglo y medio, no se debe a Bernadotte, sino exclusivamente a las energías de la propia nación y a los efectos de una larga paz.