New-York Daily Tribune. Nr. 5813, 9 de diciembre de 1859

La Confederación Latina.

De un corresponsal ocasional. París, 24 de noviembre de 1859.

Es bien sabido que una de las “ideas napoleónicas” que ahora pugna por realizarse a como dé lugar es la alianza de las diversas naciones de lengua latina bajo el protectorado de Francia. Queda por ver si la repentina alianza entre España y Francia, y sus simultáneas —si bien en apariencia inconexas— operaciones bélicas contra Marruecos, tienen su único origen en esta idea napoleónica, o si en el fondo subyace algo más profundo. Las circunstancias son ciertamente curiosas: mientras la prensa francesa, por orden del Gobierno, vuelve a alzar el viejo clamor contra la “pérfida Albión”, los españoles empiezan de repente a declarar que la presencia de los ingleses en Gibraltar es una mancha sobre su honor nacional. Francia organiza un ejército expedicionario para invadir Marruecos sin declaración de guerra, bajo el pretexto de castigar a unas tribus cabilas por sus incursiones en territorio argelino, y España, con un pretexto más o menos fútil, declara la guerra a Marruecos y equipa una expedición contra los moros en Algeciras; y para completar el embrollo, Palmerston pone al pequeño John Russell a trabajar para exigir explicaciones a España sobre el significado de todo esto, y para ordenar a los españoles que no hagan conquistas en África con las cuales pudiera peligrar la libre navegación del estrecho de Gibraltar. Si algo apunta en todo esto a algún plan más profundo de lo que hasta ahora se distingue con claridad, es esta ridícula intromisión del gabinete Palmerston en el asunto. ¡Imaginaos a España poniendo en peligro la libre navegación del Estrecho mientras Inglaterra posee Gibraltar y es la primera potencia naval del mundo! Pero la frase basta para exasperar al público británico, y John Bull, que, como bien sabemos, se traga los camellos a docenas como si fueran ostras, no consentirá al pobre español ni la más insignificante mosquita al sur del Mediterráneo. Sea cual fuere la intriga de la que esta guerra es el prólogo, parece que vamos a tener, en España y Marruecos, el divertido espectáculo de una “guerra santa”. Los moros son, desde luego, los enemigos hereditarios de los españoles. Dueños otrora de la

totalidad de la península ibérica, con excepción de aquellos pocos valles asturianos y gallegos desde los cuales Pelayo inició la construcción de la monarquía española, los moros no fueron rechazados sino gradualmente, y se necesitaron casi ocho siglos para expulsarlos por completo del país. Se retiraron de nuevo a África, pero hasta el día de hoy muchos de ellos conservan las llaves de las casas que antaño poseyeron sus antepasados en España, y con estas llaves conservan su derecho sobre ellas y sobre la tierra en que fueron construidas. No es de extrañar que el odio de los españoles contra ellos no se haya dormido jamás. En los tiempos de su grandeza, España envió muchas expediciones a África y ocupó numerosos puntos de la costa mora; y ahora, no bien empieza España a recobrarse, en alguna medida, de la degradación y decadencia de los últimos siglos, cuando es azotada, sin esfuerzo ni pretexto alguno, hasta un perfecto frenesí de entusiasmo por la invasión de África. Los grandes de España levantan batallones de voluntarios a sus expensas, los municipios suscriben fondos, la Reina envía estandartes sagrados a sus tropas y condecora a sus generales con amuletos y reliquias, e incluso

los santos obispos ofrecen dinero para la guerra santa. Los gloriosos tiempos del Cid Campeador parecen haber revivido, y el cuerno de Roldán, que tocó hasta reventarlo en Roncesvalles, ha de resonar en los oídos de los monos del “Peñón de los Monos”, frente a Gibraltar. Será guerra a muerte, evidentemente, por lo que a los españoles respecta.

Por otro lado, los moros no están menos resueltos a su guerra santa. Todo moro en Marruecos cree en la antigua profecía de los santos morabitos, según la cual un día los cristianos vendrán en gran número a través del agua y lucharán por la conquista del Moghreb, la tierra del Oeste. Entonces habrá una lucha cual nunca se vio antes, el Uadi Sebú estará rojo de sangre y el curso del Muluyah quedará detenido por diques de cadáveres. Cuándo llegará ese día sombrío, y quién será el vencedor, nadie lo sabe; mas es deber de todo verdadero creyente estar preparado para la lucha, y así sucede que todo moro tiene en su casa un largo fusil y un pequeño barril de pólvora. Pero mientras los moros de las ciudades temen aquel día terrible, los cabilas de las montañas y los beduinos de las llanuras lo esperan con regocijo, pues entonces las ricas ciudades de la costa y del interior serán suyas, y las riquezas de los judíos y de los francos les serán entregadas al saqueo. Y cuando luchan contra los gyauros no hay temor de que den cuartel. De hecho, dondequiera que españoles y moros se encuentran, aun ahora, en plena paz, inmediatamente están en guerra. Cuando el general Álava, siendo joven teniente, recibió la orden de hacer servicio en la guarnición de Ceuta, la mayor de las estaciones o presidios españoles en la costa de Marruecos, se puso a escalar la cima del terraplén para observar la comarca circundante; un viejo oficial lo bajó de un tirón, puso su sombrero en la punta de la espada y lo sostuvo por encima del parapeto, momento en el cual dos o tres disparos partieron al instante de la maleza exterior y las balas silbaron muy cerca. “Acuérdate siempre —le dijo el viejo a Álava— de que dondequiera que aquí se muestre un español, hay siempre dos o tres moros listos para hacer fuego contra él.”

Pero los compatriotas del Cid Campeador tienen mucho del ilustre Don Quijote, y en verdad el donquijotismo campa ya desenfrenado por toda España. Con toda su ampulosa charla, los hechos son ridículamente deficientes. El ejército expedicionario está concentrado en Algeciras; pero, por desgracia, aunque la guerra está declarada, no

se ha tomado providencia alguna para hacer pasar los 40.000 hombres y los 80 cañones a través del Estrecho. Nadie ha pensado nunca en transportes, y a última hora se intenta fletar vapores en Londres y Liverpool, El Havre y Marsella. Los generales, también, están en un estado mucho más adelantado que las tropas mismas; y mientras los franceses ya han conquistado casi por completo todo el país hasta el Muluyah —que, siendo la frontera “natural” de Argelia por el Oeste, naturalmente les pertenece—, el nuevo Cid Campeador, Don Leopoldo O'Donnell, se yergue sobre las floridas orillas de la bahía de Algeciras y lanza anhelantes miradas a la brumosa Sierra de Bullones de enfrente, a cuya población entera del *genus Simia* ha de someter al dominio cristiano de España.

El ejército español, en cuanto a su calidad, organización y equipo, puede figurar ahora entre los mejores ejércitos de segunda fila de Europa. La materia prima de su infantería es indudablemente buena, pero queda por ver hasta qué punto se ha desarrollado esta materia. La artillería y los ingenieros son buenos, especialmente estos últimos. Desde el advenimiento al poder de Narváez, el ejército se ha recobrado, en muy gran medida, del abandono bajo el cual había siempre sufrido. Los equipos, las armas, la paga, se han suministrado con más regularidad. Sin embargo, es difícil juzgar en qué estado se mostrará este ejército. Hay otra célebre novela española, cuyo héroe no es del todo extraño al carácter nacional español —Lazarillo de Tormes—, y puesto que la influencia civilizadora francesa ha enriquecido a España con la ilustrada institución de los *crédits mobiliers*, sin duda la propensión por la que aquel alegre vagabundo era renombrado se ha desarrollado brillantemente en más de un caballero de la Corte. Hasta qué punto esto haya podido afectar últimamente la eficiencia y la disponibilidad para el combate del ejército, está por verse. El marinero español es recio y valiente, y los ingleses lo encontraron en las más de las ocasiones un oponente más formidable en el agua que a su vecino francés. Pero ¿qué pueden 40.000 españoles, por muy valientes y bien organizados que estén,

hacer en un país como Marruecos, cuando a los franceses, con cien mil hombres,

les llevó cerca de veinte años someter Argelia? Los moros están en mucha mejor disposición para resistir una invasión de lo que jamás lo estuvo Abd-el-Kader. Además de los Boukharis, o guardia negra (de 16.000 efectivos), había 14.000 soldados de infantería regular organizados a la usanza europea; y se dice que recientemente se han organizado 15.000 infantes regulares más, armados con los fusiles de largo alcance que usan los ejércitos europeos. Las ciudades serán defendidas por los habitantes y por cabilas, que ciertamente no cederán en valor a los defensores turcos de Kars y Silistria; mientras que innumerables bandas de irregulares cabilas en las montañas, y de beduinos en las llanuras, hostigarán al máximo a toda columna que intente penetrar al interior. No será muy difícil para los españoles bombardear y tomar todas las ciudades portuarias desde Tetuán hasta Mogador, ¡pero entonces qué! Quedarán bloqueados en todas y cada una de ellas, tal como lo están ahora en los presidios de Ceuta, Vélez de la Gomera, Alhucemas y Melilla; todo intento de establecer comunicación terrestre entre dos cualesquiera de ellas se verá acompañado de grandes pérdidas y tendrá poco éxito; y aunque los españoles sean frugales, algo tendrán que tener para vivir. Toda columna que intente penetrar al interior tendrá que llevar consigo su propio comisariato, pues nada hallará allí. Pero no solo las provisiones y todos los demás pertrechos han de ser proporcionados, sino que también habrá que llevar artillería pesada para batir las murallas de las ciudades, que resultarán demasiado sólidas para los 84 cañones de a 12 libras de las baterías de campaña. Y solo hay tres ciudades en el interior que valga la pena tomar: Marruecos, a por lo menos 150 millas de Mogador; Fez, a 100 millas de Rabat,

y Mequínez, a unas 70 millas de Rabat. De estas, Mequínez parece ser la presa más tentadora para el Cid Campeador O'Donnell, pues es aquí donde el sultán moro guarda su tesoro, en el cual se dice hay atesoradas unas 50.000.000 de libras esterlinas.

Está enterrado bajo tierra y vigilado por guardias negros, a quienes nunca más se permite

volver a ver la luz del día una vez que han ingresado a sus deberes en las bóvedas subterráneas. Una triple muralla forma la ciudadela en la que se oculta este precioso tesoro,

pero eso, por supuesto, pronto caería ante la ingeniería y la artillería europeas; y entonces, imaginaos a Don Leopoldo O'Donnell y a la hueste de Don Ramedos de Colibrados

en su ejército, quienes, ¡ay!, a menudo han conocido las punzadas del hambre cuando el día de paga transcurría

sin que apareciera un solo real! —¡imaginaos a este ejército formado ante la brecha de Mequínez, con visiones de 250.000.000 de dólares en dinero contante y sonante ante sus ojos!—, imaginaos la arenga de Don Leopoldo O'Donnell en tan trascendental ocasión—

la bravura del asalto—, el ímpetu de la victoria—, el ejército entero precipitándose a las bóvedas

del tesoro, ¡y encontrándolo luego vacío! En verdad, esta sería la hazaña más adecuada para el nuevo Matamoros, el Matador de los Moros, y esperemos, por tanto, que en algún momento u otro se consigan alistar los transportes para llevar a nuestro valiente Don Leopoldo y a su hueste de Señores Caballeros a las costas de Mauritania.