Friedrich Engels

Ataque

Escrito entre el 14 de julio y el 10 de agosto de 1857.  
Del inglés.  
[“The New American Cyclopædia”, tomo II]

Ataque  
significa, en el sentido estratégico general, la toma de la iniciativa en una escaramuza, un combate, un encuentro o en una batalla campal. En ello, necesariamente, uno de los bandos tiene que empezar siempre con operaciones ofensivas y el otro con operaciones defensivas. El ataque pasa generalmente por ser la operación más exitosa, y por eso ejércitos que actúan a la defensiva, es decir, en guerras de carácter estrictamente defensivo, emprenden a menudo operaciones ofensivas y llevan a cabo acciones ofensivas incluso dentro de campañas defensivas. En tal caso se pretende que el ejército que se defiende, mediante el cambio de lugar y escenario de la acción combativa, perturbe los cálculos del adversario, lo aleje de su base de operaciones y lo obligue a combatir en momentos y lugares distintos de los que esperaba y había tenido en cuenta en sus preparativos, los cuales pueden resultarle desfavorables.

Los dos ejemplos más notables de operaciones ofensivas y ataques directos en campañas estrictamente defensivas se encuentran en las dos grandiosas campañas de Napoleón: la de 1814, que tuvo como consecuencia su destierro a Elba, y la de 1815, que terminó con la derrota en Waterloo y la capitulación de París. En las dos campañas extraordinarias, el jefe militar que actuaba con todo rigor en el sentido de la defensiva de un país atacado acometió a sus adversarios por todos los flancos y en cada ocasión; y aunque por regla general era muy inferior en número a los invasores, supo en todo momento ser superior al enemigo en el ataque y, en general, también vencedor. El desgraciado desenlace de estas dos campañas no empequeñece ni su concepción ni sus detalles. Ambas se perdieron por razones completamente independientes de su plan o de su ejecución; fueron causas de naturaleza política y estratégica, principalmente la enorme superioridad material de los aliados

y la imposibilidad de que una nación —agotada por un cuarto de siglo de guerra— pueda resistir el ataque de un mundo en armas.

Se sostiene que, de dos ejércitos que se enfrentan en el campo de batalla, aquel que toma la iniciativa o, en otras palabras, ataca, posee la superioridad decisiva. Pero parece que aquellos que defienden esta opinión han sido deslumbrados por las proezas de algunos grandes generales y de una o dos grandes naciones militares que deben sus éxitos a ataques de la mayor envergadura. Esta opinión necesita ser considerablemente matizada. Epaminondas, Alejandro, Aníbal, César y, no hay que olvidarlo, Napoleón I, fueron generales que preferían decididamente el ataque; todos obtuvieron sus grandes victorias, así como sus grandes reveses, principalmente en acciones en las que habían tomado la iniciativa. Los franceses lo deben todo al ímpetu de su ataque casi irresistible y a su rápida capacidad de comprensión, que los capacita para aprovechar sus éxitos y para convertir el infortunio de sus enemigos en un completo colapso. En la defensiva no son ni con mucho tan buenos.

La historia de las mayores batallas del mundo parece demostrar que la acción defensiva es la más segura cuando el ejército atacado posee suficiente resistencia para oponer una tenaz oposición hasta que el fuego de los atacantes decaiga, hasta que el agotamiento y la reacción se apoderen del atacante y entonces aquél, a su vez, pueda pasar a la ofensiva y al ataque. Pero hay pocos ejércitos o, en general, raramente pueblos con la capacidad de librar tales batallas. Incluso los romanos, aunque magníficos en la defensa de ciudades fortificadas y asombrosamente buenos en las operaciones ofensivas en campaña, no ganaron gloria alguna en la defensiva; su historia no presenta una sola batalla en la que, al cabo de un día repleto de reveses y combates defensivos, pasaran finalmente al ataque y vencieran. Esto vale también, en general, para los ejércitos y jefes militares franceses. En cambio, los griegos ganaron muchas de sus mejores batallas, como las de Maratón, las Termópilas, Platea y muchas otras, pero especialmente esta última, de acuerdo con el plan de resistir el ataque del adversario hasta que éste aflojara, para pasar entonces ellos, a su vez, a la ofensiva contra los atacantes medio agotados y sorprendidos. El mismo sistema fue aplicado durante siglos por los ingleses y, a mayor escala, también por los suizos y los alemanes. Había dado en general buenos resultados en los ejércitos de estos pueblos y más tarde también en los americanos. Las

batallas de Crécy, Poitiers, Azincourt, Waterloo, Aspern y Essling y muchas otras, que por su gran número no pueden enumerarse aquí, se libraron exactamente con arreglo al mismo principio; y puede añadirse que los americanos rechazaron con éxito a los ingleses, que atacaban casi sin cesar, en la guerra de 1812-1814, haciéndolo también cuando los ingleses —contrariamente a su práctica habitual— atacaban en columna, un procedimiento que tan buenos resultados había dado en la lucha contra los franceses como también, recientemente, contra los rusos.

Cuando dos ejércitos se enfrentan en campaña para combatir, las formas usuales del ataque son las siguientes:

En primer lugar —el más sencillo de ejecutar—, el ataque paralelo directo, en el que el ejército atacante entra en batalla inmediatamente en todo el frente, de ala a ala, y derrota al ejército enemigo por la mera fuerza.

En segundo lugar, el ataque a las alas, que se lleva a cabo bien simultáneamente contra ambas o bien sucesivamente, primero contra un ala y luego contra la otra, mientras se retiene el centro. Ésta era la táctica preferida de Napoleón, con la que obligaba al enemigo a debilitar su centro para reforzar las alas, mientras Napoleón retenía su propio centro, reforzándolo con enormes reservas de caballería, hasta que al fin se lanzaba contra el debilitado centro del adversario y terminaba la acción con un golpe demoledor.

En tercer lugar, el ataque al centro, retirando las alas y manteniéndolas en reserva. De todas las clases de ataque, ésta es la que más defectos tiene. Rara vez ha sido empleada y, puede decirse, nunca con éxito. Si un ejército se ve obligado a combatir en esta posición, por lo general será envuelto y aniquilado, como el ejército romano atacante en Cannas. Se trata, más bien, de una excelente posición defensiva.

En cuarto lugar, el ataque oblicuo, inventado por Epaminondas y aplicado por él con brillante éxito en Leuctra y Mantinea. Consiste en atacar un ala del enemigo con un ala propia reforzada secreta y gradualmente, mientras el centro y la otra ala se retienen, pero maniobrando con ellos de manera que representen un constante peligro de ataque e impidan al bando que se defiende llevar refuerzos a su punto débil hasta que sea demasiado tarde. Éste fue el método preferido del austriaco Clerfayt, con el que una y otra vez derrotó a los turcos, así como el de Federico el Grande, que solía decir que en sus mejores victorias no hacía sino «repetir las batallas de Epaminondas».

Es digno de notar que los griegos, y en general también los franceses, así como los rusos y los austriacos, ganaron sus mejores batallas mediante ataques en columna que, cuando no eran eficazmente contenidos y detenidos, rompían el centro del adversario y lo barrían todo a su paso. Los romanos, los ingleses y los americanos han combatido casi invariablemente en línea, tanto en el ataque como en la defensa, y continúan combatiendo así hoy en día; en esta formación siempre lograron oponer resistencia con su centro a las columnas que se lanzaban al asalto y mantenerlas en jaque hasta que, mediante el avance de sus alas, podían envolver los flancos de su enemigo y aniquilarlo. Es notable que los ingleses siempre sufrieron una catástrofe cuando se apartaban de su línea de dos hombres de fondo, su formación de ataque cuasi nacional, y se lanzaban en columnas, como en Fontenoy y Chippewa. Casi irresistiblemente se impone la conclusión de que el ataque central en columna contra tropas firmes y resueltas es sumamente defectuoso, aunque su éxito está asegurado contra un enemigo de escasa fuerza física y disciplina, y especialmente contra uno cuyo espíritu de lucha esté desmoralizado.

Cuando un reducto o fortificación de campaña que se ha de atacar está defendido únicamente por infantería, los atacantes pueden proceder inmediatamente al asalto; pero si también está defendido con cañones, es necesario primero reducir al silencio esos cañones con otros cañones. La canonada se ejecuta para destruir las empalizadas, acallar las piezas de artillería, revolver el parapeto y forzar así a retirar hacia el interior de la obra los cañones preparados para la defensa. Una vez que la artillería atacante ha logrado de esta manera su efecto, la infantería ligera, en primer lugar los tiradores, envuelve una parte de la obra defensiva, dirigiendo su fuego sobre la cresta del parapeto para obligar a los defensores a no mostrarse en absoluto o, por lo menos, a disparar precipitadamente. Los tiradores se aproximan gradualmente y se concentran en su objetivo. Se forman columnas de ataque, precedidas por soldados equipados con hachas y escaleras. A veces, los soldados de la primera fila llevan también fajinas, que deben servir como cubierta y también para rellenar el foso. Los cañones de la obra defensiva son entonces adelantados de nuevo y apuntados contra las columnas que se lanzan al asalto. Los tiradores atacantes intensifican su fuego, apuntando especialmente a los artilleros de la defensa que posible

mente intenten cargar de nuevo sus cañones. Si los asaltantes logran alcanzar el foso, es decisivo que durante el asalto actúen conjuntamente y penetren simultáneamente en la obra defensiva por todos los lados. Se detienen, por tanto, un momento en el borde y esperan la señal convenida; al escalar el parapeto, son alcanzados por granadas de obús, piedras rodantes y troncos de árbol, y arriba son recibidos por los defensores con la bayoneta o la culata del fusil. La ventaja de la posición sigue estando del lado de los defensores, pero el espíritu de ataque confiere a los asaltantes una gran superioridad moral, y si la obra defensiva no está cubierta por otras obras en sus flancos, será difícil —aunque no del todo sin precedentes— rechazar un asalto audaz precisamente en ese momento.

Las obras defensivas temporales pueden ser atacadas por sorpresa o mediante un avance abierto, y en ambos casos es deber primordial del comandante obtener, por medio de espías o reconocimientos, la mejor información posible sobre el carácter de la obra defensiva, su guarnición, medios de defensa y recursos.

A menudo se lanza a la infantería al ataque librada a sus solas fuerzas, teniendo que confiar entonces en su propia y rica inventiva, como, por ejemplo, prender fuego a los abatis con leños encendidos, llenar pequeños fosos con haces de heno, trepar las empalizadas mediante escaleras bajo la protección de un grupo que hace fuego, volar puertas o ventanas barricadas con un saco de pólvora, y con semejantes medidas resueltas y audaces logra por lo general superar cualquier obstáculo ordinario.