Friedrich Engels

Cómo Austria mantiene a Italia en jaque

Escrito a mediados de febrero de 1859.

["New-York Daily Tribune" n.5575, 4 de marzo de 1859]

Cuando el general Bonaparte descendió de los Alpes Marítimos en 1796, la gran semana de Dego, Millesimo, Montenotte y Mondovi bastó para conquistar todo el Piamonte y la Lombardía. Sus columnas avanzaron sin resistencia hasta el Mincio. Pero allí cambiaron las tornas. Las murallas de Mantua lo detuvieron, y el mayor general de su época necesitó nueve meses para superar este obstáculo. Toda la segunda parte de la primera campaña de Italia giró en torno a la conquista de Mantua. Rivoli, Castiglione, Arcole y la marcha a través del valle del Brenta: todo sirvió para alcanzar este gran objetivo. Dos veces fue Napoleón detenido por una fortaleza. La primera en Mantua, la segunda en Danzig. Napoleón sabía muy bien que Mantua era la llave de Italia. Después de tomarla, solo se separó de ella cuando se separó de su corona, y su dominio sobre Italia nunca estuvo seriamente amenazado hasta entonces.

De la configuración geográfica de Italia se explica que la potencia que posee la parte septentrional, la Gallia Cisalpina de los romanos, domina toda Italia. La cuenca del Po ha sido siempre el campo de batalla en el que se decidió el destino de la península. De Marignano y Pavía, pasando por Turín, Arcole, Rivoli, Novi y Marengo, hasta Custozza y Novara: todas las luchas decisivas por el dominio de Italia se libraron aquí. Es algo completamente natural. Francés o alemán, quienquiera que expulse a su adversario del valle del Po lo aísla de la alargada península y aísla a la península de sus aliados. Reducida a sus propios recursos, esta península, la parte menos poblada y civilizada de Italia, es pronto sometida. Dentro de esta cuenca del Po, Mantua es a su vez la posición más céntrica. Se encuentra equidistante del Adriático y del Mediterráneo, a unas 70 millas de ambos; de este modo, defendida por un ejército en el campo de batalla, cierra eficazmente todo acceso a la península. A esto se suma la inmensa ventaja táctica de su ubicación: situada en medio de un lago, con tres cabezas de puente para desembocar, rodeada por todas partes por un terreno surcado de ríos, está en condiciones de aislar entre sí las distintas partes de un ejército sitiador; no es de extrañar que exista un dicho tradicional: quien posee Mantua es señor de Italia.

Estas pocas consideraciones bastarán para mostrar que no sería fácil expulsar a los austríacos de Italia, aun cuando no tuvieran más que Mantua. Lo que al primer comandante de su tiempo le costó nueve meses no lo conseguirá un ex capitán de la artillería suiza en un plazo más corto. Pero la situación militar de Lombardía ha cambiado mucho desde 1796, e incluso desde 1848. La campaña de 1848 es, en cierto modo, la contrapartida de la de 1796. Si 1796 mostró lo que Mantua puede rendir a la defensiva, 1848 mostró lo que Mantua, Peschiera, Legnago y Verona juntas pueden rendir en la guerra ofensiva; y desde entonces esta espléndida posición, que se cuenta entre las mejores de Europa, ha sido perfeccionada y reforzada de todas las maneras posibles, con un cuidado, pericia y ensemble <coordinación> que honran en sumo grado al estado mayor austríaco y a sus ingenieros.

Observe el mapa. Del lago de Garda al Po fluye el Mincio, río no muy considerable, vadeable en muchos puntos en verano, pero en conjunto no inadecuado para una posición defensiva. La longitud de la línea que debe medirse de Peschiera a Borgoforte, aunque este último quede allende el río, es de unas 30 millas, de modo que un ejército situado en su centro puede alcanzar el punto extremo respectivo en una jornada de marcha. Esta corta línea de 30 millas, flanqueada a la derecha (norte) por el lago y los Alpes tiroleses y a la izquierda por el Po, es la primera posición defensiva que encuentra un ejército austríaco frente a un enemigo que llega desde el oeste. Pero no es esta su única ventaja. Casi paralelo al lago, al Mincio y al Po, de diez a treinta millas detrás, corre el Adigio, que forma una segunda línea defensiva, mucho más fuerte, y que en toda estación constituye un obstáculo solo superable con puentes. Mediante esta doble línea, como muestra un vistazo al mapa, Tirol y las provincias austríacas colindantes quedan naturalmente redondeadas en un todo sólido. Es, militarmente hablando, su complemento necesario; en ello se funda el principio político de Austria de que la línea del Mincio es necesaria para la defensa de Alemania y de que el Rin debe defenderse en el Po.

Esta posición, fuerte por naturaleza, ha sido reforzada artificialmente. La línea del Mincio queda dividida en dos partes por Mantua. Esta fortaleza se halla tan cerca de la desembocadura del río que la parte inferior puede despreciarse por completo en el cálculo. De este modo, la línea se acorta en otras siete u ocho millas, y su extremo sur queda reforzado por una fortaleza de primer orden que forma cabezas de puente a cada lado del río. El otro extremo, donde el río sale del lago, está defendido por la pequeña fortaleza de Peschiera. Ciertamente, esta fortaleza no es muy fuerte y fue tomada por los piamonteses en 1848; sin embargo, basta para resistir un ataque irregular y, por consiguiente, puede mantenerse mientras los austríacos conserven el campo; al mismo tiempo, les permite desembocar en la orilla occidental del Mincio.

La línea del Adigio estuvo descuidada hasta 1815. De 1797 a 1809 formó la frontera entre Austria e Italia; pero desde 1815 Austria está en posesión de ambas orillas del río. Detrás de Mantua, a unas 25 millas, se encuentra sobre el Adigio la pequeña fortaleza de Legnago; pero la siguiente ciudad detrás de Peschiera, Verona, no estaba fortificada. Los austríacos, sin embargo, no tardaron en descubrir que Verona debía ser fortificada para que la posición pudiera cumplir plenamente su cometido. Y así se hizo. Pero, por la habitual desidia de la antañona Austria, la ejecución se descuidó tanto que en 1848, al estallar la revolución, solo la orilla izquierda u oriental del río, la vuelta hacia Austria, estaba medianamente fortificada, mientras que el lado encarado al enemigo permanecía relativamente desprotegido.

Radetzky y sus jefes de estado mayor, Hess y Schönhals, tan pronto como la revolución los hubo expulsado de Milán, se pusieron manos a la obra para corregir este error. Las alturas que rodean Verona por el oeste fueron coronadas con trincheras y, mediante estas, los muros de protección de la ciudad quedaron protegidos contra el fuego de enfilada. Esa fue la suerte de Austria. La línea del Mincio hubo de ser abandonada. Peschiera fue sitiada por los piamonteses, quienes avanzaron incluso hasta los parapetos de los reductos. Allí, sin embargo, fueron detenidos. La jornada de Santa Lucia (6 de mayo de 1848) les mostró que cualquier nuevo avance sobre la posición de Verona era inútil.

A pesar de todo, toda la Alta Italia estaba aún en manos del ejército revolucionario. Radetzky solo conservaba sus cuatro fortalezas y utilizaba Verona como campamento atrincherado para su ejército. Su frente, sus flancos y casi toda la retaguardia estaban en manos del enemigo; incluso las comunicaciones con Tirol estaban amenazadas y a veces interrumpidas. No obstante, una división al mando del general Nugent logró abrirse paso a través de la insurrecta Véneto y reunirse con él hacia finales de mayo. Ahora Radetzky mostró lo que podía lograrse con esta espléndida posición que acababa de crearse. Incapaz de permanecer por más tiempo en los contornos esquilmados de Verona, demasiado débil para sostener el campo en una batalla decisiva, llevó a su ejército mediante una audaz y hábil marcha de flanco, vía Legnago, hasta Mantua. Y antes de que el enemigo hubiera comprendido bien lo que ocurría, Radetzky avanzó desde Mantua para atacarlo en la orilla occidental del Mincio. Penetró en la línea de cerco enemiga y obligó al grueso del ejército piamontés a retirarse de su posición ante Verona. Sin embargo, no pudo impedir la caída de Peschiera y, tras haber alcanzado con su marcha a Mantua todo lo que cabía alcanzar, reunió de nuevo a sus tropas, marchó vía Legnago contra Vicenza y arrebató esta ciudad a los italianos, con lo que sometió toda la tierra firme veneciana, recuperó sus comunicaciones y se aseguró los recursos de una vasta y rica comarca en la retaguardia; después se replegó de nuevo a su base de Verona, y los piamonteses estuvieron tan perplejos sobre cómo desalojarlo de allí que perdieron un mes entero en la inacción. En ese tiempo, sin embargo, habían llegado tres fuertes brigadas austríacas, y entonces cambiaron las tornas. En tres días, Radetzky barrió a los piamonteses de las alturas entre el Adigio y el Mincio, desbordó al mismo tiempo su flanco derecho cerca de Mantua y les dio una lección tal que no volvieron a presentar batalla hasta haber dejado atrás el Ticino.

Esta campaña de Radetzky demuestra lo que un general con un ejército numéricamente inferior puede lograr cuando se apoya en un bien fortificado sistema de líneas fluviales. Da igual dónde estuvieran los piamonteses o cómo intentasen frentear, no podían atacar a los austríacos; el tanteo a ciegas al que quedaron confinadas todas sus operaciones militares en las cinco últimas semanas anteriores a su derrota final muestra con claridad cuán desamparadamente estaban empantanados. ¿En qué consistía, pues, la fuerza de la posición de Radetzky? Sencillamente, en que las fortalezas no solo lo protegían de un ataque, sino que obligaban al enemigo a dividir sus fuerzas, mientras Radetzky, bajo su protección, podía operar en cualquier punto con la totalidad de sus fuerzas contra la parte del enemigo con la que topara casualmente. Peschiera inmovilizaba una cantidad de tropas; mientras Radetzky estaba en Verona, Mantua inmovilizaba más tropas, y apenas se había ido a Mantua, Verona obligaba a los piamonteses a dejar allí un cuerpo de observación. Más aún: los italianos tenían que operar con cuerpos separados a ambos lados de los ríos, sin que ninguno pudiera apoyar rápidamente al otro, mientras Radetzky, apoyado en sus fortalezas y cabezas de puente, podía a voluntad lanzar la totalidad de sus fuerzas de una orilla a la otra. Vicenza y la tierra firme veneciana nunca habrían caído si los piamonteses hubieran estado en condiciones de socorrerlas. Pero, tal como estaban las cosas, Radetzky se apoderó de ambas, mientras los piamonteses eran mantenidos en jaque por las guarniciones de Verona y Mantua.

Cuando los franceses, en Argelia, han de marchar con una columna por territorio enemigo, forman cuatro cuadros de infantería y los colocan en los cuatro ángulos de un romboide; la caballería y la artillería se sitúan en el centro. Si los árabes atacan, son rechazados por el fuego sostenido de la infantería y, tan pronto como su ataque queda roto, la caballería se precipita sobre ellos y la artillería desengancha para enviarles sus balas. En caso de que la caballería sea rechazada, encuentra protección segura detrás de los cuadros de infantería. Lo que la infantería sólida rinde contra semejantes masas irregulares, lo rinde un sistema de fortalezas para un ejército de campaña inferior, sobre todo cuando estas fortalezas están situadas en una red de ríos. Verona, Mantua, Peschiera, Legnago forman las cuatro esquinas de un cuadrado y, mientras no se hayan tomado al menos tres de ellas, ni siquiera un ejército inferior puede ser obligado a abandonar la posición. Pero ¿cómo tomarlas? Peschiera, sin embargo, caerá siempre fácilmente si los austriacos no pueden mantener el campo. En cuanto a Mantua, en 1848 ni siquiera se intentó cercarla por todos lados, y mucho menos sitiarla. Para cercar Mantua son necesarios tres ejércitos: uno en la orilla occidental, otro en la oriental del Mincio para el sitio, y uno para cubrir el sitio frente a los austriacos en Verona. Mediante hábiles maniobras entre los ríos y las fortalezas, cada uno de estos tres ejércitos puede ser atacado a voluntad por el conjunto de las fuerzas austriacas. ¿Cómo mantener un sitio en semejantes circunstancias? Si el general Bonaparte necesitó nueve meses para rendir por hambre a Mantua, abandonada a sí misma, ¿qué fuerza tendrá cuando esté apoyada por un ejército que se apoya en Verona, Legnago y Peschiera, que es capaz de maniobrar con fuerzas unidas en ambas orillas del Mincio o del Etsch, y cuya retirada no puede ser cortada jamás, porque posee dos líneas de comunicación, una a través del Tirol y la otra a través del territorio veneciano? No tenemos reparo en afirmar que esta posición es una de las más fuertes de Europa, y como los austriacos no sólo la han preparado por completo, sino que también la reconocen con toda exactitud, creemos que 150.000 austriacos no tendrían por qué temer aquí al doble de adversarios.

Pero supongamos que, a pesar de todo, se les expulsa de esta posición. Supongamos que pierden Mantua, Peschiera y Legnago. Mientras conserven Verona y no sean batidos por completo en campaña, pueden poner en grave peligro la marcha de cualquier ejército francés sobre Triest y Wien. Si mantienen Verona como puesto avanzado, pueden retirarse al Tirol, reunir sus fuerzas y obligar de nuevo al enemigo a dividir las suyas. Una parte tendrá que sitiar Verona, otra defender el valle del Etsch; ¿quedará entonces lo suficiente para marchar sobre Wien? En caso afirmativo, el ejército del Tirol puede atacarlos por sorpresa en el valle del Brenta, cuya importancia estratégica el general Bonaparte enseñó a los austriacos en 1796 con una lección bastante dolorosa. Semejante experimento sería, sin embargo, un error decisivo, a menos que se disponga de otro ejército para defender la carretera directa hacia Alemania; pues si el grueso de los austriacos es arrojado a los Alpes tiroleses, el enemigo podría pasar de largo y llegar a Wien antes de que los austriacos hubiesen salido de las montañas. Pero supongamos que Wien está fortificada (creemos que esto se está haciendo ahora), entonces esta consideración se vuelve irrelevante. El ejército llegaría aún a tiempo para apoyarla y podría limitar la defensa de la frontera carintia a hostigar constantemente en los Alpes el flanco izquierdo del invasor, amenazando con caer sobre él en Bassano o Conegliano, o con apoderarse de sus comunicaciones tan pronto como haya pasado de largo.

Esta defensa indirecta de la frontera meridional alemana es, por lo demás, la mejor respuesta al argumento con que Austria defiende su ocupación de Italia, a saber, que la línea del Mincio sería la frontera natural de Alemania por el sur. Si así fuera, entonces el Rhein sería la frontera natural de Francia. Todo argumento que vale para un caso es igualmente aplicable al otro. Pero, afortunadamente, Francia no necesita el Rhein, ni Alemania el Po y el Mincio.

Quien flanquea, acaba siendo flanqueado. Si el territorio veneciano flanquea el Tirol, el Tirol flanquea toda Italia. El paso de Bormio conduce directamente a Mailand y puede utilizarse para preparar un Marengo a un enemigo que ataque Triest y Gradisca, del mismo modo que el Große St. Bernhard fue empleado contra Melas cuando éste atacó la línea del Var. En la guerra, al final vence con seguridad quien mantiene el campo por más tiempo y mejor. Dejemos que Alemania conserve el Tirol con mano firme, y bien puede permitirse dejar a los italianos hacer lo que quieran en el llano. Mientras sus ejércitos sean capaces de mantener el campo, poco importa si el territorio firme veneciano le pertenece políticamente. Militarmente considerada, su frontera alpina domina este territorio, y eso debería bastar.

Esto es, naturalmente, una cuestión que concierne sólo a Italia y Alemania. Tan pronto como entra Francia, las cosas cambian; cuando Francia arroja todo su peso en la balanza, es natural que cada uno de los dos combatientes procure asegurar su posición en la medida de lo posible. Alemania puede permitirse abandonar la línea del Mincio e incluso la del Etsch, pero sólo en beneficio de Italia y no de otra nación.

Hasta aquí hemos considerado las posibilidades de una guerra defensiva sólo desde el lado de los austriacos. Pero si llegara a estallar la guerra, su situación les impondrá imperiosamente un plan de campaña ofensivo – pero de esto hablaremos más adelante.