Friedrich Engels

Flota

Escrito hacia el 22 de noviembre de 1860.

Del inglés.

[«The New American Cyclopædia», tomo XII]

Flota
— término colectivo para los buques de guerra de un soberano o de una nación. Las flotas de guerra de la Antigüedad, aunque a menudo eran grandes en número, eran insignificantes en comparación con las actuales en cuanto al tamaño de las naves, a las fuerzas de propulsión y a su aptitud para el ataque. Los barcos con que fenicios y cartagineses, griegos y romanos surcaban el mar eran barcas chatas que no podían resistir una tempestad; el viento racheado en alta mar significaba su perdición; se arrastraban a lo largo de las costas y por la noche echaban el ancla en un lugar seguro o en una pequeña bahía. Viajar de Grecia a Italia o de África a Sicilia era una empresa peligrosa. Las naves no podían soportar la presión del velamen como es habitual en nuestros modernos buques de guerra, y llevaban poco aparejo; se dependía de los remos y se avanzaba pesadamente a través de las olas. La brújula no se había inventado aún; se desconocían los grados de latitud y longitud; los puntos de referencia en tierra y la estrella polar eran las únicas guías para la navegación. El equipamiento para una guerra ofensiva era asimismo insuficiente. Arco y flechas, jabalinas, toscas máquinas arrojadizas y catapultas eran las únicas armas que podían emplearse a distancia. No se podía causar un daño serio a un enemigo en el mar mientras las dos naves combatientes no entraran en contacto directo. Por consiguiente, solo eran posibles dos tipos de combate naval: maniobrar de manera que la afilada, robusta y blindada proa de la nave propia pudiera clavarse con toda su fuerza en el costado del enemigo para echarlo a pique, o bien ir costado contra costado, amarrar las dos naves entre sí y abordar de inmediato la nave enemiga. Después de la primera guerra púnica, que eliminó la supremacía marítima de los cartagineses, no hay un solo combate naval en la historia de la Antigüedad que merezca el menor interés técnico, y la dominación romana pronto hizo completamente imposibles ulteriores combates en el mar Mediterráneo.

La verdadera cuna de nuestras modernas flotas de guerra es el mar del Norte. En la época en que la gran masa de las tribus germánicas de Europa Central se alzó para aplastar al Imperio Romano en decadencia y reconstituir Europa Occidental, sus hermanos de las costas septentrionales —frisios, sajones, anglos, daneses y normandos— empezaron a hacerse a la mar. Sus naves eran embarcaciones de alta mar sólidas y robustas, con quilla saliente y líneas de formas afiladas; dependían sobre todo de las velas y no necesitaban temer una tormenta en medio de este mar bravío del Norte. Con naves como esas cruzaron los anglosajones desde la desembocadura del Elba y del Eider hasta las costas de Britania, y con ellas emprendieron también los normandos sus incursiones, que por un lado se extendieron hasta Constantinopla y por el otro hasta América.

Con la construcción de barcos capaces de atreverse a cruzar el océano Atlántico, la navegación quedó completamente revolucionada, y antes de finalizar la Edad Media las nuevas embarcaciones de mar de quilla afilada habían sido adoptadas en todas las costas de Europa. Las naves en que los normandos realizaban sus viajes no eran probablemente muy grandes; en todo caso, no pasaban de unas 100 toneladas, y tenían uno o a lo sumo dos mástiles con aparejo de proa y popa.

Durante mucho tiempo, la construcción naval y la navegación parecen haberse estancado; a lo largo de toda la Edad Media los barcos siguieron siendo pequeños, y el espíritu audaz de normandos y frisios se desvaneció; todos los progresos alcanzados se debieron a italianos y portugueses, que se convirtieron entonces en los más osados navegantes. Los portugueses descubrieron la ruta marítima a la India; dos italianos al servicio de potencias extranjeras, Colón y Caboto, fueron los primeros en cruzar el océano Atlántico después del normando Leif.

Ahora se hicieron necesarios largos viajes por mar que requerían grandes buques; al mismo tiempo, la necesidad de artillar las naves de guerra e incluso las mercantes con artillería pesada condujo al aumento de tamaño y tonelaje. Las mismas causas que habían engendrado ejércitos permanentes en tierra hicieron surgir ahora flotas de guerra permanentes en el mar; y solo a partir de esta época podemos hablar propiamente de flotas de guerra. La era de las empresas coloniales, que alboreaba ahora para todas las naciones marineras, presenció también la formación de grandes flotas de guerra para proteger las colonias recién fundadas y el comercio; siguió entonces un período más rico en combates navales y más fecundo para el desarrollo del armamento de los buques que cualquiera de los anteriores.

La primera piedra de la flota de guerra británica fue puesta por Enrique VII, quien construyó como primer buque «The Great Harry». Su sucesor creó una flota regular permanente, propiedad del Estado, cuyo mayor barco recibió el nombre de «Henry Grace de Dieu». Este buque, el mayor que se había construido hasta entonces, llevaba 80 cañones, en parte en dos cubiertas de batería lisas regulares y en parte en emplazamientos artilleros suplementarios a proa y popa. Tenía 4 mástiles; su tonelaje se indica de manera diversa entre 1.000 y 1.500 toneladas. A la muerte de Enrique VIII, la flota británica en su totalidad constaba de unos 50 buques con un tonelaje total de 12.000 toneladas y una dotación de 8.000 marineros y soldados de mar. Los grandes barcos de aquella época eran artefactos pesados y de profunda cintura, es decir, tenían castillos de proa y popa altos como torres que los volvían extraordinariamente pesados de arriba.

El siguiente gran buque que conocemos es el «Sovereign of the Seas», llamado después «Royal Sovereign», construido en 1637. Es el primer barco de cuyo armamento poseemos informaciones relativamente precisas. Tenía tres cubiertas lisas, un castillo de proa, media cubierta, una toldilla y una cámara; en la cubierta baja había 30 cañones de cuarenta y dos y de treinta y dos libras; en la cubierta media, 30 de dieciocho y de nueve libras; en la cubierta alta, 26 cañones más ligeros, probablemente de seis y de tres libras. Además, llevaba 20 piezas de caza y 26 cañones en el castillo de proa y en la media cubierta. Pero en la metrópoli este armamento se reducía generalmente a 100 piezas, ya que la dotación completa era evidentemente excesiva. En lo que respecta a los buques más pequeños, nuestro conocimiento al respecto es muy escaso.

En 1651, la flota de guerra fue dividida en 6 categorías; junto a ellas, sin embargo, seguían existiendo numerosos tipos de buques como chalupas, urcas, y más tarde bombardas, corbetas, brulotes y yates. Del año 1677 poseemos una lista de toda la marina de guerra inglesa; según ella, el mayor navío de tres puentes del primer rango llevaba 26 cañones de a cuarenta y dos libras, 28 de a veinticuatro, 28 de a nueve, 14 de a seis y 4 de a tres; y el más pequeño de dos puentes (quinto rango) llevaba 18 de a dieciocho, 8 de a seis y 4 de a cuatro, o sea un total de 30 piezas. La flota entera constaba de 129 buques. En 1714 había 198 buques, en 1727 eran 178 y en 1744 solo 128.

Más tarde, al aumentar el número de barcos, también crecieron sus dimensiones, y con el tonelaje en aumento las naves recibieron un armamento más pesado. El primer buque inglés que corresponde a nuestra moderna fragata fue construido por Sir Robert Dudley ya a fines del siglo XVI, pero solo 80 años completos después esta clase de navío, empleada al principio por los pueblos del sur de Europa, fue adoptada de manera general en la marina británica. La particular aptitud velera de las fragatas, a saber, la alta velocidad, apenas fue apreciada por algún tiempo en Inglaterra. Los barcos británicos solían estar sobrearmados, de modo que las portas de la batería baja quedaban a solo 3 pies sobre el agua y con mar gruesa no podían abrirse, viéndose también muy perjudicada la aptitud velera de los buques. Los españoles y los franceses, en relación con el número de piezas, daban importancia a un mayor tonelaje; la consecuencia era que sus naves podían llevar calibres más pesados y mayores provisiones, tenían más capacidad de carga y eran mejores veleros. Las fragatas inglesas de la primera mitad del siglo XVIII llevaban 44 piezas —de nueve, de doce y algunas de dieciocho libras— con un tonelaje de aproximadamente 710 toneladas. Hacia 1780 se construyeron fragatas con 38 piezas (en su mayoría de a dieciocho libras) y 946 toneladas de tonelaje; la evolución ascendente es aquí evidente. Las fragatas francesas de la misma época, con artillado semejante, tenían por término medio 100 toneladas más. Aproximadamente por la misma época (mediados del siglo XVIII) los buques de guerra menores fueron clasificados con mayor precisión según nuevos criterios como corbetas, bergantines, bergantines goleta y goletas.

En 1779 se inventó un cañón pesado (probablemente por el general británico Melville) que modificó sustancialmente el armamento de la mayoría de las flotas de guerra. Era una pieza muy corta, de gran calibre, de forma semejante a un obús, pero destinada a disparar balas macizas con cargas reducidas a cortas distancias. Como estas piezas fueron fabricadas por primera vez por la Carron Iron Company en Escocia, se las llamó carronadas. Un impacto de este cañón, ineficaz a gran distancia, producía efectos terribles sobre las cuadernas si se disparaba de cerca; debido a la menor velocidad del proyectil (a consecuencia de la carga reducida) se abría un agujero mayor, se destrozaba mucho más la obra de costillas y se producían astillas más numerosas y peligrosas. El peso relativamente escaso de estas piezas también facilitaba situar algunas en el alcázar y en el castillo de proa de los buques; ya en 1781, 429 barcos de la marina de guerra británica estaban dotados, además de su armamento reglamentario, con 6 a 10 carronadas. Cuando se lean los informes sobre los combates navales de la época de las guerras revolucionarias francesas y de la guerra de independencia norteamericana, conviene tener en cuenta que los británicos nunca incluían las carronadas en el número de piezas que se indicaba como artillado del buque; de modo que, por ejemplo, una fragata británica que se decía armada con 36 cañones, en realidad llevaba a bordo, contando las carronadas, probablemente 42 piezas o más. La superioridad de metal que las carronadas proporcionaban a las andanadas británicas decidió más de un combate a corta distancia librado durante la guerra de la Revolución Francesa. Pero, con todo, las carronadas no fueron más que un expediente para aumentar la potencia de combate de los buques de guerra relativamente pequeños de hacía 80 años. Tan pronto como se aumentó el tamaño de los barcos en cada categoría, se volvieron a suprimir las carronadas, y hoy se hallan completamente anticuadas.

En el terreno de la construcción de buques de guerra, los franceses y los españoles llevaban una decidida ventaja a los ingleses. Sus navíos eran mayores y tenían una forma mucho mejor que los británicos; en especial, las fragatas eran más grandes y poseían mejores cualidades marineras, y durante muchos años las fragatas inglesas se modelaron según la fragata francesa “Hebe”, apresada en 1782. En la misma medida en que los navíos se hicieron más largos, se redujo la altura de las superestructuras en forma de torre a proa y a popa, los castillos de proa, las toldas y los alcázares; con ello se mejoraron de tal modo las cualidades marineras de los buques que poco a poco se desarrollaron las formas relativamente elegantes y veloces de los actuales buques de guerra. En estos navíos de mayor porte no se aumentó el número de cañones, sino que se incrementó el calibre, así como el peso y la longitud de cada pieza, a fin de permitir el empleo de cargas completas y alcanzar el máximo alcance con bala rasa, de manera que pudiera abrirse el fuego desde grandes distancias. Los calibres por debajo de las 24 libras desaparecieron de los grandes navíos, y los calibres restantes se simplificaron de tal modo que a bordo de cada buque no había más de dos o, a lo sumo, tres calibres. La batería baja en los navíos de línea, por ser la más resistente, se artillaba ciertamente con cañones del mismo calibre que las cubiertas superiores, pero de mayor longitud y mayor peso, a fin de disponer al menos de una cubierta de batería para el mayor alcance posible.

Hacia el año 1820, el general francés Paixhans hizo un invento que fue de gran importancia para la artillería naval. Construyó un cañón de gran calibre, provisto de una recámara estrecha junto al cierre para la carga de pólvora, y comenzó a disparar proyectiles huecos con poca elevación desde estos “cañones obuses” (canons obusiers). Hasta entonces, solo los obuses en baterías de costa habían disparado proyectiles huecos contra los buques, si bien en Alemania ya era desde largo tiempo usual disparar granadas horizontalmente con piezas cortas de a veinticuatro libras e incluso de a doce libras contra obras de fortificación. Napoleón conocía muy bien el efecto destructor de las granadas sobre los tablones de madera de los navíos; en Boulogne artilló la mayoría de sus cañoneras para la expedición a Inglaterra con obuses, y estableció como regla que, al atacar buques, debían emplearse proyectiles que estallaran después del impacto. Dado que los cañones obuses de Paixhans se disparaban casi horizontalmente, los buques podían artillarse ahora con cañones capaces, en el mar y en combate de buque contra buque, de tirar con casi la misma precisión que los viejos cañones de bala maciza. La nueva pieza se introdujo enseguida en todas las marinas de guerra y, después de diversas mejoras, constituye hoy un componente esencial de la artillería de todos los grandes buques de guerra.

Poco después se emprendieron los primeros ensayos de propulsar buques de guerra con máquina de vapor, tal como Fulton ya había empleado para los buques mercantes. La evolución del vapor fluvial al vapor costero y, gradualmente, al vapor oceánico fue lenta; con igual lentitud avanzó el desarrollo de los buques de guerra propulsados a vapor. Mientras los vapores no fueron más que vapores de ruedas, ello tenía una buena razón. Las palas de las ruedas y una parte de las máquinas quedaban expuestas a los proyectiles enemigos y podían quedar inutilizadas por un solo impacto afortunado; ocupaban el tramo más favorable de la andanada del buque; el peso de las máquinas, de las ruedas de paletas y del carbón reducía la capacidad del buque de tal modo que una artillería pesada con numerosos cañones largos quedaba del todo fuera de cuestión. Un vapor de ruedas jamás podía, por tanto, emplearse como navío de línea; sin embargo, gracias a su velocidad superior podía medirse con fragatas, cuya misión consistía en pegarse a los flancos de un adversario para cosechar los frutos de una victoria o para cubrir una retirada. Ahora bien, una fragata posee precisamente el tamaño y la artillería que le permiten emprender sin temor un crucero independiente, mientras que sus superiores cualidades marineras la capacitan para retirarse a tiempo de un combate desigual. Las cualidades marineras de cualquier fragata eran superadas con mucho por el vapor, pero sin una buena artillería el vapor no podía cumplir su misión. Un combate regular de andanada quedaba fuera de cuestión; el número de cañones debía ser, por falta de espacio, siempre menor que el de una fragata de vela. Si en algún sitio estaba en su lugar la culebrina de bomba, era aquí. El reducido número de cañones a bordo de una fragata de vapor se compensaba con su peso de metal y su calibre. En un principio estas piezas solo estaban previstas para el fuego de granadas; pero últimamente se han construido tan sólidas, en particular las culebrinas de caza (a proa y a popa del buque), que con carga completa pueden disparar también proyectiles macizos a distancias considerables. Además, el menor número de cañones permite cureñas giratorias y la instalación de raíles sobre la cubierta, con lo que todos o la mayoría de los cañones pueden hacer fuego en casi toda dirección, un dispositivo que casi duplica la potencia ofensiva de una fragata de vapor; y una fragata de vapor de 20 cañones puede poner en acción al menos tantas piezas como una fragata de vela de 40 cañones, en la que por cada banda solo disparan 18. Por eso la gran fragata moderna de vapor con ruedas es un buque muy temible; el calibre superior y el alcance de sus cañones, unidos a su velocidad, le permiten dejar fuera de combate a un adversario desde una distancia a la que un buque de vela apenas puede responder con eficacia, mientras que el peso de su metal se suma con fuerza destructora cuando le conviene forzar por fin el combate. Sin embargo, persiste el inconveniente de que todo su sistema de propulsión está expuesto al fuego directo y ofrece un gran blanco.

Para buques menores, corbetas, avisos y otras embarcaciones ligeras que no entran en consideración para una batalla naval pero que son muy útiles en tiempo de guerra, la fuerza del vapor se consideró inmediatamente muy ventajosa, y muchos de estos vapores de ruedas se construyeron en la mayoría de las flotas de guerra. Lo mismo ocurrió con los transportes. En los desembarcos planeados, los vapores no solo reducían al mínimo la duración de la travesía, sino que permitían calcular con bastante exactitud la hora de llegada a un punto dado. El transporte de cuerpos de tropa se volvió ahora sumamente sencillo, tanto más cuanto que cada potencia naval disponía de una gran flota de vapores mercantes a la que, en caso de necesidad, podía recurrirse como buques de transporte. Sobre la base de estas consideraciones, el príncipe de Joinville se atrevió a sostener en su conocido folleto que la fuerza del vapor había modificado las condiciones de la guerra naval en tal medida que una invasión de Inglaterra por Francia ya no era una imposibilidad. Sin embargo, mientras los buques destinados a un combate decisivo, los navíos de línea, siguieron siendo exclusivamente buques de vela, la introducción de la fuerza del vapor apenas podía alterar las condiciones en que se libraban las grandes batallas navales.

Solo la invención de la hélice debía proporcionar los medios para una revolución total de la guerra naval y transformar todas las flotas de guerra en flotas propulsadas a vapor. Exactamente 13 años después de la invención de la hélice se dio el primer paso en esa dirección. Los franceses, que siempre aventajaron a los ingleses en planos y construcciones marítimas, fueron los primeros en darlo. Así, en 1849, el ingeniero francés Dupuy de Lôme construyó el primer navío de línea con propulsión por hélice, el “Napoléon”, de 100 cañones y 600 CV. Este buque no debía depender solo de la fuerza del vapor; a diferencia de los vapores de ruedas, la hélice permitía conservar en un buque todas las líneas y el aparejo de un velero, y propulsarse a voluntad solo a vapor, solo a vela o con ambos. Podía, por tanto, ahorrar siempre su carbón para el caso de necesidad, ya que podía recurrir a las velas y dependía mucho menos de la cercanía de estaciones carboneras que el viejo vapor de paletas. Por esta razón, y porque su fuerza de vapor era demasiado escasa para alcanzar la velocidad plena de un vapor de ruedas, el “Napoléon” y otros buques de esta clase se denominaron navíos auxiliares de vapor; desde entonces se han construido, sin embargo, navíos de línea cuya fuerza de vapor es capaz de aprovechar plenamente la velocidad que permite la hélice. El éxito del “Napoléon” hizo que pronto se construyeran en Francia, y también en Inglaterra, navíos de línea con propulsión por hélice. La guerra rusa <Guerra de Crimea, 1853-1856> dio un nuevo impulso a este cambio radical en la construcción naval; cuando se comprobó que la mayoría de los sólidos navíos de línea podían dotarse, sin excesiva dificultad, de una hélice y de máquinas, la transformación de todas las flotas de guerra a la propulsión por vapor pasó a ser solo cuestión de tiempo. Hoy, ninguna gran potencia naval piensa ya en construir grandes veleros; casi todos los buques puestos en quilla son vapores de hélice, aparte de los pocos vapores de ruedas que aún se requieren para fines determinados; y antes de 1870 los buques de guerra de vela serán casi tan completamente anticuados como lo son hoy la rueca de hilar y el fusil de ánima lisa.

La guerra de Crimea produjo dos nuevas construcciones navales. La primera es la cañonera a vapor o lancha mortero, que los ingleses construyeron originalmente para el proyectado ataque contra Kronstadt; es un buque pequeño de 4 a 7 pies de calado, artillado con uno o dos cañones pesados de largo alcance o con un mortero pesado. Como cañonera debía emplearse, en general, en aguas someras y difíciles de navegar; como lancha mortero, en el bombardeo a gran distancia de arsenales marítimos fortificados. Estas embarcaciones satisficieron las expectativas de manera extraordinaria y, sin duda, desempeñarán un importante papel en las futuras guerras navales. Como se demostró en Sveaborg, la lancha mortero modifica por completo las relaciones de ataque y defensa entre fortificaciones y buques, pues otorga a los barcos una fuerza para bombardear impunemente a las primeras como nunca antes habían poseído; desde una distancia de 3.000 yardas, las lanchas mortero pueden alcanzar con sus granadas un objeto tan grande como una ciudad, mientras que ellas mismas, dada su reducida superficie de blanco, se hallan del todo a salvo. Las cañoneras, por el contrario, empleadas junto con baterías de costa, reforzarán la defensa, y con ello aparecen también en la guerra naval esas fuerzas navales ligeras y móviles que hasta ahora no existían.

La segunda innovación la constituyen las baterías flotantes acorazadas y a prueba de bala, construidas primeramente por los franceses para el ataque de fortificaciones costeras. Sólo se las probó ante Kinburn, y su éxito, incluso frente a los desmoronados parapetos y los cañones oxidados de aquella pequeña fortaleza, no fue muy notable. Pero los franceses parecieron quedar tan satisfechos con ellas que, desde entonces, han proseguido sus ensayos con buques acorazados. Han construido cañoneros con una especie de escudo protector de acero, a prueba de bala, en la cubierta de proa, para proteger el cañón y a sus sirvientes. Ahora bien, si las baterías flotantes eran incapaces de maniobrar y tenían que ser remolcadas, estos cañoneros calaban demasiado de proa y no eran, en absoluto, aptos para la navegación. Sin embargo, los franceses han construido una fragata a vapor fuertemente blindada, la *Gloire*, que debe ser a prueba de bala, tener una velocidad muy elevada y ser tan marinera que pueda resistir un temporal sin peligro. Sobre la supuesta revolución que estas fragatas acorazadas provocarían en la guerra naval se hacen las afirmaciones más exageradas. Se dice que los navíos de línea están anticuados y que la capacidad de decidir los grandes combates navales ha pasado a estas fragatas, las cuales poseen una sola batería protegida por todos lados contra las balas y a las que ningún navío de tres puentes, de madera, puede hacer frente. No vamos a terciar aquí en esta cuestión; pero sí podemos afirmar que inventar artillería rayada lo bastante pesada para perforar planchas de hierro o acero, e instalarla a bordo de un buque, es mucho más fácil que construir buques cuyo blindaje metálico sea suficientemente fuerte para resistir el proyectil macizo o la granada de esos cañones. En cuanto a la *Gloire*, no es seguro, después de todo, que se mantenga estable en un temporal y, debido a su escasa capacidad de carboneras, se dice que no puede permanecer en el mar más de tres días a vapor. Lo que hará su homóloga británica, la *Warrior*, está aún por ver. Si se reducen el armamento y el carbón y se modifica la construcción, no cabe duda de que será posible construir un buque completamente a prueba de bala para grandes y medias distancias de tiro y que, pese a ello, sea un buen vapor; pero en una época en que la ciencia artillera hace progresos tan rápidos, es muy dudoso que tenga sentido construir tales buques de forma permanente.

La revolución que ahora provoca la pieza rayada en la artillería parece tener, para la conducción de la guerra naval, una importancia mucho mayor que cuanto pueda lograrse mediante los buques acorazados. Todo cañón rayado que merezca tal nombre garantiza una exactitud tal a grandes distancias de tiro, que la antigua insuficiencia del fuego en el mar a esas distancias probablemente pertenecerá pronto al pasado. Además, el cañón rayado, gracias a su proyectil oblongo y a su carga reducida, permite disminuir considerablemente el calibre y el peso de los cañones de batería de costado; o, en caso contrario, si el calibre permanece igual, se obtienen resultados mucho mejores. El proyectil oblongo de un cañón rayado de a 32 que pesa 56 quintales superará a la bala maciza de un cañón liso de diez pulgadas que pesa 113 quintales, no sólo en peso, sino también en fuerza de perforación, alcance y precisión. La potencia ofensiva de cualquier buque provisto de artillería pesada rayada se triplicará como mínimo. Además, siempre se ha considerado urgente la necesidad de inventar una granada de percusión eficaz que explotase en el mismo instante de atravesar el costado del buque. La rotación de la bala esférica lo impedía; la espoleta de percusión no se hallaba siempre en la posición correcta cuando la granada hacía impacto, y entonces no estallaba. Pero un proyectil oblongo disparado por un cañón rayado, que gira sobre su eje longitudinal, impactará siempre con la punta del proyectil, y una simple cápsula de percusión en la cabeza de la espoleta hará que la granada estalle en el momento en que perfore el costado del buque. Es improbable que ningún buque acorazado desarrollado hasta ahora pueda desafiar impunemente dos andanadas semejantes de un navío de dos puentes, por no hablar de las granadas que alcancen las troneras y estallen entre cubiertas. Los cañones rayados han de poner fin, en gran medida, a los combates a corta distancia en los que podían ser útiles las carronadas; la maniobra volverá a predominar y, dado que los buques combatientes son ahora, gracias a la fuerza del vapor, independientes del viento y de las corrientes, la conducción de la guerra naval se aproximará en el futuro mucho más al método y a los movimientos tácticos de las batallas terrestres.

Los buques de guerra que componen la marina de guerra moderna se dividen en varias clases, de la primera a la sexta. Pero como estas clasificaciones varían y son arbitrarias, será mejor dividir los buques de guerra a la manera usual en navíos de línea, fragatas, corbetas, bergantines, goletas, etc. Los navíos de línea son los mayores buques de guerra, cuyo cometido consiste en formar la línea de batalla en un combate general y decidir la lucha por el peso de sus proyectiles, disparados contra los buques enemigos. Son de tres o de dos puentes, es decir, poseen tres o dos cubiertas cerradas, artilladas. Dichas cubiertas reciben la denominación de baja, media y principal o alta. La cubierta alta, que antes sólo no estaba abierta en la toldilla y el castillo de proa, está ahora techada desde la proa hasta la popa por una cubierta corrida y abierta. Sobre esta cubierta abierta, que sigue llamándose toldilla y castillo de proa (la parte del centro se denomina crujía), también hay artillería, generalmente carronadas, de modo que, en realidad, un navío de dos puentes tiene 3 pisos de baterías y uno de tres puentes, 4. Los cañones más pesados van montados naturalmente en la cubierta inferior y, cuanto más altas se hallan las baterías sobre el agua, más ligeros son los cañones. Como el calibre suele permanecer igual, esta graduación se logra mediante el peso reducido de las piezas; así, los cañones de las cubiertas altas sólo pueden soportar cargas pequeñas y, por consiguiente, se emplean únicamente para distancias de tiro más cortas. La única excepción a esta regla la constituyen los cañones de caza a proa y a popa de un buque, que, aun estando montados en el castillo de proa o en la toldilla, son tan largos y pesados como sea posible, pues están destinados a disparar a las mayores distancias imaginables. Por eso, los cañones de proa y popa de los navíos de línea ingleses son bien cañones granaderos de ocho o diez pulgadas, bien piezas de a cincuenta y seis o a sesenta y ocho libras (calibres de 7,7 y 8,13 pulgadas, respectivamente) para proyectiles macizos; uno de los cañones del castillo de proa descansa sobre una cureña giratoria. En la marina de guerra inglesa, un navío de primera clase suele llevar 6 cañones a popa y 5 a proa. El resto del armamento de un buque de esa clase es el siguiente:

| Posición | Tipo | Peso | Longitud | Número |
| :--- | :--- | :--- | :--- | :--- |
| Cubierta baja | Cañones granaderos de 8 pulgadas | 65 quintales | 9 pies
| Cubierta baja | Cañones de a 32 libras | 56 quintales | 9 pies 6 pulg.
| Cubierta media | Cañones granaderos de 8 pulgadas | 65 quintales | 9 pies
| Cubierta media | Cañones de a 32 libras | 50 quintales | 9 pies
| Cubierta alta | Cañones de a 32 libras | 42 quintales | 8 pies
| Castillo de proa y toldilla | Cañones de a 32 libras | 45 quintales | 8 pies 6 pulg.
| Castillo de proa y toldilla | Carronadas de a 32 libras | 17 quintales | 4 pies
| | Suma | | | 120 |

El armamento de las clases inferiores de los navíos de línea está organizado según el mismo principio. A modo de comparación, damos también el de un correspondiente navío francés de primera clase: cubierta baja, 32 cañones largos de a 30; cubierta media, cuatro cañones granaderos de a 80 y 30 cañones cortos de a 30; cubierta alta, treinta y cuatro cañones granaderos de a 30; castillo de proa y toldilla, cuatro cañones granaderos de a 30 y dieciséis carronadas de a 30; en total, 120 piezas. El cañón granadero francés de a 80 tiene un calibre 0,8 pulgadas mayor que el cañón inglés de ocho pulgadas; el cañón granadero de a 30 y el de a 30 tienen un calibre ligeramente mayor que los de a 32 ingleses, de modo que la ventaja en peso de metal correspondería a los franceses.

El navío de línea más pequeño lleva ahora 72 cañones a bordo; la fragata mayor, 61. Una fragata es un buque con una sola cubierta cerrada artillada y, por encima de ella, otra cubierta abierta (castillo de proa y toldilla) también artillada con cañones. El armamento en la marina inglesa consiste, por lo general, en 30 piezas (sólo cañones granaderos o, en parte, cañones granaderos y en parte, largos de a 32) sobre la cubierta de batería y 30 cañones cortos de a 32 en el castillo de proa y la toldilla, más un pesado cañón giratorio sobre cureña giratoria a proa. Como las fragatas se envían casi siempre en servicio de destacamento y han de contar con trabar solas combate contra fragatas enemigas destacadas con la misma misión, las principales potencias navales tuvieron gran interés en construirlas tan grandes y fuertes como fuera posible. En ningún otro tipo de buque aumenta el tamaño de modo tan llamativo como en éste. Los Estados Unidos, que necesitaban una marina de guerra barata, pero lo bastante fuerte para hacerse respetar, fueron los primeros en reconocer la gran ventaja que les ofrecía una flota de grandes fragatas, siempre que cada una de sus fragatas fuese superior a las de cualquier otra nación. También se aprovecharon de la superioridad de los constructores navales americanos para construir buques veloces, y la última guerra contra Inglaterra (1812-1814) demostró, en numerosos combates bien reñidos, la clase de temibles adversarios que eran aquellas fragatas americanas. Hasta el día de hoy, las fragatas de los Estados Unidos se consideran los modelos de este tipo de buque, aunque la diferencia de tamaño en comparación con otras flotas de guerra ya no sea, ni con mucho, tan acusada como lo era 30 o 40 años antes.

La clase siguiente de buques de guerra recibe el nombre de corbetas. Sólo tienen un piso de baterías sobre una cubierta abierta; pero las corbetas mayores van provistas de un castillo de proa y una toldilla (aunque no unidos por una cubierta corrida en el centro), donde se sitúan algunos cañones más. Tales corbetas se corresponden, por tanto, casi con la fragata usual hace 80 años, cuando la parte elevada de proa y popa del buque no estaba todavía unida por una cubierta continua. Estas corbetas son aún suficientemente fuertes para portar el mismo calibre de artillería que los buques mayores. Tienen, además, 3 mástiles, todos con aparejo de cruz. De los buques menores, los bergantines y las goletas llevan a bordo de 20 a 6 cañones. Sólo tienen 2 mástiles, los bergantines con velas de cruz y las goletas con velas cangrejas. El calibre de sus cañones es forzosamente menor que el de los buques mayores y no suele pasar de piezas de a dieciocho o de a veinticuatro, llegando incluso a las de a doce y de a nueve. Los buques de esta escasa fuerza ofensiva no pueden emplearse donde se espera una resistencia seria. En las aguas europeas van siendo desplazados poco a poco, de manera general, por pequeños vapores, y sólo pueden ser realmente de utilidad en aguas costeras como las de Sudamérica, China, etc., donde encuentran adversarios menos poderosos y sirven únicamente para representar la bandera de una gran potencia marítima. El armamento arriba indicado corresponde sólo al actualmente usual; sin embargo, no hay duda de que en los próximos diez años será modificado en todos los sentidos por la aplicación general de los cañones navales rayados.