¿QUÉ HA GANADO ITALIA?

[27 dejulio de 1859]

La guerra de Italia ha terminado. Luis Napoleón le ha puesto
fin tan repentina e inesperadamente como los austríacos le
pusieron principio!. Aunque breve, ha sido costosa. En pocas
semanas no solo ha concentrado las hazañas, las invasiones y
contrainvasiones, las marchas, las batallas, las conquistas y las
cesiones, sino también las pérdidas, en vidas y en dinero, de con-
tiendas mucho más largas. Algunas consecuencias son suficien-
temente palpables. Austria ha perdido territorios, su reputación
militar se ha visto gravemente dañada, su orgullo, profunda-
mente herido. Y las lecciones que ha aprendido, si es que ha
aprendido alguna, son, desde nuestro punto de vista, más milita-
res que políticas y cualesquiera cambios que quiera hacer a raíz
de esta guerra serán en el ámbito de la instrucción, disciplina y
armamento de las tropas más que en su sistema político o en sus
métodos administrativos. Es posible que se haya convertido a la
eficacia del cañón estriado. Quizá organice alguna unidad a

1 Véase el artículo anterior.

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imitación de los zuavos franceses. Esto es mucho más probable
que una modificación esencial del gobierno de lo que le queda
de sus provincias italianas.

Austria también ha perdido, al menos de momento, esa tute-
la sobre Italia cuya persistencia en la cual, a pesar de las quejas y
protestas de Cerdeña, dio lugar a la reciente guerra. Pero, aun-
que Austria haya sido de momento obligada a ceder su puesto,
no da la impresión de que el propio cargo haya quedado vacan-
te. Es muy significativo que los últimos acuerdos sobre los asun-
tos de Italia se decidieran en una breve reunión de los empera-
dores de Francia y Austria, extranjeros ambos y ambos al mando
de ejércitos de extranjeros, y que esos acuerdos se suscribieran
no solo sin la formalidad de consultar siquiera en apariencia a
las partes afectadas, sino sin que éstas supieran que estaban mer-
cadeando con ellas y disponiendo de sus destinos. Dos ejércitos
del otro lado de los Alpes se encontraron y combatieron en las
llanuras de Lombardía. Al cabo de seis semanas de lucha, los
extranjeros soberanos de tan extranjeros ejércitos pactaron el
arreglo de los asuntos de Italia sin llamar a consultas a un solo
italiano. Según parece, el rey de Cerdeña, a quien desde el
punto de vista militar habían colocado al nivel de un general
francés, no tuvo más participación, o voz, en los acuerdos defini-
tivos que si en efecto hubiera sido un simple general francés.

Fue motivo de las protestas que tan airadamente Cerdeña
esgrimió contra Austria no solo que ésta reclamara la supervi-
sión general de todos los asuntos de Italia, sino que defendiera
todos los abusos existentes, que su política consistiera en dejar
las cosas como están, que interfiriera en la administración inter-
na de sus vecinos italianos y que reclamara el derecho a suprimir
por la fuerza de las armas cualquier tentativa de los habitantes
de estos países de modificar o mejorar su situación política. Y ¿se

tiene a los deseos y a los sentimientos de Italia, o a ese derecho a
la revolución del que Cerdeña era mecenas, más respeto en los
últimos acuerdos que en los anteriores? Los ducados italianos al
sur del Po, que en la guerra se brindaron a prestar una ayuda
que fue aceptada, dependen, o eso parece, de los tratados de
paz que les van a enviar a los príncipes que fueron expulsados.
En ninguna región de Italia ha habido más quejas por desgo-
bierno que en los Estados de la Iglesia. Muchos han afirmado
que la mala administración de esos estados y el consentimiento y
el apoyo que Austria les ha prestado es uno de los peores rasgos,
sino el peor, de la situación de Italia en el pasado. Pero aunque
Austria se ha visto obligada a renunciar a su protectorado arma-
do de los Estados de la Iglesia, los infortunados habitantes de
esos territorios no han ganado nada con el cambio. Francia
apoya la autoridad temporal de la Santa Sede tan plenamente
como hiciera Austria y en las mismas condiciones, y, puesto que
para los patriotas italianos los abusos del gobierno de Roma son
inseparables de su carácter sacerdotal, no parece que haya nin-
guna esperanza de que las cosas mejoren. Francia, que se ha
convertido en la única protectora del papa, se hace de hecho
más responsable de los abusos del gobierno romano de lo que
Austria lo fuera nunca.

Con respecto a la Confederación Italiana, que forma parte
de nuevo pacto, hay que observar lo siguiente: o dicha Confede-
ración será una realidad política con cierto grado de poder e
influencia, o será una mera farsa. Si es lo segundo, la unión, la
libertad y el desarrollo de Italia no prosperarán. Si se convierte
en una realidad, considerando los elementos de los que se com-
pone, ¿qué se puede esperar de ella? Austria (que tiene un sitio
en ella por la provincia o reino de Venecia), el papa y el rey de
Nápoles, que comparten su interés por el despotismo, se impon-

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drán fácilmente a Cerdeña aunque los demás estados, más
pequeños, se alineen con ella. Es posible que hasta Austria
saque algún provecho de la nueva situación para asegurarse un
control sobre otros estados italianos como poco tan objetable
como el que últimamente quería ejercer mediante los tratados
especiales que había suscrito con ellos.