Karl Marx/Friedrich Engels

Armada

Escrita entre finales de julio y el 23 de octubre de 1857.

Del inglés.

["The New American Cyclopædia", tomo II]

Armada
, española — la gran flota de guerra que el rey español Felipe II envió en el año 1588 para la conquista de Inglaterra, con el fin de

"servir a Dios y devolver a su Iglesia a muchísimas almas arrepentidas, que, oprimidas por los herejes, enemigos de nuestra santa fe católica, han sido sometidas a sus sectas y a la desventura" ("Expedit. Hispan. in Angl. Vera Description", 1588 d.C.).

El relato más completo de esta armada se halla en un libro publicado aproximadamente en la época en que zarpó por orden de Felipe, con el título: "La Felicissima Armada que el Rey Don Phelipe nuestro Señior mando juntar en el Puerto de Lisboa 1588. Hecha por Pedro de Pas Salas." Se procuró un ejemplar de esta obra para lord Burleigh, de modo que el gobierno inglés estuvo al corriente desde un principio de todos los pormenores de la expedición. (Dicho ejemplar, que contiene anotaciones hasta marzo de 1588, se encuentra hoy en el Museo Británico.) En él se consigna que la flota constaba de 65 galeones y grandes naves, 25 urcas de 300 a 700 toneladas, 19 pataches de 70 a 100 toneladas, 13 fragatas pequeñas, 4 galeazas y 4 galeras; en total 130 naves con un tonelaje global de 75.868 toneladas. Iban armadas con 2.431 piezas de artillería, de las cuales 1.497 eran de bronce, en su mayor parte cañones de batir (de a cuarenta y ocho libras), culebrinas de campaña (piezas largas de a treinta y de a veinte libras), etc. Las municiones consistían en 123.790 balas de cañón y 5.175 quintales de pólvora, lo que suponía aproximadamente 50 balas por pieza, con una carga media de 4 1/2 libras. Los barcos llevaban una tripulación de 8.052 marineros; además iban a bordo 19.295 soldados y 180 sacerdotes y monjes. Había también mulos, carros, etc., para poder transportar la artillería de campaña una vez realizado el desembarco. El conjunto,

según la fuente citada, estaba pertrechado con víveres para 6 meses. Esta flota, que a la sazón no tenía igual, debía navegar hacia la costa de Flandes, donde, bajo su protección, otro ejército de 30.000 infantes y 4.000 jinetes al mando del duque de Parma embarcaría en navíos chatos construidos especialmente para este fin y tripulados por marineros venidos del Báltico. Juntos navegarían luego hacia Inglaterra.

En Inglaterra, la reina Isabel, mediante enérgicos esfuerzos, había aumentado su flota de las 30 naves iniciales a unas 180 de diverso porte, aunque, por término general, inferiores a las españolas. No obstante, iban tripuladas por 17.500 marineros, con lo que contaban con una dotación mucho más numerosa que la flota española.

Las fuerzas militares de Inglaterra se componían de dos ejércitos: uno, de 18.500 hombres al mando del conde de Leicester, que debía enfrentarse inmediatamente al enemigo; el otro, de 45.000 hombres, para la guardia personal de la reina. Según un manuscrito del Museo Británico titulado "Details of the English Force Assembled to Oppose the Spanish Armada", (MS. Reg. 18 th c. XXI.), se esperaban además 2.000 hombres de infantería procedentes de los Países Bajos.

La Armada debía salir de Lisboa a principios de mayo, pero la muerte del almirante Santa Cruz y de su vicealmirante había retrasado la partida. A continuación, fue nombrado comandante en jefe de la flota el duque de Medina Sidonia, hombre del todo ajeno a la guerra naval; su vicealmirante Martínez de Recalde, en cambio, era un marino experimentado. Cuando la flota hubo salido de Lisboa el 29 de mayo de 1588 para embarcar víveres en La Coruña, fue dispersada por un violento temporal, y aunque todos los barcos, excepto cuatro, llegaron a La Coruña, quedaron considerablemente dañados y hubieron de ser reparados. Cuando a Inglaterra llegaron noticias de que la flota estaba del todo inutilizada para el combate, el gobierno dio orden de desarbolar los propios navíos; pero el almirante lord Howard obró contra esa orden, navegó hacia La Coruña, se cercioró de la verdadera situación y, a su regreso, prosiguió los preparativos de guerra. Cuando poco después le informaron de que la Armada había aparecido a la vista, levó anclas y la siguió a lo largo del Canal, hostigando a los barcos españoles siempre que se presentaba la ocasión. Los españoles, entretanto, habían puesto rumbo a la costa de Flandes, manteniéndose lo más juntos posible unos de otros. En los diversos combates menores que se libraron, los ingleses, con sus naves más ágiles y mejor tripuladas, así como por su superior pericia marinera,

alcanzaron siempre la victoria sobre los galeones españoles, pesados, mal tripulados y atiborrados de soldados. Además, el servicio de la artillería española era muy malo: casi siempre apuntaba demasiado alto. A la altura de Calais, la Armada echó anclas y aguardó a la flota del duque de Parma procedente de los puertos flamencos; pero pronto llegó la noticia de que sus naves se hallaban incapacitadas para el combate y no podían abandonar los puertos en tanto la Armada no hubiese franqueado el Canal y ahuyentado a la escuadra bloqueadora anglo‑holandesa. En consideración a ello, la Armada volvió a levar anclas, pero cuando se encontraba a la vista de Dunkerque, cayó en una calma chicha, entre la flota inglesa por un lado y la holandesa por el otro. Lord Howard preparó brulotes, y cuando en la noche del 7 de agosto se levantó de nuevo la brisa, hizo lanzar 8 de ellos contra el enemigo. Los brulotes provocaron un pánico completo en la flota española. Unos barcos levaron anclas, otros cortaron los cables y se dejaron llevar por el viento; toda la flota cayó en confusión, varios barcos chocaron entre sí y quedaron inútiles para el combate. Por la mañana, el orden distaba mucho de haberse restablecido y las diferentes escuadras se hallaban dispersas a lo largo y ancho. Entonces lord Howard, que había recibido refuerzos de las naves armadas por la nobleza y la gentry, así como de la escuadra bloqueadora al mando de Lord Byron, y que era excelentemente secundado por Sir Francis Drake, atacó al enemigo a las 4 de la madrugada. La batalla o, mejor dicho, la caza (pues los ingleses eran manifiestamente superiores en todos los aspectos del ataque), se prolongó hasta la caída de la noche. Los españoles combatieron con valor, pero sus pesadas naves no eran aptas para maniobrar en aguas estrechas ni para un combate móvil. Fueron completamente derrotados y sufrieron grandes pérdidas.

Al haber quedado así frustrada la unión con los transportes del duque de Parma, no cabía pensar en un desembarco en Inglaterra por parte de la Armada sola. Resultó que la mayor parte de los víveres que llevaba a bordo se había consumido, y como el acceso a los Países Bajos españoles era ya imposible, no quedaba otro remedio que regresar a España y reabastecerse de provisiones. (Véase "Certain Advertisements out of Ireland, Concerning the Losses and Distreses Happened to the Spanish Navie on the Coast of Ireland", Londres 1588 — investigación de Emanuel Fremosa, que servía en el buque insignia de 1.100 toneladas "San Juan", del almirante Recalde.) Como el paso a través del Canal estaba igualmente bloqueado por la flota inglesa, no quedaba

otro camino, de regreso, que circunnavegar Escocia. La Armada fue hostigada muy débilmente por la escuadra de lord Seymour, que debía perseguirla, pues esta flota estaba mal provista de municiones y por ello no podía arriesgar un ataque. Pero después de que los españoles hubieron doblado las islas Orcadas, se desató una terrible tormenta que dispersó toda la flota. Algunos barcos fueron arrastrados hasta la costa noruega, donde encallaron en las rocas; otros se hundieron en el mar del Norte o se hicieron añicos contra los acantilados de Escocia o de las Hébridas. Poco después, la Armada fue sorprendida de nuevo por borrascas en la costa occidental de Irlanda, y se perdieron más de 30 barcos. Los tripulantes que lograban salvarse en tierra fueron en su mayoría muertos; aproximadamente 200 hombres fueron ejecutados por orden del virrey de Irlanda <Fitzwilliam>. De toda la flota, no más de 60 barcos llegaron a Santander hacia mediados de septiembre, en el último extremo del maltrato y con hambruna a bordo, en el momento en que el plan de conquista de Inglaterra había sido definitivamente abandonado.