Friedrich Engels

Artillería

Escrito entre mediados de octubre y el 26 de noviembre de 1857.

[«The New American Cyclopædia», tomo II]

Artillería. —  
Se reconoce hoy casi universalmente que la invención de la pólvora y su aplicación para lanzar cuerpos pesados en una dirección determinada procede de Oriente. En China y en la India el salitre es una cristalización natural que se forma en la superficie de la tierra, y es comprensible que los habitantes de esos países conocieran pronto sus propiedades. En China se fabricaban ya en épocas muy remotas artefactos de fuego compuestos de mezclas de esta sal con otras sustancias fácilmente inflamables, y se empleaban tanto para fines bélicos como para festividades públicas. No sabemos cuándo se conoció la mezcla especial de salitre, azufre y carbón vegetal cuya capacidad explosiva le ha conferido una importancia tan enorme. Según algunas crónicas chinas que el señor Paravey mencionó en 1850 en un informe a la Academia francesa, ya en el año 618 a. de C. se conocían piezas de artillería. En otros antiguos escritos chinos se describen bolas de fuego disparadas con cañas de bambú y una especie de proyectiles explosivos. En todo caso, parece que en los períodos más tempranos de la historia china la pólvora y los cañones no estuvieron desarrollados en una forma adecuada para fines guerreros, pues el primer ejemplo verdaderamente comprobable de su aplicación extensiva data de una época posterior, a saber, del año 1232 de nuestra era, cuando los chinos, sitiados por los mongoles en Kai-fang-fu, se defendieron con cañones que lanzaban bolas de piedra y emplearon proyectiles explosivos, petardos y otros artefactos de fuego basados en la pólvora.

Según el testimonio de los escritores griegos Eliano, Ctesias, Filóstrato y Temistio, es probable que los hindúes dispusieran ya en tiempos de Alejandro Magno de artefactos de fuego utilizables para la guerra. Sin embargo, eso no era en modo alguno pólvora, aunque el salitre pudiera estar contenido en abundancia en esa mezcla. En las leyes hindúes se alude a una especie de arma de fuego; en ellas se menciona inequívocamente la pólvora y, según el profesor H. H. Wilson, su composición se describe también en antiguas obras médicas de los hindúes. No obstante, los cañones se mencionan por primera vez en una fecha que coincide casi con el dato más antiguo inequívocamente comprobable de su aparición en China. Hacia 1200, Hased habla en sus poemas de máquinas de fuego que lanzan bolas cuyos silbidos se oían hasta una distancia de 10 coss (1.500 yardas). Alrededor del año 1258 tenemos noticia de artefactos de fuego sobre carros que pertenecían al rey de Delhi. Cien años más tarde la artillería se empleaba corrientemente en la India, y cuando los portugueses llegaron allí en 1498 comprobaron que los indios estaban tan adelantados en el uso de las armas de fuego como ellos mismos.

Los árabes tomaron de los chinos y de los hindúes el salitre y los fuegos artificiales. Dos de los nombres árabes del salitre significan sal de China y nieve de China. Escritores árabes de la antigüedad mencionan el fuego rojo y blanco chino. También el empleo de mezclas incendiarias coincide aproximadamente con la gran invasión árabe en Asia y África. Y ello por no hablar de la maujanitz, un arma de fuego casi mítica que se supone que Mahoma conoció y utilizó. Lo cierto es que los griegos bizantinos recibieron de sus enemigos árabes el primer conocimiento del fuego artificial (que más tarde se desarrolló hasta convertirse en el fuego griego). Un escritor del siglo IX, Marcus Graecus, menciona una mezcla de seis partes de salitre, dos de azufre y una de carbón, que se aproxima mucho a la composición correcta de la pólvora. Roger Bacon la describe con bastante precisión, siendo el primero de todos los escritores europeos, en 1216 en su «Liber de Nullitate Magiae»; pero durante todo un siglo los pueblos occidentales no supieron qué hacer con ella. Los árabes, en cambio, sacaron al parecer muy pronto provecho de las experiencias tomadas de los chinos. Según la Historia de los moros en España de Condé, en 1118 se emplearon cañones en el sitio de Zaragoza, y en 1132 se fundió en España, entre otros cañones, una especie de culebrina de campaña de un calibre de 4 libras. Según se refiere, se dice que Abd el Mumen tomó en 1156 Mohadia, cerca de Bona, en Argelia, con armas de fuego, y al año siguiente Niebla, en España, fue defendida contra los castellanos con máquinas de fuego que lanzaban saetas y piedras. Aunque la naturaleza de las máquinas utilizadas por los árabes en el siglo XII siga siendo dudosa, es seguro que en 1280 se empleó artillería contra Córdoba y que los españoles tomaron de los árabes el conocimiento de la artillería a principios del siglo XIV. Fernando IV tomó Gibraltar en 1308 con cañones. En los años 1312 y 1323 Baza, en 1326 Martos y en 1331 Alicante fueron atacadas con artillería, y desde cañones se lanzaron mezclas incendiarias a algunas de estas ciudades sitiadas.

De los españoles pasó el uso de la artillería a las demás naciones europeas. Los franceses emplearon piezas en 1338 durante el sitio de Puy Guillaume, y en el mismo año los caballeros teutónicos las utilizaron también en Prusia. Hacia 1350 las armas de fuego eran de uso general en todos los países de Europa occidental, meridional y central. Que la artillería es de origen oriental lo prueba también el modo de fabricación de las piezas europeas más antiguas. El cañón se fabricaba con barras de hierro forjado, soldadas unas a otras longitudinalmente y reforzadas mediante pesados aros de hierro que se prensaban sobre aquéllas. La pieza se componía de varias partes, y la recámara desmontable se fijaba al tubo de vuelo después de la carga. Los cañones chinos e indios más antiguos se fabricaban exactamente igual y son tan antiguos como las piezas europeas más viejas, o incluso más. Tanto las piezas europeas como las asiáticas eran, hacia el siglo XIV, de construcción muy primitiva, lo que muestra que la artillería se hallaba todavía en sus balbuceos. Así pues, si sigue siendo incierto cuándo se inventaron la composición de la pólvora y su aplicación a las armas de fuego, al menos podemos determinar la época en que se convirtió por primera vez en un medio importante de guerrear. Precisamente la pesadez de los cañones del siglo XIV, dondequiera que aparezcan, demuestra su novedad como máquinas de guerra regulares. Las piezas europeas de aquella época eran adminículos bastante toscos. Las de grueso calibre sólo podían moverse desmontándolas, y cada pieza constituía una carga de carro. Incluso las de pequeño calibre eran extraordinariamente pesadas, porque por aquel entonces no existía una proporción adecuada ni entre el peso del cañón y el del proyectil, ni entre el proyectil y la carga. Cuando las piezas se emplazaban, se construía para cada una una especie de bastidor o armazón de madera desde el cual se disparaba. La ciudad de Gante poseía un cañón que, con el bastidor, medía cincuenta pies de largo. Las cureñas eran aún desconocidas. Los cañones se disparaban por lo general, al igual que nuestros morteros, con una elevación muy grande, y por eso su efecto fue muy escaso hasta la introducción de los proyectiles huecos. Los proyectiles eran comúnmente bolas redondas de piedra, y para calibres pequeños, a veces, saetas de hierro.

Sin embargo, a pesar de todas estas desventajas, las piezas no se empleaban sólo en los sitios y en la defensa de ciudades, sino también en el campo de batalla y a bordo de los buques de guerra. Ya muy pronto, en 1386, los ingleses apresaron dos barcos franceses armados con cañones. Si las piezas rescatadas de la «Mary Rose» (hundida en 1543) pueden servir de indicio, aquellas primeras piezas navales estaban simplemente encajadas y fijadas en un bloque de madera ahuecado al efecto, de modo que no podían elevarse.

En el transcurso del siglo XV se introdujeron mejoras considerables tanto en la construcción como en el empleo de la artillería. Se comenzó a fundir cañones de hierro, cobre o bronce. La recámara móvil cayó en desuso. Todo el cañón se fundía de una sola pieza. Las mejores fundiciones estaban en Francia y Alemania. En Francia se intentó también por primera vez mover los cañones hacia adelante durante un sitio y emplazarlos bajo protección. Hacia 1450 se introdujo una especie de atrincheramiento, y poco después los hermanos Bureau construyeron las primeras baterías de brecha, con cuya ayuda el rey de Francia, Carlos VII, reconquistó en un año todas las plazas que le habían arrebatado los ingleses.

Las mayores mejoras, sin embargo, las efectuó Carlos VIII de Francia. Abolió definitivamente la recámara desmontable, fundió sus cañones en bronce y de una sola pieza, introdujo los muñones y las cureñas sobre ruedas y empleó únicamente proyectiles de hierro. Redujo también el calibre de las piezas y llevó regularmente al campo las más ligeras. De ellas, el cañón doble iba montado sobre una cureña de cuatro ruedas tirada por 35 caballos. Las demás piezas tenían cureñas de dos ruedas, cuya cola se arrastraba por el suelo y que eran tiradas por 24 caballos, y las más pequeñas hasta por 2. Se asignó un pelotón de artilleros a cada cañón y se organizó el servicio de modo que surgiera el primer cuerpo de artillería de campaña separado de las demás tropas. Los calibres más ligeros tenían la movilidad suficiente para cambiar de posición junto con las otras tropas durante el combate e incluso para seguir a la caballería. A esta nueva arma debió Carlos VIII sus sorprendentes éxitos en Italia. Las piezas italianas seguían siendo arrastradas por bueyes; continuaban compuestas de diversas partes y, una vez alcanzada la posición, tenían que ser montadas sobre sus armazones. Disparaban proyectiles de piedra y eran, en conjunto, tan pesadas, que los franceses disparaban un cañón más veces en una hora que los italianos en todo un día. La batalla de Fornovo (1495), ganada por la artillería de campaña francesa, sembró el terror en toda Italia, y la nueva arma fue considerada irresistible. El «Arte della Guerra» de Maquiavelo se escribió expresamente con el propósito de mostrar la manera de contrarrestar el efecto de la artillería mediante una hábil disposición de la infantería y la caballería.

Luis XII y Francisco I, sucesores de Carlos VIII, continuaron el perfeccionamiento y la reducción del peso de la artillería de campaña. Francisco I organizó la artillería como un cuerpo separado bajo un gran maestre de la artillería. Sus cañones de campaña desbarataron en 1515, en Marignano, a las hasta entonces invictas masas de piqueros suizos, desplazándose rápidamente de una posición de flanco a otra y decidiendo así la batalla.

Los chinos y los árabes conocían el uso y la fabricación de proyectiles huecos, y es probable que este arte llegara de los árabes a los pueblos europeos. Sin embargo, dicho proyectil y el mortero desde el que actualmente se dispara no se adoptaron en Europa hasta la segunda mitad del siglo XV; se atribuyen generalmente a Pandolfo Malatesta, príncipe de Rímini. Las primeras bombas explosivas consistían en dos medias esferas metálicas huecas atornilladas entre sí. El arte de fundir un proyectil hueco no se desarrolló hasta más tarde.

El emperador Carlos V no se quedaba a la zaga de sus rivales franceses en el perfeccionamiento de la artillería de campaña. Introdujo el armón y transformó así el cañón de dos ruedas, cuando debía ser desplazado, en un vehículo de cuatro ruedas capaz de acelerar el paso y superar los obstáculos del terreno. De este modo, sus cañones ligeros pudieron avanzar al galope en la batalla de Renty, en 1554.

Los primeros estudios teóricos sobre el arte de la artillería y la trayectoria de los proyectiles se realizaron también en este período. Se dice que el italiano Tartaglia descubrió que el ángulo de elevación de 45 grados proporciona, en el vacío, el máximo alcance de tiro. También los españoles Collado y Ufano se ocuparon de investigaciones similares. Así se sentaron las bases teóricas de la ciencia artillera,

Aproximadamente por la misma época, las investigaciones de Vannuccio Biringoccio sobre el arte de la fundición (1540) supusieron un avance significativo en la fabricación de cañones, mientras que la invención de la escala de calibres por Hartmann, mediante la cual cada parte de un cañón se medía en proporción al diámetro del ánima, proporcionó un cierto patrón para la construcción de piezas de artillería y allanó el camino para la introducción de principios teóricos firmes y reglas generales basadas en la experiencia.

Uno de los primeros efectos de la artillería perfeccionada fue una transformación completa en el arte de la fortificación. Desde la época de las monarquías asiria y babilónica, este arte apenas había registrado progresos. Pero ahora las nuevas armas de fuego abrían brecha por doquier en los muros de piedra del viejo sistema, y era preciso desarrollar uno nuevo. Las obras de defensa debían construirse de modo que la menor cantidad posible de mampostería quedara expuesta al fuego directo del sitiador y que ofrecieran la posibilidad de emplazar artillería pesada sobre sus murallas. El antiguo muro de piedra fue sustituido por un terraplén revestido únicamente de mampostería, y la pequeña torre flanqueante se transformó en un gran bastión pentagonal. Gradualmente, toda la mampostería empleada en la fortificación se fue cubriendo con obras de tierra exteriores para protegerla del fuego directo. A mediados del siglo XVII, la defensa de una plaza fortificada volvió a ser relativamente más fuerte que el ataque, hasta que Vauban otorgó de nuevo la superioridad al ataque.

Hasta entonces, los cañones se cargaban echando pólvora suelta a paladas en el ánima. Hacia 1600, la introducción de los cartuchos —bolsas de lienzo con la cantidad prescrita de pólvora— redujo el tiempo necesario para la carga y, al lograr una mayor uniformidad en la misma, aseguró una mayor precisión del fuego. Por esta época se hizo otro invento importante: el del proyectil de racimo y la metralla. También la construcción de cañones de campaña para proyectiles huecos corresponde a este período.

Los numerosos asedios que tuvieron lugar durante la guerra de España contra los Países Bajos contribuyeron en gran medida al perfeccionamiento de la artillería empleada en la defensa y el ataque de plazas, particularmente en lo referente al empleo de morteros y obuses, granadas, proyectiles incendiarios y balas rojas, así como a la composición de espoletas y otros artificios pirotécnicos militares. Los calibres empleados a comienzos del siglo XVII seguían presentando toda clase de tamaños, desde el cañón de cuarenta y ocho libras hasta los más pequeños falconetes de balas de media libra.

A pesar de todas las mejoras, la artillería de campaña era aún tan imperfecta

que toda esa variedad de calibres era necesaria para producir aproximadamente el efecto que hoy conseguimos con unos pocos cañones de tamaño medio, entre el de seis y el de doce libras. Los calibres ligeros tenían en aquel entonces movilidad, pero carecían de efecto; los calibres pesados tenían efecto, pero carecían de movilidad; los intermedios no poseían ni lo uno ni lo otro en medida suficiente para todos los fines.

En consecuencia, se conservaban todos los calibres, mezclados confusamente; cada batería constaba, por lo general, de un verdadero surtido de cañones.

La elevación se daba a la pieza mediante una cuña de puntería. Las cureñas eran aún toscas y, naturalmente, cada calibre requería un modelo propio, de modo que resultaba casi imposible llevar al campo ruedas y cureñas de repuesto. Los ejes eran de madera y había diferentes tamaños para cada calibre. A ello se añadía que las dimensiones de los cañones y de las cureñas no eran iguales ni siquiera para un mismo calibre; en todas partes abundaban piezas de construcción antigua y muchas diferencias de diseño entre los distintos talleres de un mismo país.

Los cartuchos estaban aún limitados a los cañones de las fortalezas; en campaña se cargaba el cañón con pólvora suelta, que se introducía con una cuchara de carga, tras lo cual se aplicaban un taco de carga y a continuación el proyectil, firmemente asentados. Asimismo, se atacaba pólvora suelta en el oído, y todo el proceso se desarrollaba con extraordinaria lentitud.

Los artilleros no eran considerados soldados regulares, sino que formaban un gremio propio que se completaba con aprendices. Debían prestar juramento de no revelar los misterios y el secretismo de su oficio. Al estallar la guerra, los beligerantes tomaban a su servicio tantos de ellos como podían obtener por encima de su dotación de paz. Cada uno de estos artilleros o bombarderos recibía el mando de una pieza, disponía de un caballo de montar, aprendices y tantos ayudantes de oficio como necesitara, además del número necesario de hombres para transportar las piezas pesadas. Los artilleros o bombarderos percibían el cuádruple del salario de un soldado. Al estallar una guerra, los caballos para la artillería se alquilaban a un empresario que proporcionaba también los arreos y los conductores.

En la batalla, las piezas se emplazaban en línea delante de la tropa y se desarmonaban, desenganchando los caballos. Si se ordenaba un avance, se enganchaban de nuevo los armones y se armaban los cañones; a veces, en distancias cortas, los calibres más ligeros eran transportados por los servidores a brazo. La pólvora y las balas se transportaban en carros especiales; los armones no tenían todavía cajas de munición. Las maniobras, la carga, el vertido de la pólvora de cebado, la puntería y el fuego eran, según nuestros conceptos actuales, operaciones muy lentas; con una maquinaria tan imperfecta y el bajo nivel de desarrollo de la ciencia artillera, el número de impactos debió de ser realmente muy escaso.

La aparición de Gustavo Adolfo en Alemania durante la Guerra de los Treinta Años marca un enorme progreso en la artillería. Este gran hombre de guerra abolió los calibres extremadamente pequeños, que sustituyó al principio por sus llamados cañones de cuero, es decir, tubos ligeros de hierro forjado revestidos de cuerdas y cuero, destinados únicamente al fuego de metralla, que de este modo se empleaba por primera vez en la guerra de campaña. Hasta entonces su uso había estado limitado a la defensa del foso en las fortalezas. Simultáneamente con la carga de racimo y la metralla, introdujo también los cartuchos en su artillería de campaña. Como los cañones de cuero resultaron no ser muy duraderos, fueron reemplazados por ligeros cañones de hierro fundido de a cuatro libras, de 16 calibres de longitud, que con su cureña pesaban 6 quintales y eran arrastrados por 2 caballos. A cada regimiento de infantería se le asignaron 2 de estos cañones. Así surgió la artillería de regimiento, que se mantuvo en muchos ejércitos hasta comienzos de este siglo, y desplazó a los viejos cañones de pequeño calibre, pero relativamente toscos. Originalmente destinada solo al fuego de metralla, muy pronto sirvió también para disparar balas macizas. Las piezas pesadas se mantenían aparte y se formaban en poderosas baterías, que tomaban una posición ventajosa en los flancos o delante del centro del ejército.

Así, mediante la separación de la artillería ligera y la pesada y el despliegue en baterías, quedó fundada la táctica de la artillería de campaña. Fue el general Torstenson, inspector general de la artillería sueca, quien contribuyó principalmente a estos resultados. Con ello, la artillería de campaña se convirtió por primera vez en un arma independiente, sometida a sus propias reglas para su empleo en la batalla.

Por esta época se realizaron otros dos inventos importantes: hacia 1650, el tornillo de puntería horizontal, tal como se usó hasta los tiempos de Gribeauval, y hacia 1697, los estopines de percusión, llenos de pólvora para la ignición, en sustitución del método de atacar pólvora en el oído. Con ello se facilitó mucho la puntería y la carga. Otra gran mejora fue la invención de la cuerda de tiro para maniobrar a cortas distancias.

El número de piezas que se llevaban al campo en el siglo XVII era muy elevado. En Greifenhagen, Gustavo Adolfo disponía de 80 piezas para 20.000 hombres; en Fráncfort del Óder, 200 piezas para 18.000 hombres. Los trenes de artillería de 100 a 200 piezas eran un fenómeno muy corriente durante las guerras de Luis XIV. En Malplaquet se emplearon casi 300 piezas por ambas partes; fue la mayor cantidad de artillería concentrada hasta entonces en un solo campo de batalla. En aquella época, también se solían llevar al campo morteros.

Los franceses seguían afirmando su superioridad en la artillería. Fueron los primeros en abolir el antiguo sistema gremial e integrar a los artilleros como soldados regulares, formando en 1671 un regimiento de artillería y regulando las distintas obligaciones y el escalafón de los oficiales. De este modo, este servicio fue reconocido como un arma independiente y el Estado asumió la formación de oficiales y tropa. En 1690 se fundó en Francia una escuela de artillería, que durante al menos 50 años fue la única existente. En 1697, Saint-Remy publicó un manual de ciencia artillera muy bueno para su época.

Pero el secretismo que rodeaba el «enigma» del arte de la artillería era todavía tan grande que muchas mejoras aplicadas en otros países seguían siendo desconocidas en Francia, y la estructura y la composición de la artillería en los países europeos diferían mucho entre sí. Así, los franceses aún no habían adoptado el obús inventado en Holanda, que ya antes de 1700 había ingresado en la mayoría de los ejércitos. Los cajones de munición sobre el armón, introducidos por primera vez por Mauricio de Nassau, eran desconocidos en Francia y se empleaban muy poco en general, pues el tubo, la cureña y el armón eran demasiado pesados para que la pieza pudiera cargarse además con el peso de la munición. Se habían eliminado, ciertamente, los calibres muy pequeños hasta de 3 libras inclusive, pero la artillería ligera de regimiento seguía siendo desconocida en Francia.

Las cargas empleadas en la artillería para cañones durante el período considerado eran, en general, muy pesadas; originalmente, tan pesadas como las balas. Por ello, a pesar de la baja calidad de la pólvora, su efecto era con mucho más potente que el de las actuales, siendo esta una de las causas principales del enorme peso de los cañones. Para resistir tales cargas, el peso de un cañón de bronce era con frecuencia de 250 a 400 veces mayor que el del proyectil. Sin embargo, la necesidad de reducir el peso de las piezas de artillería obligó gradualmente a una reducción de la carga, y a comienzos del siglo XVIII la carga solía pesar solo la mitad que el proyectil. Para morteros y obuses, la carga se determinaba en función de la distancia y era, por lo general, muy pequeña.

Los últimos años del siglo XVII y los comienzos del XVIII representaron el período en el que la artillería, despojada de su carácter medieval de gremio, fue reconocida definitivamente en la mayoría de los países como un arma integrada en el ejército y, gracias a ello, puesta en condiciones de desarrollarse de manera más uniforme y rápida. El resultado fue un progreso casi inmediato y muy considerable. La irregularidad y diversidad de calibres y modelos, la poca fiabilidad de todas las reglas empíricas, la total carencia de principios bien fundados se hicieron entonces evidentes e insoportables. Por eso se emprendieron en todas partes, en gran escala, experimentos destinados a determinar el efecto de los calibres, la relación del calibre con la carga, con el peso y la longitud del cañón, el espesor del metal del cañón, el alcance del tiro, el efecto del retroceso sobre las cureñas, etc. Entre 1730 y 1740 dirigieron tales experimentos Belidor en La Fère, en Francia; Robins en Inglaterra, y Papacino d'Antoni en Turín. El resultado fue una fuerte reducción de los calibres, un espesor de metal más adecuado del cañón y una muy amplia reducción de las cargas, cuyo peso oscilaba ahora entre un tercio y la mitad del peso del proyectil.

Paralelamente a estos perfeccionamientos avanzaba la ciencia artillera. Galileo había formulado la teoría de la parábola; su discípulo Torricelli, así como Anderson, Newton, Blondel, Bernoulli, Wolff y Euler, se ocuparon de la determinación ulterior de la trayectoria de los proyectiles, de la resistencia del aire y de las causas de sus desviaciones. Los teóricos de la ciencia artillera antes mencionados contribuyeron también esencialmente al desarrollo ulterior de la parte matemática del arte de las bocas de fuego.

Bajo Federico el Grande, la artillería de campaña prusiana se aligeró nuevamente de modo considerable. Se puso de manifiesto que los cortos y ligeros cañones de regimiento, con una longitud de no más de 14, 16 o 18 calibres y con un peso de 80 a 150 veces el del proyectil, tenían el alcance suficiente para las batallas de aquellos días, las cuales se decidían principalmente por el fuego de infantería. En consecuencia, Federico II hizo fundir todos sus cañones de a doce con la misma longitud y el mismo peso. En 1753, los austriacos, al igual que la mayoría de los demás Estados, siguieron este ejemplo. No obstante, en la última parte de su reinado, el propio Federico volvió a equipar su artillería de reserva con largos y poderosos cañones, pues su experiencia en Leuthen le había convencido de su efecto superior. Federico el Grande introdujo una nueva arma al montar a caballo a los artilleros de algunas de sus baterías, creando así la artillería a caballo, destinada a ofrecer a la caballería el mismo apoyo que la artillería a pie prestaba a la infantería. La nueva arma resultó extraordinariamente eficaz y fue adoptada muy pronto por la mayoría de los ejércitos. Algunos ejércitos, como el austriaco, hicieron montar en cambio a los artilleros en carros especiales.

En los ejércitos del siglo XVIII, la proporción de piezas de artillería seguía siendo muy elevada. Federico el Grande tenía en 1756, para 70.000 hombres, 206 cañones; en 1762, para 67.000, 275, y en 1778, para 180.000 hombres, 811 cañones. Éstos, a excepción de los cañones de regimiento que seguían a sus batallones, estaban agrupados en baterías de diverso tamaño, de 6 a 20 piezas cada una. Los cañones de regimiento avanzaban con la infantería, mientras que las baterías hacían fuego desde las posiciones elegidas y a veces se desplazaban a una segunda posición, en la que permanecían por lo general hasta el desenlace de la batalla. La movilidad de las piezas dejaba aún mucho que desear, y la pérdida de la batalla de Kunersdorf se debió a la imposibilidad de hacer llegar artillería en el momento decisivo. El general prusiano Tempelhoff introdujo también baterías de morteros de campaña, cuyos morteros ligeros eran transportados a lomos de mulos; sin embargo, pronto se suprimieron al demostrarse su inutilidad en la guerra de 1792-1793.

La rama científica de la artillería se cultivó en esta época especialmente en Alemania. Struensee y Tempelhoff escribieron obras útiles sobre este tema, pero el principal especialista de artillería de su tiempo fue Scharnhorst. Su Manual de artillería es el primer tratado verdaderamente completo sobre esta materia, mientras que su Manual para oficiales, publicado ya en 1787, contiene el primer desarrollo científico de la táctica de la artillería de campaña. Sus obras, aunque anticuadas en muchos aspectos, siguen siendo clásicas. Al servicio de Austria, el general Vega; al de España, el general Morla; al de Prusia, Hoyer y Rouvroy, aportaron valiosas contribuciones a la literatura sobre artillería.

Los franceses habían reorganizado su artillería en 1732 conforme al sistema de Vallière. Conservaron los cañones de a veinticuatro, dieciséis, doce, ocho y cuatro, y adoptaron el obús de ocho pulgadas. Seguían existiendo modelos de construcción muy variados; los cañones tenían una longitud de 22 a 26 calibres y pesaban aproximadamente 250 veces lo que el proyectil correspondiente. Finalmente, en 1774, el general Gribeauval, que había servido con los austriacos en la Guerra de los Siete Años y conocía la superioridad de la nueva artillería prusiana y austriaca, impuso la introducción de su nuevo sistema. Se separó definitivamente la artillería de sitio de la artillería de campaña. La primera se formó con todas las piezas más pesadas que el cañón de a doce y con todos los viejos cañones pesados de a doce. La artillería de campaña se compuso del obús de seis pulgadas y de cañones de a doce, de a ocho y de a cuatro, todos ellos de 18 calibres de longitud y con un peso 150 veces superior al del proyectil. La carga de los cañones se fijó definitivamente en un tercio del peso del proyectil, se introdujo el tornillo de puntería vertical y cada pieza de un cañón o de una cureña se fabricó según un modelo determinado, de modo que podía reemplazarse fácilmente desde los almacenes. Siete modelos de ruedas y tres modelos de ejes bastaban para todos los diferentes vehículos que estaban en uso en la artillería francesa. Aunque el empleo de armones para transportar una dotación de munición era conocido por la mayoría de los artilleros, Gribeauval no lo introdujo en Francia. Los cañones de a cuatro se distribuyeron entre la infantería, recibiendo dos cada batallón; los de a ocho y a doce se agruparon en baterías separadas como artillería de reserva, con una fragua de campaña para cada batería. Se organizaron compañías de tren y de obreros, y, en conjunto, esta artillería de Gribeauval fue la primera de su género construida sobre una base moderna. Esta artillería demostró ser superior a cualquier otra de la época en las proporciones que determinaban la construcción de las piezas, en su material y en su organización, y sirvió durante muchos años como modelo.

Gracias a las mejoras de Gribeauval, la artillería francesa superó a todas las demás durante las guerras revolucionarias y, en manos de Napoleón, se desarrolló pronto hasta convertirse en un arma de una eficacia hasta entonces desconocida. No se introdujo modificación alguna, salvo que en 1799 se puso fin definitivamente al sistema de los cañones de regimiento y que, con la enorme cantidad de cañones de a seis y de a tres que Napoleón había conquistado en todas partes de Europa, también esos calibres encontraron cabida en el ejército. Toda la artillería de campaña se organizó en baterías de 6 piezas cada una; una de ellas era habitualmente un obús y las restantes, cañones. Pero aunque hubo pocos cambios o ninguno en el material de la artillería, sí se produjo un cambio enorme en su táctica. Aunque el número de cañones se redujo algo al suprimirse los de regimiento, el efecto de la artillería en la batalla aumentó gracias a su magistral empleo. Napoleón utilizaba cierto número de cañones ligeros, adscritos a las divisiones de infantería, para iniciar una batalla, para obligar al enemigo a mostrar su fuerza, etc., mientras que la masa de la artillería se mantenía en reserva hasta que se determinaba el punto decisivo del ataque. Entonces, de golpe, se formaban enormes baterías que concentraban todo su fuego sobre ese punto y preparaban, mediante un violento cañoneo, el ataque final de las reservas de infantería. En Friedland se formaron así 70 cañones en línea; en Wagram, 100; en Borodino, una batería de 80 cañones preparó el ataque de Ney sobre Semenowskoje. Por otra parte, las grandes masas de caballería de reserva formadas por Napoleón exigían una correspondiente fuerza de artillería a caballo para apoyarlas. Esta arma volvió a recibir la mayor atención y estuvo presente en gran número en los ejércitos franceses, en los que se fundamentó prácticamente por primera vez su correcto empleo táctico. Sin las mejoras de Gribeauval, esta nueva utilización de la artillería habría sido imposible, y, al haberse hecho necesario un cambio de táctica, dichas mejoras fueron abriéndose paso gradualmente, con pequeñas modificaciones, en todos los ejércitos europeos.

La artillería británica se hallaba, al comienzo de la guerra revolucionaria francesa, sumamente descuidada y muy rezagada respecto de las demás naciones. Tenía 2 cañones de regimiento por cada batallón, pero carecía de artillería de reserva. Las piezas iban con tiro de un solo caballo, y los conductores marchaban a pie junto a ellas con largas fustas. Caballos y conductores eran alquilados. El material era de construcción muy anticuada y, salvo en distancias muy cortas, las piezas solo podían moverse al paso. La artillería a caballo era desconocida. Pero después de 1800, cuando la experiencia puso de manifiesto la insuficiencia de este sistema, el comandante Spearman reorganizó la artillería desde sus cimientos. Los armones se acondicionaron para tiro de dos caballos, se agruparon 6 piezas en cada batería y se introdujeron, en general, aquellas mejoras que ya estaban en uso desde hacía algún tiempo en el continente europeo. Como no se escatimaron gastos, la artillería británica fue pronto la más ordenada, la más sólida y la más generosamente equipada de su género. Se prestó gran atención a la recién creada artillería a caballo, que pronto se distinguió por la audacia, rapidez y precisión de sus maniobras. En cuanto a las nuevas mejoras del material, se limitaron a la construcción de los vehículos. A partir de entonces, la cureña de bloque y el carro de municiones con armón fueron adoptados por la mayoría de los países europeos.

Durante este período, la proporción de la artillería respecto de los demás componentes de un ejército se determinó de manera más precisa. La mayor proporción de artillería en un ejército de aquella época la tuvieron los prusianos en Pirmasens: 7 piezas por cada 1.000 hombres. Napoleón consideraba que 3 piezas por cada 1.000 hombres eran plenamente suficientes, y esta proporción se convirtió en regla general. También se fijó el número de proyectiles por pieza, que ascendía a 200 como mínimo; de éstos, una cuarta o una quinta parte eran botes de metralla. En la paz posterior a la caída de Napoleón, la artillería de todas las potencias europeas se fue mejorando paulatinamente. Los calibres ligeros de 3 y 4 libras fueron suprimidos en todas partes, y las cureñas y carros perfeccionados de la artillería inglesa, adoptados por la mayoría de los países. La carga se fijó casi en todas partes en un tercio del peso del proyectil, el peso del metal del cañón en o aproximadamente en 150 veces el peso del proyectil, y la longitud de la pieza en 16-18 calibres.

Los franceses reorganizaron su artillería en 1827. Los cañones de campaña se fijaron en calibres de 8 y 12 libras con una longitud de 18 calibres, la carga en un tercio y el peso del metal del cañón en 150 veces el peso del proyectil. Se adoptaron las cureñas y los carros ingleses, y por primera vez se introdujeron los armones en el ejército francés. Dos tipos de obuses, de calibres de 15 y 16 centímetros, se agregaron a las baterías de a ocho y de a doce libras, respectivamente. Este nuevo sistema de artillería de campaña se distingue por su gran sencillez. Sólo hay dos tamaños de cureña y de eje, un tamaño de armón y uno de rueda para todos los vehículos de las baterías de campaña francesas. Además, se introdujo una artillería de montaña independiente, compuesta por obuses de calibre de 12 centímetros.

La artillería de campaña inglesa emplea ahora casi exclusivamente cañones de a nueve libras, de 17 calibres de longitud, con un peso de un quintal y medio por cada libra de peso del proyectil y con una carga que equivale a un tercio del peso del proyectil. Cada batería cuenta con dos obuses de 24 libras y cinco pulgadas y media. Ni los cañones de a seis ni los de a doce se emplearon en absoluto en la última guerra rusa (guerra de Crimea, 1853-1856). Se utilizan dos tamaños de rueda. Tanto en la artillería a pie inglesa como en la francesa, los artilleros van sentados sobre los armones y los carros de municiones durante los movimientos tácticos.

El ejército prusiano está equipado con cañones de a seis y de a doce libras, de 18 calibres de longitud, cuyo peso es 145 veces el del proyectil y cuya carga es un tercio del peso del proyectil. Los obuses tienen un calibre de cinco pulgadas y media y seis pulgadas y media. Una batería consta de 6 cañones y 2 obuses. Hay dos tipos de rueda y de eje, y un tipo de armón. Las cureñas corresponden al sistema Gribeauval. Para movimientos tácticos rápidos, en la artillería a pie, 5 artilleros, que bastan para servir la pieza, van sentados sobre el armón y en los caballos del lado derecho; los otros 3 siguen como pueden. Los carros de municiones no van por eso, como en los ejércitos francés y británico, junto a las piezas, sino que forman una columna aparte y se mantienen fuera del alcance del fuego durante el combate. El carro de municiones inglés mejorado fue adoptado en 1842.

La artillería austríaca tiene cañones de a seis y de a doce libras de 16 calibres de longitud, 135 veces el peso del proyectil y con una carga de un cuarto del peso del proyectil. Los obuses son semejantes a los del ejército prusiano. Seis cañones y dos obuses forman una batería.

La artillería rusa cuenta con cañones de a seis y de a doce libras, de 18 calibres de longitud, 150 veces el peso del proyectil, con una carga de un tercio del peso del proyectil. Los obuses tienen un calibre de 5 y 6 pulgadas. Según el calibre y el cometido, forman batería bien 8, bien 12 piezas, de las cuales la mitad son cañones y la otra mitad obuses.

El ejército sardo tiene cañones de a ocho y de a dieciséis libras, con obuses de tamaño correspondiente. Los ejércitos alemanes más pequeños tienen todos cañones de a seis y de a doce; los españoles, de a ocho y de a doce; los portugueses, suecos, daneses, belgas, holandeses y napolitanos, de a seis y de a doce.

La ventaja que la artillería británica había obtenido gracias a la reorganización del mayor Spearman, junto con el interés por nuevas mejoras que ello despertó en este ejército y al vasto campo que la poderosa artillería naval de Gran Bretaña ofrecía al progreso de la artillería, contribuyó a muchas invenciones importantes. Los cebos para artificios de fuego usuales entre los británicos, así como su pólvora, son superiores a todos los demás, y la precisión de sus espoletas de tiempo no tiene parangón. La invención más importante realizada últimamente en la artillería británica es el shrapnel (proyectil hueco lleno de balas de fusil que estalla durante el vuelo); con él, la metralla alcanza la misma distancia eficaz que una bala maciza. Aunque los franceses son constructores y organizadores magistrales, son casi el único ejército que todavía no ha adoptado este nuevo y terrible proyectil; no fueron capaces de descubrir el tipo de espoleta de que se trata.

Un nuevo sistema de artillería de campaña fue propuesto por Louis-Napoleon, y, según todas las apariencias, en Francia están a punto de adoptarlo. Todos los cuatro calibres de cañones y obuses hoy en uso serían sustituidos por un solo cañón ligero de a doce libras, de 15 ½ calibres de longitud, que pesa 110 veces el proyectil y cuya carga es un cuarto del peso de una bala maciza. Una granada del calibre de 12 centímetros (la misma que se emplea ahora en la artillería de montaña), disparada desde el mismo cañón con carga reducida, desplazaría así a los obuses empleados especialmente para proyectiles huecos. Los experimentos realizados en cuatro escuelas de artillería de Francia tuvieron gran éxito, y se dice que estas piezas mostraron una notable superioridad sobre las rusas, sobre todo sobre los cañones de a seis libras, en Crimea. Los ingleses, por el contrario, opinan que su largo cañón de a nueve libras es superior en alcance y precisión a este nuevo cañón, y hay que señalar que ellos fueron los primeros en introducir un cañón ligero de a doce libras con carga de un cuarto del peso del proyectil, pero lo abandonaron muy pronto; evidentemente sirvió de modelo a Louis-Napoleon. El disparo de granadas desde cañones ordinarios está tomado del ejército prusiano, donde, en los sitios, se utilizaron los cañones de a veinticuatro para disparar granadas con determinados fines. Sin embargo, la utilidad del cañón de Louis-Napoleon aún debe ser comprobada por la experiencia, y como no se ha publicado nada especial sobre su efecto en la última guerra, no cabe esperar aquí de nosotros un juicio definitivo sobre sus ventajas.

Las leyes y las reglas establecidas experimentalmente para impulsar proyectiles macizos, huecos u otros mediante una pieza de artillería, las proporciones halladas entre alcance, elevación y carga, los efectos del huelgo y de otras causas de desviación, las probabilidades de dar en el blanco y las múltiples circunstancias que pueden presentarse en la guerra constituyen la ciencia artillera.

Si bien el hecho de que un cuerpo pesado, lanzado en el vacío en otra dirección que no sea la vertical, describe en su vuelo una parábola constituye la ley fundamental de esta ciencia, la resistencia del aire, que aumenta con la velocidad del cuerpo en movimiento, modifica muy esencialmente la aplicación de la teoría de la parábola a la práctica artillera. Por ello, la trayectoria de los cañones que disparan su proyectil con una velocidad inicial de 1.400 a 1.700 pies por segundo se aparta considerablemente de la parábola teórica, hasta tal punto que, con ellos, el alcance máximo se obtiene con una elevación de solo unos 20 grados, mientras que según la teoría de la parábola debería alcanzarse a 45 grados. Experimentos prácticos han determinado con bastante exactitud estas desviaciones y fijado así la elevación correcta para cada categoría de piezas con una carga y un alcance dados. Pero hay aún otras circunstancias que influyen en el vuelo de un proyectil. Ante todo, el huelgo, es decir, la diferencia en que el diámetro del proyectil debe ser menor que el diámetro del ánima para facilitar la carga. Ocasiona, en primer lugar, una fuga del gas en expansión en el momento de la explosión de la carga, es decir, una disminución de la fuerza impulsora, y, en segundo lugar, una desviación de la dirección del disparo, lo que produce una dispersión vertical u horizontal.

Además, hay que tener en cuenta la inevitable desigualdad del peso de la carga o de su estado en el momento de emplearse, así como la excentricidad del proyectil, es decir, que el centro de gravedad de la bala no coincida con su centro geométrico, lo que provoca desviaciones que varían según la posición relativa de ambos puntos en el momento del disparo, y muchas otras causas que, en condiciones de vuelo aparentemente iguales, producen resultados divergentes.

Hemos visto que para las piezas de campaña se ha adoptado casi en todas partes una carga de un tercio del peso del proyectil y una longitud de 16 a 18 calibres. Con tales cargas, en el tiro rasante (apuntando el cañón horizontalmente), el proyectil tocará tierra a unas 300 yardas; elevando el cañón, este alcance puede aumentarse hasta 3.000 o 4.000 yardas. Sin embargo, a semejante distancia no hay la menor probabilidad de dar en el blanco, y en la práctica normal de tiro el alcance de los cañones de campaña no rebasa las 1.400-1.500 yardas; pero a esta distancia apenas puede esperarse que de 6 u 8 disparos uno alcance el blanco. El alcance más eficaz, dentro del cual el cañón puede contribuir al desenlace de la batalla, se sitúa, para las balas macizas y las granadas, entre 600 y 1.100 yardas, y a este alcance la probabilidad de acertar es, en realidad, mucho mayor. Así, se calcula que a 700 yardas aproximadamente el 50 por ciento, a 900 yardas aproximadamente el 35 por ciento, a 1.100 yardas el 25 por ciento de todos los proyectiles disparados por un cañón de a seis libras darán en un blanco que represente el frente de un batallón en columna de ataque (34 yardas de largo y 2 de alto). Los cañones de a nueve y de a doce libras pueden dar resultados algo mejores. En algunos experimentos realizados en 1850 en Francia, los cañones de a ocho y de a doce entonces en servicio obtuvieron, contra un blanco de 30 × 3 metros (que representaba una tropa de caballería), los resultados siguientes:

500 m   600 m   700 m   800 m   900 m
Cañón de 12 libras, impactos:   64%   54%   43%   37%   32%
Cañón de 8 libras, impactos:    67%   44%   40%   28%   28%

Aunque el blanco era la mitad más alto, el resultado quedó por debajo del promedio indicado más arriba.

En los obuses de campaña, la carga es considerablemente menor, en proporción al peso del proyectil, que en los cañones. Las causas son la escasa longitud de la pieza (7-10 calibres) y la necesidad de dispararla con gran elevación. El retroceso de un obús muy elevado, que actúa tanto hacia abajo como hacia atrás, sometería a la cureña, con una carga pesada, a tal esfuerzo que quedaría inutilizada tras pocos disparos. Esa es la razón por la que en la mayoría de las artillerías del continente europeo se emplean cargas diferentes para un mismo obús de campaña; por eso el artillero ha de alcanzar un alcance dado combinando de manera distinta la carga y la elevación. Donde esto no ocurre, como en la artillería británica, la elevación escogida es necesariamente muy baja y apenas supera a la de los cañones; las tablas de alcances de los obuses británicos de 24 libras con dos libras y media de carga muestran a 4 grados

no más de 1.050 yardas; el cañón de a nueve, en cambio, alcanza con la misma elevación un alcance de 1.400 yardas. En la mayoría de los ejércitos alemanes se utiliza un obús particularmente corto, que puede elevarse de 16 a 20 grados y que, por ello, actúa de manera parecida a un mortero; su carga es necesariamente pequeña. Frente al obús largo corriente tiene la ventaja de que puede lanzar sus granadas detrás de ondulaciones del terreno, etc., hacia posiciones cubiertas. Aun cuando esta ventaja sea de dudosa naturaleza frente a objetos móviles, como las tropas, allí donde el objeto protegido contra el fuego directo es inmóvil reviste gran importancia. Para el fuego directo, estos obuses resultan casi inútiles a causa de su corta longitud (6-7 calibres) y de su escaso alcance. Para obtener alcances diversos con una elevación fijada para un fin determinado (fuego directo o bombardeo), la carga varía forzosamente de modo muy considerable; en la artillería de campaña prusiana, donde aún se utilizan estos obuses, no hay menos de doce cargas diferentes. Por lo demás, el obús no es más que una pieza muy imperfecta, y cuanto antes sea arrinconado por un cañón de campaña eficaz para granadas explosivas, tanto mejor.

Las piezas pesadas que se emplean en las fortalezas, en los asedios y en el pertrecho de guerra de la marina son de naturaleza diversa. Hasta la pasada guerra rusa no era usual emplear en la guerra de asedio piezas más pesadas que los cañones de a veinticuatro o, a lo sumo, unos pocos de a treinta y dos. Sin embargo, desde el asedio de Sebastopol los cañones de asedio y los de barco se han vuelto idénticos; mejor dicho, el efecto de los pesados cañones navales sobre las trincheras y las obras de fortificación ha resultado tan inesperadamente superior al de las usuales piezas ligeras de asedio, que la guerra de asedio en el futuro será decidida en gran medida por esos pesados cañones de la marina.

Tanto en la artillería de asedio como en la naval existen por lo común diversos modelos de piezas del mismo calibre. Hay piezas ligeras y cortas, así como largas y pesadas. Como la movilidad tiene menor importancia, para fines especiales se fabrican a menudo cañones de 22 a 25 calibres de longitud, algunos de los cuales, a consecuencia de esta mayor longitud, resultan en la práctica tan precisos como los fusiles. Una de las mejores piezas de esta clase es el cañón prusiano, de bronce, de a veinticuatro, de 10 pies y 4 pulgadas, es decir, 22 calibres de longitud y un peso de 60 quintales. En un asedio no hay cañón que

lo iguale para desmontar. Para la mayoría de los fines, no obstante, se considera suficiente una longitud de 16 a 20 calibres, y como la mayoría de las veces es preferible un calibre mayor a una precisión extrema, una masa de 60 quintales de hierro o de metal de cañón se empleará por regla general de modo más provechoso en un pesado cañón de a treinta y dos de 16 a 17 calibres de largo. El nuevo cañón largo de hierro de a treinta y dos, una de las mejores piezas de la marina de guerra británica, de 9 pies de largo y 50 quintales de peso, mide tan solo 16 1/2 calibres. La larga pieza pivotante de a 68, de 112 quintales de peso, montada en todos los grandes buques de hélice pertrechados con 131 cañones, mide 10 pies y 10 pulgadas, es decir, algo más de 16 calibres; otra clase de pieza pivotante, el largo cañón de a cincuenta y seis de 98 quintales de peso, mide 11 pies o 17 1/2 calibres. Todavía hoy se encuentra un gran número de piezas menos eficaces en el pertrecho de los buques de guerra: cañones con una longitud del ánima de solo 11 o 12 calibres y carronadas de 7 a 8 calibres de largo.

Existe, sin embargo, otra clase de piezas navales que fue introducida hace aproximadamente 35 años por el general Paixhans y que desde entonces ha cobrado una importancia enorme: el cañón de bombas. Esta clase de piezas ha sido sometida a considerables mejoras, y el cañón de bombas utilizado en Francia es el que más se aproxima al construido por el inventor; se ha conservado la recámara cilíndrica para la carga. En el ejército inglés, la recámara es o bien un cono corto truncado cuyos diámetros de perforación se reducen muy poco, o bien la pieza carece por completo de recámara. Su longitud mide de 10 a 13 calibres y está destinada exclusivamente a proyectiles huecos, pero los largos cañones de a sesenta y ocho y de a cincuenta y seis antes mencionados disparan indistintamente proyectiles macizos y huecos.

En la marina de guerra de los Estados Unidos, el capitán Dahlgren ha propuesto un nuevo modelo de cañón de bombas, compuesto de piezas cortas de calibre muy grande (11 y 9 pulgadas), que en parte ha sido incorporado al pertrecho de varias fragatas nuevas. El valor de esta clase de piezas aún debe ser verificado en la práctica, la cual habrá de mostrar si el efecto espantoso de semejantes granadas puede lograrse sin menoscabo de la precisión, que en todo caso se resiente de la elevación requerida para los grandes alcances.

En las piezas de asedio y navales, las cargas son tan diversas como los modelos de las piezas y los fines que se persiguen. Para abrir brecha en obra de mampostería, se emplean las car-

gas más fuertes, las cuales, en algunas piezas muy pesadas y macizas, alcanzan la mitad del peso del proyectil. En conjunto, no obstante, puede considerarse un cuarto como una buena carga media para fines de asedio, que a veces se eleva a un tercio y otras disminuye a un sexto. En los buques de guerra existen por lo común tres categorías de cargas para cada pieza: la carga grande para las maniobras de combate a larga distancia, persecución, etc.; la carga media para los combates navales a distancias medias; y la carga reducida para el tiro con balas encadenadas y a quemarropa. Para los largos cañones de a treinta y dos, las cargas corresponden a 5/16, 1/4 y 3/10 del peso del proyectil. Para los cañones cortos y ligeros y para los cañones de bombas, estas proporciones se reducen naturalmente aún más; pero también en estos últimos la carga para proyectiles huecos es menor que para las balas macizas.

Junto a los cañones y los cañones de bombas, los pesados obuses y morteros se integran en la artillería de asedio y naval. Los obuses son piezas cortas sobre cureñas, destinadas a disparar granadas con una elevación de hasta 12 o bien 30 grados. Los morteros son piezas aún más cortas, fijadas sobre bloques, y sirven para lanzar bombas con una elevación que por lo común sobrepasa los 20 grados y llega incluso hasta los 60 grados. Ambos son piezas con recámara; es decir, la recámara o la parte del tubo destinada a contener la carga es de menor diámetro que el vuelo o el ánima propiamente dicha. Los obuses rara vez tienen un calibre superior a 8 pulgadas, pero los morteros alcanzan hasta 13, 15 y más pulgadas. La trayectoria de una bomba lanzada por un mortero, a causa de la escasa carga (1/20 a 1/40 del peso del proyectil) y de su considerable elevación, resulta menos afectada por la resistencia del aire, y aquí puede aplicarse la teoría de la parábola para los cálculos de tiro sin apartarse sensiblemente de los resultados prácticos. Las bombas de mortero han de obrar sea por la explosión y, como bombas incendiarias, por el chorro de llama de las espoletas, incendiando objetos fácilmente inflamables, sea por su peso, perforando techos abovedados o asegurados de otra manera. En este último caso, se prefiere la elevación mayor porque da la mayor altura de vuelo y la máxima velocidad de caída. Los proyectiles de obús deben actuar primero por el impacto y luego por la explosión. El mortero, gracias a su gran elevación así como a la escasa velocidad inicial de la bomba y a la consiguiente menor resistencia del aire, lanza su proyectil más lejos que ninguna otra pieza. Dado que el objeto a bombardear suele ser una ciudad entera, el fuego requiere solo una escasa precisión, y por ello

el alcance eficaz de los pesados morteros se extiende a 4.000 yardas y más; desde esta distancia fue bombardeada Sveaborg por las lanchas mortero anglo-francesas.

La aplicación de estas diferentes clases de piezas, proyectiles y cargas durante un asedio será tratada bajo el título correspondiente. La aplicación de la artillería naval constituye casi la totalidad de la táctica elemental de la marina de guerra en el combate marítimo y, por tanto, no pertenece a este tema; así, solo nos resta hacer algunas observaciones sobre la aplicación y la táctica de la artillería de campaña.

La artillería no tiene armas para el combate cuerpo a cuerpo; todas sus fuerzas están concentradas en el efecto a distancia de su fuego. Además, solo está en disposición de combatir mientras se halla en posición; tan pronto como engancha al armón o fija la cuerda de arrastre para un movimiento, queda temporalmente incapacitada para el combate. Por estas dos razones, es la más defensiva de las tres armas. Su fuerza ofensiva es, en realidad, muy limitada, ya que ataque significa movimiento hacia delante y su punto culminante es el choque de acero contra acero. Por consiguiente, el momento crítico para la artillería es el avance, la toma de posición y la preparación para el combate bajo el fuego enemigo. Su despliegue hacia la línea de fuego, sus movimientos preliminares, han de ser enmascarados bien por obstáculos del terreno, bien por líneas de tropas. Por eso, a fin de no exponerse a un fuego de flanco, debe alcanzar una posición paralela a la línea que ha de ocuparse, y luego avanzar para entrar en posición directamente frente al enemigo.

La elección de la posición es asunto de la mayor importancia, tanto para el efecto del fuego de una batería como para el fuego que contra ella se dirija. Colocar las piezas de modo que actúen sobre el enemigo con la mayor contundencia posible es el primer mandamiento; la protección contra el fuego enemigo, el segundo. Una buena posición debe ofrecer un emplazamiento firme y nivelado para las ruedas y los rabos de cureña de los cañones. Si las ruedas no están en el mismo plano, no es posible ningún buen tiro, y si el rabo de cureña se clava en el suelo, la cureña se romperá muy pronto a causa del retroceso. La posición debe, además, permitir una vista libre sobre el terreno ocupado por el enemigo y ofrecer la mayor libertad de movimiento posible.

Finalmente, el terreno situado delante, entre la batería y

el enemigo, debe ser favorable al efecto de nuestras armas y, si es posible, desfavorable al de las armas del enemigo. Lo más favorable es un terreno firme y llano, que ofrece la ventaja del rebote y permite que el proyectil, disparado corto, dé contra el enemigo tras el primer impacto. Es asombroso cómo la naturaleza del suelo influye en el efecto de la artillería. En terreno blando, el proyectil se desviará o rebotará de manera irregular al dar contra el suelo, si es que no se queda clavado inmediatamente. La dirección de los surcos en el terreno arado desempeña un gran papel, en particular para el fuego de metralla y shrapnel; cuando corren transversalmente, la mayoría de los fragmentos de proyectil se entierran en ellos. Si el suelo directamente ante nosotros es blando, ondulado o quebrado, pero más hacia el enemigo llano y duro, favorecerá nuestro efecto de fuego y nos protegerá del enemigo. Disparar hacia abajo o hacia arriba por una pendiente de más de 5 grados de inclinación, o hacer fuego desde la cima de una colina hacia la de otra, es muy desfavorable.

Nuestra seguridad frente al fuego enemigo se ve incrementada ya por objetos muy pequeños. Una valla delgada que apenas cubre nuestra posición, un grupo de arbustos o los cereales crecidos impedirán al adversario apuntar correctamente. Un pequeño y abrupto resalto del terreno, sobre el que se hayan emplazado nuestros cañones, interceptará los proyectiles más peligrosos del enemigo. Un terraplén proporciona un parapeto capital, pero la mejor protección es la cresta de una suave ondulación del suelo, tras la cual retiramos nuestros cañones hasta tal punto que el enemigo no vea sino la boca de fuego. En esta posición, cada disparo que alcance el terreno delante de nosotros rebotará, tras el impacto, por encima de nuestras cabezas. Aún es mejor si podemos excavar en la cresta una posición para nuestros cañones, de unos 2 pies de profundidad, que se va allanando hacia atrás, hacia la pendiente, para dominar así toda la pendiente exterior de la colina. Los franceses bajo Napoleón fueron extraordinariamente hábiles en el emplazamiento de sus cañones, y de ellos aprendieron todas las demás naciones este arte. Con respecto al enemigo, la posición debe elegirse de modo que esté libre de fuego de flanqueo o de enfilada; con respecto a nuestras propias tropas, no debe entorpecer sus movimientos. El intervalo habitual entre cañones situados uno al lado del otro es de 20 yardas, pero no es necesario atenerse estrictamente a estas reglas de la plaza de instrucción. Una vez en posición, los armones se sitúan justo detrás de sus cañones, mientras que en algunos ejércitos los carros permanecen a cubierto. Allí donde los carros se utilizan para montar a las dotaciones, tienen que exponerse también al peligro de entrar en el radio de acción de los proyectiles.

La batería dirige su fuego sobre aquella parte de las fuerzas enemigas que en ese momento amenaza más nuestra posición. Si nuestra infantería ha de atacar, la batería dispara o bien sobre la artillería de enfrente, si es menester hacerla callar aún, o bien sobre las masas de infantería, en caso de que estas se muestren. Ahora bien, si una parte del enemigo se lanza seriamente al ataque, hay que concentrar el fuego sobre ella, sin consideración hacia la artillería enemiga que nos dispara. Nuestro fuego contra la artillería enemiga será más eficaz cuando esta no pueda replicar, es decir, cuando esté enganchando, cambiando de posición o desenganchando. En semejantes momentos, unos pocos disparos bien dirigidos causan la mayor confusión.

La vieja regla de que la artillería, salvo en momentos urgentes y decisivos, no debe aproximarse a la infantería a más de 300 yardas, esto es, al alcance de las armas de fuego de mano, quedará pronto superada. Con el creciente alcance de los fusiles modernos, la artillería de campaña, si quiere ser eficaz, no puede mantenerse por más tiempo fuera del alcance del fusil, y un cañón con su armón, los caballos y los artilleros forma un grupo lo bastante grande como para que tiradores de precisión, a una distancia de 600 yardas, puedan disparar sobre él con el fusil Minié o Enfield. La idea tradicional de que quien quiera vivir mucho tiempo debe alistarse en la artillería ha dejado de ser acertada, ya que es evidente que en el futuro el empleo de tiradores de precisión será el medio más eficaz para combatir la artillería; y ¿dónde está el campo de batalla en el que no pudiera encontrarse un excelente abrigo para tiradores de precisión a 600 yardas de cualquier posible posición artillera?

Frente a líneas o columnas de infantería que avanzan, la artillería ha gozado hasta ahora siempre de ventaja. Un par de salvas eficaces de metralla o unas cuantas balas rasas que surcan una columna profunda producen un efecto terriblemente enfríante. Cuanto más se acerca el ataque, más eficaz se vuelve nuestra acción, e incluso en el último momento podemos retirar fácilmente nuestros cañones ante un adversario de semejante lentitud, aunque seguirá siendo dudoso si una línea de chasseurs de Vincennes <cazadores a pie franceses>, que avanzan al pas gymnastique <paso de carrera>, no se nos echaría encima antes de que hayamos enganchado.

Frente a la caballería, la sangre fría de la artillería le asegura la ventaja. Si esta retiene su fuego de metralla hasta las 100 yardas y luego dispara una carga bien dirigida, la caballería se hallará bastante lejos cuando el humo se haya disipado. Enganchar y tratar de huir sería en cualquier caso el peor proceder, pues la caballería daría alcance a las piezas con toda seguridad.

Al enfrentarse artillería contra artillería, deciden el terreno, los calibres, la proporción numérica de las piezas y el modo en que estas se emplean. Ha de observarse, sin embargo, que, aunque los grandes calibres poseen una ventaja indiscutible a grandes alcances, los calibres menores se aproximan en sus efectos a los grandes a medida que disminuyen las distancias de tiro, y a cortas distancias les son casi iguales. En Borodinó, la artillería de Napoleón se componía principalmente de piezas de a 3 y de a 4 libras, mientras que entre los rusos predominaban los numerosos cañones de a 12; y, sin embargo, los pequeños cañones franceses resultaron decididamente los mejores.

En el apoyo a la infantería o a la caballería, la artillería debe ocupar siempre una posición en su flanco. Cuando la infantería avanza, la artillería lo hace, en medias baterías o secciones, a la altura de la línea de tiradores o, mejor dicho, por delante del grueso de la infantería. Tan pronto como las masas de infantería se preparan para el ataque a la bayoneta, la artillería se mueve al trote hasta situarse a 400 yardas del enemigo y prepara el ataque mediante fuego rápido con metralla. Si el ataque es rechazado, la artillería reanuda su fuego sobre el enemigo que le sigue, hasta que se ve forzada a retirarse; pero si el ataque tiene éxito, su fuego contribuye considerablemente a alcanzar un éxito completo, en tanto que la mitad de los cañones dispara mientras la otra avanza.

La artillería a caballo, como apoyo de la caballería, confiere a esta algo del elemento defensivo del que la caballería, por su naturaleza, carece por completo; es hoy uno de los servicios predilectos y se ha perfeccionado en alto grado en todos los ejércitos europeos. Aunque esté prevista para actuar en terreno de caballería y conjuntamente con la caballería, no hay artillería a caballo en el mundo que no esté dispuesta a galopar por un terreno en el que su propia caballería no pueda seguirla sin sacrificar orden y cohesión. La artillería a caballo de todos los países produce los jinetes más audaces y diestros del ejército, que pondrán su particular orgullo en lanzarse adelante, en los grandes días de combate, con los cañones y todos sus pertrechos, sin reparar en obstáculo alguno ante el que la caballería tendría que detenerse.

La táctica de la artillería a caballo consiste en osadía y sangre fría. Rapidez, aparición súbita, fuego rápido, la disposición a ponerse en movimiento en cualquier momento y a tomar cualquier camino que resulte demasiado difícil para la caballería: estas son las cualidades principales de una buena artillería a caballo. En este constante cambio de posición, rara vez es posible elegir los emplazamientos. Toda posición que esté cerca del enemigo y no estorbe a la caballería es buena. Justo durante el flujo y reflujo de las acciones de la caballería, la artillería, que envuelve las olas que avanzan y las que retroceden, ha de demostrar en cada instante su superior arte ecuestre y presencia de ánimo, lanzándose a través de este mar agitado por encima de toda clase de terrenos, por donde no toda caballería puede o quiere seguirla.

En el ataque y en la defensa de posiciones, la táctica artillera es similar. Lo principal es siempre batir aquel punto del que amenaza peligro inmediato a la defensa o desde el que, en el ataque, nuestro avance puede ser detenido del modo más eficaz. También la destrucción de obstáculos esenciales forma parte de sus deberes, y aquí se emplean los distintos calibres y clases de piezas según su índole y sus efectos: obuses para incendiar casas, cañones pesados para derribar a cañonazos puertas, muros y barricadas.

Todas estas observaciones se refieren a la artillería que en cada ejército está agregada a las divisiones. Pero los éxitos más significativos los consigue, en las grandes y decisivas batallas, la artillería de reserva. Mantenida casi todo el día fuera de la vista y del alcance, avanzará en masa sobre el punto decisivo tan pronto como llegue la hora del combate final. Formada en media luna, de una milla o más de longitud, concentra su fuego destructor sobre un punto relativamente pequeño. Si allí no existe una concentración de piezas de igual magnitud para hacerle frente, el asunto queda zanjado mediante media hora de fuego rápido. Bajo la granizada de proyectiles silbantes, las fuerzas enemigas se desvanecen; las reservas de infantería que han permanecido intactas avanzan —una última lucha corta y violenta, y la victoria está alcanzada. De este modo preparó Napoleón el avance de Macdonald en Wagram, y la resistencia fue quebrantada antes de que las tres divisiones que avanzaban en columna hubieran disparado un tiro o cruzado bayonetas. Solo desde estos grandes días puede hablarse de la existencia de una táctica de la artillería de campaña.