Karl Marx

Corrupción electoral en Inglaterra

Del inglés.

["New-York Daily Tribune", núm. 5783, 4 de noviembre de 1859]

Londres, 18 de octubre de 1859

Las comisiones designadas para investigar el estado de los distritos electorales parlamentarios de Gloucester y Wakefield confirman nuevamente, mediante sus revelaciones diarias, el dicho del viejo Coppock, antiguo agente electoral del Reform Club, de que la verdadera naturaleza de la Cámara de los Comunes británica puede resumirse en la palabra
corrupción
. La presente investigación reviste un interés especial por la circunstancia de que Gloucester es un rotten borough que existe desde hace mucho tiempo, mientras que Wakefield es un distrito electoral creado por la Reform Bill, y por el hecho de que el sobornador de Gloucester, Sir Robert Carden, es un tory fanático de la calaña de un Dogberry, mientras que el sobornador de Wakefield, el señor Leatham, cuñado del señor Bright, es un radical. En ambos casos, la inocencia infantil de los candidatos parlamentarios es algo refrescante en esta perversa era de escepticismo. Ambos candidatos proporcionan el dinero para comprar votos, pero ambos se cuidan muy mucho de no saber a dónde va a parar ese dinero. Desde el comienzo de la elección hasta su final, las cuentas de sus abogados aumentan en progresión geométrica, pero al mismo tiempo crece su fe en la inmaculada pureza del electorado, al que representar en el Parlamento —según confiesan— es el objetivo supremo de su ambición mundana. Tomemos primero a este modelo de cuáquero, el honorable señor Leatham. Se presentó como candidato por Wakefield en 1857 y empleó a un abogado llamado Wainwright como su "amigo jurídico". Este Wainwright, en un arranque de franqueza, se lleva a un lado a su amigo, el cuáquero, y sorprende al
inocente Leatham, que se creía l'homme qu'on aime pour lui-même (un hombre a quien se quiere por sí mismo) y un candidato elegido pour le roi de Prusse (literalmente: para el rey de Prusia; aquí: por sus bellos ojos), con la observación, de una perspicacia demoledora, de que una elección es una cuestión de tantos y cuantos libras esterlinas y que, en consecuencia, había que encontrar lo "necesario". Wainwright dijo que se precisaban 1.000 libras esterlinas en efectivo. Leatham exclama: "No tengo tanto, pero lo pediré prestado", y fiel a su palabra, envió a Wainwright 1.000 libras a través de Overend & Gurney, los banqueros cuáqueros de Lombard Street en Londres. Poco después, Wainwright, que parece proclive a las confidenciales pourparlers (negociaciones), vuelve a llevar "aparte" a Leatham, le susurra al oído que ha comprobado que la elección sería más costosa de lo previsto inicialmente, e insiste en otras 500 libras. El inocente Leatham lo "encuentra bastante extraño", pero tras reflexionar un poco y recordar que la elección de 1852 había costado 1.600 libras, amplía el crédito por otras 500 libras, aunque lo más extraño es que no está completamente seguro de la fuente de la que fluyeron esas 500 libras. De nuevo, dos semanas después, el severo Wainwright insiste en un nuevo suplemento de 1.000 libras, y ahora el puro Leatham se vuelve completamente melodramático.

"Yo estaba", dice, "muy enfadado por ello y se lo dije, y también le dije que había una serie de cosas en su oficina que no me gustaban. Había notado una gran cantidad de gente extraña en su despacho y esperaba que no estuviera sucediendo nada incorrecto. Él me dijo: 'Eso debe dejármelo a mí
y no hacer preguntas.
Debe darme la facultad de disponer de otras 1.000 libras, aunque no creo que las necesite.' Fui lo bastante insensato para consentir, y
creo
que el dinero se obtuvo de la misma fuente que antes."

El misterioso extraño que "obtuvo el dinero" es el socio del señor Leatham, quien, durante las investigaciones realizadas, no estaba presente porque se le había metido en la cabeza emprender un viaje al continente en esa temporada bastante inoportuna.

Mientras el cuáquero Leatham, a pesar de su credulidad, abrigaba temores, pero trataba de tranquilizar su conciencia "no haciendo preguntas", por su parte Sir R. Carden, "el puro, para quien todo es puro", quedó tan edificado con sus experimentos electorales de 1857 en Gloucester, que volvió a presentarse en 1859 por el mismo distrito, aunque

esta vez sin éxito. La razón de que intentara hacer su entrada en St. Stephen's a hombros de Gloucester residía únicamente en el hecho de que consideraba a Gloucester tan puro que sería un honor y una distinción representarlo en el Parlamento, "mientras que Coppock y sus secuaces solían calificar a Gloucester de queso", porque estaba "tan deliciosamente podrido" o, en otras palabras, era un hediondo pantano de corrupción. Los gastos electorales necesarios, fijados inicialmente en 500 libras, se hincharon de repente hasta cerca de 6.000 libras; pero, a pesar de eso y del informe del interventor de cuentas, que tasó los gastos legítimos en 616 libras, 8 chelines y 1 penique, la convicción de Sir Carden sobre la pureza de lo ocurrido en Gloucester sigue siendo inquebrantable.

"Había considerado limpia la elección hasta
hace uno o dos días
, cuando se enteró, profundamente consternado, de las terribles revelaciones que se habían hecho. Estas revelaciones le habían sorprendido por completo."

La filosofía electoral de los candidatos parlamentarios consiste, pues, simplemente, en permitir que su mano izquierda no sepa lo que hace la derecha, y así se lavan ambas manos en la inocencia. Abrir sus bolsillos, no hacer preguntas y creer en la virtud general de la humanidad: eso es lo que mejor sirve a sus propósitos.

En cuanto a los señores juristas, abogados, agentes y procuradores que actúan en el negocio electoral, tienen naturalmente un derecho legítimo a sus honorarios profesionales. No se puede esperar de ellos que regalen su tiempo y "manejen" el asunto gratuitamente.

"¿Por qué", exclamó uno de los fabricantes de diputados de Gloucester, "debería yo darles mi voto gratis? Miren a los 24 abogados, cada uno de los cuales recibe sus 25 libras en efectivo y cinco guineas diarias; ¡yo no doy el mío gratis!"

Y el señor George Buchanan, un caballero que, junto con Sir R. Carden, solicitaba votos, dice:

"Ciertamente, había un amontonamiento general en busca de dinero, y no me gusta que se hagan tantos reproches a los pobres hombres que cobraban 3 chelines y 6 peniques por día, mientras que la gente del oficio, que facturaba mucho dinero por no hacer nada, se salía de rositas."

Ahora bien, en lo que respecta a estos fabricantes de diputados, bastarán algunos ejemplos para caracterizarlos. El señor W. Clutterbuck,

un abogado y solicitador de votos de Sir R. Carden, se ríe para sus adentros mientras declara:

"Gloucester es un lugar tan corrupto como cualquier otro en Inglaterra."

Le había echado el ojo a "los Coopeys". Hay ocho o nueve Coopeys, todos de una misma familia, que desde tiempo inmemorial han desempeñado un papel prominente en todas las elecciones. Son, como dice Clutterbuck, "gente a la que hay que tener de buen humor"; en consecuencia, fue a ver a los Coopeys, fumó una pipa con ellos, charló con los Coopeys y no les hizo promesas directas, oh no, pero "los influyó para que pensaran de tal y cual manera". Sus pasos fueron seguidos por el señor John Ward, un maestro de obras, que ofreció a los Coopeys 5 libras a cada uno. Dos de los Coopeys, dice, fueron sobornados. Uno de ellos había muerto, pero algún otro votó en su lugar.

"Yo", dice el maestro de obras Ward, "di a nueve de ellos 5 libras a cada uno, y al muerto 3 libras. El hombre ya no vivía en las elecciones de 1857, pero votó por Sir R. Carden."

Luego viene el señor Maysey.

"Yo", dice, "tengo una tienda de baratijas y soy barbero."

Encontró que "la corrupción se practicaba en toda su escala", y en consecuencia compró votantes por entre 2 y 12 libras por cabeza. El afortunado mortal que se llevó 12 libras era un tal Evans.

"El hombre", dice nuestro honorable barbero, "era muy conocido entre todos los
votantes inferiores
. Evans valía 20 libras, tanto como votante como por ser un intermediario."

Según parece, Maysey, el heroico barbero, el día de las elecciones instruyó a una partida de matones, al frente de los cuales iba un tal Clements, para que sacaran a rastras del "León Blanco" a un viejo elector llamado Worthen, pero él (Maysey) no vio cómo "le arrancaban la piel del lomo a ese león".

"El hombre", dijo en el curso de la investigación, "era demasiado viejo y ciego para resistirse, y por añadidura estaba borracho."

En Wakefield se pagaron precios más altos que en Gloucester: un voto costaba entre 5 y 70 libras. Al mismo tiempo, se informa aquí de métodos más violentos por parte de los partidos en liza. Un tal señor Smith, cuya experiencia se extiende a muchísimos años, manifestó la opinión de que Wakefield era el distrito electoral más corrupto de Europa, y que allí el dinero y la cerveza imponían cualquier elección. En la última

fase de la lucha librada entre el cuáquero Leatham, el radical, y el señor Charlesworth, el conservador, "se sabía en toda la ciudad que en la oficina de Wainwright", el representante del inmaculado cuáquero, "se podía recoger muchísimo dinero". El único factor digno de mención que distinguía a los conservadores de los liberales era que estos últimos no rehuían ocasionalmente emitir "flores", mientras que los primeros pagaban con dinero auténtico. Aproximadamente media docena de electores de Wakefield formaron un club con la intención de influir en el resultado de las elecciones en su favor. Un barbero llamado T. F. Tower votó por el señor Leatham porque uno de sus solicitadores de votos le dio 40 libras por un cepillo para el pelo. John Wilcox, un tipo especialmente concienzudo, no acudió en absoluto a votar porque había recibido 25 libras para votar a Leatham y 30 libras para votar por el rival de Leatham. Lo compensó "quedándose sin ir del todo". Un tal Benjamin Ingham, que votó por Leatham, no supo decir cuánto dinero había recibido, ya que "estaba completamente borracho en ese momento". Los tories atrajeron a James Clark, un adivino y astrólogo, a una posada, donde lo emborracharon y "lo retuvieron varios días en una habitación del hotel, con mucha comida y bebida". A pesar de ello, intentó escapar y finalmente votó por Leatham, "en parte por el deseo de dársela a los azules, por haberlo encerrado, y en parte para conseguir 50 libras". Además, había otro, un tal William Dickson, de oficio latonero, que por la mañana trabajaba en las fábricas de blanqueo del señor Teal.

"Cuando subió a una habitación del piso de arriba para coger más tuberías y poder terminar el encargo, de repente la puerta fue cerrada de golpe desde fuera, se le echó la llave y se la clavó con tablas. Había tres hombres y un muchacho en la habitación para hacerlo callar, y llevaban una cuerda para atarlo, si era necesario."

En resumen, si los liberales se distinguían por sus "flores", en los conservadores era notable que recurrieran a la violencia.

Ante estas repugnantes revelaciones sobre el sistema electoral inglés, el viejo Lord Brougham consideró oportuno pronunciar un largo discurso en Bradford, en el que confesó que el crimen del soborno crece cada vez más, que antes de 1832 era relativamente raro, pero que desde la Reform Bill de aquel año, que pretendía reducirlo, ha aumentado rápidamente. ¿Y cuál es el extraño remedio que lord

Brougham ¿recomienda? Denegar  
a las clases trabajadoras  
el derecho de voto, hasta que la clase media baja, que es sobornada, y las clases superiores, que la sobornan, se hayan enmendado. Sólo el debilitamiento del entendimiento por la avanzada edad puede hacer explicable semejante paradoja.