Friedrich Engels

Arkebuse

Escrito entre el 11 de julio y el 10 de agosto de 1857.

Del inglés.

[“The New American Cyclopædia”, Volumen II]

Arkebuse
(del francés arquebuse, a veces incorrectamente escrito “harquebuse”, y en inglés, particularmente en la frontera escocesa, corrompido a “hagbut” o “hackbut”) - la forma más temprana de mosquete que resultó realmente utilizable en el campo para fines militares. Ya en 1485, en la batalla de Bosworth, entró en uso bajo la denominación de Handbüchse, que no era otra cosa que un corto cilindro de hierro, cerrado por un extremo como una retrocarga y provisto de un oído; se fijaba al final de una fuerte cureña de madera, que se asemejaba al asta de una lanza o de una alabarda. Esta Handbüchse o cañón en miniatura se cargaba con plomo troceado o pequeñas balas, así como con pólvora de grano grueso, y se disparaba mediante una mecha que se llevaba hasta el oído. El arma descansaba sobre el hombro del hombre de la primera fila de un piquero o alabardero, y era apuntada y disparada por el soldado de la segunda fila mediante la empuñadura, aunque, naturalmente, sin apuntar. Incluso antes, en la batalla de Azincourt, los británicos estaban, según la Crónica de Hall, armados “con fogosas Handbüchsen”. Estas antiguas armas de fuego eran, sin embargo, tan toscas y lentas de uso, que a pesar de su estrepitoso estallido y su aspecto insólito, surtían poco o ningún efecto. Si bien en los primeros años del reinado de Enrique VIII el fuego de los arcabuceros españoles obtuvo la victoria en la batalla de Pavía, el arco largo se mantuvo como el arma superior gracias a su precisión, su alcance y su poder de penetración; y todavía bajo el reinado de Isabel se habla del arco largo como “la reina de las armas”, pese a que ella tenía mosqueteros en su ejército y apoyó a Enrique IV de Francia

con una tropa de arcabuceros a caballo, comandada por el coronel James, antepasado del conocido novelista <James, George Payne Rainsford>. Bajo su reinado, esta arma fue esencialmente mejorada, aunque seguía siendo tan larga y desmañada que solo podía dispararse desde una horquilla de apoyo que se hincaba en la tierra delante del tirador; este instrumento indispensable iba a veces provisto de una punta de pica o de un hierro de alabarda, de modo que, firmemente clavado inclinado en el suelo, también podía servir de palizada. Los cañones de estas viejas piezas son sumamente largos, de metal muy grueso, por lo general de pequeño calibre y, a veces, ya rayados, como en el caso de la pieza que aún se conserva en el Palacio de Hamilton, en Escocia, y con la que Hamilton de Bothwellhaugh mató al regente Murray en 1570. Eran encendidas por medio de un rollo de mecha o de cuerda de cáñamo preparada, pasado a través de un martillo como en una llave de mecha moderna; al soltarlo al tirar del disparador, el martillo golpeaba la mecha encendida hacia la cazoleta y provocaba la descarga de la pieza. A su debido tiempo, la llave de mecha cedió paso a la llave de rueda, en la cual el pedernal estaba fijado sobre la cazoleta de tal manera que permanecía fijo, mientras una rueda dentada se ponía en rápido movimiento por medio de un muelle contra su borde, enviando una lluvia de chispas a la pólvora subyacente. A la llave de rueda siguió la llamada llave de chispa. Este fue el primer esbozo tosco de la llave de sílex, llevada a tal perfección por Joseph Manton y que solo desde hace unos pocos años ha sido definitivamente desplazada por el pistón de percusión; un dispositivo de ignición más rápido e infalible que este es difícil de imaginar. La llave de chispa alcanzó uso en pistolas de lujo, escopetas y mosquetones selectos durante las guerras civiles inglesas, pero su rareza y su alto precio impidieron su empleo general, salvo como armas de nobles y oficiales de rango, mientras que la llave de mecha siguió siendo el arma de la tropa. Es notable que, desde la invención del arcabuz mejorado hasta la época más reciente, se ha conseguido mucho menos progreso del que podría haberse imaginado en cuanto a la mera ejecución del cañón y el vuelo preciso de la bala. La dificultad de apuntar correctamente parece haber surgido únicamente del método imperfecto de disparar, de la pesadez de la pieza y de la ignición sumamente lenta, pues resulta que muchos cañones de arcabuz,

particularmente los de producción española, disparaban con gran exactitud e incluso con inusitado poder de penetración a largas distancias después de haber sido transformados según el principio de percusión, provistos de nueva cureña y correctamente equilibrados.