superficiales, acerca de la extensión del nuevo mercado, el número de los habitantes y el éxito que han tenido las mercancías extranjeras en algunos puertos importantes—, los comerciantes, en su celo por asegurarse mercados más grandes, se inclinan - con demasiada facilidad a explicar sus desilusiones por las medidas artificiosas, imaginadas por gobiernos bárbaros, muy dispuestos a meter palos en las ruedas y que es menester combatir a la fuerza.

Precisamente esta ilusión es la que, en la época moderna, ha transformado a los comerciantes ingleses en partidarios sin pudor de todo ministerio que les prometa, por medio de agresiones de pirata, arrancar a los bárbaros un tratado de comercio. Así es cómo los obstáculos artificiales que las autoridades chinas habían opuesto al comercio han brindado el gran pretexto que justificaba, a los ojos del mundo de los negocios, todas las violencias contra el Celeste Imperio. Las preciosas informaciones que se encierran en el Libro Azul de lord Elgin servirán, a cualquier hombre sin ideas preconcebidas, para desvanecer ilusiones tan nefastas. El Libro Azul contiene un informe que el señor Mitchell, agente británico en Cantón, envía en 1852 a sir George Bonham. Citamos algunos extractos: “Nuestro tratado de comercio con este país (China) se halla hoy (1852) en vigor desde hace una docena de años. Todos los obstáculos previstos han sido superados. Alrededor de mil kilómetros de costa se nos han hecho accesibles y nuevos mercados se han abierto directamente en el umbral de los distritos de producción y en los puntos más favorables del litoral. Ahora bien, ¿cuál ha sido el resultado de todo esto, en lo que concierne al descontado crecimiento del consumo de nuestros productos manufacturados? Pues bien, simplemente lo siguiente: al cabo de diez años, las estadísticas del Ministerio del Comercio nos muestran que sir Henry Pöttinger, cuando firma los Protocolos Adicionales de 1843, encuentra en actividad un comercio mucho más intenso que el que presenta (?¡) su tratado de 1850, es decir, por lo que concierne a los productos manufacturados ingleses, el único punto que consideramos aquí”. El señor Mitchell reconoce que el comercio entre la India y China, formado casi exclusivamente por un intercambio entre plata y opio, se ha desarrollado considerablemente desde el tratado de 1842, pero incluso a propósito de ese comercio, escribe: “Se ha desarrollado, de 1834 a 1844, a un ritmo tan rápido como el de 1844 a nuestros días, mientras que este último periodo ha conocido la pretendida protección del tratado. Ahora bien, las estadísticas del Ministerio del Comercio nos muestran hasta la evidencia que la exportación de nuestros productos manufacturados a China quedaba por debajo del nivel que alcanzó a finales de 1844, con cerca de tres cuartas partes del millón de libras”.

Del cuadro siguiente se desprende que el tratado de 1842 no ha estimulado el comercio de exportaciones inglesas a China: Valor declarado en libras Tejidos de Tejidos Otros j algodón de lana productos Total S 1849 1.001,283 370,878 164,948 1.537,109 ' 1850 1.020,915 404,797 148,433 1.574,145 í 1851 1.598,829 373,399 189,040 2.161,268 1852 1.905,321 434,616 163,662 2.503,599 1853 1.408,433 203,875 137,289 1.749,597 1854 640,820 156,959 202,937 1.000,716 1855 883,985 134,070 259,889 1.277,944 1856 1.544,235 268,642 403,246 2.216,123 1857 1.731,909 286,852 431,221 2.449,982 j Ahora bien, si se comparan estas cifras con la demanda china de productos manufacturados británicos, estimados en 1843 en un valor de 1.750,000 libras por el señor Mitchell, se comprueba que en el curso de los últimos nueve años, las exportaciones británicas han descendido a una cifra muy inferior a la de 1843 y no representa sino las 10/17 partes del valor alcanzado ese año. El señor Mitchell explica este hecho sorprendente, en primer lugar, por razones que parecen de un orden demasiado general para probar cualquier cosa particular: “Los chinos son tan parsimoniosos y tan apegados a su modo de vida tradicional que llevan justamen- : te lo que sus padres han llevado antes que ellos, es Í decir, lo estrictamente necesario y nada más, aunque se les ofrezcan todas las mercancías a los precios más bajos que se puedan im aginar... Ningún chino que viva de su trabajo puede pagarse el lujo i de procurarse un vestido nuevo que no dure al mej nos tres años y que no resista durante ese periodo 1 al uso y al tratamiento más brutal. Ahora bien, un vestido de ese género debe contener al menos tres veces más de algodón crudo del que ponemos en los artículos más espesos exportados a China; en otros términos, debe ser tres veces más pesado que las ; telas corrientes que traemos a este mercado”, f Una débil demanda y una preferencia por los mo1 dos tradicionales de vestirse son obstáculos que el | comercio de las naciones civilizadas han de enconI trar en todos los mercados abiertos de nuevo. En : cuanto al espesor y la resistencia de los tejidos, los manufactureros ingleses y americanos, ¿no podrían adaptarse a las exigencias particulares de la clientela china? Eso nos lleva al corazón del problema: en 1844, el señor Mitchell envía a Inglaterra muestras de tejido chino de todas las calidades con los ; precios correspondientes. Pero sus colegas lé decla- : raron que a los precios por él indicados, Manchester nunca podría producirlos y encima enviarlos a China. ¿Cómo se explica la incapacidad del sistema industrial más desarrollado del mundo de competir con los precios de las telas tejidas por los instrumentos a mano más primitivos? Ese misterio se resuelve por la combinación de la agricultura minifundista con la industria doméstica, a la que ya hemos aludido. Citamos aún al señor Mitchell: “Cuando se procede a la recolección, todos los brazos de la familia campesina, jóvenes y viejos, se ponen a cardar, hilar y tejer el algodón; con el hilo de la producción doméstica, se tejen pesados vestidos de algodón que resisten, durante dos o tres años, a los tratamientos más rudos a que son sometidos; una vez vestida la familia, los excedentes de algodón se llevan a la ciudad más próxima donde el comerciante las compra para uso de la población urbana y los habitantes de los sampanes anclados en el río. Este algodón tejido en la casa viste a nueve de cada diez chinos; el tejido, cuya calidad va del más grosero al más fino, siempre se fabrica en los hogares campesinos: no cuesta nada absolutamente al productor, fuera de la materia prima o mejor el azúcar —producido en su propia explotación— con el que se intercambia. Basta a nuestros fabricantes considerar un instante la admirable economía de este sistema y, por así decir, su feliz combinación con todas las demás actividades del campesino para que comprendan en seguida que no tendrán nunca la menor posibilidad de competir con ventaja los tejidos así producidos, sobre todo los más groseros. China es tal vez el único país en el mundo donde se encuentra un telar en todo hogar campesino decente. En los demás países las gentes se contentan con cardar e hilar, dejando el cuidado de transformar el hilo en tejido a un tejedor de oficio. Correspondió a los parsimoniosos chinos llevar el sistema a su perfección: no solamente cardan e hilan el algodón, sino que lo tejen en la casa con la ayuda de las mujeres y los niños, no limitándose a la producción necesaria para la familia, puesto que a menudo forma parte integrante de sus actividades estacionales la producción de cierta cantidad de tejido para el aprovisionamiento de las ciudades y de los habitantes de los ríos.

”E1 pequeño cultivador de Fu-kien no es, pues, solamente agricultor, sino campesino y artesano en una misma persona. Fabrica ese tejido prácticamente por nada, bajo su propio techo, con el trabajo de toda la familia. Ello no le cuesta ni trabajo suplementario, ni tiempo de trabajo extra. Hace hilar y tejer a los miembros de la familia, mientras que las cosechas maduran en los campos, mientras llueve o cuando las actividades agrícolas se interrumpen. En suma, a lo largo del año, ese modelo de celo doméstico cumple sin interrupción sus tareas y se consagra a alguna cosa útil”. Para completar esta descripción del señor Mitchell, he aquí el relato de lord Elgin, sobre la población campesina que ha conocido durante su viaje por el Yang-tse-Kiang: “Lo que he visto me incita a pensar que la población rural de China es en general frugal y satisfecha. Me he molestado bastante —con resultados mediocres— por conseguir informaciones precisas sobre la extensión de sus explotaciones, el régimen de su propiedad, los impuestos y otras cosas semejantes. He llegado a la conclusión de que, para la mayor parte, reciben de la Corona en usufructo completo, contra la entrega de rentas anuales no excesivas, las parcelas de tierra que cultivan, y que esas circunstancias favorables, a las que se vienen a añadir su celo incansable, satisfacen ampliamente sus modestas necesidades en alimentos y vestidos.” Esta combinación de la actividad agrícola y la industria artesanal doméstica ha impedido durante mucho tiempo la exportación de productos manufacturados británicos a las Indias orientales y aún hoy lo frena mucho, aunque los británicos, como propietarios supremos de la tierra, pudieron atacar y destruir finalmente esta combinación, transformando una parte de las comunidades indias que se bastaban a sí mismas en granjas que producían opio, algodón, índigo, cáñamo y otras materias primas, a cambio de tejidos ingleses.. En China, los ingleses no tienen aún el poder, y es probable que nunca lo conquisten.

.1 Carlos Marx POLITICA INGLESA New York Tribune 14 de febrero de 1860 Los puntos más importantes señalados en el Parlamento por el discurso de la Corona han sido la Tercera Guerra China, el tratado de comercio con Francia y las complicaciones en Italia. Hay que darse bien cuenta que la cuestión china tiene una importancia primaria en tanto que problema no solamente internacional, sino también constitucional. La segunda guerra con China, como empresa provocada personalmente por Palmerston, había supuesto primeramente un voto de censura contra su precedente gobierno y después una disolución forzada de la Cámara de los Comunes. Aunque ha sido elegida bajo los auspicios de Palmerston, la nueva Cámara nunca ha sido invitada a criticar el juicio emitido por la precedente, de suerte que la segunda expedición china del noble Vizconde sigue hasta hoy condenada por un veredicto parlamentario. Pero eso no es todo. El 16 de septiembre de 1859, se tuvo conocimiento en Londres de los reveses militares de Pei-ho. En lugar de convocar el Parlamento, lord Palmerston se dirigió a Luis Napoleón y discute con el autócrata sobre la eventualidad de una nueva expedición franco-británica a China. Durante tres meses, los “puertos y los arsenales británicos se llenaron con los C olonialism o.— 10